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CARTA PASTORAL SOBRE EDUCACION EN
Secretariado
Interdiocesano de Educación Católica Puerto
Rico 5
de diciembre de 1996 Caquas,
Puerlo Rico A todos los integrantes y colaboradores
de las instituciones educativas católicas de
Puerto Rico
¡Paz, caridad y sabiduría en Jesús, único y verdadero maestro! Pláceme
presentar esta Carta Pastoral sobre la Educación Católica
en Puerto Rico" . Como Presidente del Secretariado Interdiocesano
de Educación Católica (S I E C ), siento gran satisfacción en ofrecer el
fruto de largas jornadas de oración, diálogo y reflexión. La publicación de este documento marca el vigésimo aniversario de la
primera Carta Pastoral sobre la Educación en las Escuelas
Católicas de
Puerto Rico (1976) La epístola que suscribimos hace dos décadas sirvió de
faro orientador a las instituciones educativas de la Iglesia Católica y dio
abundantes frutos. Hoy, en los
umbrales del Año de Cristo y en camino hacia el Tercer Milenio, renovamos
nuestra misión apostólica en el ámbito funcional de la educación,
evaluamos la obra realizada y lanzamos una mirada llena de esperanza desde la
voluntad salvífica de Dios Aquí recogemos las inquietudes y los ideales de las personas que integran
la comunidad educativa Los hechos, los criterios y los proyectos han sido
analizados a la luz del Evangelio. Ahora corresponde a todos los agentes de la educación el
difundir ampliamente esta Carta Pastoral, estudiarla y traducirla en acción
positiva Enlacemos nuestras inteligencias y voluntades en un esfuerzo unitario
en bien de la escuela católica, que es el bien de jóvenes y adultos. Aprovecho a ocasión para expresar mi gratitud, en mi nombre y
en
el de la Conferencia Episcopal Puertorriqueña, a las personas que colaboraron
en esta obra. En
la caridad del Señor, +Ricardo
Suriñach Carreras I.
Introducción 1. El día 30 de
marzo de 1976, los Obispos de la Iglesia Católica en Puerto Rico firmamos el
Documento "Carta Pastoral sobre la Educación en las Escuelas Católicas
de Puerto Rico" (cf. Maestros y profetas, págs. 47-73). Afortunadamente, el largo camino recorrido por nuestras
escuelas durante estos veinte años y, sobre todo, los muchos e importantes
cambios realizados desde entonces en nuestra sociedad puertorriqueña, nos
impulsan ahora a renovar nuestro empeño pastoral en el ámbito de la educación
católica, a evaluar la labor realizada y a lanzar una mirada llena de
esperanza hacia el Nuevo Milenio. 2.
La misión de la Iglesia, en la cual todos los bautizados tienen su
parte de responsabilidad (LG 33), consiste en evangelizar. La obra
evangelizadora se concreta en proclamar la buena noticia de nuestra salvación,
en engendrar nuevas criaturas en Cristo y en "educarlas para que vivan
conscientemente como hijos de Dios" (cf.. Escuela Católica, n.7).
La Iglesia, experta en humanidad, sabe bien que la escuela es un lugar
privilegiado para realizar su misión salvífica. Por esta razón establece
instituciones educativas para que en ellas no sólo confluyan ricas y variadas
experiencias pedagógicas, sino que también se realice la síntesis entre la
fe, la vida y la cultura. 3. El mandato universal del Señor Jesús, "Id
y enseñad a todas las gentes" (Mt 28,19), es
el punto de partida de las iniciativas docentes de la Iglesia. Educar a las
personas es parte integrante de la misión eclesial que de esa manera prolonga
la enseñanza de Cristo Maestro. De hecho, la historia atestigua que la
comunidad eclesial, desde sus momentos iniciales (cf. Hechos de los Apóstoles), primero mediante el catecumenado y la catequesis, mas tarde en las escuelas
parroquiales, catedralicias, universitarias, y actualmente en las modernas
instituciones educativas, ha realizado esfuerzos ingentes y perseverantes para
instruir y educar a todas las generaciones en cualquier tiempo y en todo lugar
del mundo. 4.
En Puerto Rico la Iglesia ha vivido su responsabilidad educativa desde
los albores de la evangelización. Desde la Escuela de Gramática, fundada a
principios del Siglo XVI, y el Studium
Generale; desde
las escuelas de párvulos, hasta las universidades, incluyendo la catequesis y
la cducaci6n popular, la Iglesia ha estado presente en todas las modalidades
de la educación formal e informal. La reciente conmemoración del Quinto
Centenario de la Evangelización en Puerto Rico(l493-1993), fue una
oportunidad mas para constatarlo. Digamos, de paso, que los Obispos de Puerto
Rico consideramos providencial 5.
"Desde el descubrimiento de nuestra tierra, la Iglesia ha estado
presente y la Fe Católica ha inspirado los diversos momentos de su historia,
comenzando por su bautismo corno la Isla de San Juan. Si el Puerto Rico de hoy
se considera un pueblo creyente, se debe a nuestros antepasados, que trajeron
con ellos, no solamente nuestro idioma y nuestras costumbres, sino también la
sangre que da vida a nuestros cuerpos y la fe que anima nuestras almas" (Carta
Pastoral 1976, n. 1). Ciertamente Puerto Rico nació cristiano hace más de
medio milenio. A lo largo de estos siglos, la Iglesia se ha impuesto la tarea
de ayudar a propagar esa fe y a mantener, promover y vivificar esa cultura. La
escuela ha sido, es y seguirá siendo un instrumento idóneo en dicha
peregrinación. 6.
A las puertas del Nuevo Milenio, la escuela católica afronta grandes
desafíos, que son al mismo tiempo, oportunidades providenciales de superación
y crecimiento. La Carta Pastoral, que suscribimos hace dos décadas, sirvió
de faro orientador en un período turbulento, y dio fruto abundante. Hoy
agradecemos profundamente la entrega generosa, sacrificada de tantos apóstoles
de la cultura y la cooperación de todas las personas que integran nuestra
comunidad educativa. Deseamos, amadísimos hermanos, que acojan ahora esta
segunda Carta Pastoral con igual o mayor espíritu de fe, esperanza y caridad,
con la mente abierta, el corazón ardiente y las manos listas para acrecentar
la siembra en los campos del Señor. II. Declaración
de Principios
7. En múltiples
ocasiones y desde instancias diversas la Iglesia ha proclamado su deber
sagrado de la educación. Los principios de esta misión tan elevada han
quedado claramente declarados y predicados con reiteración a lo largo de los
siglos. En esta Carta nos limitaremos a esbozar algunos de los aspectos
fundamentales de su doctrina acerca de la escuela católica. 8. La escuela católica
es una comunidad educativa y evangelizadora que hunde sus raíces en la misión
salvífica de Jesucristo. Educar y evangelizar son dos fines íntimamente
relacionados. Si bien es verdad que sólo la evangelización constituye la
misión esencial de la Iglesia; también es cierto que esa tarea quedaría
incompleta y resultaría superficial, Si no va acompañada por un empeño de
educación integral, vivificado orgánicamente por aquella. Afirma el Papa
Pablo VI que "la
conciencia psicológica y la conciencia moral están llamadas por Cristo a una
plenitud simultánea, casi como condición para poder recibir; tal corno
conviene al hombre, los dones divinos de la verdad y de la gracia"
(Ecclesiam suam, n.8; cf. Populorum progressio, nn.15-17; Puebla, un. 1012-1013). Cuando la obra educativa encarna los ideales cristianos y la
perfección de su encomienda, es siempre la ocasión altamente cualificada
para el crecimiento en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los
hombres; porque concluyen en ella de una manera orgánica, integral y sistemática
las ciencias y las experiencias enriquecedoras, que contribuyen a la madurez
de la persona humana como individuo, y como ser social y religioso. "El
proyecto educativo de la escuela católica se define precisamente por su
referencia explicita al Evangelio de Jesucristo, con el intento de arraigarlo
en la conciencia y en la vida de los jóvenes, teniendo en cuenta las
condiciones culturales de hoy" (La Escuela Católica, n.9). 9. La comunidad
educativa católica posee una personalidad propia centrada en la fe: integra
el pensamiento y la fe de manera tal, que fomenta el crecimiento intelectual,
nutre la religiosidad e inspira la acción. Reiteramos que dicha
responsabilidad educativa es parte integral de la misión de la Iglesia, misión
que consiste en proclamar el Evangelio, edificar comunidades de fe, celebrar
la salvación en la Liturgia y servir a los demás. Cabe subrayar en esta
perspectiva teológica la dimensión esencial de la formación espiritual de todos los miembros de la comunidad escolar. 10. En el
paradigma de la catolicidad
se integran todos los componentes de la escuela católica.
La dedicación a cultivar la excelencia académica promueve el desarrollo
intelectual de los alumnos y de la facultad, y es parte integrante de la
educación católica. Las notas relativas a la excelencia
académica y la catolicidad genuina no deben ser
consideradas como dos realidades incompatibles entre sí.
