Dr. Eduardo Torres Moreno
Presbítero diocesano
Pontifica Universidad Católica de Puerto
Rico
Aquel día 16 de octubre de hace 25 años poco podíamos
sospechar que las nubes de desaliento y deserción que descargaban contra la
santa Iglesia Romana serían barridas por un “huracán” venido de oriente, “de
un país lejano, aunque siempre vecino por la fe y la tradición cristiana”[1].
Todavía hoy resuena en los oídos de nuestros
contemporáneos, temerosos entonces tanto del comunismo como de la guerra
nuclear, aquel grito de la Misa inaugural en la plaza de san Pedro:
“No tengáis miedo de acoger a
Cristo y aceptar su poder. Ayudad al Papa y a cuantos desean servir a Cristo;
servid, con el poder de Cristo, a la persona humana y a toda la humanidad.
¡No tengáis miedo! Abrid de par en par las puertas a Cristo.
A su poder salvador se abren las fronteras de los Estados, de los sistemas
económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, la civilización y el
desarrollo.
¡No tengáis miedo! Cristo sabe “lo que hay dentro del hombre” (cf. Jn 2,
25). ¡Sólo Él lo sabe!”.
Poco podíamos imaginar entonces que aquel nuevo Papa, el
primer polaco, casi desconocido entre periodistas y multitudes, aquel supremo
Pastor que reivindicaba
con su nombre la herencia de los Papas del Concilio Vaticano II y del reciente
Papa Luciani, acabaría batiendo todas las marcas, en la Iglesia y en el mundo,
hasta extremos inimaginables.
El Papa Wojtyla ha alcanzado ya, aun antes de su muerte, el
calificativo de Magno, en una rara unanimidad mundial. Aun los que no
están de acuerdo con sus enseñanzas no pueden sino reconocer la magnitud de
quien es ya probablemente el Hombre del siglo en cuanto Papa estelar.
Sin duda se encuentran en la historia Papas que han sido
deportistas, montañeros, esquiadores, dramaturgos, poetas, cantores,
filósofos, líderes de masas, apóstoles, profesores, catequistas,
contemplativos, teólogos, pastores, filólogos, políglotas, directores de
almas, artistas o trabajadores manuales; lo admirable es encontrar uno que
reúna todas estas cualidades a la vez y en una calidad extraordinaria, como si
de un héroe se tratara: y esto es lo que sobrecoge en el caso de Juan Pablo II.
Ha batido todos los “records”: santos y beatos con los que
la Iglesia del cielo anima a la de la tierra; número de obispos y cardenales
nombrados, recibidos, saludados y escuchados por él; sínodos constantes en los
que nunca ha faltado su presencia; sacerdotes ordenados o alentados por sus
manos; presidentes, embajadores, hombres públicos o privados, siempre
atendidos como hermanos; países visitados pastoralmente, cuya tierra ha besado
y bendecido; Estados (tan significativos como México, Estados Unidos o
Israel) que han establecido por vez primera sus relaciones diplomáticas con el
Vaticano; miles y miles de kilómetros recorridos a lo largo de toda la tierra;
cientos de millones de personas de toda religión, cultura, edad, raza, lengua
y profesión que lo han visto, escuchado y vitoreado; millones de peregrinos en
los diversos Años santos; concentraciones de millones de jóvenes como nunca
antes en la historia. Y todo sin dejar lo que pudiéramos llamar las
ocupaciones más normales: la Misa diaria concelebrada con diversos huéspedes,
el gobierno de la Diócesis de Roma y la visita a todas sus parroquias; las
audiencias de los miércoles y los ángelus dominicales con sus maravillosas
catequesis; la recepción de grupos de peregrinos o personalidades; el despacho
diario con los responsables del gobierno de la Iglesia; la visita a todas las
regiones de Italia; la celebración de todos los sacramentos en su Sede
vaticana. Incluso ha tenido tiempo para muchas anécdotas: contestar preguntas
a periodistas, como el “bestseller” Cruzando el umbral de la esperanza;
caminar por la montaña, o esquiar con un presidente, ateo pero amigo, de la
República italiana.
