Discurso a la asamblea plenaria del Consejo
vaticano para los migrantes
CIUDAD DEL VATICANO
27 mayo 2008
Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:
Me alegra acogeros con ocasión de la sesión plenaria del Consejo
pontificio para la pastoral de los emigrantes e itinerantes.
Saludo, en particular, al presidente, señor cardenal Renato
Raffaele Martino, al que agradezco las palabras con las que ha
introducido nuestro encuentro, ilustrando los diversos aspectos
del interesante tema que habéis afrontado durante estos días.
Saludo también al secretario, arzobispo Agostino Marchetto, al
monseñor subsecretario, a los oficiales y a los expertos, a los
miembros y a los consultores. Dirijo a todos un cordial saludo
lleno de gratitud por el trabajo realizado y por el empeño
puesto en concretar cuanto se ha debatido y vislumbrado durante
estos días para el bien de todas las familias.
Durante mi reciente visita a Estados Unidos, animé a este gran
país a proseguir en su compromiso de acogida de los hermanos y
hermanas que llegan allí procedentes, en general, de países
pobres. En particular, señalé el grave problema de la
reunificación familiar, tema que ya había afrontado en el
Mensaje para la 93ª Jornada mundial del emigrante y el refugiado,
dedicado precisamente al tema de la familia emigrante. Me
complace recordar aquí que en diversas ocasiones he presentado
el icono de la Sagrada Familia como modelo de las familias
emigrantes, refiriéndome a la imagen propuesta por mi venerado
predecesor, el Papa Pío XII, en la constitución apostólica Exsul
familia, que constituye la charta magna de la pastoral de los
emigrantes (cf. AAS 44, 1952, p. 649). Además, en los Mensajes
de los años 1980, 1986 y 1993, mi venerado predecesor Juan Pablo
II subrayó el compromiso eclesial en favor no sólo de la persona
emigrante, sino también de su familia, comunidad de amor y
factor de integración.
Ante todo, quiero reafirmar que la solicitud de la Iglesia por
la familia emigrante no quita nada al interés pastoral por la
familia itinerante. Más aún, este compromiso de mantener una
unidad de visión y de acción entre las dos "alas" (emigración e
itinerancia) de la movilidad humana puede ayudar a comprender la
amplitud del fenómeno y, al mismo tiempo, servir de estímulo
para todos con vistas a una pastoral específica, animada por los
Sumos Pontífices, recomendada por el concilio ecuménico Vaticano
II (cf. Christus Dominus, 18) y sostenida adecuadamente por los
documentos elaborados por vuestro Consejo pontificio, así como
por congresos y reuniones.
No hay que olvidar que la familia, incluida la emigrante y la
itinerante, constituye la célula originaria de la sociedad, y no
sólo no se la debe destruir, sino que se la debe defender con
valentía y paciencia. La familia representa a la comunidad en la
que desde la infancia nos enseñan a adorar y amar a Dios,
asimilando la gramática de los valores humanos y morales, y
aprendiendo a hacer buen uso de la libertad en la verdad. Por
desgracia, en muchas situaciones esto sucede con dificultad,
especialmente en el caso de quienes se ven afectados por el
fenómeno de la movilidad humana.
Además, en su acción de acogida y de diálogo con los emigrantes
e itinerantes, la comunidad cristiana tiene como punto de
referencia constante a la persona de Cristo, nuestro Señor. Él
dejó a sus discípulos una regla de oro, según la cual orientar
la propia vida: el mandamiento nuevo del amor. Cristo sigue
transmitiendo a la Iglesia, mediante el Evangelio y los
sacramentos, especialmente la santísima Eucaristía, el amor que
vivió hasta la muerte y muerte de cruz.
A este propósito, es muy significativo que la liturgia prevea la
celebración del sacramento del matrimonio en el corazón de la
celebración eucarística. Así se pone de relieve el profundo
vínculo que une esos dos sacramentos. En la vida diaria, el
comportamiento de los esposos debe inspirarse en el ejemplo de
Cristo, que "amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella"
(Ef 5, 25). Este supremo gesto de amor se renueva en toda
celebración eucarística.
Por tanto, la pastoral familiar debe remitir oportunamente a
este dato sacramental como a su referente de fundamental
importancia. Quien va a misa -y es necesario facilitar su
celebración también a los emigrantes e itinerantes- encuentra en
la Eucaristía una fortísima referencia a su familia, a su
matrimonio, y se siente estimulado a vivir su situación en la
perspectiva de la fe, buscando en la gracia divina la fuerza
necesaria para lograrlo.
Por último, es de todos conocido que la movilidad humana, en el
actual mundo globalizado, representa una frontera importante
para la nueva evangelización. Por eso, os aliento a proseguir en
vuestro compromiso pastoral con renovado celo, mientas, por mi
parte, os aseguro mi cercanía espiritual. Os acompaño con la
oración, para que el Espíritu Santo haga fecundas todas vuestras
iniciativas. Con este fin, invoco la protección materna de María
santísima, Nuestra Señora del Camino, para que ayude a todo
hombre y a toda mujer a conocer a su Hijo Jesucristo y a recibir
de él el don de la salvación. Con este deseo, os imparto de
corazón la bendición apostólica a vosotros y a vuestros seres
queridos, así como a todos los emigrantes e itinerantes en el
vasto mundo y a sus familias.
[Traducción distribuida por la Santa Sede © Copyright 2008 -
Libreria Editrice Vaticana]