26 de junio de 2000 DOCUMENTACION VIVA DE LA IGLESIA
CONGREGACIÓN PARA LA
DOCTRINA DE LA FE
EL MENSAJE DE FÁTIMA
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SUMARIO
1. Presentación del arzobispo Tarcisio Bertone, secretario de la Congregación
para la Doctrina de la Fe.
EL «SECRETO»
2. El «secreto» de Fátima. Primera y segunda parte del «secreto» en la
redacción hecha por sor Lucía en la «Tercera Memoria» del 31 de agosto de
1941 destinada al obispo de Leiria-Fátima.
3. Tercera parte del «secreto».
INTERPRETACIÓN DEL «SECRETO»
4. Carta de Juan Pablo II a sor Lucía.
5. Coloquio de Sor Lucía con monseñor Tarcisio Bertone.
6. Comunicado de su eminencia el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado
de Su Santidad.
7. Comentario teológico del cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe.
8. Notas.
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1
PRESENTACIÓN
En el tránsito del segundo al tercer milenio, Juan Pablo II ha decidido hacer
público el texto de la tercera parte del «secreto de Fátima».
Tras los dramáticos y crueles acontecimientos del siglo XX, uno de los más
cruciales en la historia del hombre, culminado con el cruento atentado al «dulce
Cristo en la Tierra», se abre así un velo sobre una realidad, que hace
historia y la interpreta en profundidad, según una dimensión espiritual a la
que la mentalidad actual, frecuentemente impregnada de racionalismo, es
refractaria.
Apariciones y signos sobrenaturales salpican la historia, entran en el vivo de
los acontecimientos humanos y acompañan el camino del mundo, sorprendiendo a
creyentes y no creyentes. Estas manifestaciones, que no pueden contradecir el
contenido de la fe, deben confluir hacia el objeto central del anuncio de
Cristo: el amor del Padre que suscita en los hombres la conversión y da la
gracia para abandonarse a Él con devoción filial. Éste es también el
mensaje de Fátima que, con un angustioso llamamiento a la conversión y a la
penitencia, impulsa en realidad hacia el corazón del Evangelio.
Fátima es sin duda la más profética de las apariciones modernas. La primera
y la segunda parte del «secreto» --que se publican por este orden por
integridad de la documentación-- se refieren sobre todo a la aterradora visión
del infierno, la devoción al Corazón Inmaculado de María, la segunda guerra
mundial y la previsión de los daños ingentes que Rusia, en su defección de
la fe cristiana y en la adhesión al totalitarismo comunista, provocaría a la
humanidad.
Nadie en 1917 podía haber imaginado todo esto: los tres pastorinhos de
Fátima ven, escuchan, memorizan, y Lucía, la testigo que ha sobrevivido, lo
pone por escrito en el momento en que recibe la orden del Obispo de Leiria y
el permiso de Nuestra Señora.
Por lo que se refiere la descripción de las dos primeras partes del «secreto»,
por lo demás ya publicado y por tanto conocido, se ha elegido el texto
escrito por Sor Lucía en la tercera memoria del 31 de agosto de 1941; después
añade alguna anotación en la cuarta memoria del 8 de diciembre de 1941.
La tercera parte del «secreto» fue escrita «por orden de Su Excelencia el
Obispo de Leiria y de la Santísima Madre....» el 3 de enero de 1944.
Existe un único manuscrito, que se aquí se reproduce en facsímile. El sobre
lacrado estuvo guardado primero por el Obispo de Leiria. Para tutelar mejor el
«secreto», el 4 de abril de 1957 el sobre fue entregado al Archivo Secreto
del Santo Oficio. Sor Lucía fue informada de ello por el Obispo de Leiria.
Según los apuntes del Archivo, el 17 de agosto de 1959, el Comisario del
Santo Oficio, Padre Pierre Paul Philippe, O.P., de acuerdo con el Emmo. Card.
Alfredo Ottaviani, llevó el sobre que contenía la tercera parte del «secreto
de Fátima» a Juan XXIII. Su Santidad, «después de algunos titubeos»,
dijo: «Esperemos. Rezaré. Le haré saber lo que decida» (1).
En realidad, el Papa Juan XXIII decidió devolver el sobre lacrado al Santo
Oficio y no revelar la tercera parte del «secreto».
Pablo VI leyó el contenido con el Sustituto, S. E. Mons. Angelo Dell'Acqua,
el 27 de marzo de 1965 y devolvió el sobre al Archivo del Santo Oficio, con
la decisión de no publicar el texto.
Juan Pablo II, por su parte, pidió el sobre con la tercera parte del «secreto»
después del atentado del 13 de mayo de 1981.S. E. Card.Franjo Seper, Prefecto
de la Congregación, entregó el 18 de julio de 1981 a S. E. Mons. Martínez
Somalo, Sustituto de la Secretaría de Estado, dos sobres: uno blanco, con el
texto original de Sor Lucía en portugués, y otro de color naranja con la
traducción del «secreto» en italiano. El 11 de agosto siguiente, Mons. Martínez
devolvió los dos sobres al Archivo del Santo Oficio (2).
Como es sabido, el Papa Juan Pablo II pensó inmediatamente en la consagración
del mundo al Corazón Inmaculado de María y compuso él mismo una oración
para lo que definió «Acto de consagración», que se celebraría en la Basílica
de Santa María la Mayor el 7 de junio de 1981, solemnidad de Pentecostés, día
elegido para recordar el 1600° aniversario del primer Concilio
Constantinopolitano y el 1550° aniversario del Concilio de Éfeso. Estando
ausente el Papa por fuerza mayor, se transmitió su alocución grabada.
Citamos el texto que se refiere exactamente al acto de consagración:
«Madre de los hombres y de los pueblos,Tú conoces todos sus
sufrimientos y sus esperanzas, Tú sientes maternalmente todas las luchas
entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que sacuden al mundo,
acoge nuestro grito dirigido en el Espíritu Santo directamente a tu Corazón
y abraza con el amor de la Madre y de la Esclava del Señor a los que más
esperan este abrazo, y, al mismo tiempo, a aquellos cuya entrega Tú
esperas de modo especial. Toma bajo tu protección materna a toda la
familia humana a la que, con todo afecto a ti, Madre, confiamos. Que se
acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la
verdad, de la justicia y de la esperanza» (3).
Pero el Santo Padre, para responder más plenamente a las peticiones de «Nuestra
Señora», quiso explicitar durante el Año Santo de la Redención el acto de
consagración del 7 de junio de 1981, repetido en Fátima el 13 de mayo de
1982. Al recordar el fiat pronunciado por María en el momento de la
Anunciación, en la plaza de San Pedro el 25 de marzo de 1984, en unión
espiritual con todos los Obispos del mundo, precedentemente «convocados», el
Papa consagra a todos los hombres y pueblos al Corazón Inmaculado de María,
en un tono que evoca las angustiadas palabras pronunciadas en 1981.
«Y por eso, oh Madre de los hombres y de los pueblos, Tú que conoces
todos sus sufrimientos y esperanzas, tú que sientes maternalmente todas las
luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que invaden el
mundo contemporáneo, acoge nuestro grito que, movidos por el Espíritu Santo,
elevamos directamente a tu corazón: abraza con amor de Madre y de
Sierva del Señor a este mundo humano nuestro, que te confiamos y consagramos,
llenos de inquietud por la suerte terrena y eterna de los hombres y de los
pueblos.