Mayor error aún seria el de anteponer la solvencia intelectual de la
escuela por encima de su vocación espiritual (cf. Catechesi
tradendae, n.69). Tampoco sería aceptable despreciar la competencia académica, ya que
la misma misi6n religiosa exige, de por sí, la búsqueda de la perfección en
el dominio de las ciencias y de las responsabilidades profesionales. 12. La catolicidad no se reduce a una mera idea difusa y sin perfiles bien determinados; por el contrario, la catolicidad ha de expresarse en una experiencia personal de fe, de la sagrada tradición y de la riqueza sacramental de la Iglesia. únicamente así resulta posible crear un ambiente de solidaridad y estímulo que reconozca y promueva la dignidad de todos los integrantes de la comunidad educativa; y además, hacer real esa respuesta generosa por parte de los educadores, que la mística de la educación cat6lica exige. El liderazgo del educador debe brotar de la relación personal y permanente con Jesucristo que es camino, verdad y vida. Todos los agentes de la educación deben dedicar sus carismas al bien de la escuela católica desde sus raíces profundamente espirituales, proféticas y solidarias. Por lo tanto, la selecci6n y la formaci6n de buenos educadores es decisiva para alcanzar el futuro de una educación fiel a los principios de nuestra identidad católica y obediente al Corazón de Jesucristo. 13. En la
medida en la que seamos leales a la vocación magisterial, nos convertiremos
en una bendición para Puerto Rico y para el mundo entero Los centros
educativos colaboran con los padres, la familia, la Iglesia y la sociedad en
la hermosa tarea de cultivar los talentos de la juventud y guiarlos hacia la
plenitud de su vocación humana y divina. Sería para nosotros, los Obispos
católicos de Puerto Rico, causa de regocijo, si estuviera hoy dentro de
nuestras posibilidades ofrecer este tan noble servicio a todos los niños y jóvenes
puertorriqueños. 14. Lamentablemente
sólo podemos ahora volver a dejar constancia, sincera y leal a un mismo
tiempo, de nuestra preocupación ante la falta de recursos económicos,
carencia que nos impide repartir libremente a todos el pan bueno de la enseñanza
católica. Anhelamos vivamente que llegue el día en el que las nuevas
generaciones de puertorriqueños, sin renegar de sus raíces culturales y
religiosas, puedan crecer en fructífera comunión y disfrutar de todos los
beneficios de una formación completa. Pero ya desde hoy nuestras
instituciones escolares deben aumentar su compromiso para llevar la instrucción
a todos los niveles económicos; así serán colaboradores en el esfuerzo por
alcanzar para nuestra sociedad un cambio que esté inspirado en los valores
del Evangelio. 15.
La Iglesia
reitera hoy su llamado a todos los responsables para que atinen esfuerzos por
una educación siempre más justa y democrática. "Se ha comprobado la calidad de las escuelas católicas
y su servicio a la sociedad. Sería justo y razonable reconocer el derecho de
los padres corno primeros educadores, y el deber del Estado de proteger en la
práctica la libertad de enseñanza. De esta manera los estudiantes podrán
escoger la escuela según su conciencia sin mayores gravámenes económicos.
Los subsidios y vales educativos contribuyen al desarrollo de la verdadera
democracia" (Conferencia Episcopal Puertorriqueña, "Declaración sobre los
comicios electorales de 1996," n.7.5). 16. Los centros docentes católicos han de ser un faro de
esperanza, particularmente para los pobres, y un ejemplo elocuente para
quienes se esfuerzan por redefinir y reformar la educación en Puerto Rico.
Nos apremia la solicitud de fortalecer y ampliar la presencia de la Iglesia en
la educación, de impulsar y continuar el gran legado recibido de quienes nos
precedieron en este empeño. 17. Es
necesario conseguir nuevos recursos y el apoyo de la sociedad para asegurar el
porvenir financiero de las escuelas. De este modo las aulas escolares podrán
estar abiertas a un número mayor de familias indigentes. La integridad moral
de las escuelas católicas exige de éstas una aplicación fiel y generosa del
Magisterio de la Iglesia sobre la justicia social. La administración eficaz
de dichas instituciones, supone la responsabilidad y cooperación de la
comunidad a la que sirve. Urge hacer un esfuerzo especial para extender la
escuela a los sectores marginados como una expresión concreta de nuestra opción
por los pobres y también como un camino eficaz para erradicar la pobreza y
favorecer la equidad del desarrollo social (cf. S.E.R. Mons. Ricardo Suriñach,
Educación
para la justicia social en la familia y en la escuela, Ponce 1981). 18. Los
postulados democráticos establecen que los padres tienen el derecho de elegir
para sus hijos la educación apropiada; es un derecho radical del cual
deriva a su vez otro derecho también inviolable, el de recibir una porción
razonable del erario público; porque, si los padres no recibieran esa
aportación, no podrían ejercer el derecho de elegir y, por lo tanto, el
derecho quedaría anulado y en letra muerta. Por ésto, el abogar por las
familias de escasos recursos, es un paso impostergable para afianzar la libre
elección de los padres a la educación de sus hijos, educación que debe ser
subvencionada por las contribuciones impuestas por el Estado. Muchas escuelas
mejorarían su situación y ampliarían sus servicios, si el derecho a la
libre elección de la educación se tradujera en una opción practica con la
ayuda de los tributos públicos y el reconocimiento oficial de la obra
extraordinaria de las escuelas católicas. El mismo Consejo General de Educación
ha dado testimonio de la gran pujanza y del impacto económico de nuestras
escuelas. (El
Nuevo Día, 26 de febrero de 1996). Otras entidades han rubricado sus logros en todos
los campos de la vida escolar. 19.
En este sentido, resultan proféticas las palabras de S.E.R. Luis
Cardenal Aponte Martínez en su alocución "La educación para la
justicia y la paz" con ocasión de la IV Convención de las Escuelas Católicas:
"Es
mi ferviente deseo, dijo, el que nuestras escuelas proyecten esta imagen del ideal evangélico, que
sean centros de cooperación y altruismo; que, inspiradas en el mensaje de
Puebla, produzcan los agentes para el cambio permanente y orgánico, den
prioridad a los sectores pobres, marginados material y culturalmente y
anuncien a Cristo liberador; que no busquen ventajas, dinero ni comodidades,
como si el éxito terrenal fuera lo importante en la vida. Reconozco que la
consecución de estos ideales supone un trabajo arduo y complicado en nuestro
marco social y constitucional” (Octubre de 1980). III.
Agentes de la Educación. 20. En la sección
segunda de nuestra anterior "Carta Pastoral sobre la Educación en las
Escuelas Católicas de Puerto Rico", cuyo vigésimo aniversario
conmemoramos con ésta, presentamos un breve perfil de los integrantes de la
comunidad educativa, a saber: el director, el principal, los maestros, los
agentes auxiliares, los padres, los alumnos y los antiguos alumnos.
Manifestamos asimismo nuestro ardiente deseo de que los integrantes de la
comunidad educativa cumplieran sus respectivas responsabilidades en espíritu
de solidaridad y de subsidiariedad, impulsados por el propósito de alcanzar
cabalmente los objetivos de la institución. 21. En este
presente capítulo hemos modificado el orden de los agentes educadores ala vez
que describimos, en forma más explicita, la presencia y las responsabilidades
en el quehacer educativo que corresponden a cuatro personas, que son: el
Obispo, el Vicario de Educación, el Superintendente y el Coordinador de
Pastoral. A. Obispo 22. Pastor,
maestro y profeta el Obispo es educador por antonomasia. Le compete el deber
sagrado de enseñar a todas las gentes. En el ejercicio de su ministerio de enseñar; deber que
sobresale entre los principales deberes de los obispos, anuncien a los hombres
el Evangelio de Cristo llamándolos a la fe con la fortaleza del Espíritu o
confirmándolos en la fe viva; propónganles íntegramente el misterio de
Cristo, es decir, aquellas verdades cuya ignorancia conlleva un
desconocimiento de Cristo; y propónganles tambien el camino divinamente
revelado por el que llegamos a la glorificación de Dios y por eso mismo
conseguirnos la felicidad eterna (Christus Dominus, n. 12; cf.
Lumen gentium, nn. 24-25; Discurso de Pablo VI, 14.IX. 1964; C.IC.
cn. 375). 23. En nuestro
propósito determinado de secundar fielmente el magisterio conciliar en todas
sus indicaciones, somos conscientes de que la misión de predicar el
Evangelio, que nos ha sido encomendada por el mismo Jesucristo, nos exige no sólo
servirnos de la predicación y de la catequesis sino que nos urge, además,
asegurar la enseñanza de la doctrina católica en las escuelas, en las
universidades y por todos los medios modernos de la comunicación social. Por
eso, las escuelas católicas han de trabajar en acción concorde con las demás
instituciones diocesanas bajo la dirección del Obispo (cf. Christus
Dominus, nn. 13.17; Gravissinum educationis, n.4). B. Vicario de Educación. 24. Siempre que
lo requiera el recto gobierno de la diócesis, el Obispo puede nombrar
vicarios que le asistan en cierto género de asuntos. Al Vicario de Educación
corresponde, por autorización o facultad delegada, la supervisión general de
todas las instituciones educativas de la diócesis, Asesora al Obispo
diocesano en este campo pastoral y lo representa ante los entes vinculados a
la educación católica y otros
organismos públicos y privados. Además, presenta a la consideración
del Obispo los proyectos, aciertos y dificultades de las instituciones
educativas católicas. El oficio del Vicario de Educación, como alter
ego del ordinario del lugar, contribuye a la unidad y procura una eficiente
coordinación de la pastoral educativa en la diócesis. C. Superintendente. 25.
