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DECLARACION
SOBRE LA CONCORDIA
ENTRE LOS SERES
HUMANOS La
Conferencia de Obispos Católicos de Puerto Rico desea ofrecer un
mensaje de paz y reconciliación en esta última etapa del Año Santo
convocado por Su Santidad Juan Pablo II. Todavia laten frescas en
nuestras conciencias las palabras que nos llaman a la reconciliación
y a superar la agresividad belicosa, la privación de los derechos
humanos y el escandoloso comercio de armas. Y todavía retumban las
contiendas fratricidas que ensangrentaron las playas del archipielago
antillano y otros lugares del mundo. En
esta ocasión sólo nos mueve el propósito de unir nuestra humilde
voz a las contínuas y dramáticas advertencias del Santo Padre y a
las declaraciones de tantos hermanos obispos a nivel internacional.
Sabemos que en los ultimos tiempos se ha escrito copiosamente sobre el
tema de la paz y que existen muchísimas organizaciones dedicadas a
promover la concordia entre los hombres. Sabemos igualmente que el
tema es muy delicado y que carecemos de un consenso en cuanto a la
necesidad y la finalidad
de la carrera armamentista. No obstante, percibimos unos hechos
irrefutables, hechos que son fuente de honda preocupación. Asímismo,
contamos con un pensamiento social católico que
nos ilumina en la recta inteligencia de tales fenómenos. El
primer hecho que salta a la vista consiste en que actualmente vivimos
una paz precaria e ilusoria. Descartando el alto grado de terrorismo y
delincuencia que prevalece en todos los continentes, podemos constatar
que en el mundo se escenifican decenas de conflictos bélicos: guerras
nacionales, guerrillas y guerras civiles. Desde la Segunda Guerra
Mundial a esta parte hemos sido testigos de tantos hechos fratricidas
simultáneos y consecutivos, que apenas cabe señalar un paréntesis
de tranquilidad general. Al
fenómeno anterior debemos agregarle otro igualmente ominoso: la
carrera armamentista. Aquí
no sólo incluimos el desarrollo cuantitativo y cualitativo de
instrumentos bélicos, sino también la venta y distribución de los
mismos. Aunque, por razones obvias, las estadísticas relativas a las
armas y los gastos militares no son completamente confiables, sí
sabemos que casi todas las naciones, particularmente los grandes
bloques de poder, invierten cantidades astronómicas en la gestión
militar. Esto resulta más grave para los paises subdesarrollados,
donde las necesidades vitales quedan desatendidas a causa de la
importación de armamentos. Ahora
bien, el aspecto económico no es el unico ángulo trágico de la
carrera armamentista. Lo que realmente preocupa a la humanidad es la
posibilidad real de que el hombre este construyendo su propia
destrucción. Ya las grandes naciones han acumulado un poder
destructivo fuera de toda proporción. No es nuestra intención
analizar técnica y cuantitativamente estos "graneros de
muerte" que se levantan amenazantes en diversas latitudes.
Nuestro juicio parte de una inquietud religiosa y ética. Creemos
simplemente que el hombre tiene el derecho y el deber de defender sus
ideales, su persona, su comunidad y su hacienda.
Sin embargo, esto no significa que el genero humano esté
condenado a aniquilar la herencia natural e histórica y a actuar de
manera irracional. Cuando hablamos del holocausto universal generalmente pensamos en los estragos del fatídico exterminio nuclear. Si bien hay algun caso en que la guerra nuclear se juzgue indispensable, la potencia destructiva nuclear deja mínimas o nulas esperanzas al desarrollo de una vida saludable. Pero, sin pretender minimizar esos efectos apocalípticos, hemos de subrayar también el peligro de las armas biológicas, químicas y convencionales. Las primeras dos pueden devastar la vida en todas sus manifestaciones y alterar profundamente el equilibrio ecológico del mundo. Las terceras producen bajas cada vez más abundantes, trazan una diplomacia de violencia y son la antesala de una conflagración nuclear. Como si el arsenal nuclear fuera insuficiente, las potencias mundiales experimentan con rayos y otros medios mortíferos en el espacio exterior. Evidentemente,
un inventario completo del ingenio armamentista militar tomaria
innumerables páginas. A pesar de que el asunto es verdaderamente
complicado, un diagnóstico general revela la determinación de usar
todos los recursos naturales -físicos, químicos y biológicos- como
medios adecuados para resolver violentamente cualquier conflicto
humano. De ahí surge lo que se ha venido a llamar el abecedario del
terror: cada bomba o artefacto responde a una letra o a un eufemismo,
