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EXHORTACION PASTORAL DE LOS OBISPOS Amados hermanos y hermanas en el Señor: El Papa Juan Pablo II ha proclamado para el año 2000 el
Gran Jubileo, en el comienzo del Tercer Milenio de la Encarnación del Verbo
De hecho, los Jubileos son ámbitos de gracia, perdón y fiesta. El Verbo enviado por el Padre y encarnado en María por
obra del Espíritu Santo es el protagonista central de la plenitud de los
tiempos. Su Encarnación da contenidos plenos y definitivos al tiempo: Dios se
ha introducido en la historia, la eternidad va al encuentro del hombre. Para disponernos a semejante conmemoración, el Papa ha
dispuesto un itinerario de preparación y celebraciones. El trienio inmediato
girará en torno a las personas de la Trinidad, dedicando el año 1997 a
Jesucristo, el '98 al Espíritu Santo y el '99 al Padre, para centralizar en
la Encarnación del Verbo el Año Jubilar del 2000. La Iglesia en Puerto Rico ha hecho preceder un Año
Santo de María, para introducirnos a través de su figura y su protagonismo maternal en este
trienio trinitario. Las inmensas gracias recibidas durante este año por manos
de María, son presagio de la efusión de los dones divinos en los próximos
altos. Nos introducimos, pues, en ellos profundamente esperanzados. Los Obispos de Puerto Rico queremos caminar con todos los
fieles al encuentro del Señor en este momento excepcional. Queremos hacer
presente nuestra función de Maestros de la Fe y Santificadores del Pueblo Sirva, pues, este Documento nuestro para el estudio
personal y comunitario del Evangelio durante este alto; puede marcar también
una guía en la programación espiritual de cada uno y la temática de retiros
y otros ejercicios espirituales; puede también utilizarse para evaluar el
testimonio cristiano de los creyentes y las estrategias de revisión de
nuestra evangelización en ámbitos eclesiales y sociales. La figura y el
mensaje de Cristo debe ser el centro de lo que creemos, practicamos y anunciamos. I.
¿COMO
ENCONTRAR A CRISTO? 1.
Nuestra Fe en Cristo La historia de los hombres registra el nacimiento de un Niño
a quien se puso el nombre de Jesús, quien vivió y predicó con la fuerza de
los milagros, comenzando por Galilea, en la tierra de los judíos, y quien fue
ejecutado en cruz por el poder romano a instigación de los judíos. Este hecho constatado por los testigos del tiempo es
trasmitido a los fieles del mundo entero y propuesto como acontecimiento de
salvación a través de la fe, revelación de Dios que identifica a este Jesús
con el "Verbo de Dios engendrado antes de todos los siglos, Dios de Dios,
Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero". "Y el Verbo se hizo
Carne y acampó entre nosotros", "en todo semejante a los hombres,
menos en el pecado" (Jn. 1, 14). Y, aunque revestido de carne mortal, está
glorificado con el Padre y el Espíritu Santo, compartiendo su dignidad, honor
y majestad por los siglos de los siglos. El nos manifestó el amor del Padre que "tanto quiso
a los hombres que envió a su Hijo al mundo, para que todo el que crea en El,
no perezca, El acompaña a todo hombre y a la humanidad entera como el
Emmanuel,
el Dios que es compañero y hermano, que busca al hombre para salvarlo. De
hecho, el mundo dejó de ser desde entonces la tierra de destierro, soledad y
castigo. Desde que El se revistió de nuestra carne, alcanza ésta una
dignidad y destino de trascendencia; el hombre no sólo es imagen y semejanza
de Dios, sino morada de su misma divinidad; y ha sido ensalzado con Cristo a
lo mis alto del cielo. ¡Con razón la encarnación de Cristo "es motivo
de gran alegría para todo el pueblo", "porque El salvará a su
pueblo de sus pecados"! (Cfr.