Durante
la segunda mitad del siglo XX se ha ido perfilando la figura del
Superintendente de escuelas católicas. En nuestra mencionada Carta Pastoral
de 1976, ya hicimos alusión, aunque breve, a sus responsabilidades específicas.
Hoy estamos en condiciones de definir y reconocer su función dentro de la
pastoral educativa. Cada Obispo diocesano designa un organismo para servir a
todas las escuelas cat6licas de su respectiva diócesis.
Este organismo, que se conoce como la Superintendencia de Escuelas Católicas,
trabaja en íntima colaboración con el Obispo y su Vicario de Educaci6n. Además,
los Vicarios y los Superintendentes integran, bajo la presidencia de un
Obispo, designado por la Conferencia Episcopal Puertorriqueña, la Comisión
Episcopal de Educación y el Secretariado Interdiocesano de Educación Católica. 26. Como
instrumento de evangelización, a la Superintendencia compete velar por el
crecimiento espiritual de los alumnos y por la madurez intelectual de ellos;
así como por la formación religiosa y profesional de los maestros. La
naturaleza de este servicio se concreta en la ayuda efectiva y en la supervisión
fraternal que ha de realizar para que cada colegio trabaje con eficacia por
alcanzar la catolicidad genuina y la excelencia académica de todos los que integran la comunidad educativa. 27. El Superintendente, como cabeza de dicho organismo,
con la ayuda de sus colaboradores y bajo la autoridad ordinaria del Pastor
diocesano, desempeña su misión, que consiste en: - Garantizar la
formación religiosa católica en todas las instituciones católicas (C. D. C.
cn. 804). - Fomentar un
ambiente animado por el espíritu evangélico de libertad y caridad. - Promover, apoyar y
estimular la unidad entre todas las escuelas católicas de la diócesis y de
Puerto Rico, a través del Secretariado Interdiocesano de Educación Católica
(SIEC). - Dictar normas y
pautas diocesanas sobre la organización general de las escuelas católicas. - Difundir los
documentos de la Iglesia sobre la Educación y velar para que sean conocidos y
aplicados en cada escuela. - Garantizar la integración de la pastoral educativa en el conjunto de
la pastoral diocesana y de Puerto Rico, especialmente en lo que concierne a la
pastoral juvenil y a la catequesis. - Desarrollar un espíritu
de familia, de unidad, de justicia y de sencillez entre todos los componentes
de la escuela, y de ésta con las escuelas hermanas de la diócesis y de todo
Puerto Rico. - Ser portavoz de los
logros, esperanzas, proyectos, derechos y deberes de la escuela católica ante
los organismos gubernamentales nacionales e internacionales. - Sugerir formas
concretas de vivir en cada escuela la opción por los pobres y el servicio a
la comunidad. - Velar para que los
maestros de religión tengan la debida formación y la certificación
requerida. D.
Director y Principal. 28. Los
Estatutos escolares definen la función del Director y de las otras personas
que colaboran en la obra educativa. El Director es figura clave en el proyecto
educativo católico, especialmente en lo que respecta a la identidad religiosa
del colegio. Sabemos que el organigrama de la administración escolar es
heterogéneo sin embargo, el Director representa un vínculo importante con la
Jerarquía, la parroquia, los institutos de vida consagrada, las juntas de
directores y la sociedad en general. Trabaja en íntima cooperación con el
Principal, con el Coordinador de Pastoral y con los demás miembros de la
comunidad escolar. 29. Es
responsabilidad inmediata del Director procurar que la escuela católica
alcance fielmente los objetivos propios del proyecto educativo católico. La
Carta Pastoral que publicamos hace veinte años, proponía que el Director,
como pastor de la comunidad escolar, debería poner los medios para hacer de
ella una auténtica comunidad de fe. Desde entonces no han sido pocos los
laicos que han recibido el encargo de dirigir algunas escuelas católicas; se
trata de una situación nueva que en cierto sentido exige modificar aquella
recomendación nuestra. No obstante, el Director, ya sea sacerdote, religioso
o laico, es siempre por su encargo el primer promotor y animador de la
comunidad escolar. A través de él la escuela católica recibe y secunda las
indicaciones pastorales del Obispo, integrándose así en la pastoral
diocesana bajo la supervisión general del Superintendente. 30.
"El
Director debe ser persona muy comunicativa, muy dada al diálogo y
comprensivo. Tiene que ser persona de gran visión, de mucha apertura al
cambio, competente y creador" (Carta Pastoral 1976, n.13). Le corresponde igualmente la
administración económica, salvo que otra persona o entidad hayan sido
debidamente delegadas para ello, y los asuntos generales determinados por la
autoridad competente. Bajo ningún concepto puede perder de vista la prioridad
de las que son notas esenciales de la institución católica: Cristo,
Evangelio e Iglesia. 31. En este
compromiso son el Director y el Principal las personas claves. En algunos
casos el Principal, sea por ausencia temporal del Director, sea por
inexistencia de dicho cargo, asume todas las obligaciones y prerrogativas de
la dirección de la escuela. En ambos casos el Principal, atendido el esquema
gerencial vigente en las respectivas instituciones, habrá de trabajar en
equipo con espíritu colegial; y, naturalmente, es necesario que en todos los
asuntos que dependen de él conozca, acepte, promueva y haga realidad la
filosofía de la educación católica. 32. En las
escuelas donde el Principal colabora con un Director, defínanse claramente el
campo de acción y la autoridad de ambos. En todo caso, el Principal ejercerá
con libertad las funciones propias de su cargo en todo lo que se refiere a lo
académico, a la disciplina y al gobierno general de la escuela; funciones que
siempre desempeñará en coherencia con la filosofía de la educación católica
"y en
estrecha coordinación con el Directo,; ante quien responderá directa e
inmediatamente en todo momento" (Carta
Pastoral 1976, n.18). E.
Coordinador de Pastoral. 33. El Coordinador de Pastoral
desempeña una labor muy importante en el esquema de la catolicidad genuina.
Tanto es así que requiere la misión canónica de la autoridad eclesiástica.
Nombrado por el Director, a propuesta del Principal, tiene la encomienda de
coordinar el Departamento de Pastoral y de animar las actividades de formación
religiosa, de vivencia cristiana y de compromiso apostólico. 34. Entre sus tareas más relevantes
debemos mencionar las siguientes: - Velar para que se evalúe debidamente el proceso de formación
cristiana de los alumnos. - Estimular y potenciar la formación de grupos cristianos entre los
miembros de la comunidad escolar. - Proporcionar oportunamente, tanto a los alumnos como a los maestros,
tiempos de reflexión y convivencia cristiana. - Suscitar y animar un ambiente de comunidad cristiana libre y
creadora, en la que sea normal hacer una opción por Jesucristo. - Organizar las actividades de pastoral, facilitando a la comunidad
escolar oportunidades de comunicar, celebrar y testimoniar la fe. - Integrar la educación religiosa en el currículo y en las
actividades escolares. - Organizar el plan de estudios de religión (cf. Carta Pastoral 1976.
un. 46-B, 47 y 48). - Atender a las necesidades pedagógicas y religiosas de los maestros. - Organizar el Centro de Recursos Didácticos. - Revisar los textos y los métodos de enseñanza de la religión. - Evaluar el Departamento de Pastoral, a la luz de los objetivos que
están establecidos. - Evaluar, además, el trabajo de la facultad de religión y buscar los
medios para que los maestros obtengan la certificación profesional. - Garantizar que el
Programa de estudios religiosos incluya la doctrina de la Iglesia acerca del
orden social. - Colaborar con el
comité de actividades religiosas de la Asociación de Padres y Maestros. - Asignar un
presupuesto adecuado para cubrir las necesidades del Departamento de Pastoral. 35. Estas
responsabilidades apostólicas y profesionales permiten ver que la misión del
Coordinador de Pastoral se desenvuelve en ci mismo corazón de la educación
católica; por eso, aplaudimos la gestión de los colegios que ya han
integrado estos servicios en su proyecto educativo; y a los que han iniciado
el proceso, les animamos para que lo lleven a feliz término en un tiempo
razonable. Las encuestas y estudios que hemos realizado nos llaman claramente
a una renovación urgente en ci campo de pastoral. F. Padres de los alumnos. 36. Los padres
de los alumnos son por derecho de la propia naturaleza los primeros y
obligados educadores de sus hijos; y tal derecho es "original
y primario, respecto al deber educativo de los demás" (Familiaris
consortio, n.36; cf. Gravissirnum educationis, n. 3;
Congregación para la educación católica, El
laico católico testigo de la fe en la escuela, n. 12; Catecismo
de la Iglesia Católica, n.1653). En la actualidad son muchos los niños y jóvenes
que, privados de la presencia física de sus progenitores, encuentran amparo
gracias a la generosidad de tutores, abuelos, parientes y amigos en hogares
católicos. 38.
