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MENSAJE
DEL PAPA A LOS PUERTORRIQUENOS Senor
Cardenal, queridos
hermanos en el Episcopado: 1.
Me complace daros mi más cordial bienvenida en este encuentro, que
sigue a los coloquios privados mantenidos con ocasión de vuestra
visita "ad limina". Agradezco el deferente saludo con el que
me hacéis llegar tambien los sentimientos de cercania y afecto de
vuestros fieles diocesanos, que forman esa porción de la Iglesia de
Dios en Puerto Rico. La
visita de los Obispos «ad limina Apostolorum», signo de comunión
intereclesial, consiste fundamentalmente, como bien sabe is, en
venerar los sepulcros de los apóstoles Pedro y Pablo, visitar al Papa
para informarle sobre el estado de las respectivas diócesis, asi como
tomar contacto con los Dicasterios de la Curia romana. Estos
encuentros ayudan sin duda a fomentar la unidad
entre las Iglesias locales y la de Roma, sede
del apóstol Pedro, que es principio y fundamento visible de la comunión
de los obispos y también de los fieles. De ahí que se pueda afirmar
que la Cátedra de Pedro tutela las legítimas diferencias y, al mismo
tiempo vigila para que las particularidades de cada Iglesia, lejos de
ser un obstaculo para la unidad, la enriquezcan. Por ello, el Papa
tiene no sólo la 2.
La consolidación del sentido colegial en el seno de vuestra
Conferencia Episcopal contribuirá ciertamente a dar vigor a vuestro
ministerio y a una mejor adaptación a las realidades pastorales. En
efecto, si bien la responsabilidad y competencia del Ordinano en la
propia diócesis es primaria e insustituible (cf. Lumen
gentium 20.23),
la colaboración reciproca de los obispos dentro de la misma
Conferencia es un medio eficaz a fin de lograr un mayor bien para los
fieles a escala interdiocesana o regional, pues aquellas problemáticas
que superan el ámbito de una diócesis, requieren, por lo general,
estudios y orientaciones al mismo nivel. De esta manera, contando con
la generosa colaboración de todos, en perspectiva unitaria y con
planteamientos diáfanos, podrá lograrse una línea común, que sea
de ayuda para cada uno en el ejercicio de su propia función pastoral. En
esta tarea, vivid intensamente la unión entre vosotros mismos, así
como con el Sucesor de Pedro y con toda la Iglesia. El testimonio de
unidad entre vosotros será ciertamente motivo y estimulo para
acrecentar aún más la unidad entre vuestros sacerdotes, entre 3.
De cara al V Centenano de la Evangelización de América, en el
marco de lo que se ha llamado «nueva evangelización>> -y
teniendo también presente la realidad de la Iglesia en Puerto Rico,
como lo habéis reflejado personalmente en nuestros encuentros y en
las relaciones quinquenales- deseo presentar a vuestra consideración
algunas reflexiones que puedan contribuir a potenciar la unidad
operativa y dinámica en vuestro ministerio pastoral. Como
obispos vosotros sois la voz de Cristo en medio de los fieles. Sois
maestros de la verdad, pues
en una Iglesia servidora de la verdad sois los primeros
evangelizadores y ninguna otra tarea podrá eximiros de esta misión
sagrada. Tenéis, pues, que velar para que vuestras comunidades
avancen incesantemente en el conocimiento y puesta en práctica de la
Palabra de Dios, alentando y guiando también a quienes son vuestros
colaboradores en la función de enseñar. Por ello al alentar la legítima
labor de los teólogos, que desempeñan una misión específica dentro
de la Iglesia, vosotros debeis prestar al mismo tiempo un permanente
servicio en el discernimiento de la verdad, dentro de la fidelidad
debida al Magisterio eclesial. Y,
si ello
fuera necesario, preservando dicha verdad de posibles manipulaciones
por parte de magisterios paralelos de personas o Como
obispos tenéis tambien una responsabilidad bien definida en el campo
litúrgico, en cuanto dispensadores de la gracia y presidentes de la
comunidad orante. Por consiguiente, debéis de procurar la promoción
de la liturgia y la fructuosa administración de los sacramentos,
especialmente el de la Eucaristía, «mediante la cual la Iglesia vive
y crece contínuamente» (Lumen
gentium, 26).
