EXHORTACION PASTORAL DE LOS OBISPOS DE PUERTO RICO A TODOS LOS FIELES CATOLICOS EN LA CELEBRACION DEL AÑO 1997, AÑO DE JESUCRISTO

Amados hermanos y hermanas en el Señor:

El Papa Juan Pablo II ha proclamado para el año 2000 el Gran Jubileo, en el comienzo del Tercer Milenio de la Encarnación del Verbo De hecho, los Jubileos son ámbitos de gracia, perdón y fiesta.

El Verbo enviado por el Padre y encarnado en María por obra del Espíritu Santo es el protagonista central de la plenitud de los tiempos. Su Encarnación da contenidos plenos y definitivos al tiempo: Dios se ha introducido en la historia, la eternidad va al encuentro del hombre.

Para disponernos a semejante conmemoración, el Papa ha dispuesto un itinerario de preparación y celebraciones. El trienio inmediato girará en torno a las personas de la Trinidad, dedicando el año 1997 a Jesucristo, el '98 al Espíritu Santo y el '99 al Padre, para centralizar en la Encarnación del Verbo el Año Jubilar del 2000.

La Iglesia en Puerto Rico ha hecho preceder un Año Santo de María,  para introducirnos a través de su figura y su protagonismo maternal en este trienio trinitario. Las inmensas gracias recibidas durante este año por manos de María, son presagio de la efusión de los dones divinos en los próximos altos. Nos introducimos, pues, en ellos profundamente esperanzados.

Los Obispos de Puerto Rico queremos caminar con todos los fieles al encuentro del Señor en este momento excepcional. Queremos hacer presente nuestra función de Maestros de la Fe y Santificadores del Pueblo de Dios, para anunciar y celebrar los misterios de Dios. Esta Exhortación Pastoral conjunta de los Obispos de las cinco Diócesis tiene el objetivo de marcar una línea y conducir a todos los fieles a un encuentro vital con Cristo, aceptarlo corno Salvador, Redentor y Consumador en nuestra fe, proclamarlo corno Vida, Verdad y Camino para nuestra vida cristiana y anunciar su salvación a todos los hombres.

Sirva, pues, este Documento nuestro para el estudio personal y comunitario del Evangelio durante este alto; puede marcar también una guía en la programación espiritual de cada uno y la temática de retiros y otros ejercicios espirituales; puede también utilizarse para evaluar el testi­monio cristiano de los creyentes y las estrategias de revisión de nuestra evangelización en ámbitos eclesiales y sociales. La figura y el mensaje de Cristo debe ser el centro de lo que creemos, practicamos y anunciamos.

 

I. ¿COMO ENCONTRAR A CRISTO?

1.   Nuestra Fe en Cristo

La historia de los hombres registra el nacimiento de un Niño a quien se puso el nombre de Jesús, quien vivió y predicó con la fuerza de los milagros, comenzando por Galilea, en la tierra de los judíos, y quien fue ejecutado en cruz por el poder romano a instigación de los judíos.

Este hecho constatado por los testigos del tiempo es trasmitido a los fieles del mundo entero y propuesto como acontecimiento de salvación a través de la fe, revelación de Dios que identifica a este Jesús con el "Verbo de Dios engendrado antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero". "Y el Verbo se hizo Carne y acampó entre nosotros", "en todo semejante a los hombres, menos en el pecado" (Jn. 1, 14). Y, aunque revestido de carne mortal, está glorificado con el Padre y el Espíritu Santo, compartiendo su dignidad, honor y majestad por los siglos de los siglos.

El nos manifestó el amor del Padre que "tanto quiso a los hombres que envió a su Hijo al mundo, para que todo el que crea en El, no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 16). Trae la misión de "buscar a las ovejas perdidas de Israel", y tanto su Encarnación, como su Redención en la cruz, fueron realizadas "por nosotros los hombres y por nuestra salvación". (Credo) Desde el momento de su nacimiento está constituido "para que todos en Israel o caigan o se levanten" (Lc. 2, 34).

