CARTA PASTORAL SOBRE LA OPCION PREFERENCIAL POR LOS POBRES Y LA VIDA CRISTIANA

1.     La Pobreza en los Países del Tercer Mundo.

El asombroso progreso científico y tecnológico logrado en la segunda mitad del siglo XX, que tan azarosamente corre a su fin, no ha bastado para eliminar de la faz de la tierra el envilecedor y cruel fenómeno de la pobreza ni siquiera en sus manifestaciones más repulsivas y degradantes. Tan implacable, despiadada y tenaz condición existe de manera constante, con rasgos de extrema gravedad, en los paises del Tercer Mundo. Las cifras en cientos de millones de las victimas del hambre ocasionada por la pobreza en los pueblos en  desarrollo, eufemismo utilizado para designar el Tercer Mundo, hieren día a día nuestros ojos y nuestros oidos desde las páginas de los diarios, las pantallas de televisión y las estaciones de radio.  Tan patente es este hecho y tan numerosas y prolijas las pruebas que lo avalan, que nos limitamos a aducir unicamente la autorizada declaración del Banco Mundial. Estima este organismo que "en los países del Tercer Mundo 800 millones de personas viven en tal estado de hórrida pobreza que no les permite asegurarse la dieta adecuada más imprescindible" (J. Miller y M. Miller, "Hunger:

The World's Oldest Sorrow - No Human Problem Oldest than Starvation", USA TODAY, January 1985, p.58). Si a cifra tan elevada se suman los estragos que el hambre y la extenuación causan en el organismo humano, se podrá vislumbrar, vagamente, la fuerza deshumanizante y cruel que encierra la pobreza en su mayor grado de virulencia.

 

2.     La Pobreza en América Latina.

América Latina, "el continente de la esperanza", como acostumbra a recordarlo S.S. Juan Pablo II, al que Puerto Rico se halla tan estrechamente vinculado por múltiples factores de diversa índole, padece desde siglos el estigma de la pobreza y sus inevitables consecuencias:   hambre, enfermedad, analfabetismo, desempleo, hacinamiento en las viviendas, carencia de agua potable, sistemas de higiene y alcantarillado, etc. (lb. p.59, col. la). Nada extraño es que la pobreza tenga una presencia tan general y abrumadora en Latinoamerica donde, segun informes de la "Food and Agriculture Organization of the United  Nations"  (FAO),  se  halla bajo explotación menos de un 20% de la tierra apta para el cultivo (lb. p.58, col. la). Por otra parte, 10% de los agricultores son dueños del 90% de la tierra; y el 60% de la población rural es gente desheredada o desposeida de las tierras de labor (lb. p.59, col. la).

El Episcopado latinoamericano tiene conciencia de estos hechos y les ha dedicado solícita atención y meticulosos estudios desde todos los angulos posibles, al impulso de una ejemplar solidaridad y opción preferencial por los pobres, particularmente los niños, las mujeres y los ancianos. Fruto de tales estudios, como es sobradamente conocido, fueron las resoluciones adoptadas en la Conferencia de Medellín (14), en 1968, el Documento de Puebla de 1979 (1154-1165), y últimamente dos publicaciones donde se analiza de manera pormenorizada el fenómeno de la pobreza. Lleva por titulo la primera: "Brecha entre ricos y pobres en América Latina", impresa en Bogotá el día 8 de marzo de 1985. Y la segunda, desde una perspectiva más amplia:  "Cinco años después de Puebla", dada a la publicidad, también en Bogotá, en enero de 1985. Consignamos los títulos y el tema general de ambas obras, sin detenernos a examinar su contenido por rebasar el ámbito de esta pastoral orientada  unicamente  hacia  la  opción preferencial por los pobres en nuestra amada isla de Puerto Rico.

 

3.     La Pobreza en los Países Desarrollados.

La pobreza ha alargado sus tentaculos aun a los paises plenamente desarrollados; a países de avasalladora prosperidad económica y tecnológica, y del más avanzado sistema social que, a pesar de ciertas limitaciones, ofrece un considerable grado de protección y seguridad a los sectores de la ciudadanía con insuficientes recursos. Es el caso de los EE.UU. de America del Norte, donde la población pobre, en términos relativos al sistema de vida allí imperante, oscila entre los 18 y 35 millones.