Mt. 1, 21) Todo nuestro estudio y contemplación del Hijo de Dios
termina en un acto de fe: "Tú eres el Cristo, Tú eres el Mesías que
tenía que venir al mundo" (Jn. 11, 27). 2.
Cristo es nuestro Salvador y Redentor El Evangelio de San Juan presenta a Cristo corno la Luz.
"Era
la Luz verdadera que alumbra a todo hombre" (Jn. 1, 9). "El pueblo
que caminaba en tinieblas, vio una gran luz; a los que moraban en la región
de la sombra de muerte, les nació una luz" (Is. 9, 1). La luz es llama
que arde y se consume; y el que vino a comunicar la vida, afrontó la muerte y
al pecado. Cristo asumió nuestra tiniebla que es pecado, Se hizo El mismo
"pecado” para redimir a la humanidad de la muerte eterna. El Evangelio y la Iglesia han identificado a Cristo con el
Siervo de Yahvé, anunciado por el profeta Isaías. Esta figura,
cargada con las responsabilidades y pecados de los hombres, es humillada y
ajusticiada, a pesar de no haber delito en El y ser manso cordero sin mancilla
llevado al matadero. Nadie asume ni defiende la causa de su vida, ni El abre
su boca (Is. 53). Así Cristo fue entregado a la muerte por manos de paganos,
y resucitó a nueva vida, para que por la fe y los sacramentos participáramos "Por este Hijo, por su Sangre, hemos recibido la
Redención, el perdón de nuestros pecados" (Ef.
1, 7). El misterio de la Pasión del Señor pone en evidencia la
gravedad del pecado humano; pero, sobre todo, manifiesta la inmensidad del
amor de un Dios "que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a
la muerte por nosotros" (Rom. 8, 32). Con razón San Pedro recuerda a los
fieles que "no hemos sido rescatados con oro o plata, sino con la Sangre
preciosa del Cordero inmaculado, Cristo" (I Pe. 1, 18). La
resurrección de Cristo ratifica su Victoria
sobre el pecado y nos garantiza la fuerza de la nueva vida a los que creemos y
nos identificamos en El. Toda la vida de la Iglesia, especialmente los
sacramentos, hacen presente y aplican a cada uno la fuerza salvadora de
Cristo, la capacidad de resistir toda tentación y crecer en la santidad yen
el conocimiento del Señor. 3.
Cristo vive y alimenta a su Iglesia "¡Es el Señor!", decían los apóstoles al
volver a vera Jesús después de su resurrección. Y millones de hombres han
sentido en sus vidas y en la vitalidad de la Iglesia la presencia activa de
Alguien que vive y esta entre nosotros. Es ésta una experiencia que se ofrece
a cuantos se abren y acogen en sus vidas al Señor. Por este Señor vivo,
millares de creyentes en distintos siglos han derramado su sangre; muchos
millones abandonaron bienes y familia, consagrándose al servicio exclusivo y
radical de Dios; muchos millares han llevado el mensaje y la fuerza del Señor
a los puntos más distantes de la tierra, ofreciendo la salvaci6n a cuantos
crean y se bauticen. El mismo Señor ha erigido su Iglesia como Cuerpo
suyo, donde el Espíritu Santo es el alma, Jesús la Cabeza, y
los creyentes nos integramos corno miembros del mismo cuerpo. Como las ramas
del árbol, nosotros recibimos de El la savia que nos hace sentir felices y
esperanzadores, Cristo
purifica continuamente a su Iglesia de las obras muertas de la
carne; El la hace santa, dotándola con una nueva personalidad y
marcándola ya en este mundo con el sello de la gloria. Cristo mismo enseña por la boca de los que El ha enviado
y el Espíritu "ha puesto a regir la Iglesia santa de Dios" (Act.