Según las consultas efectuadas por las Superintendencias diocesanas,
los padres consideran que la razón principal por la que envían a sus hijos a
las escuelas católicas es la formación religiosa y moral que sus hijos
reciben en ellas. Esta realidad nos llena de alegría y nos anima a mantener
con más vigor el propósito esencial del apostolado docente. En consecuencia,
insistimos en que en el horario escolar se de prioridad al programa de educación
religiosa; y, para hacer realidad este propósito, habrá de tenerse en cuenta
la preparación religiosa de los maestros, no sólo por cuestión de
principios, sino como respuesta al deseo de los padres de los alumnos. Aunque
algunas veces éstos encuentran deficiencias en nuestras instituciones,
particularmente en lo que se refiere a su participación en las decisiones de
la escuela, reconocen que éstas se distinguen por los valores cristianos, por
el des arrollo integral de los alumnos, por ofrecer los cursos necesarios para
el futuro de sus hijos y por proporcionar un ambiente favorable para el
proceso pedagógico. 39. Respetando
el principio de subsidiariedad, renovamos nuestra recomendación de que se
asegure la participación de los padres en la comunidad escolar y se fomente
la creación de la Asociación de Padres y Maestros u otras organizaciones
semejantes, donde no existan. Y, alabamos la cooperación de estos organismos
donde existen y colaboran armoniosamente con la dirección de las diferentes
escuelas católicas. 40. Asimismo,
encomiamos el proyecto formativo de la Escuela de Padres y felicitamos a las
familias pudientes que ayudan a los becarios. Aun reconociendo que las
circunstancias socioeconómicas han variado mucho a lo largo de estos últimos
veinte años, tiene vigencia todavía hoy, por no decir que es más urgente
que nunca, nuestra exhortación para que en las escuelas católicas -padres e
hijos- practiquen la mayor austeridad posible, sobre todo, en ciertas
actividades, en las que aún pervive una ostentación incompatible con la
genuina catolicidad; ya que son motivo de escándalo, un contrasigno para la
vida cristiana y una ofensa para la institución, por mucho que con el deseo
de evitar esos perjuicios se pretenda desvincularlas del nombre del colegio
G. Maestros41. Las
facultades de nuestros colegios católicos están integradas hoy en día por
sacerdotes y laicos, quienes se han sumado a la presencia desde siempre activa
de las religiosas y de los religiosos. Esta Carta Pastoral nos parece a los
Obispos que es el lugar oportuno para reiterar una mención especial de los
Institutos de vida religiosa consagrados a la educación. Ellos, a lo largo de
siglos, han fundado y dirigido buenos colegios donde han sabido promover, según
sus peculiares carismas y siempre con eficacia la enseñanza de tantas
generaciones nuevas. La vocación de los religiosos aporta "el
espíritu renovador de las Bienaventuranzas, la continua llamada al Reino como
única realidad definitiva, el amor de Cristo y de los hombres en Cristo corno
única opción total de la vida” (El
laico católico testigo de la fe en la escuela, n.43; cf. La
Escuela Católica, un. 75-76;
Dimensión religiosa de la educación en la escuela católica, n.35). A ellos alabanza y agradecimiento en nombre de nuestro Señor Jesucristo. 42. Los
educadores laicos son hoy inmensa mayoría en las facultades de las escuelas.
Merece la pena destacar ahora la realidad profunda de que esta presencia
notable de los laicos en la escuela católica, lejos de ser un puro resultado
de la actual coyuntura histórica, hunde sus raíces en la misión recibida
del mismo Jesucristo; por ella, todos los bautizados, no sólo los sacerdotes
y los religiosos, han sido "hechos partícipes a su manera de la función
sacerdotal, profética y real de Jesucristo" (Lumen gentium, n.3 1), y por ello "el apostolado de los laicos es participación en la
misma misión salvífica de la Iglesia, a cuyo apostolado todos están
llamados por el mismo Señor” (Ibidem, n.33). La
vocación de educador es muy propia de los laicos, porque "su
vocación especifica los coloca en el corazón del mundo" (Evangelii
nuntiandi, n.70) y hace que, entre otras múltiples tareas, también la educación de
los niños y jóvenes sea "el campo propio de su actividad evangelizadora" (Ibidem; cf. Gravissimum
educationis, un, 5 y 8). 43. En nuestra comunidad eclesial los laicos van asumiendo
gradualmente sus responsabilidades en todos los niveles de la educación.
Deseamos para ellos un mayor grado de estabilidad profesional, de participación
en las asociaciones religiosas y apostólicas, y de integración en el clima
familiar que es propio de toda comunidad educativa. Si los maestros procuran
perfeccionar su formación teológica, tal crecimiento redundará en un
crecimiento espiritual y profesional de toda la facultad, que será de gran
provecho para toda la comunidad escolar. La naturaleza de la vocación del
educador exige de él una permanente disponibilidad para renovarse y
adaptarse. "El
hecho de que esa necesidad de actualización sea constante, la convierte en
una tarea de formación permanente. Esta no afecta sólo a la formación
profesional sino también a la religiosa y, en general, al enriquecimiento de
toda la personalidad, pues la iglesia tiene que adaptar constantemente su misión
pastoral a las circunstancias de los hombres de cada época en orden a
hacerles llegar de manera comprensible y apropiada a su condición el mensaje
cristiano" (El laico católico testigo de la fe en la escuela, n.67), 44. Es lamentable constatar que
en las encuestas realizadas encontremos maestros que manifiestan que sus
creencias religiosas aparentan no influir en su vida como maestro, y que
algunos manifiesten poco interés por mejorar su vida de fe ni la experiencia
espiritual de sus alumnos. Nos consuela la esperanza de que la mayor parte de
los maestros en nuestras escuelas católicas procuran seguir el camino de un
cristianismo auténtico y ver que se han entregado a la educación católica
por motivos que vinculan realmente sus convicciones religiosas con su
magisterio católico. Es conveniente analizar con empeño la relación
indisoluble que hay entre la filosofía de la educación católica por una
parte, y por otra, la identidad personal del educador, capaz de perseverar en
este apostolado a pesar de las dificultades. En todo caso, los maestros están
en condiciones de aportar una crítica constructiva, que sirva para mejorar la
fidelidad de la institución escolar a su identidad evangélica. De hecho,
ellos también han expresado sus inquietudes acerca de la coherencia
religiosa de las escuelas católicas, del compromiso social con los pobres y
de la promoción de la cultura autóctona. 45.
El mismo Concilio recuerda a los maestros que de ellos depende en gran medida
el que las escuelas cat6licas puedan realizar sus propósitos e iniciativas
(cf. GE, 8). Esta responsabilidad no recae solamente sobre el maestro de
religión, sino que recae sobre todo católico que opta por trabajar o ser
maestro en una escuela católica, ya que tiene que estar consciente de que,
como católico, vive su fe y realiza su apostolado en el magisterio y su
propia vida. Por tanto, debe vivir cada día como cristiano comprometido, con
plena conciencia de la integraci6n de fe, cultura y vida, y debe ser una
persona de una vida espiritual y religiosa que sea reflejada en su quehacer
diario, preocupado por su salvación y la de los demás 46.
La escuela católica, en cuanto escuela, debe brindar una educación de
excelencia; y en cuanto católica, es un centro en el que debe vivirse y
celebrarse la fe en todo su quehacer. No hay duda que la mayoría de nuestras
escuelas se caracterizan por dar una educación de excelencia. Sin embargo,
dado el mundo en que vivimos, urge despertar en el interior de cada uno de los
alumnos un sentido de conversión diaria y el hábito de la lectura reflexiva
de las Sagradas Escrituras. Como educadores, hay que empezar por uno mismo, y
luego, llevar a los alumnos a trabajar en su propia conversión, y a amar y
frecuentar más la lectura del Evangelio como un medio de crecimiento en la
fe, enseñándoles a amar mas a Nuestro Señor Jesucristo y conocer y
agradecer su infinito amor al hombre. Enseñarles a buscar y encontrar, en esa
lectura reflexiva, respuestas de vida, amor y servicio en un mundo que aboga
por la negación de la vida, el egoísmo y el individualismo. 47.
De igual modo, es necesario orientar y concienciar al alumno sobre los
fines del trabajo y educar para ello. En su fin humano, como un medjo
ordinario con que cuenta el hombre para ganarse la vida, sostener su familia
y servir a la humanidad. En su fin sobrenatural, la colaboración en la obra
creadora de Dios y redentora de Nuestro Señor Jesucristo y, en consecuencia,
un medio de santificación para el cristiano.
