REFLEXIONES EN TORNO A LA INSTRUCCION DE LA SAGRADA CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE SOBRE ALGUNOS ASPECTOS DE LA TEOLOGIA DE LA LIBERACION

I.       La Teología de la Liberación como Hecho.

Difícil sera encontrar en nuestros días una persona medianamente instruida que no tenga conciencia de la corriente de pensamiento teológico conocida universalmente como Teología de la Liberación. Esta apreciación es exacta, porque el hecho está ahí con rasgos inconfundibles y expuesto a la curiosidad o valoración critica de todos los estudiosos.

A partir de la II Guerra Mundial, y más intensamente después del Vaticano II, germinó en grandes sectores del mundo intelecutal cristiano, y de modo particular en los centros de estudios eclesiásticos de Europa, una especie de sentimiento de culpabilidad ante la imagen del hombre que emergía de los escombros de la guerra degradado en su dignidad; y ante las condiciones de pobreza, mejor se diría de absoluta miseria, en que consumían su existencia grandes masas de población, en los paises recientemente independizados y supuestamente duefios de sus destinos como estados soberanos.

Al paso de los años, el sentimiento de culpabilidad fue adquiriendo mayor volumen y ahondando en la conciencia de los hombres de Iglesia. En congresos de ciencias religiosas y en publicaciones de diversa indole, forjaron estos Un esquema ideológico a partir de sus inquietudes por reinvindicar la dignidad de la persona ultrajada y maltrecha, dejando al descubierto las situaciones de flagrante injusticia que oprime, aun en nuestros días, a los paises en desarrollo. En la lenta y penosa marcha hacia la ansiada eliminación de la pobreza tuvieron lugar el Encuentro Latinoamericano de Cristianos por el Socialismo del 23 al 30 de abril de 1972, en Santiago de Chile; las Jornadas de El Escorial, España, sobre Fe Cristiana y Cambio Social en América Latina de julio de 1972, y la Reunión en Avila, enero de 1973, de más de 200 cristianos "para reflexionar sobre el sentido de nuestra fe desde una opción de clase, marxista". Bajo signo distinto se había celebrado la histórica y noblemente rnotivada Conferencia de Medellín, del 26 de agosto al 6 de septiembre de 1968. Fue en aquella ocasión cuando la Iglesia latinoamericana adoptó oficialmente su "opción preferencial por los pobres", movida de un sincero afan de liberación de los pueblos de sus diversas situaciones de servidumbre.  Apareció pocos años después, en 1971, en Bogotá, un trabajo de Gustavo Gutierrez, sacerdote peruano, bajo el titulo Hacia una Teología de La Liberación, seguida luego de su obra Teología de La Liberación:

Perspectivas, y más adelante de una segunda La Fuerza Histórica de los Pobres.

De este modo, progresivamente fueron cristalizando en un sistema, no muy compacto ni bien definido, las ideas, aspiraciones, sugerencias que se habian ido perfilando en distintas publicaciones de teologia o en el seno de asambleas y congresos, celebrados en defensa de la dignidad humana y de los derechos conculcados de los pueblos del llamado tercer mundo.

La obra del sacerdote Gustavo Gutierrez tuvo notable resonancia en América Latina y Europa, particularmente en Espafia. En prueba de este hecho baste recordar a los autores que a continuación se citan, cinendose todos ellos a la pauta marcada por Gustavo Gutierrez:  Juan Luis Segundo, de Uruguay, autor de una Teología para los Artífices de una Nueva Humanidad, en cinco volumenes; José Miguez Bonino, no católico, de Argentina, con Cristianos y Marxistas:  El Desafío Mutuo a La Revolución; Hugo Assman, de Brasil, Teología para una Iglesia Nómada; Alfredo Fierro, español, El Evangelio Beligerante; Jon Sobrino, español: Resurrecidn de La Verdadera Iglesia:   Los Pobres, Lu gar Teoldgico de La Eclesiologla, y Fray Leonardo Boff, brasileño, prolífico autor de Jesucristo Liberador; Eclesiogenesis; Iglesia:  Carisma y Poder; Teología del Cautiverio y de La Liberación (Cf. R. Vekemans, Teología de La Liberación y Cristianos por el Socialismo, CEDIAL, Bogotá 1976, pp.553-588).

Todos ellos, o por lo menos la mayoría, se formaron en Europa, y rindieron vasallaje de forma más o menos explicita a las corrientes de pensamiento que corrian por aquellas latitudes, y de modo especial al marxismo, siguiendo la ruta abierta por Gustavo Gutierrez. (Por lo que se refiere a los autores europeos, el indice de los citados por éste en su Teología de La Liberación es harto elocuente respecto a la importaci6n de ideas del viejo continente al mundo latinoamericano. Son los más repetidos: Y. Congar, 27 veces; K. Marx, 19; J. B. Metz, 15; K. Rahner, 17; W. Fr. Hegel, 13; J. Moltman, 14; A. Gelin, 14; G. Von J. Ratzinger, 3; Pablo VI, 7; E. Althuser, 7.

Es de advertir que, de todos ellos sólo seis son católicos.  Entre los nueve autores más citados hay dos ateos, un panteista y cinco protestantes.

