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EXHORTACION
PASTORAL: LA VIDA CRISTIANA, TESTIMONIO
DE FE EN CRISTO Saludo. Que
el gozo y la paz de nuestro Señor Jesucristo nos acompañen siempre a todos,
amados hermanos sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, fieles laicos. Nosotros,
los Obispos de Puerto Rico, "constituidos por el Espíritu Santo como
guardianes para pastorear la Iglesia de Dios que adquirió por la sangre de su
hijo" (Hech 20,28), hemos decidido escribir la presente Exhortación,
mediante la cual, mientras abrimos con sencillez nuestro coraz6n para que
conozcáis cómo pesa en él cada día la preocupación por todos vosotros
(Cfr. 2 Cor 11, 28), queremos también cumplir con nuestro deber de predicar
el Evangelio. I.
Motivo de esta Exhortación La meta
única de nuestro afán cotidiano será siempre la de querer serviros para que
vuestra conducta sea digna de la vocación a la que fuisteis llamados por el
sacramento del bautismo. Hacemos
nuestras las exclamaciones del apóstol Pablo: "¿Quién desfallece, que
yo no desfallezca? ¿Quién da un mal paso, sin que yo me abrase?" (2 Cor
11, 29). Lamentable
sería que, habiéndonos otorgado Dios la dignidad de ser imagen y semejanza
suya y habiéndonos llamado en Cristo a vivir en el gozo y la paz de los
renacidos en Dios por el bautismo, la vida del bautizado se llenara de vacío
y de sinsentido por pretender encontrar la felicidad viviendo de espaldas a
los requerimientos de Dios amoroso Padre nuestro. Por eso nos apena cuando
comprobamos que en el diario vivir de algunos cristianos existe una dicotomía
entre la fe que dicen profesar y su modo de comportarse. Es
verdad que son muchos, gracias a Dios, los cristianos coherentes: aquellos que
recibieron en su día el bautismo y no sólo se reconocen católicos, sino que
se esfuerzan seriamente por vivir como hijos de Dios regenerados por la
gracia; saben que los diez mandamientos son la expresión de la voluntad
divina, y quieren ajustar a ellos su vida practica privada y pública; creen
en el poder de la oración a la que acuden en las diferentes vicisitudes, y
procuran recibir con frecuencia los sacramentos porque conocen su necesidad y
eficacia para perseverar y salvarse. Sin
embargo, volvemos a decir, no podemos sino lamentar la imagen que
irresponsablemente proyectan en su vida cotidiana otros cristianos cuyo numero
parece ser mayor cada día. Son los que viven ajenos a la transformación que
en ellos operó el bautismo: no se esmeran por cultivar en su vida diana las
virtudes recibidas con la gracia; desconocen prácticamente su vocación a la
santidad. Infringen a la ligera los mandamientos de la Ley de Dios; y, cuando
se acercan a los sacramentos de la penitencia y la eucaristía, lo hacen de
manera rutinaria si es que no los excluyen totalmente de su vida re1igiosa. Y en
consecuencia de dicha actitud no es extraño que sean esos mismos, que por
otra parte no dudan en atribuirse el título de católicos practicantes, los
que en su vida real se acomodan irreflexivamente a las practicas típicas de
una sociedad secularizada. Enumeremos,
por vía de ejemplo, algunas de esas prácticas. En el piano individual
debemos mencionar la indiferencia religiosa, la drogadicción, el libertinaje
sexual. En el plano familiar descuellan el divorcio, la limitación artificial
de la natalidad, el aborto; y en el plano social cabe señalar el robo de
bienes privados o públicos, abuso de autoridad, la difamación, la calumnia,
el perjurio, la violencia física sin excluir el asesinato, y otras formas de
inmoralidad y corrupción. Por
eso, conscientes de estar ejerciendo nuestra responsabilidad de "maestros
auténticos, es decir, herederos de la autoridad de Cristo" (Concilio
Vaticano II, Lumen Gentium 25), queremos exponer brevemente en esta
Exhortación cuál es la naturaleza de una vida cristiana verdadera con todas
sus consecuencias. Para
lo cual, desarrollaremos los siguientes puntos: II. La vida cristiana Jesucristo
mismo nos dice que la misión recibida de Dios Padre es realizar la obra
maravillosa de que todos los humanos podamos ser hijos de Dios. "Yo he
venido -dice Jesucristo- para que tengan vida, y la tengan abundante" (Jn
10, 10). Verdad que nos explica el Catecismo de la Iglesia Católica cuando
enseña que el bautismo no sólo purifica de todos los pecados, sino que hace
también al neófito hijo adoptivo de Dios y miembro de Cristo, capacitado por
la gracia santificante para practicar las virtudes teologales y morales; y
templo del Espíritu Santo, quien mediante sus dones lo impulsa al bien obrar
(Cfr. Catecismo, nn. 1265-1266). Por
tanto, ser cristiano es haber sido re-engendrado a una vida nueva: la vida de hijos de Dios, que se nos da en el bautismo.
