EXHORTACION PASTORAL: LA VIDA CRISTIANA,

TESTIMONIO DE FE EN CRISTO

Saludo.

Que el gozo y la paz de nuestro Señor Jesucristo nos acompañen siempre a todos, amados hermanos sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, fieles laicos.

Nosotros, los Obispos de Puerto Rico, "constituidos por el Espíritu Santo como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios que adquirió por la sangre de su hijo" (Hech 20,28), hemos decidido escribir la presente Exhortación, mediante la cual, mientras abrimos con sencillez nuestro coraz6n para que conozcáis cómo pesa en él cada día la preocupación por todos vosotros (Cfr. 2 Cor 11, 28), queremos también cumplir con nuestro deber de predicar el Evangelio.

 

I.  Motivo de esta Exhortación

La meta única de nuestro afán cotidiano será siempre la de querer serviros para que vuestra conducta sea digna de la vocación a la que fuisteis llamados por el sacramento del bautismo.  Hacemos nuestras las exclamaciones del apóstol Pablo: "¿Quién desfallece, que yo no desfallezca? ¿Quién da un mal paso, sin que yo me abrase?" (2 Cor 11, 29).

Lamentable sería que, habiéndonos otorgado Dios la dignidad de ser imagen y semejanza suya y habiéndonos llamado en Cristo a vivir en el gozo y la paz de los renacidos en Dios por el bautismo, la vida del bautizado se llenara de vacío y de sinsentido por pretender encontrar la felicidad viviendo de espaldas a los requerimientos de Dios amoroso Padre nuestro. Por eso nos apena cuando comprobamos que en el diario vivir de algunos cristianos existe una dicotomía entre la fe que dicen profesar y su modo de comportarse.

Es verdad que son muchos, gracias a Dios, los cristianos coherentes: aquellos que recibieron en su día el bautismo y no sólo se reconocen católicos, sino que se esfuerzan seriamente por vivir como hijos de Dios regenerados por la gracia; saben que los diez mandamientos son la expresión de la voluntad divina, y quieren ajustar a ellos su vida practica privada y pública; creen en el poder de la oración a la que acuden en las diferentes vicisitudes, y procuran recibir con frecuencia los sacramentos porque conocen su necesidad y eficacia para perseverar y salvarse.

Sin embargo, volvemos a decir, no podemos sino lamentar la imagen que irresponsablemente proyectan en su vida cotidiana otros cristianos cuyo numero parece ser mayor cada día. Son los que viven ajenos a la transformación que en ellos operó el bautismo: no se esmeran por cultivar en su vida diana las virtudes recibidas con la gracia; desconocen prácticamente su vocación a la santidad. Infringen a la ligera los mandamientos de la Ley de Dios; y, cuando se acercan a los sacramentos de la penitencia y la eucaristía, lo hacen de manera rutinaria si es que no los excluyen totalmente de su vida re1igiosa.

Y en consecuencia de dicha actitud no es extraño que sean esos mismos, que por otra parte no dudan en atribuirse el título de católicos practicantes, los que en su vida real se acomodan irreflexivamente a las practicas típicas de una sociedad secularizada.

Enumeremos, por vía de ejemplo, algunas de esas prácticas. En el piano individual debemos mencionar la indiferencia religiosa, la drogadicción, el libertinaje sexual. En el plano familiar descuellan el divorcio, la limitación artificial de la natalidad, el aborto; y en el plano social cabe señalar el robo de bienes privados o públicos, abuso de autoridad, la difamación, la calumnia, el perjurio, la violencia física sin excluir el asesinato, y otras formas de inmoralidad y corrupción.   Ante estos hechos no debemos, no podemos, ni queremos callar.

Por eso, conscientes de estar ejerciendo nuestra responsabilidad de "maestros auténticos, es decir, herederos de la autoridad de Cristo" (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 25), queremos exponer brevemente en esta Exhortación cuál es la naturaleza de una vida cristiana verdadera con todas sus consecuencias.