Sería un grave error pensar que esta modalidad de la llamada Teología de la Liberación es la unica que ha hecho su aparición en los años inmediatamente siguientes al Concilio Vaticano II para iluminar teológicamente la situación de pobreza imperante en el tercer mundo, y de manera especial en Latinomerica. En la Instrucción de la Sagrada Congreación para la Doctrina de la Fe se reconoce la existencia de otras corrientes de tendencias ciertamente tradicionales y legitimas. Sus representantes de mayor relieve son: E. F. Pironio, A. López Trujillo, A. Methol Ferré, R. Vekemans, P. Big6, J. Mejia, S. Ruiz, B. Kloppenburg, A. Bandera, F. Moreno, M. Salazar y algunos más.

Los hechos de que parten ambas corrientes son comunes a una y otra: condiciones sociales, politicas y económicas de opresión; subdesarrollo y dependencia del tercer mundo en relación a monopolios, privados o estatales, a grandes empresas multinacionales, o a paises del mundo desarrollado.

Y les guía a una y otra corriente, con inspiración teológica, la liberación integral para crear una nueva humanidad, más justa, más fraterna, más equilibrada social, política y económicamente. Asi la consigna el texto de la Instrucción mencionada en los números III 31 4 y IV, 3 y otros.

Es en el método donde difieren la Teología de la Liberación censurada en la Instrucción, de corte marxista como vamos a ver muy pronto, y la que reviste un tono mas tradicional, de acuerdo con las funciones secularmente asignadas a la teología y el sentido estrictametne bíblico y teológico de liberación.  Así es, en verdad, cómo la primera tendencia, partiendo de la praxis (de la acción) en sentido marxista y una interpretación sociológica de acontecimiento bíblicos, en especial de los narrados en el Exodo lleva a formular o rehacer todo el sistema teológico católico sin excluir la Cristología, la Eclesiología y la Liturgia Eucarística y sacramental. (Vid. Instrucción, IX, nos. 4, 5, y X en toda su integridad: nos. I al 16).

Por el contrario, la interpretación más sólida y autorizada de la Teología de la Liberación aborda el problema desde la realidad del pecado personal, raiz y origen de todas las servidumbres. Es la liberación del pecado de donde debe partir todo proyecto o esquema de acción orientada a la supresión en el mundo, en general, de toda forma de servidumbre (Instrucción, Introducción).

II.      Contenido doctrinal de la Teología de la Liberación de talante marxista.

Se comprende fácilmente que centremos desde ahora la atención en la Teología de la liberación inspirada en la praxis histórica marxista. Es precisamente ésta, ya queda dicho, la que dio lugar a la Instrucción de la Sagrada Congregación. Es una tarea nada fácil de realizar por la complejidad del tema en el que se intentan conjugar los postulados marxistas y dogmas fundamentales de la Fe. Como primera medida, es oportuno aclarar qué concepto de Teología utilizan los promotores de esta corriente de pensamiento.  El de mayor representación entre ellos, G. Gutierrez, observa a este respecto:  "La teología contemporánea se halla en  insoslayable  y  fecunda  confrontación (diálogo, en la primera edición de Lima en 1971) con el marxismo. Y es, en gran parte estimulado por él que, apelando a sus propias fuentes, el pensamiento teológico se orienta hacia una reflexión sobre el sentido de la transformación de este mundo y sobre la acción del hombre en la historia" (G. Gutierrez, Teología de La Liberación.  Ediciones Sígueme, Salamanca, 1972, p.32). Pocas páginas más adelante: "La Teología de la Liberación nos propone, tal vez, no tanto un nuevo tema para la reflexión como una nueva manera de hacer teología" (Ibd 40).

Asumido este doble supuesto de la Teología de la Liberación, es preciso identificar y definir los términos y realidades correspondientes sobre los que opera o descansa la argumentación de la misma.  Son éstos:  La pobreza de grandes núcleos de población en Sur América; La situación de dependencia de grupos de personas respecto a las clases económicamente fuertes, y de paises enteros en relación a los estados opulentos; la praxis histórica, y la lucha de clases orientada a la revolución transformadora de la sociedad actual y proyectada hacia una nueva humanidad. Todos estos elementos no estan fijados al azar sino que han aflorado a la superficie, desde el interior de la sociedad donde permanecian latentes, gracias al análisis científico marxista. Y todos ellos los asume la Teología de la Liberación, de suerte que constituyen el núcleo doctrinal de la misma, y dan lugar implícitamente a una nueva interpretación de todo el conjunto de enseñanzas dogmáticas y morales de la teologia católica. Inventada por los autores mas conspicuos de este movimiento innovador, veamos ya, en detalle, qué sentido y alcance asigna la Teología de la Liberación a los puntos mencionados.

a.      Pobreza y dependencia

Existe en América Latina, como fenómeno social en extremo humillante para la innata dignidad de la persona, un estado de pobreza endémica. La expone así una publicación católica a raiz de la Conferencia de Puebla:

"La realidad de América Latina viene descrita más bien por estos otros datos que no son menos visibles y que a casi nadie interesa conocer. Segun el Banco Mundial, que no es ningún prototipo de demagogia, 120 millones de hombres sobre 280 (43% de la población) viven en América Latina en situación de lo que técnicamente se llama 'aguda pobreza'Así 150 millones del continente carecen de agua potable, alcantarillados y electricidad. En América Latina hay cien millones de analfabetos, de los cuales 44 son adultos.  Y sólo el 1.5% de la población termina la educación secundaria.  Y aun peor que el analfabetismo: en 1978 han muerto un millón de niños por desnutrición o condiciones precarias de salud. Las necesidades que se consideran "elementales" sólo las tiene satisfechas un 25% de la población; y una pequena parte de ese 25% las tiene literalmente supersatisfechas, hasta el punto de poder competir en lujo con cualquier magnate del mundo" (José Ignacio González Faus, "La América Latina que esperaba al CELAM", Sal Terrae (3), Marzo 1979, p.164 y 165).