Jesucristo habla bien De forma
semejante a lo que sucede con la vida humana, que hemos recibido de nuestros
progenitores, la vida de hijos de Dios exige crecimiento, des arrollo y dar
frutos; porque ser cristiano no es sólo un título, sino que es la capacidad
y el deber de realizar acciones divinas: "No todo el que dice: Jesucristo
por medio del bautismo nos ha hecho participar en su vida de Hijo de Dios; la
confirmación "aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo" (Catecismo
de la Iglesia Católica, 1303) que nos capacitan para luchar con éxito
ante los peligros de perderla. Por el de la comunión, El mismo se nos da en
alimento para hacernos cada día más cristianos, más parecidos a El:
"El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él" (Jn
6, 56). Por lo
que nadie puede perseverar durante largo tiempo en una vida cristiana auténtica,
si no se acerca con la frecuencia debida a recibir los sacramentos. Pretender
vivir la vida de Cristo -vivir en gracia de Dios sin beber en las fuentes de
esa vida, sería tan insensato como ambicionar una vida saludable sin procurar
el alimento y la higiene necesarios. Es
posible vivir cristianamente; más aún, es el único camino que nos lleva a
disfrutar de una personalidad auténtica, serena y gozosa. Pero es tare a difícil.
Porque llevamos dentro nuestras personales debilidades -la inclinación a
pecar-; y desde fuera de nosotros nos atraen los malos ejemplos de los que
viven a espaldas de Dios y sufrimos además las asechanzas del demonio, ese
enemigo "que como león rugiente da vueltas a nuestro alrededor para
devorar al que sorprenda desprevenido" (I Pet 5, 8). El pecado
grave es la muerte del alma; por eso lo llamamos "pecado mortal".
Este es el pecado que comete el cristiano (el mismo que es hijo de Dios por el
bautismo), cuando acepta el engaño del "padre de la mentira, Satanás"
y prefiere "ser como Dios" para buscar el bienestar a su modo y
manera. Es la
permanente tentación del ser humano, también la de los católicos de nuestro
tiempo; tentación en la que algunos sucumben y de la que quiere prevenir a
todos el Papa cuando dice: "En un clima de individualismo religioso, hay
quienes se arrogan el derecho de decidir por sí mismos, incluso en cuestiones
importantes de fe, qué enseñanzas se han de aceptar, e ignoran las que les
parecen inaceptables. La adhesión selectiva de la enseñanza autorizada de la
Iglesia [...] es incompatible con el hecho de ser un buen católico, y por su
misma naturaleza constituye un obstáculo para la participación plena en la vida eclesial"
(Juan Pablo II, Discurso, 20, IV, 93). Jesucristo
nos ha enseñado a rogar: "Padre nuestro, que está en el cielo [...] no
nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal" (Mt 6, 13). Y para
devolvernos la gracia de Dios -la vida de hijos de Dios- perdida cuando
pecamos mortalmente, Jesucristo instituyó la confesión, que es el sacramento
del perdón de Dios, que nos devuelve su vida y nos fortalece para no volver a
pecar. "Recibid
el Espíritu Santo" -dijo a los apóstoles- "a quien perdonareis los
pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán
retenidos" (Jn 20, 22-23). Ciertamente es difícil vivir con autenticidad
la vida de hijos de Dios recibida en el bautismo; pero Jesucristo lo sabe y
para eso entregó su vida y derramó su sangre "por todos los hombres,
para el perdón de sus pecados" (Misal Romano, Plegaria Eucarística). Con los
auxilios que Cristo nos ha merecido, estamos capacitados todos y cada uno para