Todas las categorías resultan insuficientes: Papa de los
jóvenes, de la familia, de los ancianos, de los niños, de la mujer, de la
colegialidad episcopal, del ecumenismo, de la paz. Como dicen los obispos
españoles:
”Es imposible resumir en pocas
palabras lo que el pontificado de Juan Pablo II significa para la Iglesia y
para el mundo. Él sufrió bien pronto en su propia carne las heridas de la
irracional violencia que azota al mundo de hoy. Pero Dios ha querido que su
pontificado sea uno de los más largos de la milenaria historia de la Iglesia,
el tercero después del de San Pedro. Así ha podido realizar su sueño de
acompañar a la Iglesia en el paso del segundo milenio cristiano al tercero, en
un cambio de siglo en el que se nos ha dado celebrar, con el mismo Papa y bajo
su impulso, el gran Jubileo de la Encarnación de Jesucristo, el Hijo de Dios,
en el año 2000. El Santo Padre, con su enseñanza y con su ejemplo, nos ha
ayudado a poner con fe, esperanza y amor nuestra mirada y nuestro corazón en
Jesucristo, el Redentor del hombre, y en el Padre de las misericordias, y en
el Espíritu Santo vivificador, Dios único y verdadero”
Es tan enorme su personalidad humana y cristiana que se nos
hace un Papa de imposible clasificación, aun acudiendo a los
contrastes. Se le ha llamado el Papa polaco, pero por más fiel a su
patria y más comprometido con su historia y su cultura nacional que se le vea,
no se encontrará un polaco más universal e incluso un Papa más
romano, como atestigua el número de parroquias personalmente visitadas o
la devoción que le profesan sus diocesanos. Se le ha llamado Restaurador de
la fe, lo cual nunca está de más en un Sucesor de Pedro, pero por más
ortodoxia que se busque en sus documentos, ningún pastor de la Iglesia ni de
otras confesiones ha ido más lejos en su paciencia y capacidad de diálogo o en
sus propuestas de renovación teológica, aplicación litúrgica o búsqueda de
encuentro ecuménico. Se le quiere tipificar como Líder carismático,
pero por más hechizo que revista su palabra o electricidad de masas que
provoquen sus gestos, pocos filósofos o teólogos contemporáneos se le pueden
comparar en la amplitud y hondura de conocimientos filosóficos y teológicos, y
desde luego ningún filósofo contemporáneo le gana en teología, como ningún
teólogo en filosofía. Se dice en los periódicos que es tradicional o
conservador en la moral familiar y religiosa mientras sería progresista en lo
social y político, pero su propuesta moral es orgánicamente indivisible y goza
tanto de sólida base en la tradición cristiana como de atrayente forma para
los jóvenes que lo buscan. Ha sido un Papa verdaderamente moderno tanto
por su formación fenomenológica como por sus cercanía pastoral a los problemas
reales de sus fieles, pero quizá no sean tan modernos los que lo critican
desde sus atalayas volterianas o clericales, sin rozarse con el pueblo. Juan
Pablo II ha penetrado todos los aspectos obscuros del siglo XX, desde el
nazismo al comunismo, del racismo al utilitarismo más burdo, para ser no un
profeta de calamidades sino el Moisés del siglo XXI.
A lo largo de más de 26 años, el timonel de la barca de
Pedro, la ha guiado con un magisterio que abarca todos los puntos del saber
teológico y con un gobierno que ha afrontado siempre los problemas actuales
con apertura, serenidad y autoridad evangélica. Con sus más de 100 viajes
apostólicos internacionales, la Sombra de Pedro (cf Act 5, 15) ha
recorrido todos los rincones de la tierra para proyectar su poder curativo
especialmente sobre los enfermos, desprotegidos y necesitados. Pero es sobre
todo su propio testimonio de vida, robusto y enterizo, el que ha acabado
asombrando al mundo. Impresiona la actitud mística de su oración, el rigor
mistérico de su liturgia, la fuerza de su palabra rebosante del Espíritu de
Dios; pero no menos el calor de su cercanía, la ternura con los ancianos, los
enfermos y los niños, el estar en los detalles, la perspicacia para descubrir
lo oculto, la empatía con hombres de todas las culturas, el realismo de sus
programas. Si queremos entender de alguna manera este gigante del espíritu,
debemos contemplarlo desde sus propias convicciones. No sirven de nada
categorías políticas nacidas en la revolución jacobina como derechas o
izquierdas o categorías desgastadas y vacías como conservador o
progresista. Pueden muy bien, en cambio, servirnos como claves de
comprensión tres pasiones evidentes en Juan Pablo II a partir tanto de
sus dichos y gestos como de sus hechos: su pasión por el hombre, su pasión
por la Virgen Madre y su pasión por Jesucristo.