De modo especial confiamos y consagramos a aquellos hombres y aquellas
naciones, que tienen necesidad particular de esta entrega y de esta
consagración.
¡“Nos acogemos a tu protección, Santa Madre de Dios”!
¡No deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades!».
Acto seguido, el Papa continúa con mayor fuerza y con referencias más
concretas, comentando casi el triste cumplimiento del Mensaje de Fátima:
«He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo, ante tu
Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la
consagración que, por amor nuestro, tu Hijo hizo de sí mismo al Padre cuando
dijo: “Yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la
verdad” (Jn 17, 19). Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta
consagración por el mundo y por los hombres, la cual, en su Corazón divino
tiene el poder de conseguir el perdón y de procurar la reparación.
El poder de esta consagracióndura por siempre, abarca a todos los
hombres, pueblos y naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las
tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia; y que,
de hecho, ha sembrado en nuestro tiempo.
¡Oh, cuán profundamente sentimos la necesidad de consagración para la
humanidad y para el mundo: para nuestro mundo contemporáneo, en unión con
Cristo mismo! En efecto, la obra redentora de Cristo debe ser participada por
el mundo a través de la Iglesia.
Lo manifiesta el presente Año de la Redención, el Jubileo extraordinario de
toda la Iglesia.
En este Año Santo, bendita seas por encima de todas las creaturas, tú, Sierva
del Señor, que de la manera más plena obedeciste a la llamada divina.
Te saludamos a ti, que estás totalmente unida a la consagración
redentora de tu Hijo.
Madre de la Iglesia: ilumina al Pueblo de Dios en los caminos de la fe, de la
esperanza y de la caridad. Ilumina especialmente a los pueblos de los que tú
esperas nuestra consagración y nuestro ofrecimiento. Ayúdanos a vivir en la
verdad de la consagración de Cristo por toda la familia humana del mundo
actual.
Al encomendarte, oh Madre, el mundo, todos los hombres y pueblos, te confiamos
también la misma consagración del mundo, poniéndola en tu corazón
maternal.
¡Corazón Inmaculado! Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente
se arraiga en los corazones de los hombres de hoy y que con sus efectos
inconmensurables pesa ya sobre la vida presente y da la impresión de cerrar el
camino hacia el futuro.
¡Del hambre y de la guerra, líbranos!
¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de todo tipo
de guerra, líbranos!
¡De los pecados contra la vida del hombre desde su primer instante, líbranos!
¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos!
¡De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional, líbranos!
¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos!
¡De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de
Dios, líbranos!
¡Del extravío de la conciencia del bien y del mal, líbranos!
¡De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!, ¡líbranos!
Acoge, oh Madre de Cristo, este grito lleno de sufrimiento de todos
los hombres. Lleno del sufrimiento de sociedades enteras.
Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado, el pecado del
hombre y el «pecado del mundo», el pecado en todas sus manifestaciones.
Aparezca, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvador de
la Redención: poder del Amor misericordioso. Que éste detenga el mal.Que
transforme las conciencias.Que en tu Corazón Inmaculado se abra a todos la luz
de la Esperanza» (4).
Sor Lucía confirmó personalmente que este acto solemne y universal de
consagración correspondía a los deseos de Nuestra Señora («Sim, està
feita, tal como Nossa Senhora a pediu, desde o dia 25 de Março de 1984»:
«Sí, desde el 25 de marzo de 1984, ha sido hecha tal como Nuestra Señora había
pedido»: carta del 8 de noviembre de 1989). Por tanto, toda discusión, así
como cualquier otra petición ulterior, carecen de fundamento.
En la documentación que se ofrece, a los manuscritos de Sor Lucía se añaden
otros cuatro textos: 1) la carta del Santo Padre a Sor Lucía, del 19 de abril
del 2000; 2) una descripción del coloquio tenido con Sor Lucía el 27 de abril
del 2000; 3) la comunicación leída por encargo del Santo Padre en Fátima el
13 de mayo actual por el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado; 4) el
comentario teológico de Su Eminencia el Card. Joseph Ratzinger, Prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe.
Una indicación para la interpretación de la tercera parte del «secreto» la
había ya insinuado Sor Lucía en una carta al Santo Padre del 12 de mayo de
1982. En ella se dice:
«La tercera parte del secreto se refiere a las palabras de Nuestra Señora:
“Si no [Rusia] diseminará sus errores por el mundo, promoviendo guerras y
persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre
sufrirá mucho, varias naciones serán destruidas” (13-VII-1917).
La tercera parte es una revelación simbólica, que se refiere a esta parte del
Mensaje, condicionado al hecho de que aceptemos o no lo que el mismo Mensaje
pide: “si aceptaren mis peticiones, la Rusia se convertirá y tendrán paz; si
no, diseminará sus errores por el mundo, etc.”.
Desde el momento en que no hemos tenido en cuenta este llamamiento del Mensaje,
constatamos que se ha cumplido, Rusia ha invadido el mundo con sus errores. Y,
aunque no constatamos aún la consumación completa del final de esta profecía,
vemos que nos encaminamos poco a poco hacia ella a grandes pasos. Si no
renunciamos al camino del pecado, del odio, de la venganza, de la injusticia
violando los derechos de la persona humana, de inmoralidad y de violencia, etc.
Y no digamos que de este modo es Dios que nos castiga; al contrario, son los
hombres que por sí mismos se preparan el castigo. Dios nos advierte con premura
y nos llama al buen camino, respetando la libertad que nos ha dado; por eso los
hombres son responsables» (5).
La decisión del Santo Padre Juan Pablo II de hacer pública la tercera parte
del «secreto» de Fátima cierra una página de historia, marcada por la trágica
voluntad humana de poder y de iniquidad, pero impregnada del amor misericordioso
de Dios y de la atenta premura de la Madre de Jesús y de la Iglesia.
La acción de Dios, Señor de la Historia, y la corresponsabilidad del hombre en
su dramática y fecunda libertad, son los dos goznes sobre los que se construye
la historia de la humanidad.
La Virgen que se apareció en Fátima nos llama la atención sobre estos dos
valores olvidados, sobre este porvenir del hombre en Dios, del que somos parte
activa y responsable.
Tarcisio Bertone, SDB
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario de la Congregación
para la Doctrina de la Fe
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2
EL «SECRETO» DE FATIMA
PRIMERA Y SEGUNDA PARTE DEL «SECRETO»
EN LA REDACCIÓN HECHA POR SOR LUCÍA
EN LA «TERCERA MEMORIA» DEL 31 DE AGOSTO DE 1941
DESTINADA AL OBISPO DE LEIRIA-FÁTIMA
(Traducción) (6)
Tendré que hablar algo del secreto, y responder al primer punto interrogativo.
¿Qué es el secreto? Me parece que lo puedo decir, pues ya tengo licencia del
Cielo. Los representantes de Dios en la tierra me han autorizado a ello varias
veces y en varias cartas; juzgo que V. Excia. Rvma. conserva una de ellas, del
R. P. José Bernardo Gonçalves, aquella en que me manda escribir al Santo
Padre. Uno de los puntos que me indica es la revelación del secreto. Sí, ya
dije algo; pero, para no alargar más ese escrito que debía ser breve, me limité
a lo indispensable, dejando a Dios la oportunidad de un momento más favorable.
