Padre Eduardo

Padre Eduardo

COOPERACIÓN AL MAL: PROMOCIÓN DE LA VIDA Y RESPONSABILIDAD PERSONAL

  Conferencia dictada por el Rvdo. Dr. Eduardo Torres, Director del Departamento de Teología y Filosofía de la PUCPR, en el Primer simposio de bioética celebrado el 25 de enero de 2001, fiesta de la Conversión de San Pablo,   en el anfiteatro de la misma universidad.

Excelencia, Sr. Presidente, profesores y alumnos, señoras y señores:

Se preguntarán qué hace en un encuentro de bioética una conferencia sobre la cooperación al mal. Ciertamente no les enseñaré a cooperar con el mal, sino justamente lo contrario: la no cooperación con el mal. Espero que no tengan que esperar al final de la conferencia para saberlo.

La vida se vuelve bastante más peligrosa no tanto por los malvados que hacen el mal cuanto por los necios que los siguen y aplauden y más aún por los pasivos que se sientan “a ver qué pasa”.

El Papa Juan Pablo II en su última carta apostólica Novo millenio ineunte señala las urgencias actuales ante las cuales el espíritu cristiano no puede permanecer insensible. Esto es precisamente lo más grave del problema: cristianos insensibles. Se debe prestar especial atención a algunos de los puntos peor comprendidos por el mundo, que incluso hacen impopular a la Iglesia, pero que son irrenunciables en la agenda de la caridad cristiana. Entre esos retos actuales señala el Papa:

“el deber de comprometerse en la defensa del respeto de la vida de cada ser humano desde la concepción hasta su ocaso natural… El servicio al hombre nos obliga a proclamar, oportuna e inoportunamente que cuantos se valen de nuevas potencialidades de la ciencia, especialmente en el terreno de las biotecnologías, nunca han de ignorar las exigencias fundamentales de la ética, escudándose en una discutible solidaridad que acaba por discriminar entre vida y vida, con desprecio de la dignidad propia de cada ser humano. Para la eficacia del testimonio cristiano, especialmente en estos campos delicados y controvertidos, es importante hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia, subrayando sobre todo que no se trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe, sino de interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano. La caridad se convertirá entonces necesariamente en servicio a la cultura, a la política, a la economía, a la familia, para que en todas partes se respeten los principios fundamentales, de los que dependen el destino del ser humano y el futuro de la civilización” (NMI, 51).

“Obviamente todo esto tiene que realizarse con un estilo específicamente cristiano: deben ser sobre todo los laicos, en virtud de su propia vocación, quienes se hagan presentes en estas tareas, sin ceder nunca a la tentación de reducir las comunidades cristianas a agencias sociales. En particular, la relación con la sociedad civil tendrá que configurarse de tal modo que respete la autonomía y las competencias de esta última, según las enseñanzas propuestas por la doctrina social de la Iglesia”[1] (NMI, 52).

En cualquiera de los campos bioéticos que nos asomemos -contracepción, aborto, eutanasia, clonación o ingeniería genética- y en cualquiera de sus aspectos -médicos, políticos, económicos, periodísticos, sociales o familiares- la defensa del respeto a la vida de cada ser humano se presenta como la lucha de un David contra un Goliat invencible. Pueden comprobar el número y el peso, económico y político, de los gobiernos y las ONG acreditados ante la ONU que militan en las filas abortistas contra el número y peso social de las filas que defienden la vida: un elefante contra una hormiga. Pueden buscar el número de periódicos, programas de televisión o novelas donde se defienda la familia versus los que la atacan. Lo mismo ocurre con las leyes… Visto todo con ojos humanos, la batalla parece perdida; parecería razonable incluso pasarse de bando, o desertar y ponerse a salvo. Más aún, visto que el asunto es en sí desagradable, y conduce siempre a un diálogo de sordos donde nadie cede en sus posiciones, lo más propio sería no plantear siquiera la batalla.

Sin embargo y en contra de las apariencias, todo este panorama es radicalmente falso, por ser parcial y miope, y lleva a graves errores estratégicos. Dividir los hombres entre “pro-vida” y “pro-choice”, por ejemplo, lleva a arremeter unos   contra otros -y se cae en la violencia, que no es cristiana-; o bien a replegarse la aparente minoría en la sacristía como si fuera un ghetto; o a entreguismos inmorales (como los “catholics prochoice”); o a meros folclorismos anti- abortistas.

La realidad es un poco más seria y esperanzadora. En primer lugar David vence a Goliat no con la espada, el yelmo y el escudo, sino con un guijarro y una honda: “Y esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe” (I Jn I, 5).

En segundo lugar no es una batalla “pro-vida” vs. “pro-choice”. La dignidad de la vida humana es la única base auténtica de la libertad del ser humano y la libertad es real y efectiva cuando puede ejercerse en la vida propia respetando la ajena. No está la humanidad dividida numérica o cuantitativamente entre buenos y malos -eso sólo ocurrirá en el juicio final y no debemos adelantar acontecimientos-. Es en cada persona humana, en cada uno de los que aquí estamos, donde se da esta división y esta batalla. En cada corazón y en cada conciencia hay un “pro-choice” y un “pro-vida” batallando, con pequeñas victorias y pequeñas derrotas, que son las que configuran luego el cuadro social universal.

