Reflexiones pastorales con motivo del V Centenario

de la Evangelización de Puerto Rico

 

I.  PROPOSITO

La Iglesia Católica, bajo la guía del Papa Juan Pablo II se suma gozoza y responsablemente a las celebraciones del V Centenario del Descubrimiento de América. Pero lo hace desde su perspectiva pastoral: con clara conciencia de lo que fue y debe seguir siendo la "evangelización," propiciada y consecuente al hecho histórico del Descubrimiento. "Lo que la Iglesia celebra en esta conmemoración, ha dicho Juan Pablo II, no son acontecimientos históricos más o menos discutibles, sino una realidad espléndida y permanente que no se puede subestimar: la llegada de la fe, la proclamación y difusión del mensaje evangélico" al Nuevo Mundo”1. Es decir, no conmemora los acontecimientos históricos en sí, a los que en ningún modo quita su valor ni aminora su alcance, sino el acontecimiento salvífico. Celebra, y continua a Cristo en América, dándole a este hecho-a esta presencia- pleno sentido teológico y litúrgico, y reflexionando sobre los retos y problemas actuales para proyectarse a lo que Juan Pablo II ha calificado 'proféticamente' de nueva evangelización,2 aventura urgente ya, cuando la humanidad se halla expectante del tercer milenio cristiano.

La Iglesia, por tanto, reconoce que "la conmemoración del V Centenario es ocasión propiciara un estudio histórico riguroso y ecuánime y para un balance objetivo de aquella empresa singular, que debe ser considerada en la perspectiva de su tiempo y con una clara conciencia eclesial."3 Y, en la medida de sus estructuras dinámicas, está promoviendo el estudio científico de aquel hecho que fue tan decisivo en la historia humana y la abrió a la Edad Moderna.

Pero, lectora de los signos de los tiempos y de las rápidas transformaciones y cambios profundos del mundo contemporáneo,4 quiere prepararse también para responder a los retos que esos cambios, a veces perturbadores, propician, y preparar los caminos de la nueva evangelización

En sintonía, pues, con las directrices de Juan Pablo II, la Conferencia Episcopal Puertorriqueña (CEP) hace las reflexiones que van a continuación sobre el V Centenario desde la propia perspectiva.

 

2. PUNTO DE PARTIDA

Tomemos como lema o punto de partida los pasajes en que Cristo, arquetipo o primer 'evangelizador,' señala el horizonte de su Evangelio y envía a los Apóstoles a evangelizar.

En efecto, Jesús, enviado del Padre a liberar a los hombres del pecado y a anunciarles la "Buena Nueva,"5 dijo que su Evangelio seria predicado en todo el orbe,8 a todas las naciones.7 Y al enviar a los Apóstoles a cumplir esa misión les mandó "enseñar a todas las gentes,"8 "predicar el Evangelio a toda la creación.”9   El despliegue, pues, de la Iglesia primitiva se inicia bajo el impulso divino de ese mandato, según nos relatan los Hechos, en los que San Lucas recogió el momento supremo del mandato de la evangelización y la exigencia de testimonio y de universalidad que lo debe acompañar: "Seréis mis testigos... hasta el último confín de la tierra.”10

La Iglesia, por tanto, nació como sacramento de evangelización, precisamente porque es "sacramento universal de salvación"11 y porque realiza esa tarea salvadora 'anunciando' a todo el mundo el Evangelio de Cristo y responsabilizando en ella a todos los bautizados.12  ‘colaborando' con los Apóstoles y sus sucesores, los obispos, a quienes "el Señor Jesús eligió para enviarlos a predicar el reino de Dios" y apacentar y regir su Iglesia.13 El carácter radicalmente evangelizador de la Iglesia ha sido gozosamente reafirmado por el Concilio Vaticano II y explicado por el magisterio de Pablo VI en su Exhortación Apost6lica Evangelii nuntiandi (1975) y por Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris Missio (1991).

"Evangelizar, según Pablo VI, significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: he aquí que hago nuevas todas las cosas (Apoc 21, 5). Pero la verdad es que no hay humanidad nueva Si no hay en primer lugar hombres nuevos, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangeho (cf. Rom 6,4). La finalidad de la evangelización es, por consiguiente, este cambio interior."'4

"Con el mensaje evangélico, explica Juan Pablo II, la Iglesia ofrece una fuerza liberadora y promotora de desarrollo, precisamente porque lleva la conversión del corazón y de la mentalidad, ayuda a reconocer la dignidad de cada persona; dispone a la solidaridad, al compromiso, al servicio de los hermanos; inserta al hombre en el proyecto de Dios, que es la construcción del Reino de paz y de justicia, a partir ya de esta vida .[....]. El desarrollo del hombre viene de Dios, del modelo de Jesús, Dios y hombre, y debe llevar a Dios. De ahí por qué entre el anuncio evangélico y la promoción del hombre hay una estrecha conexión."15

Es la conexión que con tan estimulante clarividencia cristológica expuso el Concilio Vaticano II al auscultar los problemas del mundo contemporáneo, solidarizándose con todo 'el género humano y su historia' y proponiendo soluciones que ella saca del arca de la revelación divina: "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado," es decir, el misterio de Nuestro Señor Jesucristo, el hombre nuevo, al que todo hombre puede y debe conformarse. Y con enorme valentía, proclama que "esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de solo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual. Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo yen Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad.”15

El gran 'evangelizador' de los gentiles, San Pablo, esculpió su vivencia personal en f6rmulas lapidarias: 1) la misión fundamental de la Iglesia consiste en "evangelizar a Cristo."17 2) los apóstoles-los de ayer y los de hoy- 'son agentes de Dios" que llevan y reparten el Evangeho por el mundo.18 3) "¡ay de mí si no evangelizare!"19

En suma: el anuncio profético de Cristo -el Evangelio será predicado en todo el orbe-se elevó a mandato primordial a los Apóstoles

-id, pues, enseñad a todas las gentes, predicad el Evangelio a toda criatura-y en quehacer fundamental de la Iglesia, en su vocación propia. La evangelización constituye la nusi6n esencial de la Iglesia, repite, con dramático y acerado acento Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, es su gozo y su ministerio, su "identidad más profunda," existe para evangelizar, para ser canal-sacramento-de la gracia redentora de Cristo. para reconciliar a los hombres con Dios, para "perpetuar el sacrificio de Cristo," para predicar y enseñar a vivir el Evangelio.20

  De ahí que el camino de la luz, de la verdad y de la vida vaya de "Cristo evangelizador a la Iglesia evangelizadora" y se continúe uniforme a través de los tiempos sin cambios sustanciales, aunque se verifiquen cambios accidentales de métodos: "No hay evangelización verdadera Si no se anuncia el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret, hijo de Dios."20

Las reflexiones que a continuación hacemos al filo de la historia humana. con ocasión del V Centenario del descubrimiento y Evangelización del Nuevo mundo, parten de las anteriores premisas bíblico-eclesiológicas y en ellas se engastan.