Pues bien; ya expuse en el segundo escrito, la duda que, desde el 13 de junio al
13 de julio, me atormentó; y cómo en esta aparición todo se desvaneció.
Ahora bien, el secreto consta de tres partes distintas, de las cuales voy a
revelar dos.
La primera fue, pues, la visión del infierno.
Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la
tierra. Sumergidos en ese fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas
transparentes y negras o bronceadas, con forma humana que fluctuaban en el
incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con
nubes de humo que caían hacia todos los lados, parecidas al caer de las pavesas
en los grandes incendios, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y
gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor. Los
demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales
espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros.
Esta visión fue durante un momento, y ¡gracias a nuestra Buena Madre del
Cielo, que antes nos había prevenido con la promesa de llevarnos al Cielo! (en
la primera aparición). De no haber sido así, creo que hubiésemos muerto de
susto y pavor.
Inmediatamente levantamos los ojos hacia Nuestra Señora que nos dijo con bondad
y tristeza:
-- Visteis el infierno a donde van las almas de los pobres pecadores; para
salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.
Si se hace lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La
guerra pronto terminará. Pero si no dejaren de ofender a Dios, en el
pontificado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada
por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a
castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de las
persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir la
consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los
Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz;
si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones
a la Iglesia. Los buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá mucho que
sufrir; varias naciones serán aniquiladas. Por fin mi Inmaculado Corazón
triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será
concedido al mundo algún tiempo de paz (7).
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3
TERCERA PARTE DEL «SECRETO»
(Traducción) (8)
«J.M.J.
Tercera parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria-Fátima.
Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio de Su
Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la Santísima Madre
vuestra y mía.
Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de
Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en
la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el
mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora
irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra
con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia,
Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: «algo semejante a
como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él» a un Obispo
vestido de Blanco «hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre».
También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña
empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran
de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó
una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante,
apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que
encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a
los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon
varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras
otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas
seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos
de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la
mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las
almas que se acercaban a Dios.
Tuy-3-1-1944».
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4
INTERPRETACIÓN DEL «SECRETO»
CARTA DE JUAN PABLO II
A SOR LUCÍA
(Traducción)
Reverenda Sor
María Lucía
Convento de Coimbra
En el júbilo de las fiestas pascuales, le presento el augurio de Cristo
Resucitado a sus discípulos: «¡la paz esté contigo!»
Tendré el gusto de poder encontrarme con Usted en el tan esperado día de la
beatificación de Francisco y Jacinta que, si Dios quiere, beatificaré el próximo
13 de mayo.
Sin embargo, teniendo en cuenta que ese día no habrá tiempo para un coloquio,
sino sólo para un breve saludo, he encargado ex profeso a Su Excelencia Monseñor
Tarcisio Bertone, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que
vaya a hablar con Usted. Se trata de la Congregación que colabora más
estrechamente con el Papa para la defensa de la fe católica y que ha conservado
desde 1957, como Usted sabe, su carta manuscrita que contiene la tercera parte
del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria, Fátima.
Monseñor Bertone, acompañado del Obispo de Leiria, su Excelencia Monseñor
Serafim de Sousa Ferreira e Silva, va en mi nombre para hacerle algunas
preguntas sobre la interpretación de la «tercera parte del secreto».
Reverenda Sor Lucía, puede hablar abierta y sinceramente a Monseñor Bertone,
que me referirá sus respuestas directamente a mí.
Ruego ardientemente a la Madre del Resucitado por Usted, por la Comunidad de
Coimbra y por toda la Iglesia.
María, Madre de la humanidad peregrina, nos mantenga siempre estrechamente
unidos a Jesús, su amado Hijo y Hermano nuestro, Señor de la vida y de la
gloria.
Con una especial Bendición Apostólica.
JUAN PABLO II
Vaticano, 19 de abril de 2000.
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5
COLOQUIO
CON SOR MARÍA LUCÍA DE JESÚS
Y DEL INMACULADO CORAZÓN
La cita de Sor Lucía con Su Excia. Mons. Tarcisio Bertone, Secretario de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, encargado por el Santo Padre, y de Su
Excia. Mons. Serafim de Sousa Ferreira e Silva, Obispo de Leiria-Fátima, tuvo
lugar el pasado jueves 27 de abril en el Carmelo de Santa Teresa de Coimbra.
Sor Lucía estaba lúcida y serena; estaba muy contenta del viaje del Papa a Fátima
para la beatificación, que ella tanto esperaba, de Francisco y Jacinta.
El Obispo de Leiria-Fátima leyó la carta autógrafa del Santo Padre que
explicaba los motivos de la visita. Sor Lucía se sintió honrada y la releyó
personalmente, teniéndola en sus propias manos. Dijo estar dispuesta a
responder francamente a todas las preguntas.
Llegados a este punto, Su Excia. Mons. Tarcisio Bertone le presentó dos sobres,
uno externo y otro dentro con la carta que contenía la tercera parte del «secreto»
de Fátima, y ella dijo inmediatamente, tocándola con los dedos: «es mi carta»;
y después, leyéndola: «es mi letra».
Con la ayuda del Obispo de Leiria-Fátima, se leyó e interpretó el texto
original, que está en portugués. Sor Lucía estuvo de acuerdo en la
interpretación según la cual la tercera parte del secreto consiste en una visión
profética comparable a las de la historia sagrada. Reiteró su convicción de
que la visión de Fátima se refiere sobre todo a la lucha del comunismo ateo
contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de las víctimas
de la fe en el siglo XX.
A la pregunta: «El personaje principal de la visión, ¿es el Papa?», Sor Lucía
respondió de inmediato que sí y recuerda que los tres pastorcitos estaban muy
apenados por el sufrimiento del Papa y Jacinta repetía: «Coitandinho do
Santo Padre, tenho muita pena dos peccadores!» («¡Pobrecito el Santo
Padre, me da mucha pena de los pecadores!»). Sor Lucía continúa: «Nosotros
no sabíamos el nombre del Papa, la Señora no nos ha dicho el nombre del Papa,
no sabíamos si era Benedicto XV o Pío XII o Pablo VI o Juan Pablo II, pero era
el Papa que sufría y nos hacía sufrir también a nosotros».
Por lo que se refiere al pasaje sobre el obispo vestido de blanco, esto es, el
Santo Padre --como se dieron cuenta inmediatamente los pastorcitos durante la
“visión”--, que es herido de muerte y cae por tierra, Sor Lucía está
completamente de acuerdo con la afirmación del Papa: «una mano materna guió
la trayectoria de la bala, y el Papa agonizante se detuvo en el umbral de la
muerte» (Juan Pablo II, Meditación desde el Policlínico Gemelli a los
Obispos italianos, 13 de mayo de 1994).
Puesto que Sor Lucía, antes de entregar al entonces Obispo de Leiria-Fátima el
sobre lacrado que contenía la tercera parte del «secreto», había escrito en
el sobre exterior que sólo podía ser abierto después de 1960, por el
Patriarca de Lisboa o por el Obispo de Leiria, Su Excia. Mons. Bertone le
preguntó: «¿por qué la fecha tope de 1960? ¿Ha sido la Virgen quien ha
indicado esa fecha? Sor Lucía respondió: «no ha sido la Señora, sino yo la
que ha puesto la fecha de 1960, porque según mi intuición, antes de 1960 no se
hubiera entendido, se habría comprendido sólo después. Ahora se puede
entender mejor. Yo he escrito lo que he visto, no me corresponde a mí la
interpretación, sino al Papa».
