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CARTA
PASTORAL SOBRE 1.
La Pobreza en los Países del Tercer Mundo. El
asombroso progreso científico y tecnológico logrado en la segunda mitad
del siglo XX, que tan azarosamente corre a su fin, no ha bastado para
eliminar de la faz de la tierra el envilecedor y cruel fenómeno de la
pobreza ni siquiera en sus manifestaciones más repulsivas y
degradantes. Tan implacable, despiadada y tenaz condición existe de
manera constante, con rasgos de extrema gravedad, en los paises del
Tercer Mundo. Las cifras en cientos de millones de las victimas del
hambre ocasionada por la pobreza en los pueblos en
desarrollo, eufemismo utilizado para designar el Tercer Mundo,
hieren día a día nuestros ojos y nuestros oidos desde las páginas
de los diarios, las pantallas de televisión y las estaciones de
radio. Tan patente es
este hecho y tan numerosas y prolijas las pruebas que lo avalan, que
nos limitamos a aducir unicamente la autorizada declaración del Banco
Mundial. Estima este organismo que "en los países del Tercer
Mundo 800 millones de personas viven The
World's Oldest Sorrow - No Human Problem Oldest than Starvation",
USA TODAY, January
1985, p.58). Si
a cifra tan elevada se suman los estragos que el hambre y la extenuación
causan en el organismo humano, se podrá vislumbrar, vagamente, la
fuerza deshumanizante y cruel que encierra la pobreza en su mayor
grado de virulencia. 2.
La Pobreza en América Latina. América
Latina, "el continente de la esperanza", como acostumbra a
recordarlo S.S. Juan Pablo II, al que Puerto Rico se halla tan
estrechamente vinculado por múltiples factores de diversa índole,
padece desde siglos el estigma de la pobreza y sus inevitables
consecuencias: El
Episcopado latinoamericano tiene conciencia de estos hechos y les ha
dedicado solícita atención y meticulosos estudios desde todos los
angulos posibles, al impulso de una ejemplar solidaridad y opción
preferencial por los pobres, particularmente los niños, las mujeres y
los ancianos. Fruto de tales estudios, como es sobradamente conocido,
fueron las resoluciones adoptadas en la Conferencia de Medellín (14),
en 1968, el Documento de Puebla de 1979 (1154-1165), y últimamente
dos publicaciones donde se analiza de manera pormenorizada el fenómeno
de la pobreza. Lleva por titulo la primera: "Brecha entre ricos y
pobres en América Latina", impresa en Bogotá el día 8 de marzo
de 1985. Y la segunda, desde una perspectiva más amplia:
"Cinco años después de Puebla", dada a la
publicidad, también en Bogotá, en enero de 1985. Consignamos los títulos
y el tema general de ambas obras, sin detenernos a examinar su
contenido por rebasar el ámbito de esta pastoral orientada
unicamente hacia
la opción
preferencial por los pobres en nuestra amada isla de Puerto Rico. 3.
La Pobreza en los Países Desarrollados. La
pobreza ha alargado sus tentaculos aun a los paises plenamente
desarrollados; a países de avasalladora prosperidad económica y
tecnológica, y del más avanzado sistema social que, a pesar de
ciertas limitaciones, ofrece un considerable grado de protección y
seguridad a Como
es fácil comprender, también la Iglesia Católica de EE.UU. ha
mostrado su opción preferencial por los pobres, idea dominante del
largo texto de 333 párrafos, en apretada impresión tipografica, del
"Borrador de la Carta Pastoral sobre la Enseñanza Social Católica
y la Economía de EE.UU.", dado a la luz el 11 de noviembre de
1984. Una semana antes, un grupo de 31 laicos católicos habia
publicado un estudio similar bajo el titulo:
"Hacia el Futuro. El
Pensamiento Social Católico y la Economía de EE.UU."
A pesar del mérito intrinseco de uno y otro documento, no es
de nuestra incumbencia descender, en esta ocasión a su examen
detallado. 4.
