Boletín Informático de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

Red Pionera
Ponce, Puerto Rico
9 de abril de 2001
http://www.pionet.org http://www.pucpr.edu

Suscribir a un amigo

Compartir alguna noticia , documento o link favorito

No desea seguir recibiendo el boletín

"Ningún hombre nace para sí mismo. Quién vive únicamente para sí, no vive para nadie."

 


ACTUALIDAD EN PUERTO RICO
DE TODO EL MUNDO
EL PAPA
DIGNIDAD Y VIDA HUMANA
PENSAMIENTO
VIVE HOY TU FE

Lleno de júbilo Aponte Martínez

Un poco más delgado, lleno de salud y humor, con la mente ágil para recordar y con deseos de estar activo hasta que Dios lo permita, el cardenal Luis Aponte Martínez celebrará mañana sus 51 años de sacerdote renovando los votos con sus compañeros en la Misa Crismal, una ceremonia religiosa tradicional, a tener lugar en la iglesia de Santa Teresita, en Santurce, a las 7:30 p.m.

"Este año tengo la gran dicha que ese día es cuando el señor Arzobispo (Roberto González Nieves) va a consagrar los óleos para los sacramentos y también van todos los sacerdotes y los diáconos, porque en este día renovamos las promesas sacerdotales", expresó un jubiloso Aponte Martínez, quien fue ordenado sacerdote el 10 de abril de 1950 por el entonces obispo de Ponce, James E. McManus.

La Misa Crismal es una celebración propia del Jueves Santo, pero debido a que todos los párrocos están ocupados con la liturgia del lavatorio de pies ese día, en Puerto Rico se adelanta para renovar los votos de obediencia y promesa sacerdotal junto al Arzobispo Metropolitano de San Juan.

Recordó que el año pasado "tuve la dicha" de festejar las bodas de oro sacerdotales con una misa concelebrada con el Papa Juan Pablo II en su capilla privada. "Pasé casi todo el día en la Basílica (de San Pedro en el Vaticano) y por la mañana concelebré con el Santo Padre", rememoró con emoción mientras hablaba con PRIMERA HORA en las instalaciones de TeleOro, donde grabaría un programa alusivo a la Semana Mayor.

Hace poco menos de dos años que Aponte Martínez dejó sus deberes como arzobispo de San Juan y recuerda que los primeros días tuvo que organizarse en su nueva morada, debido a que el huracán Georges se había llevado el techo de la casa a donde se mudó, pero ya está debidamente instalado y cuenta con una capilla privada y una biblioteca pequeña.

"Estoy ayudando al señor Arzobispo en las propiedades (de la Iglesia Católica) y en las estaciones de radio, particularmente", explicó.

En el 2000 tuvo que "viajar muchísimo", ya que fue a Roma cinco o seis veces con motivo del Año Santo e hizo otros cuatro o cinco viajes a Estados Unidos, en funciones también. "Ahora mismo tenemos unos viajes pendientes", acotó.

"He sacado bastante tiempo para leer y ponerme al día en lecturas, lo que antes se me hacía más difícil", dijo al explicar, a grandes rasgos, su rutina diaria. Se levanta bien temprano, hace sus oraciones y sus ejercicios. "Antes caminaba todos los días una hora", dijo al indicar que ahora camina dos veces en semana y otros dos días hace ejercicios en máquinas, lo que se refleja en su pérdida de peso.

En cuanto a su salud, en tono humorístico respondió que: "La ultima vez que fui al médico, que fue la semana pasada, estaba preocupado porque encontró el colesterol, el azúcar y la grasa bastante bajos y he ido rebajando un poquito, así que eso te lo dice todo".

-¿Le hace falta la agenda cargada que tenía que cumplir como ar-zobispo?

-Siempre le había pedido al Señor que cuando llegara el momento, que sicológicamente me pudiera acostumbrar a una vida más inactiva. Me convencí que ése iba a ser mi futuro. No me costó mucho, porque siempre sigo la misma rutina de madrugar y me mantengo activo en muchísimas formas.

Sin embargo, echa de menos "el contacto" con los sacerdotes y la gente. "Cuando estaba activo, acostumbraba a visitar de cuatro a cinco parroquias a la semana, por lo regular. Sí lo echo de menos, sobre todo el contacto con la gente", consignó.