El acompaña a todo hombre y a la humanidad entera como el Emmanuel, el Dios que es compañero y hermano, que busca al hombre para salvarlo. De hecho, el mundo dejó de ser desde entonces la tierra de destierro, soledad y castigo. Desde que El se revistió de nuestra carne, alcanza ésta una dignidad y destino de trascendencia; el hombre no sólo es imagen y semejanza de Dios, sino morada de su misma divinidad; y ha sido ensalzado con Cristo a lo mis alto del cielo. ¡Con razón la encarnación de Cristo "es motivo de gran alegría para todo el pueblo", "porque El salvará a su pueblo de sus pecados"! (Cfr. Mt. 1, 21)

Todo nuestro estudio y contemplación del Hijo de Dios termina en un acto de fe: "Tú eres el Cristo, Tú eres el Mesías que tenía que venir al mundo" (Jn. 11, 27).

 

2.   Cristo es nuestro Salvador y Redentor

El Evangelio de San Juan presenta a Cristo corno la Luz. "Era la Luz verdadera que alumbra a todo hombre" (Jn. 1, 9). "El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una gran luz; a los que moraban en la región de la sombra de muerte, les nació una luz" (Is. 9, 1). La luz es llama que arde y se consume; y el que vino a comunicar la vida, afrontó la muerte y al pecado. Cristo asumió nuestra tiniebla que es pecado, Se hizo El mismo "pecado” para redimir a la humanidad de la muerte eterna.

El Evangelio y la Iglesia han identificado a Cristo con el Siervo de Yahvé, anunciado por el profeta Isaías. Esta figura, cargada con las responsabilidades y pecados de los hombres, es humillada y ajusticiada, a pesar de no haber delito en El y ser manso cordero sin mancilla llevado al matadero. Nadie asume ni defiende la causa de su vida, ni El abre su boca (Is. 53). Así Cristo fue entregado a la muerte por manos de paganos, y resucitó a nueva vida, para que por la fe y los sacramentos participáramos todos de ella.

"Por este Hijo, por su Sangre, hemos recibido la Redención, el perdón de nuestros pecados" (Ef. 1, 7).

El misterio de la Pasión del Señor pone en evidencia la gravedad del pecado humano; pero, sobre todo, manifiesta la inmensidad del amor de un Dios "que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros" (Rom. 8, 32). Con razón San Pedro recuerda a los fieles que "no hemos sido rescatados con oro o plata, sino con la Sangre preciosa del Cordero inmaculado, Cristo" (I Pe. 1, 18).

La resurrección de Cristo ratifica su Victoria sobre el pecado y nos garantiza la fuerza de la nueva vida a los que creemos y nos identificamos en El. Toda la vida de la Iglesia, especialmente los sacramentos, hacen presente y aplican a cada uno la fuerza salvadora de Cristo, la capacidad de resistir toda tentación y crecer en la santidad yen el conocimiento del Señor. Cristo se presentó y se describió como el Buen Pastor: en su Pasión demuestra ser el auténtico guardián de las ovejas, al entregar su vida "por la vida del mundo" (Jn. 6, 52).

 

3.   Cristo vive y alimenta a su Iglesia

"¡Es el Señor!", decían los apóstoles al volver a vera Jesús después de su resurrección. Y millones de hombres han sentido en sus vidas y en la vitalidad de la Iglesia la presencia activa de Alguien que vive y esta entre nosotros. Es ésta una experiencia que se ofrece a cuantos se abren y acogen en sus vidas al Señor. Por este Señor vivo, millares de creyentes en distintos siglos han derramado su sangre; muchos millones abandonaron bienes y familia, consagrándose al servicio exclusivo y radical de Dios; muchos millares han llevado el mensaje y la fuerza del Señor a los puntos más distantes de la tierra, ofreciendo la salvaci6n a cuantos crean y se bauticen.

El mismo Señor ha erigido su Iglesia como Cuerpo suyo, donde el Espíritu Santo es el alma, Jesús la Cabeza, y los creyentes nos integramos corno miembros del mismo cuerpo. Como las ramas del árbol, nosotros recibimos de El la savia que nos hace sentir felices y esperanzadores, capaces de comunicar la fe, la esperanza y el amor. Injertados en El, realizamos obras de santidad y servicio, testimoniamos que El vive con nosotros, y sentimos que "en la esperanza estamos ya salvos" (Rom. 8, 24).

