[En italiano:]
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
ilustres señores y señoras:
Me alegra mucho daros mi bienvenida a todos -académicos y
educadores de las instituciones católicas de enseñanza
superior--, reunidos para reflexionar, junto a miembros del
Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales, sobre la
identidad y la misión de las Facultades de Comunicación en las
Universidades Católicas. A través de vosotros, deseo saludar a
vuestros colegas, a vuestros estudiantes y a cuantos forman
parte de las Facultades que representáis. Doy especialmente las
gracias a vuestro presidente, monseñor Claudio Maria Celli, por
las amables palabras que me ha dirigido. Junto a él, saludo al
secretario y al subsecretario del Pontificio Consejo de las
Comunicaciones Sociales.
Las distintas formas de comunicación -diálogo, oración,
enseñanza, testimonio, proclamación-- y sus diversos
instrumentos -prensa, electrónica, artes visuales, música, voz,
gestualidad y contacto-- son manifestaciones de la naturaleza
fundamental de la persona humana. Es la comunicación la que
revela a la persona, crea relaciones auténticas y comunidad, y
permite a los seres humanos madurar en conocimiento, prudencia y
amor. La comunicación, sin embargo, no es un simple producto de
una mera y fortuita casualidad o de nuestras capacidades humanas;
a la luz del mensaje bíblico, aquella refleja más bien nuestra
participación en el Amor trinitario creativo, comunicativo y
unificador que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios
nos ha creado para estar unidos a Él y nos ha dado el don y la
tarea de la comunicación, porque Él quiere que obtengamos esta
unión, no solos, sino a través de nuestro conocimiento, nuestro
amor y nuestro servicio a Él y a nuestros hermanos y hermanas en
una relación comunicativa y amorosa.
[En inglés:]
Es evidente que en el centro de cualquier reflexión seria sobre
la naturalaza y el propósito de las comunicación humana debe
haber un compromiso con las cuestiones de la verdad. Un
comunicador puede intentar informar, educar, entretener,
convencer, consolar, pero el valor final de cualquier
comunicación reside en su veracidad. En una de las primeras
reflexiones sobre la naturaleza de la comunicación, Platón
subrayó los peligros de cualquier tipo de comunicación que
busque promover los objetivos y los propósitos del comunicador o
de aquellos para quienes trabaja sin considerar la verdad de
cuanto se comunica. Vale la pena también recordar la sabia
definición de orador aportada por Catón el Viejo: vir bonus
dicendi peritus, un hombre bueno y honesto, hábil en comunicar.
El arte de la comunicación está por naturaleza ligado a un valor
ético, a las virtudes que son el fundamento de la moral. A la
luz de esa definición os aliento, como educadores, a que
alimentéis y recompenséis la pasión por la verdad y la bondad
que siempre es fuerte en los jóvenes. ¡Ayudadles a dedicarse
plenamente a la búsqueda de la verdad! Pero enseñadles también
que la propia pasión por la verdad, que también puede ayudarse
de cierto escepticismo metodológico, en particular en cuestiones
de interés público, no debe distorsionarse ni convertirse en un
cinismo relativista según el cual toda apelación a la verdad y a
la belleza es habitualmente rechazada o ignorada.
[En francés:]
Os aliento a poner mayor atención en los programas académicos
del ámbito de los medios de comunicación social, en especial en
las dimensiones éticas de la comunicación entre las personas, en
un período en que el fenómeno de la comunicación está ocupando
un lugar a cada vez mayor en todos los contextos sociales. Es
importante que esta formación jamás se considere como un
sencillo ejercicio técnico o como mero deseo de dar
informaciones; es oportuno que sea mucho más una invitación a
promover la verdad en la información y a hacer reflexionar a
nuestros contemporáneos sobre los acontecimientos, a fin de ser
educadores de los hombres de hoy y edificar un mundo mejor. Es
igualmente necesario promover la justicia y la solidaridad, y
respetar en toda circunstancia el valor y la dignidad de cada
persona, que tiene derecho a no ver lesionado lo que concierna a
su vida privada.
[En español:]
Sería una tragedia para el futuro de la humanidad si los nuevos
instrumentos de comunicación, que permiten compartir el
conocimiento y la información de manera más rápida y eficaz, no
fueran accesibles a los que ya están marginados económica y
socialmente, o sólo contribuyeran a agrandar la distancia que
separa a estas personas de las nuevas redes que se están
desarrollando al servicio de la socialización humana, la
información y el aprendizaje. Por otro lado, sería igualmente
grave que la tendencia globalizante en el mundo de las
comunicaciones debilitara o eliminara las costumbres
tradicionales y las culturas locales, de manera especial las que
han logrado fortalecer los valores familiares y sociales, el
amor, la solidaridad y el respeto a la vida. En ese contexto,
deseo expresar mi aprecio a aquellas comunidades religiosas que,
no obstante los altos costos financieros o los innumerables
recursos humanos, han abierto Universidades Católicas en los
países en vías de desarrollo, y me complace que muchas de estas
instituciones estén hoy aquí representadas. Sus esfuerzos
asegurarán a los países donde se encuentran el beneficio de la
colaboración de hombres y mujeres jóvenes que reciben una
formación profesional profunda, inspirada en la ética cristiana,
que promueve la educación y la enseñanza como un servicio a toda
la comunidad. Valoro de manera particular su compromiso por
ofrecer una esmerada educación para todos, independientemente de
la raza, condición social o credo, lo cual constituye la misión
de la Universidad Católica.
[En italiano:]
En estos días estáis examinando la cuestión de la identidad de
una Universidad o de una escuela católica. Al respecto desearía
recordar que tal identidad no es sencillamente una cuestión de
número de estudiantes católicos; es sobre todo una cuestión de
convicción: se trata de creer verdaderamente que sólo en el
misterio del Verbo hecho carne se esclarece el misterio del
hombre. La consecuencia es que la identidad católica está en
primer lugar en la decisión de confiarse uno mismo -inteligencia
y voluntad, mente y corazón-- a Dios. Como expertos en la teoría
y en la práctica de la comunicación tenéis un papel privilegiado
no sólo en la vida de vuestros estudiantes, sino también en la
misión de vuestras Iglesias locales y de sus Pastores para dar a
conocer la Buena Nueva del amor de Dios a todas las gentes.
Queridísimos: confirmando mi aprecio por vuestro sugestivo
encuentro que abre el corazón a la esperanza, deseo aseguraros
que sigo vuestra preciosa actividad con la oración y la acompaño
de una especial Bendición Apostólica, que extiendo de corazón a
todos vuestros seres queridos.
Traducción de los textos
originales por Marta Lago. © Copyright 2008 - Libreria Editrice
Vaticana