El 4 de agosto próximo, cumple 79 años de edad, de los cuales 51 ha dedicado al sacerdocio y 35 se desempeñó como arzobispo metropolitano de San Juan. Como cardenal, tiene hasta los 80 años de edad para participar en un cónclave para elegir al Papa. De hecho, apunta que es de los diez o 12 cardenales vivos elegidos por el difunto Papa Pablo Sexto.

"Cuando voy al Vaticano me ponen en primera fila, porque soy de la tercera edad", indica con humor quien no ha pensado en el retiro. "Somos sacerdotes para siempre", dice, por lo que piensa seguir "con las botas puestas, hasta que el Señor determine otra cosa".

Irene Garzón Fernández   

(Primera hora)

Arriba

Llamado a la reflexión en el Domingo de Ramos

EN PROCESION desde la Plaza San José hasta la Catedral de San Juan, varios centenares de personas celebraron ayer el inicio de la Semana Santa, el Domingo de Ramos, en una celebración litúrgica oficiada por monseñor Roberto González Nieves.

Recreando la entrada de Jesucristo a Jerusalén, las personas agitaron sus ramos mientras González Nieves descendía por la calle Cristo hasta llegar a la Catedral, trayecto en el que estuvo acompañado de un séquito de religiosos, cuatro seminaristas, dos diáconos y tres sacerdotes.

Ataviado con una brillante túnica roja y dorada, González Nieves exhortó durante la liturgia a la comunidad a hacer un alto en el ajetreo diario y recogerse en meditación para poder entender el significado de lo que en la Iglesia Católica se conoce como la Semana Mayor.

"Durante la Cuaresma nos preparamos con obras de penitencia y caridad, hoy inauguramos la celebración anual de los misterios de la Pasión y Resurrección de Jesucristo", sostuvo el prelado.

González Nieves aconsejó a la comunidad a meditar sobre los misterios de Dios y reflexionar sobre cuán fortalecida está la fe de cada uno. Además, hizo un llamado especial hacia el sacramento de la reconciliación, el perdón.

EL MONSEÑOR destacó que, además del significado usual de la Semana Santa, que culmina con la recordación de la Resurrección de Jesucristo el próximo domingo, este año esta fecha cobra un significado mayor como preám bulo a la beatificación del puertorriqueño Carlos Manuel Rodríguez.

De hecho, recordó una de las frases de Rodríguez, "vivimos para esa noche", frase que destaca la importancia especial de la vigilia del Sábado Santo al Domingo de Resurrección, cuando culmina la Semana Santa.

En un aparte con la prensa, el religioso destacó que, "en un país tan traumatizado por divisiones, sobre todo partidistas, esta semana es una oportunidad para crecer en respeto mutuo y autoestima".

Destacó que aunque muchos utilizan esta época de "descanso y reposo", para acudir a la playa o irse de vacaciones, "se debe disponer también del tiempo necesario para participar en servicios religiosos".

González Nieves anunció que durante esta Semana Santa la Arquidiócesis de San Juan enviará un donativo de $200 mil a la Iglesia Católica en El Salvador, país que todavía se está reponiendo de los terremotos que sufrieron hace varios meses y que destruyó cientos de hogares e iglesias.

COMO PARTE de las actividades de esta semana, mañana los sacerdotes renovarán sus promesas sacerdotales en una misa oficiada por González Nieves en la parroquia Santa Teresita en Santurce.

El jueves comenzará el Triduo Pascual, como se le llama a los últimos tres días de la Semana Santa, cuando se recuerda la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

(El nuevo día)

Arriba

Juana Díaz- Semana Santa en este municipio

Juana Díaz 

 Unas sesenta personas se vistieron de he-breos para recrear la entrada de Jesús a Jerusalén y participar en la Procesión del Domingo de Ramos, actividad que prácticamente paralizó el Pueblo del Maví en las primeras horas del día.

Con esta ceremonia se inicia la Semana Santa en este municipio, donde todos los años la comunidad de la Parroquia San Ramón Nonato organiza una serie de actividades para intensificar la vida espiritual y conmemorar la Semana Mayor cristiana.