Finalmente, se mencionó el manuscrito no publicado que Sor Lucía ha preparado
como respuesta a tantas cartas de devotos de la Virgen y de peregrinos. La obra
lleva el título «Os apelos da Mensagen da Fatima» y recoge
pensamientos y reflexiones que expresan sus sentimientos y su límpida y simple
espiritualidad, en clave catequética y parenética. Se le preguntó si le
gustaría que la publicaran, y ha respondido: «Si el Santo Padre está de
acuerdo, me encantaría, si no, obedezco a lo que decida el Santo Padre». Sor
Lucía desea someter el texto a la aprobación de la Autoridad eclesiástica, y
tiene la esperanza de poder contribuir con su escrito a guiar a los hombres y
mujeres de buena voluntad por el camino que conduce a Dios, última meta de toda
esperanza humana.
El coloquio se concluyó con un intercambio de rosarios: a Sor Lucía se le dio
el que le había regalado el Santo Padre y ella, a su vez, entrega algunos
rosarios confeccionados por ella personalmente.
La bendición impartida en nombre del Santo Padre concluyó el encuentro.
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6
COMUNICADO DE SU EMINENCIA EL CARD. ANGELO SODANO
SECRETARIO DE ESTADO DE SU SANTIDAD
Al final de la solemne Concelebración Eucarística presidida por Juan Pablo
II en Fátima, el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado, ha pronunciado
en portugués las palabras que aquí reproducimos en traducción española.
Hermanos y hermanas en el Señor:
Al concluir esta solemne celebración, siento el deber de presentar a nuestro
amado Santo Padre Juan Pablo II la felicitación más cordial, en nombre de
todos los presentes, por su próximo 80° cumpleaños, agradeciéndole su
valioso ministerio pastoral en favor de toda la Santa Iglesia de Dios.
En la solemne circunstancia de su venida a Fátima, el Sumo Pontífice me ha
encargado daros un anuncio. Como es sabido, el objetivo de su venida a Fátima
ha sido la beatificación de los dos “pastorinhos”. Sin embargo, quiere
atribuir también a esta peregrinación suya el valor de un renovado gesto de
gratitud hacia la Virgen por la protección que le ha dispensado durante estos años
de pontificado. Es una protección que parece que guarde relación también con
la llamada “tercera parte” del secreto de Fátima.
Este texto es una visión profética comparable a la de la Sagrada Escritura,
que no describe con sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos
futuros, sino que sintetiza y condensa sobre un mismo fondo hechos que se
prolongan en el tiempo en una sucesión y con una duración no precisadas. Por
tanto, la clave del lectura del texto ha de ser de carácter simbólico.
La visión de Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha de los sistemas
ateos contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de
los testigos de la fe del último siglo del segundo milenio. Es un interminable Via
Crucis dirigido por los Papas del Siglo XX.
Según la interpretación de los pastorinhos, interpretación confirmada
recientemente por Sor Lucia, el «Obispo vestido de blanco» que ora por todos
los fieles es el Papa. También él, caminando con fatiga hacia la Cruz entre
los cadáveres de los martirizados (obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas
y numerosos laicos), cae a tierra como muerto, bajo los disparos de arma de
fuego.
Después del atentado del 13 de mayo de 1981, a Su Santidad le pareció claro
que había sido «una mano materna quien guió la trayectoria de la bala»,
permitiendo al «Papa agonizante» que se detuviera «en el umbral de la muerte»
(Juan Pablo II, Meditación desde el Policlínico Gemelli a los Obispos
italianos, en: Insegnamenti, vol. XVII1, 1994, p. 1061). Con ocasión
de una visita a Roma del entonces Obispo de Leiria-Fátima, el Papa decidió
entregarle la bala, que quedó en el jeep después del atentado, para que
se custodiase en el Santuario. Por iniciativa del Obispo, la misma fue después
engarzada en la corona de la imagen de la Virgen de Fátima.
Los sucesivos acontecimiento del año 1989 han llevado, tanto en la Unión Soviética
como en numerosos Países del Este, a la caída del régimen comunista que
propugnaba el ateísmo. También por esto el Sumo Pontífice le está agradecido
a la Virgen desde lo profundo del corazón. Sin embargo, en otras partes del
mundo los ataques contra la Iglesia y los cristianos, con la carga de
sufrimiento que conllevan, desgraciadamente no han cesado. Aunque las
vicisitudes a las que se refiere la tercera parte del secreto de Fátima parecen
ya pertenecer al pasado, la llamada de la Virgen a la conversión y a la
penitencia, pronunciada al inicio del siglo XX, conserva todavía hoy una
estimulante actualidad. «La Señora del mensaje parecía leer con una
perspicacia especial los signos de los tiempos, los signos de nuestro tiempo ...
La invitación insistente de María santísima a la penitencia es la manifestación
de su solicitud materna por el destino de la familia humana, necesitada de
conversión y perdón» (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial del
Enfermo 1997, n. 1, en: Insegnamenti, vol. XIX2, 1996, p. 561).
Para permitir que los fieles reciban mejor el mensaje de la Virgen de Fátima,
el Papa ha confiado a la Congregación para la Doctrina de la Fe la tarea de
hacer pública la tercera parte del «secreto», después de haber preparado un
oportuno comentario.
Hermanos y hermanas, agradecemos a la Virgen de Fátima su protección. A su
materna intercesión confiamos la Iglesia del Tercer Milenio.
Sub tuum praesidium confugimus, Santa Dei Genetrix! Intercede pro Ecclesia.
Intercede pro Papa nostro Ioanne Paulo II. Amen.
Fátima, 13 de mayo de 2000.
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COMENTARIO TEOLÓGICO
Quien lee con atención el texto del llamado tercer “secreto” de Fátima,
que tras largo tiempo, por voluntad del Santo Padre, viene publicado aquí en su
integridad, tal vez quedará desilusionado o asombrado después de todas las
especulaciones que se han hecho. No se revela ningún gran misterio; no se ha
corrido el velo del futuro. Vemos a la Iglesia de los mártires del siglo apenas
transcurrido representada mediante una escena descrita con un lenguaje simbólico
difícil de descifrar. ¿Es esto lo que quería comunicar la Madre del Señor a
la cristiandad, a la humanidad en un tiempo de grandes problemas y angustias? ¿Nos
es de ayuda al inicio del nuevo milenio? O más bien ¿son solamente
proyecciones del mundo interior de unos niños crecidos en un ambiente de
profunda piedad, pero que a la vez estaban turbados por las tragedias que
amenazaban su tiempo? ¿Cómo debemos entender la visión, qué hay que pensar
de la misma?
