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HAY QUE SALVAR LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

En honor al título que lleva el Diálogo Interdisciplinario: “Educando para la Paz y el Nuevo Código Civil de Puerto Rico”, quiero aportar un dato muy interesante, que seguramente no se tiene presente cuando se habla de la Paz, y hacer honor a la Paz, con el saludo Pascual de Jesús a sus Discípulos, a los Apóstoles: “Paz a vosotros”.

“Paz a Vosotros” fue el saludo con el que Jesús se presentó, Resucitado, entre sus discípulos reunidos. La Paz fue el primer signo de la presencia del Resucitado, lo primero que El anunció y deseó a sus Apóstoles. Una Paz que brota del corazón, fruto del amor. Una Paz, que como dice Jesús, no es, ni se parece, a la paz del mundo, “no como os la da el mundo”. Es la Paz de Dios, me atrevería a añadir, Paz que abarca amor infinito de Dios, misericordia, comprensión, ternura, acogida, hospitalidad, abrazo, perdón.

Si la Paz es el primer signo de la presencia del Resucitado, habrá que decir que la Paz debe ser también el primer fruto visible de nuestra celebración de la Pascua. El Espíritu que se nos ha dado en el Bautismo, debería hacernos portadores de la misma Paz que Jesús dio a sus discípulos: Paz que abarca toda la vida cotidiana, la familia, el trabajo, la Universidad, las relaciones con los vecinos, la vida social, la Política, la Iglesia.

No estamos viviendo una etapa fácil. Nuestro mundo y nuestra sociedad están sometidos a agresividades sin sentido, a odios fomentados más allá de cualquier sensatez. Por eso la celebración de la Pascua debe implicar en cada uno de los que nos decimos y llamamos cristianos, católicos, un compromiso por la Paz, la Paz de Cristo, y la búsqueda de la concordia, en comunión con todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Sobre el tema referente a la Familia en el Nuevo Código, me parece oportuno hacer los siguientes señalamientos:
A mi entender, mucho se ha criticado a la Iglesia y se la critica, por su intransigencia, se dice, en materia de índole sexual y su doctrina acerca del matrimonio y la familia. En realidad, sin conocimiento de causa. Los que menos conocen la doctrina de la Iglesia, son los que más la critican. Quizás, por aquello de que la ignorancia es muy atrevida. Yo quisiera hacer una afirmación que considero medular en toda esta discusión que se ha generado en torno al Borrador del Código Civil en el capítulo concerniente a la Familia: Hay que salvar a toda costa la dignidad de la persona humana

No es de incumbencia de la Iglesia inmiscuirse en política o en terreno de la competencia civil. Pero nadie puede prohibir a la Iglesia la defensa de la dignidad de la persona humana. Tal defensa transciende los límites de la política y del Estado. En realidad, de esto es de lo que se trata, de salvaguardar la dignidad del hombre, de la persona humana, de que verdaderamente la persona humana sea sujeto y no simple objeto. Sujeto pensante, dotado de razón, y por tanto abierto a la verdad y a la libertad, no expuesto a la manipulación ni al chantaje.

Esto conlleva que se hable de una “sexualidad humana”, de “relaciones humanas”, de “persona humana”, de “generación humana”, quedando salvaguardada siempre la dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios.

Tomemos como ejemplo la actitud de la Iglesia respecto al aborto. La Iglesia no se limita a decir no al aborto, ni se obstina en el no al aborto. En realidad la Iglesia lo que está defendiendo es el Sí a la vida, el Sí al derecho a nacer, el Sí a la dignidad e integridad de la persona humana. La vida humana, la dignidad de la persona humana está por encima de toda otra consideración, económica, médica, social o política, y de toda consideración de índole egoísta, hedonista y materialista.
Quien defiende la vida y la dignidad de la persona human, y ve en peligro cualquiera de las dos, y es consecuente consigo mismo, se deberá poner necesariamente en contra del aborto.

Si defender la vida, defender la dignidad de la persona humana es obsoleto y anticuado, entonces, ciertamente, la Iglesia sí debe ser considerada obsoleta y anticuada. Pero, sinceramente, no me parece que sea éste el caso.

Hay otra afirmación a tenerse en cuenta, que ya la decían los antiguos: “Contra factum non valet argumentum”, contra un hecho no hay argumento que valga. O se es, o no se es, y lo que se es, es.
Dios, afirma la Biblia, creó al hombre, hombre y mujer, para que se complementasen, se uniesen, y procreasen. No querer admitir que el matrimonio sólo está pensado entre un hombre y una mujer, creados para complementarse, unirse y procrear, es negar la misma naturaleza, los hechos, para agarrarse a meras especulaciones.

El matrimonio no lo ha inventado la Iglesia, no surge como efecto o por voluntad de una ley humana. El matrimonio ha sido, y es, la primera institución creada y querida directamente por Dios, que los hizo hombre y mujer.

La posición de la Iglesia se limita a defender el hecho, la naturaleza humana, la creación. Si el matrimonio está ordenado a la procreación, no tiene sentido llamar matrimonio, o equiparar al matrimonio, a la unión de dos personas del mismo género o sexo.
Dar carta de ciudadanía a la unión entre personas homosexuales como si fueran matrimonio, es una ‘aberración’, contraria al hecho de la creación, contraria al ser humano que fue creado hombre y mujer para que se complementasen, uniesen y procreasen.