De acuerdo con el párroco José Lozano, en Juana Díaz, a diferencia de otros pueblos, todavía permanece viva la solemnidad de los días santos y tanto jóvenes como adultos han colaborado en la planificación y realización de las actividades que inluyen vigilias, procesiones, bautismo y la tradicional Misa del Domingo de Resurrección.

"Cuando llega la Semana veo una afluencia de público tan grande, que creo que el que no viene es porque la Semana Santa no significa nada para él. El año pasado en la procesión de Viernes Santo, la Policía estimó la participación en diez mil personas y esto es el fruto del trabajo de la Iglesia y los laicos", explicó el Monseñor Lozano, un español que es muy querido entre la comunidad católica de Juana Díaz y el centro de la Isla.

Para este año la impresionante Procesión de Viernes Santo cuenta con un atractivo especial. Por primera vez se estarán utilizando unos estandartes que recrean las 14 escenas del Via Crucis y dos adicionales que llevan el nombre del grupo de penintenciarios.

Las banderas son hermosas piezas de artesanías bordadas y pintadas en el Perú por la Bordaduría de Emilio Rodríguez Mendoza y las pinturas de Emilio Sicchia, un hombre humilde que prácticamente regaló su arte a la Parroquia juanadina. 

"Este año la novedad son los estandartes, pero para mí lo que es impresionante es la coordinación que realizan los miembros de la Iglesia. Esta organización es una milagrosa que redunda en esa impresionante participación", señaló el párroco que se sentía muy satisfecho por la participación en la procesión y la misa del Domingo de Ramos, la cual abarrotó la iglesia, y la plaza pública sirvió para acomodar los que no pudieron entrar a misa.

Además, para el Viernes Santo, cuando se realiza la Procesión de la Soledad, se estarán estrenando 20 candelabros tallados en madera Capá Prieto por el artesano puertorriqueño Domitilo Negrón y que simulan un quinqué, artefacto utilizado por los jíbaros de principio del Siglo XX para alumbrarse.

De acuerdo con Gil Rosario, relacionista público de la Parroquia San Ramón Nonato, se le añadió este elemento a la procesión para "darle honor y gloria a una época de Puerto Rico y la llama simboliza que Cristo es la luz del mundo".

En su mensaje de la Misa de Domingo de Ramos, el monseñor Lozano recalcó a los creyentes en Jesús que no tenía miedo y venció el mal.

"No tengan miedo, ánimo, Jesús venció el mal y a los que quieren creer no se dejen vencer por el mal. Pídanle que les aumente la fe para vencer el mal".

No solamente los feligreses escucharon la misa sino también recibieron las ramas de palma, que es la tradición del Domingo de Ramos y para los católicos es el símbolo que indica el comienzo de la Semana Santa.

Aidsé Maldonado Norat 

(Primera hora)

Arriba

Congelan material genético de especies en extinción

El ARCA se basa en «experiencias de 'frozen zoo' que han sido desarrolladas «con éxito» por científicos de Estados Unidos, Alemania, España y China

BUENOS AIRES

 Científicos argentinos desarrollan unas investigaciones para conservar en frío material genético de especies animales en peligro de extinción, según ha informado el director del programa de Asistencia a la Reproducción y Conservación Animal (ARCA), Luis Jácome.

Por el programa ARCA se ha conformado un banco de genes de 35 especies animales amenazadas del Cono Sur americano.

El material genético (espermatozoides, óvulos, embriones y tejido) se guarda en termos metálicos, enfriados a 195,8 grados centígrados bajo cero con nitrógeno líquido, explicó Jácome.

«Noé resguardó diversas especies animales para volver a poblar la Tierra una vez que terminó el diluvio. Este banco de genes permitirá conservar las especies amenazadas por el 'diluvio' que hemos provocado los humanos», ha destacado.

En ese sentido, precisó que los informes de ecologistas y ambientalistas dan cuenta de que cada tres o cuatro minutos desaparece del planeta una especie animal salvaje y se suprimen unas seis hectáreas de selva tropical para uso humano.

«Cuando pase el 'diluvio' que hemos desatado los humanos, estos bancos genéticos serán la única forma que exista para reintroducir en el planeta las especies que se hayan extinguido», indicó el científico argentino.

Jácome precisó que el ARCA se basa en «experiencias de 'frozen zoo' (zoológico congelado)» que comenzaron a experimentarse en 1937 y que han sido desarrolladas «con éxito» por científicos de Estados Unidos, Alemania, España y China.