Para lo cual, desarrollaremos los siguientes puntos:

 

II. La vida cristiana

Jesucristo mismo nos dice que la misión recibida de Dios Padre es realizar la obra maravillosa de que todos los humanos podamos ser hijos de Dios. "Yo he venido -dice Jesucristo- para que tengan vida, y la tengan abundante" (Jn 10, 10). Verdad que nos explica el Catecismo de la Iglesia Católica cuando enseña que el bautismo no sólo purifica de todos los pecados, sino que hace también al neófito hijo adoptivo de Dios y miembro de Cristo, capacitado por la gracia santificante para practicar las virtudes teologales y morales; y templo del Espíritu Santo, quien mediante sus dones lo impulsa al bien obrar (Cfr. Catecismo, nn. 1265-1266).

Por tanto, ser cristiano es haber sido re-engendrado a una vida nueva:

la vida de hijos de Dios, que se nos da en el bautismo. Jesucristo habla bien claro a Nicodemo: "En verdad, en verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos. [....]. Es preciso nacer de arriba" (Jn 3, 5-7; el subrayado es nuestro).

De forma semejante a lo que sucede con la vida humana, que hemos recibido de nuestros progenitores, la vida de hijos de Dios exige crecimiento, des arrollo y dar frutos; porque ser cristiano no es sólo un título, sino que es la capacidad y el deber de realizar acciones divinas: "No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que esta en los Cielos" (Mt 7, 21).

Jesucristo por medio del bautismo nos ha hecho participar en su vida de Hijo de Dios; la confirmación "aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1303) que nos capacitan para luchar con éxito ante los peligros de perderla. Por el de la comunión, El mismo se nos da en alimento para hacernos cada día más cristianos, más parecidos a El: "El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él" (Jn 6, 56).

Por lo que nadie puede perseverar durante largo tiempo en una vida cristiana auténtica, si no se acerca con la frecuencia debida a recibir los sacramentos. Pretender vivir la vida de Cristo -vivir en gracia de Dios­ sin beber en las fuentes de esa vida, sería tan insensato como ambicionar una vida saludable sin procurar el alimento y la higiene necesarios.

Es posible vivir cristianamente; más aún, es el único camino que nos lleva a disfrutar de una personalidad auténtica, serena y gozosa. Pero es tare a difícil. Porque llevamos dentro nuestras personales debilidades -la inclinación a pecar-; y desde fuera de nosotros nos atraen los malos ejemplos de los que viven a espaldas de Dios y sufrimos además las asechanzas del demonio, ese enemigo "que como león rugiente da vueltas a nuestro alrededor para devorar al que sorprenda desprevenido" (I Pet 5, 8).

El pecado grave es la muerte del alma; por eso lo llamamos "pecado mortal". Este es el pecado que comete el cristiano (el mismo que es hijo de Dios por el bautismo), cuando acepta el engaño del "padre de la mentira, Satanás" y prefiere "ser como Dios" para buscar el bienestar a su modo y manera.

Es la permanente tentación del ser humano, también la de los católicos de nuestro tiempo; tentación en la que algunos sucumben y de la que quiere prevenir a todos el Papa cuando dice: "En un clima de individualismo religioso, hay quienes se arrogan el derecho de decidir por sí mismos, incluso en cuestiones importantes de fe, qué enseñanzas se han de aceptar, e ignoran las que les parecen inaceptables. La adhesión selectiva de la enseñanza autorizada de la Iglesia [...] es incompatible con el hecho de ser un buen católico, y por su misma naturaleza constituye un obstáculo para la participación plena en la vida eclesial" (Juan Pablo II, Discurso, 20, IV, 93).

Jesucristo nos ha enseñado a rogar: "Padre nuestro, que está en el cielo [...] no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal" (Mt 6, 13). Y para devolvernos la gracia de Dios -la vida de hijos de Dios- perdida cuando pecamos mortalmente, Jesucristo instituyó la confesión, que es el sacramento del perdón de Dios, que nos devuelve su vida y nos fortalece para no volver a pecar.

"Recibid el Espíritu Santo" -dijo a los apóstoles- "a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos" (Jn 20, 22-23). Ciertamente es difícil vivir con autenticidad la vida de hijos de Dios recibida en el bautismo; pero Jesucristo lo sabe y para eso entregó su vida y derramó su sangre "por todos los hombres, para el perdón de sus pecados" (Misal Romano, Plegaria Eucarística).