Lo que no significa que la Iglesia no reconozca, como algunos pretenden hacer ver, la dignidad de los homosexuales como seres humanos. La Iglesia reconoce y defiende a los homosexuales como personas humanas. Lo que no quiere decir que dé por buenos los actos homosexuales, que dé por buena la homosexualidad. El Catecismo Católico no deja ningún lugar a dudas: “Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (CDF, decl. ‘Persona humana’ 8). “Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”. (Catecismo, 2357). Al igual que no da por buenos los actos cometidos por personas heterosexuales que van contra las normas establecidas por el Creador.

El hecho de haber nacido con tendencia homosexual no significa que la homosexualidad se justifique, ni deba darse por buena. Porque tendríamos que decir, por la misma razón, que la ceguera es buena por el hecho de que una persona haya nacido ciega, o que el nacimiento de dos hermanas siamesas unidas por la cabeza es bueno porque así nacieron.

El Estado, los Gobiernos, no están exentos de la norma moral. Me explico, la técnica, la ciencia, la medicina, y podemos añadir el deporte, la política, el arte, etc. en sí mismos no tienen límite, excepto el límite que les impone la misma técnica, ciencia, medicina, etc.. Pero el técnico, el científico y el médico, así como el deportista, el político y el artista, sí están sometidos a la ley moral que llevan escritas en sus corazones o en la misma naturaleza humana.
El científico puede construir una bomba atómica, si se quiere perfecta, pero no puede hacer uso indiscriminado de la misma. El hombre puede hacer una pistola para matar, pero él no puede usarla para matar.

La ciencia es capaz de llevar a término la fecundación artificial in vitro; pero el científico, como ser humano, está obligado a respetar la dignidad de la persona humana y a no manipular con los seres humanos.
La Iglesia, muy sabiamente, ha defendido, unánime, constante y uniformemente, en los últimos tiempos, y los científicos cada vez más lo reconocen, que la persona humana se da desde el primer momento de la procreación hasta su muerte natural. La anidación del óvulo fecundado puede ser condición sine qua non para el pleno desarrollo de la persona humana madura y adulta, pero la anidación no le da, ni lo hace ser persona humana, como pretenden algunos.

Ya Pío XII, cuando todavía no se tenía el nivel técnico actual, refiriéndose a la fecundación artificial señaló que “el simple hecho de que el resultado pretendido se alcance por este camino (por vía técnica) no justifica el empleo de este medio; ni el deseo plenamente legítimo de los esposos de tener un hijo basta para legitimar el recurso a la inseminación artificial”. Si esto se refiere a la inseminación artificial homóloga, es decir, con óvulo y esperma correspondientes a los esposos, ¿qué no decir de la fecundación artificial heteróloga, con esperma de hombre distinto al esposo, o de padre desconocido, o de óvulos expuestos a compra y venta, o con esperma de padre ya difunto? Ignoro por qué la cláusula o inciso en el Borrador del Código Civil, “si menos de un año en el caso de padre muerto”, no veo porqué no puedan ser dos o más años después de muerto. ¿Será por guardar las apariencias, o porque les remuerde la conciencia?

Ciertamente, la ciencia puede obtener hijos perfectamente “científicos”, “técnicos”; pero, ciertamente, no “humanos”, no fruto de un acto amoroso de donación mutua.

La Iglesia no es caprichosa al oponerse a estas prácticas. La Iglesia es consecuente con el Sí a la vida y con el Sí a la dignidad de la persona humana y a la inviolabilidad de la dignidad de la persona humana desde el primer momento de su existencia. La persona humana es fin en sí misma y no un medio.

Me he limitado más a los principios, que a todos y cada uno de los temas traídos en el borrador del Código Civil referentes a la familia. El tiempo no lo permite. Sin embargo, no quiero dejar pasar por alto el tema referente al cambio de nombre de los transexuales en el Registro Civil.
Para empezar diré que no me opongo al cambio de nombre; pero no en el Registro o Certificado de nacimiento, porque, además de borrar la historia, - es un hecho histórico que se inscribió como niño o niña, con su nombre -, legitimaría el matrimonio entre personas del mismo sexo. Se haga, si se desea hacer, el cambio de nombre; pero a partir de la fecha en que se solicita, sin pretender borrar, negar una realidad que es imborrable. “Contra factum non valet argumentum”. La realidad es que una simple cirugía estética no es suficiente para cambiar el sexo de una persona. Se caería en una de esas ‘aberraciones’ legales, que lejos de ayudar, empañarían la sana convivencia ciudadana, al no saber quién es quién.

Para terminar, permítanme regresar al tema de la Paz, con otra cuña sobre la Paz. La Paz sólo se podrá construir desde la Persona, desde el momento que no se invada, no se falte al respeto, no se pisotee la dignidad de la persona humana, sino, por el contrario, se la respete en toda su integridad, en todo su proceso generativo y evolutivo.
Mientras se dé la manipulación y la comercialización de la persona humana, y se mantenga una visión materialista y económica del problema, sin considerar y dar la primacía al ser humano, a la persona humana, seguirá habiendo guerras y no PAZ.

Ponencia dictada por Mons. Félix Lázaro, Sch. P.
Obispo de Ponce y Gran Canciller de la P.U.C.P.R.
en Recinto de P.U.C.P.R. de Mayagüez, 23/IV/2007