Karol Wojtyla ha sido siempre un apasionado de la causa
del hombre:
“Karol Wojtyla
quedó convencido desde la segunda guerra mundial de que la crisis de la
civilización mundial que había convertido el siglo xx en un matadero era una
crisis del humanismo, una crisis causada por ideas desesperadamente erróneas
sobre la persona humana, sus orígenes, su historia y su destino. Wojtyla era
íntimo amigo del teólogo francés del ressourcement Henri de Lubac, s.j.,
y coincidía con su razonamiento de que el “drama del humanismo ateo” había
conducido, inexorablemente, al Gulag, a Auschwitz y al debilitante
utilitarismo que reduce a los seres humanos a materiales que otros manipulan.
Una vez reconocido esto, la tarea cultural de la Iglesia era ayudar a rescatar
el proyecto humanista proponiendo una alternativa al humanismo ateo: el
humanismo cristiano, basado en la convicción de que Jesucristo revela
tanto la faz del Padre misericordioso como el verdadero significado de
nuestras vidas. Y eso, propuso Wojtyla, es sobre lo que debería tratar el
Concilio Vaticano II. Y eso es sobre lo que ha tratado el pontificado de Juan
Pablo II”.
En efecto, visto desde la meta ya alcanzada, su pontificado
se puede definir como el que ha hecho de la dignidad de cada ser humano el
camino de la Iglesia.
Personalmente el Papa ha dejado su vida proclamando contra viento y marea, por
todos los foros del mundo:
“la defensa de la vida, de la
libertad, de la concordia y la paz; la atención caritativa a los más
necesitados de cualquier raza y religión para el desarrollo de todos los
pueblos y la invitación constante a cuidar de la creación (...).
El mensaje de Juan Pablo II,
propuesto siempre sin imposición ni injerencia alguna, sino con el valor
profético y explícito del Evangelio y de la doctrina moral y social de la
Iglesia que de él se deduce, ha llegado a contribuir de modo decisivo a la más
justa configuración social de muchos países.
El diálogo ecuménico con otras confesiones cristianas, lleno de respeto y de
amor a cada persona y simultáneamente a la verdad, ha promovido una mayor
cercanía, que prepara los caminos de la unidad. Lo mismo se puede decir del
diálogo interreligioso, del que la convocatoria en Asís de los líderes de
todas las religiones del mundo en 1986, constituye un ejemplo de gran relieve
histórico.”.
Que esto no es algo casual, sino que estaba previsto así,
lo podemos constatar releyendo su Encíclica programática Redemptor hominis:
“El hombre actual parece estar
siempre amenazado por lo que produce, es decir, por el resultado del trabajo
de sus manos y más aún por el trabajo de su entendimiento, de las tendencias
de su voluntad. (...) El progreso de la técnica y el desarrollo de la
civilización de nuestro tiempo, que está marcado por el dominio de la técnica,
exigen un desarrollo proporcional de la moral y de la ética. (...) ¿Crecen de
veras en los hombres, entre los hombres, el amor social, el respeto de los
derechos de los demás -para todo hombre, nación o pueblo-, o por el contrario
crecen los egoísmos de varias dimensiones, los nacionalismos exagerados en
lugar del auténtico amor a la patria, y también la tendencia a dominar a los
otros más allá de los propios derechos y méritos legítimos, y la tendencia a
explotar todo el progreso material y técnico-productivo exclusivamente con
finalidad de dominar sobre los demás o en favor de tal o cual imperialismo?”.