En tercer y último lugar, hay que convencerse de una vez por todas que sólo Dios, Señor y Dador de vida, es el único Todopoderoso y tiene en el corazón del hombre, de cada hombre, su más seguro aliado. La verdadera libertad y la verdadera conciencia son así los más grandes aliados de la vida humana. Permítanme parafrasear, en este sentido, la entrañable exhortación del apóstol predilecto de Jesús: “Porque todo lo que hay en el mundo”, aunque parezca grande, fuerte y poderoso, es pasajero, es pura apariencia y fantasmada… “Hijitos, es la última hora”. ¡Es la hora de la verdad!. “Ya han aparecido muchos anticristos, por eso sabemos que es la última hora”, la batalla final. “Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros” (cf I Jn 2, 16-17). Estamos ante una degeneración del cristianismo peor que el paganismo, pero sucedió así para poner de manifiesto que ninguno de ellos es de los nuestros… “Estas crisis mundiales son crisis de santos”[2]

Os he escrito a vosotros jóvenes porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al maligno (I Jn 2, 14).

La batalla de la promoción y defensa de la vida humana está ya ganada en el misterio de la cruz de Cristo, allí el único Señor de la vida derrotó efectivamente al abusador de la libertad. En ese Árbol de la vida el hombre retorna al “árbol de la ciencia del bien y del mal”:

“Debajo del manzano

allí conmigo fuiste desposada, allí te di la mano y   fuiste reparada allí donde tu madre fue violada“[3].

Es fundamental conocer al primer “violador” de la madre Eva, donde se abortó la entera humanidad, pues en cada hombre y en cada generación se reproduce la misma tentación y sus consecuencias: el pecado causa la muerte en los vivos mientras el Amor del Redentor causa incluso en los muertos la vida perdurable.

“Que no es nuestra lucha contra la sangre o la carne, sino contra los principados, las potestades, las dominaciones de este mundo de tinieblas, y contra los espíritus malignos que están en los aires” (Ef 6, 12).

Es en cada hombre y en cada batalla moral entre el pecado y la gracia, entre el amor sui usque ad contemptum Dei y el amor Dei usque ad contemptum sui[4],   donde se avanza o se retrocede en la batalla bioética, en la que el Papa le gusta llamar la “ecología” humana[5].

“Por desgracia, al recorrer con la mirada las regiones de nuestro planeta, nos podemos dar cuenta inmediatamente de que la Humanidad ha decepcionado la expectativa divina. Especialmente en nuestro tiempo, el hombre ha devastado sin dudarlo llanuras y valles boscosos, ha contaminado aguas, ha deformado el hábitat de la tierra, ha hecho irrespirable el aire, ha trastornado los sistemas hidrogeológicos y atmosféricos, ha desertizado espacios verdes, ha establecido la industrialización salvaje, humillado –por usar una imagen de Dante Alighieri (Paraíso, XXII, 151)– ese «huerto» que es la tierra, nuestra morada. Por eso es necesario estimular y apoyar la «conversión ecológica», que en estas últimas décadas ha hecho a la Humanidad más sensible con respecto a la catástrofe hacia la que se estaba encaminando. El hombre, al dejar de ser «ministro» del Creador para convertirse en déspota autónomo, está comprendiendo finalmente que tiene que detenerse ante la catástrofe. (…) Por tanto, no está sólo en juego una ecología «física», atenta a tutelar el hábitat de los diferentes seres vivientes, sino también una ecología «humana» que haga más digna la existencia de las criaturas, protegiendo el bien radical de la vida en todas sus manifestaciones, y preparando a las generaciones futuras un ambiente que se acerque más al proyecto del Creador”.

Del mismo modo que en la biología reina el ecosistema, y toda alteración de una especie modifica el medio y afecta a los demás, en el mundo del espíritu reina un ecosistema moral: cada comportamiento humano bueno arregla un poco el mundo y, por el contrario, uno malo lo daña. Tanto es así que un filósofo contemporáneo (Rafael Gómez Pérez) ha llegado a enunciar lo que llama el principio de entropía moral: el mundo existe todavía porque todos los cabritos que lo habitan, no hacen todas sus cabritadas al mismo tiempo. Lo dice con unas palabras castellanas un poco más expresivas.

Entrando ya en harina y aplicando estos principios a los temas éticos de la vida humana, nos encontramos con que debemos comprender en primer lugar las causas y razones por los que algo tan evidente como la presencia de un ser humano digno de respeto absoluto no es vista ni admitida como tal en ciertas circunstancias. Que el embrión humano lo mismo que el anciano moribundo, un subnormal profundo o un inmigrante ilegal sin papeles sean seres humanos no es una cuestión opinable, es una pura evidencia, científicamente segura. Ahora bien, que todo ser humano sea digno de un respeto sagrado, éste es ya un postulado moral que sólo se garantiza desde el verdadero Dios y sólo se reconoce por aquel hombre que llega a detenerse en su camino.