3.  LA EVANGELIZACION DEL NUEVO MUNDO

A través de un prisma histórico del cumplimiento del mandato de Cristo-id, pues, predicad el Evangelio a toda criatura,- es obvio que la evangelización apostólica se contuvo en los límites geográficos del mundo entonces conocido. San Pablo expresó su deseo y parece ser que tuvo oportunidad de realizarlo-de 'predicar el Evangelio' en España, considerada entonces como "confin de la tierra" (Finis terrae). Bajo este aspecto, el descubrimiento de América en 1492 ensanch6 las fronteras del mundo, y abrió inmensos horizontes a la evangelización, haciendo posible, por así decirlo, que se cumpliese "a cabalidad" el anuncio y el mandato de Cristo: la predicación del Evangeho "hasta el confin de la tierra."

La Iglesia, fiel a su identidad y a su vocación, no desaprovechó la ocasión que el hecho histórico del Descubrimiento de un Novus Orbis le brindaba. En los escritos de Cristobal Colón, realizador de la hazaña, late y aflora este gozo de la inminente posibilidad de una nueva difusión del Evangelio y de haber hallado "la tierra nueva y el nuevo cielo "del que habla el Apocalipsis.22 En clave apocalíptica gozosa vio también el famoso Fray Bartolomé de las Casas el Descubrimiento del Nuevo Mundo: por él, escribe, abri6 Dios "el camino para el principio de la última predicación del Evangelio  en lo último ya del mundo.’23

Los primeros historiadores y cronistas de Indias, y más aún los primeros evangelizadores, fueron sensibles a esta singular y providencial oportunidad del Evangelio y la interpretaron como designio de Dios para "dilatar su santa Iglesia." Una fértil antología se puede reunir con los testimonios de esas historias y crónicas. Y es de justicia recordar el alto valor que, en orden a la evangelización del Novus Orbis, tuvieron las condicionantes 'donaciones' que. en virtud de la teocracia pontificia entonces indiscusa, otorgó a los Reyes Católicos el Papa Alejandro VI. Por su parte, los Reyes Católicos aceptaron y se esforzaron en cumplir esas condiciones, teniendo a gala el haberlas asumido y responsabilizándose con ellas. El codicilo del testamento de la Reina Isabel es en extremo elocuente, y marca, por así decirlo, toda la epopeya evangelizadora del Nuevo Mundo. continuación a gran escala de la que se llevó a cabo en la Iglesia de los primeros siglos cristianos. Es conmovedor, además de aleccionador, releer el pasaje del testamento de la Reina Isabel:

"Por cuanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las Islas y Tierra firme del mar océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue [...] procurar inducir y traer los pueblos de ellas y convertirlos a nuestra Santa fe católica, y enviar a las dichas islas y tierra firme prelados y religiosos y clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios para instruir los vecinos moradores de ellas en la fe católica y ense [...] y poner en ello la diligencia debida, según más largamente en las letras de la dicha concesión se contiene:

Por ende, suplico al Rey mi señor, y encargo y mando a la Princesa, mi hija, y al Príncipe, su marido, que así lo hagan y cumplan y que este sea su principal fin, y que en ello pongan mucha diligencia."24

No necesitó espuelas el Rey, que demostró siempre, al igual que la Reina, una viva preocupación por cumplir la palabra empeñada: "mi principal deseo-dec1aró en unas instrucciones dadas en 1509 a don Diego Colón, hijo de Cristobal Colón-siempre ha sido y es, en estas cos as de las Indias, que los indios se conviertan a nuestra santa fe católica [...].  Por tanto, tendréis muy gran cuidado cómo [...] las personas religiosas [...] los instruyen e informen en las cosas de nuestra santa fe cat6lica con mucho amor, para que los que se han convertido ya a nuestra santa fe perseveren en ella y sirvan a Dios como buenos cristianos, y los que no se hubieren convertido hasta ahora, se conviertan lo más presto que se pueda. Y debéis mandar que en cada poblaci6n haya una persona eclesiástica cual convenga, para que esta persona tenga cuidado de procurar c6mo sean bien tratados, según lo tenemos mandado, y que tenga asimismo especial cuidado de enseñarles las cosas de la fe: y a esta persona mandaréis hacer una casa cerca de la Iglesia, donde habéis de mandar se junten todos los niños de la tal población para que allí les enseñe las cosas de nuestra santa fe."25

La instrucción de Fernando el Católico es una real orden, que pasará a las primeras "Leyes de Indias (1512), que aluden expresamente a la voluntad de la "serenísima Reina Doña Isabel,"28 y se inculcará a los oficiales reales que se ocupan de la organización de las distintas regiones antillanas.

El análisis de esos textos pone en evidencia la responsabilidad evangelizadora de los Reyes Católicos y el alto sentido 'misional"27 que anima la Ley. Por eso un i1ustre historiador del derecho indiano ha podido escribir que "la conversión de los indios a la fe de Cristo y la defensa de la religión católica en estos territorios fue una de las preocupaciones primordiales de la política colonizadora de los monarcas españoles."28

Por otra parte, los compromisos, vigorizados por las leyes, se fueron poniendo en práctica ya en 1493, en el Segundo viaje de Colón, pues en él pasó una copiosa leva de misioneros o evangelizadores, dirigida por Bernado Boil. El despliegue será lento, sobre todo por la dificultad de comunicación idiomática e ideológica, teniendo que recurrir a los pictogramas, y a otros recursos: pero pronto los misioneros aprenden las lenguas indígenas, y se organiza, Según mandan las instrucciones, una catequesis formal, con casa propia, que se llamaban casas de la doctrina.

La labor catequética fue realmente estupenda, y los catecismos constituyen un monumento literario de extraordinario valor, como han puesto de relieve los estudios de los especialistas y las modernas reediciones.  Más abajo nos referimos a los catecismos 'puertorriqueños,' instrumentos preciosos de evangelización de nuestra Isla y de sus anexos.