Revelación pública y revelaciones privadas -- su lugar teológico
Antes de iniciar un intento de interpretación, cuyas líneas esenciales se
pueden encontrar en la comunicación que el Cardenal Sodano pronunció el 13 de
mayo de este año al final de la celebración eucarística presidida por el
Santo Padre en Fátima, es necesario hacer algunas aclaraciones de fondo sobre
el modo en que, según la doctrina de la Iglesia, deben ser comprendidos dentro
de la vida de fe fenómenos como el de Fátima. La doctrina de la Iglesia
distingue entre la «revelación pública» y las «revelaciones privadas».
Entre estas dos realidades hay una diferencia, no sólo de grado, sino de
esencia. El término «revelación pública» designa la acción reveladora de
Dios destinada a toda la humanidad, que ha encontrado su expresión literaria en
las dos partes de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento. Se llama «revelación»
porque en ella Dios se ha dado a conocer progresivamente a los hombres, hasta el
punto de hacerse él mismo hombre, para atraer a sí y para reunir en sí a todo
el mundo por medio del Hijo encarnado, Jesucristo. No se trata, pues, de
comunicaciones intelectuales, sino de un proceso vital, en el cual Dios se
acerca al hombre; naturalmente en este proceso se manifiestan también
contenidos que tienen que ver con la inteligencia y con la comprensión del
misterio de Dios. El proceso atañe al hombre total y, por tanto, también a la
razón, aunque no sólo a ella. Puesto que Dios es uno solo, también es única
la historia que él comparte con la humanidad; vale para todos los tiempos y
encuentra su cumplimiento con la vida, la muerte y la resurrección de
Jesucristo. En Cristo Dios ha dicho todo, es decir, se ha manifestado así mismo
y, por lo tanto, la revelación ha concluido con la realización del misterio de
Cristo que ha encontrado su expresión en el Nuevo Testamento. El Catecismo
de la Iglesia Católica, para explicar este carácter definitivo y completo
de la revelación, cita un texto de San Juan de la Cruz: «Porque en darnos,
como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo
habló junto y de una vez en esta sola Palabra...; porque lo que hablaba antes
en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es
su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna
visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino que haría agravio a
Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer cosa otra alguna o
novedad» (n. 65, Subida al Monte Carmelo, 2, 22).
El hecho de que la única revelación de Dios dirigida a todos los pueblos se
haya concluido con Cristo y en el testimonio sobre Él recogido en los libros
del Nuevo Testamento, vincula a la Iglesia con el acontecimiento único de la
historia sagrada y de la palabra de la Biblia, que garantiza e interpreta este
acontecimiento, pero no significa que la Iglesia ahora sólo pueda mirar al
pasado y esté así condenada a una estéril repetición. El Catecismo de la
Iglesia Católica dice a este respecto: «Sin embargo, aunque la Revelación esté
acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana
comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos» (n.
66). Estos dos aspectos, el vínculo con el carácter único del acontecimiento
y el progreso en su comprensión, están muy bien ilustrados en los discursos de
despedida del Señor, cuando antes de partir les dice a los discípulos: «Mucho
tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el
Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará
por su cuenta... Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo
anunciará a vosotros» (Jn 16, 12-14). Por una parte el Espíritu, que
hace de guía y abre así las puertas a un conocimiento, del cual antes faltaba
el presupuesto que permitiera acogerlo; es ésta la amplitud y la profundidad
nunca alcanzada de la fe cristiana. Por otra parte, este guiar es un «tomar»
del tesoro de Jesucristo mismo, cuya profundidad inagotable se manifiesta en
esta conducción por parte del Espíritu. A este respecto el Catecismo cita una
palabra densa del Papa Gregorio Magno: «la comprensión de las palabras divinas
crece con su reiterada lectura» (Catecismo de la Iglesia Católica, 94;
Gregorio, In Ez 1, 7, 8). El Concilio Vaticano II señala tres maneras
esenciales en que se realiza la guía del Espíritu Santo en la Iglesia y, en
consecuencia, el «crecimiento de la Palabra»: éste se lleva a cabo a través
de la meditación y del estudio por parte de los fieles, por medio del
conocimiento profundo, que deriva de la experiencia espiritual y por medio de la
predicación de «los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la
verdad» (Dei Verbum, 8).
En este contexto es posible entender correctamente el concepto de «revelación
privada», que se refiere a todas las visiones y revelaciones que tienen lugar
una vez terminado el Nuevo Testamento; es ésta la categoría dentro de la cual
debemos colocar el mensaje de Fátima. Escuchemos aún a este respecto antes de
nada el Catecismo de la Iglesia Católica: «A lo largo de los siglos ha
habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido
reconocidas por la autoridad de la Iglesia... Su función no es la de...
“completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla
más plenamente en una cierta época de la historia» (n. 67). Se deben aclarar
dos cosas:
1. La autoridad de las revelaciones privadas es esencialmente diversa de la única
revelación pública: ésta exige nuestra fe; en efecto, en ella, a través de
palabras humanas y de la mediación de la comunidad viviente de la Iglesia, Dios
mismo nos habla. La fe en Dios y en su Palabra se distingue de cualquier otra
fe, confianza u opinión humana. La certeza de que Dios habla me da la seguridad
de que encuentro la verdad misma y, de ese modo, una certeza que no puede darse
en ninguna otra forma humana de conocimiento. Es la certeza sobre la cual
edifico mi vida y a la cual me confío al morir.
2. La revelación privada es una ayuda para la fe, y se manifiesta como creíble
precisamente porque remite a la única revelación pública. El Cardenal Próspero
Lambertini, futuro Papa Benedicto XIV, dice al respecto en su clásico tratado,
que después llegó a ser normativo para las beatificaciones y canonizaciones:
«No se debe un asentimiento de fe católica a revelaciones aprobadas en tal
modo; no es ni tan siquiera posible. Estas revelaciones exigen más bien un
asentimiento de fe humana, según las reglas de la prudencia, que nos las
presenta como probables y piadosamente creíbles». El teólogo flamenco E.
Dhanis, eminente conocedor de esta materia, afirma sintéticamente que la
aprobación eclesiástica de una revelación privada contiene tres elementos: el
mensaje en cuestión no contiene nada que vaya contra la fe y las buenas
costumbres; es lícito hacerlo publico, y los fieles están autorizados a darle
en forma prudente su adhesión (E. Dhanis, Sguardo su Fatima e bilancio di
una discussione, en: La Civiltà Cattolica 104, 1953, II. 392-406, en
particular 397). Un mensaje así puede ser una ayuda válida para comprender y
vivir mejor el Evangelio en el momento presente; por eso no se debe descartar.
Es una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer uso de la misma.
El criterio de verdad y de valor de una revelación privada es, pues, su
orientación a Cristo mismo. Cuando ella nos aleja de Él, cuando se hace autónoma
o, más aún, cuando se hace pasar como otro y mejor designio de salvación, más
importante que el Evangelio, entonces no viene ciertamente del Espíritu Santo,
que nos guía hacia el interior del Evangelio y no fuera del mismo. Esto no
excluye que dicha revelación privada acentúe nuevos aspectos, suscite nuevas
formas de piedad o profundice y extienda las antiguas. Pero, en cualquier caso,
en todo esto debe tratarse de un apoyo para la fe, la esperanza y la caridad,
que son el camino permanente de salvación para todos. Podemos añadir que a
menudo las revelaciones privadas provienen sobre todo de la piedad popular y se
apoyan en ella, le dan nuevos impulsos y abren para ella nuevas formas. Eso no
excluye que tengan efectos incluso sobre la liturgia, como por ejemplo muestran
las fiestas del Corpus Domini y del Sagrado Corazón de Jesús. Desde un
cierto punto de vista, en la relación entre liturgia y piedad popular se
refleja la relación entre Revelación y revelaciones privadas: la liturgia es
el criterio, la forma vital de la Iglesia en su conjunto, alimentada
directamente por el Evangelio. La religiosidad popular significa que la fe está
arraigada en el corazón de todos los pueblos, de modo que se introduce en la
esfera de lo cotidiano. La religiosidad popular es la primera y fundamental
forma de «inculturación» de la fe, que debe dejarse orientar y guiar
continuamente por las indicaciones de la liturgia, pero que a su vez fecunda la
fe a partir del corazón.