Ante un cuadro tan despiadado es, sin duda, una postura muy laudable, y asi lo reconoce la Instrucción de la Sagrada Congregación, la que adoptan los teólogos de la liberación de inspiración marxista frente a las victimas de la pobreza, conmoviéndose ante ellas y aprestándose a encontrarles remedio, aunque por derroteros equivocados.  Actúan precipitadamente al denunciar la riqueza de determinadas clases sociales o paises como causa única de la pobreza y dependencia económica de unos respecto a otros.

Esta alegación puede desde ahora descalificarse con sólo recordar el ejemplo de paises más pobres en recursos y una población tan densa o más que Latinoamérica, castigados severamente en la II Guerra Mundial y que figuran hoy entre los pueblos más prósperos y desarrollados del mundo. Es el caso de Japón, Taiwan, Singapur, Hong Kong, Corea del Sur, en el Oriente, y de la mayoría de los países de Europa occidental (Vid. Michael Novak, "Liberation Theology in Practice", Thought, vol. 59, no.233, June 1984, pp.136-148).

b.      Praxis histórica

Expresión es ésta - praxis histórica - difícil de declarar con exactitud, aún cuando tiene gran relevancia en la Teología de Ia Liberación. Por de pronto, los teólogos liberacionistas reconocen su procedencia del "pensamiento marxista centrado en la praxis, dirigido a la transformación del mundo" (G. Gutiérrez, op. cit. págs. 31 y 32).  Aparentemente praxis designa la primacia de la acción sobre la doctrina. Esta primacía la viene de su eficacia inmediata en transformar las estructuras sociales.  Precisamente, por esta vinculación al marxismo, la praxis histórica hace que "la teología de la liberación comparta, de esta forma, una radical relectura del dato objetivo de la fe, asi como de toda la tradición cistiana, a partir de la solidaridad con el pobre y con los oprimidos que define la praxis liberadora" (F. Moreno, "La Teología de la Liberación como Discurso Operativo", Medellin, vol.8, n. 32, Diciembre 1982, p.490).

La forma de integrar la praxis histórica en el discurso teológico la presenta asi G. Gutierrez:

"El redescubrimeinto, en teología, de la dimensión escatológica ha llevado a hacer ver el papel central de la praxis histórica. En efecto, si la historia humana es, ante todo, una abertura al futuro, ella aparece como una tarea, como un quehacer político; construyéndola, el hombre se orienta y se abre al don que da sentido último a la historia; el encuentro definitivo y pleno con el Señor y con los demás hombres. 'Hacer la verdad' como dice el evangelio adquiere así una significación precisa y concreta: la importancia del actuar en la existencia cristiana... Es más, únicamente haciendo esta verdad se verificará, literalmente hablando, nuestra fe. De ahí el uso reciente del término, que choca todavia a algunas sensibilidades, de orto-praxis. No se pretende con ello negar el sentido que pueda tener una ortodoxia entendida como una proclamación y una reflexión sobre afirmaciones consideradas verdaderas. Lo que se busca es equilibrar, e incluso rechazar, el primado y casi exclusivamente, lo que se quiere es hacer valer la importancia del comportamiento concreto, del gesto, de la acción, de la praxis en la vida cristiana" (op. cit. p.32 y 33).

La consecuencia inmediata que se deriva de la primacia o superioridad de la "praxis" sobre el pensamiento y la "teoría", en la corriente teológica de inspiración marxista, la deduce el mismo autor: "situarse de ileno en el mundo de la opresión, participar en las luchas populares por la liberación, llevar a releer la fe..." (G. Gutierrez, La fuerza histórica de Los pobres, p.13, 354 y 315; cit. por F. Moreno, bc. cit. no.516).

c.      Lucha de clases y revolución

Es un corolario que inevitablemente se desprende de los postulados anteriormente reseflados. Así lo hizo constar J. Girardi en el Encuentro Latinoamericano de Cristianos por el Socialismo en abril de 1972, en Santiago de Chile. Son sus palabras: "Medellín espera que la solución de los problemas venga de un impulso de amor cristiano, de la colaboración de todos y, en particular, de la acción de los dirigentes. Santiago proclama que el amor cristiano no será una fuerza histórica, sino al asumir la lucha de clases, ya que la libertad de los hombres y de los pueblos no será nunca obsequiada:  las burguesías nacionales y el imperialismo norteamericano no soltarán el poder más que cuando les sea arrancado por las clases populares" (Cit. J. L. Idigoras, "Teología Latinoamericana: ¿Teología de la Liberación?", Mensaje, no.320, julio 1983, p.328).

De esta suerte, comenta Idigoras, "la fe ha de ponerse al servicio de la revolución que se halla en manos del proletariado y sobre todo del Partido Comunista.  Girardi define explícitamente la teología de la liberación como la aplicación a la teología del materialismo histórico" (Ibd). Es conocido el papel que juega en este sistema la Lucha de dases. Por si quedara alguna duda, advierte el Documento de Puebla acerca del colectivismo marxista:

"El motor de su dialéctica es la lucha de clases... Algunos creen posible separar diversos aspectos del marxismo, en particular de su doctrina y su análisis. Recordemos con el Magisterio Pontificio que "seria ilusorio y peligroso llegar a olvidar el lazo interno que los une radicalmente; el aceptar los elementos del análisis marxista, sin reconocer sus relaciones con la ideología, el entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista, dejando de percibir el tipo de sociedad totalitaria y violenta a que conduce este proceso: OA, 34" (DP 544).