vivir en plenitud esa vida cristiana de hijos e hijas de Dios. Pues la nueva
vida, en la que hemos sido reengendrados por el bautismo, es el mismo Dios Uno
y Trino que por la gracia vive en nosotros (Jn 14, 23) y actúa en nosotros
(Jn 16, 13). La vida cristiana vivifica a la persona en todas sus potencias y
capacidades, vivifica el corazón (que es como decir lo más íntimo del yo);
y precisamente por eso no es cristiana práctica la persona en cuyo corazón
se esconde una doble vida, como la de los escribas y fariseos (Mc 7, 6-7). Con
razón nos exhorta la Palabra de Dios: "No os amoldéis a las normas del
mundo presente, sino procurad transformaros por la renovación de la mente, a
fin de que logréis discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno,
lo que le agrada, lo que es perfecto" (Rom 12, 2). En
resumen: ser católico practicante es ser testigo de Cristo (Jn 15, 27)
haciendo las obras que Cristo hizo (Jn 14, 12) y, en consecuencia lógica
muchas veces. soportar el rechazo y aun el desprecio de colegas, amistades,
familiares, que viven de espaldas al Evangelio. Lo entendieron así los apóstoles;
así lo enseñaron y así lo practicaron. Igual hicieron los primeros
cristianos: demostraron con obras su fe, y muchos llegaron al extremo de dar
su vida por Jesucristo. Los mártires,
en cualquier época de la Iglesia, han visto claro que ser fieles a la fe en
Jesucristo exige preferir a Cristo aun a costa de la propia vida. Así lo
hicieron jovencitas como Santa Inés (s. IV) y Santa María Goretti (x. XX);
políticos como San Wenceslao de Bohemia (s. X) y Santo Tomás Moro (s. XVI);
madres de familia como Santa Perpetua (S. IV) y la Beata Gianna Beretta Molla
(s. XX). Ill.
La vida moral del cristiano y la perversidad del pecado Entendida
la vida cristiana en su esencia como una regeneración en Cristo mediante el
bautismo, le queda por delante al fiel cristiano una magna tarea que habrá de
prolongarse durante toda su existencia terrena. Nos la
señaló San Pablo
al dirigir esta advertencia a los fieles de Efeso: “ [...] hasta
que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de
Dios, al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de
Cristo" (Ef. 4, 13). A este
sublime proyecto de la propia santificación, esforzándonos diariamente por
asemejarnos cada día mis a Cristo, nuestro modelo, creciendo en gracia y
caridad, se oponen el pecado con toda su deformidad moral, las lacras que
arrastramos a consecuencia de la culpa original y, tal vez, una larga serie de
pecados personales. Observa el Catecismo de la Iglesia Católica: ".
la naturaleza humana no está totalmente corrompida: No es
extraño que, oprimidos por este gravoso bagaje, sean no pocos los cristianos
que desfallezcan en su ascensión hacia las cumbres de la santidad-ascensión
que es ley y exigencia de la gracia bautismal y de la caridad-, y caigan en
pecado, apartándose de Dios y abjurando, de manera al menos implícita, de
las promesas bautismales contra Satanás, el mundo y los estímulos de la
carne. Supuesto,
pues, el hecho de que el pecado es una nefastísima realidad para la vida de
la gracia, es obligación de todo cristiano cultivar una conciencia recta y
verdadera que lo proteja contra las falaces insidias de tan pernicioso fenómeno.
Precisamente, la falta de instrucción, más bien que la mala voluntad, es una
de las explicaciones que cabe dar a la extraña postura denunciada
anteriormente de personas que se profesan católicas y osadamente quebrantan
los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia. A.
