CARTA PASTORAL SOBRE LA EDUCACION EN LAS ESCUELAS CATOLICAS DE PUERTO RICO

INTRODUCCIÓN

1.     Desde el descubrimiento de nuestra tierra, la Iglesia ha estado presente y la Fe Católica ha inspirado los diversos momentos de su historia, comenzando por su bautismo como la Isla de San Juan. Si el Puerto Rico de hoy se considera Un pueblo creyente, se debe a nuestros antepasados, que trajeron con ellos, no solamente nuestro idioma y nuestras costumbres, sino también la sangre que da vida a nuestros cuerpos y la fe que anima nuestras almas.

2.     A través de los años ha sido también tarea de la Iglesia ayudar a mantener, promover y animar esa cultura, y sobre todo, propagar la fe. A fin de poder brindar este gran servicio, la Iglesia se ha valido, entre otros medios, de la escuela católica.

3.     Conscientes, en primer lugar, de la reconocida ayuda que la misma nos ha brindado en esta nuestra sagrada misión educadora y conocedores, también, de las circunstancias presentes que han llevado a unos a cuestionarse el valor actual de este medio, y a otros, al desaliento, hemos considerado oportuno dirigir a toda la comunidad católica de nuestra Isla esta Carta Pastoral de aliento y estimulo, pero sobre todo, de orientación.  Por consiguiente, esta Carta va dirigida a todos los católicos de la Isla; pero de una manera particular a cuantos en forma especial han sentido con nosotros la nece­sidad de la escuela católica: padres y alumnos; y a cuantos han querido compartir con nosotros esta noble tarea: sacerdotes, religiosas, religiosos y seglares.

4.     Por eso quisiéramos mediante esta Carta Pastoral:

A)Asegurar a los padres de familia que los Obispos de Puerto Rico tenemos sumo interés en mantener y mejorar nuestras escuelas católicas.

B)Asegurar a los alumnos que, los Obispos como padres espirituales, los recibimos con los brazos abiertos, lamentando únicamente las limitaciones que no nos permiten contar con los suficientes medios económicos y académicos para poder admitir a cuantos quisiéramos.

C)A los sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares les decimos que hoy, más que nunca, les necesitamos.

5.     Y Si ustedes nos preguntan Si las escuelas católicas tienen razón de ser hoy, les respon­deremos que Si. "Que tienen más sentido que nunca con tal que, verdaderamente sean autentica expresión de los fundamentales valores evangélicos... Valores evangélicos de oración, de cruz, de pobreza, de justicia, de donación, de amor, de fraternidad, de paz... Con tal que presentemos a un Dios cercano, intimo al hombre; un Dios insertado en la historia, no lejano, no extraño a los acontecimientos del hombre... A nuestros jóvenes les interesa la cercanía de un Dios que en Cristo se ha comprometido para salvarnos" (Mons. Eduardo Pironio, Boletín CELAM no. 99, Bogota', 1975).

6.     Queremos hacerles saber, también, que es con confianza plena y gratitud profunda que les damos la bienvenida a compartir nuestro sagrado deber de enseñar a todas las gentes.

SECCION I

La Filosofía de la Escuela Católica en Puerto Rico

7.     En la introducción hemos indicado que el propósito de esta Carta Pastoral es de orientación. Expondremos a continuación, en la forma más clara posible, lo que deseamos sea la filosofía de nuestra escuela católica.  Señalaremos, pues, los principios que han de regir y motivar la enseñanza en nuestras escuelas católicas en el Puerto Rico de hoy, de cara a su futuro, y ofreceremos algunas directrices y exhortaciones basadas en esa filosofía y en esos principios. Anhelamos así ser fieles al mandato del Señor, según nos lo recuerda el Concilio Vaticano II:

"Porque Cristo dio a los Apóstoles y a sus sucesores el mandato y el poder de enseñar a todas las gentes, para que santificaran a todos los hombres en la verdad y los apacentaran. Los Obispos, consiguientemente, han sido constituidos por el Espíritu Santo, que les ha sido dado, verdaderos y auténticos maestros de La fe, pontífices y pastores" (Christus Dominus, n.12).

