Lo que la Iglesia espera de la Universidad Católica

Conferencia de S.E.R. Mons. Ricardo Suriñach Carreras

Obispo de Ponce y Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

15 de marzo de 2001

El hecho de venir hoy a dar esta conferencia ante la siempre querida familia universitaria tiene en mi conciencia una peculiar seriedad y hondura, que dimana de la misión que desde el pasado 30 de noviembre me ha sido encomendada y que consiste, nada menos, que en hacer presente a Cristo Maestro. Y en el nombre de Jesús les digo que espero mucho de Ustedes, que por su trabajo en la Universidad son mis amigos y colaboradores en la Administración, o en el Claustro de Profesores, o en la matrícula de Alumnos o, en fin, en cualquiera de las otras tareas sin las que la Universidad no puede funcionar. Y ahora en concreto espero y les ruego que Ustedes quieran disponerse interiormente a escuchar mis palabras como lo que son, predicar al pueblo que me ha sido encomendado

Quienes me conocen saben hasta qué grado me lleno de alegría cada vez que regreso al Campus y vuelvo a respirar el ambiente de "nuestra" Universidad. He dicho regresar, aunque sería más preciso reconocer que nunca me he alejado de la Universidad desde aquel año 1966, cuando me incorporé a la Administración como ayudante ejecutivo del entonces Presidente de la Universidad, hoy Arzobispo de Washington y Cardenal de la Santa Iglesia Theodore E. Mc Carrick.

Sin embargo, agradezco mucho al Prof. Carl B. Sauder, Vicepresidente para la Misión Institucional, la invitación que me ha hecho para esta conferencia; porque he de confesar que la tarea de ser Obispo de Ponce y por ello Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, me hace sentir casi físicamente el peso del oficio de la predicación del Evangelio, oficio entre los principales de los Obispos (LG 25a).

Situados por lo tanto en igual sintonía de fe, preguntémonos: ¿qué podemos hacer cada uno a fin de que la Universidad sea tierra buena en la que germinen las semillas que generosamente esparció el Señor en el campo de su Iglesia? (Oración después de la Comunión, Misa por las Vocaciones a las sagradas órdenes).

Una primera y espontánea reacción a la pregunta formulada podría, quizá, concretarse en las siguientes o parecidas reflexiones; por ejemplo, se podría pensar que "no es bueno manipular la naturaleza de la Universidad"; o bien: "no hagamos de la Universidad un salón de catequesis parroquial"; o también: "la promoción de vocaciones es tarea de los Profesores de Teología, que son Sacerdotes"; o, incluso, queriendo reaccionar con más precisión todavía: "esa tarea corresponde a la Capellanía Universitaria".

Cualquiera de estas posibles respuestas merecería respeto, porque todas contienen algo verdadero; pero ninguna de ellas nos sirve, porque no contestan a lo que se cuestiona; pues la pregunta, que conviene no olvidar, es: ¿qué puede hacer cada uno?, es decir, hasta dónde llega en este punto de fomentar vocaciones la responsabilidad personal de todos y cada uno: administradores, profesores, alumnos, ayudantes de oficina, empleados de mantenimiento; en resumen, la responsabilidad personal de cuantos integran la gran familia de esta Universidad. Tengo la seguridad de que, si deciden cuestionarse serenamente sobre ello, descubrirán horizontes insospechados de labor eficaz, perfectamente compatible con la función específica que cada uno tiene encomendada.

Con ese preciso fin quiero ahora exponer algunas consideraciones que les sirvan a todos de razonamiento y estimulo para reflexionar desde la fe y concretar compromisos personales.

Pensemos por un momento en el titulo que designa la institución en la que realizamos nuestro trabajo: Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico. Por supuesto todos estamos pacificamente de acuerdo en que el titulo mencionado no es algo que sirve sólo para identificar los múltiples documentos que emanan del diario quehacer universitario. Por el contrario, sabemos que ese título expresa el ser, la naturaleza de nuestra institución. En cuyo caso, -lo digo con palabras del Evangelio-, si las uvas no se cosechan de los espinos, ni los cardos producen higos (Mt 7,16) no es irrazonable esperar que toda Universidad Católica, y más si se llama Pontificia, fructifique en obras de evangelización y de más estrecha comunión con los deseos y las enseñanzas del Santo Padre.