Recuerden la parábola del buen samaritano, que se detiene en su viaje, al reconocer como prójimo a aquel desconocido apaleado, robado y malherido, allí mismo donde antes habían pasado de largo el levita y el sacerdote. El reconocimiento de la persona y su dignidad exige complicarse la vida, comprometerse. El que pasa de largo, se cruza de brazos o tiene miedo al compromiso, no tendrá nunca prójimo a quien ayudar; simplemente no lo ha visto ni lo verá jamás porque no lo quiere ver.

No es casualidad que hoy estemos, en los temas morales que afectan la vida humana, ante una verdadera conspiración del silencio donde se mancomunan el ministerio de la sospecha con el servicio de la ignorancia. Se elige “no saber”; se manipula y deforma, a sabiendas, la verdad -uno de los pecados contra el Espíritu Santo-; se censura en nombre de la libertad a cuantos libremente defienden la vida; la obsesión erótica ciega las conciencias que reclaman a gritos el sedante de una ética “light”.

Ya Santo Tomás explicaba en el s. XIII cómo la lujuria produce ceguera moral[6], ceguera que excluye casi totalmente el conocimiento de los bienes espirituales, ceguera que lleva al olvido de Dios y del prójimo. Incluso antes de Cristo decía ya Cicerón que “cuando el corazón se corrompe, la razón se agarra al error que lo justifica”.

¿Qué podemos hacer ante esta situación, con ese estilo específicamente cristiano que nos pide el Papa, para que la Luz eterna, que es luz de vida, alumbre a cada hombre en este milenio cristiano, igual que en los precedentes?

Soluciones eficaces y concretas aporta la Veritatis splendor con una llamada a recobrar la armonía entre verdad y libertad, con un sometimiento de la conciencia a la realidad del misterio del hombre y un reclamo a no confundir libertad con “escogencia”.

Soluciones aporta la Evangelium vitae con una llamada a la familia para que defienda y proteja la vida –la engendre integralmente- mediante una educación en al amor;   a la sociedad mediante la creación de una cultura nueva de solidaridad y respeto; y a la Iglesia mediante la predicación completa y el testimonio valiente del Evangelio de la vida.

Solución será el superar la ética consecuencialista, que se fija sólo en los resultados y no tiene en cuenta el proceso; que impone el derecho al “bienestar” sobre el derecho a “ser”; que disocia el espíritu -la intención-, de la carne -la acción-.

Solución es la educación de niños, jóvenes y adultos y ancianos -que en toda edad acecha el demonio de la lujuria- en la virtud del castidad; una castidad que sea afirmación gozosa, como decía el Beato Escrivá. Libertad de la carne, rebeldía de quien se resiste en ser uno más en la piara, en la manada, en la jauría. Castidad que es mucho más que continencia, es el camino humanizante del amor.

Solución es el aprecio de la virginidad por el reino de Dios como un tesoro escondido y una perla preciosa, creando una verdadera cultura vocacional en nuestras comunidades familiares, educativas y eclesiales, que les haga posible a los jóvenes de hoy esa entrega gozosa de su corazón indiviso al Amor de los amores.

Pero a todas estas soluciones positivas quería hoy añadir y destacar una primera, más básica y fundamental. Como decía la antigua medicina hipocrática, la primera condición de un remedio es que no dañe. Demasiadas veces vemos con rapidez los defectos y pecados del prójimo y no los nuestros. Por ello estoy convencido (y así lo propongo) que en el campo de la biotecnología nuestra primera decisión ética debe ser no cooperar con el mal, no hacernos cómplices de los pecados ajenos al tiempo que luchamos, con los medios de la gracia, contra los propios. Pero los pecados propios (de pensamiento, palabra y obra) están claros a la vista, después de un serio examen de conciencia. Algo más difícil de ver – y por tanto, de arrepentirse, de evitar y corregir- son los pecados de omisión: el bien que tenemos obligación de hacer y sin embargo no hacemos -por miedo, comodidad o afectada ignorancia-. Dificilísimos de ver, por último, los pecados de colaboración, son algo que ni tan siquiera nos planteamos, a pesar de ser ahí donde realmente se libran la mayoría de las batallas por la dignidad de cada ser humano. Como aquel chascarrillo: entre todos la mataron y ella sola se murió… los crímenes bioéticos tampoco los comete nadie.

Piensen en un aborto: la madre sola es la que sufre principalmente el trauma del que ya no se recuperará en toda su vida, si no se encuentra con la Misericordia de Dios. Carga casi siempre con la responsabilidad cuando, en buena parte y en muchos casos, es tan víctima como su hijo rechazado. Mujer víctima de un novio o unos padres que la mandaron liquidar a su hijo; víctima de un medicucho que nunca trabaja precisamente gratis, por filantropía; víctima de unos amigos que con sus funestos consejos la llevan al precipicio de la fatal decisión; víctima del halago de una prensa engañosa que disfraza esa tragedia con encuestas o fabricadas “normalidades”; víctima de los eufemismos de moda; víctima del consentimiento, el silencio cobarde o la indiferencia individualista de la comunidad en la que vive; víctima de la pornografía o de la mala educación que la inició en la lujuria.