pero en el fondo encontramos la ciencia al servicio de una filosofía
política. Una muestra del resultado de esta alianza ya dejó su
terrible huella en algunos puntos específicos del planeta y campos de
prueba. Aunque las armas permanezcan en silencio, pagamos su precio en
divisas de miedo, pobreza y enfermedad. Ante
semejante cuadro, los cristianos y hombres de buena voluntad lanzan
una pregunta ineludible: ¿Por
qué los hombres se entregan a la violencia y permiten que la espada
de la guerra definitiva cuelgue sobre sus cabezas, en lugar de abrir
caminos de concordia? A
simple vista, las razones que motivan la agresividad de los grupos políticos
o sociales son claras y sencillas: expansiones territoriales, pugnas
ideológicas, crisis económicas, discordias étnicas o religiosas,
disputa en torno a las materias primas y a la hegomonía mundial. Más
allá de estas causas socioeconómicas, los estudiosos suelen debatir
sobre la raiz primigenia de la violencia humana. Algunos la adjudican
a un instinto natural, herencia de la evolución; otros la definen
como un producto de la misma convivencia social que mancha la pristina
inocencia del ser humano. Los
cristianos creemos que Dios nos creó en inocencia original, pero que
nuestros primeros padres desobedecieron y rompieron la armonía
fundamental. Esa ruptura que alteró el equilibrio de esa relación
positiva con Dios, con los semejantes y con la naturaleza se conoce
como pecado original. Esa es la fuente de la soledad, la muerte y del
egoísmo. A pesar de la caida que nubló los albores de la humanidad,
todavía prevalece la esperanza porque Jesucristo, el Príncipe de la
Paz, nos redimió del pecado y de la muerte. El
hombre es libre, y puede rechazar esta salvación. Por eso amontona
escándalo sobre escándalo, guerra sobre guerra.
Y peregrina arrastrando una larga cadena de barbarie, en la que
los conflictos son causa y efecto de otros conflictos. Aqui nos
referimos no solamente al pecado individual, sino tambien a las estructuras
de pecado. Los hombres hemos edificado, cual torres de Babel,
aplastantes estructuras de pecado, a la vez que tejemos una tenebrosa
red de injusticias que aprisionan al hombre, estrangulan su dignidad y
amenazan la paz nuestra de cada dia. El afán de lucro, el hambre de
poder y el materialismo pluriforme se lanzan como leones rugientes
para devorar a millones de victimas en todos los continentes. La
Iglesia, experta en humanidad, conoce profundamente esta situación y
ha pagado también su cuota de sufrimiento en la came martirizada de
sus fieles y de sus comunidades. Desde su fundación ha proclamado el
ideal del Maestro manso y humilde: ¡Bienaventurados los pacíficos!
En medio de la ambigüedad histórica ha pregonado la suprema aspiración
del mensaje evangélico: el Reino de paz, justicia y amor. Para la
Iglesia, la obra de la paz no es, pues, una novedad o una moda
pasajera; tampoco se trata de una estrategia politica a favor de una
ideología o de un bloque de poder. Si
los Papas, los Obispos y los católicos en general han acentuado sus
planteamientos en torno a la guerra en las ultimas décadas, esto se
debe a la naturaleza del riesgo que se cierne sobre la supervivencia
de la civilización actual. Los clásicos argumentos a favor de una
guerra justa, particularmente los concernientes a la legítima
defensa, requieren examen cuidadoso a la hora de ponderar los efectos
de una hecatombe termonuclear. Naturalmente,
hemos de ser realistas y aplicar métodos politicos a problemas políticos.
Sin embargo, seria contraproducente excluir los principios éticos en
aras de un realismo más bien conformista y pragmático. Algunos,
inclusive, han encontrado en la Gaudium
et Spes una
justificación abierta al sistema de disuasión. Tal postura se
inspira en el siguiente texto: "Las
armas científicas no se acumulan exclusivamente para el tiempo de
guerra. Puesto que la La
última oración de esta cita no representa un respaldo al famoso "equilibrio
del terror", sino una simple constatación de una tésis
defendida por muchos. Los Padres Conciliares trascienden la política
de disuasión y exhortan a los hombres para que se convenzan "de
que la carrera de armamentos, a la cual acuden tantas naciones, no es
camino seguro para conservar firmemente la paz, y que el llamado
equilibrio que de ella proviene no es la paz segura y auténtica. De
ahí que no sólo no se eliminan las causas de conflicto, sino que más
bien se corre el riesgo de agravarlas poco a poco. Al gastar inmensas
cantidades en tener siempre a punto muchas armas, no se pueden
remediar suficientemente tantas miserias del mundo entero.. .".