20,28). La Iglesia es la esposa fiel que en todo momento esta con el oído
atento para escuchar la voz del Espíritu de Cristo. Cristo en el seno de la comunidad de los creyentes da
vitalidad y crecimiento espiritual, comunica un conocimiento místico a las almas puras,
vigoriza a los mártires, sostiene a los apóstoles de la Fe. El está junto
al sacerdote, a las personas consagradas, a los esposos y padres creyentes, a
los servidores en la Iglesia y en la sociedad humana. La marcha de la Iglesia
que ora, contempla, trabaja, sufre y muere, es la muestra permanente del Reino
de Dios que ha llegado ya y transforma nuestro mundo. Para la edificación de este Cuerpo Místico, "ha
constituido a unos apóstoles, a otros profetas, a otros maestros", etc.
según los carismas con que enriquece y gobierna a la Iglesia. Y ¿cómo
olvidar esa otra presencia salvadora de Cristo que esta en el pobre, enfermo,
o preso, en el hambriento y marginado? "Lo que hiciereis con uno de éstos
los humildes, conmigo lo hicisteis" (Mt. 25,
40). ¡Cómo consuela el poder proclamar que este Cristo vive
entre los hombres, uniendo a los que el pecado y la discriminación social
divide y degrada, haciendo de todos los pueblos una sola familia de hermanos,
sin guerras ni odios, sin injusticias ni atropellos! ¿No soltamos así hoy
todos los hombres de buena voluntad? (Cfr. Is. 2, 4) La
Iglesia siente en todo lugar y testimonia que Cristo VIVE CON NOSOTROS. Mucha gente aclamó a Cristo como a Profeta, lo quisieron
proclamar Rey, muchos entendieron que venía de Dios porque lo demostraba con
sus obras, y algunos aceptaron sus enseñanzas de Maestro, porque "sólo
Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn. 6, 68). Sin embargo, a través de los sacramentos de la Iglesia ya
no contemplamos sólo sus obras y palabras, es su vida la que se ha inyectado
en nuestro espíritu y vivimos de ella. El Cristo, acogido en la propia vida,
hace sentir la Buena Nueva como la gran novedad y experiencia personal.
"Yo vivo, pero no vivo yo; Cristo vive en mí; y lo que vivo ahora en la
carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a Sí mismo
por mí." (Gal. 2, 20). 1.
Nacer para Crecer La vida cristiana, vida
y estado de gracia, es un don y llamado gratuito de Dios. Y entramos en ella por el Santo
Bautismo que cambia nuestra naturaleza y personalidad de pecadora en justa, de
desterrada en hija de Dios. La vida en gracia nos hace participar por Cristo
en la naturaleza misma de Dios (11 Pu. 1, 4). Como vida participada, está
llamada a crecer hasta llegar a la edad adulta en Cristo, a la madurez de
comprensi6n y de virtudes, hasta alcanzar la plenitud de gracia e integración
mística con Jesús en la gloria. Este proyecto de crecimiento es regado por las fuentes de
aguas vivas que brotan desde su seno, es decir del Espíritu que reciben
cuantos de veras creen y se identifican con el Señor. 2.
Lucha Espiritual Al estilo mismo de Cristo que fue tentado y luchó contra
el espíritu del mal y las fuerzas del mundo, también el creyente asume su
batalla espiritual, no sólo de la carne y la sangre, sino de los espíritus
malignos que asedian la mente, presionan la voluntad y montan toda suerte de
tropiezos en el camino del que ha sido llamado al Seguimiento de Cristo. El 3. Vivir en
Cristo Cristo crece en nosotros en la medida en que crecemos en
su gracia. Por ello la Iglesia, como comunidad, y cada creyente, en
particular, tienen como objetivo primero y radical la santidad de los hijos de
Dios. En la perspectiva del Año Jubilar y de nuestra aportación al Tercer
Milenio, nada pretende la Iglesia más que la participación de la vida de
Cristo, su crecimiento en obras de santidad. Es el programa que los Padres de
la Iglesia llaman "VIVIR EN CRISTO". Las diversas experiencias espirituales, las estrategias de
Movimientos, Asociaciones, Organizaciones y demás grupos que surgen en la
Iglesia coinciden plenamente en este punto crucial. Las diversas formas de
vocación cristiana, las distintas escuelas de espiritualidad, etc., parten de
aquí. Y es en la vida de Cristo en su Iglesia donde encontrarán el signo de
su unidad, así como la riqueza de su diversidad. De todo el ingente cúmulo de riquezas que se encierran en
Cristo, quisiéramos destacar tres que son como centros unificadores de su
fuerza espiritual: a)
"Mi Padre y vuestro Padre" Hay un elemento muy primordial en la vida y la vivencia de
Cristo, punto esencial también de su predicación: "¿No sabíais que me
conviene estar en las cosas que son de mi Padre?"