Cristo purifica continuamente a su Iglesia de las obras muertas de la carne; El la hace santa, dotándola con una nueva personalidad y marcándola ya en este mundo con el sello de la gloria.

Cristo mismo enseña por la boca de los que El ha enviado y el Espíritu "ha puesto a regir la Iglesia santa de Dios" (Act. 20,28). La Iglesia es la esposa fiel que en todo momento esta con el oído atento para escuchar la voz del Espíritu de Cristo.

Cristo en el seno de la comunidad de los creyentes da vitalidad y crecimiento espiritual, comunica un conocimiento místico a las almas puras, vigoriza a los mártires, sostiene a los apóstoles de la Fe. El está junto al sacerdote, a las personas consagradas, a los esposos y padres creyentes, a los servidores en la Iglesia y en la sociedad humana. La marcha de la Iglesia que ora, contempla, trabaja, sufre y muere, es la muestra permanente del Reino de Dios que ha llegado ya y transforma nuestro mundo.

Para la edificación de este Cuerpo Místico, "ha constituido a unos apóstoles, a otros profetas, a otros maestros", etc. según los carismas con que enriquece y gobierna a la Iglesia. Y ¿cómo olvidar esa otra presencia salvadora de Cristo que esta en el pobre, enfermo, o preso, en el hambriento y marginado? "Lo que hiciereis con uno de éstos los humildes, conmigo lo hicisteis" (Mt. 25, 40).

¡Cómo consuela el poder proclamar que este Cristo vive entre los hombres, uniendo a los que el pecado y la discriminación social divide y degrada, haciendo de todos los pueblos una sola familia de hermanos, sin guerras ni odios, sin injusticias ni atropellos! ¿No soltamos así hoy todos los hombres de buena voluntad? (Cfr. Is. 2, 4)

La Iglesia siente en todo lugar y testimonia que Cristo VIVE CON NOSOTROS.

Mucha gente aclamó a Cristo como a Profeta, lo quisieron proclamar Rey, muchos entendieron que venía de Dios porque lo demostraba con sus obras, y algunos aceptaron sus enseñanzas de Maestro, porque "sólo Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn. 6, 68).

Sin embargo, a través de los sacramentos de la Iglesia ya no contemplamos sólo sus obras y palabras, es su vida la que se ha inyectado en nuestro espíritu y vivimos de ella. El Cristo, acogido en la propia vida, hace sentir la Buena Nueva como la gran novedad y experiencia personal. "Yo vivo, pero no vivo yo; Cristo vive en mí; y lo que vivo ahora en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a Sí mismo por mí." (Gal. 2, 20).

 

1.   Nacer para Crecer

La vida cristiana, vida y estado de gracia, es un don y llamado gratuito de Dios. Y entramos en ella por el Santo Bautismo que cambia nuestra naturaleza y personalidad de pecadora en justa, de desterrada en hija de Dios. La vida en gracia nos hace participar por Cristo en la naturaleza misma de Dios (11 Pu. 1, 4). Como vida participada, está llamada a crecer hasta llegar a la edad adulta en Cristo, a la madurez de comprensi6n y de virtudes, hasta alcanzar la plenitud de gracia e integración mística con Jesús en la gloria.

Este proyecto de crecimiento es regado por las fuentes de aguas vivas que brotan desde su seno, es decir del Espíritu que reciben cuantos de veras creen y se identifican con el Señor.

 

2.   Lucha Espiritual

Al estilo mismo de Cristo que fue tentado y luchó contra el espíritu del mal y las fuerzas del mundo, también el creyente asume su batalla espiritual, no sólo de la carne y la sangre, sino de los espíritus malignos que asedian la mente, presionan la voluntad y montan toda suerte de tropiezos en el camino del que ha sido llamado al Seguimiento de Cristo. El crecimiento en gracia no se hace sin esfuerzo. Basta leer las condiciones y exigencias que Cristo plantea a sus discípulos: la ruptura con el mundo, las riquezas y las propias pasiones (Cfr. Lc. 9, 57-62). Nada mejor que un programa de verdadera ascesis para Ir abriendo el oído a las palabras de Cristo y entenderlas, para ajustar nuestra voluntad y dejamos arrastrar por el amor de Dios sentido como fuerza prepotente en nuestro ser. El Espíritu del Señor vendrá en ayuda de nuestro espíritu para completar con dones místicos los abismos de la impotencia humana.