Con los auxilios que Cristo nos ha merecido, estamos capacitados todos y cada uno para vivir en plenitud esa vida cristiana de hijos e hijas de Dios. Pues la nueva vida, en la que hemos sido reengendrados por el bautismo, es el mismo Dios Uno y Trino que por la gracia vive en nosotros (Jn 14, 23) y actúa en nosotros (Jn 16, 13). La vida cristiana vivifica a la persona en todas sus potencias y capacidades, vivifica el corazón (que es como decir lo más íntimo del yo); y precisamente por eso no es cristiana práctica la persona en cuyo corazón se esconde una doble vida, como la de los escribas y fariseos (Mc 7, 6-7).

Con razón nos exhorta la Palabra de Dios: "No os amoldéis a las normas del mundo presente, sino procurad transformaros por la renovación de la mente, a fin de que logréis discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto" (Rom 12, 2).

En resumen: ser católico practicante es ser testigo de Cristo (Jn 15, 27) haciendo las obras que Cristo hizo (Jn 14, 12) y, en consecuencia lógica muchas veces. soportar el rechazo y aun el desprecio de colegas, amistades, familiares, que viven de espaldas al Evangelio. Lo entendieron así los apóstoles; así lo enseñaron y así lo practicaron. Igual hicieron los primeros cristianos: demostraron con obras su fe, y muchos llegaron al extremo de dar su vida por Jesucristo.

Los mártires, en cualquier época de la Iglesia, han visto claro que ser fieles a la fe en Jesucristo exige preferir a Cristo aun a costa de la propia vida. Así lo hicieron jovencitas como Santa Inés (s. IV) y Santa María Goretti (x. XX); políticos como San Wenceslao de Bohemia (s. X) y Santo Tomás Moro (s. XVI); madres de familia como Santa Perpetua (S. IV) y la Beata Gianna Beretta Molla (s. XX).   La Iglesia solamente eleva a los altares a quienes han vivido en grado las virtudes cristianas.

Ill. La vida moral del cristiano y la perversidad del pecado

Entendida la vida cristiana en su esencia como una regeneración en Cristo mediante el bautismo, le queda por delante al fiel cristiano una magna tarea que habrá de prolongarse durante toda su existencia terrena. Nos la señaló   San Pablo al dirigir esta advertencia a los fieles de Efeso:

“ [...] hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo" (Ef. 4, 13).

A este sublime proyecto de la propia santificación, esforzándonos diariamente por asemejarnos cada día mis a Cristo, nuestro modelo, creciendo en gracia y caridad, se oponen el pecado con toda su deformidad moral, las lacras que arrastramos a consecuencia de la culpa original y, tal vez, una larga serie de pecados personales. Observa el Catecismo de la Iglesia Católica: ". la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada "concupiscencia")" (405).

No es extraño que, oprimidos por este gravoso bagaje, sean no pocos los cristianos que desfallezcan en su ascensión hacia las cumbres de la santidad-ascensión que es ley y exigencia de la gracia bautismal y de la caridad-, y caigan en pecado, apartándose de Dios y abjurando, de manera al menos implícita, de las promesas bautismales contra Satanás, el mundo y los estímulos de la carne.

Supuesto, pues, el hecho de que el pecado es una nefastísima realidad para la vida de la gracia, es obligación de todo cristiano cultivar una conciencia recta y verdadera que lo proteja contra las falaces insidias de tan pernicioso fenómeno. Precisamente, la falta de instrucción, más bien que la mala voluntad, es una de las explicaciones que cabe dar a la extraña postura denunciada anteriormente de personas que se profesan católicas y osadamente quebrantan los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia.

 

A.       Noción del pecado

Para ser mis precisos, nos preguntamos, ¿qué es el pecado, y cuál es su gravedad hasta el punto de destruir la gracia en el alma incorporada a Cristo por el bautismo? La respuesta nos la da el Catecismo de la Iglesia Católica: "Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vinculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Di os, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia" (386).

Efectivamente, el pecado es un "rechazo y oposición a Dios", deliberadamente consumado, es decir, consciente, voluntarlo y libre.  Si falta uno de estos elementos no hay pecado, culpabilidad o responsabilidad alguna. La Sagrada Escritura se refiere al pecado como una falta con relación a Dios (Ex 9, 27); desprecio de sus designios (Sal 107, 11); un ultraje hecho a su nombre (Sal 74, 10, 18); alejamiento de su presencia a imitación del hijo pródigo (Le 15, 11-32); pérdida de la verdadera vida, de la verdadera felicidad (Mt 7, 13).