Es notorio de qué manera el Papa Juan Pablo 11 durante los años de su Pontificado ha ido elaborando síntesis magisteriales que iluminen todos los caminos del Pueblo de Dios; en efecto, él ha promulgado sendos documentos sobra la naturaleza y la misión de los laicos, presbíteros, religiosos, sobre la colaboración de los laicos en el trabajo de los presbíteros, y está ya anunciado el estudio del ministerio episcopal; también ha reflexionado el Santo Padre con la colaboración de los Obispos acerca de la situación de la Iglesia en los ámbitos geográficos en los que la misma desarrolla su misión: América, Asia, Africa, Europa y Oceanía. Cada uno de esos documentos constituyen como señales luminosas que trazan el camino hacia una sociedad revitalizada en todos sus ámbitos con la fuerza del Evangelio y por eso más humana y fraternal; cualquiera de ellos abre un sendero nuevo que los católicos hemos de recorrer en este "siglo veintiuno", caminando a la luz perenne de nuestra fe en Jesucristo, -El es el Camino (Jn 14,6)‑; es la nueva Evangelización a la que estamos llamados todos sin excepción.

Pues bien, precisamente en la Exhortación Apostólica postsinodal La Iglesia en América, (22 de enero del año 1999) Juan Pablo II dice que el mundo de la educación es un campo privilegiado para promover la inculturación del Evangelio. Pero que las instituciones católicas dedicadas a la enseñanza ... sólo podrán desarrollar una acción de verdadera evangelización si en todos sus niveles, incluido el universitario, se mantiene con nitidez su orientación católica. Y a modo de consecuencia el Papa establece que «es esencial que la Universidad Católica sea, a la vez, verdadera y realmente ambas cosas: Universidad y Católica. j...1 La índole católica es un elemento constitutivo de la Universidad en cuanto institución y no una mera decisión de los individuos que dirigen la Universidad en un tiempo concreto» (cfr. Ec in Am, 71 a).

Es decir, que el Papa establece firmemente dos ideas: la primera, que ser Universidad Católica no es un titulo sino una misión; y la segunda: que esa misión no puede estar expuesta al capricho de quienes en un determinado momento de la historia trabajan en la Universidad. Por lo cual me parece, queridos universitarios, que nos sobran razones para no dudar de que estamos implicados en una convocatoria ineludiblemente universal, de la que nadie puede ser excluído; y de la cual tampoco puede autoexcluirse ninguno.

  Ciertamente estamos llamados a realizar un proyecto educativo en el que sea constante la referencia a Jesucristo y a su mensaje, tal como lo presenta la Iglesia en su enseñanza dogmática y moral (cfr. Ec in Am, ibidem). ¿Llamados por quién? ¡Llamados por Dios! Esta es la clave auténtica de nuestro quehacer universitario; y precisamente desde ella continúo la reflexión sobre el tema de las vocaciones en nuestra Universidad.

Cuando constatamos que en la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, cumplidos ya sus cincuenta años de ejercicio, el número de vocaciones surgidas o maduradas en sus recintos es pequeño en números absolutos e insignificante en proporción al total de alumnos egresados no es licito eludir la pregunta: ¿por qué un resultado tan insignificante?

Si buscamos en los Principios Fundacionales, en los Estatutos y Reglamentos, las metas diseñadas son irreprochables con toda evidencia. Si revisamos los Programas y contenidos formales de los Cursos, uno entiende que todo camina hacia esas metas y objetivos. Por otra parte, el Campus abunda en monumentos de contenido religioso aptos para facilitar un ambiente católico; y no son en eso diferentes las oficinas -y aún cada puesto de trabajo- donde llaman la atención del visitante las numerosas estampas y otros signos de cultura católica; a propósito he dicho "signos de cultura católica", y no "signos de fe católica", porque es obvio que la fe es virtud de las personas y no de los objetos materiales por expresivos que ellos sean.

