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LA FAMILIA
Cardenal Miguel Obando Bravo
La preocupación de la familia está en el corazón de la Iglesia, porque el futuro del mundo y de la Iglesia misma pasa a través de la familia.
Si queremos tener frutos en la tarea de la evangelización, el camino prioritario a recorrer es el de la familia, porque el bien de la familia está ligado al bien humano, psicológico y religioso de las personas, así como el bien de la Iglesia y de la sociedad.
En el libro del Génesis leemos que, viendo Dios que la maldad del hombre cundía en el mundo, envió el diluvio a la tierra, pero salvó una familia: la de Noé, el cual junto a su esposa, sus tres hijos con respectivas esposas e hijos entraron en el arca. Dios salvó esa familia porque en ella vivía intacto el sentido religioso. Noé era un hombre justo, que caminaba en la presencia de Dios.
El diluvio del materialismo y el hedonismo que, de diversas maneras y por innumerables caminos se propaga por la tierra, arrasando los valores del espíritu y sofocando todo en el interés del placer, la única esperanza de salvación que queda está en la santidad de la familia. Si la familia se salva, el porvenir de la humanidad se salvará también.
La experiencia pastoral nos enseña que hay muchos matrimonios felices, muchas parejas que un día se hicieron entrega mutua en el altar, y que ahora van dando testimonio de su amor y de su felicidad ante el mundo que los rodea. Lo que ocurre es que esos matrimonios no hacen ruido y de ellos no hablan los medios de comunicación.
Sin embargo, no es ningún secreto que la vida matrimonial está sufriendo en nuestros días una profunda crisis. Para convencernos de ello, basta observar las noticias de la prensa, las declaraciones de los sociólogos, las informaciones de los sacerdotes y abogados, los guiones de las películas y muchos folletos de literatura, y nos daremos cuenta en seguida de que la enfermedad social más extendida, la llaga más profunda, es la crisis del matrimonio y del hogar. El mejor termómetro para conocer esta crisis son los divorcios, cuyas estadísticas así sean un poco exageradas nos alarman.
Causas de los fracasos matrimoniales
Son muchas y no es fácil enumerarlas. Sin embargo, podemos señalar algunos síntomas que pueden explicar la anomalía que estamos detectando.
La familia es una de las instituciones en que más ha influido el proceso de cambio de los últimos tiempos. La Iglesia es consciente – nos recordaba el Papa Juan Pablo II – de que en la familia “repercuten los resultados más negativos del subdesarrollo: índices verdaderamente deprimentes de insalubridad, pobreza y aún miseria, ignorancia y analfabetismo, condiciones inhumanas de viviendas, subalimentación crónica y tantas otras realidades no menos tristes (Puebla 571).
Si hacemos retrospección, nos damos cuenta que las familias estaban caracterizadas por su forma “patriarcal” de vida, es decir tenían su vivienda amplia, abundaban los hijos y eran obedientes y sumisos a la autoridad paterna. Con ellos convivían otras personas unidas por vínculos de sangre y reinaba, por lo general, en esos hogares un ambiente religioso.
Hoy la familia “patriarcal” se ha convertido en familia “nuclear”, con apartamento estrecho. El hombre trabaja, la esposa también. La mujer se encuentra ante el marido con una autonomía psicológica y económica y el verticalismo jerárquico ha cedido su puesto a unas relaciones más horizontales y democráticas. Todos estos factores han ido desmontando pieza por pieza el modelo antes descrito.
La provisionalidad
Estamos viviendo una era de provisionalidad. El fenómeno llamémoslo “cultural”, del tírese o deséchese después de usarlo, está pasando de las cosas a las ideas y de las ideas a las personas y familias.
Nos estamos acostumbrando a los productos que desechan después de usarlos una sola vez: pañales y biberones para niños, pañuelos (kleenex) y toallas, jeringas para inyecciones, vasos, latas de refresco desechables, etc.