Más ellos (María y José) no entendieron la palabra que les dijo (Lc. 2,
49). Cristo centrará su acción y misión, su seguridad y gozo en buscar y
cumplir la voluntad de Su Padre. De día obrará ante los hombres, pero de noche se retirará en la oración con su Padre. La Pasión
y Muerte serán la gran prueba, el cáliz amargo que le presenta el Padre y
que el Hijo asumirá con la obediencia hasta su muerte humillante en la cruz
(Cfr. Fil. 2. 7). A pesar de todos sus temores y tristezas mortales, por
encima del abismal abandono del Padre en la cruz, Cristo aceptará el cáliz y
lo consumará hasta "entregar su alma en las manos del Padre" (Cfr.
Lc. 22, 42; 23, 46). Y esa será su gran novedad, su Buena Nueva: "Vuestro
Padre".
Dios es Padre y nos ama con amor eterno. "¿Qué
padre hay entre nosotros que si su hijo le pide pan, le da una piedra?...¡Cuánto
más...!" (Lc. 11, 11) "No temas, pequeño rebaño, porque vuestro
Padre se complace en darnos a vosotros el Reino" (Lc. 12, 32).
"Cuando oréis. decid: Padre Nuestro, santificado sea tu Nombre".
"Ora a tu Padre en secreto, y tu Padre, que ve lo oculto, te recompensará"
(Mt. 6, 6). ¿Quién no ha llorado alguna vez, si ha escuchado y
meditado la parábola del Padre del hijo prodigo? (Cfr. Lc. 15,
liss.) En la base de nuestra relación con Dios está la
intimidad, como una especie de genética espiritual, sentirnos hijos envueltos
vitalmente con los pensamientos, intereses y lógica de Dios-Padre. Ya no es
la fuerza de una ley escrita en tablas o dictada por maestros, es la ley
impresa en el corazón interno del hombre. Ella conduce al creyente, no a la
presión de una letra que mata, sino a la fuerza arrolladora y generosa de un
amor paterno que le ha contagiado. Descubrir ese amor y sentirlo, es el gran
secreto de las grandes vidas heroicas, de los
grandes santos. Será, sin duda, el signo de una nueva generación de
cristianos comprometidos y capaces de sanar una sociedad cruel y desesperada. b)
El Camino de Ia Cruz La vida de gracia en Cristo se ha presentado con distintas
figuras a lo largo de la historia : "escuela de Dios", "familia
de Cristo hace un camino, e invita; marca primero sus huellas
y señala dónde colocar las nuestras: "Si alguno quiere venir en pos de
mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc.9, 23). Y son
varios los capítulos que abarca este camino; el que los sintetiza es la Cruz,
tomar la cruz y seguir los pasos de Jesús. El camino del Calvario, más aún,
el camino de "toda la vida de Jesús fue cruz y martirio". Entendemos la cruz corno negación de sí mismos,
obediencia, humildad, generosidad, aceptación de las cargas del hermano, la
lucha espiritual contra la carne, el demonio y el mundo, la santificación de
las diversas circunstancias de la vida, etc. Es la cruz que Jesús llevó y la
que ofrece a cada servidor suyo. Cruz es la vida toda, y su consumación la
muerte. Fue para Jesús el signo de su amor obediente al Padre; y
para nosotros es la síntesis de toda nuestra fidelidad e identificación con
El. Nosotros no lo afirmamos corno podía proclamar San Pablo,
pero sí asumimos el esfuerzo por "gloriarnos sólo en la cruz de nuestro
Señor Jesucristo en la que está nuestra salvación, vida y resurrección, en
la cual hemos sido liberados" (Intr. Misa de la Exaltación. Cfr: Gal.