Y prosigue en términos de evidente severidad: "Se debe hacer notar aquí el riesgo de ideologización a que se expone la reflexión teológica cuando se realiza partiendo de una praxis que recurre al análisis marxista.  Sus consecuencias son la total politización de la existencia cristiana, la disolución del lenguaje de la fe en el de las ciencias sociales y el vaciamiento de la dimensión trascendental de la salvación cristiana" (DP 545).

Con estas palabras, tan autorizadas, quedan definidos, en sus rasgos más característicos y reveladores, los postulados sobre que descansa la Teología de la Liberación. Es lógico proceder a su valoración critica a la luz de la Instrucción de la Sagrada Congregación donde se puntualizan las graves repercusiones que de ella se siguen en todo el ámbito de la ortodoxia católica.

 

III. La Teología de la Liberación desde la Instrucción de la Sagrada Congregación.

a.      Observaciones de índole general.

Antes de intentar hacer una sintesis de las observaciones formuladas por tan respetado organismo, como es el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, cabe mencionar otras de carácter general que obviamente se desprenden del contraste o discrepancia que existe entre la Teología de la Liberación de inspiración marxista y la concepción clásica de la teología. Tradicionalmente ésta se ha entendido como "la inteligencia de la fe". O sea, el esfuerzo por desentrañar el mensaje revelado partiendo de la revelación virtual o implícita. Este proceso se realiza utilizando como medios del discurso teológico los principios metafísicos de la filosofía perenne deducidos de la noción del ser, la más fundamental y trascendente en el mundo de la existencia y del pensamiento. La labor teológica, por recaer primordialmente sobre el misterio de Dios, que libre y bondadosamente se reveló al hombre, ha de realizarse en constante referencia y dependencia del Magisterio eclesiástico. No en vano se confió a la Iglesia el depósito revelado para su fiel custodia e infalible interpretación.

Se extiende también el discurso teológico a todo el universo creado, especialmente al hombre, en cuanto que por su propia naturaleza están uno y otro orientados a Dios, como a su primer origen y su último fin.  El criterio supremo en esta segunda dimensión del quehacer teológico permanece el mismo: la Divina Revelación interpretada por el Magisterio. Como muy acertadamente escribe Georges Chantraine: "Ser teólogo es conocer a Dios por medio de Dios a la manera de Dios en razonamiento humano" (G. Chantraine, Verdadera y Falsa Libertad del Teólogo, Studium, Madrid 1971, p.75).

En una línea y dirección muy distinta se mueve la Teología de la Liberación inspirada en la dialéctica marxista. Asi parece desprenderse de la siguiente reflexión de G. Gutierrez sobre la naturaleza y el método de la teología:

"Por todo esto, la teología de la liberación nos propone, tal vez, no tanto un nuevo tema para la reflexión, cuanto una nueva manera de hacer teología (subrayado del autor). La teología como reflexión crítica de la praxis histórica es asi una teología liberadora, una teología de la transformación liberadora de la historia de la humanidad y, por ende, también, de la porción de ella - reunida en ecclesia - que confiesa abiertamente a Cristo, una teología que no se limita a pensar el mundo, sino que busca situarse como un momento del proceso a través del cual el mundo es transformado: abriéndose -en la protesta ante la dignidad humana pisoteada, en la lucha contra el despojo de la inmensa mayoría de los hombres, en el amor que libera, en la construcción de una nueva sociedad, justa y fraternal - al don del reino de Dios" (op. cit. p.40 y 41).

Concebida así la teología, orientada al hombre como a su objeto inmediato, no se distingue de cualquiera otra ciencia que se ocupe del hombre. Aún más, por estudiar al hombre latinoamericano en su situación de pobreza y opresión y aspirando a su liberación, parece confundirse con la sociología, la economía y la política, y cualquier otra ciencia que persigue la promoción del hombre latinoamericano.  La única diferencia entre Teología de la Liberación y las ciencias mencionadas consistiría en que aquella busca una liberación integral, que deberá consumarse en Cristo. Quedan así a salvo las buenas intenciones de la Teología de la Liberación, pero no sus       métodos:  el análisis marxista, la lucha de clases, la revolución en contradicción manifiesta con aquellas (Cfr. J. Garcia, "¿Santo Tomás de Aquino y la Teología de la Liberación?", Medellín, pgs. 518-533).

Por otra parte, es casi insignificante la atención que se presta al Magisterio de la Iglesia como lugar teológico.  No figuran en la bibliografía de la obra citada de G. Gutierrez, ni León XIII, ni Pío XI; Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI retienen un relieve inferior al de Karl Marx citado más veces que los tres pontífices juntos.

Tampoco se aducen, o en escasa medida, las enseñanzas de los Santos Padres y de los grandes teólogos medievales. Sin embargo, en las diversas obras de buen numero de unos y otros se encuentran, explícita o implícitamente, luminosas orientaciones y enseñanzas sobre el abuso de las riquezas y las exigencias de la caridad y la justicia para remediar la pobreza.