Lo que ocurre con las cosas está pasando con las ideas. Hoy en día, ideas que parecían luminosas y definitivas, pierden fuerza al poco tiempo. Libros, revistas, películas que muy pronto pasan de moda.
Pues eso que pasa con las cosas, las ideas, la política, está ocurriendo también con el matrimonio y el hogar.
Hay miedo al compromiso
No hay que extrañarse. La mayoría de la gente tiene miedo para tomar una decisión seria. Y los jóvenes también lo tienen ante un compromiso para toda la vida. Se asustan ante una definición tan definitiva. Muchos son capaces de enamorarse, pero muy pocos son capaces de amar sinceramente y recibir amor.
No hay conciencia clara de que el matrimonio es una vocación y no un pasatiempo que se puede acabar cuando la pareja le venga en gana. Pablo VI decía: “La fidelidad no es ya la virtud de nuestro tiempo”.
El ambiente de ciertos medios de comunicación
El cine, televisión, radio, prensa, revistas, novelas y telenovelas, lejos de contribuir a la unión familiar y al amor de los esposos, lo que hacen es presentar un matrimonio falseado y toda una gama de amores fáciles, cuando no van envueltos en la pornografía.
La revolución sexual
Quizás sea ésta una de las principales causas de la crisis matrimonial.
Del tabú que antes primaba, hemos pasado ahora a la apertura total y descarada. Somos víctimas de un bombardeo diario de campañas anticonceptivas, de pornografía, de condones, de incitación al placer, comercialización del sexo y de la mujer, anuncios, etc. Y todo esto está causando la pérdida de los valores conyugales.
¿Podemos hacer algo ante esta avalancha avasalladora que se nos ha venido encima? Yo creo que sí. Aquí vamos a ofrecer especialmente un remedio: la seria preparación para el matrimonio y el hogar.
El hombre, hoy en día se prepara para todo. Se prepara para ser médico, ingeniero, arquitecto, mecánico, artista y deportista... Pasan muchos días y meses y años en esa tarea. Pues con cuanta más razón deberá prepararse para ser esposo, padre y educador de sus propios hijos.
El concilio Vaticano II aconseja: “Se ha de instruir de una manera oportuna y a tiempo a los jóvenes, especialmente en el seno de la familia, sobre la dignidad, valor y cometido del amor conyugal para que, formados en la guarda de la castidad, cuando lleguen a la edad conveniente, pueden pasar de un honesto noviazgo al matrimonio”.
El Papa Jan Pablo II es todavía más preciso e insistente. Escribe en la Familiaris consortio n 66: “En nuestros días es más necesaria que nunca la preparación de los jóvenes al matrimonio y a la vida familiar... Por esto la Iglesia debe promover programas mejores y más intensos de preparación al matrimonio, para eliminar lo más posible las dificultades en que se debaten tantos matrimonios...
La preparación al matrimonio comporta tres momentos principales: Una preparación remota, otra próxima y otra inmediata. La remota, comienza desde la infancia en la juiciosa pedagogía del hogar... La próxima comporta una preparación más específica para los sacramentos, como un nuevo descubrimiento. Y la inmediata a la celebración del sacramento debe tener lugar en los últimos meses y semanas que preceden a las nupcias.
El período del noviazgo
El noviazgo es una aventura. Te pone en camino hacia la tierra prometida y te hace ejercitar la fe y la esperanza ante la novedad y la libertad de la persona amada.
El enamoramiento incipiente implica el ejercicio del arte de convencer. Cada uno de los novios muestra lo mejor de sí mismo. Muestra sus mejores encantos personales: su belleza, sus habilidades, su simpatía, su inteligencia. Pone en juego lo que considera más valioso y atractivo de ser varón o de ser mujer.
El enamorado trata de caer bien al otro y responder a lo que imagina que el otro espera. Pero en el desarrollo de la relación se van dejando ver con más realismo los límites del amado o de la amada, sus luces y sus sombras.
