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CUARESMA: CAMINO HACIA LA PAZ
Carta Pastoral Cuaresma 2003
“Bienaventurados los que construyen la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5,9).
¡Amados hermanos, la paz del Señor sea con ustedes!
I. Introducción:
1. La Conferencia Episcopal Puertorriqueña (C.E.P.) envía esta carta pastoral a todos los fieles católicos y a todas las personas de buena voluntad, en ocasión de la santa Cuaresma 2003. La Cuaresma y el Ciclo pascual son tiempos fuertes de conversión y gracia.
Les
exhortamos a unirse al Papa en esta jornada el 5 de marzo, Miércoles de
Ceniza. “Desde hace meses la comunidad internacional vive con gran
aprensión por el peligro de una guerra que podría turbar a toda la región
de Oriente Medio y agravar las tensiones ya presentes por desgracia en este
inicio de milenio (…) Es un deber para los creyentes,
independientemente de la región a la que pertenezcan, proclamar que nunca
podremos ser felices los unos contra los otros; el futuro de la humanidad
nunca podrá asegurarse con el terrorismo y la lógica de la guerra”,
expreso el Santo Padre en su mensaje en la plaza de San Pedro, el 23 de
febrero de 2003.
2. En estos días cuaresmales es necesario orar por la paz y acentuar la transformación personal obrada por la redención cristiana y la dimensión social de este don sobrenatural. Y ahora que atravesamos tiempos difíciles, y la paz se ve amenazada a escala internacional, proponemos vivir la Cuaresma como un camino hacia la paz. Ciertamente, se trata de aquella paz que es fruto infalible de la Resurrección de Cristo, de la promesa indefectible del Reino de Dios.
Compartimos las alegrías y las tristezas, los gozos y las esperanzas de la humanidad que aspira a la paz verdadera.
II. Camino cuaresmal
3. La Cuaresma es el tiempo de preparación para la Pascua de resurrección, es decir, cuarenta días caracterizados por la penitencia. La Cuaresma manifiesta otras dimensiones profundas de la persona de Cristo, la espiritualidad cristiana y el drama individual y social de los seres humanos.
4. El período cuaresmal nos llama a la preparación interior para poder emprender cosas maravillosas de la mano de Jesús. Es un camino en el que pensamos en los cuarenta días de Moisés en el Monte Sinaí, los cuarenta años durante los cuales el Pueblo de Dios estuvo caminando por el desierto antes de poder llegar a la Tierra Prometida y los cuarenta días de ayuno de Nuestro Señor en el desierto, durante los cuales resistió las tentaciones del mal. Es la gran preparación que todos los creyentes emprendemos cada año para llegar al misterio pascual. Comenzamos con el rito de la imposición de la ceniza que nos recuerda que “somos polvo y en polvo nos convertiremos”. Sigue con los ayunos, la oración y las prácticas de la caridad y el sacrificio personal hasta culminar con la entrada triunfal con Cristo en Jerusalén, la pasión, la muerte de cruz y la resurrección vencedora de la muerte y del pecado. Es un tiempo de profunda renovación interior y de participación en el misterio pascual de Cristo. 5. Se trata de experiencias muy profundas, aunque tal vez algunos necesiten verlas con nuevos ojos; no sólo como meras manifestaciones de nuestra riqueza cultural, sino también como la vivencia de un llamamiento interior siempre renovado. El soplo del Espíritu nos guiará para que no nos extraviemos en el camino ni perdamos de vista que el llamado es a prepararnos de corazón y con responsabilidad. Conviene recordar aquí las enseñanzas del beato Carlos Manuel Rodríguez, quien supo reconocer el camino cuaresmal hacia la cumbre luminosa de la Pascua. Si él vivía para esa noche pascual, lo hacía desde un encuentro personal con Cristo, y desde una fe que integraba la oración, la rectitud moral y la justicia social. En su larga y recia cuaresma, el beato Carlos combatió la corrupción y sirvió fielmente a la paz.
6.
En efecto, la Cuaresma es un tiempo privilegiado para expresar la
generosidad y la solidaridad. Entre las prácticas propias del tiempo
cuaresmal sobresalen la penitencia, la limosna y otras obras de misericordia.