Su pasión por la Madre Virgen, que al mismo tiempo e
indisolublemente es María y es la Iglesia, queda plasmada no sólo en sus
oraciones, homilías y actitudes, sino en su propio escudo y lema episcopal,
donde campea el anagrama de María y el lema monfortiano de la perenne
esclavitud espiritual, Totus tuus ego sum, et omnia mea Tua.
Este anagrama y el lema Tuyo por entero (Totus
tuus) mucho más que una proyección psicológica propia de huérfano –como
cruelmente ha insinuado algún aspirante clerical a psicoanalista barato-,
revelan la profunda devoción a la Virgen santísima del Papa Wojtyla: devoción
acendrada desde su juventud, cimentada en la mejor teología e incorporada
orgánicamente en su recia propuesta de renovación cristiana. Esta
espiritualidad mariana eclesiológica no es sólo una devoción, es una clave
tanto de su pensamiento como de su proyecto pastoral y se concreta en proponer
a los cristianos de hoy una santidad que es más fruto del Espíritu de Dios
que sólo de la voluntad humana, una Iglesia que debe ser mucho más carismática
–mariana- y no sólo jerárquica -petrina-, un mundo que debe convertirse al
genio femenino. Estos principios operativos son los que dan impulso al
diálogo ecuménico e interreligiosos, a la aplicación del Concilio Vaticano II
y a la revalorización de los santos como testigos de la nueva evangelización.
Una Iglesia más mariana tendrá que ser más ecuménica, ya que María es Madre de
la unidad, como tendrá que ser más carismática una Iglesia que quiera imitar a
la Llena de gracia, a la Mujer desposada por el Espíritu de Dios; más
carismática quiere decir celosa para recoger para acoger los dones de Dios
como el último concilio y los innumerables frutos actuales de santidad. Es lo
que se ha realizado, según los obispos españoles, en este pontificado:
“La aplicación del Concilio Vaticano
II, el gran don que el Espíritu Santo ha concedido a su Iglesia en el siglo XX,
como un “nuevo adviento”, de modo particular a través de las distintas
asambleas del Sínodo de los Obispos que él ha presidido personalmente, ha sido
y es una de las tareas más relevantes del Papa, plasmada no sólo en la
publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, sino también en la
renovación legislativa desde la mirada teológica y pastoral de su misión.
Al proclamar tantos
santos y beatos, (...), tantos mártires del siglo XX de todas partes del
mundo, Juan Pablo II nos ha recordado (...) que la santidad es posible para
todos y que es necesario aspirar a ella con determinación por los distintos
caminos de seguimiento del Señor en la fidelidad a las diversas vocaciones y
misiones que enriquecen a la Iglesia”.
Así, María como Icono y Madre de la Iglesia –mosaico con el
que completó la Plaza de San Pedro- es la propuesta encarnada de la Nueva
evangelización, de un mundo que debe valorar más las personas que las
cosas, el espíritu que la materia, la calidad más que la cantidad, el ser más
que el tener. Y esta propuesta, forjada en contraste con el nazismo y el
marxismo, sistemas estatalistas ateos de alineación humana, aporta al hombre
contemporáneo lo que más está buscando y necesitando: la esperanza. De
ahí su propuesta pastoral:
“El
hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser
incomprensible, su vida está privada de sentido si no se revela el amor, si no
se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no
participa en él vivamente. Por esto precisamente,(…) el hombre que quiere
comprenderse hasta el fondo a sí mismo -no solamente según criterios y
medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso
aparentes-, debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y
pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por
decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe "apropiarse" y asimilar toda
la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo.
Si se realiza en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de
adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor
debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha "merecido tener tan grande
Redentor", si Dios ha dado a su Hijo, a fin de que él, el hombre, "no muera
sino que tenga la vida eterna"!. En realidad, ese profundo estupor respecto al
valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se
llama también cristianismo. Este estupor justifica la misión de la Iglesia en
el mundo, incluso, y quizá aún más, en el mundo contemporáneo”.