8.      Nuestra filosofía educativa parte del concepto cristiano del hombre, con sus facultades espirituales y corporales, colocado en el orden de la gracia. El hombre es una persona con su propia individualidad y digno de todo respeto, ya que es imagen de Dios, su Creador y Redentor.

9.      Partiendo, entonces, de este concepto cristiano del hombre, nuestra filosofía educativa incluye primero aquellos principios que tiene en común con toda educación verdadera, tales como: respeto a la libertad y a la dignidad del hombre, y el cultivo de los verdaderos valores morales. Pero su nota característica es la búsqueda del crecimiento de los alumnos en la fe (Cf. G.E. n.8).

10.     Esto naturalmente nos lleva a una definición clara de la escuela católica. El Concilio Vaticano II en su "Declaración sobre la Educación Cristiana de la Juventud" hablando de la escuela católica dice lo siguiente: su nota distintiva es crear un ambiente de la comunidad escolar animado por el espíritu evangélico de libertad y de caridad, ayudar a los adolescentes para que en el desarrollo de la propia persona crezcan a un tiempo según la nueva criatura que han sido hechos por el bautismo, y ordenar, finalmente, toda la cultura humana según el mensaje de la salvación, de suerte que quede iluminado por la fe el conocimiento que los alumnos van adquiriendo del mundo, de la vida y del hombre" (Gravissimum Educationis, n.8).

11.     Según esta definición la escuela católica:

A)Supone una comunidad escolar.

B)Tiene unos objetivos particulares bien definidos:

1.Crear un ambiente animado por el espíritu evangélico de libertad y de caridad.

2.Ayudar a los alumnos: en el desarrollo de su propia persona; a crecer según la nueva criatura, preparándoles para que todo su quehacer humano esté iluminado por la fe (Cfr. G.E.n.8).

SECCION II

La Comunidad Escolar

12.     La escuela católica está Llamada a crear un ambiente de comunidad escolar. Por consiguiente, es necesario que exista esa comunidad escolar en la realidad y que cada uno de sus miembros esté consciente de su respectiva res­ponsabilidad, y todos colectivamente luchen para lograr los objetivos de La misma.  Esta comunidad la componen:  los Directores, los Principales, los Maestros, el Personal No Docente, los Padres de los Alumnos, los Alumnos mismos y los Ex-alumnos.

13.     El Director es el representante del Obispo y el responsable inmediato de que la escuela católica logre sus objetivos; sobre todo su fidelidad a esta filosofía educativa.  Es el Pastor de la comunidad escolar y procurará hacer de esta una autentica comunidad de fe.  El Director es el primer promotor y animador de la comunidad escolar, a través del cual, la comunidad escolar entra en comunión con el Obispo y se integra a la Pastoral Diocesana bajo la supervisión del Superintendente de las escuelas católicas. De ahí la necesidad de mantenerse en continua comunicación con el referido Superintendente. El Director debe ser persona muy comunicativa, muy dada al dialogo y comprensivo. Tiene que ser persona de gran visión, de mucha apertura al cambio, competente y creador. Le corresponde, también, la administración económica y otros asuntos de carácter general determinados por el Superintendente de las escuelas católicas.

El Principal

14.     El Principal es la persona que, en la más estricta coordinación con el Director, ejecuta la filosofía educativa de la institución.  En ausencia del Director es la persona que asume la responsabilidad total de la escuela. Por consiguiente, es necesario que conozca bien, acepte en su totalidad, promueva y haga realidad esta filosofía.

15.     Esto es aun más evidente en los casos de las escuelas no parroquiales de religiosos o religiosas donde posiblemente no exista el Director. En este último caso, cuanto hemos dicho del Director se aplica al Principal.

16.     El Principal tiene que ser persona que sepa hacer y trabajar en equipo. En los casos donde hay Director es imprescindible que el campo de acción y autoridad del principal quede bien definido. El Director y el Principal son las personas claves en la comunidad escolar. Jamás podrán promover y animar una comunidad escolar, Si ellos mismos no pueden formar equipo. De la acción coordinada de ambos dependerá completamente la formación de una verdadera comunidad escolar.