El primer período de la evangelización del Nuevo Mundo se puede decir que se cierra en 1516, con la muerte de Femando el Católico. Y se abre uno nuevo, que va a seguir la misma trayectoria, pero ensanchándola y difundiéndola a lo largo y a lo ancho del Continente o, como entonces se decía, la tierra firme. Juan Pablo II ha entonado un cántico de alabanza y admiración a los evangelizadores del Nuevo Mundo:

"¡Qué profundo estupor produce todavía hoy la gesta de aquellos mensajeros de la fe!  Siendo pocos para tan inmenso territorio, sin los medios modernos de transporte y comunicación, con pocos recursos médicos, van cruzando imponentes cordilleras, ríos, selvas, tierras áridas e inhóspitas, planicies pantanosas y altiplanos que van del Colorado y la Florida a México y Canadá: de las cuencas del Orinoco y del Magdalena al Amazonas; de la Pampa al Arauco! Una verdadera epopeya de fe, de servicio a la evange­lización. de confianza en la fuerza de la Cruz de Cristo!'~

Al celebrarse el IV Centenario del Descubrimiento y Evangelización de América, León XIII 'conmemoró la extraordinaria labor evangelizadora, labor que ha dado sentido y estilo a este Nuevo Mundo. Pocos años después, en 1899, se celebró en Roma el Concilio Plenario de América, y proclamó que, gracias a ese fecundo y abnegado apostolado, "toda nuestra América nació para Cristo y para su Iglesia."30

Es lo que, con especial énfasis, subrayó Puebla '79: "Nuestro radical substrato católico con sus vitales formas vigentes de religiosidad, fue establecido y dinamizado por una vasta legión misionera de obispos, religiosos y laicos."31

Recientemente, los obispos de Estados Unidos recordaban que la evangelización ha desempeñado una función crucial en la configuración del país.32 De modo semejante y aun unísono a nuestros hermanos en el episcopado queremos reconocer y glosar a continuación, después de habernos referido a los fundamentos bíblico-teológicos y al proceso histórico de la evangelización de América-- "una de las páginas más bellas en toda la historia" de la Iglesia33-a Puerto Rico.

 

4. LA EVANGELIZACION DE PUERTO RICO

Dentro del proceso de evangelización de América hay que subrayar la temprana erección de 'Iglesias particulares' o diócesis y el espectacular despliegue que se produce: a fines del siglo XVI la constelación cuenta ya con 6 Iglesias metropolitanas y 32 Iglesias episcopales sufragáneas.34 Los obispos actuales de Puerto Rico, solidarios con todos sus hermanos de América y participes de la solicitud del episcopado universal por toda la Iglesia, somos conscientes de que la Iglesia de Puerto Rico fue la primera di6cesis viva y habitada y apacentada por un obispo, ya que don Alonso Manso fue el 'primero que a estas partes pasó' como él dice, alegando méritos y servicios en momentos difíciles: la                 documentación no deja lugar a dudas sobre este dato singularismo, ya que se conserva el libro de registro de la llegada: el 25 de diciembre de 15l2.35  ¡Día de Navidad!

Este primado, incontrovertible, suelen o desconocerlo o pasar por él como por ascuas o contarlo con sordina los historiadores de la Iglesia de América. Y es justo, y oportuno, recordarlo, porque es un honor para la antigua Borinquen, que tiene a gala ese primado, como también el nombre precursor de San Juan Bautista.

Algunos opinan que la creación de la di6cesis fue prematura, pues se hace cuando la organización civil y la evangelización de la Isla estaban aun en ciernes.36 Pero ello no cambia la realidad histórica: lo único que resalta es la voluntad decidida del Rey Cat6lico, que sentía especialísima predilección por Puerto Rico, y se había interesado en su evangelización,37 y quiso honrarla con una 'catedral' o sede episcopal. Y si algo más queremos ver en la 'gracia y merced' de la diócesis, es de presumir que la recién nacida Iglesia de Puerto Rico tendrá una infancia dura o, para usar un epíteto más veraz, heroica. Por otro lado, don Alonso Manso, primer obispo de América, apacentó su grey luengos años (+21 de septiembre de 1539). Desde 1512 hasta el presente, la Iglesia de Puerto Rico tuvo, salvo los intervalos de las sedevacancias, pastores que la han regido con 'cayado corvo', según la expresión que don Juan Alejo Arizmendi usó, y con generoso y amoroso servicio. En conjunto, el ministerio del episcopado ray6 en ci heroísmo, debido a la vastísima extensión de la diócesis y a las dificultades de la visita pastoral.

Es impresionante el territorio que llegó a tener la diócesis por anexión o encomienda. Al erigirse no se había advertido su relativa pequeñez geofísica. El primer obispo don Alonso Manso, conocedor de la territorialidad de la diócesis y de su escasa población, pidió la anexión de las islas vecinas, con la promesa de 'evangelizarlas."38 La petición no sólo fue escuchada, sino que se 'alargó' a todo el Oriente de Venezuela. Los obispos de Puerto Rico estaban obligados a 'evangelizar' y 'visitar' los anexos, como se llamaba a aquel inmenso territorio, hasta que en 1790 se desgajó para erigir en él la diócesis de Guayana.39 Por eso se buscaron candidatos peculiarmente idóneos para la dura tarea: "conviene que (el candidato) sea persona de buenas letras, muy religioso, y de conocida virtud: que se aplique por el servicio de Dios a andar de isla en isla y de puerto en puerto ejerciendo el oficio pastoral; que únicamente se dedique a mirar por el bien de las almas de sus diocesanos, cuidando de la doctrina y enseñanza de los indios de aquel obispado, y a ser misionero apostólico."40 Algunos fallecieron mientras realizaban la visita (Damián López de Haro en Margarita, Francisco Pérez Lozano en Trinidad, Marcos de Sobremonte en Cumaná). Otros regresaron a Puerto Rico gravemente enfermos. Las odiseas de aquellos viajes por mar y sobre todo el penoso recorrido del territorio de los anexos están vivas aún, y nos llenan de admiración, en el epistolario y en las relaciones de los mismos obispos.41

La dureza de la visita pastoral de los anexos puede medirse por la que conllevaba la visita del territorio borinqueño: las penalidades de los viajes y las incomodidades de estancia las 'describen' algunas cartas de los protagonistas, y las rubrican la muerte en el camino de dos preciaras figuras de nuestro Episcopologio: don Juan Alejo de Arizmendi y Fray Pablo Benigno Carrión.

