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NOTA SOBRE LA POLÉMICA RECIENTE ACERCA DE LA VENTA DE ÓVULOS EN PUERTO RICO

El nacimiento de un hijo es el acontecimiento más bello que una pareja pueda desear. “Deseo a un hijo con todo mi corazón”: ¡ojalá que todos los casados piensen así! Pero esto no puede traducirse en el derecho de tener un hijo. Se puede tener el derecho a la posesión de ciertas cosas, nunca de personas. El amor verdadero no pretende nunca (no tengo el derecho de poseer una mujer, aunque también éste es un deseo profundamente radicado en el corazón de todo hombre): el amor espera pacientemente una respuesta. El sufrimiento de no poder tener un hijo es seguramente grande, tan grande que puede amenazar la armonía y estabilidad de una pareja. No hay que maravillarse, por lo tanto, que la pareja que espera un hijo, el don de los dones, al darse cuenta de que no lo puede recibir de su amor, ceda a la tentación de producirlo en laboratorio. Pero las personas no se pueden comprar al supermercado de la vida: no existe el derecho a hacer mercado con la vida humana.

De la misma manera no se tiene el derecho a hacer mercado con el propio cuerpo o con sus partes. Antes que nada, porque no se posee el propio cuerpo: el cuerpo no es una cosa poseída por otra cosa que sería la persona. La persona es su cuerpo (aunque no sólo su cuerpo), y por eso no lo puede poseer como una cosa diferente de sí misma. Cualquier mutilación u ofensa a un órgano es una mutilación u ofensa a la persona entera. En efecto, todas las legislaciones del mundo prohíben la venta de órganos. Se sabe que existe un comercio internacional ilegal de órganos, porque hay gente dispuesta a pagar lo que sea por un riñón. Y, sin embargo, todos entienden que no es lícito inducir a alguien a privarse del propio riñón, aunque la forma con la que se induce esta acción fuera el pago de abundante dinero. Un órgano se puede sólo donar gratuitamente, en un acto de amor conmovido frente a la vida de otro ser humano en peligro. Donar un órgano es un modo de donarse al otro: y esto es amor, el único que pueda justificar el libre sacrificio de una persona hacia otra.

¿Se puede decir lo mismo de la venta de óvulos? Antes que nada, en este caso, no hay ninguna vida en peligro, no hay una intervención para sanar o salvar. Al contrario, precisamente poner a disposición los propios óvulos es crear las condiciones para que se pongan unas vidas en peligro. Donando óvulos, se favorece una actividad, la fecundación asistida, cuyo resultado, aunque no directamente deseado, es la supresión de numerosas vidas humanas, las de los embriones perdidos o suprimidos voluntariamente: dado que se trata de una actividad programada, son responsables de estas muertes tantos los médicos y los técnicos como los donantes y cualquier otra persona involucrada.

En conclusión, el acto de vender óvulos lesiona doblemente la dignidad humana:
1. la propia, porque rebaja la mirada sobre el propio cuerpo como cosa que se utiliza para llevar a cabo una operación comercial (que la llamen “compensación de riesgos” o “compensación por el tiempo perdido” es un una piadosa mentira que no engaña a nadie…);
2. la del hijo que de aquel óvulo nacerá y cuya madre ha abandonado al uso arbitrario que de él harán personas ajenas.

No se trata de un capítulo más del conflicto entre ciencia y fe cristiana, como alguien ha comentado en estos días, sino del conflicto entre la razón que quiere afirmar la dignidad inconmensurable de toda persona humana y el cinismo de quien utiliza el dolor y las necesidades humanas para montar su negocio.

En el caso específico de la publicación del anuncio para donantes de óvulos en el periódico de la UPR, Diálogo, nuestra preocupación es de tipo esencialmente educativo. La Universidad estatal, mantenida también con el dinero de todos los contribuyentes, ¿ha decidido dar espacio a un anuncio de este tipo como expresión de su misión educativa? ¿Cuál es el mensaje que quiere lanzar a nuestras jóvenes? ¿Están seguras las autoridades académicas, la Junta de Síndicos etc., de que están expresando los ideales humanos y los valores propios del pueblo puertorriqueño?

Se nos permita, por lo menos, disentir.

Giuseppe Zaffaroni