Ninguna referencia se hace a los comentadores del Derecho de Gentes como Vitoria, Suárez, Domingo Soto del siglo XVI, que tan hondamente sintieron las angustiosas cuestiones de conciencia suscitadas con ocasión del descubrimiento y colonización del Nuevo Mundo. Es un estilo raro de hacer teología el que se nos brinda en torno a la liberación, en rudo contraste con el usado en otros tiempos. Como observa un investigador contemporáneo del Derecho de Gentes, P. V. D. Carro, P.P.: "Las obras de los teólogos medievales están llenas de citas de la Escritura y de los Santos Padres, de los filósofos gentiles o cristianos, de San Agustín y de Sto. Tomas; de los canonistas y juristas con otros maestros del pensamiento cristiano" (Domingo de Soto, O.P. De La Justicia y del Derecho, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1967, edit. por V. D. Carro, O.P., p. XI). Los escritos de los teólogos de la liberación - cabe observar - se nutren de las ideas de Kant, Hegel, Marx, Engels y sus epígonos europeos para resolver problemas de derecho natural, de justicia y de caridad cristiana.

Con razón ha comentado el Card. López Trujillo a propósito de la Instrucción: "Esta corriente de la liberación, que la Instrucción censura, aunque exhibe un cierto número de autores latinoamericanos, no es original de nuestro continente, como no es vernáculo el análisis marxista y no representa ni el sector de nuestros creyentes, ni el filón más rico de la teología tal como se trabaja entre nosotros" (L'Osservatore Romano, 18 de noviembre, 1984, p.6).

Una nueva observación de carácter general a la Teología de la Liberación se refiere a la situación de dependencia económica de Estados Unidos, que se adivina en gran parte de las publicaciones de tal signo. El análisis científico parece haberles fallado en esta ocasión. El escritor católico de temas socio-religiosos, Michael Novak, norteamericano, ha escrito sobre este particular: "Los teólogos latinoamericanos prácticamente nunca ofrecen evidencia económica para sus aseveraciones" (M. Novak, "Liberation Theology in Practice", Thought, vol. 59, no.233, June 1984, p.141).

Sin entrar en detalles, que supondria un estudio excesivamente complejo de la estructura económica, social y politica de Latinoamérica, deberá bastar la sola mención de las inversiones de Estados Unidos en los paises suramericanos para poner en evidencia lo insostenible que es la opinión expresada por algunos teólogos de la liberación contra el mencionado pais. Comenta Novak:

"En 1983, las inversiones en el extranjero del pueblo de Estados Unidos ascendían a un total de 883 mil millones de dólares. Las tres cuartas partes de esta inversión se han colocado en Europa, Japón, Canadá y Méjico.  De la cantidad restante, es cierto que una parte considerable (aproximadamente el 16 por ciento de la suma total) se halla invertida en Améica Latina y el resto en Asia y Africa. Cada año, la economía norteamericana alcanza un nivel del producto nacional bruto de 3 trillones. Uno se percata al instante de que el volumen de la inversión  total  de  Estados  Unidos  en Latinoamérica es inferior al uno por ciento de su PNB" (bc. cit. p.141).

Para mejor apreciar el alcance y significado de estos datos, se debe recordar que un trillón es igual a un millón de billones, que en la numeración de Estados Unidos de América se expresa por la unidad seguida de 12 ceros. Luego, parece legítima la consecuencia que deduce Novak: "Dependencia resulta ser una extrafla palabra para designar tan modesta relación, y no solamente por el lado de Estados Unidos" (Ibid).

Una última observación es posible formularla desde el sentido que atribuye la corriente teológica que nos ocupa a la palabra Liberación. Fácil es suponer que se tratara de la liberación en sentido bíblico, como se utilizó en la Conferencia General de Medellín, esto es, "liberación integral y de promoción del hombre en toda su dimensión, que tiene como único móvil el amor: "El hombre es creado en Cristo Jesús, hecho en él criatura nueva"' (Medellín: Conclusiones, CELAM, Bogotá, 1968, 1, II 4, p. 26).

Idéntico sentido lo retiene en Evangelii Nuntiandi: "Liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es sobre todo liberación del pecado y del Maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por El, de verbo, de entregarse a El" (n. 9). Esta fue también la noción de liberación asumida por Juan Pablo II en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, ampliandola en estos términos:

"Liberación hecha de reconciliación y perdón. Liberación que arranca de la realidad de ser hijos de Dios a quien somos capaces de llamar ¡Abba, Padre! y por la cual reconocemos en todo hombre a nuestros hermanos, capaz de ser transformado en su corazón por la misericordia de Dios. Liberación que nos empuja, con la energia de la caridad, a la comunión cuya cumbre y plenitud encontramos en el Señor. Liberación como superación de las diversas servidumbres e idolos que el hombre se forja y como crecimiento del hombre nuevo.

Liberación que dentro de la misión propia de la Iglesia no puede reducirse a la simple y estrecha dimensión económica, política, social... o cultural... que no puede nunca sacrificarse a las exigencias de una estrategia cualquiera de una praxis o de un exito a corto plazo" (EN, no.33, Discurso Inaugural, III, 6).

Por demás está añadir que estas orientaciones de Juan Pablo II presidieron en todo momento las deliberaciones de la III Conferencia General de Puebla.

