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DECLARACION SOBRE EL
PLEBISCITO La
Conferencia de los Obispos Católicos de Puerto Rico desea acompañar al
pueblo puertorriqueño en esta hora histórica de serias deliberaciones en
tomo a su futuro político. Movidos por nuestra misión pastoral, dirigirnos
este mensaje a todos los católicos y a las personas de buena voluntad que han
de cumplir con su responsabilidad en este delicado asunto. Iluminados por el
Evangelio y auxiliados por la oración, la reflexión y el estudio, pregonamos
una palabra de esperanza, de solidaridad y valentía en Un momento crucial
para nuestro destino como comunidad política Somos conscientes del grado de
tensión y angustia que dicho proceso puede provocar en el ánimo de muchos
ciudadanos. Por otro lado, contamos con la posibilidad de conocer mas a fondo
la realidad del país, de madurar en el diálogo constructivo y de orientar
para que se opte por la solución que satisfaga las exigencias de una
conciencia ilustrada. En et
pasado nos liemos dado a la tarea de orientar a nuestra feligresía respecto a
varios asuntos de la sociedad puertorriqueña, particularmente en la
"Declaración sobre la situación política de Puerto Rico"
(23.III.1983). Entiéndase siempre que nuestras manifestaciones no persiguen
el propósito de intervenir en la dirección de la cosa pública. Son
pronunciamientos legítimos enmarcados en el ámbito pastoral. moral religioso.
Evidentemente, también somos hijos de esta tierra, sujetos a derechos y
deberes inalienables. Una opción política supone, en cierto sentido, una
opción cultural y religiosa. Un paso de esta naturaleza puede influir
inclusive en la identidad y en la constitución jurídica de la institución
eclesiástica. Y la Iglesia es una entidad enraizada en nuestra cultura y ser
como pueblo, que goza de personalidad jurídica garantizada por el Tratado de
París (Art. 8, parr. 2, del 10 de diciembre de 1898). Prevalece,
sobre todo, el oficio episcopal al que nos ha llamado el Señor, y que aquí y
ahora nos llama al ejercicio del magisterio en lo que concierne al aspecto de
la Doctrina Social. Así lo expresó claramente el Decreto Sobre la Función
Pastoral de los Obispos (Christus Dominus, n. 12): "En
el ejercicio de su ministerio de enseñar, que sobresale entre los principales
deberes de los Obispos, anuncien a los hombres el Evangelio, llamándoles a la
fe con la fortaleza del Espíritu, o confirmándolos en la fe viva. Propónganles
el misterio íntegro de Cristo, es decir, aquellas verdades cuyo
desconocimiento es ignorancia de Cristo, y también el camino revelado para la
glorificación de Dios, y en consecuencia para alcanzar la vida eterna. Muestrénles asimismo que las cosas de
la tierra y las instituciones humanas
se ordenan también según el plan de Dios Creador, a la salvación de los
hombres y, por consiguiente, pueden contribuir mucho a la edificación del
Cuerpo de Cristo. Enséñeseles, por tanto, cuánto hay que apreciar la
persona humana con su libertad y la misma vida del cuerpo. según la doctrina
de la iglesia: la familia y su unidad y estabilidad, la procreación y educación
de los hijos; la sociedad civil con sus leyes y profesiones; el trabajo y el
descanso, las artes y los inventos técnicos; la pobreza y la abundancia. Expónganles,
fielmente, las razones que exigen resolver los gravísimos problemas de la
posesión de los bienes materiales, de su incremento y recta distribución,
acerca de la paz y de la guerra, y de la vida hermanada de todos los
pueblos." Aunque no
ostentamos cargos políticos ni servimos a intereses partidistas, nos
incumbe la irrenunciable misión de evangelizar todos los órdenes humanos y
sociales, inclusive el ámbito de la cultura. Presentadas
nuestras credenciales, entremos de lleno al tema que nos ocupa. Aunque todavía
queda mucho camino por hacer y aun no se perfila exacta ni completamente el
proyecto del llamado plebiscito, ya se han dado unos pasos de comunicaci6n y
participación en diversos foros. Habrá de evaluarse el alcance de tales
etapas de consulta y su relación con la totalidad del proceso democrático.
Las piezas legislativas del Congreso, elaboradas por su Comisión de Energía
y Recursos Naturales y encaminadas a revisar las
relaciones entre los Estados Unidos y Puerto Rico, requieren un estudio
concienzudo y profundo. En efecto, existen criterios de validez para evaluar
la consulta plebiscitarla, criterios que han de garantizar la pureza de la
consulta antes, durante y después de los acuerdos bilaterales. Aconfinuaci6n
mencionamos algunos de los más importantes: 1. El
estatuto que en el presente rige las relaciones
federales con Puerto Rico debe ser examinado minuciosa y justamente para
determinar, con claridad meridiana, el punto de partida actual. 2.