Entre los genes de las 35 especies que conforman el zoológico congelado argentino figuran los del venado de las pampas (llanuras), del oso de anteojos, del yaguareté (tigre suramericano), del ciervo dama y del muflón (oveja silvestre).

También han logrado congelar material genético de una raza extinguida de ciervo, denominada del Padre David, originaria de China y que las autoridades de ese país asiático pretenden reintroducir en su ambiente natural.

«Animación suspendida»

Según Jácome, el material conservado bajo intenso frío permanece en «animación suspendida hasta el momento en que deba ser utilizado», pero advirtió de que el 30 por ciento de esos genes se perderá cuando se descongele.

La conservación congelada de material genético también sirve para la fertilización «in vitro» o la transferencia embrionaria en animales que presentan, generalmente por su cambio de hábitat, problemas de reproducción.

Los científicos y expertos del ARCA también han desarrollado un programa de rescate de material genético, es decir, la recuperación de espermatozoides, óvulos y tejidos de animales muertos, según explicó Jácome.

El diario «Clarín» precisa al respecto que un zoológico y una empresa de Estados Unidos se han asociado para emplear esa técnica de rescate de genes con el propósito de reintroducir animales extinguidos hace muchos años.

Entre las especies que se proponen rescatar figuran el quagga (un antecesor de la cebra), el tigre de Tasmania (un marsupial parecido a un perro) y el huia (ave originaria de Nueva Zelanda).

(El mundo)

Arriba

Los cristianos de Jerusalén comienzan juntos la Semana Santa del año 2001
Un acontecimiento marcado por la ausencia de peregrinos

JERUSALÉN, 

 Todos los cristianos de Jerusalén han celebrado en el mismo día el Domingo de Ramos, comenzando así la Semana Santa. No sucedía algo así desde el año 1990.

El hecho de que el calendario litúrgico de los cristianos de Oriente y Occidente haya hecho coincidir por casualidad el día de Pascua en la misma fecha durante el primer año del milenio ha sido interpretado por los líderes de las Iglesias cristianas de la Ciudad Santa como una invitación a continuar en el camino hacia la unidad plena.

Las celebraciones en la Basílica del Santo Sepulcro han seguido hoy las disposiciones especiales del estatuto vigente. De este modo, los católicos latinos abrieron los ritos a primeras horas de la mañana. El patriarca Michel Sabbah comenzó a las seis de la mañana la celebración de la entrada de Jesús a Jerusalén, con la bendición de los ramos y palmas en la Capilla del Ángel. Después, tuvo lugar la triple procesión tras el canto del Hosanna.

La celebración culminó con la liturgia eucarística celebrada en el Altar de la Aparición, pues mientras tanto comenzaba en la parte central de la Basílica la liturgia solemne de los greco-ortodoxos, a cuya procesión se sumaron después obispos y fieles armenios, sirios y coptos.

En la tarde, mientras se cerraba esta edición, la Iglesia madre recorría el camino de Jesús de Betfagé, a través del Monte de los Olivos, hasta la entrada de la ciudad. En la procesión, sin embargo, no pudieron participar los fieles de las localidades cercanas, a causa del bloqueo impuesto a los territorios palestinos.

La falta de peregrinos constituye una de las características más evidentes de esta Semana Santa en Jerusalén. Waji Nusseibeh, guía de la Basílica del Santo Sepulcro, constata que en estos días a veces no se ven más que a unos veinte. El año pasado, recuerda, cuando se celebró el bimilenario del nacimiento de Cristo, los peregrinos debían esperar horas para poder entrar en este lugar santo, situado en la Ciudad Vieja de Jerusalén.

«El año pasado había que hacer una larga cola para entrar en la iglesia o para subir al Calvario», explica Nusseibeh. «Algunos días había que esperar cuatro horas para entrar en el sepulcro», añade.

Es uno de los efectos más evidentes de la escalada de violencia en Israel y en los territorios palestinos han afectado fuertemente las peregrinaciones a Tierra Santa.

«Vivo en Israel desde hace 20 años y nunca antes había visto una situación tan grave», afirma Michele Guetz, encargada de reservaciones del hotel Dan Pearl de Jerusalén, cuya tasa de ocupación ha bajado a sólo 15%.