17.     A manera de sugerencia, ya que tal vez las circunstancias no sean las mismas en todas las escuelas, nos permitimos recomendar que la acción del Director se limite al Área tan importante que le hemos señalado de responsabilidad en cuanto a la fidelidad de la Institución a esta filosofía.

18.     El Principal deberá gozar de la adecuada libertad de acción en cuanto a lo académico, la disciplina y el gobierno general de la escuela. Desde luego, siempre en consonancia con esta filosofía educativa y en estrecha coordinación con el Director, a quien responderá directa e inmediatamente en todo momento.

19.     El Maestro, por ser el miembro de la comunidad escolar que esta en relación directa con el componente más importante de la escuela católica que es el alumno, es una persona clave en nuestro sistema. De ahí la gran necesidad de que conozca, comprenda y viva nuestra filosofía educativa.

20.     El mundo en el que vivimos y los objetivos que hemos propuesto para las escuelas católicas, piden tres cosas de nuestros maestros:

1)vocación: los conceptos de misión y servicio y los sacrificios envueltos hacen del magisterio más que una profesión, un arte; es una llamada a una vida apostólica: educar a la luz de los valores evangélicos.

2)preparación académica: la excelencia académica exige que sea competente; en nuestro sistema educativo esto significa que tengan los debidos títulos y certificados además de la dedicación y destrezas que exige su vocación.

3)formación religiosa: nos parece obvio que la misión confiada al maestro y el objetivo de catolicidad genuina exigen de él una profunda formación religiosa y un autentica vida cristiana.

21.     Respecto a la preparación académica de los maestros, deseamos señalar que los responsables de las escuelas deben ser de gran ayuda en el perfeccionamiento de aquellos miembros de la facultad, los cuales, no obstante su posesión de títulos y certificados, sienten la necesidad de renovarse.

22.     Recomendamos a los superintendentes, directores y principales que ofrezcan a los maestros oportunidades de mejoramiento, tales como adiestramiento simultáneo en el servicio, seminarios y talleres, en los que se podrán familiarizar con técnicas modernas de pedagogía y con el pensamiento actual de la Iglesia.

23.     Recomendamos, también, a los maestros que estén disponibles a la renovación y adaptación y que aprovechen las oportunidades de mejoramiento que se les ofrecen.

24.    El principal propósito de la escuela católica es transmitir el mensaje evangélico y fomentar la vida cristiana, por lo tanto, la asignatura más importante del currículo de la escuela católica es la religión. Debe, pues, haber una mayor preocupación por la preparación catequística del maestro de religión que por la preparación académica de cualquier otro maestro.

25.     En la introducción de esta Carta Pastoral expresamos a los maestros nuestro agradecimiento por su colaboración en la comunidad escolar. Ahora deseamos asegurarles condiciones que les permitan continuar esa valiosa colaboración. Urgimos a los responsables a que establezcan salarios justos y razonables para los religiosos y seglares en el magisterio. Hágase justicia también a la escuela de la cual es maestro es un miembro y al determinar un salario justo y razonable, téngase en cuenta y en consideración la situación financiera de cada escuela. En fin, el criterio debe ser lo que es justo para ambos, la escuela y el maestro; de no ser así, a lo largo se perjudicará toda la comunidad escolar, incluyendo al propio maestro.

Personal No Docente

26.      Sin embargo, la comunidad escolar también se compone de otras personas, personal no docente y de servicios auxiliares, que de una manera u otra afectan la educación del niño.

27.      Deseamos referirnos a aquellos miembros de la comunidad escolar católica que, aunque normalmente en relación menos directa con el estudiante, son miembros importantes porque de ellos depende la orientación de todo el proceso educativo.  Ellos deben participar también, en las actividades y vida de la Comunidad de Fe escolar.

 

Los Padres de los Alumnos

28.     De ellos dice el Concilio Vaticano II:

"Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y, por tanto, hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia, que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación integra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan" (G.E. n.3).