Hemos pasado así de las precisiones más bien negativas, que eran necesarias
antes de nada, a la determinación positiva de las revelaciones privadas: ¿cómo
se pueden clasificar de modo correcto a partir de la Sagrada Escritura? ¿Cuál
es su categoría teológica? La carta más antigua de San Pablo que nos ha sido
conservada, tal vez el escrito más antiguo del Nuevo Testamento, la Primera
Carta a los Tesalonicenses, me parece que ofrece una indicación. El Apóstol
dice en ella: «No apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías;
examinad cada cosa y quedaos con lo que es bueno» (5, 19-21). En todas las épocas
se le ha dado a la Iglesia el carisma de la profecía, que debe ser examinado,
pero que tampoco puede ser despreciado. A este respecto, es necesario tener
presente que la profecía en el sentido de la Biblia no quiere decir predecir el
futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente, lo cual muestra el
recto camino hacia el futuro. El que predice el futuro se encuentra con la
curiosidad de la razón, que desea apartar el velo del porvenir; el profeta
ayuda a la ceguera de la voluntad y del pensamiento y aclara la voluntad de Dios
como exigencia e indicación para el presente. La importancia de la predicción
del futuro en este caso es secundaria. Lo esencial es la actualización de la única
revelación, que me afecta profundamente: la palabra profética es advertencia o
también consuelo o las dos cosas a la vez. En este sentido, se puede relacionar
el carisma de la profecía con la categoría de los «signos de los tiempos»,
que ha sido subrayada por el Vaticano II: «...sabéis explorar el aspecto de la
tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo?» (Lc 12,
56). En esta parábola de Jesús por «signos de los tiempos» debe entenderse
su propio camino, el mismo Jesús. Interpretar los signos de los tiempos a la
luz de la fe significa reconocer la presencia de Cristo en todos los tiempos. En
las revelaciones privadas reconocidas por la Iglesia --y por tanto también en Fátima--
se trata de esto: ayudarnos a comprender los signos de los tiempos y a encontrar
la justa respuesta desde la fe ante ellos.
La estructura antropológica de las revelaciones privadas
Una vez que con las precedentes reflexiones hemos tratado de determinar el
lugar teológico de las revelaciones privadas, antes de ocuparnos de una
interpretación del mensaje de Fátima, debemos aún intentar aclarar brevemente
un poco su carácter antropológico (psicológico). La antropología teológica
distingue en este ámbito tres formas de percepción o «visión»: la visión
con los sentidos, es decir la percepción externa corpórea, la percepción
interior y la visión espiritual (visio sensibilis imaginativa
intellectualis). Está claro que en las visiones de Lourdes, Fátima, etc.
no se trata de la normal percepción externa de los sentidos: las imágenes y
las figuras, que se ven, no se hallan exteriormente en el espacio, como se
encuentran un árbol o una casa. Esto es absolutamente evidente, por ejemplo,
por lo que se refiere a la visión del infierno (descrita en la primera parte
del «secreto» de Fátima) o también la visión descrita en la tercera parte
del «secreto», pero puede demostrarse con mucha facilidad también en las
otras visiones, sobre todo porque no todos los presentes las veían, sino de
hecho sólo los «videntes». Del mismo modo es obvio que no se trata de una «visión»
intelectual, sin imágenes, como se da en otros grados de la mística. Aquí se
trata de la categoría intermedia, la percepción interior, que ciertamente
tiene en el vidente la fuerza de una presencia que, para él, equivale a la
manifestación externa sensible.
Ver interiormente no significa que se trate de fantasía, como si fuera sólo
una expresión de la imaginación subjetiva. Más bien significa que el alma
viene acariciada por algo real, aunque suprasensible, y es capaz de ver lo no
sensible, lo no visible por los sentidos, una especie de visión con los «sentidos
internos». Se trata de verdaderos «objetos», que tocan el alma, aunque no
pertenezcan a nuestro habitual mundo sensible. Para esto se exige una vigilancia
interior del corazón que generalmente no se tiene a causa de la fuerte presión
de las realidades externas y de las imágenes y pensamientos que llenan el alma.
La persona es transportada más allá de la pura exterioridad y otras
dimensiones más profundas de la realidad la tocan, se le hacen visibles. Tal
vez por eso se puede comprender por qué los niños son los destinatarios
preferidos de tales apariciones: el alma está aún poco alterada y su capacidad
interior de percepción está aún poco deteriorada. «De la boca de los niños
y de los lactantes has recibido la alabanza», responde Jesús con una frase del
Salmo 8 (v.3) a la crítica de los Sumos Sacerdotes y de los ancianos, que
encuentran inoportuno el grito de «hosanna» de los niños (Mt 21, 16).
La «visión interior» no es una fantasía, sino una propia y verdadera manera
de verificar, como hemos dicho. Pero conlleva también limitaciones. Ya en la
visión exterior está siempre involucrado el factor subjetivo; no vemos el
objeto puro, sino que llega a nosotros a través del filtro de nuestros
sentidos, que deben llevar a cabo un proceso de traducción. Esto es aún más
evidente en la visión interior, sobre todo cuando se trata de realidades que
sobrepasan en sí mismas nuestro horizonte. El sujeto, el vidente, está
involucrado de un modo aún más íntimo. Él ve con sus concretas
posibilidades, con las modalidades de representación y de conocimiento que le
son accesibles. En la visión interior se trata, de manera más amplia que en la
exterior, de un proceso de traducción, de modo que el sujeto es esencialmente
copartícipe en la formación como imagen de lo que aparece. La imagen puede
llegar solamente según sus medidas y sus posibilidades. Tales visiones nunca
son simples «fotografías» del más allá, sino que llevan en sí también las
posibilidades y los límites del sujeto perceptor.
Esto se puede comprender en todas las grandes visiones de los santos;
naturalmente, vale también para las visiones de los niños de Fátima. Las imágenes
que ellos describen no son en absoluto simples expresiones de su fantasía, sino
fruto de una real percepción de origen superior e interior, pero no son
imaginaciones como si por un momento se quitara el velo del más allá y el
cielo apareciese en su esencia pura, tal como nosotros esperamos verlo un día
en la definitiva unión con Dios. Más bien las imágenes son, por decirlo así,
una síntesis del impulso proveniente de lo Alto y de las posibilidades de que
dispone para ello el sujeto que percibe, esto es, los niños. Por este motivo,
el lenguaje imaginativo de estas visiones es un lenguaje simbólico. El Cardenal
Sodano dice al respecto: «... no se describen en sentido fotográfico los
detalles de los acontecimientos futuros, sino que sintetizan y condensan sobre
un mismo fondo, hechos que se extienden en el tiempo según una sucesión y con
una duración no precisadas». Esta concentración de tiempos y espacios en una
única imagen es típica de tales visiones que, por lo demás, pueden ser
descifradas sólo a posteriori. A este respecto, no todo elemento visivo
debe tener un concreto sentido histórico. Lo que cuenta es la visión como
conjunto, y a partir del conjunto de imágenes deben ser comprendidos los
aspectos particulares. Lo que es central en una imagen se desvela en último término
a partir del centro de la «profecía» cristiana en absoluto: el centro está
allí donde la visión se convierte en llamada y guía hacia la voluntad de
Dios.