Noción del pecado Para ser
mis precisos, nos preguntamos, ¿qué es el pecado, y cuál es su gravedad
hasta el punto de destruir la gracia en el alma incorporada a Cristo por el
bautismo? La respuesta nos la da el Catecismo de la Iglesia Católica: "Para
intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en Efectivamente,
el pecado es un "rechazo y oposición a Dios", deliberadamente
consumado, es decir, consciente, voluntarlo y libre. Si falta uno de
estos elementos no hay pecado, culpabilidad o responsabilidad alguna. La
Sagrada Escritura se refiere al pecado como una falta con relación a Dios (Ex
9, 27); desprecio de sus designios (Sal 107, 11); un ultraje hecho a su nombre
(Sal 74, 10, 18); alejamiento de su presencia a imitación del hijo pródigo
(Le 15, 11-32); pérdida de la verdadera vida, de la verdadera felicidad (Mt
7, 13). En la
tradición cristiana, el pecado ha recibido distintas definiciones. Para San
Agustín es "un dicho, acción o deseo contrario a la ley eterna (de
Dios)" (De libero arbitrio, 2, n. 19). Otra nueva fórmula, usada
igualmente por San Agustín: "Est autem peccatum [...] a prestantiore
Conditore aversio et ad condita inferiora conversio" (De diversis
quaestionibus ad Simplicianum I, 1. a. 2., n. 18); alejamiento de Dios y
conversión a las criaturas. Para
Santo Tomás, aparte de subscribir la definición de San Agustín (Cfr. Summa
Theologiae, III, 86, 4), la ofensa (de Dios) se concreta en un
comportamiento nocivo para el prójimo y en el mal que el hombre se hace a
sí mismo
(Contra gentes, 3, c.
122); porque el hombre es una criatura de Dios, hecha a su imagen y semejanza
(Gen 1, 26; Sab. 2,23). Por el contrario, el amor de Dios, la observancia de
su ley se manifiestan en el amor del prójimo. "Si alguno dice: 'Amo a
Dios' y aborrece a su hermano, es un mentiroso" (1 Jn 4, 20-21). B.
Pecado en la historia y en la enseñanza de la Iglesia En la
historia de la humanidad el pecado es una realidad constante y abrumadora, de
suerte que S. Lyonnet, un renombrado exégeta de nuestros días, no ha dudado
en escribir: “Casi en cada página habla la Biblia de esta realidad a ;a que
llamamos pecado [...]. La verdadera naturaleza del pecado, su malicia y sus
dimensiones aparece, sobre todo, a través de la historia bíblica; [...] la
historia de la salvación no es otra cosa que la tentativa de arrancar al
hombre de su pecado, repetida infatigablemente por el Dios Creador" (L.
Dufour et al. Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona, Editorial
Herder, 1980, s.v. Pecado, p.660). Nuestro
Señor confió a la Iglesia el depósito de la Revelación para su fiel
custodia e infalible interpretación. En el ejercicio de este sagrado Esta enseñanza
la recoge y expone ampliamente S.S. Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica
Reconciliatio et Paenitentia, ns. 14-22. En el número 18 se pregunta
el Santo Padre: "¿No vive el hombre contemporáneo bajo la amenaza de un
eclipse de la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un
entorpecimiento o de una 'anestesia' de la conciencia? [...]. Junto a la
conciencia queda también oscurecido el sentido de Dios, y entonces, perdido este decisivo punto
de referencia interior, se pierde el sentido del pecado. He aquí por qué mi
predecesor Pío XII, con una frase que ha llegado a ser casi proverbial, pudo
declarar en una ocasión que 'el pecado del siglo es la pérdida del sentido
del pecado'. Según el
grado de alejamiento de Dios que la mala acción ocasione, el pecado
será mortal o venial. El primero es un rechazo total de Dios, sustituyéndole
por un bien creado, persona o cosa, que el pecador elige como centro y razón
de ser de su vida. El pecado venial es ofensa de Dios, pero no llega a
excluirle de la propia existencia en el grado que lo hace el pecado mortal. Por el
pecado mortal se extingue en el alma la gracia de Dios, y con ella, su
amistad. Desaparecen, asimismo, las virtudes infusas y los dones del Espíritu
Santo, y los méritos adquiridos en el pasado. El hombre culpable de un solo
pecado mortal no puede por sus propios medios recuperar la gracia y auxilios
perdidos, ni reparar el daño que a sí mismo, a su alma ha ocasionado y a la
comunidad eclesial; es reo de condenación eterna si la muerte le sorprende en
tal estado. C.