Nuestro pueblo se distingue por su buen corazón, según se manifiesta
en las campañas de recaudación y situaciones catastróficas. Pero el
amor cristiano nos invita a ampliar las opciones solidarias para la promoción
social integral. De este modo aportaremos a la creación de un orden
económico justo a escala local e internacional.
7.
Quien sea fiel a la conversión debería revisar “todos los ambientes
y condiciones en su vida, especialmente todo lo que pertenece al orden social
y a la obtención del bien común. De modo particular convendrá atender
a la creciente conciencia social de la dignidad de cada persona y, por ello,
hay que fomentar en la comunidad, la solicitud por la obligación de
participar en la acción política según el Evangelio” ( Ecclesia in
America, 27). La relación con el Señor remite al vínculo con el
hermano: “Si alguno posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer
de necesidad y le cierra su corazón, ¡cómo puede permanecer en el amor de
Dios!” (I Jn.3,12; cf. 4,20).
III.
Cuaresma de la paz
8. Jesús venció las tentaciones del pan, de la ambición, del poder y la adulación. La Iglesia es impulsada por el Espíritu a la soledad; por el mismo Espíritu es enviada a los confines de la tierra, por la causa dela paz: “Bienaventurados los que construyen la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5,9).
9. Según el pensamiento agustiniano, la paz se define como tranquilidad del orden. Como fruto de la justicia y la caridad, supone “... La salvaguardia de los bienes de la persona, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto a la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad (Catecismo de la Iglesia Católica, 2304). “Los que renuncian a la acción violenta y sangrienta y recurren para la defensa de los derechos del hombre a medios que están al alcance de los más débiles, dan testimonio de caridad evangélica, siempre que esto se haga sin lesionar los derechos y obligaciones de los otros hombres y de las sociedades. Atestiguan legítimamente la gravedad de los riesgos físicos y morales del recurso a la violencia con sus ruinas y sus mentes”(Catecismo de la Iglesia Católica, 2306; cf. Gaudium et spes,78).
Cultura
de la muerte
10. La sociedad mundial se ha polarizado frente a los anuncios de inminentes intervenciones militares contra Irak. Las grandes multitudes que se han manifestado contra estos propósitos en la mayoría de las naciones de la tierra son la conciencia de todas las razas contra la prepotencia de las armas, contra el inevitable sacrificio de millares de personas inocentes, contra el agravamiento de los muchos conflictos que asolan las zonas del Oriente Medio y están devastando importantes zonas de Palestina, Sudán, Costa de Marfil, Colombia, etc. La sangre de muchos hermanos nuestros está clamando al cielo ante la presencia de Dios. Dentro de esta situación general, los puertorriqueños nos vemos afectados por hechos que no deseamos. Muchos de los hijos y padres de nuestras familias han sido alistados y están de camino a la zona de conflicto. Se nos conturba el espíritu en el dolor de tantos hogares amenazados con las consecuencias de estas intervenciones de fuerza militar.
11.
En diversos tiempos y lugares, la Iglesia ha colaborado en la solución
pacífica de los conflictos y ha logrado la victoria del amor sobre las armas.
En esta agenda profética, la comunidad cristiana sigue el
principio del Reino divino donde “de las espadas se forjarán arados y
de las lanzas podaderas; no alzará ya espada pueblo contra pueblo, ni se
adiestrarán para la guerra” (Is. 2,4). Ahora, en cambio, se
perfeccionan las espadas, de manera que se asegure el exterminio total y la
aniquilación de militares y civiles. Y se obedece fielmente al fatídico
adagio: “Si quieres la paz, prepara la guerra”. Más aún, se
promueve irresponsablemente la llamada “guerra preventiva”, sin considerar
las condiciones de legitimidad moral ni las leyes del Derecho Internacional ni
las consecuencias incalculables de un conflicto bélico. “El quinto
mandamiento condena la destrucción voluntaria de la vida humana. A
causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia
insta constantemente a todos a orar y actuar para que la Bondad divina nos
libre de la antigua servidumbre de la guerra” (Catecismo de la Iglesia Católica
2307; cf. Gaudium et spes 81,4).