3.   Vivir en Cristo

Cristo crece en nosotros en la medida en que crecemos en su gracia. Por ello la Iglesia, como comunidad, y cada creyente, en particular, tienen como objetivo primero y radical la santidad de los hijos de Dios. En la perspectiva del Año Jubilar y de nuestra aportación al Tercer Milenio, nada pretende la Iglesia más que la participación de la vida de Cristo, su crecimiento en obras de santidad. Es el programa que los Padres de la Iglesia llaman "VIVIR EN CRISTO".

Las diversas experiencias espirituales, las estrategias de Movimientos, Asociaciones, Organizaciones y demás grupos que surgen en la Iglesia coinciden plenamente en este punto crucial. Las diversas formas de vocación cristiana, las distintas escuelas de espiritualidad, etc., parten de aquí. Y es en la vida de Cristo en su Iglesia donde encontrarán el signo de su unidad, así como la riqueza de su diversidad.

De todo el ingente cúmulo de riquezas que se encierran en Cristo, quisiéramos destacar tres que son como centros unificadores de su fuerza espiritual:  

a)   "Mi Padre y vuestro Padre"  

Hay un elemento muy primordial en la vida y la vivencia de Cristo, punto esencial también de su predicación: "¿No sabíais que me conviene estar en las cosas que son de mi Padre?" Más ellos (María y José) no entendieron la palabra que les dijo (Lc. 2, 49). Cristo centrará su acción y misión, su seguridad y gozo en buscar y cumplir la voluntad de Su Padre. De día obrará ante  los

hombres, pero de noche se retirará en la oración con su Padre. La Pasión y Muerte serán la gran prueba, el cáliz amargo que le presenta el Padre y que el Hijo asumirá con la obediencia hasta su muerte humillante en la cruz (Cfr. Fil. 2. 7). A pesar de todos sus temores y tristezas mortales, por encima del abismal abandono del Padre en la cruz, Cristo aceptará el cáliz y lo consumará hasta "entregar su alma en las manos del Padre" (Cfr. Lc. 22, 42; 23, 46).

Y esa será su gran novedad, su Buena Nueva: "Vuestro Padre". Dios es Padre y nos ama con amor eterno. "¿Qué padre hay entre nosotros que si su hijo le pide pan, le da una piedra?...¡Cuánto más...!" (Lc. 11, 11) "No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre se complace en darnos a vosotros el Reino" (Lc. 12, 32). "Cuando oréis. decid: Padre Nuestro, santificado sea tu Nombre". "Ora a tu Padre en secreto, y tu Padre, que ve lo oculto, te recompensará" (Mt. 6, 6).

¿Quién no ha llorado alguna vez, si ha escuchado y meditado la parábola del Padre del hijo prodigo? (Cfr. Lc. 15, liss.)

En la base de nuestra relación con Dios está la intimidad, como una especie de genética espiritual, sentirnos hijos envueltos vitalmente con los pensamientos, intereses y lógica de Dios-Padre. Ya no es la fuerza de una ley escrita en tablas o dictada por mae­stros, es la ley impresa en el corazón interno del hombre. Ella conduce al creyente, no a la presión de una letra que mata, sino a la fuerza arrolladora y generosa de un amor paterno que le ha contagiado. Descubrir ese amor y sentirlo, es el gran secreto de las grandes vidas heroicas, de los  grandes santos. Será, sin duda, el signo de una nueva generación de cristianos comprometidos y capaces de sanar una sociedad cruel y desesperada.

 

b)   El Camino de Ia Cruz

La vida de gracia en Cristo se ha presentado con distintas figuras a lo largo de la historia : "escuela de Dios", "familia de Dios", etc. La forma que Cristo mismo escoge en el Evangelio es la del seguimiento suyo ("sequela Christi").

Cristo hace un camino, e invita; marca primero sus huellas y señala dónde colocar las nuestras: "Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc.9, 23). Y son varios los capítulos que abarca este camino; el que los sintetiza es la Cruz, tomar la cruz y seguir los pasos de Jesús. El camino del Calvario, más aún, el camino de "toda la vida de Jesús fue cruz y martirio".