Un intento de interpretación del secreto de Fátima
La primera y segunda parte del secreto de Fátima han sido ya discutidas tan
ampliamente por la literatura especializada que ya no hay que ilustrarlas más.
Quisiera sólo llamar la atención brevemente sobre el punto más significativo.
Los niños han experimentado durante un instante terrible una visión del
infierno. Han visto la caída de las «almas de los pobres pecadores». Y se les
dice por qué se les ha hecho pasar por ese momento: para «salvarlas», para
mostrar un camino de salvación. Viene así a la mente la frase de la Primera
Carta de Pedro: «meta de vuestra fe es la salvación de las almas» (1,9). Para
este objetivo se indica como camino -de un modo sorprendente para personas
provenientes del ámbito cultural anglosajón y alemán- la devoción al Corazón
Inmaculado de María. Para entender esto puede ser suficiente aquí una breve
indicación. «Corazón» significa en el lenguaje de la Biblia el centro de la
existencia humana, la confluencia de razón, voluntad, temperamento y
sensibilidad, en la cual la persona encuentra su unidad y su orientación
interior. El «corazón inmaculado» es, según Mt 5,8, un corazón que a
partir de Dios ha alcanzado una perfecta unidad interior y, por lo tanto, «ve a
Dios». La «devoción» al Corazón Inmaculado de María es, pues, un acercarse
a esta actitud del corazón, en la cual el «fiat» --hágase tu
voluntad-- se convierte en el centro animador de toda la existencia. Si alguno
objetara que no debemos interponer un ser humano entre nosotros y Cristo, se le
debería recordar que Pablo no tiene reparo en decir a sus comunidades: imitadme
(1 Co 4, 16; Flp 3,17; 1 Ts 1,6; 2 Ts 3,7.9). En el
Apóstol pueden constatar concretamente lo que significa seguir a Cristo. ¿De
quién podremos nosotros aprender mejor en cualquier tiempo si no de la Madre
del Señor?
Llegamos así, finalmente, a la tercera parte del «secreto» de Fátima
publicado íntegramente aquí por primera vez. Como se desprende de la
documentación precedente, la interpretación que el Cardenal Sodano ha dado en
su texto del 13 de mayo, había sido presentada anteriormente a Sor Lucia en
persona. A este respecto, Sor Lucia ha observado en primer lugar que a ella
misma se le dio la visión, no su interpretación. La interpretación, decía,
no es competencia del vidente, sino de la Iglesia. Ella, sin embargo, después
de la lectura del texto, ha dicho que esta interpretación correspondía a lo
que ella había experimentado y que, por su parte, reconocía dicha interpretación
como correcta. En lo que sigue, pues, se podrá sólo intentar dar un fundamento
más profundo a dicha interpretación a partir de los criterios hasta ahora
desarrollados.
Como palabra clave de la primera y de la segunda parte del «secreto» hemos
descubierto la de «salvar las almas», así como la palabra clave de este «secreto»
es el triple grito: «¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!». Viene a la mente
el comienzo del Evangelio: «paenitemini et credite evangelio» (Mc 1,15).
Comprender los signos de los tiempos significa comprender la urgencia de la
penitencia, de la conversión y de la fe. Esta es la respuesta adecuada al
momento histórico, que se caracteriza por grandes peligros y que serán
descritos en las imágenes sucesivas. Me permito insertar aquí un recuerdo
personal: en una conversación conmigo Sor Lucia me dijo que le resultaba cada
vez más claro que el objetivo de todas las apariciones era el de hacer crecer
siempre más en la fe, en la esperanza y en la caridad. Todo el resto era sólo
para conducir a esto.
Examinemos ahora más de cerca cada imagen. El ángel con la espada de fuego a
la derecha de la Madre de Dios recuerda imágenes análogas en el Apocalipsis.
Representa la amenaza del juicio que incumbe sobre el mundo. La perspectiva de
que el mundo podría ser reducido a cenizas en un mar de llamas, hoy no es
considerada absolutamente pura fantasía: el hombre mismo ha preparado con sus
inventos la espada de fuego. La visión muestra después la fuerza que se opone
al poder de destrucción: el esplendor de la Madre de Dios, y proveniente
siempre de él, la llamada a la penitencia. De ese modo se subraya la
importancia de la libertad del hombre: el futuro no está determinado de un modo
inmutable, y la imagen que los niños vieron, no es una película anticipada del
futuro, de la cual nada podría cambiarse. Toda la visión tiene lugar en
realidad sólo para llamar la atención sobre la libertad y para dirigirla en
una dirección positiva. El sentido de la visión no es el de mostrar una película
sobre el futuro ya fijado de forma irremediable. Su sentido es exactamente el
contrario, el de movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien. Por eso están
totalmente fuera de lugar las explicaciones fatalísticas del «secreto» que,
por ejemplo, dicen que el atentador del 13 de mayo de 1981 habría sido en
definitiva un instrumento del plan divino guiado por la Providencia y que, por
tanto, no habría actuado libremente, así como otras ideas semejantes que
circulan. La visión habla más bien de los peligros y del camino para salvarse
de los mismos.
Las siguientes frases del texto muestran una vez más muy claramente el carácter
simbólico de la visión: Dios permanece el inconmensurable y la luz que supera
todas nuestras visiones. Las personas humanas aparecen como en un espejo.
Debemos tener siempre presente esta limitación interna de la visión, cuyos
confines están aquí indicados visivamente. El futuro se muestra sólo «como
en un espejo de manera confusa» (cf. 1 Co 13,12). Tomemos ahora en
consideración cada una de las imágenes que siguen en el texto del «secreto».
El lugar de la acción aparece descrito con tres símbolos: una montaña
escarpada, una grande ciudad medio en ruinas y, finalmente, una gran cruz de
troncos rústicos. Montaña y ciudad simbolizan el lugar de la historia humana:
la historia como costosa subida hacia lo alto, la historia como lugar de la
humana creatividad y de la convivencia, pero al mismo tiempo como lugar de las
destrucciones, en las cuales el hombre destruye la obra de su propio trabajo. La
ciudad puede ser el lugar de comunión y de progreso, pero también el lugar del
peligro y de la amenaza más extrema. Sobre la montaña está la cruz, meta y
punto de orientación de la historia. En la cruz la destrucción se transforma
en salvación; se levanta como signo de la miseria de la historia y como promesa
para la misma.