Otro es, sin embargo, el sentido de liberación en la teología elaborada en torno a ella y a la que se refiere de modo particular la Instrucción de la Sagrada Congregación. Efectivamente, para G. Gutierrez la liberación es fundamentalmente política.  Se dan segun él tres niveles de liberación: 1) económica, social, politica; 2) liberación del hombre, o sea, "la conquista paulatina de una libertad real y creadora", que le permita asumir consecuentemente su propio destino; y 3) liberación del pecado, que incluye necesariamente una liberación de orden político" (Fuerza Histórica de Los Pobres, p.111, cit. M. Salazar, "Esquema del documento del Card. Ratzinger en relación con algunas obras de Gustavo Gutierrez", Tierra Nueva, 51, año XIII, octubre 1984, p.6 y 7). Y el mismo G. Gutierrez declara: "Se trata de tres niveles de significación de un proceso único y complejo que encuentra su sentido profundo y su plena realización en la obra salvadora de Cristo. Niveles de significación que, por lo tanto, se implican mutuamente. Una visión cabal de la cuestión supone que no se les separe" (Teología de La Liberación, p.68, 69; 131, 132).

Se deduce de aqui que no se da liberación del pecado sin liberación política, y que toda liberación política-social no difiere esencialmente de la liberación de Cristo (Cf. M. Salazar, Ibd).

Por otra parte, G. Gutierrez define asímismo la libertad del hombre:  "La conquista paulatina de una libertad real y creadora lleva a una revolución cultural permanente, a la construcción de un hombre nuevo, hacia una sociedad cualitativamente diferente" (op. cit. p. 68). Una vez más: se trata de una liberación política. Y por si quedara alguna duda, ésta se disipa cuando se refiere al hombre nuevo con palabras del "Che" Guevara:  "Los revolucionarios - escribia Ernesto "Che" Guevara -carecemos muchas veces de los conocimientos y la audacia intelectual necesarios para encarar la tarea del desarrollo de un hombre nuevo por los me' todos distintos a los convencionales; y los métodos convencionales sufren de la influencia de la sociedad que los creó" (op. cit. p.132).

De las precedentes observaciones de índole general aparece plenamente justificada Ia Instrucción de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe.

b.      Observaciones de cardcter especzfico

La Instrucción es un texto plenamente logrado, por su ponderación, lógica exactitud de conceptos y formas de expresión, dejando a salvo las nobles intenciones de los autores de la Teología de la Liberación, y mostrando el máximo respeto a sus personas. El criterio único que la preside es la fidelidad absoluta a la pureza de la fe y la responsabilidad pastoral hacia los millones de creyentes que pueblan el continente americano. Una y otra exigian ineludiblemente que se señalara el poder disolvente de esta corriente de pensamiento en el terreno dogmático, especialmente en Cristología, Eclesiología, Teología Sacramental y en Antropología.

A modo de síntesis, se expone a continuación la riqueza doctrinal que atesora la Instrucción vaticana.

Como es de esperar, el texto arranca del mensaje del Evangelio, que es eminentemente un mensaje de libertad, y liberación del pecado, la realidad que más radicalmente esclaviza al hombre. A ésta deberan seguir otras formas de liberación de cuantas esclavitudes, enraizadas en el pecado, atentan contra la dignidad del hombre y sus derechos más fundamentales.   Se manifiestan estas modalidades de esclavitud en el orden cultural, económico, social y político. Ante situaciones tan humillantes para el hombre, la Iglesia no puede mantenerse indiferente o neutral, pero tampoco acepta como válido cualquier sistema de liberación ideado con tan elevado propósito. Se correría el peligro de incurrir en errores todavia más serios y perjudiciales para la dignidad de las personas cuya liberación se pretende.

Efectivamente, se han producido desviaciones en que han incurrido "ciertas teologías de la liberación" (Introducción), que no es posible conciliar con los auténticos valores cristianos inspirados en la divina revelación. Las desviaciones mencionadas han surgido de un análisis, supuestamente científico, de las causas de la pobreza y de la opresión.  Se reducen estas causas, o por lo menos las más decisivas, a la dependencia económica, cuya raiz ha de buscarse en el sistema capitalista en cuanto es el agente más poderoso del desarrollo industrial.  A primera vista no carece de verosimilitud esta interpretación que parece coincidir con apreciaciones de Pablo VI en Populorum Pro gressio, donde expresamente afirma que "un cierto capitalismo ha sido la causa de muchos sufrimientos, de injusticias y luchas fratricidas cuyos efectos duran todavía" (no.36). Pero el mismo Pablo VI señala a continuación que "sería injusto que se atribuyera a la industrialización misma los males que son debidos al nefasto sistema que la acompaña. Por el contrario, es justo reconocer la aportación irremplazable de la organización del trabajo y del progreso industrial a la obra del desarrollo" (Ibd).

La Instrucción de la Sagrada Congregación no disimula la parte de responsabilidad que cabe al capitalismo frente al fenómeno de la pobreza, pero también advierte que la interpretación hecha por los teólogos de la liberación no va acompañada de la "suficiente precaución crítica" (Introducción) y han tendido a "refugiarse en lo que ellos llaman "el análisis marxista", y por este afán de simplificación, el "previo examen crítico le falta a más de una teología de la liberación"   (VIII, 1 y 4). La única alternativa viable, consiste, por el contrano, en discernir críticamente la validez de todo lo que las otras disciplinas proponen, a menudo de modo conjetural, como verdades sobre el hombre y su último destino (VII, 10).

Una simplificación del análisis crítico de la pobreza en Latinoaménca como la señalada, advierte de nuevo la Instrucción, "impide, de hecho, el análisis riguroso de las causas de la miseria, mantiene las confusiones " (n. 11), y nunca podrá servir de base a una respuesta acertada que garantice la verdadera liberación.