En cuanto a su pasión por Jesucristo, queda expresada
por su saludo habitual y su despedida: ¡Alabado sea Jesucristo!. Como
nos explica en Redemptor hominis:
“El, Hijo de Dios vivo, habla a
los hombres también como Hombre: es su misma vida la que habla, su humanidad,
su fidelidad a la verdad, su amor que abarca a todos. Habla además su muerte
en la cruz, esto es, la insondable profundidad de su sufrimiento y de su
abandono. La Iglesia no cesa jamás de revivir su muerte en la cruz y su
resurrección que constituyen el contenido de la vida cotidiana de la Iglesia.
En efecto, por mandato del mismo Cristo, su Maestro, la Iglesia celebra
incesantemente la Eucaristía, encontrando en ella la "fuente de la vida y de
la santidad", el signo eficaz de la gracia y de la reconciliación con Dios, la
prenda de la vida eterna. La Iglesia vive su misterio, lo alcanza sin cansarse
nunca y busca continuamente los caminos para acercar este misterio de su
Maestro y Señor al género humano: a los pueblos, a las naciones, a las
generaciones que se van sucediendo, a todo hombre en particular, como si
repitiese siempre, a ejemplo del Apóstol, que nunca entre vosotros me
precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. La
Iglesia permanece en la esfera del misterio de la Redención, que ha llegado a
ser precisamente el principio fundamental de su vida y de su misión”.
El Papa fue, desde joven un Creyente en las palabras, y
sobre todo, un Enamorado de la Palabra. No sólo comenzó, antes de
estallar la guerra, Filología polaca como su elección universitaria, sino que
precisamente a través del teatro se propuso colaborar con la resistencia al
injusto ocupante de la patria, convencido de la superioridad estratégica de la
palabra viva sobre las armas. Creyendo en la fuerza transformadora de las
palabras pronunciadas en nombre de Cristo, en la Plaza de Varsovia en 1979, se
encaminó, como un nuevo David ante Goliat, a desafiar el muro comunista de
vergüenza que dividía el mundo. Creyendo así en la fuerza de la verdad
con la lógica del perdón más que en la fuerza del poder con la lógica
del sometimiento, ha caminado como Peregrino de la paz entre oriente y
occidente, entre palestinos y judíos, entre argentinos e ingleses, entre
griegos y turcos, entre protestantes y católicos, entre croatas y servios,
entre árabes y americanos, entre el norte y el sur, a lo largo de un mundo
globalizado en la injusticia y la guerra. Está convencido que es Cristo la
verdadera Palabra, la única Palabra de Dios al hombre, como es la Iglesia
santa la única Palabra verdadera del hombre a Dios.
Es más, con serenidad y alegría Juan
Pablo II ha llevado consigo, en su carne y en su vida, la misteriosa
presencia de la Cruz gloriosa del Señor. Difícilmente se encuentran
hombres que puedan sobrellevar sufrimientos tan objetivos y graves como la
orfandad (a los 8 años perdió a su madre, a los 12 su único hermano y a los 21
a su padre), la soledad, la persecución política, la enfermedad crónica, el
hambre, la guerra, la difamación, el insulto, la conjura en su contra, la
lucha desesperada contra sistemas oprobiosos e inhumanos, los atentados
mortales. Si es difícil encontrar hombres con esta capacidad de sufrimiento,
es aún más difícil que el peso de estas tragedias no haya hundido a este
hombre, comprensiblemente, en la depresión, en la enfermedad o lo haya llevado
incluso a la muerte. Pero es sencillamente divino, que en un hombre que ha
sufrido así, hasta el martirio, y que además ha cargado sobre sus hombros el
peso de toda la Iglesia y los dolores de toda la humanidad, podamos encontrar
la sonrisa de un niño, el buen humor de un amigo, el calor de un hermano, el
corazón de un padre, y la misericordia de Dios. Todo esto no sólo es
sobrehumano, sino que es estrictamente divino: es un Regalo de Dios
para un siglo torturado por el fracaso humanista de las ideologías. Y este
regalo ha sido posible porque, desde niño, Karol se fue forjando al calor de
la Divina Misericordia (devoción promovida por Santa Faustina Kowalska) que es
“quien revela al hombre el propio Hombre”.