Piensen en la contracepción. Creen que no tiene ninguna responsabilidad los arquitectos que diseñan los hogares sin espacio para los hijos? Y los ingenieros que construyen verdaderas conejeras y polleras humanas? Y los políticos que votan leyes que destrozan la familia? Y las farmacéuticas que fabrican y venden pastillas o condones? Y los curas y pastores que se callan la doctrina de Cristo? Y los padres que malcrían egoísta al niño Y los maestros que se limitan al adiestramiento en rebaño y no educan personas?  los amigos que se echan encima de la pareja ya al tercer hijo diciéndoles que a dónde van? Y las novelas de la tele que presentan como normales tantos bochinches y anormalidades? Y los anuncios que giran en torno al placer sin consecuencias?

Podríamos seguir preguntándonos lo mismo en el caso de la eutanasia, del cuidado maquinal a los enfermos, del trato genocida a discapacitados y subnormales, de las experimentaciones fetales o de los trasplantes que no esperan la muerte del donante. Pero no interesa generalizar y llenarse de miedos estériles, sino concretar propósitos operativos, después de contemplar el alcance de este panorama.

No se trata de evitar toda clase de males; ya sobra con don Quijote para pasarse la vida desfaciendo entuertos. Sin salir de nuestra casa a comernos el mundo, cada uno en su puesto, es allí cada uno en su trabajo, en su familia y en su medio donde tiene que dar la batalla y ganar -en nombre de Dios- la guerra; y   ganarla, primero y sobre todo, en su propio corazón.

Se trata de evitar aquellos males que podemos causar o compartir con nuestra intención o colaboración y de los que somos, en esa misma medida, responsables. Frente a una ética de moda que proclama al mismo tiempo la irresponsabilidad del vive la vida loca y la hiperresponsabilidad del agujero de ozono, el hambre de África y la caza de las focas, la ética cristiana reclama, a toda persona, su propia responsabilidad. Cada conciencia es responsable no sólo del mal que hace y del bien que deja de hacer, sino del mal que deja que otros hagan, cuando ese mal no se seguiría sin su misma acción u omisión.

¿De cuántas maneras diferentes podemos causar, compartir o intencionar la culpa del pecado del otro? Responde un catecismo básico[7], de nueve maneras diferentes: por consejo, por mandato, por provocación, por consentimiento, por halago, por ocultación, por complicidad, por silencio y por defensa del mal.

  1. Por consejo. Todos damos consejos morales, tantas veces inconscientemente. Expresamos continuamente nuestro parecer sobre la conducta ajena incitando al agente en su seguimiento o rechazo. Además todos tenemos una autoridad física o moral sobre otros y moldeamos con nuestras expresiones la conducta ajena. Piensen todavía en el influjo del consejo de un padre a su hijo, una maestro a su discípulo, el médico al enfermo, el abogado a su cliente. Hay ocasiones en que el consejo -investido de parecer técnico y dicho por una bata blanca o un cuello duro- se convierte en mandato, sobre todo para la gente más sencilla.

Basta con ver el tremendo influjo de las películas o las novelas televisadas en el comportamiento no ya del individuo, sino de sociedades y enteras generaciones masificadas, y masificados inmoralmente.

Piensen como cambiaría el mundo, de repente, si cambiasen los consejos. Para dar buenos consejos no basta con querer darlos, hace falta saber lo necesario y la experiencia debida. Por eso un pecado grave que pasa casi desapercibido es aquí decisivo: me refiero a la falta de conciencia debida. Quien no se preocupa por tener una preparación cultural, técnica y moral adecuada al trabajo o las tareas que va desempeñar en la vida, acabarán aconsejando mal creyendo que obra bien. Así, con buena intención, pero el mal es lo que se propaga y se puede hacer casi incurable. No puede un cirujano excusarse de una operación mal hecha diciendo que su profesor se saltó ese tema en el programa de clase, o que vino un huracán o hubo una huelga en la universidad en los días que le tocaba estudiar esos capítulos.

  1. Por mandato. Las órdenes que un superior da a sus súbditos tienen efecto inmediato y condicionan en buena medida su conducta.

Ante ayer, en el vigésimo octavo aniversario de la perniciosa legalización del aborto en los Estados Unidos, el nuevo presidente George W. Bush anulaba una orden del ex – presidente Bill Clinton y volvía a prohibir el uso de fondos federales para financiar las actividades de las organizaciones abortistas en el extranjero. Sin entrar aquí a comentar las medidas legales, es evidente que el peso del dólar en tantos gobiernos de países pobres condiciona su política demográfica y familiar. De hecho se han utilizado las conferencias y los organismos internacionales (ONU, UNICEF, Banco Monetario Internacional) para imponer la agenda abortista, bajo eufemismos como salud reproductiva, control de la mujer; lo mismo ha ocurrido con la agenda homosexual bajo el invento de preferencia sexual.