La Pobreza en Puerto Rico. Doloroso
como es el recuerdo de los hechos mencionados en torno a la pobreza y
el de sus innumerables victimas en el Tercer Mundo, en America Latina,
y en EE.UU. entre los paises desarrollados, lo es aun más comprobar
que aquí, en Puerto Rico, existen extensos núcleos de pobreza con su
se quito de lacras sociales, tan contrarias y ofensivas para la
dignidad y los derechos fundamentales de la persona humana. Nos
conmueven ciertamente todos los pobres de Puerto Rico, cualquiera que Primeramente
nos preguntamos ya desde ahora: ¿Qué se entiende por pobreza, cuáles
son sus rasgos más notables y qué remedio cabe darle desde una
concepci6n cristiana de la vida? A)
La pobreza
como problema
sociológico. Persuadidos
de la enorme complejidad del tema, ("the intractable aspects of
the 'culture of poverty"', como se ha escrito en fecha reciente),
nos limitaremos a mencionar las características más comunes de las
situaciones de pobreza en la sociedad puertorriqueña. En
terminos generales, la pobreza está representada
por la
carencia de
las oportunidades y medios indispensables para satisfacer las
necesidades fundamentales de la vida. En esta categoría entran la
alimentación adecuada, la salud, el vestido, la vivienda, la educación.
Estudios realizados sobre la situación social de Puerto Rico (R.
Labarca, W. Walker, M. Rosa, V. Duggal, P. C. Tiestos), comprueban la
existencia de serias deficiencias en las areas mencionadas, y la
presencia de factores familiares, políticos y sociales que los
originan o los
favorecen, es decir, que actúan como agentes promotores de los fenómenos
referidos, inseparables de la pobreza. Mas
antes de proseguir, queremos precisar aún más el sentido atribuído
al término pobreza y su alcance. El Diccionario de Sociología de
Henry Pratt Fairchild, publicado en Mexico en 1960, define la pobreza
"como la privación de bienes materiales en tal grado que impide
el desarollo normal del individuo hasta el punto de comprometer la
integridad de su condición humana".
Por su parte, la Oficina de Oportunidad Económica de Puerto
Rico define "la pobreza, fundamentalmente, como el resultado de
una condición de desigualdad, que establece diferencia de
accesibilidad a los recursos que la propia sociedad considera
deseables y necesarios". Y también: "La esencia de la
pobreza es, por lo tanto, desigualdad, una apropiaci6n
desproporcionada de los recursos disponibles.
Es la negación de unas oportunidades para desarrollar las
potencias del ser humano" (Oficina de
Oportunidad Económica de Puerto Rico, Perfiles de la
Pobreza en Puerto Rico, San Juan, ELA, 1976, p.10). Es,
sin duda, una definición aceptable, en principio, para el propósito
que persigue la presente pastoral; no obstante, la pobreza tiene Un
sentido más amplio y trascendente según se expresó S.S. Juan Pablo
II, en una de sus alocuciones en Venezuela.
Pobres - afirmó -"son todos aquellos que necesitan pan y
conversión, libertad interior y exterior, ayuda B)
Formas que asume la pobreza en Puerto Rico. Fijándonos
primeramente en la pobreza desde el punto de vista económico, llaman
poderosamente nuestra atención los hechos que a continuación se
seflalan, tomados del Estudio Kreps sobre la economía de Puerto Rico,
auspiciado por el Departamento de Comercio de EE.UU. y publicado en
1979: "La población estimada en 1975 era (en P.R.) de 3, 166,000
personas, 62% de las cuales eran pobres de acuerdo con la medida
oficial del umbral de pobreza. Dentro de los grupos vulnerables a la
pobreza como lo son los niños, mujeres y envejecientes, se encontró
que 65% de los envejecientes, 69% de los niños y 74% del total de
familias encabezadas por mujeres, se encontraban en un nivel de
pobreza" (Economic Study of Puerto Rico, vol.11, United
States Department of Commerce, December 1979, pp.687-689). El
valor representativo de estas cifras adquiere un mayor relieve Si se
tiene presente el ingreso "per capita" en Puerto Rico de
$2,472 en 1977 con un valor de $1,113 respecto al año 1954;
aproximadamente el 40% del ingreso general de EE.UU. calculado en
$6,035 (Op. cit. p.687-688). Los
datos aducidos son de manifiesta gravedad. Pueden aducirse otros que añaden
un nuevo grado de patetismo a la situación descrita. Nos
limitamos a enumerar
los más
importantes: a.