Ante semejante constatación de manifestaciones de religiosidad, mi reiterada pregunta adquiere una fuerza aún más inquietante; pues si en nuestro Campus "todo habla" de catolicismo ¿a qué es debido el que los frutos de vocaciones sean tan insignificantes? Y conste que no me refiero exclusivamente a las vocaciones específicas para el sacerdocio o para la vida consagrada en institutos religiosos; pues conviene que nos preguntemos igualmente: ¿cuántos matrimonios irreprochablemente católicos han surgido como fruto de nuestra labor? Y además: ¿cuántos son los dirigentes auténticamente cristianos en los diversos campos de la actividad humana y de la sociedad, especialmente en la política, la economía, la ciencia, el arte y la reflexión filosófica (cfr. Ec in Am, 71 a), formados y forjados en nuestra Pontificia Universidad Católica?

Demás está advertir que es difícil responder con cifras a estos interrogantes cuya naturaleza es más bien espiritual. Y quiero también dejar constancia clara de que ni las preguntas que estoy formulando, ni el hecho de esta conferencia tienen para nada una intencionalidad de reproche. Ya que mi única intención al hablarles hoy es la de invitarles a todos a realizar un examen sincero y valiente sobre nuestra actitud personal dentro del quehacer de la Universidad. Porque a nadie se le oculta que las instituciones humanas no son fruto de sus Estatutos, ni de sus Programas por excelentes que sean ellos y que son siempre necesarios; somos las personas, las que hacemos exitosa o deficiente la actividad de la institución. Es ésta una constatación siempre válida, que la historia de las instituciones confirma una y otra vez. Y, además, resulta que cuando se trata de iniciativas apostólicas, como es nuestro caso, el trabajar con plena conciencia de la responsabilidad personal es todavia más necesario, urgente y decisivo; si bien, justo por ser tareas a la vez humanas y divinas, es más problemático evaluar la eficacia porque su raíz habita sobre todo en el interior de las personas.

A pesar de todo, el pueblo sencillo, con esa intuición que le es propia porque la gente llana contempla las cosas con humildad, ha sabido resumir el tema que nos ocupa hoy; para significar que una persona está entregada   incondicionalmente a su quehacer, utiliza una frase bien expresiva al decir que tal persona "vive su trabajo como una vocación". Es un ejemplo más de cómo el pueblo sabe adelantarse casi siempre a las elucubraciones de los sabios.

Retomemos, pues, la pregunta que sirve de hilo a estas consideraciones. Si en la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico "todo habla" de catolicismo: ¿por qué los frutos de vocaciones son tan insignificantes? Con otras palabras: ¿hasta dónde llega en este punto de fomentar vocaciones la responsabilidad personal de cuantos trabajan en la Universidad Católica? ¿Qué podemos hacer cada uno? Porque, si podemos hacerlo, debemos hacerlo. Les digo que sólo cabe una respuesta, y que es la misma para todos, a saber: vivir el trabajo como una vocación; porque el trabajo de Ustedes aquí es una verdadera vocación.

No deja de ser bien significativo el hecho de que el Papa en su Mensaje para la próxima Jornada Mundial de Oración por las vocaciones proponga el tema de La vida como vocación. Es preciso destacar que el Papa en su Mensaje no se refiere a la vida de quienes están encaminados a la vida consagrada o al ministerio sacerdotal; antes bien, el Santo Padre habla al ser humano como tal cuando dice que la palabra "vocación " cualifica muy bien las relaciones de Dios con cada ser humano en la libertad del amor, porque "cada vida es vocación "; más aún, afirma que la palabra vocación introduce a la comprensión de los dinamismos de la revelación de Dios y descubre al hombre la vedad sobre su existencia; porque, continúa el Papa, considerar la vida como vocación favorece la libertad interior, estimulando en la persona el deseo de futuro, junto con el rechazo de una concepción pasiva, aburrida y banal de la existencia; de esa manera la vida asume el valor del don recibido, que por naturaleza se siente impulsado e insatisfecho hasta que llega a ser bien dado.

