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DECLARACION
SOBRE LA SITUACION
DE LOS A
todo los cristianos y hombres de buena voluntad: Los
Obispos católicos de Puerto Rico, unidos en un solo sentir y en una
sola voz, deseamos manifestar nuestra preocupación pastoral ante la
situación de los refugiados haitianos que han llegado recientemente a
las playas de esta Isla hospitalaria.
Desde el año pasado algunos de nosotros habiamos expresado
individualmente nuestro parecer sobre las serias implicaciones humanas
y cristianas del traslado de los refugiados. Hoy hablaremos de este
asunto colegialmente. Por
encima de toda disputa política, y más allá de cualquier
consideración mundana, nuestras palabras quieren ser, en primer
lugar, un mensaje de misericordia y de amor. El huracán de la
polemica local e internacional puede hacernos olvidar la perspectiva
fundamental del drama de los refugiados haitianos. Se trata de
personas humanas, dignas de una actitud justa y respetuosa, personas
sedientas de justicia y de libertad.
¡Qué triste resultará para estos hermanos antillanos el
haber arriesgado todo -inclusive la vida, en manos del naufragio o de Con
el propósito de proteger el tesoro de su dignidad humana y como un
reto al corazón puertorriqueño, condenamos todo sentimiento hostil y
toda palabra degradante. Y como un llamado al sentido de justicia de las
autoridades pertinentes, señalamos las pesimas condiciones materiales
en las que se ven obligados a vivir estos hijos de Dios. Estas
personas pertenecen a un pueblo que ha sido castigado duramente a lo
largo de la historia. Ahora son castigados por el sol, por la lluvia y
por tantos factores naturales y humanos. Pero lo que más les hiere es
esa incertidumbre de quien está a merced del vaiven político y del
aislamiento social. No sólo desconocen su destino inmediato, sino que
tambien temen el ser deportados a su tierra de origen. Nosotros
creemos que no existe ninguna razón de peso que justifique la
deportación de los inmigrantes haitianos. Afirmamos que hay un
derecho natural a la migración, y que nadie debe ni puede impedirlo
(S.S. Pio XII, Exsul Familia,
62, Documentos
Pontificios, Buenos Aires:
Ed. Guadalupe, 1967, 2:1949-1950; La
Solennitd, 23, Ibid, 2:1584-1585).
Evidentemente, las naciones tienen el poder de reglamentar este
derecho universal. Sin embargo, si las naciones ricas y poderosas
siguen al pie de la letra las estrictas estipulaciones de inmigracion,
siempre encontraran una razón para discriminar contra algún grupo o
contra alguna persona en particular.
En efecto, Si se hubiera aplicado la ley con todo rigor,
particularmente la clausula relativa a la necesidad de tener un
pariente o un protector en el país que recibe a los emigrados, los
primeros emigrantes jama's se hubieran establecido en suelo americano. Verdaderamente,
vivimos en un mundo de refugiados. Millones de seres humanos emigran
por razones políticas, económicas o por desastres naturales. Históricamente
todos somos hijos de peregrinos. Esto se aplica más a los Estados
Unidos, la nación de los inmigrantes. Decia el fenecido John F.
Kennedy: "Todos los norteamericanos han sido inmigrantes o
descendientes de inmigrantes" (A
Nation of Inmigrants, citado
por E. Tiersky, The USA: No
nos extraña, pues, la insistencia de S.S. Pío XII en el derecho
natural de migración ante los Obispos y los gobernantes
norteamericanos. El 24 de diciembre de 1949, el Santo Padre les dedica
una carta a los prelados estadounidenses en la cual planteaba el
siguiente razonamiento: "Sabéis
con qué angustiosos pensamientos y ansiedad nos preocupamos de los
que Felizmente,
los prelados norteamericanos, hermanos en el episcopado han defendido
y servido a todos los inmigrantes, sin discrimen alguno. Cuatro
años más tarde, en 1952, el mismo Pontífice exhortaba a los
legisladores del Congreso de los Estados Unidos de Norteámerica a
aplicar, en cuanto estuviera a su alcance, con mayor liberalidad las
leyes muy severas que regian acerca de la inmigración en Estados
Unidos (Exsul Familia, 65,
Ibid, 2:1952). Es necesano que en el procedimiento de restricción no
se excluya la caridad cristiana y el sentimiento de solidaridad humana
que existe entre todos los hombres. S.S. Pio XII no sólo alertaba
contra los peligros políticos, económicos y aun sociales que trae Tambien
nosotros, los Obispos puertorriqueños, humildes siervos del Señor,
lanzamos una exhortación desde Puerto Rico al Congreso de Estados
Unidos, como lo hizo S.S. Pío XII de la Europa de la posguerra.
Nuestro pueblo está preocupado por el destino de los refugiados
haitianos. A la Iglesia Católica le interesa profundamente la suerte
de estos hermanos antillanos, tanto por razones humanas como por
motivos cristianos. El
mantener en un triste reloj de espera y en un inhóspito y yermo campo
de concentración a un grupo de personas cuyo delito radica en el sano
anhelo de libertad y trabajo, constituye una fuente de desconfianza y
de desprestigio para los Estados Unidos ante el mundo,
particularmente, antes los pueblos latinoamericanos. Pero
la Iglesia no se limita a denunciar y a exhortar. Ella está dispuesta
a luchar contra las raíces de estos males y a colaborar en la solución
de esta dramática coyuntura. La Iglesia dará toda la ayuda
espiritual y material que sea posible, y defenderá la seguridad y la
tranquilidad de los refugiados en los foros apropiados. La Iglesia no
solo se opone a la deportación de los refugiados haitianos, sino que
además velará por su desarrollo social y espiritual, para que no se Les
bendecimos en nombre de Aquel que nos dio un mandamiento nuevo y que
nos juzgará al atardecer según el alcance de nuestro amor:
"Veritatem autem facientes in caritate" (Ef. 4, 15). 24 de agosto de 1981 |