Silencio y obediencia

ESTAMOS EN la recta final de las elecciones. Como ocurre con las lluvias permanentes, se empapa y se satura la tierra y llegan las inundaciones. Así estamos, con tanta torrentera de propaganda política, nadando en este río desbordado.

A ese asfixiante clima político, en la Iglesia, una carta a la Santa Sede intentando poner punto final a la cuestión de la Virgen del Pozo, ha provocado un desconcierto en los líderes laicos de esta devoción mariana y lo han llevado a los medios. Un profesor de Derecho Canónico de Salamanca cuestiona el documento por varias razones que ya todos conocen.

No entro en este terreno de lo jurídico. Hay algo de mucho más valor.

Por otra parte, lo jurídico, per se, nunca se inmiscuye en cuestiones de fondo, de veracidad o no veracidad de apariciones, milagros. Ni de apostolados, etc.

Prefiero acudir a los diagnósticos totalmente seguros de la Iglesia en este tipo de asuntos. Es una columna para el pueblo. Desearía contribuir a formar la conciencia en los criterios de la Iglesia, que son los del Evangelio.

Recordando principios. Primer cimiento: Cristo es el Evangelio total y absoluto. Toda la revelación nos la ha entregado Dios, en Jesús. Toda la Biblia habla de Jesús, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, con el cual se cierra y se clausura toda revelación.

Además, Cristo es la fuente y el ejemplo: tipo, cumbre de toda la santidad.

Dado que todo el mal del hombre vino por el pecado, un pecado de orgullo y desobediencia, Cristo vino a reparar y a redimirnos de él; por eso sobresalió, a nuestro modo de ver, en la obediencia y la humildad. Es cierto que la esencia de la santidad es el amor; pero es imposible el amor sin humildad y sin obediencia. No hay palabras más seguras y de mejor maridaje que la verdad y la humildad. La humildad es la verdad practicada. La verdad suprema es Dios. Y la verdad a practicar es que Dios lo es todo y la criatura es nada sin El. Dependo totalmente del todo. Eso es fácil admitirlo cerebralmente. Pasarlo de la cabeza al corazón y a los actos es mucho más difícil. Entonces empieza uno a "ser verdad" y a ser verdad la humildad en El. Y, naturalmente, a reflejar uno lo que es: humilde; y, cuanto más se empeñara en ocultarlo, más y mejor se manifestaría.

¿Y la obediencia? Un misterio de fe y amor, y de sus amigas inseparables, la verdad y la humildad. De ahí que Cristo, para reparar la honra del Padre y para bien y ejemplo de los hombres, se hizo hombre. San Pablo calificó este acto de "anonadamiento", "se anonadó". Hacerse el hombre hormiga es menos rebajamiento que el de Dios al hacerse hombre. Llegó a más, ¡a no parecer ni hombre, sino un gusano! ¡Incalificable misterio!

Cristo obedeció a su Padre Eterno, a su Madre, ¡qué delicia!, a San José, ¡qué fácil! Fácil; pero inexplicable. Siempre era como obedecer el mar a una gota de agua. Pero, además, obedeció a Pilato, a los verdugos, a todos. ¡Qué escándalo, qué absurdo!

Después de Jesús, su Madre, la Virgen María, es el ejemplo sumo de la humildad y de la obediencia. Se dice que cuanto más humilde, uno es más santo. Es mucho más verdad afirmar que, cuanto más santo, se es más humilde. María nunca dijo que era humilde, o que Dios había mirado su humildad, sino "la pequeñez de su esclava".

¿Por qué María es la criatura más humilde que ha existido y existirá? Porque nadie vio y aceptó como ella su inmensísima e imponderable pequeñez. Y eso sólo lo alcanzó ella, porque nadie como Ella vio y aceptó la inmensa e infinita grandeza de Dios, en El mismo y en los demás.

La Virgen se convirtió en verdadera Madre de Dios al responder: "He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí, según tu palabra". Obediencia total y humildad absoluta. ¡A qué simas hay que bajar para penetrar un poco en el hondísimo misterio del silencio de María! No se lo dice a nadie, ni a San José, su esposo. Guardó silencio absoluto. No hizo ningún milagro. No pidió a su Hijo ningún milagro para Ella. No le pidió explicaciones cuando Jesús le dijo que El tenía que ocuparse en las cosas de su Padre. No lo entendió. Guardó silencio y todo lo guardaba y meditaba en su corazón.

Y el sermón más grandioso que se ha predicado en este mundo, después de los de Jesús, y el más breve, es el de María: "Haced lo que El os diga". Y es el que sigue repitiendo.

Es a la luz de estas verdades fundamentales que la Iglesia juzga a los que presentan sus visiones, apariciones, milagros, carismas de profecía, de apostolado carismático, de fundación de obras, congregaciones, etc.

Cualquier duda razonable sobre la carencia de estas dos fundamentales virtudes de obediencia y humildad impide dar un paso en la línea afirmativa de aprobación.

Por el contrario, cualquier manifestación de vanidad, de soberbia sicológica (la de la conciencia la juzga sólo Dios), de grandiosidad, de triunfo, de cerrazón en sus criterios por santos que parezcan, de reto público a la Jerarquía, etc., etc., etc., es señal clara de que allí no hay nada sobrenatural.

Vuelvo a recordar el episodio de la desobediencia formal de un grupo de la Virgen del Pozo, identificado con su vestimenta, al Sr. Cardenal. El Cardenal celebraba la Misa en San José de Villa Caparra, con su presbiterio y el pueblo. Hay que advertir que el Sr. Cardenal no hacía otra cosa que indicar las rúbricas de la Misa: de sentarse, levantarse, arrodillarse, etc. Pues ellos, ostentosamente, descaradamente, hacían todo lo contrario. Imagínense el espectáculo. Esto es simple crónica narrada con la mayor neutralidad. Pero el hecho habla por sí solo y fuerte. Les puede salvar su ignorancia. En esta materia lo definitivo es lo negativo. El diagnóstico final de cáncer arruina todos los exámenes anteriores por óptimos que fueran.

Sigo recordando y refrescando. Certificar que ha habido apariciones puede tardar mucho tiempo, y muchas consultas. Determinar y diagnosticar que no ha habido puede durar media hora.

Creo que fue a S. Felipe de Neri, a quien envió el Papa para ver si eran verdad los milagros de una monja famosa ante el pueblo. Llegó el santo embarrado, le pidió a la tal religiosa que, por favor, le limpiara las sandalias. La monja le respondió: "¡Oh, usted no sabe con quién está hablando!". Se volvió el siervo de Dios: "¡Santidad, no hace ningún milagro!". Dos minutos.

CREO QUE los dirigentes han desperdiciado una hermosa ocasión. No han dejado lucirse a la Virgen. La Virgen brilla y se luce con los sencillos, los que no saben, los que no son capaces de defenderse, ni lo quieren, como son los niños, los pobres y humildes "Diegos" de Guadalupe. Así se ha lucido el poder maternal de la Virgen en Lourdes, en Fátima, con niños o con una monja escondida. En nuestro caso, los niños han crecido. Se han portado como grandes. Se defienden demasiado. Pueden estar creando, sin querer, una oposición de una porción del pueblo contra los obispos, como si fueran opresores e irresponsables. Los hombres triunfan en el mundo por los medios poderosos. Cristo por los medios más inútiles: silencio y obediencia.

Mateo Mateo
Sacerdote

           El Nuevo Día 3 de octubre de 2000

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