"la forma injusta en que se distribuye la riqueza",
denunciada por D. Luis Muñoz Marín, en un discurso pronunciado en
Barranquitas, el 17 de junio de 1973. b.
Altas tasas de desempleo y subempleo, que según datos oficiales se
situaban en 20.1% en 1977. El estudio Kreps - ya citado - advierte que
en el transcurso de 27 aflos, desde 1950 a 1977, se crearon unicamente
143,000 puestos de trabajo, mientras que la población creció, en el
mismo número de años, en 1,101,200. La situación de desempleo ha
empeorado en los años sucesivos, de suerte que en 1983 alcanzaba el
23.4%, que según interpreta W. Dorvillier, del The San Juan Star, 19
abril 1985, es igual a la tasa dominante durante la Gran Depresión de
los años 30, tanto en el continente como en Puerto Rico. Expresa
identica opinión W. Stockton en "Puerto Rico a Dream
Divided" en The New York Times Magazine, del 4 de
noviembre de c. Piensa este mismo escritor que habría hambre en Puerto Rico si no fuera por la asistencia federal destinada mensualmente a subvencionar programas de alimentación, de los que se beneficia aproximadamente la mitad de la población total de la isla (1. cit.) d.
Alta deserción escolar, y analfabetismo, calculado este último
en un 11%. Ambos factores impiden el desarrollo humano, en piano
individual y colectivo, con graves consecuencias para el desarrollo
econ6mico y social de nuestra isla. e.
Los problemas sociales y de salud constituyen otra considerable
rémora al desarrollo económico del país, y son condiciones que agravan
la pobreza. El
alcoholismo de ma's de 100,000 personas afecta indirectamente a unos 500,000
individuos relacionados con ellas; la adicción a drogas, estimada en
73,000 usuarios, más el elevado indice de problemas de salud mental
(22 por 1000) inciden de manera muy negativa en la productividad de
sus victimas. 5.
Causas de la Pobreza. Es
imprescindible examinar científicamente las causas de la pobreza a
fin de hallarle una solución práctica y viable.
No es lícito permanecer en el piano de la abstracción y de la
mera teoría frente a tan despiadado fenómeno y sus numerosas víctimas.
Tampoco vale apelar a tópicos, aunque sean de carácter religioso,
con la pretensión de satisfacer, en alguna forma, la exigencia moral
que grava la conciencia cristiana frente a la pobreza, cualquiera que
sea su forma de manifestarse: indigencia, enfermedad, hambre,
ignorancia, soledad, abandono. No
es empresa fácil sino, por el contrario, ardua y delicada, establecer
de modo rigurosamente científico las causas de la pobreza, dada su Por
nuestra parte, como pastores del pueblo de Dios, de la grey de
creyentes confiada a nuestra pastoral solicitud, nos limitamos a
seflalar y denunciar la causa primordial de la pobreza, que subyace a
todos los estados de privación de bienes materiales y que es preciso
combatir incesantemente, con constancia y fortaleza. La raiz y
principal causa de toda forma de pobreza es, sin duda, el egoísmo, o
sea, la negación generalizada y sistemática del doble precepto del
decálogo: amarás a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a
ti mismo. Es, en realidad, la aspiración sorda que late en el fondo
del corazón humano, de repetir el pecado de Adán, aspirando a la
autosuficiencia, a vivir al margen de Dios, constituyéndose uno mismo
en centro, principio y fin de todo cuanto existe, sin excluir a las
mismas personas. En otras palabras, el pecado es la primera causa de
la pobreza. Podrá nuestro modo de vivir asumir formas y Todas
estas manifestaciones del egoísmo, del culto a la propia persona son
tristemente actitudes de pecado, con sus rasgos inconfundibles de