48. Es urgente una seria
preparación profesional y una auténtica acción apostólica de los maestros
de nuestras escuelas (cf. GE, 8). La formación integral de todo maestro es
una necesidad tanto a nivel personal, profesional como religiosa - espiritual.
Pero esta preparación debe estar acompañada de un serlo compromiso con el
trabajo que se realiza: ser un católico que enseña, que educa, que trata de
sacar lodo lo mejor de cada uno de sus alumnos, hijos de Dios y hermanos
suyos. 49. Por tanto, urge analizar y evaluar cada uno de los criterios
que se utilizan y el proceso que se lleva a cabo en el momento de seleccionar
el personal que trabajará en nuestras escuelas. Esto incluye principalmente a
los maestros, principales y directores, si es el caso. Todos y cada uno, deben
ser personas comprometidas o dispuestas a comprometerse con la filosofía y
misión de las escuelas católicas. H. Personal Auxiliar. 50.
Entre los que
contribuyen en distinto grado a la formación integral del ser humano hay que
mencionar a los consejeros, bibliotecarios, encargados de los centros de
recursos didácticos o audiovisuales, tutores, coordinadores, administradores
y otros servidores indispensables. En nuestras escuelas no hay ningún oficio,
por humilde que sea, que no repercuta en la psicología y espiritualidad de
los educandos. 51. Los empleados no
docentes y de servicios auxiliares son miembros importantes "porque
de ellos depende la orientación de todo el proceso educativo. Ellos deben
participar, tambien, en las actividades y vida de la Comunidad de Fe
escolar" (Carta Pastoral 1976, n,27). La ayuda de los consejeros u orientadores
reviste un valor incalculable, no solo en lo que respecta a la cuestión académica
y a la preparación universitaria, sino también en la consejería espiritual
y religiosa. Por su parte, los bibliotecarios y profesionales afines estimulan
el crecimiento orgánico de las fuentes de conocimiento y asisten a los
profesores y a los estudiantes en la gran aventura del saber. Con su consejo
experto, promueven la buena lectura y el uso inteligente de los medios
audiovisuales. Acogen el pasado de los clásicos y dan la bienvenida a las
nuevas tecnologías. La biblioteca hoy es algo más que un auxilio marginal
del pedagogo, ya que conserva recursos capaces de modelar el proceso
cognoscitivo, caracterológico y estético de los alumnos. 52. Los
administradores, coordinadores, encargados del desarrollo, de las relaciones públicas
y de otros menesteres cargan el peso de la estructura escolar, porque son los
responsables de que no falte el techo, el pan y la perfecta organización en
los establecimientos católicos. Finalmente, hacemos mención de honor y de
gratitud a todos los bienhechores y voluntarios que auxilian directamente a la
dirección escolar, aliviando el peso de sus responsabilidades como si fueran
ángeles custodios de la escuela.
I. Alumnos53. Con la intención
de resaltar su papel de primera categoría en el universo de la educación católica,
queremos ahora dedicar un capitulo entero a los alumnos. Ellos son el motivo
de la fundación de los centros educativos. Dios y las familias ponen a
nuestro cuidado parte del crecimiento de estos niños y jóvenes en el amor,
la ciencia, la libertad y la responsabilidad. Los alumnos aspiran a
multiplicar sus talentos según la voluntad del Señor: a ascender por la
escala de la verdad, la belleza y la bondad; a progresar en sus sueños
vocacionales o profesionales para servir a la sociedad. Pero, sobre todo,
quieren vivir a plenitud el Plan salvífico de Dios Uno y Trino. 54. Según el
cuestionario de las Superintendencias, la mayoría de los jóvenes considera
que el amor humano y la amistad son importantes para la realización personal.
Todavía la fe, la familia, la cultura y el trabajo quedan rezagados en el
horizonte de los principios de esos jóvenes. El “Dios lejano” se hace
presente por las mediaciones humanas: la madre, los amigos, los adultos. Los
alumnos, en su proceso de madurez cristiana, podrían superar sus motivaciones
demasiado egocéntricas y utilitaristas para pensar más en el servicio a los
demás. Confiando hoy también en el sempiterno poder de la gracia de Dios, la
comunidad educativa encontrará métodos efectivos para despertar en los
alumnos el interés por la dimensión religiosa de sus vidas. Ante la tentación
fácil de la evasión juvenil, foméntense los programas de servicio a la
comunidad y la enseñanza para el compromiso social; es más, háganlos parte
del currículo de la escuela católica.
55. Está comprobado que los estudiantes de los colegios reciben,
en términos generales, una buena educación académica. Sin embargo, nos
parece conveniente insistir en lo urgente que es una enseñanza religiosa de
calidad junto con el testimonio personal de los maestros, de forma que los niños
y jóvenes aprecien más el mensaje del Evangelio, el valor de los
sacramentos, la práctica religiosa, la vocación a la vida consagrada y el
compromiso de una fe vivida. De no ser así, corremos el riesgo de que la
epidemia del indiferentismo se propague mas aún, y proliferen sus nocivas
consecuencias de eclecticismo caótico al estilo de la Nueva Era, y otras. No
está demás recordar que algunos estilos pedagógicos no son conformes con la
verdadera antropología teológica. como expresamente afirma el Catecismo, al
hablar de la doctrina sobre el pecado original: "Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal,
da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de Ia política, de
la acción social (cf CA 25) y de las costumbres", Catecismo de la
Iglesia Católica, n.407). 56. Por otra
parte, constituye para todos un estímulo consolador ver que no son pocos los
aspectos positivos que se encierran en la llamada cultura moderna. Resalta
como un elemento esperanzador la necesidad que la escuela a diario experimenta
de que el innegable progreso técnico de las comunicaciones sociales y, en
general, de toda la tecnología moderna pueda ser integrado en una propuesta
pedagógica que promueva actitudes sanamente criticas y acciones decididas a
lograr el desarrollo humano integral. Puesto que los estudiantes en general
leen poco, cosa que ellos mismos confiesan en las encuestas realizadas por las
superintendencias, y más concretamente, es rara la vez que leen los
Evangelios, parece acertado pensar que la escuela, además de fomentar el amor
a la lectura, dispone también de la alternativa de proyectar en imágenes la
Revelación contenida en las Sagradas Escrituras. 57. Es una
necesidad vital, decisiva y urgente, poner los medios eficaces para que los
alumnos aprendan a valorar el Evangelio y a tenerlo presente en sus diarias
decisiones. Urge educar a los alumnos para la lectura personal del mismo. Y,
sobre todo, que los educadores y aun la misma estructura de la institución
escolar, sean testigos vivos de una vida realizada auténticamente a la luz
del evangelio. Lo cual no es posible conseguir, cuando los alumnos advierten
una desorientación radical respecto al objetivo fundamental de la educación
católica o, incluso, perciben algún contratestimonio dentro de la comunidad
educativa. 58.
Por eso, y es bien lamentable, no podemos extrañarnos si en ocasiones,
al querer nosotros enriquecer las metas humanas mediante los factores
religiosos, aparecen actitudes que conllevan rasgos de dicotomía o
esquizofrenia. Lograr que sea normal en nuestras escuelas el acercamiento
apostólico de los mismos compañeros entre sí, podrá contribuir a sanar
este desgarramiento espiritual. Por tal motivo, hacemos un llamado a que los
padres de familia refuercen en el hogar, con sus palabras y obras, las enseñanzas
impartidas en la escuela católica. 59. En cuanto a
la educación para el amor humano, la Iglesia ha recomendado en diversas
ocasiones una formación gradual, prudente, veraz, adaptada a las edades y en
coordinación con los padres. En la época contemporánea impera un clima de
hedonismo, relativismo y de promiscuidad sexual. La conducta de los jóvenes
refleja confusión, desinformación y desenfoque de los principios éticos.
Los medios de comunicación, el comercio pornográfico y las posturas
gubernamentales han hecho más difícil la situación. La familia, la escuela
y otras instituciones de buena voluntad enfrentan un desafío monumental en
este frente de batalla (cf. "Declaración sobre los comiciones
electorales 1996", n.7.5; cf., además, S.E.R. Mons. Fremiot Torres
Oliver, "Carta pastoral sobre sexualidad y moral cristiana", 20.IX.
1977, en Selecciones
de alocuciones , pags. 45.52). Urge, pues, enriquecer y fortalecer la enseñanza de los
temas éticos, morales y sexuales mediante la presentación y c1arificación
de situaciones y conceptos relacionados mediante cursos preparados
especialmente para ello y/o dentro de los ya existentes. Se recomienda además,
Un diálogo continuo y acompañamiento del joven, de modo que, conocida la
realidad del mundo de hoy, el joven pueda hacer un discernimiento con
criterios más claros y así, libre y conscientemente, pueda evaluar, aceptar
o rechazar las diversas situaciones a las que tiene que enfrentarse. 60. Los jóvenes
formulan una pregunta moral desde el recinto más sagrado del corazón y
Cristo responde plenamente a semejante interrogación: "Si
quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos... Si quieres ser perfecto,
anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en los
cielos; luego, ven y sígueme" (Mt 19, 17-21; cf.