Corresponde a las legítimas y respectivas autoridades el iniciar, mantener y
culminar la consulta según los cánones de la buena voluntad y a tono con et
derecho natural e internacional y el mejor espíritu de las leyes
establecidas. 3. Los
proyectos legislativos deben evitar toda ambigüedad, imprecisión o equivoco
de carácter jurídico y técnico. Esto implica una coordinación
extraordinaria entre autoridades, organismos, investigadores y electores.
Asimismo, se requiere coherencia lógica en los términos de los documentos
oficiales. 4. Toda
la comunidad ha de recibir una información y formación razonable sobre las
diversas opciones que definirán la constituci6n política del país. Dicho
esfuerzo educativo trascenderá y rechazara los vicios de cualquier sector de
donde procedan que pueden minar la credibilidad de los comicios regulares:
manipulación de la opinión pública, compraventa de influencias, engaño,
demagogia, presiones foráneas... 5. El
pueblo expresara su parecer libre y conscientemente a través de todos los
medios adecuados. 6. Una
vez conocido el resultado del sufragio y confirmada la pureza de la consulta
plebiscitaria, procede el acatar respetuosa, positiva y noblemente et
veredicto de la mayoría. Los mismos estatutos e instituciones democráticas
proveerán un marco legal para encauzar dignamente las iniciativas posteriores
de las minorías. Cuando
los individuos y la sociedad escogen parte de su futuro; cuando aparentemente
nos acercamos una vez mas a la solución de un problema histórico--en el
sentido temporal y axiológico, es decir, valorativo;- cuando se presentan
ideas, ideales y condiciones concretas que exigen un discernimiento maduro más
allá de las convicciones o conveniencias partidistas; cuando todo esto sucede
simultáneamente, estamos ante la naturaleza de una elección fundamental. Por
consiguiente, no debemos cercenar la prudencia ni escatimar esfuerzos a la
hora de establecer y traducir en realidad todos los criterios de validez que
sean necesarios. Por un lado, acogemos con beneplácito las iniciativas de
educación cívica que brotan de espíritus rectos y generosos. Por otro lado,
censuramos el hecho de que algunas personas dediquen mas tiempo y empeño a
combinar sus números de suerte en sorteos o competencias deportivas que al
estudio serio de las alternativas políticas. Peor aun, las contiendas
electorales se convierten en meros motivos II ocasiones de apuestas
pecuniarias. Las
cuestiones vitales de un pueblo superan infinitamente las inquietudes de un
juego de azar. Ciertamente, la controversia tradicional del status afecta a
casi todos los recursos materiales y espirituales de la sociedad puertorriqueña.
Cuando examinamos libros y documentos del presente siglo, notamos que las
preocupaciones políticas y culturales que hoy nos afligen son tópicos
trillados de la historia local. Se trata de un tema demasiado grave como para
dejarlo en manos de un solo sector de la comunidad o a merced de intereses
ajenos a nuestros mejores propósitos. Por consiguiente, reiteramos que urge
sentar las condiciones óptimas para garantizar una deterrninación sabia y
prudente. En Puerto
Rico, las fórmulas principales en el campo político se reducen prácticamente
a tres: estadidad, Estado Libre Asociado e independencia. Considerando la
pluralidad del registro político y la justa libertad de las realidades
terrenas, podrían surgir otras alternativas intermedias o variantes de las fórmulas
básicas. En todo caso, cualquier definición confirmará su valor en la
medida en que asegure un genuino progreso social, una fraternal
interdependencia entre las naciones y el respeto a la personalidad propia
tanto jurídica como culturalmente. No
corresponde a nuestro magisterio el prescribir recetas partidistas para
conjurar la crítica situación del presente. Ahora bien, estamos llamados a
velar por la integridad moral de dichas opciones. León XIII reconoció la
relativa autonomía y el sano pluralismo de las opiniones políticas.