En la tradición cristiana, el pecado ha recibido distintas definiciones. Para San Agustín es "un dicho, acción o deseo contrario a la ley eterna (de Dios)" (De libero arbitrio, 2, n. 19). Otra nueva fórmula, usada igualmente por San Agustín: "Est autem peccatum [...] a prestantiore Conditore aversio et ad condita inferiora conversio" (De diversis quaestionibus ad Simplicianum I, 1. a. 2., n. 18); alejamiento de Dios y conversión a las criaturas.

Para Santo Tomás, aparte de subscribir la definición de San Agustín (Cfr. Summa Theologiae, III, 86, 4), la ofensa (de Dios) se concreta en un comportamiento nocivo para el prójimo y en el mal que el hombre se hace a mismo (Contra gentes, 3, c. 122); porque el hombre es una criatura de Dios, hecha a su imagen y semejanza (Gen 1, 26; Sab. 2,23). Por el contrario, el amor de Dios, la observancia de su ley se manifiestan en el amor del prójimo. "Si alguno dice: 'Amo a Dios' y aborrece a su hermano, es un mentiroso" (1 Jn 4, 20-21).

 

B.       Pecado en la historia y en la enseñanza de la Iglesia

En la historia de la humanidad el pecado es una realidad constante y abrumadora, de suerte que S. Lyonnet, un renombrado exégeta de nuestros días, no ha dudado en escribir: “Casi en cada página habla la Biblia de esta realidad a ;a que llamamos pecado [...]. La verdadera naturaleza del pecado, su malicia y sus dimensiones aparece, sobre todo, a través de la historia bíblica; [...] la historia de la salvación no es otra cosa que la tentativa de arrancar al hombre de su pecado, repetida infatigablemente por el Dios Creador" (L. Dufour et al. Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona, Editorial Herder, 1980, s.v. Pecado, p.660).

Nuestro Señor confió a la Iglesia el depósito de la Revelación para su fiel custodia e infalible interpretación. En el ejercicio de este sagrado mandato el Magisterio de la Iglesia ha mantenido indefectiblemente a través de los siglos la enseñanza bíblica acerca del pecado. Por aducir un solo ejemplo, el Concilio Vaticano II nos instruye sobre la verdadera raíz de la malicia intrínseca del pecado en términos que no dejan lugar a duda sobre todo lo antedicho: “[...] Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida ordenación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona corno a las relaciones con los demás y con el resto de la Creación" (Gaudium et Spes, 130).

Esta enseñanza la recoge y expone ampliamente S.S. Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, ns. 14-22. En el número 18 se pregunta el Santo Padre: "¿No vive el hombre contemporáneo bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una 'anestesia' de la conciencia? [...]. Junto a la conciencia queda también oscurecido el  sentido de Dios, y entonces, perdido este decisivo punto de referencia interior, se pierde el sentido del pecado. He aquí por qué mi predecesor Pío XII, con una frase que ha llegado a ser casi proverbial, pudo declarar en una ocasión que 'el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado'.

Según el grado de alejamiento de Dios que la mala acción ocasione, el pecado será mortal o venial. El primero es un rechazo total de Dios, sustituyéndole por un bien creado, persona o cosa, que el pecador elige como centro y razón de ser de su vida. El pecado venial es ofensa de Dios, pero no llega a excluirle de la propia existencia en el grado que lo hace el pecado mortal.

Por el pecado mortal se extingue en el alma la gracia de Dios, y con ella, su amistad. Desaparecen, asimismo, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo, y los méritos adquiridos en el pasado. El hombre cul­pable de un solo pecado mortal no puede por sus propios medios recuperar la gracia y auxilios perdidos, ni reparar el daño que a sí mismo, a su alma ha ocasionado y a la comunidad eclesial; es reo de condenación eterna si la muerte le sorprende en tal estado.