29.     Consideramos que las citadas enseñanzas del Concilio Vaticano II explican con claridad meridiana cual ha de ser la función de los padres en la educación de sus hijos.  En consecuencia deseamos señalar las siguientes consideraciones:  

A)Una de las razones que ha llevado a muchos educadores católicos, sobre todo, sacerdotes, religiosos y religiosas a la desilusión respecto a la escuela católica ha sido precisamente las grandes fallas de muchos padres en el cumplimiento de este deber.  Por lo tanto, nuestro ideal es que en la escuela católica no deben admitirse como alumnos a hijos de padres que no estén dispuestos a:

1)Confirmar y fortalecer con su vida familiar y matrimonial el testimonio de vida cristiana que el hijo necesita para una seguridad emocional que le garantice el interés y el progreso espiritual y académico en la escuela católica.

2)Integrarse en todo el quehacer de la comunidad escolar: vida espiritual, estudios, deportes, compromiso social y demás actividades.

B) No tendríamos el menor reparo en aprobar y hasta aconsejar el cierre de cualquier escuela donde los padres no se comprometan a crear las condiciones favorables para la realización de este ideal.

C)Para fomentar la integración y la cooperación entre padres, maestros y encargados de la escuela, recomendamos encarecidamente que se establezcan y se apoyen las Asociaciones de Padres y Maestros.  Pero que estas Asociaciones sirvan no solamente para discutir problemas presentados por el Director o el Principal, sino que sean organismos de diálogo genuino entre todos los miembros de esa comunidad de fe tan especial, que es la escuela católica. Nuestra experiencia nos enseña que las escuelas católicas de mejor funcionamiento son aquellas donde existen Asociaciones de Padres y Maestros que se toman un interés directo, activo y genuino en toda la vida de la comunidad escolar.

Los Alumnos

30.     De una manera sencilla y brevísima el Concilio ha señalado los altos fines de la escuela católica, al declarar que:

"La escuela católica, a la par que se abre como conviene a las condiciones del progreso actual, educa a sus alumnos para conseguir con eficacia el bien de la ciudad terrestre y los prepara para servir a la difusión del Reino de Dios, a fin de que con el ejercicio de una vida ejemplar y apostólica sean como el fermento salvador de la comunidad humana" (G.E. n.8).

31.     En el mismo Documento el Concilio advierte:

"Hay que ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes... A fin de que adquieran gradualmente sentido más perfecto de la responsabilidad en el recto y laborioso desarrollo de la vida..."(G.E. n.1).

32.     La Iglesia ha defendido siempre el derecho de todo estudiante católico a asistir a la escuela católica, cuya excelencia académica es de todos reconocida. Pero hemos denunciado que lamentables circunstancias de escasez de personal y, sobre todo, de medios económicos cuyo remedio no está a nuestro alcance, han reducido ese derecho de todos a un privilegio de unos pocos.

33.     Tal condición de hecho hace que un alumno que goza de la oportunidad de asistir a la escuela católica contrae una seria responsabilidad de poner todo empeño y de dedicar todos sus esfuerzos para sacar mayor provecho de tan singular oportunidad, correspondiendo con toda aplicación en sus estudios a poner la indispensable parte que le corresponde en el provechoso funcionamiento de su escuela y en la feliz consecución de los altos fines de esta.

34.     Concluimos esta sección insistiendo en la necesidad de que tanto los padres como los estudiantes practiquen la mayor austeridad posible, sobre todo, en ciertas practicas y actividades ostentosas que muchas veces no solamente son escandalosas, sino también un verdadero contrasigno de vida cristiana.

35.    El tema de los ex-alumnos nos trae enseguida a la mente aquellas palabras del Señor:  "Por los frutos los conoceréis"(Mt. 7, 1óa). Así como el mayor orgullo de un padre son sus hijos, el mayor orgullo de toda escuela católica debe ser sus ex-alumnos. Y así como en una buena familia el padre nunca pierde de vista a los hijos, tampoco la escuela católica deberá jamás perder de vista a sus ex-alumnos.

36.     "Así, pues, la escuela católica, a la par que se abre como conviene a las condiciones del progreso actual, educa a sus alumnos para conseguir con eficacia el bien de la ciudad terrestre y los prepara para servir a la difusión del Reino de Dios, a fin de que con el ejercicio de una vida ejemplar y apostólica sean como el fermento salvador de la comunidad humana." "Siendo, pues, la escuela católica tan útil para cumplir la misión del Pueblo de Dios y para promover el dialogo entre la Iglesia y la sociedad humana en beneficio de ambas, conserva su importancia trascendental también en los momentos actuales" (G.E. n.8).