Como es fácil comprender, también la Iglesia Católica de EE.UU. ha mostrado su opción preferencial por los pobres, idea dominante del largo texto de 333 párrafos, en apretada impresión tipografica, del "Borrador de la Carta Pastoral sobre la Enseñanza Social Católica y la Economía de EE.UU.", dado a la luz el 11 de noviembre de 1984. Una semana antes, un grupo de 31 laicos católicos habia publicado un estudio similar bajo el titulo:  "Hacia el Futuro.  El Pensamiento Social Católico y la Economía de EE.UU."  A pesar del mérito intrinseco de uno y otro documento, no es de nuestra incumbencia descender, en esta ocasión a su examen detallado.

 

4. La Pobreza en Puerto Rico.

Doloroso como es el recuerdo de los hechos mencionados en torno a la pobreza y el de sus innumerables victimas en el Tercer Mundo, en America Latina, y en EE.UU. entre los paises desarrollados, lo es aun más comprobar que aquí, en Puerto Rico, existen extensos núcleos de pobreza con su se quito de lacras sociales, tan contrarias y ofensivas para la dignidad y los derechos fundamentales de la persona humana. Nos conmueven ciertamente todos los pobres de Puerto Rico, cualquiera que sea el grado o extremo de sus privaciones, y a todos queremos llevar el alivio y consuelo que tan justamente reclaman y esperan, en la medida de nuestras posibilidades y en nuestra condici6n de heraldos del Evangelio, en nombre de la justicia y de la caridad, cada una en su respectiva dimensión social. A ello se ordenan los pensamientos recogidos en el texto de esta carta pastoral.

Primeramente nos preguntamos ya desde ahora: ¿Qué se entiende por pobreza, cuáles son sus rasgos más notables y qué remedio cabe darle desde una concepci6n cristiana de la vida?

A)   La  pobreza  como  problema sociológico.

Persuadidos de la enorme complejidad del tema, ("the intractable aspects of the 'culture of poverty"', como se ha escrito en fecha reciente), nos limitaremos a mencionar las características más comunes de las situaciones de pobreza en la sociedad puertorriqueña.

En terminos generales, la pobreza está representada  por  la  carencia  de  las oportunidades y medios indispensables para satisfacer las necesidades fundamentales de la vida. En esta categoría entran la alimentación adecuada, la salud, el vestido, la vivienda, la educación. Estudios realizados sobre la situación social de Puerto Rico (R. Labarca, W. Walker, M. Rosa, V. Duggal, P. C. Tiestos), comprueban la existencia de serias deficiencias en las areas mencionadas, y la presencia de factores familiares, políticos y sociales que los originan o los favorecen, es decir, que actúan como agentes promotores de los fenómenos referidos, inseparables de la pobreza.

Mas antes de proseguir, queremos precisar aún más el sentido atribuído al término pobreza y su alcance. El Diccionario de Sociología de Henry Pratt Fairchild, publicado en Mexico en 1960, define la pobreza "como la privación de bienes materiales en tal grado que impide el desarollo normal del individuo hasta el punto de comprometer la integridad de su condición humana".   Por su parte, la Oficina de Oportunidad Económica de Puerto Rico define "la pobreza, fundamentalmente, como el resultado de una condición de desigualdad, que establece diferencia de accesibilidad a los recursos que la propia sociedad considera deseables y necesarios". Y también: "La esencia de la pobreza es, por lo tanto, desigualdad, una apropiaci6n desproporcionada de los recursos disponibles.   Es la negación de unas oportunidades para desarrollar las potencias del ser  humano"  (Oficina  de  Oportunidad Económica de Puerto Rico, Perfiles de la Pobreza en Puerto Rico, San Juan, ELA, 1976, p.10).