Por supuesto, acoger el propio trabajo como vocación exige ordenar la mente y la voluntad según una jerarquía de fines acomodada a la realidad más objetiva: primero Dios, luego los demás y en último lugar yo... para los demás; así es la disposición característica de quien se atiene a la antropología correcta. Sé bien que no es ésa la antropología al uso y Ustedes también lo saben, gracias a Dios. Es bueno saberlo, más aún, es necesario que Ustedes conozcan en profundidad el ambiente cultural que prevalece en estos dias nuestros; porque sólo conociéndolo, podrán abastecer debidamente a los estudiantes con los recursos necesarios, y que luego ellos sean capaces de restablecer el decaimiento cultural que nos envuelve.

Les decia que acoger el propio trabajo como vocación conlleva ordenar la mente y la voluntad conforme a esa vocación. Pienso, por ejemplo, que un Profesor cuando desarrolla en el salón de clase los temas del Programa revela juntamente, aún sin pretenderlo, su propio mundo personal y hasta familiar; es decir, supuestas las mejores intenciones, cada Profesor hace llegar a la mente de sus   alumnos sus propias y personales prioridades, ya sean éstas de carácter permanente o bien sean consecuencia de la reacción ante un evento episódico. Pero el Profesor que quiera ser coherente con su vocación, el que esté dispuesto a hacer de su vida una dinámica de amor entre Dios y él, se cuestionará habitualmente en qué medida sus prioridades permanentes y sus reacciones ante los sucesos eventuales son fruto de su diálogo de amor con Dios (Juan Pablo II, Mensaje 14. sept. 2000, 1), o si por el contrario son fruto de su apasionamiento, que será comprensible quizás, pero que será también muy probablemente desordenado por olvidar que Dios camina con nosotros en medio de nuestros quehaceres (Juan Pablo II, Mensaje 14. sept.2000, 2).

        Yo me doy buena cuenta, queridos oyentes, de que los planteamientos que les estoy sugiriendo implican una radicalidad que nos impulsa a situarnos más allá del conocido compromiso contractual a "realizar sus funciones... con sujeción a todas las normas y disposiciones aplicables contenidas en el Manual del Claustro Universitario... y de acuerdo con las normas institucionales" (cfr. Contrato para Profesor Conferenciante). Y es que, si tenemos en cuenta la íntima e ineludible tensión de la persona hacia su propia unidad, es de facto imposible conseguir mantenerse en un pretendido equilibrio entre la voluntad de regirse por unos criterios durante las horas de estancia en el Campus universitario y la de guiarse en el hogar o donde sea fuera de la Universidad por otros principios distintos y acaso contradictorios.

En este sentido, me viene ahora a la mente esa opinión, tan conocida por la frecuencia con que se escucha o se lee, según la cual "una cosa es lo que cada uno piensa como creyente y otra cosa, distinta y separada, son las exigencias cientificas o metodológicas de la materia que ese mismo expone en el salón a los alumnos"; por repetirlo a la usanza, hay quien dice: "yo soy católico creyente, pero no tengo derecho a imponer mi fe a los alumnos". Con franqueza les digo que no comparto tales planteamientos; y no los comparto porque son en sí mismos falaces. No pretendo por esto afirmar, ni siquiera indirectamente, que quienes los comparten son unos engañadores. Pues estoy convencido de que la inmensa mayoría de quienes profesan tal mentalidad lo hacen sin advertir la incoherencia que en ella se encierra.