«El impacto de la violencia es enorme», afirma Oren Drori, funcionario del ministerio israelí de Turismo.

El mismo pesimismo expresan las autoridades religiosas. «Ahora la gente no viene porque tiene miedo. Y sin peregrinos, el país sufre», apunta el sacerdote Emilio Barcena, director del Centro Cristiano de Información de Jerusalén.

(ZENIT.org)

Arriba

Juan Pablo II
Carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo de 2001

Queridos hermanos en el sacerdocio:
1. En el día en que el Señor Jesús hizo a la Iglesia el don de la Eucaristía, instituyendo con ella nuestro sacerdocio, no puedo dejar de dirigiros --como ya es tradición-- unas reflexiones que quieren ser de amistad y, casi diría, de intimidad, con el deseo de compartir con vosotros la acción de gracias y la alabanza.

«¡Lauda Sion, Salvatorem, lauda ducem et pastorem, in hymnis et canticis!». En verdad es grande el misterio del cual hemos sido hechos ministros. Misterio de un amor sin límites, ya que «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1); misterio de unidad, que se derrama sobre de nosotros desde la fuente de la vida trinitaria, para hacernos «uno» en el don del Espíritu (cf. Jn 17); misterio de la divina «diaconía», que lleva al Verbo hecho carne a lavar los «pies» de su criatura, indicando así en el servicio la clave maestra de toda relación auténtica entre los hombres: «os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15).

Nosotros hemos sido hechos, de modo especial, testigos y ministros de este gran misterio.

2. Este Jueves Santo es el primero después del Gran Jubileo. La experiencia que hemos vivido con nuestras comunidades, en esta celebración especial de la misericordia, a los dos mil años del nacimiento de Jesús, se convierte ahora en impulso para avanzar en el camino. «¡Duc in altum!». El Señor nos invita a ir mar adentro, fiándonos de su palabra. ¡Aprendamos de la experiencia jubilar y continuemos en el compromiso de dar testimonio del Evangelio con el entusiasmo que suscita en nosotros la contemplación del rostro de Cristo!

En efecto, como he subrayado en la Carta apostólica «Novo millennio ineunte», es preciso partir nuevamente desde Él, para abrirnos en Él, con los «gemidos inefables» del Espíritu (cf. Rm 8, 26), al abrazo del Padre: ¡«Abbá, Padre»! (Ga 4, 6). Es preciso partir nuevamente desde Él para redescubrir la fuente y la lógica profunda de nuestra fraternidad: «Como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34).

3. Hoy deseo agradecer a cada uno de vosotros todo lo que habéis hecho durante el Año Jubilar para que el pueblo confiado a vuestro cuidado experimentara de modo más intenso la presencia salvadora del Señor resucitado. Pienso también en este momento en el trabajo que desarrolláis cada día, un trabajo a menudo escondido que, si bien no aparece en las primeras páginas, hace avanzar el Reino de Dios en las conciencias. Os expreso mi admiración por este ministerio discreto, tenaz y creativo, aunque marcado a veces por las lágrimas del alma que sólo Dios ve y «recoge en su odre» (cf. Sal 55, 9). Un ministerio tanto más digno de estima, cuanto más probado por las dificultades de un ambiente altamente secularizado, que expone la acción del sacerdote a la insidia del cansancio y del desaliento. Lo sabéis muy bien: este empeño cotidiano es precioso a los ojos de Dios.
Al mismo tiempo, deseo hacerme voz de Cristo, que nos llama a desarrollar cada vez más nuestra relación con él. «Mira que estoy a la puerta y llamo» (Ap 3, 20). Como anunciadores de Cristo, se nos invita ante todo a vivir en intimidad con Él: ¡no se puede dar a los demás lo que nosotros mismos no tenemos! Hay una sed de Cristo que, a pesar de tantas apariencias en contra, aflora también en la sociedad contemporánea, emerge entre las incoherencias de nuevas formas de espiritualidad y se perfila incluso cuando, a propósito de los grandes problemas éticos, el testimonio de la Iglesia se convierte en signo de contradicción. Esta sed de Cristo --más o menos consciente-- no se sacia con palabras vacías. Sólo los auténticos testigos pueden irradiar de manera creíble la palabra que salva.