Es, sin duda, una definición aceptable, en principio, para el propósito que persigue la presente pastoral; no obstante, la pobreza tiene Un sentido más amplio y trascendente según se expresó S.S. Juan Pablo II, en una de sus alocuciones en Venezuela.  Pobres - afirmó -"son todos aquellos que necesitan pan y conversión, libertad interior y exterior, ayuda material y liberación del pecado". En verdad, entendido como actitud negativa personal o en su acepción social o estructural, el pecado desfigura la imagen de Dios en el hombre en un grado mucho más devastador que cualquier forma de explotación social o económica.

B)  Formas que asume la pobreza en Puerto Rico.

Fijándonos primeramente en la pobreza desde el punto de vista económico, llaman poderosamente nuestra atención los hechos que a continuación se seflalan, tomados del Estudio Kreps sobre la economía de Puerto Rico, auspiciado por el Departamento de Comercio de EE.UU. y publicado en 1979: "La población estimada en 1975 era (en P.R.) de 3, 166,000 personas, 62% de las cuales eran pobres de acuerdo con la medida oficial del umbral de pobreza. Dentro de los grupos vulnerables a la pobreza como lo son los niños, mujeres y envejecientes, se encontró que 65% de los envejecientes, 69% de los niños y 74% del total de familias encabezadas por mujeres, se encontraban en un nivel de pobreza" (Economic Study of Puerto Rico, vol.11, United States Department of Commerce, December 1979, pp.687-689).

El valor representativo de estas cifras adquiere un mayor relieve Si se tiene presente el ingreso "per capita" en Puerto Rico de $2,472 en 1977 con un valor de $1,113 respecto al año 1954; aproximadamente el 40% del ingreso general de EE.UU. calculado en $6,035 (Op. cit. p.687-688).

Los datos aducidos son de manifiesta gravedad. Pueden aducirse otros que añaden un nuevo grado de patetismo a la situación descrita. Nos  limitamos  a  enumerar  los  más importantes:

a. "la forma injusta en que se distribuye la riqueza", denunciada por D. Luis Muñoz Marín, en un discurso pronunciado en Barranquitas, el 17 de junio de 1973.

b. Altas tasas de desempleo y subempleo, que según datos oficiales se situaban en 20.1% en 1977. El estudio Kreps - ya citado - advierte que en el transcurso de 27 aflos, desde 1950 a 1977, se crearon unicamente 143,000 puestos de trabajo, mientras que la población creció, en el mismo número de años, en 1,101,200. La situación de desempleo ha empeorado en los años sucesivos, de suerte que en 1983 alcanzaba el 23.4%, que según interpreta W. Dorvillier, del The San Juan Star, 19 abril 1985, es igual a la tasa dominante durante la Gran Depresión de los años 30, tanto en el continente como en Puerto Rico. Expresa identica opinión W. Stockton en "Puerto Rico a Dream Divided" en The New York Times Magazine, del 4 de noviembre de 1984.

c. Piensa este mismo escritor que habría hambre en Puerto Rico si no fuera por la asistencia federal destinada mensualmente a subvencionar programas de alimentación, de los que se beneficia aproximadamente la mitad de la población total de la isla (1. cit.)

d.    Alta deserción escolar, y analfabetismo, calculado este último en un 11%. Ambos factores impiden el desarrollo humano, en piano individual y colectivo, con graves consecuencias para el desarrollo econ6mico y social de nuestra isla.

e.     Los problemas sociales y de salud constituyen otra considerable rémora al desarrollo económico del país, y son condiciones que agravan la pobreza.  El alcoholismo de ma's de 100,000 personas afecta indirectamente a unos

500,000 individuos relacionados con ellas; la adicción a drogas, estimada en 73,000 usuarios, más el elevado indice de problemas de salud mental (22 por 1000) inciden de manera muy negativa en la productividad de sus victimas.

 

5.     Causas de la Pobreza.

Es imprescindible examinar científicamente las causas de la pobreza a fin de hallarle una solución práctica y viable.  No es lícito permanecer en el piano de la abstracción y de la mera teoría frente a tan despiadado fenómeno y sus numerosas víctimas. Tampoco vale apelar a tópicos, aunque sean de carácter religioso, con la pretensión de satisfacer, en alguna forma, la exigencia moral que grava la conciencia cristiana frente a la pobreza, cualquiera que sea su forma de manifestarse: indigencia, enfermedad, hambre, ignorancia, soledad, abandono.