¿A qué extremos conduce el planteamiento descrito y supuestamente "científico"? Por de pronto, a la lucha de clases, asumida como el único mecanismo científicamente válido para superar la situacián de injusticia. Lo expresa el texto de la Instrucción: "La praxis, y la verdad que de ella deriva, son praxis y verdad partidarias, ya que la estructura fundamental de la historia esta marcada por la lucha de clases. Hay, pues, una necesidad objetiva de entrar en la lucha de clases" (VIII, 5).  Señala una consecuencia más: "La ley fundamental de la lucha de clases tiene un carácter de globalidad y de universalidad. Se refleja en todos los campos de la existencia, religiosos, éticos, culturales e institucionales. Con relación a esta ley, ninguno de estos campos es autónomo.  Esta ley constituye el elemento determinante a cada uno" (VIII, 8).

Las derivaciones lógicas de tales premisas son de todo punto inaceptables por lo que tienen de falsas y contrarias a la Revelación y al Magisterio de la Iglesia. Se niega implícitamente "la distinción entre el bien y el mal, principio de la moralidad" (VIII, 8); las practicas litúrgicas, como la Eucaristía, pasarán a ser una celebración del pueblo en lucha (IX, 1); "la lucha de clases es la ley estructural fundamental de la historia" (Thd 2), y ante ella la ley del amor queda reducida a una ilusión (Ibd) incapaz de corregir las deficiencias inherentes al capitalismo (IX, 2). Aún más:  la lucha de clases, motor de la historia, excluye la distinción entre la historia de la salvación y la profana. Escribe G. Gutierrez:

"...no hay dos historias una profana y otra sagrada 'juxtapuestas' o 'estrechamente ligadas', sino un solo devenir humano asumido irreversiblemente por Cristo, Señor de la historia... La historia de la salvación es la entrafla misma de la historia humana"  (Teología  de  La Liberación, ed. cit., p.199). Nada extraño, por tanto, que "se tienda a identificar el Reino de Dios y su devenir con el movimiento de la liberación humana" (IX, 4). De esta manera, "la fe, la esperanza y la caridad reciben un nuevo contenido:  ellas son 'fidelidad a la historia', confianza en el futuro', 'opción por los pobres':

que es como negarlas en su realidad teologal" (IX, 4 y 5), y "de esta nueva concepción se sigue inevitablemente una politización radical de las afirmaciones de la fe y de los juicios teológicos" (IX, 6).

También se tergiversa la realidad de la Iglesia (IX, 8); se pervierte el sentido cristiano del pobre, y la defensa de los derechos de los pobres se resuelve en la lucha de clases (X, 10); y "la estructura sacramental y jerárquica de Ia Iglesia" queda reducida a la Iglesia del pueblo, esto es, "una Iglesia de clase, la Iglesia del pueblo oprimido" (IX, 12 y 13).

En pocas palabras, "la nueva hermenéutica inscrita en las 'teologías de la liberación' conduce a una relectura esencialmente política de la Escritura", afirma la Instrucción vaticana. Añade más: "el error no está aquí en prestarle atención a una dimensión política de los relatos bíblicos.  Está en hacer de esta dimensión la dimensión principal y exclusiva que conduce a una lectura reductora de la Escritura" (X, 5).

La Revelación quedaría supeditada e interpretada a la luz de la misión histórica asumida por la clase proletaria, en lugar de que ésta se dejara iluminar y dirigir por ella, pues, como ya se ha advertido, "se pretende que sólo hay verdad en y por la praxis partidaria" (VIII, 5 a 7; IX, 6).

Frente a esta degradación y reducción del mensaje revelado, la Instrucción observa: "Las exigencias de la promoción humana y de una liberación auténtica, solamente se comprenden a partir de la tarea evangelizadora tomada en toda su integridad. Esta liberación tiene como pilares indispensables la verdad sobre Jesucristo el Salvador, la verdad sobre la Iglesia, la verdad sobre el hombre y su dignidad" (X, 5).

1.      Verdad sobre Jesucristo

Con la verdad sobre Jesucristo se rechaza la visión de Cristo como el profeta de una utopía terrena identificada con el Reino de Dios y modelo de la lucha revolucionaria al servicio de la misma utopía, despojando al mensaje cristiano de todo sentido trascendente. En consecuencia el Documento afirma categóricamente: "está claro que se niega la fe en el Verbo Encarnado, muerto y resucitado por todos los hombres" (X, 11).

Se llega a tan desafortunada conclusión porque, aun cuando aparentemente se respetan las fórmulas de fe, "en particular la del Concilio de Calcedonia, se le atribuye una nueva significación, lo cual es una negación de la fe de la Iglesia" (X, 9). Se rechaza la cristologia recibida de la Tradici6n y se retiene el "Jesu's de la historia", como un agente revolucionano com­prometido en la lucha por la liberaci6n de los pobres.

Es una sola verdad sobre Jesucristo, centro y contenido esencial de la evangelización, recordó Juan Pablo II en Puebla, con palabras de Evangelii Nuntiandi, n. 22: "No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el Reino, el misteno de Jesus de Nazareth Hijo de Dios" (DP, Discurso Inaugural, I, 1, 2).