 

C.       Pecados o actos intrínsecamente malos

Una de las consecuencias más funestas a que ha llevado la perdida del sentido del pecado ha sido los conatos realizados por determinados moralistas no sólo para atenuar la gravedad del pecado, sino para negar rotundamente que existan pecados intrínseca o esencialmente tales. Intentan justificar su punto de vista a base de lo que llaman "consecuencialismo" y "proporcionalismo", o sea, el bien que se pueda seguir o mal que se previene con la acción impropiamente descrita, según ellos, como intrínsecamente mala.

Juan Pablo II rechaza categóricamente tan gratuita aseveración en su ultima encíclica Veritatis Splendor. Estas son sus palabras: "La razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como 'no-ordenables' a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la per­sona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos' ('Intrinsece malum'):

lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa y de las circunstancias" (80).

Entran dentro de esta categoría los pecados tan corrientes, por desgracia, en la sociedad de hoy: uso de anticonceptivos, los homicidios, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, la coacción psicológica; las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, las condiciones ignominiosas de trabajo. "Todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran mas a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios a1 honor debido al Creador" (Gaudium et Spes, 27).

Por asociación de ideas recordamos el texto de San Pablo: "Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a su mente réproba, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de homicidio, de contienda, de engaño, de malicia, chismosos, detractores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados, los cuales aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen" (Rom 1, 28 a 32).   La misma nota de inmoralidad intrínseca se extiende a los abusos en el ámbito de la sexualidad: la masturbación o autoerotismo, la homosexualidad y las relaciones sexuales pre-matrimoniales, (Cfr. Declaración de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunas cuestiones de ética sexual, 29 de diciembre de 1975).

¿Qué lección práctica deberá deducir de esta enseñanza tan autorizada el cristiano que sinceramente quiere vivir su fe, imitar a Cristo, trabajar con seriedad en su propia santificación? La respuesta se cae de su peso: instruirse más y más en la fe moral del Evangelio: ser más dócil a la amonestación de San Pablo: "Muchos viven según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan mis que en las cosas de la tierra" (Fil 3, 18-19)

La vida del cristiano que no tome en serio esta amonestación del Apóstol no pasara de ser una mera comedia, sellada con el estigma de la hipocresía e irresponsabilidad ante Dios, la Iglesia y su propia conciencia

Y otra lección no menos apremiante: ¡Que reconozcamos todos la necesidad de la propia conversión!

 

IV. Necesidad permanente de Ia conversión

La pertenencia al Reino de Dios esta estrechamente relacionada con la conversión del hombre: 'El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios esta cerca: convertíos y creed la Buena Nueva" (Mc 1, 15).

El término bíblico usado es metanoia-metanoein, que puede traducirse por: “arrepentirse", "hacer penitencia","convertirse", y "cambio de pensamiento".

Los profetas del Antiguo Testamento cuando hablan de conversión quieren significar la actitud nueva del hombre frente a Dios, actitud de obediencia a lo que Dios exige, y de confianza absoluta en su palabra.

Para San Juan Bautista la llamada a la conversión es más categórica, y debe abarcar la totalidad de la vida (Cfr. Mt 3, 7 ss).   Pero, ¿cuál es la exigencia fundamental de Jesús? ¿Qué quiso decir o expresar exactamente Jesús al usar el término conversión?   Jesús exige una respuesta por parte del hombre. Exige la conversión del hombre, a la iniciativa divina, que podría resumirse en estas palabras:

docilidad y apertura del hombre a la acción de Dios, abandonándose a El sin reservas. La conversión no es cosa de un momento, sino que requiere un proceso continuo, una actitud constante de renovación y de cambio del hombre frente a Dios. Lo que cuenta es la conversión del corazón y la búsqueda continua del Reino de Dios y su "justicia". Es sobre todo un acto de confianza en Dios.

El cristiano se incorpora al misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo por el bautismo, "baño de la conversión", que redime y perdona los pecados, y se hace al mismo tiempo miembro de la Iglesia. El bautismo es el sacramento de la vuelta al Padre. Existe estrecha relación entre conversión y bautismo. Una y otro se complementan. La conversión debe llevar a la recepción del bautismo. Así lo atestigua San Pedro el dia de Pentecostés al ser preguntado por la muchedumbre que lo ha escuchado:

“Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados" (Hech 2, 38).

Conversión es vivir también en conformidad con la doctrina de la Iglesia, "cuya misión es anunciar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana" (Dignitatis Humanue, n. 14).