Por ello habréis de cuidar que sean respetadas las normas
establecidas, sobre todo en las celebraciones eucarísticas, que nunca
deben depender del arbitrio o de las iniciativas particulares de
personas o grupos que se disocian de las orientaciones dadas por la
Iglesia. Sois,
amados hermanos, servidores
de la unidad. En
efecto, con la potestad sagrada de la que habéis sido revestidos en
la ordenación episcopal, debeis de suscitar la confianza y la
participación responsable de todos, creando en la diócesis un clima
de comunión eclesial, sin menoscabo de vuestra especifica
responsabilidad de gobierno por el bien y salvación de las almas.
Particularmente delicada puede ser vuestra tarea ministerial cuando
hay que orientar a los seglares en su deber de colaborar en la
construcción de la ciudad terrena, pero no hay que olvidar que «los
Pastores, puesto que deben preocuparse de la unidad, se despojarán de
toda ideología político-partidista que pueda condicionar sus
criterios y actitudes» (Puebla,
526). De
esta manera, seréis plenamente instrumentos de reconciliación y de
una convivencia pacífica, guiando a la comunidad fiel hacia unos
objetivos de mayor justicia social, así como de defensa y promoción
de los derechos de cada uno, especialmente de los más pobres y
necesitados. 4.
Para llevar a cabo vuestra tarea episcopal la colaboración
de vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y agentes de pastoral
es preciosa e
indispensable. Ya
sé que a este respecto Puerto Rico está recibiendo ayuda de ,tras
comunidades eclesiales, lo cual es consolador y manifiesta la comunión
entre las Iglesias, pero al mismo tiempo, este dato revela la
necesidad de aplicarse con toda intensidad en una pastoral vocacional
convenientemente pro gramada. Como
tuve ocasión de indicar en el discurso inaugural de la Conferencia de
Puebla, «toda comunidad ha de procurar sus vocaciones, como señal
incluso de su vitalidad y madurez. Hay que reactivar una intensa acción
pastoral que, partiendo de la vocación cristiana en general y de una
pastoral juvenil estusiasta, dé a la Iglesia los servidores que
necesita» (n. IV). Bien sabéis que es de suma importancia que las diócesis
o provincias eclesiásticas puedan disponer de sus propios centros
donde sean acogidos y formados los candidatos al sacerdocio y a la
vida religiosa. Es verdad que para ello se necesitan educadores
responsables y bien preparados
intelectual y espiritualmente, mas estad ciertos de que, con la ayuda
de Dios, podréis proveer los formadores competentes que sigan con
solicitud la preparación de vuestros seminaristas en sus propios
ambientes y en contacto directo con la problemática pastoral y humana
de las comunidades a las que un día habrán de servir. Todos
los esfuerzos que hagáis para la buena formación de los candidatos
al sacerdocio y a la vida religiosa -empezando por la promoción de
las vocaciones en el ámbito de los centros de enseñanza- serán de
vital importancia para vuestras comunidades eclesiales. Y
para
que las vocaciones encuentren el ambiente natural en que puedan
germinar y desarrollarse, es imprescindible cuidar la pastoral
familiar. Insistid y
orientad a vuestros sacerdotes a fin de que pongan esa tarea apostólica
entre sus prioridades. Con ello multiplicarán la eficacia de su
apostolado, si logran hacer de cada familia una verdadera iglesia
doméstica y
un centro impulsor de evangelización de otras familias (cf.
Familiaris consortio, 52-55). 5.
Particular cuidado a vuestra solicitud de Pastores han de merecer los movimientos
apostólicos, cuyo
dinamismo ha de tener su fuente en la fuerza de la fe y en la vida
sacramental. Bien
sabeis que «el apostolado de los laicos brota de la misma esencia de
su vocación cristiana» (Apostolicam
actuositatem, 2).
Ellos, convenientemente
asistidos por los sacerdotes, han de trabajar -individualmente o legítimamente
asociados- para atraer a la Iglesia a aquellos hermanos cuya fe se ha
debilitado o que se encuentren alejados de ella. Igualmente, los
seglares han de prestar su colaboración generosa en las tareas
parroquiales y diocesanas: en la catequesis, en la asistencia
caritativa, en la promoción social y humana. Más, sobre todo, han de
dar testimonio de vida cristiana para que sus familias sean -como señala
el Docurnento de Puebla- «primer centro de evangelización)> (n.
