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DECLARACION
SOBRE EL COLAPSO DEL ORDEN Otro
horrible crimen vuelve a estremecer nuestra alma colectiva, suscitando
profundamente nuestra compasión y provoca una vez mas la angustiosa
mezcla de coraje, temor y sentido de impotencia que estas tragedias
nos hacen sentir con creciente intensidad. El cruel y despiadado
asesinato de dos niñitos viene a sumarse a la lista de muchos otros
delitos brutales que hemos conocido recientemente, tales como el
ataque mortal al chofer de la Wells Fargo, el confuso caso Rigual, y
las matanzas gansteriles del joven Vizcarrondo, del fiscal José
Israel Rivera Ortiz y de Luis Vigoreaux. A estos desgraciados sucesos
hay que añadir las docenas de asesinatos de seres desconocidos que a
diario informa la prensa, que por pertenecer al anonimato no nos
conmueven como los anteriores, pero que son igualmente lamentables,
causan profundo dolor a muchas familias, e incrementan la desolación
y el sentido de indefensión que nos abruman. Desde
el punto de vista del orden publico, estos terribles acontecimientos
tienen dos dimensiones igualmente ominosas. Por un lado está el hecho
de que dichos crímenes se cometen de modo tan brutal y tan frecuente.
Este hecho delata la alarmante y amenazadora presencia en Frente
a esta desgarradora situación, contrastan llamativamente las noticias
cotidianas de corrupción en distintos niveles de las agencias
encargadas del orden publico. Las noticias de los "gastos alegres"
en la Legislatura y algunos departamentos del Ejecutivo; y las
incesantes noticias de la politiquería y la imparable lucha
partidista. Surge asi la impresión innegable de que mientras la gente
vive oprimida por el miedo, la indefensión y el dolor que engendra la
criminalidad, los líderes políticos y el gobierno siguen de espaldas
al pueblo en la busqueda de sus propios intereses, haciendo una burla
del esfuerzo por lograr el bien común. Este singular contraste entre
lo que la gente siente y lo que los políticos aparentemente hacen,
que tiene el caracter de diabólica ironía, constituye un seno
agravante de toda la situacin respecto a la criminalidad en el pais.
Es el tercer hecho de dicha situación, que junto con los dos
mencionados antes, refleja una situación de grave deterioro en la
convivencia puertorriqueña que nos coloca en inminente riesgo del
mayor de los peligros. La
Conferencia Episcopal Puertorriqueña denuncia con la mayor vehemencia
posible toda esta situación y reclama la acción inmediata y urgente
del liderato cívico, político y gubernamental para tomar medidas
serias que afronten el referido problema en todas sus dimensiones. Bajo
este ultimo renglón cabe advertir que la Conferencia de Obispos Católicos
Puertorriqueños siente honda preocupación porque ve que
paulatinamente se va haciendo insensible la comunidad ante hechos
tales como la legislación y despenalización del aborto. Este paso
tornado, indudablemente prepara a la ciudadania a la indiferencia
hacia la vida y otros males mayores. Ha
ilegado el momento para formular un nuevo plan de acción, que con el
concierto de todos los interesados, logre resultados concretos a la
brevedad posible. Hemos leido con beneplácito las propuestas
recientes para una revisión a fondo de los esfuerzos colectivos
respecto a la educación. Nos parece que el problema de la seguridad y
el orden público requiere atención igual o mayor. La
Iglesia, por su parte, habrá de comenzar una serie de actividades
pastorales y de oración, dirigidas a consolar a los afligidos, a
esclarecer nuestra comprensión de estos problemas y a implorar del Señor
la luz y el sosiego que necesitamos para encarar esta tragica situación. Por
otro lado, nos comprometemos a seguir trabajando y a respaldar
cualquier iniciativa, sea esta personal o colectiva, encarninada a esclarecer
este trágico panorama. Además,
habremos de darle seguimiento periódico a nuestro reclamo al liderato
del país, para asegurarnos de que los esfuerzos que se realicen sean
contínuos, consecuentes y adecuados. 11 de agosto de 1983 |