Algunos pretenden hacer prevalecer su opinión personal sobre el criterio objetivo y evangélico avalado por el Magisterio de la Iglesia. La auténtica conversión o metanoia, como actitud permanente del cristiano, les debería conducir a llevar a una mayor profundización de su fe y a una búsqueda constante de la doctrina cristiana, tal como nos lo recuerda el Papa Pablo VI en Alocución del 10 de julio de 1968: "Es un pensamiento sobre el que vuelve frecuentemente San Agustín: Creciendo el amor, crezca la búsqueda del que ya hemos encontrado".

La fe exige estudio, desarrollo, profundización. Es este un deber de todos los cristianos. El Concilio Vaticano II recuerda la necesidad de "atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia" (Dignitatis Humanae, n. 14).

También los teólogos moralistas y los confesores y pastores tenemos el grave deber de presentar a los fieles, con claridad, la doctrina católica en su pureza e integridad y no lesionar en lo más mínimo la doctrina de la fe:

"La doctrina moral cristiana debe constituir. sobre todo hoy, uno de los ámbitos privilegiados de nuestra vigilancia pastoral, del ejercicio de nuestro munus regale" (Veritatis Splendor; n. 114).

Le hace un flojo servicio a la Iglesia el cristiano que no acompaña su vida con un cambio de actitud y de mente, "de forma que se esté en grado de poder distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rom 12, 2).

Otro paso importante al que debe conducir la conversión es, sin duda, al sacramento de la penitencia, lugar de encuentro del hombre con Cristo, que opera el perdón en la Iglesia, por medio del Sacramento.

Como lo es el bautismo, también el Sacramento de la penitencia es signo eficaz de conversión del hombre pecador. Los bautizados pueden caer en el pecado. El arrepentimiento es necesario si se quiere tener parte en la salvación. Pero, similarmente al bautismo, se requiere que el arrepentimiento y el perdón se concreten y consoliden en el sacramento de la penitencia. El sacramento de la penitencia ocupa un lugar preferencial en la vida cristiana como prolongación de la conversión bautismal.

La práctica cada vez más extendida de confesar los pecados directamente a Dios, aunque en esta práctica el hombre se reconoce pecador ante Dios, no es suficiente. El arrepentimiento de los pecados y el deseo de conversión deben plasmarse y consolidarse en la recepci6n del sacramento de la penitencia.

El Papa Juan Pablo II tiene palabras muy valiosas sobre la importancia del sacramento de la penitencia en estrecha relación con la conversión: “Entre los sacramentos hay uno que más propiamente puede considerarse el sacramento de la Penitencia por antonomasia. como de hecho se llama, y por tanto, es el sacramento de la conversión y de la reconciliación (Reconciliatio et Paenitentia,  n. 27)

"El sacramento de la Penitencia es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo... Seria pues insensato, además de presuntuoso, querer prescindir arbitrariamente de los instrumentos de gracia y de salvación que el Señor ha dispuesto y, en su caso específico, pretender recibir el perdón prescindiendo del sacramento instituido por Cristo precisamente para el perdón" (Reconciliatio et Paenitentia, n. 31).

Tanto en el sacramento del bautismo como en el de la penitencia, el cristiano asume ante Dios el compromiso personal de comenzar una existencia nueva (Cfr. Reconcialitio et Paenitentia, no.31, III).

Si el proceso de conversión o metanoia debe conducir a la recepción de los sacramentos, estos, a su vez refuerzan las disposiciones de quienes los reciben, y los comprometen a proseguir en el camino iniciado de la conversión con un constante empeño de reformar su vida, de alejamiento del pecado y de acercamiento a Dios.

Pero, además, como miembro de Ia Iglesia, el cristiano no puede desprenderse de su pertenencia y  fidelidad a la misma (Cfr. Veritatis Splendor n. 25), a la que ha sido encomendado el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral y escrita, que ejerce en nombre de Jesucristo (Cfr. Dei Verbum, n. 10).