En muchos casos de despenalizar -que era la excusa para dar el primer paso, casi siempre con datos inflados-, se ha pasado a legalizar, y de ahí, a defender y financiar un supuesto derecho al aborto, al disfrute sexual con cualquier orientación, a la fabricación casi-industrial de hijos o a la adopción de niños como si fueran mascotas. La “tolerancia” inicial que se pide para casos límite se vuelve intolerante en cuanto alcanzar los resortes del poder. Investidos entonces con la fuerza del dinero y retorciendo arteramente el sentido de las palabras, hacen de jueces, médicos, periodistas y políticos una maquinaria imparable de chantaje constante a súbditos y clientes. Un juez no abortista será así nominado sólo por milagro. Un periodista pro-vida tendrá que escribir en la sección de deportes o anuncios de su periódico, con mucha suerte. Una enfermera o un médico que se resisten a colaborar en programas de esterilización o abortos, se ven acosados e injuriados, o relegados al ostracismo profesional. Incluso hay planes “legales” -entre los “liberales tolerantes”, por supuesto- para regular políticamente la objeción de conciencia: cosa moralmente absurda, pues por definición, objeción de conciencia es la decisión en la que la conciencia no reconoce la fuerza de la ley porque contrasta con su convicción de ley natural, participación de la ley de Dios.

Más a pequeña escala, piensen en la responsabilidad de un varón que impone a la mujer el aborto, la esterilización y los contraceptivos. Esto no se considera violencia siendo un abuso moral que se administra, casi siempre, con malos tratos, miedo y tortura psicológica.

Igualmente esas pruebas natales riesgosas que mandan algunos facultativos, como la amniocentesis[8], cuando no tienen más fin que provocar la muerte del bebé, si presenta algún rasgo de malformaciones. Tanto más se podría hablar de tantas cesáreas innecesarias, que son cómodas sólo para el obstetra.

  1. Provocación. Hay muchos ejemplos de cómo inducir a otros a una conducta determinada. La difusión de la pornografía, de los anticonceptivos y preservativos o la llamada educación sexual en las escuelas, pueden ilustrarnos significativamente.

La pornografía se agazapa bajo la libertad de expresión para viajar por televisión, revistas e internet hasta los últimos rincones de la tierra y nuestros hogares. Sin embargo, además de que nunca es gratuita, supone una constante y eficaz incitación al pecado, de tal modo que escapa al control no sólo de los padres y autoridades, sino de los mismos usuarios, que pierden así libremente su libertad. Peor que la droga, esta droga del alma ciega la razón, vuelve zángana la voluntad, provoca violencia (abuso del más débil, violaciones, maltratos y suicidios) y mina los fundamentos mismos de la familia y de la confianza social.

Frente a todo esto respondemos normalmente con la pasividad, convirtiéndonos en víctimas y verdugos :

“Llegamos a casa y tranquilamente nos sentamos delante del televisor, sin preocuparnos de lo que están emitiendo; estamos cansados, u llenos de problemas y, lógicamente, tenemos todo el derecho del mundo, una vez ya en nuestro propio hogar, a hacer los que nos da la gana. Entonces, ¡horror!, ¡qué ocurre! En la televisión todas las emisoras emiten una programación parecida, terrible, necia, absurda y poco interesante. Rápidamente montamos en cólera y despotricamos contra todo y contra todos. ¿A quién no le ha ocurrido alguna vez algo semejante? ¿Quién no se ha sentido alguna vez, y más de una vez, frustrado ante esa pantalla, en la que tantas veces el hombre de hoy procura relajarse y no encuentra más que basura ofensiva? Nuestra queja alcanza todos los estamentos. Acabada la cólera, la mayoría de las veces la tele se queda puesta y nos resignamos, o hacemos algún quehacer cotidiano. Nos sentimos víctimas de una estructura, en la cual no encajamos, somos incomprendidos, estamos desentendidos en nuestras necesidades de ocio. Víctimas inertes sin poder elegir, sometidos a tortura.

Es curioso que, cuando vamos a una librería, somos muy selectivos, nunca compramos cualquier libro, sino aquel que   íbamos a comprar, o uno que laboriosamente elegimos. Igual ocurre con el periódico, elegimos aquel que nos dice las cosas tal como nosotros las vemos; adaptamos nuestra personalidad a la ropa, etc. Pero en la programación de TV , nuestra elección se reduce a hacer zapping, y detenernos en cualquier cosa que nos llame la atención. No elegimos, ni pensamos con cuidado, al final todo vale. No nos damos cuenta de que esos contenidos que rechazamos no son inocuos. Quien no rechaza la tele basura acaba sintiendo como normal eso que rechazaba. Y no nos damos cuenta de labor de muchos profesionales ocultos tras esas imágenes, los ignoramos y, sin embargo, los dirigimos sin saberlo. Los llevamos también a su propia frustración. ¿Qué profesional podrá convencer, a un directivo de cadena para hacer un programa de calidad, si nosotros nos tragamos cualquier cosa y, al final, hacemos subir la audiencia de programas despreciables?. Con nuestra apatía y nuestro desinterés ejercemos entonces de verdugos, no sólo de nuestro espíritu, sino también de aquellos profesionales que creen que la programación debe ser no ofensiva, aquellos que luchan y son derrotados porque, después, usted, yo, nuestra familia, se sienta ante el TV y ve la TV basura sin preocuparse de las consecuencias. Nos retiramos de esa lucha, parece que no es importante o estamos demasiado cansados, dejamos a los niños una media de tres horas frente a la televisión, y nosotros mismos los hacemos, y damos razón a esos directivos que nos han dirigido esos programas, pues al final tiene éxito. Somos víctimas y verdugos. Hablamos de ello enfadados, pero le damos la oportunidad de seguir ocupando nuestros momentos íntimos de ocio. Votamos en las elecciones una vez cada cuatro años, pero en casa votamos muchas veces todos los días.