Pecados o actos intrínsecamente malos Una de
las consecuencias más funestas a que ha llevado la perdida del sentido del
pecado ha sido los conatos realizados por determinados moralistas no sólo
para atenuar la gravedad del pecado, sino para negar rotundamente que existan
pecados intrínseca o esencialmente tales. Intentan justificar su
punto de
vista a base de lo que llaman "consecuencialismo" y
"proporcionalismo", o sea, el bien que se pueda seguir o mal que se
previene con la acción impropiamente descrita, según ellos, como
intrínsecamente mala. Juan
Pablo II rechaza categóricamente tan gratuita aseveración en su ultima encíclica
Veritatis Splendor. Estas son sus palabras: "La razón testimonia
que existen objetos del acto humano que se configuran como 'no-ordenables' a
Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su
imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido
denominados intrínsecamente malos' ('Intrinsece malum'): lo son
siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las
ulteriores intenciones de quien actúa y de las circunstancias" (80). Entran
dentro de esta categoría los pecados tan corrientes, por desgracia, en la
sociedad de hoy: uso de anticonceptivos, los homicidios, los genocidios, el
aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; las mutilaciones, las
torturas corporales y mentales, la coacción psicológica; las condiciones
infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la
esclavitud, la prostitución, las condiciones ignominiosas de trabajo.
"Todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al
corromper la civilización humana, deshonran mas a quienes los practican que a
quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios a1 honor debido al
Creador" (Gaudium et Spes, 27). Por
asociación de ideas recordamos el texto de San Pablo: "Y como no
tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a
su mente réproba, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda
injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de homicidio,
de contienda, de engaño, de malicia, chismosos, detractores, enemigos de
Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a
sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados, los cuales aunque
conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales
cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las
cometen" (Rom 1, 28 a 32). ¿Qué
lección
práctica deberá deducir de esta enseñanza tan autorizada el cristiano que
sinceramente quiere vivir su fe, imitar a Cristo, trabajar con seriedad en su
propia santificación? La respuesta se cae de su peso: instruirse más y más
en la fe moral del Evangelio: ser más dócil a la amonestación de San Pablo:
"Muchos viven según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como
enemigos de la cruz de Cristo, cuyo La vida
del cristiano que no tome en serio esta amonestación del Apóstol no pasara
de ser una mera comedia, sellada con el estigma de la hipocresía e
irresponsabilidad ante Dios, la Iglesia y su propia conciencia Y otra
lección no menos apremiante: ¡Que reconozcamos todos la necesidad de la
propia conversión! IV.
Necesidad permanente de Ia conversión La
pertenencia al Reino de Dios esta estrechamente relacionada con la conversión
del hombre: 'El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios esta cerca: convertíos
y creed la Buena Nueva" (Mc 1, 15). El término
bíblico usado es metanoia-metanoein, que puede traducirse por:
“arrepentirse", "hacer penitencia","convertirse", y
"cambio de pensamiento". Los
profetas del Antiguo Testamento cuando hablan de conversión quieren
significar la actitud nueva del hombre frente a Dios, actitud de obediencia a
lo que Dios exige, y de confianza absoluta en su palabra. Para San
Juan Bautista la llamada a la conversión es más categórica, y debe abarcar
la totalidad de la vida (Cfr. Mt 3, 7 ss). docilidad y
apertura del hombre a la acción de Dios, abandonándose a El sin reservas. La
conversión no es cosa de un momento, sino que requiere un proceso continuo,
una actitud constante de renovación y de cambio del hombre frente a Dios. Lo
que cuenta es la conversión del corazón y la búsqueda continua del Reino de
Dios y su "justicia". Es sobre todo un acto de confianza en Dios. El
cristiano se incorpora al misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo por
el bautismo, "baño de la conversión", que redime y perdona los
pecados, y se hace al mismo tiempo miembro de la Iglesia. El bautismo es el
sacramento de la vuelta al Padre. Existe estrecha relación entre conversión
y bautismo. Una y otro se complementan. La conversión debe llevar a la
recepción del bautismo. Así lo atestigua San Pedro el dia de Pentecostés al
ser preguntado por la muchedumbre que lo ha escuchado: “Convertíos
y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para
remisión de vuestros pecados" (Hech 2, 38). Conversión
es vivir también en conformidad con la doctrina de la Iglesia,