El heroísmo fue también una constante histórica de la diócesis en áreas concretas, como las de la educación, la beneficencia y la reforma de costumbres: la acción de muchos obispos en estos campos entra también en la "zona de lo heroico."42 La evangelización tenía un precioso instrumento en la catequesis. En ella "apostolearon" numerosos laicos, obviamente los c1éngos y casi todos los obispos se preocuparon de organizarla. Es grato recordar dos catecismos, hoy testigos mudos de aquel instrumental de la evangelización, redactados por fray Martín Vázquez de Arce en y para los anexos, y el que fray Damián López de Haro insertó en las constituciones sinodales, que han servido de estatuto de la diócesis durante varios siglos.

Vázquez de Arce, "maestro en teología," promulgó en 1604, en la Isla Margarita, un código, que se abre por el siguiente prólogo:

"Siendo el primer y principal cuidado dcl oficio pastoral atender a que se conserve la integridad y sinceridad de la fe católica, principio de nucstrajustificaci6n, raíz de las virtudes y de todo merecimiento y fundamento de todo espiritual edificio, justo es lo sea de estas ordenaciones, dándoles principio con el Catecismo y Doctrina cristiana que todos los fieles deben saber, poniéndoles delante este escudo de la fe, sin la cual, como dice el apóstol San Pablo, es imposible agradar a Dios (Hebr 11,5-6), y así nos llamamos no sabios o filósofos, sino fieles, cuya voz es creo."43 El prólogo es, sin duda, de alta teología, pero a continuación la prosa en extremo sencilla y popular.

López de Haro, también "maestro en teología," redactó y publicó las Constituciones del Sínodo diocesano celebrado en 1645. En ellas inserta un




catecismo más extenso, pero igualmente práctico, que el de Vázquez de Arce.

"Todo fiel cristiano-dice la constitución primera- es obligado a saber, creer y confesar nuestra santa fe católica, aunque sea en peligro evidente de la vida. Sin noticia y confesi6n de fe, ninguno puede agradar a Dios, ni salvarse. Por esta causa los Santos Padres en los Sínodos universales y particulares procuraron en primer lugar establecer la doctrina cristiana, con todas las cosas tocantes a la fe y compendiosa explicación de sus ministerios; y Nos, siguiendo tan santas huellas, damos principio a este Sínodo con una breve declaración de la doctrina cristiana y misterios de la fe, para que por ella los curas y padres de familias procuren instruir a sus parroquianos y súbditos.”44

Junto a esas humildes y luminosas piedras miliares, habría que colocar en toda justicia y verdad los catecismos que los misioneros redactaron en las lenguas propias de los anexos, que constituyen otra valiosa página de evangelización en la diócesis. La catequesis ha estado vigente en ella desde los orígenes, y ha tenido trato preferencial en el ministerio de algunos obispos, como Gil Esteve en el siglo XIX, que publicó también un texto.

Paralelamente a los catecismos. instrumento primario de evangelización, la Iglesia promovió la instrucción primaria y la educación integral del pueblo puertorriqueño.

Ya don Alonso Manso proyect6 una 'escuela,' que no pudo abrir por falta de recursos; y su sucesor, don Rodrigo de Bastidas, propuso fundar un "estudio" o colegio "en que se leyese gramática a los hijos de los vecinos de este obispado."45 Andando el tiempo, la "escuela catedralicia" abrirá sus aulas, y en las visitas pastoral es los obispos se preocupan de la apertura de escuelas" en los pueblos, no sólo en la Isla, sino también en los anexos.46 La educación de la juventud-abarcando las letras, la doctrina cristiana y las costumbres-fue un asunto prioritario de la pastoral evangelizadora, el "negocio principal," como decía don Francisco Padilla (1683-1695), que tanto se desveló por atenderla.47 Mención de honor merecen los religiosos dominicos y franciscanos, que suplieron las lagunas de la 'escuela catedralicia' y mantuvieron sus aulas de estudios superiores hasta bien entrado el siglo XIX. En la evangelización y educación de Puerto Rico, el convento de Santo Tomás, de San Juan, fue fragua y faro de la cultura de la Isla.48

Si no se puede escribir o contar la historia verídica de América "haciendo abstracción de la Iglesia y su labor,"49 como advirtió Juan Pablo II en 1984, cuando empezaban a removerse las aguas para conmemorar el V Centenario del Descubrimiento, sería "imposible y deformante" presentar una historia de nuestro país prescindiendo de la labor, casi exclusiva,50 de la Iglesia en el campo de la educación: la Iglesia nos enseñó a creer, nos enseñó a leer.

Otro de los rasgos más hondos de la evangelización de Puerto Rico fue la lucha o esfuerzo por remediar la pobreza y por atender a los enfermos en esta área tan vital y condicionante, lo que hoy se llama "opción por los pobres" constituyó una situación permanente y angustiosa. La Iglesia de Puerto Rico "profesó" pobreza desde los inicios de la colonización, y entraba en el grupo de las diócesis de caja: es decir, las que dependían econ6micamente del subsidio de la hacienda pública. No obstante esos límites, o quizá por ellos, la Iglesia realizó una constante ayuda a los necesitados. que eran legión ya que la pobreza estaba generalizada. alcanzando a veces cuotas altísimas, que se reflejan en los informes desgarradores de los obispos, solicitando ayuda. La Iglesia, pues, puertorriqueña fue pobre. "Aquí se vive como los obispos de la primitiva Iglesia," informaba don Rodrigo de Bastidas, refiriéndose al fervor religioso y a la escasez de recursos.51 Con todo, el servicio y la atención a los pobres y enfermos fueron extraordinarios. Símbolo del amor limosnero a los pobres es, sin duda, don Juan Alejo de Arizmendi, que procedía de familia acaudalada y murió abrumado de deudas, porque su corazón y sus manos estaban siempre abiertas a las necesidades del prójimo: José Campeche lo 'retrató' tejiendo cestitos de mimbres para socorrer con el producto de su venta a 'los pobres.52 Y en cuanto a la 'opción pastoral' por los enfermos, que fue obra de misericordia también preferencial de los obispos, testifican los hospitales que construyen, desde don Alonso Manso, que funda el primero, hasta Arizmendi, que procura recuperar el que construyó en San Juan don Manuel Jiménez Pérez (1770-1781), y el de San Germán que remodeló y agrandó Fray Juan Bautista Zengotita (1794-1802).