617). Por
otra parte, no se os ocultan ciertamente, queridos hermanos, los
riesgos y peligros que acechan a la institución
familiar. Factores
de diversa índole han contribuído a que, en nuestra época, ciertos
principios que son básicos para la estabilidad familiar se vean
seriamente amenazados. En
efecto, una difundida mentalidad divorcista que quiere evitar
compromisos definitivos, así como las reprobables prácticas
anticoncepcionales y la violación del don de la vida mediante el
aborto, todo ello, divulgado también por unos medios de comunicación
social que no siempre promueven los verdaderos valores humanos y del
espíritu; hace que vayan en aumento los casos de dolorosas
situaciones familiares que tantos y tan graves problemas suscitan. Tarea
ineludible de la pastoral familiar será, por consiguiente, continuar
inculcando en 6.
Es innegable que la promoción y defensa de los valores morales
y del espiritu en la institución familiar contribuirA tambien, entre
otras cosas, a abrir caminos nuevos y dar
motivos de esperanza a una juventud que,
asediada por la sociedad permisiva y de consumo, busca no obstante
ideales nobles que den sentido a sus legitimas aspiraciones por un
mundo más justo y fraterno. Es Cristo el unico que puede saciar
plenamente el corazón del joven que se abre a la vida. La
formación religiosa de los niños y de los jóvenes ha de continuar
siendo objeto principal de vuestra acción pastoral. Os invito, pues,
a consagrar a la catequesis «los mejores recursos en hombres y en
energías, sin ahorrar esfuerzos, fatigas y medios materiales, para
organizarla mejor
y formar personal capacitado» (Catechesi
tradendae, 15). Todo
esto viene a ser aún más necesario si tenemos en cuenta ciertos fenómenos
actuales, que están marcados por un agudo proceso de secularización,
de actitudes laicistas y de orientaciones puramente terrenas, lo cual
provoca un debilitamiento de la incidencia del mensaje evangélico en
la vida de los hombres y de la sociedad. Es
preciso, por tanto, aunar los esfuerzos de todos para hacer realidad
la transmisión de una fe profunda y auténtica que presente con
claridad toda la belleza del Evangelio, sin reduccionismos dudosos ni
interpretaciones arbitrarias que crean confusión y son extraños al
depósito doctrinal y al Magisterio de la Iglesia. 7.
Desde esta perspectiva, se hace indispensable la programación
y puesta en práctica de una pastoral
orgánica de conjunto que,
aprovechando todas las fuerzas vivas de la Iglesia en Puerto Rico,
impulse una evangelización integral que penetre hondamente en la
realidad social y cultural, e incluso en el orden económico y político. Dicha
evangelización integral tendrá, naturalmente, su culmen en una
intensa vida litúrgica que haga de las parroquias comunidades
eclesiales vivas, en las que se promueva una creciente formación
cristiana de los fieles y una participación más activa en la acción
asistencial y caritativa de la Iglesia. En una En
este contexto, tambie'n la
religiosidad popular, convenientemente
purificada de elementos espureos, podrá ser válido instrumento de
evangelización y vehículo de un auténtico crecimiento en la fe, que
consolide a los fieles en su condición de hijos de la Iglesia, frente
al proselitismo de las sectas. Antes
de terminar quiero reiteraros, amados hermanos, mi agradecimiento y mi
afecto. Pido al Señor
que este encuentro consolide y confirme vuestra unión mutua como
Pastores de la Iglesia en Puerto Rico. Con ello, vuestro ministeno
episcopal ganará en eficacia e intensidad, lo cual redundará en bien
de vuestras respectivas comunidades eclesiales. Al
mismo tiempo, Os doy el encargo de llevar a vuestros sacerdotes,
religiosos, religiosas, seminaristas, agentes de pastoral y a todos
vuestros diocesanos el saludo y la bendición del Papa, que por todos
ora con viva esperanza y que conserva en su afecto y corazón de
Pastor el entrañable recuerdo de la intensa jornada vivida con ellos
con ocasión de la visita apostólica de hace cuatro años. A
la intercesión de la Santísima Virgen encomiendo vuestras personas,
vuestras intenciones y propósitos pastorales, para que lleváis a
cabo la tarea de una nueva evangelización que prepare los corazones a
la venida del Señor. Con
estos deseos os acompaña mi oración y mi Bendición Apostólica. Vaticano, 26 de octubre de 1988 |