14, 6). La cruz se vive y nos transforma en la intimidad de las
conciencias, en la soledad de una cama de enfermo o anciano, en el desgaste
del que rinde su jornada por la familia, en el peso de quienes han entregado
su vida por el servicio, el gobierno, la enseñanza, etc., de la
Iglesia. La cruz nos abre a las riquezas de Cristo, la cruz nos
abre la puerta del cielo. Los discípulos del Señor, en el camino al Tercer
Milenio de la Encarnación del Hijo de Dios, celebramos el año c)
Caridad, signo y desafío Aunque el Señor nos liberó del pecado y su BAUTISMO nos
ha constituido "como raza nueva, estirpe sacerdotal, nación consagrada,
pueblo de su propiedad", etc. (I Pe. 2, 9), ninguno de estos elementos
tiene una irradiación externa que señale inequívocamente al Señor y su
mensaje de salvación. Cristo mismo nos dio la contraseña: "En esto
conocerán que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros"
(Jn. 13, 35). Y constituyó esta consigna como su nuevo mandamiento que, junto
con el amor a Dios, "abarca toda la Ley y los Profetas" (Mt. 22,
40). El amor a todos los hombres pasa a ser, no sólo el distintivo sino la
Escuela donde el cristiano acrecienta, transparenta y madura su fe. Este
amor, que es imposible para el hombre herido por el pecado, nos es dado como
virtud teologal y contagio del amor de Cristo: "Como el Padre me amó, así
os he amado yo. Vivid en mi amor" (Jn. 15, 9). ¡Cómo no contemplar la
figura de Cristo como Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, la del Buen Samaritano
que
acoge al malherido sin otra motivación que su desgracia humana! ¡Cómo no
identificar toda su vida en sus palabras en la cruz: “Padre, perdónales,
porque no saben lo que hacen"! (Lc. 23,34) Con razón San Pablo sintetiza
toda la obra de Jesús y las motivaciones de su seguidor: "Me amó y se
entregó a Sí mismo por mí" (Ga. 2, 20). No podernos gloriarnos de nuestra fe en Cristo sin
preguntarnos por las dimensiones de nuestra Caridad
en los distintos sentimientos de comprensión, compasión, perdón,
generosidad y servicio hacia el prójimo. Léase la vida y la historia de la
Iglesia, pasada y presente, testigo y maestra de humanidad. ¿Cómo evaluar,
identificar y unir nuestras comunidades, parroquias, instituciones, etc., como
auténtica obra de Cristo y de su reino, sino midiendo sus planteamientos y
programas de acogida, servicio, respeto a todo hombre, sin discriminación, con especial
énfasis a los más pobres y marginados? En el Año de Jesucristo y como fruto y signo de nuestra
FE en El, renovamos las actitudes y obras de
caridad hacia los hermanos. ¿Quiere su Parroquia o su hogar levantar un monumento
recordatorio de este AÑO DE GRACIA? Envuelva sus bienes y su vida en algún
programa permanente para los más débiles, en testimonio de su fe y
seguimiento a Cristo. 4.