37.     De las enseñanzas del Concilio Vaticano II se desprenden tres motivos para que la escuela católica mantenga un vinculo con sus egresados.

1. La Escuela educa a sus alumnos para conseguir con eficacia el bien de la ciudad terrestre.

2.Prepara a sus alumnos para la difusión del Reino de Dios.

3.Los alumnos son instrumentos útiles para promover el diálogo entre la Iglesia y la sociedad humana.

38.     La educación es un proceso. El mismo Concilio Vaticano II recomienda:

terminados los estudios, sigan atendiéndolos con sus consejos, con su amistad e incluso con la institución de asociaciones especiales llenas de espíritu eclesial. El sagrado Concilio declara que la función de estos maestros constituye un verdadero apostolado, muy conveniente y necesario también en nuestros tiempos, y a la vez un verdadero servicio prestado a la sociedad (G.E. n.8).

39.    Por eso recomendamos vivamente a nuestras escuelas católicas que mantengan activas las asociaciones de ex-alumnos y se les invite a participar en toda la vida de la institución.

SECCION III

La Escuela Católica

40.    La escuela católica tiene que cumplir dos funciones principales para merecer el nombre de tal: la de escuela y la de católica. Como escuela deberá ser un centro de enseñanza donde se pone en practica la filosofía educativa que venimos exponiendo.  En lo académico, tiene por objetivo el desarrollo de las habili­dades personales, el crecimiento de la personalidad y la motivación intelectual. Como católica, deberá ser una verdadera comunidad de fe. Una comunidad con las características de la comunidad de hoy y animada por el espíritu cristiano expuesto en esta filosofía educativa.

Notas Esenciales de la Escuela Católica  

41.     La escuela católica debe caracterizarse por dos notas esenciales: excelencia académica y catolicidad genuina.

A)La primera de estas notas obliga a la escuela católica a hacer justicia al alumno respondiendo a la grave y sublime tarea que le señala el Concilio Vaticano II:

"Todos los hombres, de cualquier raza condición y edad, por poseer la dignidad de persona, tienen derecho inalienable a una educación que responda al propio fin, al propio carácter, al diferente sexo, y acomodada a la cultura y a las tradiciones patrias, y al mismo tiempo, abierta a las relaciones fraternas con otros pueblos, para fomentar en la tierra la unidad verdadera y la paz. Mas la verdadera educación se propone la formación de la persona humana en orden a su fin ultimo y al bien de las sociedades, de las que el hombre es miembro y en cuyas responsabilidades participará cuando llegue a ser adulto. Hay que ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes teniendo en cuenta el progreso de la psicología, de la pedagogía y de la didáctica, a desarrollar armónicamente sus condiciones físicas, morales e intelectuales, a fin de que adquieran gradualmente un sentido más perfecto de la responsabilidad en el recto y continuo desarrollo de la propia vida y en la consecución de la verdadera libertad, superando los obstáculos con grandeza y constancia de alma. Hay que iniciarlos, conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación sexual. Hay que prepararlos, además, para participar en la vida social, de modo que, bien instruidos con los medios necesarios y oportunos, puedan adscribirse activamente los diversos grupos de la sociedad humana, estén dispuestos para el diálogo con los demás y presten su colaboración de buen grado al logro del bien común" (G. E. n.8).

42.     Estas acertadas disposiciones del Concilio Vaticano II nos mueven a recomendar lo siguiente, que:

1.Siendo la educación un proceso y no un estado, la misma tiene que ser sumamente dinámica y actualizada. De ahí la gran necesidad del conocimiento y uso de las técnicas, medios y métodos más eficaces.

2.Armonice lo más perfectamente posible la excelencia académica con la catolicidad, de manera tal que ninguna sufra detrimento para que todo el ambiente académico esté saturado de lo espiritual y sobrenatural.