desorden moral, hedonismo e insensibilidad al dolor ajeno. Originalmente
se trata del pecado personal bajo múltiples y diversas
manifestaciones. Cuando éstas llegan a cristalizar en formas
institucionales aparece el pecado estructural. De esta especie de
pecado tenemos abundantes y penosos ejemplos en el sistema laboral, en
las transacciones económicas, en la administraci6n de justicia, en el
ejercicio de las profesiones de la salud, en el campo de la educación,
y en tantos otros. En todas estas actividades, en toda la estructura
social ha penetrado el virus del pecado, bajo una diversidad de rótulos
como: Hemos
descrito asi el pecado estructural, esto es, el pecado
institucionalizado de mil formas diferentes, pero con un rasgo comun,
inconfundible: el predominio y prepotencia del egoísmo, de los
intereses del propio yo, y el sacrificio del prójimo, a quien se le
hace sentir en su misma came el dolor de la pobreza y la humillación
de sufrir hambre, desnudez, enfermedad, abandono y menosprecio. Su
Santidad Juan Pablo II lo ha definido como pecado social que se comete
de muy diversas maneras:
6.
Respuesta Cristiana a la Pobreza. A
la situación de pecado asi descrita, es preciso hallarle una
respuesta que se ajuste a esta norma del Sínodo 71 sobre la Justicia
Social: "No
pertenece de por sí a la Iglesia, en cuanto comunidad religiosa y
jera'rquica, ofrecer soluciones concretas en el campo social, económico
y politico para la justicia en el mundo. Pero su misión implica la
defensa y la promoción de la dignidad y de los derechos fundamentales
de la persona humana" (II). Para
satisfacer esta doble misión la Iglesia no recurre a la lucha de
clases tan contraria al mandamiento de amor a Dios y al prójimo como
a sí mismo. Es más bien la solución propuesta por un sistema ideológico
ateo y deshumanizado que ciertos autores cristianos llevados de buenas
intenciones han pretendido cohonestar con el espíritu evangélico.
Mas la lucha y la violencia engendran nuevas y más crueles formas de
pecado y de injusticia, y en lugar de redimir al pobre le esclavizan
hasta en lo que tiene de más noble, espiritual y trascendente. Es únicamente
desde el Evangelio, desde el ejemplo y enseñanzas que Cristo nos legó
que se hace posible superar el pecado y sus devastadoras
consecuencias, incluida la pobreza. Cristo en su Evangelio no propuso sistema económico alguno; ni condenó las riquezas; tampoco elogió la pobreza como hecho sociológico, ni por otro lado, se mostró indiferente a sus multiples y dolorosas manifestaciones. No podía hacerlo ni con respecto a las riquezas ni con relación a la pobreza. Las riquezas pueden ser legitimamente adquiridas como efecto de una vida de laboriosidad, ahorro y austeridad de costumbres. Asi las riquezas se interpretaron en la Divina Revelación del Viejo Testamento como signo de las bendiciones de Dios a sus fieles servidores. Pero, con todo, Cristo severamente denunció los peligros de la riqueza, transformada por la malicia de los hombres en idolo al que sacrifican sus vidas y las vidas de sus prójimos. En
el Evangelio encontramos sobradas pruebas de esta actitud de absoluto
rechazo de esta forma de pecado, la apostasia en que cae el hombre
llevado de su codicia para renegar de la lealtad y sumisión que debe
a Dios y la predilección que ha de mostrar al prójimo. Son ejemplo
de tales amonestaciones los juicios que a continuación se recuerdan:
"¡Ay, de vosotros los ricos!, porque habéis recibido vuestro
consuelo" (Lc 6,24); "Mirad, y guardáos de toda codicia,
porque aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus
bienes" (Lc 12,15). De nuevo: "Pero Dios le dijo: ¡Necio!
esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¡para
quién serán?" (lb. 20). Una vez más: "¡Qué difícil será
que entren en el Reino de Dios los que tienen riquezas!" (Mc
10,23). "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una
aguja, que un rico entre en el Reino de Dios" (lb. 25). Un eco de
estos textos, tersos y tajantes, se recoge en estas Palabras de Juan
Pablo II: "Es
bien conocido el cuadro de la civilización consumística, que
consiste en un cierto exceso de bienes necesarios al hombre, a las
sociedades enteras - y aquí se trata precisamente de las sociedades
ricas y muy desarrolladas -mientras las demás, al menos amplios
estratos de las mismas, sufren el hambre, y muchas personas mueren a
diario por media y desnutrición" (Redemptor Hominis, n.
16). Para
la pobreza física, la pobreza extrema, la indigencia, Cristo observó
una actitud de repulsa y no dudó en recurrir al milagro para
combatirla, como repetidas veces ocurrió multplicando el pan para
alivio de las masas hambrientas que le seguian. Vio
también el Señor un gran mérito en la pobreza voluntaria, abrazada
por su causa, para seguirle de una manera más expédita y
desembarazada: "No
toméis oro, ni plata, ni cobre en vuestras fajas" (Mt 10,9). Es
el caso de la pobreza aceptada, elegida por una causa más noble,
precisamente para que sea más eficaz, auténtico y sincero el
testimonio que sus discípulos, los cristianos, están obligados y
comprometidos a dar con sus vidas, esto es: de amor a Dios sobre todas
las cosas y al prójimo, por amor de Dios, como a sí mismo. Siendo
esta la herencia que hemos recibido de Cristo, si sus enseñanzas y su
ejemplo han de ser norma obligada de nuestra vida cristiana, ya se
dejan entrever las notas características de nuestra opción por los
pobres, de suerte que utilicemos los bienes de este mundo
como
instrumentos de virtud y santidad para sus dueños, y para las
victimas de la pobreza también. En otras palabras, debemos concretar
aquellos principios evangélicos que harán verdaderamente fecunda
nuestra opción preferencial por los pobres. 7.
Notas Esenciales de la Opción Preferencial por los Pobres. Si
la vida del hombre no se ha de desarrollar en un círculo cerrado
sobre sí mismo, en un interminable monólogo sin apertura alguna al
prójimo, negando así lo que el primer mandamiento de la ley de Dios
nos exige; y si por otra parte, la pobreza incluye también el pecado,
es evidente que la solucián habrá de buscarse en la conversión
interior operada por la gracia. Se requiere una total renovación
espiritual, una revisión de los valores que han presidido nuestra
vida hasta ahora, una renuncia tajante al pecado bajo cualquier forma
que se disfrace y oculte. Conversión operada por la eficacia de la
gracia, que nos llega por medio de los sacramentos, la penitencia
especialmente, seguida de la Eucaristía, y que luego se refleja en
nuestra conducta, guiada en todo momento por la luz de nuestra fe
cristiana. La
conversión puede ser sincera; retenemos, no obstante, la libertad;
también la concupiscencia, con lo cual queda dicho que la lucha
contra el pecado no debe cesar nunca porque mientras el perdure, bajo
cualquier forma que sea, se darán tambien fenómenos de A
la conversión traducida en buenas obras, en todos los terrenos donde
se haga presente la pobreza, nos mueve nuestra vocación de
cristianos, más explicitamente declarada en los ineludibles mandatos
de la justicia y de la caridad social. La
justicia social parte del supuesto del destino universal de los
bienes; del derecho que asiste a cada hombre a participar en la posesión
y uso de los mismos conforme a los propios mentos y necesidades. Y hay
necesidades fundamentales, derechos sagrados e imprescriptibles que
exigen bienes o recursos materiales para su alivio y satisfacción. No
será superfluo recordarlos una vez más. Necesita el hombre, por razón
de su dignidad innata, alimentarse, vestirse honestamente, disponer de
una vivienda digna, cultivar por medio de la educación sus facultades
más nobles, elevar el nivel moral y espiritual, incesantemente, de su
existencia. A lograr estos fines debe ordenarse la estructura total
del Estado, la vida politica y Pero
precisando aun más el contenido ideológico de la justicia social, se
reproducen aquí los pensamientos expresados sobre el tema por un
experto en derecho natural: "Si
se analiza desapasionadamente lo que bajo la invocación de la
'justicia social' se reclama, resulta que no es otra cosa sino el
restablecimiento de aquella igualdad humana fundamental en el ambito
de lo socialeconómico. Por ello no se reclama una igualdad
absoluta, una perfecta homogeneid ad económica, y quienes esto
pretenden, se señala, tuercen el sentido de la justicia social...