Amar es un sentimiento, pero es también una decisión aventurada. No se tienen todas las cartas en la mano. Entra en juego la libertad del otro. Una libertad siempre abierta y sorprendente. La irrenunciable tentación es querer cambiarlo, para que se parezca a la imagen ideal que uno se ha hecho del otro. Para madurar hay que aceptar al otro tal como es, con sus decisiones, con su historia y su crecimiento personal. Hay que pasar del “te amo porque te necesito” “al te necesito porque te amo”.
A los novios les encanta conjugar el verbo amar en sus tres tiempos: te amo, te amé, te amaré. En singular y en plural: yo te amo, nosotros nos amamos. En la gramática de los novios, no hay otro verbo tan dulce como el verbo amar.
La despedida de soltero o soltera es como el límite con que se dice adiós a la vida, en que nadie dependía de uno y se le da la bienvenida al nuevo estado, en que otro ser entra a formar parte de ti mismo. El soltero actuaba en función de su persona y se centraba en sí mismo. Vivía su propia vida. Satisfacía sus personales anhelos. El mundo giraba en torno suyo.
Algo nuevo debe empezar cuando se contrae matrimonio, ya que el casado debe actuar en función de su persona; tiene que vivir la vida como pareja en todo. El mundo tiene que girar en torno de un nosotros, que son el marido y la esposa y posteriormente los hijos.
Casarse significa terminar con el pasado, para comenzar con un presente que sólo concluye con la muerte de los cónyuges. El matrimonio no es la sociedad de dos solteros, es la entrada de cada uno en una vida nueva a dos, vida en común, la más íntima, la más profunda, la que compromete el cuerpo y el espíritu, el presente y el porvenir, el destino propio y el ajeno, la felicidad temporal y la eterna.
Romper con el pasado de soltero, quiere decir que los nuevos esposos han de tomar su lugar en el mundo como pareja. Cristo lo expresó con esta sentencia clarísima: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”.
Para unirse es necesario dejar. Porque si no se rompe con el pasado no se triunfa en el porvenir. La condición para la unión perfecta del matrimonio es olvidarse de la soltería, dejar de ser dos para ser uno.
La felicidad en el matrimonio consiste en hacer posible en la vida, lo que es imposible en las matemáticas: dos son uno. Y la desgracia conyugal será inevitable, cuando la fórmula sea dos son dos.
El período del noviazgo, es un tiempo de gracia especial de preparación para conocer y descubrir el marido o la mujer que Dios ha preparado desde el principio; sabiendo que Dios es el que lleva el diseño de amor sobre una pareja para constituir una familia.
El tiempo del noviazgo es fundamental para la preparación previa al matrimonio. Es una etapa de maduración humana y crecimiento en la fe, que sirve para descubrir si la otra persona es aquella con quien se quiere construir una familia.
“La preparación del matrimonio, constituye un momento providencial y privilegiado para cuantos se orientan hacia este sacramento cristiano y un “Kairós”, es decir, un tiempo en el que Dios interpela a los novios y los lleva al discernimiento sobre la vocación matrimonial y la vida en que esta introduce”, (Consejo Pontificio para la Familia 13-V-1996).
El ejemplo y la enseñanza dada por las familias cristianas, son el mejor camino para esta preparación; de igual modo, la influencia de la comunidad cristiana presidida por los presbíteros desempeña un papel indispensable en la transmisión de las virtudes humanas y cristianas de los futuros esposos.
Supone un gran avance para las parejas jóvenes el que hayan recibido una adecuada educación sexual orientada por los principios de la caridad y la moral cristianas, a través de la propia familia, de las escuelas donde estudian y la parroquia a la que asisten.
El Papa Benedicto XVI afirma Juan Pablo II dejó la Iglesia más valiente, más libre, más joven. Una Iglesia según la enseñanza y ejemplo del Papa polaco mira con serenidad al pasado y no teme al futuro.
Una de las preocupaciones de Juan Pablo II fue la familia a la que siempre trató de proteger de los peligros actuales que la amenazan.
