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DECLARACION
SOBRE LA VIOLENCIA EN PUERTO La Conferencia de los Obispos Católicos de Puerto Rico
desea pronunciarse con claridad y serenidad ante la deplorable situación
de violencia que impera en nuestra amada Isla de Puerto Rico. Nos
referimos particularmente a los ultimos acontecimientos relacionados
directa o indirectamente con el caso de Vieques. Precisamente ahora, cuando sólo unos lustros nos separan
del medio milenio de cristianismo en Puerto Rico, fieros huracanes de
violencia nos azotan desde varios puntos cardinales. Contrario a lo
que suele decirse, Puerto Rico ocupa actualmente el quinto lugar en la
escala mundial de la violencia. Desgraciadamente, el manso cordero de
nuestro escudo nacional es testigo de la nube borrascosa de violencia
que se cierne sobre todos los ambitos de nuestra existencia cotidiana. Como pastores de esta parcela de la Iglesia, compartimos
el dolor y la tristeza de todas las victimas de los tragicos
acontecimientos. Y junto
al sufrimiento, tambien compartimos la esperanza que palpita en el
coraz6n de cada puertorriqueño: la esperanza de una sociedad pacífica. Aunque no es nuestra tarea el determinar la
responsabilidad legal de los protagonistas de La violencia no suele brotar por generación espontanea.
Mas bien "es generada y fomentada por la
injusticia, que se puede llamar institucionalizada en diversos
sistemas sociales, políticos y económicos, como por las ideologías
que la convierten en medio para la conquista del poder" (Puebla
508). Por lo tanto, mientras condenamos firmemente la muerte y
el sufrimiento fisico y espiritual de las victimas vinculadas directa
o indirectamente con el conflicto de Vieques, queremos que nuestras
palabras penetren en las conciencias de los politicos, los
legisladores, los foros juridicos y los ide6logos.
Si no desarmamos nuestras almas y nuestras manos; si no
logramos unas soluciones dignas y justas a nuestros problemas, la
violencia seguirá reclamando victimas, como lo ha hecho en el pasado. Cuando nos reunimos en Puebla rechazamos la tortura física
y sicológica, los secuestros, la persecución de disidentes políticos
o de sospechosos y la exclusion de la vida pública por causa de las
ideas. Nos preocupa hondamente, tanto la suerte de los marinos norteamericanos, como la critica situación de los prisioneros puertorriqueños que son deportados a los Estados Unidos. Unos y otros son seres humanos, miembros de una familia. Debemos detener la cadena de venganza e injusticias. Nuestra responsabilidad de cristianos, de puertorriquenos consiste en promover los medios no violentos en todas las relaciones socio-políticas y económicas. La experiencia nos enseña que las relaciones de fuerza no han logrado jamás establecer efectivamente la justicia de una manera durable y verdadera (Cfr. Octogesima Adveniens n. 43). La violencia subversiva y represiva atropella la dignidad humana hasta en los derechos más fundamentales Existe un ambiente propicio para el belicismo, tanto a
nivel local como a nivel internacional.
El caso que nos ocupa no es una experiencia aislada, si
consideramos el grado de agresividad que se manifiesta en el diano vivir
de los puertorriqueños. Y
decididamente tenemos que reflexionar y preguntarnos quién o quiénes
son responsables de esa agresividad. El asunto resulta más delicado, ya
que hemos comenzado un año de comicios electorales. Es nuestro
ferviente anhelo el que la paz de Jesucristo, cuyo nacimiento celebramos
próximamente, prevalezca sobre toda violencia verbal, espiritual y física. Quiera el Señor que el 19 de noviembre de 1993 celebremos
los cinco siglos del cristianismo en Puerto Rico, como un pueblo unido
dentro de una sociedad justa y pacífica. 13 de diciembre de 1979 |