No es empresa fácil sino, por el contrario, ardua y delicada, establecer de modo rigurosamente científico las causas de la pobreza, dada su complejidad, sus diversas manifestaciones y las innumerables victimas que ocasiona.  Es una labor que debe quedar reservada a los sociólogos, trabajadores sociales, economistas y políticos; una labor altamente meritoria y laudable. La Iglesia no puede mostrarse ajena a este estudio; debe contar con personal técnico adecuado, de modo especial en los centros de enseñanza superior, que se preste a realizarla en nombre de la ciencia, y de la profesión que ejercen; por humanidad ante el dolor y el infortunio, y, más que nada, por espiritu de justicia social y caridad cristiana.

Por nuestra parte, como pastores del pueblo de Dios, de la grey de creyentes confiada a nuestra pastoral solicitud, nos limitamos a seflalar y denunciar la causa primordial de la pobreza, que subyace a todos los estados de privación de bienes materiales y que es preciso combatir incesantemente, con constancia y fortaleza. La raiz y principal causa de toda forma de pobreza es, sin duda, el egoísmo, o sea, la negación generalizada y sistemática del doble precepto del decálogo: amarás a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo. Es, en realidad, la aspiración sorda que late en el fondo del corazón humano, de repetir el pecado de Adán, aspirando a la autosuficiencia, a vivir al margen de Dios, constituyéndose uno mismo en centro, principio y fin de todo cuanto existe, sin excluir a las mismas personas. En otras palabras, el pecado es la primera causa de la pobreza. Podrá nuestro modo de vivir asumir formas y disfraces varios, y aun cubrirse con atributos de virtud; a pesar de todo, la conciencia cristiana descubrirá bajo tales artificios, los gérmenes de pecado y las obras de pecado. Unas veces será la excesiva codicia; "la raiz de todos los males es el afán de dinero", nos dice San Pablo (I Tim. 6, 10). Otras, será la indolencia y la molicie, el lujo excesivo, el afán de placeres; en una palabra, el derroche "consumista".

Todas estas manifestaciones del egoísmo, del culto a la propia persona son tristemente actitudes de pecado, con sus rasgos inconfundibles de desorden moral, hedonismo e insensibilidad al dolor ajeno.

Originalmente se trata del pecado personal bajo múltiples y diversas manifestaciones. Cuando éstas llegan a cristalizar en formas institucionales aparece el pecado estructural. De esta especie de pecado tenemos abundantes y penosos ejemplos en el sistema laboral, en las transacciones económicas, en la administraci6n de justicia, en el ejercicio de las profesiones de la salud, en el campo de la educación, y en tantos otros. En todas estas actividades, en toda la estructura social ha penetrado el virus del pecado, bajo una diversidad de rótulos como: salarios de hambre, falseamiento de la enseñanza, explotación de la enfermedad, real o fingida, por los profesionales de la salud y por los mismos enfermos; prestaciones e intereses monetarios fijados por un espíritu de despojo y rapiña; agresión a la propiedad privada o a la integridad moral y física de las personas; frustración de los procesos legales por medio del soborno e incluso del perjurio. Situaciones son éstas que han invadido y ejercen un maléfico dominio en todo el organismo social, como se comprueba por las declaraciones ocasionales de funcionarios públicos, de los medios de comunicación social; y como atestigua la conciencia de toda persona adulta, cualquiera que sea la profesión, servicio u oficio que ejerce en el ajetreado discurrir de la vida diana.

Hemos descrito asi el pecado estructural, esto es, el pecado institucionalizado de mil formas diferentes, pero con un rasgo comun, inconfundible: el predominio y prepotencia del egoísmo, de los intereses del propio yo, y el sacrificio del prójimo, a quien se le hace sentir en su misma came el dolor de la pobreza y la humillación de sufrir hambre, desnudez, enfermedad, abandono y menosprecio. Su Santidad Juan Pablo II lo ha definido como pecado social que se comete de muy diversas maneras: contra la justicia, el derecho a la vida y la integridad física de las personas, o contra la libertad, dignidad y amor del prójimo. Es también social el pecado de los dirigentes políticos, financieros y sindicales, e incluso de los simples obreros cuando deliberadamente atentan con sus actuaciones contra el bien comun (cf. Reconciliatio et Paenitentia, n. 16).

