Homilía pronunciada por Mons. Félix Lázaro, Sch.P.
Obispo de Ponce, en Santa María Reina, en la Misa de Apertura del
Curso 2006-2007 de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico


En el discurso que el Papa Benedicto XVI pronunciara en el mes de marzo de este año, en Roma, ante cerca de quinientos parlamentarios del partido Popular Europeo, el Santo Padre comenzó reivindicando el derecho de la Iglesia a expresar sus principios en una sociedad democrática.
Muchos piensan que la Iglesia no debe inmiscuirse en asuntos temporales o que atañen a la política. Es más, quisieran hacer callar a la Iglesia de una vez para siempre.
El Papa, lejos de asumir el rol que le corresponde al Estado, sencillamente, reivindica el derecho de la Iglesia a expresar y defender sus principios. No es cuestión de asumir un rol que no le corresponde. La Iglesia no puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia.
Y una de las maneras de contribuir la Iglesia a la construcción de un orden social justo es, precisamente, mediante su función educativa.

Me ha parecido oportuno traer a la memoria esta intervención de Benedicto XVI, al iniciar este nuevo curso, 2006-2007, porque nos encontramos ante una de las líneas fundamentales que deben distinguir a una Universidad Católica, en nuestro caso a la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico: contribuir a la construcción de un orden social justo.

Orden social justo que la Iglesia fundamenta y centra en la primacía y en la protección y la promoción de la dignidad de la persona humana. La figura central, según la doctrina de la Iglesia, es la persona humana. Quede claro, no es la persona en función del Estado, sino el Estado en función de la persona.

El Papa Benedicto XVI, con la claridad y profundidad que le caracteriza, habló ante los parlamentarios europeos de tres principios, en torno a la dignidad de la persona humana, que bajo ningún aspecto son negociables:
1) El primero, la protección de la vida humana en todas sus fases, desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural.
Lo podemos llamar, principio de la defensa de la vida.
2) El segundo se refiere al ámbito familiar: Reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como unión entre un hombre y una mujer, en el matrimonio, y su defensa ante los intentos de hacer que sea jurídicamente equivalente a formas radicalmente diferentes, oscureciendo su carácter particular y su papel social insustituible.
En el V Encuentro Internacional de las Familias, tenido en Valencia, España, en los primeros días de julio, el Papa pronunció una bonita homilía en defensa de la familia, basada en la estructura natural del matrimonio entre un hombre y una mujer. Invito a los profesores y a los estudiantes a leerla y estudiarla. Vale la pena.
Lo podemos llamar el principio en defensa de la familia y del matrimonio entre un hombre y una mujer.
3) El tercer principio indicado por el Papa es la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos.
El derecho primordial de la educación es derecho de los padres.
Lo llamaremos el principio en defensa de los derechos de los padres a la educación de los hijos.
Son principios, insiste el Papa, inscritos en la naturaleza humana y por lo tanto, comunes a toda la humanidad. No son verdades de fe, aunque sí podemos decir que son verdades que han sido iluminadas y confirmadas por la fe. Pero fundamentalmente pertenecen al ámbito de la razón, y son comunes a todos los hombres.

El pasado mes de febrero nos visitó el Cardenal Rafael Martino, invitado ex profeso, desde Roma, para hacer la presentación del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, preparado cuidadosamente por el Pontificio Consejo de Justicia y Paz. Se trata de un instrumento valiosísimo en orden a conocer mejor el pensamiento de la Iglesia y de ayuda inapreciable en orden a construir un orden social justo. Es instrumento de primer orden para profesores y estudiantes católicos y de todo cristiano comprometido, llamados a ser los agentes del orden social justo.

En su primera Encíclica como Papa, Dios es Amor, Dios es Caridad, invita a todos a realizar la tarea de educación de acuerdo al “pensamiento de Cristo” (cf. 1 Cor. 2,16). “El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia que condensa principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción, es un instrumento privilegiado para llevar a cabo esa tarea educativa, -escribe un comentarista de la Encíclica del Papa-. “Los fieles laicos, prosigue el Cardenal Angelo Scola, que es el aludido comentarista, viven su misión de modo adecuado educándose y educando en la caridad, pero, al mismo tiempo, realizando concretamente la caridad social en las miles de formas que requieren las circunstancias, las situaciones y la creatividad de las personas y los grupos. Suscitan interrogantes, plantean problemas y desafíos, hacen propuestas y prácticas encaminadas a construir la ‘vida buena’ tanto personal como social”.

Educar para la acción, educar para la justicia, educar para establecer un orden social justo. De esto es de lo que se trata. Mi pregunta es, si en verdad se forman en nuestras aulas estudiantes comprometidos con la justicia y con el orden social justo. Si de verdad transmitimos el evangelio. Pero quizás debamos preguntarnos, si como Profesores somos los primeros en estar comprometidos con la justicia y con el orden social justo. Y no dudaría en responder que teóricamente, todos estamos comprometidos. Pero ya no estoy tan seguro si todos podemos decir que lo estamos en la práctica. ¿Dónde está el político católico, comprometido?, ¿dónde el abogado guardián del orden social justo? ¿Dónde el profesional, el médico, el comerciante, el banquero,
comprometidos con el evangelio, con la fe, con la doctrina, con el Magisterio de la Iglesia? ¿Dónde está el profesor universitario católico dispuesto a defender la fe, fiel a la verdad, abanderado del evangelio?

El ejemplo de María, cuya fiesta de la Asunción a los Cielos celebra la Iglesia mañana y que hoy hemos adelantado, debiera animarnos a seguir el ejemplo de la que habiendo sido escogida para ser Madre de Dios, no tuvo a menos el visitar a su anciana prima Isabel, que estaba ya de seis meses para tener un niño. Del conocimiento tenido por medio del ángel, pasa a la acción caritativa poniéndose en camino de inmediato.

A veces pienso si a muchos cristianos no les falta pasar de la teoría a la práctica, del mero conocimiento a la acción. Como que tenemos miedo de bajar a la palestra. Como si la fe consistiera en el mero conocimiento de algunas verdades, pero sin incidir en la conducta, como si no tuvieran que ver con el quehacer de cada día. Nos quedamos con la fe de niño, sin llegar a la madurez de una fe adulta, comprometida, coherente. Es como si lo que se enseña o aprende en las clases nada tuviera que ver con la profesión que se que va a ejercer. Se han formado buenos profesionales, pero ¿se han formado en verdad profesionales católicos prácticos? ¿Se está en verdad educando para la justicia? Esta es la pregunta que debiera plantearse al comienzo de un nuevo curso, y ojalá que se pudiera responder afirmativamente al final del curso.

María Asunta al cielo, bajo cuya mirada maternal damos inicio al nuevo curso, sea en todo momento acicate y estímulo para alcanzar altas metas, construir un mundo social más justo, y anhelar llegar un día al reino de la justicia y del amor sin límites.

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