"cuya misión es anunciar y confirmar con su autoridad los principios de
orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana" (Dignitatis
Humanue, n. 14). Algunos
pretenden hacer prevalecer su opinión personal sobre el criterio objetivo y
evangélico avalado por el Magisterio de la Iglesia. La auténtica conversión
o metanoia, como actitud permanente del cristiano, les debería
conducir a llevar a una mayor profundización de su fe y a una búsqueda
constante de la doctrina cristiana, tal como nos lo recuerda el Papa Pablo VI
en Alocución del 10 de julio de 1968: "Es un pensamiento sobre el que
vuelve frecuentemente San Agustín: Creciendo el amor, crezca la búsqueda del
que ya hemos encontrado". La fe
exige estudio, desarrollo, profundización. Es este un deber de todos los
cristianos. El Concilio Vaticano II recuerda la necesidad de "atender con
diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia" (Dignitatis
Humanae, n. 14). También
los teólogos moralistas y los confesores y pastores tenemos el grave deber de
presentar a los fieles, con claridad, la doctrina católica en su pureza e
integridad y no lesionar en lo más mínimo la doctrina de la fe: "La
doctrina moral cristiana debe constituir. sobre todo hoy, uno de los ámbitos
privilegiados de nuestra vigilancia pastoral, del ejercicio de nuestro munus
regale" (Veritatis Splendor; n. 114). Le hace
un flojo servicio a la Iglesia el cristiano que no acompaña su vida con un
cambio de actitud y de mente, "de forma que se esté en grado de poder
distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo
perfecto" (Rom 12, 2). Otro paso
importante al que debe conducir la conversión es, sin duda, al sacramento de
la penitencia, lugar de encuentro del hombre con Cristo, que opera el perdón
en la Iglesia, por medio del Sacramento. Como lo
es el bautismo, también el Sacramento de la penitencia es signo eficaz de
conversión del hombre pecador. Los bautizados pueden caer en el pecado. El
arrepentimiento es necesario si se quiere tener parte en la salvación. Pero,
similarmente al bautismo, se requiere que el arrepentimiento y el perdón se
concreten y consoliden en el sacramento de la penitencia. El sacramento de la
penitencia ocupa un lugar preferencial en la vida cristiana como prolongación
de la conversión bautismal. La práctica
cada vez más extendida de confesar los pecados directamente a Dios, aunque en
esta práctica el hombre se reconoce pecador ante Dios, no es suficiente. El
arrepentimiento de los pecados y el deseo de conversión deben plasmarse y
consolidarse en la recepci6n del sacramento de la penitencia. El Papa
Juan Pablo II tiene palabras muy valiosas sobre la "El sacramento
de la Penitencia es el camino ordinario para obtener el perdón y la
remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo... Seria pues
insensato, además de presuntuoso, querer prescindir arbitrariamente de los
instrumentos de gracia y de salvación que el Señor ha dispuesto y, en su
caso específico, pretender recibir el perdón prescindiendo del sacramento
instituido por Cristo precisamente para el perdón" (Reconciliatio et
Paenitentia, n. 31). Tanto en
el sacramento del bautismo como en el de la penitencia, el cristiano asume
ante Dios el compromiso personal de comenzar una existencia nueva (Cfr.
Reconcialitio et Paenitentia, no.31, III). Si
el proceso de conversión o metanoia debe conducir a la recepción de
los sacramentos, estos, a su vez refuerzan las disposiciones de quienes los
reciben, y los comprometen a proseguir en el camino iniciado de la conversión
con un constante empeño de reformar su vida, de alejamiento del pecado y de
acercamiento a Dios. Pero,
además, como miembro de Ia Iglesia, el cristiano no puede desprenderse de su
pertenencia y fidelidad a la
misma (Cfr. Veritatis Splendor n. 25), a la que ha sido encomendado el oficio de interpretar auténticamente la
palabra de Dios, oral y escrita, que ejerce en nombre de Jesucristo (Cfr. Dei
Verbum, n. 10). Se trata
de que el cristiano tome conciencia de su vocación y dignidad cristianas, y
conforme su vida a las exigencias de la fe que profesa, con la ayuda de los
sacramentos y del Magisterio de la Iglesia, de la que es miembro, y "cuya
rnisión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo"
(Dignitatis Humanae, n. 14). Juan Pablo II lo confirma cuando dice: "Es urgente que los cristianos
descubran la novedad de su fe y su fuerza de juicio ante la cultura
dominante e invadiente. Urge recuperar y presentar una vez más el verdadero
rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de proposiciones
que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo
vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que
se ha de hacer vida Pero, una palabra no es acogida auténticamente Si no
se traduce en hechos, si no
es puesta en práctica. La fe es una decisión que afecta a toda la
existencia; es encuentro, diálogo, comunión de amor y de vida del creyente
con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida" (Veritatis Splendor, n.