2.      Verdad sobre La Iglesia

Se reprueba también en la Instrucción la concepción de la Iglesia en términos de clase hasta el punto de identificarla con el proletariado, y comprometida políticamente en la lucha contra la clase explotadora. Se lee en la Instrucción: "La Iglesia, que quiere ser en el mundo entero la Iglesia de los pobres, intenta servir a la noble lucha por la verdad y por la justicia a la luz de las Bienaventuranzas, y ante todo de la bienaventuranza de los pobres de corazón. La Iglesia habla a cada hombre y, por lo tanto, a todos los hombres...  Ella conduce a tener en cuenta "toda realidad humana, toda injusticia, toda tensión, toda lucha" (XI, 5).

3.      Verdad sobre el hombre

La antropología o idea del hombre que se refleja en la Teología de la Liberación censurada por la Instrucción, es de corte "pelagiano". Se atribuye, en efecto, al hombre entregado a la praxis revolucionaria, la instauración del Reino de Dios identificado con la utopía estructural igualitaria (X, 9 y IV, 15). Además, el hecho de lanzarle por el camino de la violencia equivale a la degradación y envilecimiento en las personas que la ejercen y en las victimas (XI, 7) que la padecen.

A tan engañosa imagen del hombre, replica la Instrucción: "Es una ilusión mortal creer que las nuevas estructuras por sí mismas daran origen a un 'hombre nuevo', en el sentido de la verdad del hombre. El cristiano no puede desconocer que el Espíritu Santo, que nos ha sido dado, es la fuente de toda verdadera novedad y que Dios es el Señor de la historia"(IX,9).

Y más adelante: "Una defensa eficaz de la justicia se debe apoyar sobre la verdad del hombre, creado a imagen de Dios y llamado a la gracia de la filiación divina... Por esta razón la lucha por los derechos del hombre, que la Iglesia no cesa de recordar, constituye el auténtico combate por la justicia (XI, 6).

 

V. Normas para una acción social cristiana liberadora

Los juicios contenidos en la Instrucción "contra las graves desviaciones de 'ciertas teologfas de la liberación"' (XI, 1) deberán servir de acicate a todos los creyentes para acudir en socorro de las victimas de la pobreza, guiados únicamente por el espiritu del Evangelio. Gozan de perenne vigencia estas palabras de Pablo VI:

"La evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación reciproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre.  Precisamente por esto la evangelización lleva consigo un mensaje explicito, adaptado a las diversas situaciones y constantemente actualizado, sobre los derechos y deberes de toda persona humana, sobre la vida familiar sin la cual apenas es posible el progreso personal, sobre la vida comunitaria de la sociedad, sobre la vida internacional, la paz, la justicia, el desarrollo; un mensaje especialmente vigoroso en nuestros días, sobre La Liberación (EN, 29).

Cuantos quieran comprometerse a esta obra de promoción humana, en generosa respuesta a las exigencias de la justicia, lo hara'n en colaboraci6n con los obispos y la Iglesia.

Los teólogos se mostraran fieles colaboradores con el Magisterio de la Iglesia en actitud de respeto filial hacia sus enseflanzas.

Toda obra de promoción humana deberá inspirarse en la verdad revelada sobre Jesucristo, la Iglesia y el hombre. Conforme a esta verdad se definiran los términos de la justicia, a la luz de las Bienaventuranzas, excluyendo totalmente cualquier recurso a la violencia.

Es también de inaplazable necesidad formular con exactitud rigurosa el diagnóstico de las verdaderas causas de la pobreza. A la ayuda que puedan prestar en este empeño las ciencias humanas, deberá sumarse el valor de la enseñanza social de la Iglesia.

Para tal propósito es indispensable la colaboración de "personalidades competentes, tanto desde el punto de vista científico y técnico como en el campo de las ciencias humanas o la politica.  Los pastores estarán atentos a la formación de tales personalidades competentes, viviendo profundamente del Evangelio. A los laicos, cuya misión propia es construir la sociedad, corresponde aquí el primer puesto"

(IX, 14).

Frente a las falsas pretensiones de la Teología de la Liberación se opondrán una catequesis y formación religiosa que presenten "la integridad del mensaje de la salvación y los imperativos de la verdadera liberaci6n humana en el marco de este mensaje integral" (IX, 26).

En esta labor de catequesis y formación religiosa, se dará un énfasis especial a aquellas verdades que quedan pervertidas o eliminadas en las teologias de la liberaci6n:

"En esta presentación integral del misterio cristiano, - previene la Instrucción - será oportuno acentuar los aspectos esenciales que las 'teologías de la liberación' tienden especial­mente a desconocer o eliminar: trascendencia y gratuidad de la liberación en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, soberania de su gracia, verdadera naturaleza de los medios de salvación, y en particular de la Iglesia y de los sacramentos.  Se recordará la verdadera significación de la ética para la cual la distinción entre el bien y el mal no podrá ser relativizada, el sentido auténtico del pecado, la necesidad de la conversión y la universalidad de la ley del amor fraterno. Se pondrá en guardia contra una politización de la existencia que, desconociendo a un tiempo la especificidad del Reino de Dios y la trascendencia de la persona, conduce a sacralizar la politica y a captar la religiosidad del pueblo en beneficio de empresas revolucionarias" (XI, 17).

Por ultimo, a quienes se han mantenido vigilantes en mantener la integridad de la ortodoxia se les exhorta a dar particular atención a las exigencias del amor de Dios y del prójimo, del "celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de los pobres y de la pobreza" (XI, 18).

 

25 de enero de 1985