Piense que en casa, cada vez que enciende el televisor, usted seguramente se está dejando dirigir por las opiniones que más detesta. Y, a la vez,matando poco a poco aquello que más desea”[9].

Algo parecido se puede decir de la facilidad con que se consiguen y distribuyen anticonceptivos y condones mientras la pedagogía del amor humano brilla por su ausencia en familias y escuelas. En la misma familia se provoca a los jóvenes criándolos como machitos realengos… mientras se quieren proteger a las hembras en los muros del hogar. Tarea imposible: los hijos tuyos prostituyen su juventud… con las hijas del vecino; luego.. los hijos del vecino prostituyen su juventud… con tus hijas. Pero quizá ni aún eso ya importe: hay tanto modelaje y tanto concurso de belleza.

La llamada educación sexual escolar, cuando se ejecuta como una instrucción animal, acaba siendo una incitación solapada o explicita a todo tipo de corrupción moral: masturbación, fantasías eróticas, adulterios, sodomía, experiencias sexuales de todo tipo, son descritas y presentadas como algo inocuo, a lo sumo como algo opinable, que depende de gustos y sensibilidades. Además de que sostengo que el sexo como tal no es educable, es educable el amor, es claro que el lugar nativo de la educación en el amor humano es la familia y no la escuela, que bastante problemas arrastra para empantanarse en este lodo. No parece por otra parte que los alumnos hagan mucho caso a las advertencias del único pecado que existe en esa nueva religión sexológica, el embarazo, pues el número de adolescentes preñadas aumenta en proporción directa a esos cursos escolares.

  1. Consentimiento. Permitir a alguien hacer algo y asentir con ello no es lo mismo, pero en muchos casos es el puente de paso. Es necesaria la prudencia, rara virtud en quien no es justo, fuerte y casto, para saber cuándo se debe permitir un mal para evitar un mal mayor y cuándo, en cambio, no es posible permitirlo sin consentir en él.

No es posible aquí dar recetas fáciles. Hay quien ha identificado la tolerancia con la debilidad y la intolerancia con el fanatismo.

“El primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy erróneas que sean, ni en la indiferencia teórica o práctica respecto al vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en la preocupación por su mejoramiento intelectual y moral, no menos que nos preocupa su bienestar material”[10].

La tolerancia no puede ser fruto de nuestra indiferencia. Si a veces hay que tolerar el mal para evitar más graves desórdenes morales, propugnar normas o leyes justas es un deber de conciencia y justicia profesional. ¡Cuántos problemas diarios en todos los hogares o en las escuelas con la disciplina, la obediencia, las horas de salida, las vestimentas, las compañías…! Las decisiones de padres y maestros deben tener en cuenta la edad, madurez y responsabilidad de los jóvenes pero en ningún caso pueden hacerse promotores del mal deshonesto. El argumento de todos lo hacen o a todos se lo permiten no tiene más consistencia moral que el peligroso aborregamiento de la sociedad masificada que con prepotencia quiere uniformar a todos en la incultura y el desastre moral.

Gravísimo el intento de la anterior legislatura en Puerto Rico de repartir instrumentos de promiscuidad sexual a los adolescentes aún sin el permiso de los padres; lo mismo que hay ya países donde incluso se permite abortar sin autorización familiar –aunque sin esa autorización no se pueda operar a una menor de edad de una simple apendicitis-. Gravísimo porque es un secuestro de la patria potestad que evidencia una dictadura encubierta bajo la piel celestinesca de ciertas democracias. ¡Qué tolerancia puede esgrimirse para repartir condones en una escuela donde está prohibido repartir escapularios! ¡Qué democracia es la que obliga mantener los hijos hasta los 21 años pero priva de la autoridad a los padres en cuanto el niño tiene los primeros síntomas de la pubertad! Es u terreno este bien peligroso pues la maquinaria política totalitaria cuando se adueña del Estado produce siempre corrupción, terror… y mártires.

Tomás Moro murió por defender su derecho a la objeción de conciencia y salvó así su alma, su dignidad y su fama. Wolsey o Ana Bolena acabaron igualmente en el cadalso de la desgracia, pero después de vender, al “diablo” del poder real, su fama, su dignidad y su alma[11]. Pocos años posteriores al drama inglés se escribieron estos versos inmortales por nuestro Calderón[12]:

“Al Rey, la hacienda y la vida

se han de dar; pero el honor,

es patrimonio del alma,

y el alma sólo es de Dios”.

(¿Será casualidad que la primera edición en inglés de la encíclica Veritatis splendor censurara y suprimiera la referencia directa que el Papa hace al martirio de Tomás Moro y Juan Nepomuceno como modelo del comportamiento que necesita hoy imitar todo cristiano?).