Pero nosotros hemos de ser conscientes de que no es posible alcanzar una educación de excelencia si no procuramos también vivir nuestra fe con toda radicalidad hasta las últimas consecuencias; y por idéntica razón nadie puede llamarse creyente de excelencia si no pone todos los medios a su alcance para ser un profesional excelente; porque es un engaño tan viejo como el demonio, y es de veras un engaño diabólico, el intento de separar el ámbito de la fe y el ámbito de la razón hasta independizarlos mutuamente; obviamente no me estoy refiriendo ni al legítimo acto de distinguirlos, ni tampoco al deber de respetar la metodología propia de cada campo del saber.

En cambio sí conviene recordar que el Santo Padre ha querido también abordar este problema en su Carta Encíclica Fides et Ratio, firmada el 14 de septiembre del año 1998. De ella tomo unos puntos que los expresaré con sus mismas palabras. 

a) En primer lugar, el Papa describe el problema, diciendo: La legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más difundidos en el contexto actual (Fides et Ratio 5c).

b) En segundo lugar, enumera las principales causas del mismo, cuando escribe: No es exagerado afirmar que buena parte del pensamiento filosófico moderno se ha desarrollado alejándose progresivamente de la Revelación cristiana, hasta llegar a contraposiciones explícitas. En el siglo pasado, este movimiento alcanzó su culmen. (...) En el ámbito de la investigación científica se ha ido imponiendo una mentalidad positivista que, no sólo se ha alejado de cualquier referencia a la visión cristiana del mundo, sino que, y principalmente, ha olvidado toda relación con la visión metafsica y moral. Consecuencia de esto es que algunos científicos, carentes de toda referencia ética, tienen el peligro de no poner ya en el centro de su interés la persona y la globalidad de su vida. (Fides et Ratio 46 a y b).

c) En tercer lugar, proclama cuál es la misión de la Iglesia en este campo, al decir: La Iglesia tiene el deber de indicar lo que en un sistema filosófico puede ser incompatible con su fe. En efecto, muchos contenidos filosóficos, como los temas de Dios, del hombre, de su libertad y su obrar ético, la emplazan directamente porque afectan a la verdad revelada que ella custodia. Cuando nosotros los Obispos ejercemos este discernimiento tenemos la misión de ser «testigos de la verdad» en el cumplimiento de una diaconía humilde pero tenaz, que todos los filósofos deberian apreciar, a favor de la recta ratio, o sea, de la razón que reflexiona correctamente sobre la verdad. (Fides et Ratio 50b).

d) Por último, afirmado en la experiencia de la historia predica el camino hacia la solución del problema, diciendo: La lección de la historia del milenio que estamos concluyendo testimonia que éste es el camino a seguir: es preciso no perder la pasión por la verdad última y el anhelo por su búsqueda, junto con la audacia de descubrir nuevos rumbos. La fe mueve a la razón a salir de todo aislamiento y a apostar de buen grado pop lo que es bello, bueno y verdadero. Así, la fe se hace abogada convencida y convincente de la razón (Fides et Ratio 56).

 

Con la serena seguridad que dimana de las precedentes consideraciones doctrinales, quiero ahora descender a situaciones concretas que a modo de supuestos prácticos pueden ilustrar mejor el propósito de mi discurso. Imaginemos situaciones variadas en las que resultaría decisivo el "talante vocacional" del Profesor.

