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“CRISTO ESTÁ AQUÍ”: UN HECHO, UNA TAREA

“Cristo está aquí”: con esta afirmación del Obispo de Ponce, Mons. Félix Lázaro, llena de certeza y de alegría, la Iglesia Puertorriqueña ha concluido las celebraciones del Año de la Eucaristía y de los 80 años de la diócesis ponceña, en una manifestación masiva de fe y de unidad en el Pachín Vicéns, el pasado sábado, 5 de noviembre.

Ésta es la certeza de los cristianos: “Estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). Y ésta es la fuente y la razón de la unidad entre los cristianos: su dulce presencia en nosotros y entre nosotros. Los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía transforman a gente muy diferente por edad, sexo, cultura y condición económica, con temperamentos a veces inconciliables e ideales políticos contrarios, en un único pueblo. Los cristianos somos una cosa sola no porque así lo sentimos, ni porque así lo queremos; tampoco somos una cosa sola porque así lo pensamos, sino porque esto es lo que somos, esto es lo que Jesús ha hecho de nosotros.

¿Qué nos deja por lo tanto este año de la Eucaristía? La certeza de un hecho y una tarea. El hecho es que la comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo ya nos ha constituido en un solo cuerpo; la tarea es la de no olvidarlo, de ayudarse a recordarlo “con asombro” como dijo Mons. Roberto González, Arzobispo de San Juan, en su homilía. En efecto, la unidad es un don inconcebible e irrealizable entre los hombres, incluso dentro de un mismo pueblo y dentro de una misma familia. Y, sin embargo, la unidad es lo que más necesita en este momento nuestro país: es el bien que nadie pueda darle y que él mismo no puede darse. Sólo Cristo puede engendrar una verdadera unidad, una comunión entre los hombres. Éste es el don precioso que la Iglesia ha recibido y el don más urgente y esperado por todos los puertorriqueños: los cristianos, que han recibido este don, tenemos la tarea de vivirlo conscientemente, de darnos cuenta de que pertenecemos a algo (a Alguien) más grande que las divisiones políticas y de partido, que los conflictos de intereses económicos y las diferencias ideológicas. Un cristiano católico es definido por la pertenencia a Cristo que nos hace miembros suyos, y, por lo tanto, miembros de la Iglesia, miembros unos de los otros: antes que jefe y empleado dentro de una empresa; antes que profesor y estudiante en una escuela o en una universidad; antes que PNP o PPD en una asamblea, los católicos, en aquella empresa, en aquella universidad, en aquella asamblea, son una sola cosa en Cristo; antes que sus intereses y agendas políticas tienen los intereses de Cristo: “Que sean una sola cosa para que el mundo crea” (Jn. 17, 21). El reconocerse uno, la casi instintiva unidad y solidariedad que deberían sentir los cristianos en sus ambientes de trabajo y de estudio, son la primera contribución que la Iglesia puede dar a la sociedad puertorriqueña y a la solución de sus problemas. Porque es evidente para todos que los problemas que se pueden resolver, se resuelven mejor si se parte de la unidad; y las dificultades que no se pueden solucionar pronto, se pueden llevar más liviana y humanamente si se viven en la unidad de una compañía continuamente regenerada por el perdón dado y recibido. Pero éste es un milagro que no viene de nosotros. Sólo Otro puede donarlo, donándonos su compañía: es el milagro de la Eucaristía.

Dr. Giuseppe Zaffaroni,
Director del Instituto de Doctrina Social de la Iglesia de la PUCPR

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