La Meta del Camino El Evangeho nos propone este seguimiento a Cristo con
sentimientos filiales hacia el Padre, con la aceptación y cultivo de la cruz
como pauta de vida, y con el corazón lleno de CARIDAD. Marcamos así las líneas
y logramos la meta de las BIENAVENTURANZAS. Ellas son el más sublime
enunciado de la vida, motivaciones y programa de Cristo. Ahí están también
para que el creyente, siguiendo a Cristo, Camino, Verdad y Vida, alcance la
fuente de su más intima y plena felicidad. III. "SEREIS MIS TESTIGOS" (Act. 1' 8) 1.
Experiencia del envío La misión de Cristo es obra de salvación para todos los
tiempos y lugares; no puede circunscribirse a sus altos y a su patria. Por eso
escogió a los Apóstoles para que estuvieran junto a El y fuesen después
testigos de lo que dijo e hizo (Cfr. Le. 24, 48). Al
culminar su vida terrena, los envía al mundo entero a predicar el Evangelio a toda criatura, ofreciendo el don de la fe, el Bautismo y la salvación (Cfr. Mc. 16, 15).
Su presencia espiritual los acompaña todos los días hasta el fin del mundo,
y les garantiza que no serán ellos los que hablen, sino el Espíritu del
Padre quien hablará por su boca (Cfr. Mt.10, 20). Esta encomienda de Cristo penetra de tal forma en sus discípulos
que, después de haberlo oído, verlo curando, perdonando, etc., no pueden 2.
Iglesia misionera ¡Qué bonito fuera que cada Parroquia o comunidad
cristiana se convirtiera en una Escuela de misioneros y testigos de la obra de
Dios La conducta de un creyente vale por mil sermones. Es necesario cultivar
nuestra esperanza y dar razón de ella. Los Movimientos Apostólicos, los Cenáculos
de Oración y los distintos grupos de los que siguen a Cristo y buscan el
rostro de Dios, etc., son ámbitos de formación para los que saben leer los
Signos de los tiempos y dar la respuesta para jóvenes y mayores en esta
sociedad desorientada. Hoy menos
que nunca podernos encerrarnos en las sacristías y en nuestros egoísmos, y
eludir los DESAHOS DEL MUNDO A NUESTRA FE: -La apuesta y defensa de la
Vida Humana en todo momento, la prornoción de su dignidad y el mejoramiento de su calidad. -El compromiso con la Solidaridad entre personas, niveles
sociales. pueblos, razas, etc. -La afirmación de la Trascendencia del hombre más allá
de la realidad material y de la misma muerte física. -La lucha por la Paz
personal, social e internacional, como fruto de una verdadera justicia. -La auténtica Evangelización de todas las culturas, -Etc.,
etc 3.
Nueva imagen de Iglesia La
Iglesia recibió de su Maestro la misión de anunciar el Evangelio, y fue
dotada de palabras, experiencias, fortaleza, asistencia del Espíritu del Señor
y la participación de especiales dones de parte de cada fiel y comunidad
cristiana. El Concibo Vaticano II, en el deseo de poner al día su capacidad y
estrategia de evangelización, actualizó los conceptos mismos de Iglesia,
haciendo énfasis en su dimensión de COMUNION, PUEBLO DE DIOS, FAMILIA DE DIOS, CUERPO MISTICO DE
CRISTO, etc. Creemos que ha llegado para nuestra Iglesia de Puerto Rico
la hora de acentuar cada vez más el protagonismo de todo bautizado, de sus
carismas y su función misionera. Urge un inventario de las capacidades
sembradas por el Señor en todo nuestro Pueblo Santo; urge honrar estas
capacidades en su diversidad, riqueza y autonomía y coordinarlas después de
su discernimiento por parte de los Pastores. Cada creyente está comprometido por el Bautismo y los demás
sacramentos en la obra de la consolidación y crecimiento de la Iglesia. Pero
será exiguo su rendimiento y dudosa su perseverancia si no se complementa y
coordina con los demás hermanos bajo la guía de los Pastores. Es función de
ellos despertar los dones dormidos e inoperantes de muchos, provocar su
variedad y riqueza y lograr una unidad armoniosa para que la comunidad crezca
y de al mundo el servicio y el testimonio misionero. Esta misión, tan
exigente como actual, está llamada a absorber las capacidades de ilusión,
organización y oración de Pastores y fieles. Cristo requiere hoy de sus
seguidores plena fidelidad y respuesta a los signos de los tiempos que se dan
en el mundo y en la Iglesia. Cristo nos irá señalando con su mismo ejemplo el proceso
de adelantar en una espiritualidad de diálogo y servicio, sin que se reste a
los Pastores el liderato, fruto de una verdadera candad pastoral. 4.