La obra, pues, del episcopado, agente "principal" de evangelización53 por esencia, esta "en los cimientos de nuestra social estructura," en las raíces de historia de Puerto Rico, ya que ha sido fundamentante del despliegue de nuestra sociedad, de nuestra religiosidad, de nuestra educación y de nuestras costumbres. En visi6n de síntesis, Salvador Brau, corrigiendo viejos prejuicios, reconocía en sus arios maduros que la Iglesia, a través de los obispos y de sus 'cooperadores' o auxiliares-clérigos, religiosos y laicos comprometidos,-realizó una fecunda labor en la configuración de la identidad puertorriqueña, 'interviniendo eficazmente en la corrección de las costumbres, realzando la vida conyugal en el hogar doméstico, refrenando las demasías autoritarias, sufriendo la deficiencia de los administradores civiles, defendiendo el derecho de los oprimidos contra las violencias codiciosas, fundando poblaciones, reclamando emigrantes, venciendo miserias y personales quebrantos los prelados por extender la influencia de su palabra, elevada con frecuencia hasta el Trono, para exponer allí la alteza de sentimientos de los puertorriqueños, para glorificar su valor, para proponer medios de elevar su cultura intelectual y pedir franquicias en pro de su comercial industria." El ilustre historiador fundamenta este elogioso juicio en el análisis de la realidad episcopológica, vista a través del prisma objetivo de la documentación conservada en el Archivo General de Indias (Sevilla), que escrutó concienzudamente: esa documentaci6n "me permite, concluye, considerar al episcopado puertorriqueño como potentísimo faro, en cuya torre se estrellaron las más encontradas pasiones y cuya luz fue para unos consuelo, para otros cauterio y, en el empeño evangelizador, brújula inalterable."54

Así ve Brau, en admirable síntesis, la realidad hist6rica del episcopado de Puerto Rico, cancelando los prejuicios que empañaron algunas páginas de sus escritos de antaño.

Es grato recordar la opinión madura y autorizada de un prócer de Ia historiografía puertorriqueña. Al elogio de Brau y a la sumaria exposición que precede queremos añadir, como broche de oro, que la Iglesia de Puerto Rico tiene también la aureola del testimonio irrefragable de los protomártires del Nuevo Mundo. No hay, en efecto, ningún testimonio mayor ni más conmovedor que el de quien da la propia vida en aras del amor a Dios y al prójimo.55 El magisterio de la Iglesia, antiguo y actual, no se cansa de repetir que "la Buena Nueva debe ser proclamada mediante el testimonio" personal del evangelizador, testimonio a veces silencioso y siempre elocuente, teniendo su ápice en el martirio, que es, por antonomasia, el testimonio fundante.56   Ese testimonio se dio por primera vez en el Nuevo Mundo en el territorio de la diócesis de Puerto Rico; Fray Francisco de Córdoba y Fray Juan Garcés fueron los primeros mártires de América, testificando y regando con su sangre la tierra de Cumaná, en la segunda dicada del siglo XVI. Y a mediados de ese siglo, fray Luis Cincer, uno de los fundadores del convento de Santo Tomás de San Juan, fue protomártir de la Florida. La comunidad alegaba con contenida emoción que el convento "se fundó con la sangre de algunos mártires y santos."57 Y es obvio que esa "predicación" -esa sangre, ese testimonio-cimentó y fecundó la Iglesia de Puerto Rico.

 

5. LA "NUEVA EVANGELIZACION"

El breve recuento de la historia de la evangelización de Puerto Rico y de la trayectoria de su Iglesia y de los títulos que la abrillantan es, ante todo, legítimo. Y es, además, estimulante, ya que 'redescubrir' las propias raíces y fundamentos da ánimos para proseguir la tarea pastoral, que es 'perenne' y no tiene rupturas, ni solución de continuidad. Es, en fin, nuestro modo de "conmemorar" y de "celebrar" el V Centenario del Descubrimiento y de la Evangelización de América, sin desalentarnos por las insidias de los que se dejan cegar por prejuicios o por inconfesadas motivaciones negativas, sin arredrarnos por campanas que atentan contra la Iglesia Católica. y sin caer en narcisista e inoperante arqueologismo. El V Centenario es ocasi6n de nuevas reflexiones y de nuevos proyectos eclesiales al servicio de la humanidad. "Desde hace 500 años el misterio de Cristo, Salvador del hombre, está presente entre los pueblos del Continente Americano, totalmente desconocido para el Viejo Mundo hasta el año 1492. El Descubrimiento de América coincide con el comienzo de la evangelización de aquel las tierras nuevas. Desde entonces, el misterio de la salvación, revelado para toda la humanidad en el Verbo hecho carne, comenzó a ser anunciado a los pueblos, con los cuales hasta entonces Europa no había tenido ningún contacto [..].  La Iglesia desea dar particular relieve a este V Centenario y, por lo mismo, invita a todos a dar nuevo impulso a la obra de evangelización."58

A ese "nuevo impulso" Juan Pablo II lo ha llamado "nueva evangelización," que es la consigna que lanzó en Puerto Príncipe el 9 de marzo de 1983, inaugurando el novenario preparativo con que la Iglesia ha querido asociarse desde su perspectiva peculiar, a las festivas y variopintas celebraciones del V Centenario: "La conmemoración del medjo milenio de la evangelización de América tendrá su significación plena si es un compromiso [...] no de reevangelizaci6n, sino de una nueva evangelización. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión."59

A lo largo de sus viajes apost6licos Juan Pablo II no ha cesado de insistir en la nueva evangelización, en sus desafíos o retos, en sus problemas o dificultades, y en las áreas que debe abordar.60 Ante todo, en su necesidad y en su mensaje esencial: "Hoy es particularmente necesaria una nueva evangelización, que vuelva a proponer con fidelidad el modelo fundamental del Cristianismo: Dios te ama, Cristo ha venido por ti.'61 Ese mensaje hay que evangelizarlo encarando "las nuevas situaciones de los pueblos de América," y dando "una respuesta a los retos de la hora presente," y proyectándolo a "la perspectiva del III milenio del Cristianismo."62

Por consiguiente, la nueva evangelización ha empezado ya, y tendrá un largo camino que recorrer en el tercer milenio cristiano. Tarea, pues, actual, y sobre todo proyecto de futuro.

Por lo que a Puerto Rico atañe, la nueva evangelización se encuadra en el anchuroso diseño que Juan Pablo II hace en la encíclica Redemptoris missio y en los temas y problemas que indicó como 'prioritarios' en sus alocuciones durante la visita a nuestra Isla en 1984.

En el cuadro analítico que el Papa bosqueja en la encíclica, Puerto Rico Se puede fácilmente ubicar en situación intermedia entre los pueblos que aún no han recibido la evangelización primera y los que gozan de una bienandante y florida religiosidad cristiana.63 Nuestra sociedad está fuertemente sacudida y afectada por los cambios sociales y culturales contemporáneos, tentada por el hedonismo y por otros 'ídolos' que, al igual que al antiguo pueblo de Dios,~ la sacan de su ética tradicional, la desorientan y la desbordan.