Entendemos la cruz corno negación de sí mismos, obediencia, humildad, generosidad, aceptación de las cargas del hermano, la lucha espiritual contra la carne, el demonio y el mundo, la santificación de las diversas circunstancias de la vida, etc. Es la cruz que Jesús llevó y la que ofrece a cada servidor suyo. Cruz es la vida toda, y su consumación la muerte.

Fue para Jesús el signo de su amor obediente al Padre; y para nosotros es la síntesis de toda nuestra fidelidad e identificación con El.

Nosotros no lo afirmamos corno podía proclamar San Pablo, pero sí asumimos el esfuerzo por "gloriarnos sólo en la cruz de nuestro Señor Jesucristo en la que está nuestra salvación, vida y resurrección, en la cual hemos sido liberados" (Intr. Misa de la Exaltación. Cfr: Gal. 14, 6).

La cruz se vive y nos transforma en la intimidad de las conciencias, en la soledad de una cama de enfermo o anciano, en el desgaste del que rinde su jornada por la familia, en el peso de quienes han entregado  su vida por el servicio, el gobierno, la enseñanza, etc., de la Iglesia.

La cruz nos abre a las riquezas de Cristo, la cruz nos abre la puerta del cielo. Los discípulos del Señor, en el camino al Tercer Milenio de la Encarnación del Hijo de Dios, celebramos el año 1997 corno Año de Jesucristo, Año de su Cruz descubierta, aceptada y cargada hasta el final en nombre del Señor.

 

c)   Caridad, signo y desafío

Aunque el Señor nos liberó del pecado y su BAUTISMO nos ha constituido "como raza nueva, estirpe sacerdotal, nación consagrada, pueblo de su propiedad", etc. (I Pe. 2, 9), ninguno de estos elementos tiene una irradiación externa que señale inequívocamente al Señor y su mensaje de salvación. Cristo mismo nos dio la contraseña: "En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros" (Jn. 13, 35). Y constituyó esta consigna como su nuevo mandamiento que, junto con el amor a Dios, "abarca toda la Ley y los Profetas" (Mt. 22, 40). El amor a todos los hombres pasa a ser, no sólo el distintivo sino la Escuela donde el cristiano acrecienta, transparenta y madura su fe.

Este amor, que es imposible para el hombre herido por el pecado, nos es dado como virtud teologal y contagio del amor de Cristo: "Como el Padre me amó, así os he amado yo. Vivid en mi amor" (Jn. 15, 9). ¡Cómo no contemplar la figura de Cristo como Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, la del Buen Samaritano que acoge al malherido sin otra motivación que su desgracia humana! ¡Cómo no identificar toda su vida en sus palabras en la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen"! (Lc. 23,34) Con razón San Pablo sintetiza toda la obra de Jesús y las motivaciones de su seguidor: "Me amó y se entregó a Sí mismo por mí" (Ga. 2, 20).

No podernos gloriarnos de nuestra fe en Cristo sin preguntarnos por las dimensiones de nuestra Caridad en los distintos sentimientos de comprensión, compasión, perdón, generosidad y servicio hacia el prójimo. Léase la vida y la historia de la Iglesia, pasada y presente, testigo y maestra de humanidad. ¿Cómo evaluar, identificar y unir nuestras comunidades, parroquias, instituciones, etc., como auténtica obra de Cristo y de su reino, sino midiendo sus planteamientos y programas de acogida, servicio, respeto a todo hombre, sin discriminación, con especial énfasis a los más pobres y marginados?

En el Año de Jesucristo y como fruto y signo de nuestra FE en El, renovamos las actitudes y obras de caridad hacia los hermanos. ¿Quiere su Parroquia o su hogar levantar un monumento recordatorio de este AÑO DE GRACIA? Envuelva sus bienes y su vida en algún programa permanente para los más débiles, en testi­monio de su fe y seguimiento a Cristo.

 

4.   La Meta del Camino

El Evangeho nos propone este seguimiento a Cristo con sentimientos filiales hacia el Padre, con la aceptación y cultivo de la cruz como pauta de vida, y con el corazón lleno de CARIDAD. Marcamos así las líneas y logramos la meta de las BIENAVENTURANZAS. Ellas son el más sublime enunciado de la vida, motivaciones y programa de Cristo. Ahí están también para que el creyente, siguiendo a Cristo, Camino, Verdad y Vida, alcance la fuente de su más intima y plena felicidad.