5.- Halago. Es una vergüenza que sean los países que se llaman todavía cristianos los que propaguen por el mundo el aborto o la prostitución –turismo sexual, lo llaman hoy-, vicios en definitiva que se reducen al abuso del pobre. Todo esto no es posible sin el adobo sistemático de los oídos cristianos, donde con hermosas palabras se recubre el veneno de la media verdad. Quién averiguaría por ejemplo a qué “santo” o “pastor” cristiano pertenecen estas enternecedoras palabras:

“No existe, seguramente, hombre ni mujer sobre la faz de la tierra que pueda mirar a un recién nacido –tan pequeño, tan indefenso y, sin embargo, una miniatura tan perfecta de un ser humano- sin sentir una profunda y gozosa admiración ante el acto de la creación. El bautismo de un niño en la religión de sus mayores es un rito impregnado de gratitud y de esperanza. El adulto, como todos lo hemos comprobado con pena, está lleno de imperfecciones. Pero cada nuevo ser, inocente y puro, trae consigo la promesa de lo perfectible. Mientras nazcan niños, el mundo volverá a crearse día a día, con una nueva posibilidad de lograr un futuro libre de los errores del pasado. Al observar la suave y abierta mirada de un bebé, al sentir la presión de sus deditos que tantean confiados, todos sentimos elevarse nuestro espíritu.

El bebé llega, como ha dicho el poeta, desde el más allá hasta el aquí y ahora. Es una reafimación del eterno misterio de la vida que constantemente se reproduce. Es la coronación del matrimonio y el orgullo de sus padres. Sobre sus frágiles hombros ¿qué responsabilidades irán a recaer? Con sus delicadas manecitas ¿qué hazañas ejecutará? De su mente que apenas comienza a percibir ¿qué ideas surgirán?”[13]

Sin embargo este texto está sacado literalmente del comienzo de un libro del año 1967 donde Paternidad Planificada Internacional enseña no sólo el control de la natalidad de modo abiertamente inmoral –fármacos, condones y esterilización-, sino el mismo aborto como el medio anticonceptivo último sin más problemas morales que los dogmas católicos. No cabe peor cinismo… y sin embargo puede que incluso los autores se lo crean.

6.- Ocultación. La distorsión y manipulación de la verdad es, por desgracia, moneda tan corriente en nuestros días que, y esto es lo peor, ya no llama siquiera la atención. Tenemos así toda una saga de eufemismos ridículos como “pro-choice” para denominar una postura contraria por principio a la verdadera libertad de la madre, una mujer que siempre elegiría la vida; o el término taumatúrgico “terapéutico” aplicado al aborto o la clonación, cuando son medios que no curan nada; o los cacareados “derechos reproductivos” que enmascaran la violación sangrante de derechos humanos y femeninos más elementales.   Lo peor es ya la falta de reacción intelectual e incluso la aceptación social misma de esas categorías mentales. Miente, que algo queda…e igual hasta el propio mentiroso se cree su fabricada “verdad”.

7.- Complicidad. Se es cómplice cuando sin ser autor de un delito, la persona se asocia al mismo mediante actos previos o simultáneos. Detrás de muchos de los comportamientos que se han ido detallando se encuentra esta situación: nos hacemos nosotros mismos cómplices de nuestros verdugos y verdugos de nuestros cómplices, con la pena que tanto la complicidad como el castigo tienden a quedar sepultados en la catarata de decisiones precipitadas que tomamos todos los días o en la fosa de las costumbres rutinarias encallecidas. En el mundo actual lo importante es la acción sin contemplación, la velocidad sin sentido de meta: “no preguntes a dónde vamos, lo importante es ir a las millas”. Ante esta actitud el pensamiento coherente acaba siendo sospechoso y la objeción de conciencia una rareza patológica que la masa se encarga de estirpar. La “rara y peligrosa manía de pensar” acaba siendo un desaire al colectivo. Aunque la persona honesta trate de no inquietar a nadie, será suficiente su no colaboración con el deshonesto para ser acusado de traición fundamentalista e intolerante.

Por ejemplo, la filósofa Elizabeth M. Ascombe se opuso enérgicamente a que la universidad de Oxford confiriera el doctorado honoris causa al presidente norteamericano Hary S. Truman por su responsabilidad en las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. “Para los hombres elegir matar al inocente como medio para alcanzar sus fines es siempre asesinato” escribió contra el parecer de sus colegas profesores. El pago de sus posturas contracorriente acabará siendo la minusvaloración y el intento de silencio sobre la más grande filósofa angloamericana del siglo XX, albacea literaria del mismísimo Wittgestein.

8.- Por silencio: ¡Cuántos silencios culpables! La conspiración de silencios que hay en los periódicos o los medios públicos de masas ante temas selectivos. Así le fue posible a totalitarismos como el nazismo o el comunismo prolongar su dictadura enmascarada y machacar los derechos de sus propios ciudadanos. ¡Hay tantos que no quieren ver!