 

6. Respuesta Cristiana a la Pobreza.

A la situación de pecado asi descrita, es preciso hallarle una respuesta que se ajuste a esta norma del Sínodo 71 sobre la Justicia Social:

"No pertenece de por sí a la Iglesia, en cuanto comunidad religiosa y jera'rquica, ofrecer soluciones concretas en el campo social, económico y politico para la justicia en el mundo. Pero su misión implica la defensa y la promoción de la dignidad y de los derechos fundamentales de la persona humana" (II).

Para satisfacer esta doble misión la Iglesia no recurre a la lucha de clases tan contraria al mandamiento de amor a Dios y al prójimo como a sí mismo. Es más bien la solución propuesta por un sistema ideológico ateo y deshumanizado que ciertos autores cristianos llevados de buenas intenciones han pretendido cohonestar con el espíritu evangélico. Mas la lucha y la violencia engendran nuevas y más crueles formas de pecado y de injusticia, y en lugar de redimir al pobre le esclavizan hasta en lo que tiene de más noble, espiritual y trascendente. Es únicamente desde el Evangelio, desde el ejemplo y enseñanzas que Cristo nos legó que se hace posible superar el pecado y sus devastadoras consecuencias, incluida la pobreza.

Cristo en su Evangelio no propuso sistema económico alguno; ni condenó las riquezas; tampoco elogió la pobreza como hecho sociológico, ni por otro lado, se mostró indiferente a sus multiples y dolorosas manifestaciones. No podía hacerlo ni con respecto a las riquezas ni con relación a la pobreza.  Las riquezas pueden ser legitimamente adquiridas como efecto de una vida de laboriosidad, ahorro y austeridad de costumbres. Asi las riquezas se interpretaron en la Divina Revelación del Viejo Testamento como signo de las bendiciones de Dios a sus fieles servidores.  Pero, con todo, Cristo severamente denunció los peligros de la riqueza, transformada por la malicia de los hombres en idolo al que sacrifican sus vidas y las vidas de sus prójimos.

En el Evangelio encontramos sobradas pruebas de esta actitud de absoluto rechazo de esta forma de pecado, la apostasia en que cae el hombre llevado de su codicia para renegar de la lealtad y sumisión que debe a Dios y la predilección que ha de mostrar al prójimo. Son ejemplo de tales amonestaciones los juicios que a continuación se recuerdan: "¡Ay, de vosotros los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo" (Lc 6,24); "Mirad, y guardáos de toda codicia, porque aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes" (Lc 12,15). De nuevo: "Pero Dios le dijo: ¡Necio! esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¡para quién serán?" (lb. 20). Una vez más: "¡Qué difícil será que entren en el Reino de Dios los que tienen riquezas!" (Mc 10,23). "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios" (lb. 25). Un eco de estos textos, tersos y tajantes, se recoge en estas Palabras de Juan Pablo II:

"Es bien conocido el cuadro de la civilización consumística, que consiste en un cierto exceso de bienes necesarios al hombre, a las sociedades enteras - y aquí se trata precisamente de las sociedades ricas y muy desarrolladas -mientras las demás, al menos amplios estratos de las mismas, sufren el hambre, y muchas personas mueren a diario por media y desnutrición" (Redemptor Hominis, n. 16).

Para la pobreza física, la pobreza extrema, la indigencia, Cristo observó una actitud de repulsa y no dudó en recurrir al milagro para combatirla, como repetidas veces ocurrió mult­plicando el pan para alivio de las masas hambrientas que le seguian.

Vio también el Señor un gran mérito en la pobreza voluntaria, abrazada por su causa, para seguirle de una manera más expédita y desembarazada:  "No toméis oro, ni plata, ni cobre en vuestras fajas" (Mt 10,9). Es el caso de la pobreza aceptada, elegida por una causa más noble, precisamente para que sea más eficaz, auténtico y sincero el testimonio que sus discípulos, los cristianos, están obligados y comprometidos a dar con sus vidas, esto es: de amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo, por amor de Dios, como a sí mismo.