La nueva evangelización tiene que concentrarse entre nosotros en las siguientes áreas:

1) La catequesis. Tarea siempre antigua y siempre actual, nuestro pueblo ha padecido en los siglos pasados de falta de instrucción religiosa, según observó fray Iñigo Abad.65 Las causas que él alega boy ya no existen, y sin embargo continúa, por otras, la carencia de una sólida instrucción en las verdades de la fe y en los deberes cristianos. En la vieja y en la nueva evangelización, la catequesis es primordial. Es, como recordó Pablo VI en su exhortación apostólica sobre la evangelización del mundo contemporáneo, "un medio que no Se puede descuidar." "La inteligencia, sobre todo tratándose de niños y adolescentes, necesita aprender mediante una enseñanza religiosa sistemática los datos fundamentales, el contenido vivo de la verdad que Dios ha querido transmitirnos y que la Iglesia ha procurado expresar de manera cada vez mis perfecta a lo largo de la Historia." No se trata de simple instrucción Intelectual, sino de educarlos en la fidelidad a la fe del bautismo, de formarlos en las costumbres cristianas, de hacerlos hijos de Dios y hermanos del prójimo. Por eso, ha de impartirse a todos los niveles, no sólo a los niños, sino también a las personas mayores, en una especie de "formación" permanente. El lugar apropiado para la catequesis es vario: en los hogares cristianos, en las escuelas católicas, en cursos de "aggiornamento," utilizando los textos "puestos al día" bajo la autoridad de los obispos. De hecho, la Iglesia va a promulgar un catecismo universal, es decir, válido para todos los países. Sen el gran instrumento de la nueva evangelización. Catequesis, pues, progresiva, adaptada a la edad y a la capacidad de los beneficiarios, "tratando siempre de fijar en la memoria, en la inteligencia y en el corazón las verdades esenciales que deberán impregnar la vida entera" del cristiano.~

2) La familia. La base de la sociedad, su primer núcleo, es la familia.67 Lo ha sido, gracias a Dios, del pueblo puertorriqueño. Pero hoy se halla gravemente insidiada por el divorcio, que la destruye en su raíz. El divorcio acarrea incalculables males para los cónyuges y para los hijos, produciéndoles traumas y heridas espirituales difíciles de curar. La destrucción de la familia abarca también, en comprensible medida, a la Iglesia mis ma. Por eso Juan Pablo II puso, con su palabra clarividente, el dedo en la llaga: nuestra Isla debe recuperar los valores de la familia, empezando por entender y vivir cristianamente la unidad e indisolubilidad del matrimonio y respetando el derecho a vivir, que es el primero de toda persona humana: la estima profunda por la familia "es uno de los elementos que componen vuestro patrimonio religioso-cultural. Ella transmite los valores culturales, éticos, cívicos, espirituales y religiosos que dearrollan a sus miembros y a la sociedad. En su seno, las diversas generaciones se ayudan a crecer y a armonizar sus derechos con las exigencias de los demás." Por ello debe ser el de la familia "un ambiente intensamente evangelizado." El reto que Juan Pablo II nos propuso fue bien claro: "no permitáis." en cuanto está de vuestra parte, "que concepciones ajenas a vuestra fe y peculiaridad como pueblo destruyan la familia, atacando la unidad y la indisolubilidad del matrimonio. ¡Salvad el amor fiel y estable!, y superad la concepción divorcista de la sociedad. Recordad también que-como enseñó el último Concilio, 'la vida, desde su concepción, debe ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables' (Gaudium et spes, num. 31). Ninguna ley humana puede, por ello, justificar moralmente el aborto provocado."68

3)La juventud. Los jóvenes de hoy son los hombres y los rectores de la sociedad civil y eclesial del mañana. Por eso, la nueva evangelización ha de poner preferencial empeño en la educación de la juventud. A ella se refirió Juan Pablo II en su homilía puertorriqueña con palabra entrañablemente programática: "la Iglesia en Puerto Rico," indicó, "habrá de dedicar una de sus solicitudes preferenciales" a los jóvenes. "La juventud huye de la mediocridad, vive la esperanza y quiere encontrar su debido puesto en la sociedad de hoy." A la par, esta expuesta a graves peligros, y hay que ayudarla a que no caiga en ellos, ayudarla a que no sea "víctima de la frustración, la evasión y la droga."

Por consiguiente, uno de los retos fundamentales que nos brinda la nueva evangelización es "llenar de ideales válidos el alma del joven" dándole una sólida educación moral y cultural. El Papa alabó, bendijo y alentó a la Iglesia de Puerto Rico en su esfuerzo por la formación y el porvenir de la juventud.69

4) Las vocaciones. La Iglesia, en su dimensión temporal o histórica, consta de hombres y Cristo asoció a los hombres a su misión salvífica. Como hemos visto, los hombres son agentes de la evangelización y ésta es la misión primordial que Cristo encomendó a su Iglesia. En ella ocupan un puesto de vanguardia, con la consagración y el servicio, los clérigos y los religiosos. Son "las fuerzas vivas de la Iglesia en esta hermosa Isla," como los llamó Juan Pablo II, "consciente" de lo que significan como "mensa­jeros del Evangelio," testigos de la fe y servidores de la sociedad. Pero en Puerto Rico la mies es mucha, y los operarios escasean.71 Una de las preocupaciones mayores de Iglesia puertorriqueña, en orden a nutrir su vida propia y a cumplir sus funciones propias, ha de consistir en promover las vocaciones sacerdotales y religiosas.71

5) El laicado. La Iglesia ha reivindicado a los laicos y los ha llamado y los ha lanzado a la tarea de un apostolado vivo, a "una acción católica" generalizada.72 Juan Pablo II nos instó a revalorizar la figura y la misión de los laicos, que sin duda desempeñaran un papel importante de la nueva evangelización de "la Iglesia en Puerto Rico." "Es consolador, dijo, saber que en este país surgen grupos dej6venes y adultos que, conscientes de las exigencias del propio bautismo, quieren colaborar con generosidad en el servicio apostólico a la comunidad eclesial, siendo ellos mismos los primeros en vivir íntegramente su fe.' "Quiero, por ello, añadió, alentar a los laicos en su dinamismo cristiano, exhortándolos a ejercer su misión en íntimo contacto con los obispos y sacerdotes  [...]. A ellos corresponde imbuir la realidad temporal de los valores del Evangelio y luchar desde dentro en la transformación de la sociedad según Dios. A ellos se abre un inmenso campo de acción, para contribuir con todas sus fuerzas a la mejora social en la difícil situación económica presente. A su tarea generosa queda abierta la necesaria obra de moralizaci6n de la vida publica, el esfuerzo para que el peso mayor de la situaci6n no caiga sobre los más, pobres, la lucha contra lo que trastorna la convivencia social, contra la delincuencia, la drogadicción, la corrupción, el alcoholismo: con ideales de insobornable sentido ético y de amor al hombre imagen de Dios, podrá el laico cristiano cambiar los corazones y elevar así el tono moral de la sociedad."73