De hecho, si rastreamos entre
sus escritos una frase favorita, probablemente sea esta:
“Cristo, Redentor del mundo, es Aquel que ha penetrado, de
modo único e irrepetible, en el misterio del hombre y ha entrado en su
"corazón". Justamente, pues, enseña el Concilio Vaticano II: "En realidad el
misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.
Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir (Rom 5, 14),
es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma
revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al
propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación".
Y por eso la tarea de la Iglesia no es otra que:
“ayudar a todo hombre para que se encuentre a sí mismo en él
[Cristo], ayudar a las generaciones contemporáneas de nuestros hermanos y
hermanas, pueblos, naciones, estados, humanidad, países en vías de desarrollo
y países de la opulencia, a todos en definitiva, a conocer las "insondables
riquezas de Cristo", porque éstas son todo hombre y constituyen el bien de
cada uno”.
En conclusión,
si todas las
categorías resultan pobres para clasificar la estatura de este gigante del
espíritu, probablemente será porque su persona ha supuesto la presencia de
un misterio y de un don para la humanidad del nuevo milenio. El
secreto inefable de la recia personalidad del Papa Juan Pablo Magno,
sirviéndonos precisamente de su propio escudo y lema, (una cruz, el anagrama
de María y un lema: Totus tuus), se desvela en una síntesis comprensiva
que podemos resumir en un título, el título de uno de sus libros: Signo de
contradicción. Como Cristo, Luz de las gentes, estaba destinado Juan Pablo
II a ser, para los humildes de la tierra, otrora “famélica legión”, el
Sembrador de esperanza en los campos de un mundo enajenado por la Sospecha
y el Maestro de certeza entre los Ministros de la complicación, y esto
mientras era levantado en lo alto de todas las picotas por los Profesionales
de la manipulación. Y por ser Signo de contradicción puede ser
Testigo de esperanza,
quien ha vencido el miedo con la fuerza imparable del Amor misericordioso. Ha
realizado en su existencia la misma transformación de la Cruz en Luz
que se opera simbólicamente en la liturgia del Triduo pascual.
Como María estuvo firme al pie de la Cruz, el Papa mártir,
traspasado su seno por las balas, ha seguido abrazado al ministerio que el
Padre le encomendó el día de santa Eduviges de 1978, mientras resonaba por
las plazas la misma antigua tentación que tuvo que escuchar su Maestro: ¡Baja
ahora de la Cruz, para que todos lo veamos, y creamos en ti! (Cf Mc 15,
30-32). Y conmovido, el mundo ha recibido su mejor “encíclica”, escrita con su
propia sangre, sobre el valor salvífico del dolor y sobre el
Evangelio de la vida: su impresionante serenidad y alegría ante la muerte,
cuando le llamó el Señor el primer sábado de abril (Promesa del Inmaculado
Corazón), en las primeras vísperas del Domingo solemne de la Divina
Misericordia. Las palabras que expresamente escribió antes de su agonía pueden
servirnos de “testamento”:
“Resuena también hoy el gozoso Aleluya de Pascua. La pagina
del Evangelio de hoy de Juan subraya que el Resucitado, la noche de ese día,
se apareció a los apóstoles y «les mostró las manos y el costado» (Juan 20,
20), es decir, los signos de la dolorosa pasión impresos de manera indeleble
en su cuerpo también después de la resurrección. Aquellas llagas gloriosas,
que ocho días después hizo tocar al incrédulo Tomás, revelan la misericordia
de Dios que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Juan 3, 16).
Este misterio de amor está en el corazón de la liturgia de hoy, domingo «in
Albis», dedicado al culto de la Divina Misericordia.
A la humanidad, que en ocasiones parece como perdida y
dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le
ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y vuelve a abrir el espíritu a
la esperanza. El amor convierte los corazones y
da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Divina
Misericordia!
Señor, que con la muerte y la resurrección revelas el amor
del Padre, nosotros creemos en ti y con confianza te repetimos hoy: Jesús,
confío en ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero”.