"Los pareceres diferentes en materia política pueden ser difundidos
honesta y legítimamente dentro de su propia esfera. La Iglesia no condena en
modo alguno las preferencias políticas con tal que estas no sean
contrarias a la religión y a la justicia social" (Cum Multa, 3,
subrayado nuestro). El
ejercicio de la verdadera democracia, fundado en la esencial igualdad de los
ciudadanos, incluye la participación de las agrupaciones políticas, pero no
se agota en ese limitado marco de acción. Aunque los partidos tratan de
encarnar los ideales de un determinado grupo de personas, su existencia
concreta es contingente y no abarca la riqueza de las organizaciones sociales
e individuos particulares. Por encima de la participación directa del pueblo
en la gestión pública, vislumbramos una democracia más profunda y
comprometedora, una democracia de carácter espiritual. El gobierno democrático
dicta la mejor y mayor presencia del pueblo en todas las etapas de la consulta
plebiscitaria. La democracia espiritual, traducida parcialmente en derecho
internacional y justicia social, dicta las condiciones de igualdad y dignidad
entre los pueblos. La raíz de los derechos de la persona humana se encuentra
en el cristianismo. Dios nos creó esencialmente iguales para la vida y para
la muerte, y no cabe discrimen alguno que menoscabe la libertad primordial. La
relativa grandeza o pequeñez de las comunidades políticas no altera los términos
de una relación justa, pacífica, fraterna entre ellas, en la que se respete
la intrínseca dignidad de las partes. En la
perspectiva de la democracia internacional tienen vigencia las palabras de Su
Santidad Pablo VI, de feliz memoria: "El deber mis importante de la
justicia es el de permitir en cada país promover su propio desarrollo, dentro
del marco de una cooperación exenta de todo espíritu de dominio económico y
político" (Octogesima Adveniens, 45). Aunque la cuestión del
desarrollo, vista superficialmente, podría parecer extraña a la legitima
preocupación de la Iglesia como instituci6n religiosa, afirmamos, la
evangelización en el presente y en el futuro de América Latina. im.
417- 427). Todo lo
anterior nos indica que estamos ante un proyecto de enorme magnitud, que
compromete las fibras mas intimas de la familia boricua. Más que un reto que
a la fachada externa de ciertos estatutos de relaciones mutuas, hemos de unir
nuestras voluntades al porvenir histórico, afincándonos en las raíces que
nos identifican. Al definir nuestro estilo de vida colectivo, según los
sublimes ideales de la convivencia social, quedan integrados los aspectos políticos,
sociales, culturales y económicos. Sabemos
que en Puerto Rico, por ejemplo, se juega con este perpetuo dilema: desarrollo
económico o cultura propia; bienestar material o gobierno soberano; amenazas
externas o solidaridad caribeña. Creemos que, al margen del plebiscito, todos
los pueblos deben esforzarse por producir sus propios medios de subsistencia y
compartir sus recursos en un intercambio justo y fraterno. ¿Hasta
qué punto constituyen las necesidades económicas y los miedos psicológicos
los motivos principales de una opción fundamental'? ¿En qué medida se
imponen los criterios estratégicos, comerciales y los fines ocultos de la
geopolítica actual? Evidentemente, las decisiones humanas se nutren de
diversas razones. La calidad de esas determinaciones coincide con el valor de
las razones y su debida jerarquización. Huelga decir que para nosotros las
causas practicas están sometidas
a las cuestiones de principio: "No
sólo de pan vive el hombre..." (Mt 4.4). Sin
soslayar los móviles subjetivos-móviles que claman por el discernimiento de
un juicio prudente,- resulta imprescindible la referencia a un orden ético
objetivo. De las fuentes del pensamiento social cristiano brotan criterios de
valor a la hora de examinar el progreso de una comunidad "Los
criterios y los principios cristianos juzgan las ideologías y las estructuras
políticas que se proyectan en los caminos de la historia a partir de unos
valores trascendentales: la dignidad de la persona humana, la integridad de la
vida familiar, la prioridad del bien común y de las realidades espirituales,
la opción preferencial por los pobres, el respeto a la vida, el servicio a la
verdad, a la justicia y a la libertad, el amor a la patria y a la cultura, la
paz y la solidaridad internacional." Claro está,
la aspiración a conquistar óptimas condiciones materiales no riñe de por sí
con los principios espirituales, siempre y cuando persigamos la felicidad
integral de todo el hombre y de todos los hombres. Esto significa que no
debemos sacrificar, en aras del bienestar físico, la serenidad espiritual, el
equilibrio psíquico y ecológico, los valores morales, culturales y
religiosos, en fin, nuestra alma. ¿De qué le vale a un pueblo ganarlo todo
si pierde su alma? ¿Cómo justificar el que los factores materiales pongan en
entredicho la libertad de conciencia? El fomento económico crecerá a la par
con las serenas obras del espíritu. Aun así, cualquier proyecto político,
por más elevado que sea en teoría, no se encuentra exento de persuadir a los
electores en cuanto a la viabilidad de su fórmula y los beneficios concretos
que se propone promover. "Los ciudadanos que depositan su confianza en
alguna fórmula política no lo hacen con animo de firmar un cheque en blanco
o de apostar a la lotería. Se trata mas bien de un riesgo razonable por el
bien individual y colectivo. En otras palabras, las alternativas tradicionales
representan caminos potenciales en la historia del país, pero no contienen de
por sí la garantía infalible que conjure mágicamente los serios problemas
socioeconómicos de Puerto Rico" ("Declaración sobre la situación
política de Puerto Rico," n. 11). La
dimensión práctica del orden político reclama una supervisión continua.