 

III.     "SEREIS MIS TESTIGOS" (Act. 1' 8)

1.   Experiencia del envío

La misión de Cristo es obra de salvación para todos los tiempos y lugares; no puede circunscribirse a sus altos y a su patria. Por eso escogió a los Apóstoles para que estuvieran junto a El y fuesen después testigos de lo que dijo e hizo (Cfr. Le. 24, 48). Al culminar su vida terrena, los envía al mundo entero a predicar el Evangelio a toda criatura, ofreciendo el don de la fe, el Bautismo y la salvación (Cfr. Mc. 16, 15). Su presencia espiritual los acompaña todos los días hasta el fin del mundo, y les garantiza que no serán ellos los que hablen, sino el Espíritu del Padre quien hablará por su boca (Cfr. Mt.10, 20).

Esta encomienda de Cristo penetra de tal forma en sus discípulos que, después de haberlo oído, verlo curando, perdonando, etc., no pueden ocultar sus sentimientos y su nueva visión de la vida. ¿Quién no recuerda el cambio de la Samaritana de Sicar, de Zaqueo el publicano de Jericó, de ciego de nacimiento, etc,? Pero, sobre todo, es terminante la sentencia dc los Apóstoles ante el Sanedrín: "Nosotros no podemos dejar de hablar las cosas que hemos visto y oído" (Act 4, 20).

 

2.   Iglesia misionera

  Nuestra Iglesia Católica tiene hoy tan clara como siempre su misión, y ante nuestro mundo en procesos de secularización y desintegración, acredita su mensaje: "Lo que fue desde el principio, lo que oímos, lo que vimos con nuestros ojos, lo que miramos y palparon nuestras manos del Verbo de la Vida, eso Os anunciamos" (I Ji'. 3, 1-3).

¡Qué bonito fuera que cada Parroquia o comunidad cristiana se convirtiera en una Escuela de misioneros y testigos de la obra de Dios La conducta de un creyente vale por mil sermones. Es necesario cultivar nuestra esperanza y dar razón de ella. Los Movimientos Apostólicos, los Cenáculos de Oración y los distintos grupos de los que siguen a Cristo y buscan el rostro de Dios, etc., son ámbitos de formación para los que saben leer los Signos de los tiempos y dar la respuesta para jóvenes y mayores en esta sociedad desorientada.

Hoy menos que nunca podernos encerrarnos en las sacristías y en nuestros egoísmos, y eludir los DESAHOS DEL MUNDO A NUESTRA FE:

-La apuesta y defensa de la Vida Humana en todo momento, la prornoción de su dignidad y el mejoramiento de su calidad.

-El compromiso con la Solidaridad entre personas, niveles sociales. pueblos, razas, etc.

-La afirmación de la Trascendencia del hombre más allá de la realidad material y de la misma muerte física.

-La lucha por la Paz personal, social e internacional, como fruto de una verdadera justicia.

-La auténtica Evangelización de todas las culturas, liberándolas de las adherencias viciosas y degradantes.

-Etc., etc

 

3.   Nueva imagen de Iglesia

La Iglesia recibió de su Maestro la misión de anunciar el Evangelio, y fue dotada de palabras, experiencias, fortaleza, asistencia del Espíritu del Señor y la participación de especiales dones de parte de cada fiel y comunidad cristiana. El Concibo Vaticano II, en el deseo de poner al día su capacidad y estrategia de evangelización, actualizó los conceptos mismos de Iglesia, haciendo énfasis en su dimensión de COMUNION, PUEBLO DE DIOS, FAMILIA DE DIOS, CUERPO MISTICO DE CRISTO, etc. Creemos que ha llegado para nuestra Iglesia de Puerto Rico la hora de acentuar cada vez más el protagonismo de todo bautizado, de sus carismas y su función misionera. Urge un inventario de las capacidades sembradas por el Señor en todo nuestro Pueblo Santo; urge honrar estas capacidades en su diversidad, riqueza y autonomía y coordinarlas después de su discernimiento por parte de los Pastores.