Por lo tanto, hay que declarar de nuevo: "la carrera de
armamentos es la plaga ma's grave de la humanidad y perjudica a los
pobres de manera intolerable. Hay que temer seriamente que, Si
perdura, engendre todos los estragos funestos cuyos medios ya
prepara" (n.81). Por consiguiente, la disuasión sería como un mínimo
o un paso condicionado en el sendero de la paz. Asi lo vio Su Santidad
Juan Los
Sumos Pontífices, atentos siempre a los signos de los tiempos, ya habían
profetizado el alcance moral de ese desenfrenado proceso armamentista.
A tal efecto, desde el 30 de septiembre de 1954 S.S. Pío XII había
advertido a la Asociación Médica Mundial: "...
Cuando,
sin embargo, el empleo de este medio lleva consigo una tal extensión
del mal que se escapa totalmente al control del hombre, su utilización
debe rechazarse como inmoral. Aquí ya no se trataria de la 'defensa'
contra la injusticia y de la necesaria 'salvaguardia' de
posesiones legítimas, sino de la aniquilación pura y simple de toda
vida humana en el interior del radio de acci6n. Esto no se halla
permitido por ninguna razón". (Acción Católica Española,
Coleccion
de Encíclicas y Documentos Pontificios, Madrid: Publicaciones
de la Junta Nacional, 1967, Vol. I, P.1746.) S.S. Juan
XXIII dedicó toda una encíclica -Pacem in terris- a los
fundamentos de la paz, suprema aspiración de la humanidad. Allí se
hizo portavoz de la justicia, la recta razón y del sentido de la
dignidad humana para exigir urgentemente el cese de la carrera armamentista: reducción simultánea de las mismas, prohibición de armas
atómicas, desarme simultáneo, controlado por mutuas y eficaces
garantías (n. 112). Entre las convicciones de la hora actual, el Papa
Juan XXIII subraya aquella que rechaza las armas y promueve las
negociaciones y convenios como medios para resolver las diferencias
entre los pueblos. "Esta convicción, hay que confesarlo, nace en
la mayor parte de los casos de la terrible potencia destructora que
los actuales armamentos poseen y del temor a las horribles calamidades
y ruinas que tales armamentos acarrearían. Por esto, en nuestra época,
que se jacta de poseer la energia atómica, resulta un absurdo
sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho
violado" (n. 127). El Pontífice se lamenta, finalmente, de que
los pueblos se vean sometidos al terror como a ley suprema e
inviertan, por lo mismo, grandes presupuestos en gastos militares. No
pone en duda el motivo de la disuasión, pero insiste en la prioridad
del amor en las relaciones individuales e internacionales. S.S.
Pablo VI no fue menos categórico en su condena de las semillas de
destrucción. En su discurso ante la Organización de las Naciones
Unidas, el 4 de octubre de 1965, afirmó que son imposibles la
hermandad y el amor mientras ocupemos nuestras manos con las armas.
Aun antes de sembrar muerte y destrucción, las terribles armas
modernas fomentan pesadillas, desconfianza y pesimismo. La encíclica Populorum
progressio denuncia
el escandalo intolerable de toda carrera de armamentos, de toda
ostentación nacional
o personal, cuando tantos pueblos sufren hambre, miseria, ignorancia,
enfermedad (n. 53). Citemos, finalmene, las palabras de Juan Pablo II
en la enciclica Redemptor
hominis como
una sintesis de sus innumerables pronunciamientos a favor de la paz: 'tLa
Iglesia... no disponiendo de otras armas, sino las del espíritu... no
cesa de pedir a cada una de las dos partes, y de pedir a todos en
nombre de Dios y en nombre del hombre: ¡No matéis!; ¡NO preparéis
a los hombres destrucción y exterminio!:" (n.