Hay también silencios impuestos y provocados, verdaderas mordazas. En septiembre de este año tiene prevista la ONU una Asamblea general especial sobre la Infancia. UNICEF, agencia organizadora de la cumbre, ordenó limitar a dos representantes la asistencia por cada Organización no gubernamental acreditada. La proporción de organizaciones pro-vida, respaldadas por grupos católicos y musulmanes, frente a las organizaciones abortistas y homosexuales es de 1 a 200 en los últimos encuentros de las Naciones Unidas. A nadie se le oculta que la mayoría de esas organizaciones “acreditadas” con una agenda inmoral no son sino altoparlantes bien organizados de grupos minoritarios pertrechados de dinero. Basta con tener un apartado de correos y unas pocas personas que endosen un nombre para crear un colectivo. La mayoría de esas miles de ONG, que trataron recientemente incluso de acallar la voz autorizada de la Santa Sede en la ONU, están creadas ficticiamente por unas mismas pocas personas. Es como si a cada grupo incorporado como iglesia se le diera en Puerto Rico el mismo peso público en una asamblea, independientemente de su respaldo social: tendríamos a la Iglesia católica con dos millones de fieles con los mismos dos representantes que la iglesia de Juan Pérez Inc, una de las miles de sectas y templos de Carolina, que debe tener algo así como una cincuentena de seguidores. ¡Bonita manera de ordenar la asamblea! Es como si a todos nos cortaran los pies para calzar a todos el mismo número de zapato.

9.- Por defensa de la maldad realizada. Periódicos y novelas están difundiendo un estilo de vida donde, so capa de realismo, el mal más escandaloso se presenta como bien, como lo normal y mayoritariamente admitido.

Ciertos “moralistas” del disenso también colaboran quizá inconscientemente a la ceremonia de la confusión por un cierto afán de protagonismo. La presión que recayó sobre la Iglesia y el Papa Pablo VI con ocasión de la Humanae vitae puede calificarse como un dirigido y despiadado linchamiento moral. Sin embargo se trata de una doctrina cristiana irreformable que el tiempo se encargará de esclarecer en su valiente oportunidad profética.

Terminaré con una propuesta positiva que escuché una vez a un amigo y ejemplifica todo lo que he querido decir. Así como el monumento emblemático de la costa este de América del Norte parece ser la estatua de la Libertad en Nueva York, icono de la admiración de los siglos “ilustrados” por la escogencia, se debería levantar en la costa oeste, quizá en Los Ángeles o San Francisco, una estatua a la Responsabilidad. Efectivamente en el imperio que marca el paso económico, social, político y moral al mundo entero no podrá haber esperanza si a la libertad de los ciudadanos no corresponde, como cara de la misma moneda, una responsabilidad igualmente enteriza. Sin esa otra cara, la moneda de la libertad es falsa: sería una pura escogencia manipulada interesadamente. Y esa estatua moral -no es imprescindible la de piedra- es tarea de todos, pero especialmente los cristianos. Es el grito de Juan Pablo II:

“Es necesario convencerse de la prioridad de la ética sobre la técnica, de la primacía de la persona sobre las cosas, de la supremacía del espíritu sobre la materia“[14].

“Deben ser sobre todo los laicos en virtud de su propia vocación quienes se hagan presentes en estas tareas”[15].

Con la ayuda de Dios, la honda del compromiso personal y el guijarro de la formación moral de las conciencias, la victoria de David sobre Goliat es segura. Cada hombre es un nuestro potencial aliado, cada conciencia nuestra arma secreta, cada corazón nuestra trinchera: porque elegimos la VIDA, porque vivimos la RESPONSABILIDAD, porque amamos la LIBERTAD.

Gracias a todos.

[1] Juan Pablo II (6.I.2001) Novo millenio ineunte, 52.

[2] Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, (1939) Camino, 301.

[3] S. Juan de la Cruz (1578) Cántico espiritual, estrofa 23.

[4] S. Agustín, De civitate Dei, I.  Fecerunt itaque ciuitates duas amores duo: terrenam scilicet amor sui usque ad contemptum Dei, coelestem uero amor Dei usque ad contemptum sui” S. Augustinus (s. IV) De ciuitate Dei, XIV, 28.

[5] Juan Pablo II (17.I.2001) Catequesis del miércoles.

[6] Caecitas mentis: Cf Santo Tomás de Aquino (1274) S Th II-II q 15, a 3.

[7] Catholic Truth Society (1987) Catecismo básico, Brooklyn 2000, pregunta nº 329.

[8] Perforación trans-abdominal del útero, que se realiza para obtener líquido amniótico. Generalmente se emplea para el diagnóstico de malformaciones en el feto.

[9] Campos Roselló, F J (18.I.2001) TV: víctimas y verdugos en “Alfa y Omega” 243.

[10] Pío X, Notre charge apostolique.

[11] El Card. Wolsey murió en 1530 camino de ser juzgado de alta traición y Ana Bolena decapitada en la Tower Green en 1536. No entro aquí en el problema de su posible condenación final, juicio reservado únicamente al Altísimo, donde son una misma cosa la Justicia y la Misericordia; hablo sólo de sus comportamientos históricos de sumisión y manipulación del poder político sin ningún escrúpulo, con evidente desprecio del valor de su propia conciencia.

[12] Calderón de la Barca, P (1640) El alcalde de Zalamea I, 874-876.

[13] Havemann, E y       redactores de LIFE (1967) Control de la natalidad, Holanda.

[14] Juan Pablo II (2.VIII.1980) Discurso a la UNESCO.

[15] Juan Pablo II (6.I.2001) Novo millenio ineunte, 52.