12.
En el pasado, la Iglesia ha denunciado la agresión contra la vida y la
integridad personal: abortos, genocidios, homicidios, eutanasia,
suicidio voluntario, mutilaciones, torturas corporales y mentales, condiciones
infrahumanas de vida, encarcelamientos arbitrarios, deportaciones, esclavitud,
trata de blancas y de jóvenes, condiciones ignominiosas de trabajo (cf.
Gaudium et spes, 27). Por un lado, el progreso científico y tecnológico
abre horizontes inéditos en la agenda de la humanidad. Por otro lado, en el
marco de dicho progreso surgen nuevas amenazas a la vida humana. Peor aún, se
ha creado una cultura que quiere acreditar jurídica e ideológicamente el daño
y la destrucción perpetrados contra la vida: “amplios sectores
de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre
de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden
no sólo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado, con
el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención
gratuita de las estructuras sanitarias” (Evangelium Vitae, 4).
13.
La compleja situación actual lanza formidables desafíos al creyente.
Nos preocupan los actos terroristas y el terror sistemático de las guerras físicas,
biológicas y químicas. Existen, además, otras guerras sutiles y
peligrosas contra la salud espiritual y contra la vida. El poder de las
comunicaciones y otros poderes humanos inciden profundamente en la configuración
de los valores o antivalores. Lamentablemente, suele prevalecer una
mentalidad que pone en entredicho los principios de la ética cristiana. Se
presume que las naciones progresistas y modernas deben embarcarse en una serie
de prácticas cada vez más permisivas e inhumanas. Notamos una
infravaloración de la vida y de la persona humana. La guerra, los
vicios y la miseria pueden agudizar esta devaluación de lo más preciado de
la creación. Hoy el anuncio del Evangelio de la vida “es
particularmente urgente ante la impresionante multiplicación y agudización
de las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos, especialmente
cuando ésta es débil e indefensa. A las tradicionales y dolorosas plagas del
hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las guerras, se añaden
otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes” (Juan Pablo II,
Evangelium Vitae, 3).
14.
A juzgar por las experiencias cotidianas, algunos actúan bajo la convicción
de que el fin justifica los medios. Usan la fuerza y otras artimañas con tal
de conseguir sus propias ventajas puestas al frente de metas
cuestionables. La violencia verbal, la vulgaridad y los insultos imperan
impunemente, tanto en las campañas partidistas como entre los llamados
analistas políticos. El verbo estridente e hiriente destruye la
tranquilidad en los hogares, las oficinas y las carreteras. Recomendamos una
actitud ascética orientada a sanar las heridas causadas por la maledicencia.
15.
Aunque la beligerancia ha acompañado al género humano a lo largo de los
siglos, las personas de buena voluntad siempre apuestan por una actitud de
esperanza y confianza en el Señor. Rechazamos el pesimismo, el miedo,
el fatalismo, el egoísmo, el odio, el rencor, la prepotencia y a la pasividad.
Estamos firmemente convencidos de que la fe cristiana ofrece los auxilios
necesarios para hacer florecer la paz, tanto individual como colectiva.
“Mi paz os dejo, mi paz os doy...” (Jn. 14,27). El don divino
espera una respuesta humana en la vivencia heroica de las virtudes y en un
nuevo orden moral internacional. Resulta urgente el globalizar la paz,
la justicia y la solidaridad. El ambiente cuaresmal nos ayuda a reflexionar y
recobrar nuestra identidad sobre las nuevas realidades, a profundizar en la
aplicación concreta de la verdad revelada.
16.
La Cuaresma es una ocasión propicia para iniciar el itinerario de bendiciones
–bien decir- y evangelización en el sentido de pronunciar la buena palabra.