88). Tarea
nada fácil, Si se tiene en cuenta el constante bombardeo de El
cristiano necesita recurrir a los medios y ayudas que se le ofrecen para hacer
frente a las dificultades y obstáculos, sin cuyos medios y ayudas se le hará
muy difícil, por no decir imposible, mantenerse firme en la fe y fiel a su
compromiso cristiano, tales como la practica de la oración; la frecuencia de
los sacramentos, de la penitencia y eucaristía particularmente; el ejercicio
de las virtudes cristianas; el adiestramiento en la escuela del sacrificio, a
la sombra de la cruz; la devoción y amor a la Santísima Virgen María; la
fidelidad al Magisterio de la Iglesia en la que Cristo ha delegado su poder:
"el que a vosotros Os escucha. a mi me escucha" (Lc 10, 16); la
ayuda de la gracia de Dios en la lucha contra las tentaciones, y otros. Avido
de llevar adelante el proceso de su ininterrumpida conversión, debe hacer uso
de todos estos medios Si quiere tener éxito en tan ardua empresa, y contar
siempre con la gracia de Dios. Llamado
a participar en la misión sacerdotal o sacerdocio común de Cristo (Cfr.
Lumen
Gentium, IV),
el cristiano debe asumir el reto de armonizar fe y vida, y hacer realidad la
invitación de Cristo a formar parte del Reino de Dios haciendo suyo el
mensaje evangélico: "CONVERTIOS Y CREED LA BUENA NUEVA". V.
CONCLUSION Ante el
divorcio cada vez más patente y preocupante que puede observarse entre
doctrina y praxis cristianas, entre fe y vida, entre la palabra de Dios
expuesta e interpretada fielmente por el Magisterio de la Iglesia y la opinión
particular de algunos fieles creyentes, hemos creído oportuno recordar y
subrayar la vocación de gracia y santidad a que estarán llamados todos los
cristianos y la consiguiente vida moral que debe acompañarla. No basta
decirse o llamarse católicos, hay que serlo, siguiendo fielmente dictámenes
de la moral católica y las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia a quien
se le ha confiado la continuidad de la obra de Cristo: "El que Os escucha a vosotros, a mí me escucha"
(Lc 10, 16). No
se justifican por si mismas, ni mucho menos en nombre de la vocación
cristiana, las posturas o medios que lesionan la dignidad de la persona
humana, aunque se haga por motivos terapéuticos o de salud. El cristiano,
dondequiera que esté y cualquiera que sea su profesión o cargo que ocupa,
está obligado a cumplir la norma moral y a hacer valer la primacía
de los valores morales y del espíritu por encima de toda otra consideración.
El fin no justifica los medios. Sólo con
una actitud de conversión continua y continuada a lo largo de toda la vida será
posible vivir la vida cristiana tal como requiere el evangelio, y Jesús nos
propone. Exhortamos
a todos los fieles con ocasión del Año Internacional de la Familia a una
serena reflexión sobre un tema de tanta transcendencia como lo es el de la
armonía entre fe y vida, doctrina y praxis cristianas, e invitamos a que todos
hagamos el esfuerzo, bajo la mirada y la protección de nuestra Madre la Virgen
de la Providencia, por mejorar el nivel de vida individual y familiar, elevar el
estilo de vida de nuestro pueblo, y vivir la vida en Cristo a la que hemos sido
llamados. Con
nuestra bendición fraternal. Dado
en San Juan el día 27 del mes de noviembre, del año del Señor 1994, primer
domingo de Adviento.
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