Opción de Fidelidad Eclesial Al reunirnos en este alto ante la figura de Jesucristo, nuestras Diócesis,
en plena sintonía con la Iglesia Universal, reiteran su opción por los
POBRES y los JOVENES. Son
pobres con heridas en su personalidad, en su voluntad, en su autoestima, que
buscaron en el sexo, en el alcohol y en las drogas la respuesta a sus
angustias. Son pobres desertores de la escuela, hijos de familias rotas,
esposos(as) traicionados(as) en su juramento matrimonial. etc ¿Qué
dirá el Espíritu a nuestras Iglesias en este Año sobre estos miembros
maltratados del Cuerpo de Cristo? ¿Tendremos derecho a inhibirnos ante esta
tragedia nacional, fuente de tanta violencia, inseguridad y angustia social?
No querernos que un día Cristo nos señale que estuvo hambriento, preso o
fugitivo y no le asistimos. ¿Será necesario hablar de una conversión de
corazones, de sensibilidades, de urgencias? 5.
Los Nuevos Areópagos Poseedores de un mensaje y protagonismo de salvación para
la humanidad, se nos ordena: "Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión;
alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén álzala, no temas, di a las ciudades
de Judá: Aquí está vuestro Dios" (Is. 40,9). ¿Dónde está el monte alto? ¿Dónde alzamos la voz? La
técnica del mundo moderno y la globalización de la vida entre los hombres
ponen en nuestras manos la máxima cercanía y las mejores herramientas: ¿No
están ahí la radio, la TV, el periódico, el Internet, etc.? Todo aquel que
tenga el Espíritu del Señor, suba y predique, "a tiempo y a destiempo,
reprenda, ruegue, amoneste con toda paciencia y doctrina" (II Tim. 4, 2).
Ojalá que los apremios del Año de Jesucristo nos encaminen a los nuevos
"areópagos" para proclamar que "Cristo es Señor para gloria
de Dios Padre"! (Fil. 2.11) 6.
Ecumenismo, "para que el mundo crea” No podemos concluir esta Exhortación sin expresar un íntimo dolor y nostalgia que Pastores y fieles llevamos en el corazón: ¡Nuestra familia, que invoca a Cristo como Salvador de todos los hombres, es familia desunida! No es del caso narrar la historia de nuestras desavenencias, ni la razón de sospechas ni agravios; menos aún de comparar potencias o prepotencias. Nuestra separación es pecado contra Cristo y nos duele; es escándalo que retrasa a tantas personas la pertenencia al "único Rebaño bajo el único Pastor" (Jn. 10, 16). Los católicos
en este Año de Gracia y en camino hacia la Reconciliación y Jubileo del Año
2000, abrimos nuestro corazón y extendemos los brazos para acoger con emoción
el afecto de nuestros hermanos con quienes no tenemos aún la plena comunión
eclesial. Los Obispos promoveremos iniciativas y encuentros, para dar los
pasos que hagan falta y al ritmo que sea posible, para que nuestra común fe
en Cristo Salvador y único Maestro acerque la hermandad de fe y caridad entre
todos los cristianos. El
proceso del "Directorio para el Ecumenismo” promulgado por la Santa
Sede, ha de ser guía y estímulo en este camino. Esperamos contar con la
buena voluntad e idéntica ilusión de Iglesias y fieles que escuchan al Señor
DECLA.
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