Por ejemplo: a la hora de elegir un libro de texto para los estudiantes, es imperioso discernir primero y sobre todo la fidelidad del autor a la Persona de Jesucristo y a la fe de la Iglesia; después y en segundo orden de valores se considera la actualidad de su pedagogía y de sus contenidos; naturalmente, esto aplica más directamente a cursos de tipo filosófico, histórico, o de pensamiento en general. De modo semejante se debe preferir como libros de texto para los alumnos aquellos que exponen con la fuerza de la verdad los contenidos básicos de la doctrina y la moral de la Iglesia Católica, relegando a segundo lugar otros libros, que sí informan de cuanta teoría y opinión más o menos interesante que existe entre los estudiosos, pero no aportan la conveniente reflexión crítica que ayude al estudiante a distinguir entre lo que es valioso por su verdad y lo que es apreciado sólo porque está de moda. Así pienso que no tendría sentido entre nosotros, usar como libros de textos los escritos por autores que además de no profesar la fe católica, se ensañan contra determinadas intervenciones de la Iglesia o de personajes católicos, aunque esos autores se salvaguarden tras la pantalla de un presunto rigor histórico. No estoy propugnando, queridos amigos, ningún tipo de apologética testaruda. Simplemente, en la debida y gozosa comunión con el Obispo de Roma, les digo que es preciso no peder la pasión por la vedad última y el anhelo por su búsqueda, junto con la audacia de descubrir nuevos rumbos. No tengamos ningún temor a la verdad, venga de donde venga, pues sea cual sea el camino por el que nos llegue la verdad viene siempre de Dios. Pero son malos los tiempos que corren en tantos campos del pensamiento humano, y no sería beneficioso cometer la imprudencia de asimilar acríticamente cualquier opinión o propuesta educativa por muy numerosos y renombrados que sean sus autores; sería una falta de la profesionalidad excelente que buscamos. Y basta ya de ejemplos; porque   podrían discurrirse otros tantos o más, y posiblemente más acertados.

Como ven hasta este momento he procurado comentar en términos generales ideas que considero útiles para todos Ustedes, si bien me he referido más expresamente a los que colaboran en tareas específicamente académicas. Es posible que a estas alturas de la conferencia, y a pesar del natural cansancio que produce el estar escuchando, algunos agradecerían una respuesta mía a tres preguntas bien concretas, como éstas: primera, ¿podría aclararnos un poco más la relación entre lo que Usted ha expuesto y el fruto de vocaciones que Usted quiere?; segunda, ¿no dice nada a los Profesores de Teología?; y tercera, ¿qué nos dice a los alumnos de la Universidad? Contestaré con toda brevedad.

A lo primero les digo: cuanto con más espíritu cristiano realice cada uno su trabajo en la Universidad, si procura trabajar con verdadera conciencia de su vocación divina, necesariamente aparecerán los frutos de vocaciones; porque el nuestro es un trabajo de Iglesia, es decir, que nuestra fe en la Comunión de los santos aplica también en la Universidad; puesto que la Iglesia es como un organismo vivo en Cristo, si cada uno procura vivir fielmente su trabajo, la Universidad dará los frutos que quiere Dios.

A los Profesores de Teología, además de darles las gracias por su silenciosa y constante labor, únicamente les exhorto a que profundicen como ellos saben hacerlo en las reflexiones que acaban de escuchar, y hagan el favor de preparar propuestas concretas de trabajo pastoral en la Universidad, propuestas que deseo estudiar cuando me reúna con ellos lo antes posible.

Por fin, a los jóvenes estudiantes les digo algo de lo que el Papa Juan Pablo II ha escrito para la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará en todas las Diócesis del mundo y también en Roma el próximo 8 de abril, Domingo de Ramos: Quiero expresar aquí, desde lo más íntimo de mi corazón, mi agradecimiento sincero a Dios por el don de la juventud, que por medio de Ustedes permanece en la Iglesia y en el mundo. [...] Quisiera invitarles a reflexionar en las condiciones que Jesús pone a quien decide ser su discípulo: «Si alguno quiere venir en pos de mí -dice-, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»(Lc 9,23). [...]

   Estas palabras expresan el radicalismo de una opción que no admite vacilaciones ni dar macha atrás. Es una exigencia dura, que impresionó incluso a los discípulos y que a lo lago de los siglos ha impedido que muchos hombres y mujeres siguieran a Cristo. Pero precisamente este radicalismo también ha producido frutos admirables de santidad y de martirio, que confortan en el tiempo el camino de la Iglesia.

Queridos estudiantes de la Pontificia Universidad Católica, mediten estas palabras del Papa, que hago mías de todo corazón, y no les faltarán ni la luz ni la fuerza necesaria para vivir católicamente su condición de alumnos.

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