Veritatis splendor, nn.. 6-25). El seguimiento de Cristo exige renuncia, a la vez
que confiere un justo valor a las realidades terrenas. Supera la escisión
entre los aspectos físicos y espirituales (cf. S.E.R. Luis Cardenal Aponte
Martínez, "Valores humanos, morales y cristianos del deporte", VIII
Juegos Panamericanos). 61.
Dadas las características y tendencias de la
sociedad de hoy, y reafirmando la filosofía de nuestras escuelas y las notas
esenciales de ésta - excelencia académica y
catolicidad genuina - exhortamos encarecidamente a que la educación que se
ofrece a los alumnos sea una orientada a: La
formación del carácter y la personalidad, no entendiéndose una educación
cargada de más normas, disciplina y orden, sino como la búsqueda de las más
altas aspiraciones del ser humano y la plenitud y perfección de la persona en
cuanto hombre, ser social e hijo de Dios. - Fomentar el
autoconocimiento, la autoestima y la autoconfianza, de modo que, conociéndose
a sí mismo, desarrolle sus talentos al máximo para su propia salvación y la
de su prójimo. - Delegar
responsabilidades en el niño y el joven para que desarrolle y asuma el
liderato según su edad y capacidad. Establecer asociaciones juveniles que
promuevan la participación del joven en actividades educativas, religiosas,
sociales, culturales, deportivas, artísticas, etc., a fin de que éstos se
sientan parte de su propio crecimiento y de los demás. - La participación,
el compromiso, la solidaridad y el servicio. Exhortarnos a los jóvenes a
integrarse a grupos apostólicos, de servicio y de ayuda, entre otros, a fin
de que conociendo las necesidades de los demás, dispongan su espíritu al
servicio hacia el necesitado. 62. Invitamos a
los jóvenes, fuerza, alegría y vitalidad de la Iglesia a: - buscar y tratar a
Nuestro Señor Jesucristo a través de la oración diaria. Con la fuerza del
espíritu de joven, hacerle cada día la pregunta del joven rico "¿Qué
debo hacer para alcanzar la vida eterna?" Así, el Señor, por su amor
infinito al hombre, irá guiando su vida para alcanzar la plenitud como
persona cristiana. - seguir el consejo de María Santísima, Nuestra Madre y Maestra: "Haced
lo que El Os diga:' (Jn 2, 5), Ella como Madre, les guiará al conocimiento, amor y seguimiento de Nuestro Señor Jesucristo y les ayudara
a alcanzar la plenitud personal como hijo de Dios y encontrarán la libertad y
alegría tan deseada. J. Antiguos Alumnos. 63.
La tarea de la pedagogía católica es incesante, no sólo porque las
generaciones se suceden ininterrumpidamente, sino también porque, aun después
de la graduación hemos de atender a los ex-alumnos con nuestro consejo y
amistad, y con la creación de asociaciones especiales "llenas de espíritu eclesial" (cf. Gravissimum educattonis, n.8). Si bien
algunos críticos presentan un diagnóstico pesimista en cuanto a los frutos
de la escuela católica, conocemos además testimonios de otra índole que
hablan de un regreso adulto a los valores cristianos de la escuela y un
reconocimiento explicito del influjo positivo de la educación recibida. Otro
grupo persevera desde un principio en la confesión y vivencia de dichos
valores a pesar de los obstáculos ambientales y de la personal fragilidad
humana. 64. Los
antiguos alumnos son miembros activos de la comunidad educativa. Ellos
disfrutaron en su día de una singular oportunidad: estudiar en un ambiente
inspirado en la catolicidad integradora. El estudiante egresado de las
escuelas católicas suscribe de alguna manera el compromiso social y religioso
con el "alma
mater" y con el ancho mundo. IV. Universidades católicas e institutos superiores. 65.
"Con el correr de los tiempos, gracias al solicito empeño de los
Obispos y de los monjes, se fundaron cerca de las iglesias, catedrales y de
los monasterios las escuelas que promovían tanto la doctrina eclesiástica
corno la cultura profana, como un todo único. De tales escuelas surgieron las
universidades, gloriosa institución de la Edad Media que desde su origen tuvo
a la Iglesia como Madre y protectora generosísima" (Constitución Apostólica Sapientia Christiana sobre las Universidades y Facultades Eclesiásticas, cf. A. Colón, La
Iglesia en los albores de la Universidad, en Horizontes,
XXXII, ns. 63-64, pags. 49-53). 66.
También en Puerto Rico, la Iglesia ha desempeñado un papel protagónico
en la educación superior, desde el Studium
Generale hasta las universidades de la época actual. Nosotros, los Obispos de la
Iglesia que está en Puerto Rico, vemos con satisfacción el crecimiento de
las universidades vinculadas a la comunidad eclesial y la fundación de
diversos institutos de teología y pastoral. Estos Centros constituyen una
riqueza indiscutible para la sociedad puertorriqueña. Recordemos aquí las
luminosas palabras que S.S. Juan Pablo II dedicó a nuestra juventud en su
memorable visita a Puerto Rico:
"La juventud huye de la mediocridad, vive de la esperanza y quiere
encontrar su debido puesto en la sociedad de hoy Por ello su voz debe ser
escuchada y debe tener acceso a los bienes espirituales, culturales y
materiales de nuestro mundo, para evitar que sea victima de la frustración,
la evasión o la droga. Pero no olvidéis nunca que para llenar de ideales válidos
el alma del joven hay que darle horizontes de sólida educación moral y
cultural. Alabo y bendigo, pues,
el esfuerzo que la iglesia hace en Puerto Rico en favor de la juventud, tanto
en la escuela o colegio como en la universidad. Y os aliento para que todos,
de cualquier posición social que sean, puedan recibir en los centros
educativos de la iglesia y fuera de ellos una educación integral". 67. Acogemos
este mensaje como bálsamo reconfortante en un mundo donde habita el
individualismo aderezado paradójicamente con el burdo gregarismo de la moda.
La universidad tiene una misión profética ante la sociedad dominada hoy por
el confort, la gratificación instantánea, el consumismo, la promiscuidad y
la superficialidad. Aunque tal vez algunos teóricamente no aceptan esta misión
universitaria, esperan sin embargo también ellos que la universidad fomente
una mentalidad de compromiso fiel a los altos valores cristianos. Hoy más que
nunca la cultura necesita hombres y mujeres santos, capaces de liberarla de
los reduccionismos inhumanos a los cuales, a veces, se ve sometida por el
avance unilateral de las ciencias y la tecnología. 68. Para que la universidad pueda responder a esa necesidad tan
urgente, es necesario que la filosofía educativa no disminuya su elevación
ni su eficacia por el afán de aliviar posibles dificultades económicas de la
institución. La legítima preocupación por la supervivencia de la institución
no debe menoscabar la mística ética y profesional de los establecimientos
educativos. Naturalmente, pondremos siempre los medios exigidos por una buena
salud financiera, que garantice así una estabilidad dinámica; pero nunca nos
será licito perder de vista los
valores que son la razón de ser de nuestros centros docentes. Estos
han de procurar una sólida visión de los principios verdaderos, que sirvan a
nuestro pueblo de faro orientador en su difícil peregrinar (Cf. S.E.R. Mons.
Fremiot Torres Oliver, "Misión de la universidad católica",
23.11.1981, en Selección de alocuciones págs. 57-67; ID, Ambiente
de fe en la universidad, 20. VIII. 1973, págs. 33-35; ID, La libertad
académica y la universidad católica,
16.VIII.1972, pags. 13-29. Cf.
además, S.E.R. Mons. Ricardo Suriñach Carreras, Identidad y misión
de la universidad católica, 9.VIII. 1991; Juan Pablo II, Const. Apost. Ex
corde Ecclesiae, 8.I.,J 992).
69. La universidad esta
llamada a expresar, con oportunidad y competencia intelectual, sus
convicciones ético-religiosas, de modo que sean una voz iluminadora para los
criterios seculares de la sociedad. Dado que en nuestro país los componentes
culturales son fundamentalmente cristianos, debemos continuar presentándolos
también ahora, en perspectiva renovada, como la base sólida para la vida
individual y comunitaria, y como herramienta útil para superar el divorcio
entre cultura y fe, entre sociedad y fe. El cultivo de una cultura
intelectual católica no disminuye el espíritu de respeto y tolerancia
verdaderos, sino que los fortalece. Un
pensamiento de raíces milenarias enmarcado en grandes ideales y acrisolado en
el diálogo científico puede moldear el futuro de las generaciones. Siempre
está vigente la sentencia de Jesucristo: "La verdad os hará
libres" (Jn
8,32). 70.