43.     En un mundo en cambio y fuertemente competitivo los egresados de nuestras escuelas católicas necesitaran no solamente una cultura básica general, sino también una formación académica bien cimentada desde lo primeros grados. Por lo tanto nuestros Directores y Principales deben contar no solamente con personal docente de calidad excepcional, sino también, permitiéndolo las circunstancias, con todo el equipo y los medios que la técnica, las ciencias pedagógicas y psicológicas modernas ofrecen.

44.    En justicia le debemos a los padres de los alumnos y a los alumnos mismos esta excelencia académica en el grado en que lo permita la realidad actual de cada escuela.

45.    Los me todos pedagógicos han de ser, en lo posible, los más efectivos, tratando siempre de desarrollar la personalidad del individuo, ayudarle a reconocer y utilizar sus propios talentos, inspirándole seguridad y gran sentido de responsabilidad con gran respeto y reconocimiento hacia la persona y los derechos de los demás.

46.    Por consiguiente, es imperativo que se motive el alumno al análisis y al juicio critico que le lleve al discernimiento de los valores antes mencionados, sobre todo: la caridad, la justicia y demás valores verdaderamente trascendentales y espirituales.

B)Catolicidad genuina:  Esta segunda nota expresa el fin principal y la vocación, por así decirlo, de la escuela católica.  Deseamos recordar al efecto nuevamente unas palabras de Monseñor Eduardo Pironio:

"Los colegios católicos tienen sentido en la medida en que sean verdaderamente cooperadores del Obispo en el anuncio del Reino y en la maduración de la fe...  Es tarea de los colegios católicos participar activamente en esta esencial misión del Obispo: anunciar el Evangelio.  Los colegios católicos son una participación inmediata y comunitaria, no a nivel de simples testigos sueltos, sino a nivel de comunidad, en esta tarea de la evangelización. Es todo el colegio el que tiene que ser una comunicación y testimonio de fe. Lo cual supone que en el colegio tiene que vivirse la experiencia de Dios. Tiene que darse una comunidad que esté plenamente invadida por el Espíritu Santo..." (Op. cit.)

47.     Reconocemos que actualmente no hay un currículo de religión uniforme en nuestras escuelas católicas y consideramos esto una deficiencia grave. Por consiguiente, toda escuela católica, deberá tener un currículo de religión básicamente uniforme ajustado a las normas del Directorio General de Catequesis autorizado por esta Conferencia Episcopal y aprobado por la Santa Sede.

48.     Mientras tanto, en cada escuela católica debe haber un currículo de religión básicamente uniforme ajustado a las normas del Directorio General de Catequesis promulgado por la Santa Sede (El Sumo Pontífice PABLO VI, con su carta de la Secretaría de Estado Núm. 177335 del 18 de marzo de 1971, ha aprobado y confirmado con su autoridad este Directorio General, con el apéndice, y ha ordenado que se publique) y al libro Verdades  Fundamentales para /a Educación Religiosa Católica, traducido por su Excelencia Reverendísima Monseñor I. Fremiot Torres Oliver, Obispo de Ponce.

49.    Encomendamos a los superintendentes de las escuelas católicas que sean bien estrictos en el cumplimiento de esta norma.

50.    Concomitantemente con el Programa de Religión se ha de establecer la enseñanza de la doctrina social cristiana y se ha de motivar a los jóvenes a un compromiso con las obras sociales de la Iglesia.

51.    Consideramos, también, que dada su gran importancia en la vida de nuestros jóvenes, se les deben brindar cursos o, por lo menos, conferencias y talleres de orientación sobre los Medios de Comunicación Social.

SECCION IV

Universidad Católica

52.    En nuestra Pastoral sobre la educación no podemos pasar por alto lo que constituye una de nuestras principales preocupaciones como maestros de la fe:  los Centros Superiores de Enseñanza o Universidades Católicas.

53.    El Concilio Vaticano II en su declaración Gravissium  Educationis nos recuerda que "el futuro de la sociedad y de la misma Iglesia está íntimamente unido al desarrollo de los jóvenes que cursan estudios superiores" (n.10). Por otra parte el Papa, en un reciente mensaje a los Presidentes y Rectores de las Universidades de la Compañía, nos dice que del trabajo de las Universidades Católicas "depende la promoción de la Iglesia en las avanzadas del pensamiento humano", que la Iglesia "tiene necesidad, más que nunca", de ellas y que es una función "a la que no puede renunciar".