Señala Juan Pablo II que la familia no solamente es el elemento natural y fundamental de la sociedad, sino que tal como Dios la ha fundado es un patrimonio de toda la humanidad. Es por ello preciso defenderla con todos los medios de nuestro alcance, frente a un mundo que cada vez rechaza los valores cristianos. La familia es esperanza de la humanidad.
El lazo que une a la familia, no es sólo una cuestión e afinidad natural o de compartir vida y experiencias, es principalmente un lazo santo y religioso. El matrimonio y la familia son realidades sagradas.
Al ser el núcleo familiar una comunidad de vida y amor se convierte en una iglesia doméstica y en un santuario de la vida. En ella es donde el hombre puede aprender a amar y sentirse amado no solamente de otras personas, sino también y ante todo de Dios. Los padres podrán hablar de Dios a sus hijos sólo cuando el amor de los esposos es vivido en santidad de la unión matrimonial.
Al nacer de mujer y en una familia, el Hijo de Dios ha santificado la familia humana. Es en ella el primer escenario de la evangelización, el lugar donde la Buena Nueva de Cristo se recibe por primera vez y luego se transmite de generación en generación en formas sencillas, pero profundas.
Señala Juan Pablo II que lo padres tienen el deber de educar a sus hijos no sólo en los aspectos culturales y sociales, sino también en la fe y en la vida cristiana.
Hace énfasis Juan Pablo II en que hay que educar a los hijos en los grandes valores de la fe cristiana. La primera escuela de catequesis es y debe ser la familia, viene después de la profundización de las grandes verdades de la revelación divina con la catequesis sistemática que se realiza en las parroquias, en los institutos y en los movimientos cristianos.
“Llegaréis a ser plenamente padres - asegura Juan Pablo II – rezando con vuestros hijos, meditando con ellos la palabra de Dios, acompañándolos en la Eucaristía y en los demás sacramentos. Así los habéis engendrado no sólo una vida corporal, sino también la vida eterna con Cristo”.
Juan Pablo II propone una verdadera pedagogía cristiana. Los padres deben formar a sus hijos con confianza y valentía en los valores esenciales de la vida humana. Deben enseñarles a no depender de los bienes materiales, así como inculcarles el sentido de la verdadera justicia y el respeto a la dignidad de la persona humana. Deben fomentar en ellos el amor y el servicio desinteresado hacia los demás, especialmente a los más pobres.
Muy importante es la educación sexual que constituye un derecho y deber fundamental de los padres. Debe realizarse siempre bajo su dirección y supervisión tanto en casa como en los centros educativos elegidos por ellos.
La Iglesia – advierte el Papa Juan Pablo II – se opone firmemente a un sistema de información sexual separado de los principios morales. La información sexual, sin los principios morales, no sería más que una introducción a la experiencia del placer, sin un significado esponsal y un estímulo para el libertinaje y el vicio ya desde los años de la inocencia.
Según la visión cristiana, educar a los hijos en la castidad no significa de ninguna manera rechazo ni menosprecio a la sexualidad humana, significa más bien fomentar una energía espiritual que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad para llevarlos hasta la realización plena.
Para los creyentes, la educación cristiana es el don más hermoso que los padres pueden dar a sus hijos y la manifestación más genuina y más elevada de su amor.
La armonía, la serenidad y la alegría de la vida familiar – asevera Juan Pablo II – dependen en gran medida de la mujer, esposa y madre, quien con su intuición, su tacto, su afecto, su paciencia y generosidad suaviza asperezas y tensiones. Es ella la que levanta los ánimos decaídos y ofrece un puerto acogedor en el cual refugiarse, cuando afloran los problemas en cualquier edad de la vida.
Juan Pablo II apoya la igualdad de la mujer en el lugar de trabajo, pero insiste en que las labores que ella realiza fuera del hogar no son más importantes ni más dignas que el trabajo del hogar.
Al respeto le incumbe el grave deber de colaborar en las cargas del hogar con su trabajo, no dilapidando el salario, que es un bien para toda la familia, siendo al mismo tiempo fiel a su esposo con un amor único e indiviso. Debe además mostrar un verdadero afecto y dedicación en la educación de sus hijos. ¡La familia se conserva y fortalece gracias al amor! Concluye Juan Pablo II.