En efecto, las universidades católicas puertorriqueñas tienen un amplísimo
campo de acción, respetando, claro esta, su íntima naturaleza y relativa
autonomía. Nunca insistiremos suficientemente en el valor del dialogo
interdisciplinario y en la misión protagónica de la universidad de cara al
desarrollo y la promoción de una cultura católica. Dígase lo mismo sobre el
potencial de investigación que ella posee en torno a la evangelización de la
cultura y la inculturación de la fe. Los recintos universitarios
constituyen un ámbito privilegiado, sumamente capaz de estar en la vanguardia
de la cultura y la evangelización; están llamados a ser, digámoslo así,
como la sede privilegiada para el coloquio fe-cultura y el ambiente más
propicio para realizar la saludable y urgente síntesis entre fe, cultura y
vida cristianas. Ellos debieran abanderar la superación de los conflictos,
tan anacrónicos, entre humanismo, ciencia y cristianismo; ya que en ellos se
promueve la revitalización de la cultura y el progreso de la comunidad
intelectual, porque en ellos se estudia y se analiza la herencia cristiana
como fundamento de la cultura y de la democracia verdadera. 71.
Los Obispos de Puerto Rico sabemos que nuestras instituciones
universitarias han realizado una enorme tarea en la difusión del saber.
Sabemos igualmente que, a pesar de sus limitaciones presupuestarias, también
han llevado a feliz término proyectos de investigación y de creación estética;
y han preparado líderes de la comunidad. Lo recordamos con legítimo orgullo,
y queremos en este momento, afirmar otra vez que apoyamos decididamente tan
meritoria labor, que deberá ser continuada y aun acrecentada. Queremos asímismo
recordar que, sin descuidar la función informativa, conviene acentuar los
objetivos formativos que contribuyen a que nuestros alumnos acojan con
responsabilidad y libertad personales el mensaje del Evangelio, el único
capaz de forjar en ellos actitudes de solidaridad cristiana. El paradigma
universitario fundado en el Evangelio despierta en la conciencia la realidad
de un mundo global de sana y fructífera cooperación; ese modelo ideal sabe
integrar el aprendizaje de los saberes científicos y tecnológicos más
avanzados con la formación de las virtudes cristianas: orar, comunicarse,
convivir, servir, resolver pacíficamente los conflictos, cuidar de la creación,
caminar en libertad y responsabilidad, saber morir.
72. La educación católica no sólo cultiva las facultades intelectuales, sino
que adenias fomenta "el trato amistoso entre los alumnos de diversa índole
y condición, contribuyendo a la mutua comprensión" (Gravissimum
educcationis, n.5). La sana convivencia, arraigada en Cristo, informa las
relaciones con Dios, con los semejantes y con la naturaleza. El Señor nos
enseña que la vida humana no se reduce a un mero esfuerzo egoísta de
supervivencia. La biografía personal debe ser una entrega gene rosa en aras
del bien común. La convivencia justa,
pacífica, compasiva y saludable es una exigencia inapelable del
Evangelio. La universidad, núcleo de relaciones sociales intensas y variadas,
puede y debe convertirse en lugar privilegiado para el ejercicio de la caridad
fraterna. La comunidad universitaria, mensajera de la cultura y de los bienes
espirituales, actualiza ci modelo del buen samaritano cuando se entrega toda
ella al compromiso de la solidaridad; pues, como afirma Juan Pablo II, "Buen
Samaritano es todo hombre que se para junto al sufrimiento de otro hombre, de
cualquier genera que ese sea" (Salvifici doloris, n.28). He aquí un
punto clave de la antropología cristiana: el hombre "no puede
encontrar su propia plenitud si no es
en la entrega sincera de sí mismo a los demás" (Gaudium et spes, n.24).
73. Siendo la universidad
una comunidad misionera, abierta a la convivencia universal, urge promover
intensamente la enseñanza y la aplicación práctica del pensamiento social
católico. En nuestro suelo resultan evidentes algunos problemas que esperan
la presencia iluminadora de la verdad, a cuyo conocimiento la universidad esta
dedicada, como por ejemplo: la crisis familiar, la cultura de la muerte, la
adicción a las drogas, la justicia en el mundo del trabajo, la filosofía
cooperativista, el capitalismo liberal, la violencia que engendran, cada uno
por su parte, el egoísmo materialista y el fanatismo ideológico, la
ignorancia y la consiguiente falta de respeto hacia los valores culturales
genuinos. La doctrina social de la Iglesia reconoce positivamente todo lo que
contribuye a mejorar la preparación profesional y el mejoramiento espiritual
de los estudiantes universitarios; pero lo enmarca dentro de la exigencia al
servicio de la comunidad y de la solidaridad fraterna. La preparación
individual adquiere su verdadero sentido a la luz del desarrollo integral de
la persona, desarrollo que no debe ignorar la tarea social de contribuir a la
convivencia pacífica. 74. Para ser coherentes con lo que hemos expresado hasta aquí en esta Carta, deseamos referirnos ahora al delicado tema de la formación religiosa de los estudiantes y, también, a la preparación de maestros católicos. Fieles a la doctrina perenne de la Iglesia declaramos con las palabras del Concilio Vaticano II: "que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de las personas singulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, de tal manera que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar en contra de su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella" (Dignitatis humanae, n.2). Pero sufrimos al comprobar que "son muchos los que hoy en dia se desentienden de toda esta íntima y vital unión con Dios o la niegan de forma explícita " (Gaudium et spes, n.19). Ponderamos los retos de a racionalidad y del secularismo modernos y experimentamos que en el ambiente universitario se acentúa el rigor crítico, así de los profesores como de los educandos. Todos estos factores se aúnan para exigir una formación teológica orgánica y sistemática, ajustada a la condición de los estudiantes y que tenga en cuenta con realismo el ambiente universitario. Aunque
sabemos bien que un buen numero de jóvenes trae a la universidad una
instrucción catequética muy deficiente, queremos mantener nuestra esperanza
en que el diálogo interdisciplinario contribuya a una integración madura de
los contenidos de la fe con la cultura científico humanista (cf. Ex
corde Ecclesiae, n.20). Por lo demás, queremos que la comunicación de la
doctrina católica contribuya a que los alumnos progresen con naturalidad en
los compromisos de la comunión “Koinonía” y del servicio a los
demás "Diakonía". Constatamos, con alegría y con
agradecimiento al Señor, que desde el año 1976 hasta hoy se ha verificado
cierto progreso en la acción pastoral universitaria (cf. Ordenamientos
para Universidades Católicas de Puerto Rico, n.5.3.). 75.
En cuanto a la preparación de maestros católicos, algunas
investigaciones revelan que todavía nuestras facultades de Pedagogía no
satisfacen la demanda de maestros para las escuelas católicas. Por otro lado,
los colegios católicos esperan del magisterio una formación más profunda
en la fe y un compromiso más firme en el testimonio y en todos los postulados
de la pedagogía católica. El sistema de escuelas católicas necesita de unos
cuadros gerenciales, docentes y auxiliares que sean de verdad profesionales
competentes y, a la vez, católicos maduros y convencidos. 76.
El asunto de la formación religiosa toca la fibra más intima de la
catolicidad en el ámbito universitario. Pero es justo analizar la situación
en una perspectiva más amplia, que abarque a la instituci6n como un todo. En
otras palabras, la universidad en su totalidad esta llamada a ser católica,
teniendo en mente la relativa autonomía de las realidades humanas. Ahora
bien, las instituciones católicas no son inmunes a los fenómenos históricos
que afectan a todas las culturas. El desafío más apremiante de la cultura y
la religión radica en el binomio ciencia-tecnología. Hoy se cuestiona desde
un radicalismo total la estructura tradicional de las sociedades. Todavía no
hemos medido los efectos de este impacto sobre la religión, la ética y la
estética. 77.
El peligro estriba en que el desarrollo científico absorba los otros
componentes de la cultura y se imponga como referencia absoluta de normas y valores;
es decir el peligro consiste en que el método de la ciencia experimental
pretenda ir mas allá de sus verdaderos limites así, en primer lugar, invadiría
el campo de las ciencias teológicas y metafísicas para, en un segundo
momento, apropiarse de la misión que sólo a éstas corresponde: dar las
verdaderas respuestas a las inquietudes más profundas del ser humano.
Precisamente en esta coyuntura es donde resplandece la universidad católica
en su verdadera naturaleza y misión, como el ámbito propio para crear las síntesis
superiores a la manera de Santo Tomás de Aquino y, en nuestros días, de
Jacques Maritain. Pero, como las situaciones de riesgo estimulan la
creatividad, confiamos en que la dificultad de la desorientación producida
por algunos, que se han dejado subyugar por el atractivo de las ciencias
experimentales, será superada por un nuevo proceso de integración fruto de
estudiosos que sean maduros en la fe y excelentes en su calidad profesional. 78.
Como corolario del razonamiento anterior, consideramos que las
instituciones superiores de educación católica hacen bien cuando conservan
los conocimientos humanísticos de la sabiduría clásica sin dejar por eso de
explorar los caminos que llevan a las ciencias del "futuro"; porque
así se capacitan para armonizar la ciencia y la sabiduría, y pueden educar a
los alumnos en el modelo que aúna al hombre trabajador con el hombre sabio.
Es importante que exploren las bondades de la red informática y otros medios
técnicos, pues así podrán iluminarlos con el fruto de sus investigaciones y
el juicio ético. La actitud ética del universitario se establece en la
humildad, que es siempre amor a la verdad y que por eso ennoblece la
excelencia incluso de quien se mueve sobre las cimas de las artes y las
ciencias. 79.