54.    Los Obispos de Puerto Rico estamos conscientes de esta responsabilidad, a la vez que tenemos presente que ésta ha sido, durante muchos siglos, tarea fecunda de la Iglesia. Necesitamos de las universidades y la sociedad las necesita en orden a conseguir un desarrollo armónico y bien orientado de la personalidad de nuestros jóvenes.

55.    Por eso miramos con orgullo, a la vez que con preocupación, nuestros Centros Universitarios y queremos llamar la atención de nuestros educadores, sobre algunos aspectos de este tipo de educación, con la esperanza de que así puedan llevar mejor a cabo su delicada y comprometida tarea de formación humano-cristiana.

56.    Nuestras Universidades no pueden perder de vista el hecho lamentable, pero real, de que, a sus salones de clase, llegan jóvenes de muy escasa formación religiosa, debido a que un numero de alumnos, cada día mayor, procede de escuelas en las que no se enseña religión, y debido, además, a una lamentable desintegración y descristianización de la vida familiar.

57.    También deben tener en cuenta que una buena parte de los jóvenes que se educan en ellas, al terminar sus estudios, pasan a ser maestros y educadores en distintas instituciones, con la seria responsabilidad de tratar a niños y niñas en una edad extraordinariamente receptiva. Por otra parte la alta misión cultural de nuestras Universidades Católicas debe impulsarles a realizar una labor académica excelente, siendo sensibles a toda la problemática del mundo actual, tanto en el Ámbito de las ciencias de la naturaleza como de las ciencias humanas y del espíritu, dedicándose a la investigación y al estudio dentro del amplio margen de libertad propia de toda actividad racional, y en dialogo con todos los pueblos y culturas, pero sin perder de vista las exigencias y la iluminación proveniente de la fe.

58.    Es necesario armonizar la libertad y fidelidad. No se puede caer en el grave peligro de una "secularización" de la Universidad, ni en un relativismo moral o en un materialismo deshumanizante. Dejarían de ser Universidades Católicas, no serían fieles a su condición.

59.    Por eso, lo mismo en las clases que en sus publicaciones y en todas las manifestaciones de la vida académica, deben tener presentes las altas directrices, que en materia de fe y costumbres, provienen del Magisterio de la Iglesia. De ahí que es necesaria su sumisión a la Jerarquía y a la Santa Sede. Han de presentar a la juventud una visión espiritualista del mundo y enfocar todas las realidades humanas a la luz del Evangeho de Cristo, supremo ideal, conscientes de que propagarodecir la verdad es fomentar la autentica libertad.

60.    Pero, porque los miembros que componen nuestros Centros Universitarios son sujetos de derechos, deben ser muy cuidadosos en articular estos derechos con justeza y esmero, a la vez que establecer con claridad y hacer cumplir con exactitud las obligaciones inherentes a su condición de administradores, educadores o estudiantes.

61.    Este aspecto social de la Universidad Católica dará como resultado el bien inestimable de una verdadera armonía, un trabajo fecundo y original, y una mayor cooperación entre todos.

62.    Queremos que los jóvenes estudiantes se sientan tratados como personas que han llegado o están llegando a una mayoría de edad y que necesitan de todo el margen de confianza y libertad que les da su condición, a la vez que se fomenta en ellos el más alto grado de responsabilidad, presentándoles vivos los más altos ideales. Esto Serra crear un ambiente favorable a su formación y un buen funcionamiento de los ordenamientos de la Universidad, sin necesidad de especiales presiones.

63.    Entendemos que en las Universidades Católicas debe crearse un ambiente favorable a las mejores vivencias religiosas y así conseguir en nuestros jóvenes un catolicismo vivo y operante, que les acompañe toda su vida.

64.    Sabemos que esta es también una gran preocupación de la Jerarquía de otros países latinoamericanos y de los Estados Unidos.