Ponemos estas reflexiones pastorales y la realizaci6n de la nueva evangelización bajo ci patrocinio de Nuestra Señora, de la que los puertorriqueños han sido y son tan filialmente devotos. Fray Iñigo Abad testimonia esta devoción, que tenía y tiene su expresión en el rezo dcl Santo rosario en familia.74 Ella ha estado presente en la evangelización de América desde el alba del Descubrimiento. Ella es "para el mundo esperanza y aurora de salvación," como rezamos en la liturgia de su natividad.75 Ella nos guía, nos alienta a renovar, al filo de la conmemoración festiva y reflexiva del V Centenario de la Evangelización, nuestra voluntad y nuestro compromiso de continuar el irrenunciable ministerio de la evangelización, seguros de que el Señor está preparando, según preconiza Juan Pablo II, "una gran primavera cristiana" para el mundo en el tercer milenio de la Redención.76

Puerto Rico, 19 de noviembre de 1992, solemnidad de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, Patrona de Puerto Rico

1.   JUAN PABLO II, Alocución 5 enero 1992: L'Osservatore romano, ed. española 10 enero 1992, p.1.

2.   JUAN PABLO II. Alocuci6n en Puerto Príncipe (Haití), 9 marzo 1983 L'Osservatore romano, ed. española, 20 marzo 1983, P.  24.

3.   JUAN PABLO II, Carta apost6lica Los caminos del Evangelio, 29junio 1992, numero 4.

4.   Cf. CONCILIO VATICANO II: Constitución pastoral Gaudium etspes, nn.  5-8.

5.   Cf. Mt. 1,21.

6.   Cf. Mt 24,14.

7.   Cf .Mc l3,10.

8.   Mt 28,19.

9.   Mc 16, 15.

10. Act 1,8.

11.CONCILIO VATICANO II: Constitución dogmática Lumen gentium, n.48.

12. Cf. ib. n. 33. "Todos los cristianos están lkamados a este testimonio yen este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores," PABLO V, Exhortación apostólica Evangalii nuntiandi, n. 21.

13. Cf. CONCILIO VATICANO II: Constitución dogmática Lumen gentium, n. 19.

14. PABLO VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 18.

15. JUAN PABLO II, Encíclica Redemptoris missio, 8 diciembre 1991, n. 59.

16. CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n: 22.

17. Gal 1, 16.

18. I Cor3, 5

19. I Cor 9, 16.

20. PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 14.

21. lb., n. 22.

22.     Viajes de Cristobal Colón, ed. M. Fernández Navarrete (BAE 75) Madrid, 1954, p.217: "Del nuevo cielo y tierra que decía Nuestro Señor por San Juan en el Apocalipsis, después de dicho por boca de Isaías, me hizo mensajero y amostró en cuál parte." Alude a Apoc 21, 1 y a Is 65, 17. El sentido literal, sin embargo, no se refiere a cielos y tierras físicos, sino escatológicos, según lo aclara 2 Petr 3, 16, que usa también la famosa expresión: "Novos vero caelos Ct novam terrain secundum promissa Ipsius exspectamus."

23. Bartolomé de LAS CASAS, Historia de Indias, Cd. J. Pérez de Tude1a, t.1, Madrid, 1957, p.236.

24 Testamento y codicilo de Isabel la Católica, Madrid. edición Ministerio de Asuntos Exteriores, 1956, pp.66-67; Rafael GARCIA Y GARCIA DE CASFRO, arzobispo de Granada, Virtudes de la Reina Católica, Madrid, 1961. p, 418; cf. V. RODRIGUEZ VALENCIA, 'Isabel la Católica y la libertad de los indios" en Anthologica annua 24/25, 1977/ 78, pp ~45-680.

25. Viqjes (cit .supra, nota 22) 1, 499.

26. Texto de las leyes de Burgos  de 1512, ed. R. Altamira en Revista de Historia de América 4, 1932, pp.306-321.

27. Cf. Vicente SIERRA, El sentido misional de la conquista de América, Buenos Aires, 1944.

28. J. M. OTS CAPDEQUI, El estado español en las indias, México, Fondo de Cultura Económica. 1976. P.13.

29. Juan PABLO II, Alocución en Santo Domingo, 11 octubre 1984: AAS

77, 1985, pp. 255~256.

30."Tota América nostra, per religiosas praesertim familias, Christo et Ecclesiae genita et in christiana urbanitate educata est," Acta et decreta, Romae, 1900, p.135.

31. Documento de Pueblo, Madrid, BAC, 1982, p.427, número 7.

32. Cf. Carta pastoral de los obispos de Estados Unidos ante el V Centenario del Descubrimiento y Evangelización de América, vers. española en Ecclesia 2521-2522 (1991)pp. 34-50.

33. 'Se aprestan ahora los pueblos o iglesias de América a celebrar el V Centenario de su primera evangelización. Una tarea ingente y secular que tuvo su origen aquí, en tierras ibéricas. Una siembra generosa y fecunda la de aquellos misioneros españoles y portugueses que sembraron a manos llenas la Palabra del Evangelio, en un esfuerzo que llega hasta hoy y que constituye una de las páginas más bellas en toda la historia de la evangelización llevada a cabo por la Iglesia:" JUAN PABLO II, Alocución en Zaragoza, 10 octubre 1984; L 'Osservatore romano, Cd. esp., 21 octubre 1984, p.4.

34. Cf. F, SCHAFER, El Consejo Real y Supremo de la Indias, t, II. Sevilla, 1947, p.226; Paulino CASTANEDA-Juan MARCHENA, "La jerarquía de la Iglesia en Indias, 1504-1602," en: AA:VV., Evangelización y teología en América (siglo XVI). Pamplona. Universidad di Navarra,

1990, pp.299-346.

35.     Archivo General de Indias, Contaduría 1071, ramo 3, f. 308r. Cf. Documentos de la Real Hacienda de Puerto Rico, Vol. 1, Cd. A. Tanodi, Río Piedras, 1971, p.158.