Se trata de que el cristiano tome conciencia de su vocación y dignidad cristianas, y conforme su vida a las exigencias de la fe que profesa, con la ayuda de los sacramentos y del Magisterio de la Iglesia, de la que es miembro, y "cuya rnisión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo" (Dignitatis Humanae, n. 14). Juan Pablo II lo confirma cuando dice: "Es urgente que los cristianos descubran la novedad de su fe y su fuerza de juicio ante la cultura dominante e invadiente. Urge recuperar y presentar una vez más el verdadero rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que se ha de hacer vida Pero, una palabra no es acogida auténticamente Si no se traduce en hechos, si no es puesta en práctica. La fe es una decisión que afecta a toda la existencia; es encuentro, diálogo, comunión de amor y de vida del creyente con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida" (Veritatis Splendor, n. 88).

Tarea nada fácil, Si se tiene en cuenta el constante bombardeo de ideas y creencias a las que esta expuesto el cristiano en el momento que estamos viviendo "de un formidable desafío" al anuncio del Evangelio, de "la descristianización, que grava sobre pueblos enteros y comunidades en otro tiempo ricos de fe y vida cristiana", y "una decadencia u oscurecimiento del sentido moral" (Cfr. Veritatis Splendor n. 106).

El cristiano necesita recurrir a los medios y ayudas que se le ofrecen para hacer frente a las dificultades y obstáculos, sin cuyos medios y ayudas se le hará muy difícil, por no decir imposible, mantenerse firme en la fe y fiel a su compromiso cristiano, tales como la practica de la oración; la frecuencia de los sacramentos, de la penitencia y eucaristía particularmente; el ejercicio de las virtudes cristianas; el adiestramiento en la escuela del sacrificio, a la sombra de la cruz; la devoción y amor a la Santísima Virgen María; la fidelidad al Magisterio de la Iglesia en la que Cristo ha delegado su poder: "el que a vosotros Os escucha. a mi me escucha" (Lc 10, 16); la ayuda de la gracia de Dios en la lucha contra las tentaciones, y otros. Avido de llevar adelante el proceso de su ininterrumpida conversión, debe hacer uso de todos estos medios Si quiere tener éxito en tan ardua empresa, y contar siempre con la gracia de Dios.

Llamado a participar en la misión sacerdotal o sacerdocio común de Cristo (Cfr. Lumen Gentium, IV), el cristiano debe asumir el reto de armonizar fe y vida, y hacer realidad la invitación de Cristo a formar parte del Reino de Dios haciendo suyo el mensaje evangélico: "CONVERTIOS Y CREED LA BUENA NUEVA".

 

V.       CONCLUSION

Ante el divorcio cada vez más patente y preocupante que puede observarse entre doctrina y praxis cristianas, entre fe y vida, entre la palabra de Dios expuesta e interpretada fielmente por el Magisterio de la Iglesia y la opinión particular de algunos fieles creyentes, hemos creído oportuno recordar y subrayar la vocación de gracia y santidad a que estarán llamados todos los cristianos y la consiguiente vida moral que debe acompañarla.

No basta decirse o llamarse católicos, hay que serlo, siguiendo fielmente dictámenes de la moral católica y las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia a quien se le ha confiado la continuidad de la obra de Cristo:

"El que Os escucha a vosotros, a mí me escucha" (Lc 10, 16).

No se justifican por si mismas, ni mucho menos en nombre de la vocación cristiana, las posturas o medios que lesionan la dignidad de la persona humana, aunque se haga por motivos terapéuticos o de salud. El cristiano, dondequiera que esté y cualquiera que sea su profesión o cargo que ocupa, está obligado a cumplir la norma moral y a hacer valer la primacía de los valores morales y del espíritu por encima de toda otra consideración. El fin no justifica los medios.

Sólo con una actitud de conversión continua y continuada a lo largo de toda la vida será posible vivir la vida cristiana tal como requiere el evangelio, y Jesús nos propone.

Exhortamos a todos los fieles con ocasión del Año Internacional de la Familia a una serena reflexión sobre un tema de tanta transcendencia como lo es el de la armonía entre fe y vida, doctrina y praxis cristianas, e invitamos a que todos hagamos el esfuerzo, bajo la mirada y la protección de nuestra Madre la Virgen de la Providencia, por mejorar el nivel de vida individual y familiar, elevar el estilo de vida de nuestro pueblo, y vivir la vida en Cristo a la que hemos sido llamados.

Con nuestra bendición fraternal.

Dado en San Juan el día 27 del mes de noviembre, del año del Señor 1994, primer domingo de Adviento.