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MENSAJE
DE LOS OBISPOS AMENAZAS
A LA PAZ EN Los
Obispos Católicos de Puerto Rico hemos reflexionado detenidamente
sobre el significado de la XV Jornada Mundial de la Paz, proclamada
por S.S. Juan Pablo II. Deseamos, a través de este breve mensaje, señalar
algunas amenazas que se ciernen sobre los pacíficos anhelos de la
sociedad puertorriqueña. Para lograr este propósito, partiremos de las sabias
palabras pronunciadas por el Santo Padre con motivo de la Jornada de
la Paz de 1982: "La paz es un don de Dios, confiado a los
hombres". La
paz, magnífico don de Dios, es el más dulce entre los bienes
pasajeros de la tierra. La paz resulta de un orden racional y moral
que no puede prescindir de Dios, ya que El es su fundamento, su
garante y su auxilio interior. Ahora bien, si la paz es un don divino,
el hombre jamás esta dispensado de su responsabilidad de peregrinar
hacia ella por los difíciles caminos de la historia. La
promoción de la paz se funda sobre todo en el compromiso que los
hombres asumen en favor de la misma. Existen formas de acción que
tienen una relación indirecta con la paz: los intercambios
culturales, la investigación científica y la vida económica.
No Por lo tanto, la sociedad puertorriqueña
no podrá contribuir efectivamente a la construcción de la paz
mundial "si ella misma no esta pacificada, es decir, si en ella
misma no se torna en seno la promoción de los derechos del hombre".
Hemos notado con honda preocupación que la violencia se ha apoderado
de varias instituciones de nuestra amada Isla. En más de una ocasión
hemos denunciado la violencia de las estructuras oficiales y la
terrible reacción de los grupos subversivos. Diriamos, a tono con las
conclusiones de Puebla, que la violencia es generada y fomentada por
la injusticia que se puede ilarnar institucionalizada en diversos
sisternas sociales, politicos y económicos, corno por las ideologias
que la convierten en medio para la conquista del poder. "¿Quién
puede negar que hoy dia hay personas individuales y poderes civiles
que violan impunemente derechos fundarnentales de la persona humana,
tales corno el derecho a nacer, el derecho a la vida, el derecho a la
procreación responsable, al trabajo, a la paz, a la libertad y a la
justicia social; el derecho a participar en las decisiones que convienen al pueblo
y a las naciones?" (Juan Pablo II a la ONU, 1978). Hoy debemos
referirnos una vez más a las arnenazas a la paz que entristecen la
faz de nuestra convivencia cotidiana.
¿Cómo podemos conjugar la obra de la paz en Puerto Rico con
la presencia de nuestros hermanos haitianos prácticamente
encarcelados en un campo de concentración en el Fuerte Allen?
¿Córno podemos esperar
la paz en una sociedad donde las criaturas inocentes son condenadas a
muerte a cada momento por el nefasto veredicto del aborto? ¿Podrá
crecer la semilla de la serenidad en una tierra plagada por el
maltrato síquico y físico a los niños? ¿Qué futuro nos tejera la
red de medios de comunicación social que satura las conciencias con imágenes
de pseudo-heroes criminales y adúlteros?
¿Córno garantizar la tranquilidad por medio de la proliferación
de las armas de fuego? Naturalmente, no sornos indiferentes ante
la plaga de la criminalidad que ahoga a Puerto Rico. Lamentamos el
sufrimiento de sus victimas e imploramos piedad y humanidad a los
responsables directos e indirectos de la misma. Las autoridades y los
ciudadanos han de buscar remedios concretos y eficaces para atacar las
raices de este mal. Sin
embargo, esto no significa que descuidernos la suerte de aquellos que
han sido privados de su libertad por haber cometido algun delito.
Debernos respetar la dignidad de las personas, independienternente de
su condición penal. A
este respecto, resulta deplorable el estado de algunas cárceles
de Puerto Rico. Ya son intolerables los patéticos y continuos
asesinatos de reclusos, particularmente de los que se encuentran en
surnaria. Son intolerables, igualmente, las fugas y la presencia de
armas y drogas en manos de los presos. Las cárceles no son jaulas dantescas, sino
caminos de recuperación, centros de reeducación. Recordemos que Jesus
vino a liberar a los cautivos, pero se trata de una liberación que va más
allá de la libertad física. El Mesías inocente también sufrió cárcel
-"sumariarnente"-, fue interrogado, insultado y torturado.
Finalmente, fue condenado a muerte ignominiosa, a cambio de un recluso,
y, antes de morir perdonó al "buen ladrón". Es este mismo
Jesús quien nos preguntará al final de los tiempos si nos preocupamos
por El en la persona de los presos: t'Porque
estuve preso y me visitasteis". Hermanos
puertorriqueños, tanto en las cárceles, como en todos los frentes de
la convivencia humana, debemos salvaguardar ese precioso y delicado don
divino que es la paz. Dios nos ha confiado la paz. A El hemos de
acercarnos con la hurnildad de la oración, y la oración de la
humildad, pues nuestro futuro está en sus manos.
Es su voluntad que caminemos en amor fraterno ya que es imposible
fraguar nuestra paz, Si olvidamos la de nuestros hermanos. ¡Que la paz
de Nuestro Señor Jesucristo esté siempre con ustedes! 12
de enero de 1982 |