La 'justicia social' se invoca frente a una estructuración del
orden económico que hace imposible que las relaciones humanas que en
su ambito se desenvuelven, puedan adecuarse al principio general de la
justicia: una diferencia según el mérito respectivo de las partes
dentro de la igualdad fundamental de naturaleza" (J. Delgado
Pinto, "La Justicia Social",
Anales de Moral Social y Econdmica, Madrid 1962, vol. 1,
pp. 79.80). La
justicia, en cualquiera de sus formas, incluida la social, por estar
ejercida por hombres, nunca será perfecta o total. Habrá fallos y
habrá victimas de la injusticia y abandono, y por consiguiente habrá
siempre pobreza. A ella
le corresponde, por motivos sobrenaturales puesto ·"La
caridad divina, es bien cierta verdad, se presenta como esencialmente
social y la primera de las virtudes sociales. Si, en efecto, lo social
se define por el orden a los demás o a la alteridad, y califica todos
aquellos principios, virtudes y normas que llevan a asociarse y unirse
a los otros, a formar con ellos los varios grupos de convivencia
ordenada que llamamos sociedades, he aqui que la caridad divina es
propuesta en la revelación como la norma fundamental para la unión
social y convivencia de los hombres, ya que constituye el amor
sincero, eficaz y universal del prójimo, que debe unir en lazos de
efectiva fraternidad a la humanidad entera" (T. Urdanoz,
"Caridad Social, Alma y Complemento del Orden Social", Anales
de Moral Social y Econdmica, Madrid 1962, vol. 1, p. 13). Han
de ser los primeros beneficiarios de las obras de una y otra virtud,
de la justicia social y de la caridad social, los más desvalidos: los
niños y mujeres y ancianos desamparados; los que viven en soledad,
sin empleo, victimas de la De
todos estos modelos de pobreza hay ejemplos de Puerto Rico, y tambien
en el resto del mundo. La
caridad y la justicia han de comenzar por aquellos que nos son más próximos,
más cercanos, es decir, por nuestros conciudadanos y compatriotas.
Debemos ejercer una y otra virtud con generosidad, con alegría, con
un profundo sentido de servicio a Dios en el prójimo desamparado, y
como una forma de agradecerle el que nos haya librado de correr una
suerte igual de privaciones y sufrimientos. Nadie debe sentirse
tranquilo mientras a su lado vea sufrir a un ser humano a quien pueda
socorrer en un grado más o menos eficaz. Recuérdense las palabras de
San Ambrosio: "El pan que tú retienes es de los que tienen
hambre; de los que estan desnudos el vestido que tú guardas; libertad
y rescate de los miserables, el dinero que tú escondes en la
tierra." Y
el testimonio más expresivo aún y conmovedor del apóstol Santiago: "¿De
qué sirve, hermanos mios, que alguien diga:
'Tengo fé, si no tiene obras? ¿Acaso podré salvarle la fe?
Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario,
y alguno de vosotros les dice: 'Idos
en paz, calentaos y hartaos', pero no les dáis lo necesario para el
cuerpo, ¿de qué sirve? Asi
también la fe, si
no tiene obras, está realmente muerta" (Sant. 2, 14-17). No
es posible adoptar otra actitud, otra respuesta en nombre de la ley
natural, del derecho de gentes, de la dignidad humana, y, sobre
todo, de la ley de Dios, para quienes ejercen la autoridad pu'blica y
para cuantos viven sujetos a ella. Rehuir el cumplimiento de tan
sagrados deberes equivale a una abdicaci6n y deserci6n de lo que es
ma's connatural al hombre y ma's le engrandece: asociarse, por Dios,
al dolor ajeno, y tratar de aliviarlo compartiendo en justicia y
caridad los recursos materiales en la medida de lo posible. No hay
mayor desgracia para un ser humano como es la de ilegar al fin de sus
dias rico en bienes de fortuna y corto en obras de misericordia. El ha
atraido sobre Si la terrible e inapelable sentencia:
"tuve hambre y no me disteis de comer...". Entendida
en los términos expuestos la opción preferencial por los pobres, es
deber de la Iglesia adoptar una serie de medidas encaminadas a
combatir la pobreza. Será la primera esta orientaci6n pastoral de la
Conferencia de Medellín: "Sus
pastores y demás miembros del pueblo de Dios han de dar a su vida y
sus palabras, a sus actitudes y su acción, la coherencia necesaria
con las exigencias evangélicas y las necesidades de los hombres
latinoamericanos" (CELAM, Medellín:
Conclusiones, Bogotá', Colombia 1974, p.105). A
esta norma se sumarán las siguientes: La
obra es noble y difícil y requiere mucha virtud. Los recursos no son
inferiores en terminos de valores espirituales:
la acción del Espíritu se ofrece a todos. El don de piedad
suple pródigamente los defectos que puedan acompañar a nuestras
obras de justicia y caridad. A
tanto y a nada menos nos obliga la integridad de nuestra fe cristiana,
y no a improvisar soluciones que niegan, sin advertirlo, el
principio fundamental de la convivencia y de la fraternidad humana:
el precepto del amor a Dios y del prójimo. El
Evangelio, la tradición multisecular de la Iglesia, la enseñanza
social de los Papas, los documentos de Medellín (14) y Puebla
(1134-1165), no ofrecen otra fórmula. Reiteradamente nos instan a
mantenernos fieles en la opción preferencial por los pobres, como
parte esencial de nuestra vida cristiana. Conclusión Una
feliz coincidencia hace que dirijamos esta pastoral a nuestras
comunidades de fieles providencialmente en la Solemnidad de
Pentecostés.
Recuerda esta festividad el día en que públicamente se manifestó la
Iglesia y descendió Suplicamos
la luz de su sabiduría, la fuerza y el consuelo de su aliento divino
para cuantos se ven oprimidos por la pobreza. Y
para
aquellos que han sido bendecidos por Dios con abundancia de bienes
materiales, elevamos nuestras plegarias al mismo divino Paráclito a
fin de que llene sus corazones del don de piedad, y los mantenga
siempre en tensión de justicia y caridad social para con los
desheredados
de la fortuna. Finalmente,
le imploramos que se digne bendecir y hacer que prospere nuestra
opción preferencial por los pobres, y nos sostenga en la lucha sin
tregua contra el pecado, ya sea personal o estructural, que es la raiz
de donde se originan todas las formas de pobreza. El éxito en esta
empresa está rigurosamente condicionado por la acción del Espíritu
Santo, primer artífice de la santificación de las almas y dispensador
de los misterios de Cristo. El
Espíritu Santo, en efecto, actúa directamente sobre las almas, las
transforma por la conversión; y las hace ejercitarse en toda clase de
virtudes y buenas obras conforme a las exigencias de nuestra vocación cristiana. Ejerce
su acción bienhechora por medio de los dones, Suplicamos
a Nuestra Señora de la Divina Providencia que sea nuestra medianera
ante el Espiritu consolador y bendiga nuestros buenos prop6sitos en
favor de los pobres. 26
de mayo de 1985,
Domingo de Pentecostés |