65.    Invitamos a nuestros hermanos en el Sacerdocio, religiosos y religiosas, sobre todo a los que sienten y viven la vocación de la educación universitaria, a un cambio de impresiones sobre esta materia, para que, como resultado del contraste de ideas y de experiencias personales, podamos próximamente presentar un programa concreto de acción pastoral a llevarse a cabo en nuestras universidades.

66.     Por de pronto entendemos que debe concentrarse la atención en estos dos aspectos:

1.La organización de una catequesis o cursos especiales (remediales) de religión para esos muchos alumnos, de que hablábamos al principio, que vienen a nosotros sin apenas ningún conocimiento seno de Cristo y su Iglesia.

2.La programación de actos religiosos litúrgicos y paralitúrgicos de amplia concurrencia, en que intervengan no sólo nuestros sacerdotes, sino también religiosas y laicos espe­cialmente preparados para ello.

67.     Por ultimo, queremos dejar constancia de las dificultades y problemas económicos por los que atraviesan nuestros Centros de Enseñanza Superior, al no poder disponer de los recursos con que cuentan las universidades del Gobierno.  Llamamos la atención de las autoridades gubernamentales y altos organismos del Estado para que nos presten su ayuda y cooperación, ya que las universidades privadas cumplen, con altura y dignidad, una delicada función en beneficio de nuestra sociedad y responden al justo derecho que tienen los padres de familia de elegir, para sus hijos, los centros de su preferencia.  Estos centros no pueden ser marginados o desatendidos por quienes tienen a su cargo la misión de velar por las necesidades comunes de nuestro pueblo.

CONCLUSION

68.     Terminamos esta Carta Pastoral con unas palabras de la exhortación que hiciera Monseñor Eduardo Pironio a la comunidad educativa de su Diócesis, Mar del Plata, Argentina:

"Quisiéramos que la comunidad educativa se distinguiera corno: una comunidad profunda en la oración, evangélicamente fraterna en la caridad, dinámicamente misionera...

69.     La profundidad en la oración. Que se multipliquen las celebraciones de la Palabra, del Sacramento de la Reconciliación, de la Eucaristía, meditaciones comunitarias del Evangeho, largas noches de oración, Retiros Espirituales, Jornadas de Reflexión y de Oración. Realmente Si se trata de una escuela católica tiene que estar caracterizada por esa profundidad interior de reflexión, de oración, de contemplación... Comunidades evangélicamente fraternas en la caridad. Se trata de formar una verdadera comunidad educativa. Esto exige que todos estén plenamente integrados...

70.   Si la comunidad educativa es profunda en la oración y auténticamente fraterna en la caridad, tendrá que experimentar el impulso del Espíritu Santo que la lanza a la misión...

71.    Una Iglesia misionera. Hay que vivificar de tal manera el dinamismo apostólico de nuestros colegios, que los muchachos y muchachas, los niños y las niñas, sientan la inquietud de comunicar, de expresar, de llevar verdaderamente la fe.¡Qué bueno sería Si cada escuela católica asumiera por Si misma un barrio necesitado y lo ayudara espiritual y materialmente!  Sobre todo que lo asumiera desde el punto de vista apostólico, a través de grupos juveniles llenos del Señor e impulsados por el Espíritu.  Formen grupos juveniles, centros misioneros donde se viva la madurez de la fe.

72.    Y que no vacíen del contenido original el cristianismo.   Que no politicen superficialmente el Evangeho.  Si van a esos barrios es para llevar a un Cristo que se preocupa integralmente por la salvación del hombre y de todos los hombres, pero un Cristo que revela al Padre, que predica el amor, que construye la paz... "(Op. cit.)

73.    Finalmente una palabra de gratitud bien profunda a todos aquellos sacerdotes, religiosos y religiosas que fueron los pioneros de nuestras escuelas católicas. Gracias también a tantos otros que, a través de los años y al presente, han sacrificado sus vidas por nuestra juventud.  Una palabra de aprecio sincero a todos ellos; sobre todo, a nuestros Superintendentes de Escuelas, y de manera muy especial a los miembros de nuestro Secretariado Interdiocesano de Educación Católica. También queremos recordar de manera muy particular a todos los Maestros y Maestras seglares que tan generosamente colaboran con nosotros en este importantísimo campo de nuestra misión apostólica.

30 de marzo de 1976

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