Los cuarenta días de práctica penitencial son momentos apropiados para
retiros espirituales, liturgias, peregrinaciones como signo de penitencia,
privaciones voluntarias como el ayuno, la abstinencia y la limosna y la
comunicación cristiana de bienes (cf. Catecismo de la Iglesia Católica,
1438). También conviene comprometerse en un proyecto de santidad que
cruce el paso de la Pascua y encarne los propósitos de una conversión –metánoia-
completa. Una conversión que promueva el respeto a la dignidad del prójimo
y sea testimonio del Reino de amor, justicia y paz.
Construir
la paz
17.
La vocación del cristiano constituye un antídoto contra la violencia y la
desintegración en todos los ámbitos del quehacer humano y de la misma ecología.
La descomposición social es grave, y se proyecta en la inseguridad
generalizada: en el trabajo, el vecindario, los ambientes políticos, la
economía... Aun eludiendo las posturas pesimistas, en muchos niveles de
convivencia social suele dominar cierta sensación de impotencia e
insuficiencia. Por eso acogemos las iniciativas que intentan superar la
resistencia a aceptar la propia vida y sus necesidades con la responsabilidad
y el orgullo de valerse por sí mismo. Un pueblo alerta, instruido y
bien formado e informado, difícilmente será víctima de la falsedad y los
engaños que vienen envueltos en seductoras promesas. La seguridad y la
integridad deben construirse solidariamente desde abajo y montadas sobre la
firme zapata de los valores cristianos. Estos valores a veces son
amenazados por una globalización asfixiante. La Iglesia, desde su
doctrina y acción social, colabora “con los medios legítimos a la reducción
de los efectos negativos de la globalización, como son el dominio de los más
fuertes sobre los más débiles, especialmente en el campo económico y la pérdida
de los valores de las culturas locales en favor de una mal entendida
homogenización” (Ecclesia in America, 55).
18.
Emulando el espíritu clarividente del beato Juan XXIII, creemos que la paz es
posible, y no tememos el futuro. Juan XXIII señaló los cuatro pilares
de la paz, a saber: la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Estas
condiciones están por encima de todos los intereses económicos y políticos
de los centros de poder. Al final de la jornada, prevalece el plan de
salvación según los designios de la divina Providencia. “Mirando al
presente y al futuro con los ojos de la fe y de la razón, el beato Juan XXIII
vislumbró e interpretó los dinamismos profundos que estaban actuando ya en
la historia. Sabía que las cosas no son siempre como aparecen
exteriormente. A pesar de las guerras y las amenazas de guerras, había
algo nuevo que se percibía en las vicisitudes humanas, algo que el Papa
consideró como el inicio prometedor de una revolución espiritual” (Juan
Pablo II, Mensaje para la Jornada de la paz 2003; cf. Juan XXIII, Pacem in
terris, 1, AAS [1963], 265-266).
19.
Frente al mundo de la violencia, los egoísmos y las guerras de todo tipo,
proclamamos como don y tarea la paz: paz de los corazones, de las familias, la
paz social, la política, la informativa, la económica y la militar. El
cristiano, dentro de nuestra sociedad pluralista, es testigo, agente y maestro
de la paz. Parte de la presencia de Dios en su vida, de la lucha
espiritual contra el egoísmo y las tentaciones materialistas, y da testimonio,
en la convivencia social, de que la paz es posible; es la paz que salva y
mejora todo. Toda guerra mata a inocentes, con frecuencia provoca
más males de los que pretende evitar, crea nuevas injusticias, se enfrentan
los sentimientos de las personas y levanta los odios entre los pueblos.
¿Queremos un ejemplo más gráfico que la guerra de israelíes y palestinos
en nuestros propios días?
La
familia, articulada en torno al matrimonio sacramental, es fuente de armonía,
de complementariedad, de maduración, mientras fortalece la personalidad de jóvenes
y mayores con las virtudes de la comunión.
20.
Nuestros ámbitos sociales, asediados por intereses personalistas, los vicios
de drogas, corrupción y manipulación sufren una callada, eficaz y cruel
guerra de todos contra todos. ¿Qué podemos aportar para la paz doméstica
y pública? Hoy la Iglesia es llamada a crear los ámbitos visibles de
paz, a discernir los verdaderos valores, a integrar escuelas de la paz con la
enseñanza de principios morales, ejercicios y testimonios bajo el espíritu
del Príncipe de la Paz.