36. “No se concibe la erección de una sede episcopal en colonia tan rudimentaria como Puerto Rico": Salvador BRAU, La  colonización de Puerto Rico, San Juan, 21966, p.210.

37. "Es razón que en esa Isla haya frailes y clérigos que administren los sacramentos y curen de la salud de las ánimas [...]; luego, en llegando, procuraréis que se haga un monasterio de frailes [...] . y asimismo procuraréis SC comience la capilla de la iglesia": Instrucción a Juan Cer6n y Miguel Díaz, Tordesillas, 25 de julio de 1511: Cedulario Puertorriqueño, Cd. V. Murga, vol.1, Río Piedras, 1961, p.89.

38. Cf. Episcopologio de Puerto Rico, vol.1, Ponce, Universidad Católica de P.R., 1987, doc. 27, p.387, y doc. 35, p.393.

39. Cf. Episcopologia de Puerto Rico, vol. IV, Ponce, Universidad Católica de P.R., 1990, p.186.

40. Parecer del Consejo de Indias a S. M.: Archivo General de Indias, Santo Domingo, legajo 535 A. s.f.

41. En Episcopologio IV (ed. cit. supra, nota 39) Se pueden ver las relaciones de visita pastoral a la Isla y a los anexos, de los obispos Sebastián Pizarro, F. Pérez Lozano, Francisco Julián, Pedro Martínez de Oneca, Manual Jiménez, Juan B. Zengotita. Son documentos de primera mano para conocer la geografía y la vida de la diócesis y de los anexos.

42. Cf. D. VECILLA DE LAS HERAS, La evolución religiosa de la diócesis de Puerto Rico (im), Madrid, 1966, pág. III.

43. Episcopologia de Puerto Rico, vol.II, Ponce, Universidad Católica de P.R., 1988, p.371.

44. Damián LOPEZ DE HARO, Constituciones sinodales de Puerto Rico J645, ed. A. Huerga, Ponce, Universidad Católica de P.R., 1989, p.21.

45. Episcopologio II (cit. supra, nota 43), p.201.

46. Cf. Episcopologio IV (cit. supra, nota 39). pp.323-324.

47. Cf. ib., pp.663-666, doc. 394.

48. Cf. A. HUERGA, La implantación de la Iglesia en el Nuevo Mundo, Ponce, Universidad Católica de P.R., 1987, pp.319-343: "Presencia evangelizadora de los dominicos en Puerto Rico".

49.         JUAN PABLO II, Alocución en Zaragoza, 10 de octubre de 1984:L'Osservatore romano, ed. espallola, 21.X.1984, p.2.

50.     Al finalizar el siglo XVIII encontramos que la enseñanza en la ciudad permanecía exclusivamente en manos de los religiosos: [...] debemos a la Iglesia el inapreciable servicio de impedir que se extinguiera totalmente, durante más de dos siglos, la llama del saber en la ciudad manteniendo las cátedras de gramática, lógica, física y metafísica y teología escolástica y moral": Adolfo de HOSTOS, Historia de San Juan, ciudad murada, 1521/1898, San Juan, Instituto de Cultura Puertorriqueña,2 1983, p.360.

Cf. A. CUESTA MENDOZA, Historia de la educación en el Puerto Rico colonial, vol. I, México, 1946; J.J. OSUNA,A History of Education in P.R., Río Piedras, 1949.

51. Episcopologio II led. cit. supra, nota 43), p.211.

52. CL  A. DAVILA, "La iconografía de San Julián de Cuenca y el retrato del obispo Arizmendi”, Revista del       Institu to de Cultura Puertorriqueña 5, 1965, num. 15, pp. 53-57.

53. Cf. C. VATICANO II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 19; PABLO VI, Exhortación apost6lica Evangelii nuntiandi, n. 68.

54. Cart aa Mons. WA. Jones, San Juan, l5 de marzo de 1910: publicada en la revista Borinquen 7, 1915, num. 10, pp.1-3.

55. Cf. Jn 15,13.

56. Cf. PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 41.

57. Carla a SM.: Archivo General de Indias, Santo Domingo, legajo 175, S.f.

58. JUAN PABLO II, Exhortación apost6lica Christltideles laici, n. 34.

59. JUAN PABLO II, Alocuci6n en Puerto Príncipe (Haití), 9 di marzo

1983, L'Osservatore romano ed. esp., 20 marzo 1983, p.24.

60. Cf. Mons. Cipriano CALDERON, "La nueva evangelización de América, Desafíos y perspectivas," L'Osservatore romano, ed. esp., 21 di agosto 1992, pp.4-6.

61. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christi£jdeles laici, n. 34.

62. JUAN PABLO II, Alocución del 18 de junio 1991: L'Osservatore romano, ed. esp., 21. VI, 1991,p, 1.

63. Cf. JUAN PABLO II, Encíclica Redemptoris missio, 7 diciembre 1990, n. 33.

64. Cf. Exodo 32, 8-9

65. Cf. I. AB AD, Historia geográfica. civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, ediciones Universidad de Puerto Rico, 1959, p.193.

66. PABLO VI, Exhortación apostólica Evagelii nuntiandi, n. 44.

67. Cf. AA.VV, Temas del pensamiento cristiano: la familia, Ponce, Universidad Católica de P.R. Instituto de doctrina social de la Iglesia,

1977

68. JUAN PABLO II, Las exigencias de la vida cristiana (Homilía del 12 di octubre 1984 en Plaza Las Américas, San Juan de Puerto Rico).

69. lb.: cf. también PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 72.

70. Cf. Mt 9, 37-38.

71      JUAN PABLO II, Discurso a los sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas, San Juan de Puerto Rico, 12 de octubre de 1984.

72.         "Los laicos [...] estáni llamados, a fuer de miembros vivos, a contribuir con todas sus fuerzas [...] al crecimiento de la Iglesia y a su continua santificación": C. VATICANO II, Const. dog~ Lumen gentium, n. 33; Decreto Apostolicam actuositatem, n. 20.

73. JUAN PABLO II, Las exigencias de la vida cristiana (homilía citada supra, nota 68).

74. "Estos is1ños son muy devotos de Nuestra Señora: todos llevan el rosario al cuello, lo rezan por lo menos dos veces al día: todas las familias lo empiezan con este santo ejercicio, algunos lo repiten al mediodía, sin omitirlo a la noche": I. ABAD, o.c. (supra, nota 65), p.193.

75. Oración en la fiesta de la Natividad de la Virgen María: Nuevo misal del Vaticano II, Bilbao Desclée de Brouwer, 1989, p.2176.

76. JUAN PABLO II, Encíclica Redemptoris missio, n. 86.