Siendo esta la herencia que hemos recibido de Cristo, si sus enseñanzas y su ejemplo han de ser norma obligada de nuestra vida cristiana, ya se dejan entrever las notas características de nuestra opción por los pobres, de suerte que utilicemos los bienes de este mundo como instrumentos de virtud y santidad para sus dueños, y para las victimas de la pobreza también. En otras palabras, debemos concretar aquellos principios evangélicos que harán verdaderamente fecunda nuestra opción preferencial por los pobres.

 

7.       Notas Esenciales de la Opción Preferencial por los Pobres.

Si la vida del hombre no se ha de desarrollar en un círculo cerrado sobre sí mismo, en un interminable monólogo sin apertura alguna al prójimo, negando así lo que el primer mandamiento de la ley de Dios nos exige; y si por otra parte, la pobreza incluye también el pecado, es evidente que la solucián habrá de buscarse en la conversión interior operada por la gracia. Se requiere una total renovación espiritual, una revisión de los valores que han presidido nuestra vida hasta ahora, una renuncia tajante al pecado bajo cualquier forma que se disfrace y oculte. Conversión operada por la eficacia de la gracia, que nos llega por medio de los sacramentos, la penitencia especialmente, seguida de la Eucaristía, y que luego se refleja en nuestra conducta, guiada en todo momento por la luz de nuestra fe cristiana.

La conversión puede ser sincera; retenemos, no obstante, la libertad; también la concupiscencia, con lo cual queda dicho que la lucha contra el pecado no debe cesar nunca porque mientras el perdure, bajo cualquier forma que sea, se darán tambien fenómenos de pobreza. Lo contrario equivaldría a haber logrado ya, de manera plena, total y perfectamente acabada la implantación del Reino de Dios en el mundo, una realidad que sólo se logrará al fin de los tiempos. Una cosa habremos conseguido, sin embargo, y será ella nuestra mayor gloria y fuente de gozo, paz y alegria: haber vivido, a pesar de las limitaciones que nos son inherentes, el precepto cristiano del amor a Dios sobre todas las cosas y a nuestro pr6jimo, por Dios, como a nosotros mismos.

A la conversión traducida en buenas obras, en todos los terrenos donde se haga presente la pobreza, nos mueve nuestra vocación de cristianos, más explicitamente declarada en los ineludibles mandatos de la justicia y de la caridad social.

La justicia social parte del supuesto del destino universal de los bienes; del derecho que asiste a cada hombre a participar en la posesión y uso de los mismos conforme a los propios mentos y necesidades. Y hay necesidades fundamentales, derechos sagrados e imprescriptibles que exigen bienes o recursos materiales para su alivio y satisfacción. No será superfluo recordarlos una vez más. Necesita el hombre, por razón de su dignidad innata, alimentarse, vestirse honestamente, disponer de una vivienda digna, cultivar por medio de la educación sus facultades más nobles, elevar el nivel moral y espiritual, incesantemente, de su existencia. A lograr estos fines debe ordenarse la estructura total del Estado, la vida politica y económica del pais, y la voluntad y espiritu de servicio de cuantos ejercen la autoridad como un sagrado ministeno, pues son depositarios de una potestad que Dios mismo les ha confiado.

Pero precisando aun más el contenido ideológico de la justicia social, se reproducen aquí los pensamientos expresados sobre el tema por un experto en derecho natural:

"Si se analiza desapasionadamente lo que bajo la invocación de la 'justicia social' se reclama, resulta que no es otra cosa sino el restablecimiento de aquella igualdad humana fundamental en el ambito de lo social­económico. Por ello no se reclama una igualdad absoluta, una perfecta homogeneid ad económica, y quienes esto pretenden, se señala, tuercen el sentido de la justicia social...  La 'justicia social' se invoca frente a una estructuración del orden económico que hace imposible que las relaciones humanas que en su ambito se desenvuelven, puedan adecuarse al principio general de la justicia: una diferencia según el mérito respectivo de las partes dentro de la igualdad fundamental de naturaleza" (J. Delgado Pinto, "La Justicia Social",  Anales de Moral Social y Econdmica, Madrid 1962, vol. 1, pp. 79.80).