Aparecen después aquí personas humanas: el Obispo vestido de blanco («hemos
tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre»), otros Obispos,
sacerdotes, religiosos y religiosas y, finalmente, hombres y mujeres de todas
las clases y estratos sociales. El Papa parece que precede a los otros,
temblando y sufriendo por todos los horrores que lo rodean. No sólo las casas
de la ciudad están medio en ruinas, sino que su camino pasa en medio de los
cuerpos de los muertos. El camino de la Iglesia se describe así como un viacrucis,
como camino en un tiempo de violencia, de destrucciones y de persecuciones. Se
puede ver representada en esta imagen la historia de todo un siglo. Del mismo
modo que los lugares de la tierra están sintéticamente representados en las
dos imágenes de la montaña y de la ciudad y están orientados hacia la cruz,
también los tiempos son presentados de forma compacta. En la visión podemos
reconocer el siglo pasado como siglo de los mártires, como siglo de los
sufrimientos y de las persecuciones contra la Iglesia, como el siglo de las
guerras mundiales y de muchas guerras locales que han llenado toda su segunda
mitad y han hecho experimentar nuevas formas de crueldad. En el «espejo» de
esta visión vemos pasar a los testigos de la fe de decenios. A este respecto,
parece oportuno mencionar una frase de la carta que Sor Lucia escribió al Santo
Padre el 12 de mayo de 1982: «la tercera parte del “secreto” se refiere a
las palabras de Nuestra Señora: “Si no (Rusia) diseminará sus errores por el
mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán
martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán
destruidas”».
En el viacrucis de este siglo, la figura del Papa tiene un papel
especial. En su fatigoso subir a la montaña podemos encontrar indicados con
seguridad juntos diversos Papas, que empezando por Pío X hasta el Papa actual
han compartido los sufrimientos de este siglo y se han esforzado por avanzar
entre ellas por el camino que lleva a la cruz. En la visión también el Papa es
matado en el camino de los mártires. ¿No podía el Santo Padre, cuando después
del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte
del «secreto», reconocer en él su propio destino? Había estado muy cerca de
las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado, con las
siguientes palabras: «...fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala
y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte» (13 de mayo de 1994).
Que una «mano materna» haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más
que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que
pueden influir en la historia y, que al final, la oración es más fuerte que
las balas, la fe más potente que las divisiones.
La conclusión del «secreto» recuerda imágenes que Lucía puede haber visto
en libros de piedad y cuyo contenido deriva de antiguas intuiciones de fe. Es
una visión consoladora, que quiere hacer maleable por el poder salvador de Dios
una historia de sangre y lágrimas. Los ángeles recogen bajo los brazos de la
cruz la sangre de los mártires y riegan con ella las almas que se acercan a
Dios. La sangre de Cristo y la sangre de los mártires están aquí consideradas
juntas: la sangre de los mártires fluye de los brazos de la cruz. Su martirio
se lleva a cabo de manera solidaria con la pasión de Cristo y se convierte en
una sola cosa con ella. Ellos completan en favor del Cuerpo de Cristo lo que aún
falta a sus sufrimientos (cf. Col 1,24). Su vida se ha convertido en
Eucaristía, inserta en el misterio del grano de trigo que muere y se hace
fecundo. La sangre de los mártires es semilla de cristianos, ha dicho
Tertuliano. Así como de la muerte de Cristo, de su costado abierto, ha nacido
la Iglesia, así la muerte de los testigos es fecunda para la vida futura de la
Iglesia. La visión de la tercera parte del «secreto», tan angustiosa en su
comienzo, se concluye pues con un imagen de esperanza: ningún sufrimiento es
vano y, precisamente, una Iglesia sufriente, una Iglesia de mártires, se
convierte en señal orientadora para la búsqueda de Dios por parte del hombre.
En las manos amorosas de Dios no han sido acogidos únicamente los que sufren
como Lázaro, que encontró el gran consuelo y representa misteriosamente a
Cristo que quiso ser para nosotros el pobre Lázaro; hay algo más, del
sufrimiento de los testigos deriva una fuerza de purificación y de renovación,
porque es actualización del sufrimiento mismo de Cristo y transmite en el
presente su eficacia salvífica.
Hemos llegado así a una última pregunta: ¿Qué significa en su conjunto (en
sus tres partes) el «secreto» de Fátima? ¿Qué nos dice a nosotros? Ante
todo, debemos afirmar con el Cardenal Sodano: «...los acontecimientos a los que
se refiere la tercera parte del «secreto» de Fátima, parecen pertenecer ya al
pasado». En la medida en que se refiere a acontecimientos concretos, ya
pertenecen al pasado. Quien había esperado en impresionantes revelaciones
apocalípticas sobre el fin del mundo o sobre el curso futuro de la historia
debe quedar desilusionado. Fátima no nos ofrece este tipo de satisfacción de
nuestra curiosidad, del mismo modo que la fe cristiana por lo demás no quiere y
no puede ser un mero alimento para nuestra curiosidad. Lo que queda de válido
lo hemos visto de inmediato al inicio de nuestras reflexiones sobre el texto del
«secreto»: la exhortación a la oración como camino para la «salvación de
las almas» y, en el mismo sentido, la llamada a la penitencia y a la conversión.
Quisiera al final volver aún sobre otra palabra clave del «secreto», que con
razón se ha hecho famosa: «mi Corazón Inmaculado triunfará». ¿Qué quiere
decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de
Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de
María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque
ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este «sí» Dios
pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre. El
maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente;
él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios.
Pero desde que Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la
libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no
tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras
de Jesús: «padeceréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza; yo he
vencido al mundo» (Jn 16,33). El mensaje de Fátima nos invita a confiar
en esta promesa.
Joseph Card. Ratzinger
Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe
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8
NOTAS
(1) Del diario de Juan XXIII, 17 agosto 1959: «Audiencias: P. Philippe,
Comisario del S.O. que me trae la carta que contiene la tercera parte de los
secretos de Fátima. Me reservo leerla con mi Confesor».
(2) Se puede recordar el comentario que hizo el Santo Padre en la Audiencia
General del 14 de octubre de 1981 sobre «evento del 13 de mayo»: «la gran
prueba divina», en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, IV, 2, Città del
Vaticano 1981, 409-412.
(3) Radiomensaje durante el Rito en la Basílica de Santa María la Mayor.
Veneración, acción de gracias, consagración a la Virgen María Theotokos, en Insegnamenti
di Giovanni Paolo II, IV, 1, Città del Vaticano 1981, 1246.
(4) En la Jornada Jubilar de las Familias, el Papa consagra a los hombres y las
naciones a la Virgen, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VII, 1, Città
del Vaticano 1984, 775-777.
(5) En esta nota se ofrece fotocopia del texto original en portugués.
(6) En la «cuarta memoria», del 8 de diciembre de 1941, Sor Lucía escribe: «Comienzo,
pues, mi nuevo trabajo y cumpliré las órdenes de V. E. Rvma. y los deseos del
sr. Dr. Galamba. Exceptuando la parte del secreto que, por ahora, no me es
permitido revelar, diré todo. Advertidamente no dejaré nada. Supongo que se me
podrán quedar en el tintero sólo unos pocos detalles de mínima importancia».
(7) En la citada «cuarta memoria», Sor Lucía añade: «En Portugal se
conservará siempre el dogma de la fe, etc...».
(8) En la traducción se ha respetado el texto original incluso en las
imprecisiones de puntuación que, por otra parte, no impiden la comprensión de
lo que la vidente ha querido decir. |