21.
La Conferencia Episcopal Puertorriqueña se ha pronunciado, en diversos
documentos, sobre la guerra moderna, la acumulación y el comercio de armas y
la anhelada solución del conflicto en la isla de Vieques. Los Obispos
de la CEP saludamos con satisfacción el cese de los entrenamientos de
la Marina de Guerra de los Estados Unidos de América en la Isla de Vieques.
Esta meta ha de animar a todos los responsables en ley a administrar
equitativa y sabiamente el futuro de esta isla. Y no sólo el futuro de
Vieques, sino tambien la solución de todos los problemas y la superación
de todos los enconos que afligen al pueblo puertorriqueño.
22.
Hoy como ayer la Iglesia enseñará y ejercitará:
a)
El reconocimiento práctico de la dignidad inviolable de la persona humana en
todas las etapas de su vida y en el logro de los medios elementales de la
salud, la alimentación, la educación y la libertad.
b)
El diálogo abierto y sincero en todo nivel y asunto; la aceptación del
“arbitraje en los conflictos de parte de terceras personas equitativas y
amigas.
c)
El respeto a las legítimas leyes internacionales.
d)
La solidaridad en la posesión, uso y distribución de los bienes esenciales
de la vida.
e)
La compasión y responsabilidad hacia las víctimas del hambre y de la
injusticia social, de los efectos de la guerra y la segregación.
23.
La escuela de la paz promueve el cultivo de las virtudes personales y las
colectivas: el amor desinteresado, la paciencia, la generosidad, el perdón,
la justicia, etc.; acoge a toda persona y pueblo con sus derechos y
obligaciones, con su dignidad e inviolabilidad. Crea la esperanza y
agentes de esperanza. Ampara todo proceso de unión, colaboración,
cooperativismo, comunión de espíritu y empresas; hace presente a Dios.
IV.
Conclusión
24.
Y a pesar de la desintegración, los peligros y las amenazas, decimos: Sursum
corda! ¡Elevemos los corazones! La Cuaresma es vía de sabiduría
y superación. Por la senda austera, alcanzamos la meta soñada...
El camino de la Cuaresma culmina en el triunfo de la paz. La meditación
cuaresmal nunca debe perder de perspectiva la victoria definitiva de Cristo
sobre la muerte, la soledad, la desesperación y el egoísmo. Nuestro
mensaje quiere ser un anuncio de gozo y alegría, como el evangelio salvador.
Somos conscientes de los graves problemas que aquejan a la humanidad, pero por
encima de todos los malos augurios proclamamos la esperanza y la redención.
Con Cristo, todo lo podemos; y el amor es más fuerte que la muerte. Nos
anima una fe que mueve montañas y una promesa infalible.
25.
Confiamos en el Señor, quien sabrá iluminarnos para ser sal, luz y fermento
tanto en la sociedad como en la comunidad de fe. Que el Cristo
resucitado nos colme de gracia, fe esperanza y caridad, y que María, Madre
del Redentor y ejemplo de evangelizadora, nos acompañe en este peregrinar,
mientras les bendecimos, amados hijos de la Iglesia y hermanos de buena
voluntad, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Dada
en San Juan de Puerto Rico, el día 5 de marzo del año del Señor 2003, Miércoles
de Ceniza.
Luis
Cardenal Aponte Martínez Roberto O. González Nieves, O.F.M.
Arzobispo
Emérito de San Juan
Arzobispo de San Juan
Presidente de la C.E.P.
Ricardo
A. Suriñach Carreras
Obispo
de Ponce Ulises A. Casiano Vargas
Vicepresidente
de la C.E.P. Obispo de Mayagüez
Iñaki
Mallona Txertudi, C.P. Rubén A. González Medina, C.M.F.
Obispo
de Arecibo Obispo de Caguas
Félix
Lázaro Martínez, Sch. P. Héctor M. Rivera Pérez
Obispo
Coadjutor de Ponce Obispo Auxiliar de San Juan
Hermín
Negrón Santana
Obispo
Auxiliar de San Juan
Secretario
de la C.E.P.
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