| Discurso de Benedicto XVI a George Bush en la Casa Blanca
Señor Presidente:
Gracias por las amables palabras de bienvenida en nombre del pueblo
de los Estados Unidos de América. Aprecio profundamente su
invitación a visitar este gran País. Mi llegada coincide con un
momento importante de la vida de la comunidad católica en América,
como es la celebración del segundo centenario de la elevación de la
primera diócesis del País, Baltimore, a Archidiócesis metropolitana,
y la fundación de las sedes de Nueva York, Boston, Filadelfia y
Louisville. También me siento dichoso de ser huésped de todos los
estadounidenses. Vengo como amigo y anunciador del Evangelio, como
uno que tiene gran respeto por esta vasta sociedad pluralista. Los
católicos estadounidenses han ofrecido y siguen ofreciendo una
excelente contribución a la vida de su País. Al comenzar mi visita,
confío en que mi presencia pueda ser fuente de renovación y
esperanza para la Iglesia en los Estados Unidos y refuerce la
voluntad de los católicos de contribuir más responsablemente aún a
la vida de la Nación, de la que están orgullosos de ser ciudadanos.
Ya desde los albores de la República, la búsqueda de libertad de
Estados Unidos ha sido guiada por la convicción de que los
principios que gobiernan la vida política y social están íntimamente
relacionados con un orden moral, basado en la señoría de Dios
Creador. Los redactores de los documentos constitutivos de esta
Nación se basaron en esta convicción al proclamar la "verdad
evidente por sí misma" de que todos los hombres han sido creados
iguales y dotados de derechos inalienables, fundados en la ley
natural y en el Dios de esta naturaleza. El curso de la historia
norteamericana demuestra las dificultades, las luchas y la gran
determinación intelectual y moral que han sido necesarias para
formar una sociedad que incorporara fielmente estos nobles
principios. A lo largo de ese proceso, que ha plasmado el alma de la
Nación, las creencias religiosas fueron una constante inspiración y
una fuerza orientadora, como, por ejemplo, en la lucha contra la
esclavitud y en el movimiento en favor de los derechos civiles.
También en nuestro tiempo, especialmente en los momentos de crisis,
los estadounidenses siguen encontrando energía en sí mismos
adhiriéndose a este patrimonio de ideales y aspiraciones compartidos.
En los próximos días, espero encontrarme no solamente con la
comunidad católica de Estados Unidos, sino también con otras
comunidades cristianas y representaciones de las numerosas
tradiciones religiosas presentes en este País. Históricamente, no
sólo los católicos, sino todos los creyentes han encontrado aquí la
libertad de adorar a Dios según los dictámenes de su conciencia,
siendo aceptados al mismo tiempo como parte de una confederación en
la que cada individuo y cada grupo puede hacer oír su propia voz.
Ahora que la Nación tiene que afrontar cuestiones políticas y éticas
cada vez más complejas, confío que los estadounidenses encuentran en
sus creencias religiosas una fuente preciosa de discernimiento y una
inspiración para buscar un diálogo razonable, responsable y
respetuoso en el esfuerzo de edificar una sociedad más humana y más
libre.
La libertad no es sólo un don, sino también una llamada a la
responsabilidad personal. Los estadounidenses lo saben por
experiencia: casi todas las ciudades de este País tienen monumentos
en honor a cuantos han sacrificado su vida en defensa de la libertad,
tanto en su propia tierra como en otros lugares. La defensa de la
libertad es una llamada a cultivar la virtud, la autodisciplina, el
sacrificio por el bien común y un sentido de responsabilidad ante
los menos afortunados. Además, exige el valor de empeñarse en la
vida civil, llevando las propias creencias religiosas y los valores
más profundos a un debate público razonable. En una palabra, la
libertad es siempre nueva. Se trata de un desafío que se plantea a
cada generación, y ha de ser ganado constantemente en favor de la
causa del bien (cf. Spe salvi, 24). Pocos han entendido esto tan
claramente como el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria. Al
reflexionar sobre la victoria espiritual de la libertad sobre el
totalitarismo en su Polonia nativa y en Europa oriental, nos recordó
que la historia demuestra en muchas ocasiones que «en un mundo sin
verdad la libertad pierde su fundamento», y que una democracia sin
valores puede perder su propia alma (cf. Centesimus annus, 46). En
estas palabras proféticas resuena de algún modo la convicción del
Presidente Washington, expresada en su discurso de despedida, de que
la religión y la moralidad son «soportes indispensables» para la
prosperidad política.
Por su parte, la Iglesia desea contribuir a la construcción de un
mundo cada vez más digno de la persona humana, creada a imagen y
semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26-27). Está convencida de que la fe
proyecta una luz nueva sobre todas las cosas, y que el Evangelio
revela la noble vocación y el destino sublime de todo hombre y mujer
(cf. Gaudium et spes, 10). La fe, además, nos ofrece la fuerza para
responder a nuestra alta vocación y la esperanza que nos lleva a
trabajar por una sociedad cada vez más justa y fraterna. Como
vuestros Padres fundadores bien sabían, la democracia sólo puede
florecer cuando los líderes políticos, y los que ellos representan,
son guiados por la verdad y aplican la sabiduría, que nace de firmes
principios morales, a las decisiones que conciernen la vida y el
futuro de la Nación.
Los Estados Unidos de América han desempeñado desde hace más de un
siglo un papel importante en la comunidad internacional. El viernes
próximo, si Dios quiere, tendré el honor de dirigir la palabra a la
Organización de las Naciones Unidas, donde espero alentar los
esfuerzos que se están haciendo para dar a esa institución una voz
todavía más eficaz en favor de las expectativas legítimas de todos
los pueblos del mundo. A este respecto, en el 60° aniversario de la
Declaración Universal de los Derechos del Hombre, la exigencia de
una solidaridad global es más urgente que nunca, si se quiere que
todos puedan vivir de acuerdo con su dignidad, como hermanos y
hermanas que habitan en una misma casa, alrededor de la mesa que la
bondad de Dios ha preparado por todos sus hijos. Los Estados Unidos
se han mostrado siempre generosos en salir al encuentro de las
necesidades humanas inmediatas, promoviendo el desarrollo y
ofreciendo alivio a las víctimas de las catástrofes naturales. Tengo
la confianza de que esta preocupación por la gran familia humana
seguirá manifestándose con el apoyo a los esfuerzos pacientes de la
diplomacia internacional orientados a solucionar los conflictos y a
promover el progreso. Así, las generaciones futuras podrán vivir en
un mundo en el que florezca la verdad, la libertad y la justicia, un
mundo donde la dignidad y los derechos dados por Dios a cada hombre,
mujer y niño, sean tenidos en consideración, protegidos y promovidos
eficazmente.
Señor Presidente, queridos amigos: al comenzar mi visita en los
Estados Unidos, deseo expresar un vez más mi gratitud por su
invitación, mi alegría por encontrarme entre vosotros y mi oración
ferviente para que Dios Omnipotente fortalezca a esta Nación y a su
pueblo en el camino de la justicia, la prosperidad y la paz. ¡Que
Dios bendiga a los Estados Unidos!
[Traducción del original inglés distribuida por la Santa Sede ©
Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
|