Cada creyente está comprometido por el Bautismo y los demás sacramentos en la obra de la consolidación y crecimiento de la Iglesia. Pero será exiguo su rendimiento y dudosa su perseverancia si no se complementa y coordina con los demás hermanos bajo la guía de los Pastores. Es función de ellos despertar los dones dormidos e inoperantes de muchos, provocar su variedad y riqueza y lograr una unidad armoniosa para que la comunidad crezca y de al mundo el servicio y el testimonio misionero. Esta misión, tan exigente como actual, está llamada a absorber las capacidades de ilusión, organización y oración de Pastores y fieles. Cristo requiere hoy de sus seguidores plena fidelidad y respuesta a los signos de los tiempos que se dan en el mundo y en la Iglesia.

Cristo nos irá señalando con su mismo ejemplo el proceso de adelantar en una espiritualidad de diálogo y servicio, sin que se reste a los Pastores el liderato, fruto de una verdadera candad pastoral.


4.             Opción de Fidelidad Eclesial

Al reunirnos en este alto ante la figura de Jesucristo, nuestras Diócesis, en plena sintonía con la Iglesia Universal, reiteran su opción por los POBRES y los JOVENES.

Son pobres con heridas en su personalidad, en su voluntad, en su autoestima, que buscaron en el sexo, en el alcohol y en las drogas la respuesta a sus angustias. Son pobres desertores de la escuela, hijos de familias rotas, esposos(as) traicionados(as) en su juramento matrimonial. etc .

¿Qué dirá el Espíritu a nuestras Iglesias en este Año sobre estos miembros maltratados del Cuerpo de Cristo? ¿Tendremos derecho a inhibirnos ante esta tragedia nacional, fuente de tanta violencia, inseguridad y angustia social? No querernos que un día Cristo nos señale que estuvo hambriento, preso o fugitivo y no le asistimos. ¿Será necesario hablar de una conversión de corazones, de sensibilidades, de urgencias?

 

5. Los Nuevos Areópagos

Poseedores de un mensaje y protagonismo de salvación para la humanidad, se nos ordena: "Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: Aquí está vuestro Dios" (Is. 40,9).

¿Dónde está el monte alto? ¿Dónde alzamos la voz? La técnica del mundo moderno y la globalización de la vida entre los hombres ponen en nuestras manos la máxima cercanía y las mejores herramientas: ¿No están ahí la radio, la TV, el periódico, el Internet, etc.? Todo aquel que tenga el Espíritu del Señor, suba y predique, "a tiempo y a destiempo, reprenda, ruegue, amoneste con toda paciencia y doctrina" (II Tim. 4, 2). Ojalá que los apremios del Año de Jesucristo nos encaminen a los nuevos "areópagos" para proclamar que "Cristo es Señor para gloria de Dios Padre"! (Fil. 2.11) .

6.   Ecumenismo, "para que el mundo crea”

No podemos concluir esta Exhortación sin expresar un íntimo dolor y nostalgia que Pastores y fieles llevamos en el corazón:  ¡Nuestra familia, que invoca a Cristo como Salvador de todos los hombres, es familia desunida! No es del caso narrar la historia de nuestras desavenencias, ni la razón de sospechas ni agravios; menos aún de comparar potencias o prepotencias. Nuestra separación es pecado contra Cristo y nos duele; es escándalo que retrasa a tantas personas la pertenencia al "único Rebaño bajo el único Pastor" (Jn. 10, 16).

Los católicos en este Año de Gracia y en camino hacia la Reconciliación y Jubileo del Año 2000, abrimos nuestro corazón y extendemos los brazos para acoger con emoción el afecto de nuestros hermanos con quienes no tenemos aún la plena comunión eclesial. Los Obispos promoveremos iniciativas y encuentros, para dar los pasos que hagan falta y al ritmo que sea posible, para que nuestra común fe en Cristo Salvador y único Maestro acerque la hermandad de fe y caridad entre todos los cristianos.

El proceso del "Directorio para el Ecumenismo” promulgado por la Santa Sede, ha de ser guía y estímulo en este camino. Esperamos contar con la buena voluntad e idéntica ilusión de Iglesias y fieles que escuchan al Señor DECLA.