16). Todo
lo anterior no es más que una muestra de ese tesoro de paz cristiana
que la Iglesia conserva y enriquece a lo largo de los siglos. Existen
muchos tratados destinados a reflexionar sobre los fundamentos teológicos
y las implicaciones practicas de esa sagrada herencia católica. En
todo caso, la Iglesia no pretende ofrecer recetas técnicas a los
males politicos y militares. Su
misión es esencialmente ética y religiosa. Y es precisamente esa
preocupación ético-religiosa lo que nos conduce a cuestionarnos
sobre las repercusiones del potencial bélico en Puerto Rico. Nuestra
preocupación se proyecta en dos vertientes: el grado de
vulnerabilidad social y militar de la Isla, y el aporte de armonía y
comunión universal que ésta puede patrocinar. En
cuanto al grado de vulnerabilidad social y militar de Puerto Rico, la
historia nos persuade de que la Isla ha ocupado un lugar estrategico
de gran importancia. Prevalece la opinión de que esta condición ha
afectado adversamente
el desarrollo social y cultural del pais. Dada la efervescencia político-militar
de la cuenca del Caribe es posible que se acentúe el aspecto militar
de nuestra economía, con las secuelas negativas que tal fenómeno
acarrea. Sin entrar en controversia en torno a la presencia de armas
nucleares en Puerto Rico y a la interpretación del Tratado y
Protocolo de Tlatelolco, hemos de desalentar la carrera de armamentos
y alentar las iniciativas encaminadas a excluir a Puerto Rico del
juego bélico nuclear, biológico y químico. Es
necesario revisar seriamente las estrategias del desarrollo económico
de Puerto Rico, a tono con sus recursos naturales, la situación del
desempleo y la tranquilidad espiritual. Puerto Rico puede convertirse
en un centro de comunión hemisférica, de empresas de paz. Ya que
presumimos de ser un pueblo pacífico, aportemos algo a la concordia
universal. Seamos mansos
como las palomas y prudentes como las serpientes.
La mansedumbre nos escuda del escándalo de dar agresividad e
hipocresia a quienes esperan paz y sencillez. La sagacidad no permitirá
que nos tomen por ingenuos o nos enganen aquellos que vienen vestidos
de ovejas. Nuestros
buenos deseos deben encarnarse, desde luego, en recomendaciones específicas.
Por consiguiente, procedemos a enumerar, a modo de ejemplo, algunas
sugerencias que pueden contribuir al fortalecimiento de la paz.
Apoyamos, en primer lugar, la misión de la Organización de las
Naciones Unidas. Son Abogamos
también por una politica de desarme que sea pacientemente realista y
valientemente humanista. El proceso debe ser multilateral, orgánico,
gradual, sincero y verificable.
Creemos que la guerra no es algo inevitable y que hay un factor
más importante que la seguridad del ámbito nacional: la seguridad
del pueblo, la seguridad común, la seguridad del género humano. Esta
es una tarea de todos, inclusive del sector militar, sector cuya
finalidad consiste en preservar la paz. Si asignamos fondos para la
defensa, respaldemos también económicamente las obras de la paz,
bien sea a través de la promoción de la justicia a nivel local y
mundial, bien sea por medio de las organizaciones entregadas explici
tamente a la filosofia de la paz. Para
transformar las espadas en arados se requiere, igualmente, un buen
proyecto de educación en la justicia y la paz. En Puerto Rico la
educación católica ha dado algunos pasos en esta dirección.
Exhortamos a los educadores católicos de todos los niveles y categorías
a que intensifiquen la investigación, enseñanza y difusión En
el mismo lugar citado anteriormente, los Obispos norteamericanos
proponen tres respuestas adicionales y que consideramos de gran
relevancia pastoral, a saber: el respeto a la vida, la oración y la
penitencia. Estos remedios adquieren un significado particular en un
mundo moralmente contaminado, donde el desarrollo material contrasta
marcadamente con el atraso espiritual. La paz exige que se realice un
desarme en el corazón humano. Si aceptamos la violencia humana en
todas sus manifestaciones, ¿qué autoridad moral nos amparará para
rechazar la guerra? Si eliminamos la vida de los inocentes a través
del aborto, ¿cómo podremos esperar que la gente se oponga al
exterminio de civiles en una conflagración? No entendemos la filosofía
de aquellos que luchan por la paz mundial y se oponen a cualquier
ataque indirecto contra inocentes, a la vez que favorecen el ataque
directo del aborto. Los
millones de abortos que se practican en el mundo constituyen una
guerra sorda y cruel, y son sintomas de una seria enfermedad del
espiritu humano. Hermanos,
este es nuestro mensaje de paz. El tema de la paz es muy ampho y
complicado. Sólo intentamos tocar algunos aspectos del mismo. Aunque
somos una pequeña Isla, formamos parte del universo, de la Iglesia.
Debemos superar cualquier visión demasiado cerrada o insularista.
Compartimos las alegrias y las esperanzas, las angustias y las
tristezas del mundo. Todavía la paz sigue siendo la suprema aspiración
de la humanidad. Pedimos
al Señor 10 de abril de 1984 |