A esta altura de nuestra reflexión y desde la perspectiva de nuestra
responsabilidad de Obispos de la Iglesia Católica en Puerto Rico, queremos
ahora espigar algunas enseñanzas de la Constitución Apostólica del Papa
Juan Pablo II Ex corde Ecclesiae, y de los Ordenamientos para las
Universidades Católicas de Puerto Rico. De
la naturaleza de las universidades católicas, en cuanto universidades, brota
un compromiso con la tutela y la promoción de la dignidad humana y de la
herencia cultural. Por eso es legitima nuestra esperanza de que ellas
propicien el encuentro entre la intelectualidad puertorriqueña y las grandes
obras de la cultura cristiana. Ese encuentro debe ser extensivo a todo el
pueblo y a toda tradición autóctona Los medios recomendados son una
docencia, que sea fruto natural de una investigación seria y perseverante, y
una oferta válida de servicios dentro y fuera del país. Sugestivamente,
universalidad y catolicidad se abrazan en el punto del altruismo social. Esta "diakonía
universal" va todavía más allá de la colaboración
interuniversitaria que recomiendan los Ordenamientos (cf. n. 6.1) y
abarca la prudente colaboración con los gobiernos y las organizaciones
nacionales e internacionales en favor de la justicia, del desarrollo y del
progreso (cf. Ibidem, n.6.2.). 80. Ahora bien, la lucha por un mundo mas justo debe comenzar
en nuestra propia casa "La
Universidad católica, nos reclama el Romano Pontífice, Juan Pablo II, siente
la responsabilidad de contribuir concretamente al progreso de la sociedad en
la que opera, podrá buscar, por ejemplo, la manera de hacer más asequible la
educación universitaria a todos los que puedan beneficiarse de ella,
especialmente a los pobres o a los miembros de grupos universitarios, que
tradicionalmente se han visto privados de ella. Además, ella tiene la
reponsabilidad, dentro de los límites de sus posibilidades, de ayudar a
promover el desarrollo de las Naciones emergentes" (Ex corde Ecclesiae, n.34).
En el
marco de su
autonomía y a tono con sus condiciones, la universidad ofrecerá
oportunidades de educación permanente a los adultos, servicios de asesoría y
amplia difusión de conocimientos más allá de los límites académicos. 81.
Las instituciones de educación superior aportarán luz y verdad,
inclusive en asuntos delicados y espinosos de la realidad social puerrtorriqueña.
Entre estas áreas conflictivas, "que debieran ser objetivo
preferencial de la investigación y la labor académica de la Universidad, es
preciso señalar la configuración o modelo político del país, sin incurrir
en banderías partidistas, a la luz de los rasgos hist6ricos y valores
culturales y tradiciones de cinco siglos de historia del pueblo de Puerto
Rico" (S.E.R. Mons Ricardo Suriñach Carreras, Identidad y misión
de la Universidad Católica, II, 9.VTII.1991). Reviste singular
importancia la investigación en tomo al reconocimiento y a la promoción de
los derechos humanos, por ejemplo: el derecho a la vida, a la seguridad
personal, al trabajo, a la educación, a una vivienda digna, a la asistencia
en la enfermedad, vejez o desempleo para que la formación de los estudiantes
integre el desarrollo académico y profesional con la formación en los
principios morales y religiosos, es necesario procurar que los alumnos se
inserten teórica y prácticamente en la realidad de los graves problemas
contemporáneos, "tales como la dignidad de la vida humana, la promoción
de la justicia para todos, la
calidad de la vida personal y familiar la protección de la naturaleza, la búsqueda
de la paz y de la estabilidad política una distribución más equitativa de
los recursos del mundo y un nuevo ordenamiento económico y político, que
sirva mejor a la comunidad humana a nivel nacional e internacional" (Juan
Pablo II, Ex corde Ecclesiae, n.32; cf., además, S.E.R. Mons.
Fremiot Torres Oliver, "Universidad Católica: pasado, presente y
futuro", en El Visitante, l5.VI.1991, págs. 9.lO.12).
82. En suma, la identidad
de la Universidad Católica se conquista palmo a palmo en la vida individual y
colectiva, en todas las tareas y responsabilidades de la comunidad
universitaria. Desde el profundo y rico contenido de esta afirmación se
evidencia que es justa y razonable la normativa de los Ordenamientos, relativa
a la idoneidad científica y pedagógica, a la rectitud de doctrina e
integridad de vida de los profesores; y a que los miembros de la institución
promuevan esa identidad y que los no católicos la respeten, al menos. Cerramos
este capítulo con las palabras finales de la citada Exhortación Apost6lica, Ex
corde Ecclesiae: "La misión que la Iglesia confía, con gran esperanza,
a las Universidades Católicas reviste un significado cultural y religioso
de vital importancia, pues concierne el futuro mismo de la humanidad....
Jesucristo, nuestro Salvador ofrece su luz y su esperanza a todos aquellos que
cultivan las ciencias, las artes, las letras y los numerosos campos
desarrollados por la cultura moderna. La Iglesia y el mundo necesitan de
vuestro compromiso y de vuestra competente, libre y responsable contribución". V.
Conclusión.
83. Al concluir este documento conmemorativo del vigésimo
aniversario de la "Carta Pastoral sobre la Educación en las Escuelas
Cat6licas de Puerto Rico", queremos felicitar cordialmente en el Señor a
todos los centros docentes de la Iglesia y honramos la memoria de quienes
dedicaron sus vidas al noble propósito de la educación cristiana.
Es ésta una hora propicia para preguntarnos: ¿Dónde están nuestras
raíces? ¿Hacia dónde nos encaminamos? ¿Qué principios rigen nuestro
peregrinar y hasta qué punto hemos sido fieles a la misión encomendada? La
meta y la identidad de una institución son como las dos caras de una misma
moneda; sin embargo, entre la realidad cotidiana y el ideal propuesto existe
un camino tortuoso hecho de compromisos, de errores a veces, y de sacrificios
siempre.
84. La educación,
como asimilación de la cultura y como proceso dinámico siempre perfectible,
recoge la sabia memoria del pasado, enseña a vivir en la realidad actual y se
proyecta hacia el mañana. La IV Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, celebrada en Santo Domingo, confirmó el carácter
indispensable de la educación cristiana en la Nueva Evangelización. "La educación cristiana, afirman los Obispos, desarrolla y afianza
en cada cristiano la vida de fe y hace que verdaderamente en él su vida sea
Cristo (cf Flp 1,21). Por ella, se escuchan en el hombre las "palabras de
vida eterna" (Jn 6,68), se realiza en cada quien la "nueva
creatura" (II Cor 5,17) y se lleva a cabo el proyecto del
Padre de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1,10). Así la
educación cristiana se funda en una verdadera Antropología cristiana, que
significa la apertura del hombre hacia Dios como Creador y Padre, hacia los
demás corno a sus hermanos, y al mundo corno a lo que le ha sido entregado
para potenciar sus virtualidades y no para ejercer sobre él un dominio despótico
que destruya la naturaleza" (Conclusiones de la IV Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano, n.264). 85.
El párrafo, que acabamos de citar, condensa esa múltiple dimensión
de la educación católica centrada en Cristo, solidaria con el prójimo y
abierta a las realidades terrenales. Precisamente ahí radica la esencia de
nuestra obra educativa y en ello coincide con el esfuerzo evangelizador. Se
trata de transformar desde dentro y renovar a la misma humanidad con el
influjo de la Buena Nueva. Educar puede convertirse en una forma peculiar de
evangelizar a fondo e integralmente. Como bien señala la Constitución Apostólica
Ex corde Ecclesiae, el proceso evangelizador no se reduce a predicar en
zonas geográficas cada vez más vastas. Se propone, además, "alcanzar
y como trastocar mediante la fuerza del Evangeho los criterios de juicio, los
valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las
fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en
contraste con l apalabra de Dios y con el designio de salvación (Ex corde
Ecclesiae, n.48; cf., también, Evangelii nuntiandi, nn.18,
ss.). 86.
Un desideráturn de tal envergadura sería inalcanzable sin los
dones del Espíritu Santo. La escuela está llamada a ser una comunidad orante
La oración humilde, profunda e incesante favorece la feliz culminación de sus
aspiraciones más preciadas. Enlacemos nuestras inteligencias y voluntades en un
esfuerzo unitario en bien de la escuela católica, que es el bien de jóvenes y
adultos. Recojamos en un haz de esperanza todos los sacrificios que hemos
sembrado en el suelo fértil de la educación. Y confiemos fervorosamente en la
gracia de Dios, que llueve indefectiblemente sobre las montanas de nuestros
ideales. Que María,
discípula humilde, Trono de la Sabiduría y Mater et Magistra de Cristo y la
Iglesia nos guíe hasta las aulas eternas. Dado en la Casa de Retiros de Juan XXIII, Caguas, Puerto Rico, 5 de diciembre de 1996. |