La justicia, en cualquiera de sus formas, incluida la social, por estar ejercida por hombres, nunca será perfecta o total. Habrá fallos y habrá victimas de la injusticia y abandono, y por consiguiente habrá siempre pobreza.  A ella le corresponde, por motivos sobrenaturales puesto que la sociedad humana, la sociabilidad, es un atributo que el hombre ha recibido de Dios, le corresponde, repetimos, poner en juego las obras de misericordia y beneficencia, que tanto honran a la humanidad, que tan heroicamente han ejercido los santos, y que tan fiel y constantemente ha proclamado, ensalzado y practicado la Iglesia a través de los siglos, en todos los rincones de la tierra. Con razón observa un teólogo de nuestros días:

·"La caridad divina, es bien cierta verdad, se presenta como esencialmente social y la primera de las virtudes sociales. Si, en efecto, lo social se define por el orden a los demás o a la alteridad, y califica todos aquellos principios, virtudes y normas que llevan a asociarse y unirse a los otros, a formar con ellos los varios grupos de convivencia ordenada que llamamos sociedades, he aqui que la caridad divina es propuesta en la revelación como la norma fundamental para la unión social y convivencia de los hombres, ya que constituye el amor sincero, eficaz y universal del prójimo, que debe unir en lazos de efectiva fraternidad a la humanidad entera" (T. Urdanoz, "Caridad Social, Alma y Complemento del Orden Social", Anales de Moral Social y Econdmica, Madrid 1962, vol. 1, p. 13).

Han de ser los primeros beneficiarios de las obras de una y otra virtud, de la justicia social y de la caridad social, los más desvalidos: los niños y mujeres y ancianos desamparados; los que viven en soledad, sin empleo, victimas de la enfermedad, de la droga, del alcoholismo; los desamparados en los tribunales de justicia, los privados de educación moral, religiosa y cultural; en fin, todos los hombres sellados con el estigma de la pobreza sociológicamente entendida.

De todos estos modelos de pobreza hay ejemplos de Puerto Rico, y tambien en el resto del mundo.  La caridad y la justicia han de comenzar por aquellos que nos son más próximos, más cercanos, es decir, por nuestros conciudadanos y compatriotas. Debemos ejercer una y otra virtud con generosidad, con alegría, con un profundo sentido de servicio a Dios en el prójimo desamparado, y como una forma de agradecerle el que nos haya librado de correr una suerte igual de privaciones y sufrimientos. Nadie debe sentirse tranquilo mientras a su lado vea sufrir a un ser humano a quien pueda socorrer en un grado más o menos eficaz. Recuérdense las palabras de San Ambrosio: "El pan que tú retienes es de los que tienen hambre; de los que estan desnudos el vestido que tú guardas; libertad y rescate de los miserables, el dinero que tú escondes en la tierra."

Y el testimonio más expresivo aún y conmovedor del apóstol Santiago:

"¿De qué sirve, hermanos mios, que alguien diga:  'Tengo fé, si no tiene obras? ¿Acaso podré salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice:

'Idos en paz, calentaos y hartaos', pero no les dáis lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?

Asi también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta" (Sant. 2, 14-17).

No es posible adoptar otra actitud, otra respuesta en nombre de la ley natural, del derecho de gentes, de la dignidad humana, y, sobre todo, de la ley de Dios, para quienes ejercen la autoridad pu'blica y para cuantos viven sujetos a ella. Rehuir el cumplimiento de tan sagrados deberes equivale a una abdicaci6n y deserci6n de lo que es ma's connatural al hombre y ma's le engrandece: asociarse, por Dios, al dolor ajeno, y tratar de aliviarlo compartiendo en justicia y caridad los recursos materiales en la medida de lo posible. No hay mayor desgracia para un ser humano como es la de ilegar al fin de sus dias rico en bienes de fortuna y corto en obras de misericordia. El ha atraido sobre Si la terrible e inapelable sentencia:  "tuve hambre y no me disteis de comer...".