Esta supervisión o fiscalización es igualmente necesaria cuando los
elementos ideológicos se adueñan de las estructuras de poder. Por
consiguiente, la Iglesia rechaza abiertamente aquellas iniciativas que aboguen
por la violencia, el materialismo y el ateismo como sistema de convivencia
social. Asimismo, desaconsejamos la cánones del capitalismo materialista e
inhumano que tritura el corazón del hombre con su maquinaria mercantilista
(cfr. Pio XI, Quadragesimo Anno, 105-109). A este
respecto, Juan Pablo II señaló las consecuencias del neocolonialismo económico
e ideológico al dirigirse a naciones que, inclusive, habían ya definido su
status político: "La independencia política y la soberanía nacional
exigen, como un corolario necesario, que también existan la independencia
económica y la libertad de dominio ideológico. La Estas
palabras nos iluminan para ver el asunto de Puerto Rico con una mente amplia y
abierta, tomando en cuenta el ancho horizonte del tiempo y del espacio. Somos
una sociedad integrada por varias islas pero no estamos condenados a vivir
atrapados en las redes de un insularismo miope. A semejanza del pueblo de
Dios, peregrinamos hacia el futuro, conquistando nuevas libertades en una
tierra que mana leche y miel. Ni las cebollas de Egipto ni los platos de
lentejas podrán pagar por los grandes valores que redimen al ser humano y a
las sociedades. De ahí
la gravedad de esta decisi6n que se presenta ante nuestra conciencia. Y, de
allí, nuestra intención de alertar sobre la calidad de la participación
civil y civilizada y la importancia de la educación social. Contra el culto
ciego al valor numérico, respetemos la voluntad solidaria de las comunidades
en armonía con la bondad objetiva de la realidad. De otra manera,
lamentaremos la denuncia certera de S.S. Pío XII: "El ciudadano es
elector. Pero, como tal, el ciudadano en realidad no es otra cosa que una mera
unidad cuyo total constituye una mayoría o una minoría, que puede invertirse
por el desplazamiento de algunas voces, o quizás de una sola" (Tres
sensibles, 6). Esta advertencia adquiere más vigencia en una sociedad en
la que los medios de comunicación social hacen a la opinión pública muy
impresionable y cambiable en todas las fuentes de la vida nacional. Deseamos
insistir en la obligación moral de los políticos de presentar, con
objetividad y claridad, las diversas alternativas políticas-sus respectivas
ventajas y desventajas-, y en la responsabilidad de educar sinceramente al
pueblo sobre este asunto. Asimismo, hacemos un llamado general a la reflexión,
la cordura y la participación consciente, a uno con el espíritu del
documento Christifideles Laici, num. 42: "Para animar
cristianamente el orden temporal- en el sentido señalado de servir a la
persona y a la sociedad-los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de
laparticipaci6n en la política; es decir, de la multiforme y variada acción
económica. social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a
promover orgánica e institucionalmente el bien común." Exhortamos, pues, a nuestras instituciones, asociaciones y fieles en general a que se eduquen y contribuyan a la educación de nuestros hermanos puertorriqueños. Esta declaración es sólo una etapa de un proceso formativo que nos ayudara a aplicar la doctrina social católica a los acuciantes desafíos de la realidad puertorriqueña Nuestra contribución al diálogo de discernimiento histórico no pretende politizar el cristianismo, sino cristianizar la política. Hasta aquí,
en esta declaración, hemos hecho sugerencias que esperamos puedan servir de
ayuda para clarificar este proceso de discernimiento. Con ello aspiramos, en el
debate público más amplio, a cooperar de modo especial con todos los demás
cristianos con quienes compartimos tradiciones comunes. Finalmente, reafirmamos
nuestro deseo de participar en un esfuerzo común con todos los hombres de buena
voluntad compartiendo la sabiduría moral de la tradición católica con el
sector mas amplio de la sociedad. Sólo nos
resta insistir en el medio mas humilde y poderoso en las encrucijadas personales
y colectivas: la oración. Orad incesantemente, para que el Espíritu Santo nos
regale sus dones; y para que Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia
interceda en todo momento por esta tierra bendita. Que la
celebración del V Centenario de la Evangelización nos permita forjar un Puerto
Rico digno del nuevo milenio del Señor. Dada en
Aibonito a los 5 días del mes de diciembre de 1989
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