En el fondo de todo divorciado vive un egoísta. El marido que quiere vivir a sus anchas como soltero, acabará por serlo. La esposa que en todo impone su gusto particular, sin importarle el del esposo, logrará su gusto, pero perderá al marido.
El marido que respeta la personalidad de su esposa, que con ella comparte la autoridad, que pone en la mujer algo de su equilibrio viril, que sabe ser apoyo en la aflicción, estimulante en el desgano, no sólo encontrará de premio una esposa excelente, sino la madre ideal para sus hijos.
HAY QUE ABRIRSE A LA RECONCILIACIÓN
Y AL PERDÓN
Para que la familia pueda permanecer unida y fomentar la comunión en la sociedad, debe practicar constantemente la reconciliación y el perdón.
Las familias, los grupos, los estados, necesitan abrirse al perdón para remediar las relaciones interrumpidas, para superar situaciones de estéril condena mutua, para vencer la tentación de excluir a los otros, sin concederles posibilidad alguna de apelación. Como decía Juan Pablo II: “Una familia que reza unida, permanece siempre unida”.
El hombre, “caña pensante”, vive interrogante, no ha dejado de formularse esta cuestión fundamental: ¿De dónde procede el misterio del mal? ¿Cuál es la causa profunda de los conflictos que separan a la humanidad y que constantemente desgarran el tejido de la convivencia y de la comunión entre los hombres?
Esto ha llevado naturalmente a profundizar en el pecado y en la naturaleza del hombre.
Una de las reflexiones más maduras, en un momento avanzado de la reflexión teológica, no es presentada en el libro del Génesis. Creado amorosamente el hombre por Dios, éste pretende reemplazar su condición de criatura en una especie de suplantación de Dios. No reconoce su dependencia. No obedece. Es la seducción del “seréis como dioses...” (Gén. 3,5).
En la relación de la fidelidad a Dios se abre el camino de la vida, con su negación se abre el camino de la muerte, de la división.
El hombre por el pecado ha recibido una profunda herida en su propio de ser, la cual es raíz de las divisiones entre los hombres. Por el rechazo del don y de la amistad de Dios, el hombre se destruye a sí mismo. Queda escindido en su interior. Surge entonces la ruptura con los demás y una desorientación que, de alguna manera, afecta al mismo cosmo.
“El misterio del pecado se compone de esta doble herida, que el pecador abre en su propio costado y en relación con el prójimo” (R. P. No. 15).
El hombre creyente sabe que pretender salvarse a sí mismo, con sus propias fuerzas, es imposible. Sería como pretender salir de la arena movediza jalándose a sí mismo de los cabellos.
La salvación llega en la acción reconciliadora de Cristo. El Reino de Dios que en él irrumpe en reino de perdón, de indulgencia. Las divisiones y rupturas del mundo son sanadas en una nueva unidad, cuyo centro es el mismo Cristo.
La presencia de Cristo instaura una nueva comunión entre los hombres. La reconciliación actúa en el doble sentido de la conversión: hacia Dios, en el regreso del pecador arrepentido a la casa del Padre, y en el ir auténticamente hacia nuestros semejantes. El pecado es separación. La ley del amor de Dios es unificadora.
El Dios que nos redime mediante su entrada en la historia, y que mediante el drama del Viernes Santo prepara la victoria del día de la Pascua, es un Dios de misericordia y de perdón.
Siguiendo las enseñanzas y el ejemplo de Jesús, los cristianos estamos convencidos de que mostrar misericordia significa vivir plenamente la verdad de nuestra vida: podemos y tenemos que ser misericordiosos, porque nos ha sido manifestada la verdad por un Dios que es amor misericordioso.
El ser humano cuando comete el mal, se da cuenta de su fragilidad y necesita que los otros sean indulgentes con él. Por tanto, ¿por qué no tratar a los demás como uno desea ser tratado?
Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso.
El perdón es ante todo una iniciativa de cada individuo respecto a sus semejantes. La persona, sin embargo, tiene una dimensión esencialmente social, por la cual establece una red de relaciones sociales en las que se manifiesta a sí misma: no sólo en el bien sino por desgracia en el mal. Consecuencia de ello es que el perdón es necesario también en el ámbito social.
Los seguidores de Cristo, bautizados en su muerte y en su resurrección, deben ser siempre hombres y mujeres de misericordia y perdón.
Pero, ¿qué significa perdonar? En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado. Recordemos la primera palabra que pronunció Cristo desde la cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc.23, 34).
No podrá emprenderse nunca un proceso de paz si no madura en los hombres y mujeres una actitud de perdón sincero. Sin este perdón las heridas continuarán sangrando, alimentando en las generaciones futuras un hastío sin fin, que es fuente de venganza y causa de nuevas ruinas. El perdón ofrecido y aceptado es premisa indispensable para caminar hacia una paz auténtica y estable.
SANTA MÓNICA SUPO PERDONAR Y ORAR
Santa Mónica supo perdonar a su marido y vivió de manera ejemplar su misión de esposa y madre. Ayudó a su esposo, Patricio, a descubrir la belleza de la fe en Cristo y la fuerza de amor evangélico, capaz de vencer el mal con el bien.
Después de la muerte de su marido, Mónica se dedicó con valentía al cuido de sus tres hijos, entre ellos san Agustín, el cual al principio la hizo sufrir con su temperamento rebelde.
Después dirá san Agustín que su madre lo engendró dos veces; la segunda requirió largos dolores espirituales, con oraciones y lágrimas, pero que al final culminaron con la alegría no sólo de verle abrazar la fe y recibir el bautismo, sino también de dedicarse enteramente al servicio de Cristo.
¡Cuántas dificultades existen también hoy en las relaciones familiares y cuántas madres están angustiadas porque sus hijos se encaminan por senderos equivocados!
Santa Mónica, mujer sabia y firme en la fe, les invita a no desalentarse, sino a preservar en la misión de esposas y madres, manteniendo firme la confianza en Dios y aferrándose con perseverancia en la oración.
En cuanto a Agustín, toda su existencia fue una búsqueda apasionada de la verdad. Al final, no sin un largo tormento interior, descubrió en Cristo el sentido último y pleno de su vida y de toda la historia humana.
En la adolescencia, atraído por la belleza terrena, “se lanzó” a ella – como dice el mismo (cf. Confesiones X, 27-38) – de manera egoísta y posesiva con comportamientos que produjeron no poco dolor su piadosa madre. Pero a través de su fatigoso itinerario, también gracias a las oraciones de ella, Agustín se abrió cada vez más a la plenitud de la verdad y el amor hasta la conversión, ocurrida en Milán, bajo la guía del obispo San Ambrioso.
Así permanecerá como modelo del camino hacia Dios, suprema Verdad y sumo Bien.
Un famoso himno de las confesiones expresa en cuatro pequeñas estrofas el drama del pecador, sus trabas, la llamada de Dios y la maravilla del descubrimiento.
Tarde te amé,
Belleza antigua y tan nueva,
Tarde te amé.
Lo que mantenía lejos de ti,
Eran tus criaturas,
Que no existen más que en ti.
Me llamaste, gritaste,
Y venciste mi sordera.
Me mostraste tu luz,
Y tu claridad expulsó mi ceguera.
Expandiste tu perfume,
Lo aspiré,
Y suspiro tras de ti.
Te he probado,
Y tengo hambre y sed de ti.
Me has tocado,
Y ardo en deseo de tu paz.
Que San Agustín obtenga también el don de un sincero y profundo encuentro con Cristo para todos los jóvenes que, sedientos de felicidad, la buscan recorriendo caminos equivocados y se pierden en los callejones sin salida.
+Cardenal Miguel Obando Bravo
Octubre 2006
Puerto Rico