Entendida en los términos expuestos la opción preferencial por los pobres, es deber de la Iglesia adoptar una serie de medidas encaminadas a combatir la pobreza. Será la primera esta orientaci6n pastoral de la Conferencia de Medellín:

"Sus pastores y demás miembros del pueblo de Dios han de dar a su vida y sus palabras, a sus actitudes y su acción, la coherencia necesaria con las exigencias evangélicas y las necesidades de los hombres latinoamericanos" (CELAM, Medellín:   Conclusiones, Bogotá', Colombia 1974, p.105).

A esta norma se sumarán las siguientes: evangelizar sin tregua a los económicamente poderosos; educar a los fieles en los sagrados deberes de comunicación; intensificar el trabajo social en hospitales, residencias de ancianos, barrios y zonas rurales pobres.

La obra es noble y difícil y requiere mucha virtud. Los recursos no son inferiores en ter­minos de valores espirituales:  la acción del Espíritu se ofrece a todos. El don de piedad suple pródigamente los defectos que puedan acompañar a nuestras obras de justicia y caridad.

A tanto y a nada menos nos obliga la integridad de nuestra fe cristiana, y no a improvisar soluciones que niegan, sin advertirlo, el principio fundamental de la convivencia y de la fraternidad humana:  el precepto del amor a Dios y del prójimo.

El Evangelio, la tradición multisecular de la Iglesia, la enseñanza social de los Papas, los documentos de Medellín (14) y Puebla (1134-1165), no ofrecen otra fórmula. Reiteradamente nos instan a mantenernos fieles en la opción preferencial por los pobres, como parte esencial de nuestra vida cristiana.

 

Conclusión

Una feliz coincidencia hace que dirijamos esta pastoral a nuestras comunidades de fieles providencialmente en la Solemnidad de Pentecostés. Recuerda esta festividad el día en que públicamente se manifestó la Iglesia y descendió sobre los Apóstoles el Espíritu Santo. Alentados por tan favorable presagio, imploramos al mismo divino Espiritu que bendiga esta nuestra interpelación en servicio de los pobres. No en vano le invoca la liturgia: "Ven padre de los pobres"; y San Agustín:  "Esperanza de los pobres, sostén de los que desfallecen".

Suplicamos la luz de su sabiduría, la fuerza y el consuelo de su aliento divino para cuantos se ven oprimidos por la pobreza.

Y para aquellos que han sido bendecidos por Dios con abundancia de bienes materiales, elevamos nuestras plegarias al mismo divino Paráclito a fin de que llene sus corazones del don de piedad, y los mantenga siempre en tensión de justicia y caridad social para con los desheredados de la fortuna.

Finalmente, le imploramos que se digne bendecir y hacer que prospere nuestra opción preferencial por los pobres, y nos sostenga en la lucha sin tregua contra el pecado, ya sea personal o estructural, que es la raiz de donde se originan todas las formas de pobreza. El éxito en esta empresa está rigurosamente condicionado por la acción del Espíritu Santo, primer artífice de la santificación de las almas y dispensador de los misterios de Cristo.

El Espíritu Santo, en efecto, actúa directamente sobre las almas, las transforma por la conversión; y las hace ejercitarse en toda clase de virtudes y buenas obras conforme a las exigencias de nuestra vocación cristiana.  Ejerce su acción bienhechora por medio de los dones, corrigiendo y fortaleciendo los defectos o insuficiencias de las virtudes correspondientes, en un proceso de continua renovación en la vida espiritual. Así el don de piedad viene en ayuda de la justicia y caridad social para hacer frente a las situaciones de pobreza de nuestro prójimo. Y donde no sea posible eliminarla totalmente, por la defectibilidad intrinseca de la libertad humana y la enorme complejidad de la vida moderna, el mismo don ayudará a las almas dóciles y sinceras en su fe cristiana a sublimar la propia condición, asumiendo la pobreza de espiritu como la forma más eficaz, radical e inmediata de lograr la propia liberación y la bienaventuranza que Cristo nos brindó en el Sermón de la Montaña.

Suplicamos a Nuestra Señora de la Divina Providencia que sea nuestra medianera ante el Espiritu consolador y bendiga nuestros buenos prop6sitos en favor de los pobres.

 

26 de   mayo de 1985, Domingo de Pentecostés