4. En la Carta apostólica «Novo millennio ineunte» he dicho que la verdadera herencia del Gran Jubileo es la experiencia de un encuentro más intenso con Cristo. Entre los muchos aspectos de este encuentro, me complace elegir hoy, para esta reflexión, el de la «reconciliación sacramental». Este, además, ha sido un aspecto central del Año Jubilar, entre otros motivos porque está íntimamente relacionado con el don de la indulgencia.

Estoy seguro de que en las Iglesias locales habéis tenido también una experiencia importante de ello. Aquí, en Roma, uno de los fenómenos más llamativos del Jubileo ha sido ciertamente el gran número de personas que han acudido al Sacramento de la misericordia. Incluso los observadores laicos han quedado impresionados por ello. Los confesionarios de San Pedro, así como los de las otras Basílicas, han sido como «asaltados» por los peregrinos, a menudo obligados a soportar largas filas, en paciente espera del propio turno. También ha sido particularmente significativo el interés manifestado en los jóvenes por este Sacramento durante la espléndida semana de su Jubileo.

5. Bien sabéis que, en las décadas pasadas y por diversos motivos, este Sacramento ha pasado por una cierta crisis. Precisamente para afrontarla, se celebró en 1984 un Sínodo, cuyas conclusiones se recogieron en la Exhortación apostólica postsinodal «Reconciliatio et paenitentia».

Sería ingenuo pensar que la intensificación de la práctica del Sacramento del perdón durante el Año Jubilar, por sí sola, demuestre un cambio de tendencia ya consolidada. No obstante, se ha tratado de una señal alentadora. Esto nos lleva a reconocer que las exigencias profundas del corazón humano, a las que responde el designio salvífico de Dios, no desaparecen por crisis temporales. Hace falta recibir este indicio jubilar como una señal de lo alto, que sea motivo de una renovada audacia en proponer de nuevo el sentido y la práctica de este Sacramento.

6. Pero no quiero detenerme solamente en la problemática pastoral. El Jueves Santo, día especial de nuestra vocación, nos invita ante todo a reflexionar sobre nuestro «ser» y, en particular, sobre nuestro camino de santidad. De esto es de lo que surge después también el impulso apostólico.
Ahora bien, cuando se contempla a Cristo en la última Cena, en su hacerse por nosotros «pan partido», cuando se inclina a los pies de los Apóstoles en humilde servicio, ¿cómo no experimentar, al igual que Pedro, el mismo sentimiento de indignidad ante la grandeza del don recibido? «No me lavarás los pies jamás» (Jn 13, 8). Pedro se equivocaba al rechazar el gesto de Cristo. Pero tenía razón al sentirse indigno. Es importante, en este día del amor por excelencia, que sintamos la gracia del sacerdocio como una superabundancia de misericordia.

Misericordia es la absoluta gratuidad con la que Dios nos ha elegido: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15, 16).

Misericordia es la condescendencia con la que nos llama a actuar como representantes suyos, aun sabiendo que somos pecadores.

Misericordia es el perdón que Él nunca rechaza, como no rehusó a Pedro después de haber renegado de El. También vale para nosotros la afirmación de que «habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión» (Lc 15, 7).

7. Así pues, redescubramos nuestra vocación como «misterio de misericordia». En el Evangelio comprobamos que precisamente ésta es la actitud espiritual con la cual Pedro recibe su especial ministerio. Su vida es emblemática para todos los que han recibido la misión apostólica en los diversos grados del sacramento del Orden.

Pensemos en la escena de la pesca milagrosa, tal como la describe el Evangelio de Lucas (5, 1-11). Jesús pide a Pedro un acto de confianza en su palabra, invitándole a remar mar adentro para pescar. Una petición humanamente desconcertante: ¿Cómo hacerle caso tras una noche sin dormir y agotadora, pasada echando las redes sin resultado alguno? Pero intentarlo de nuevo, basado «en la palabra de Jesús», cambia todo. Se recogen tantos peces, que se rompen las redes. La Palabra revela su poder. Surge la sorpresa, pero también el susto y el temor, como cuando nos llega de repente un intenso haz de luz, que pone al descubierto los propios límites. Pedro exclama: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5, 8). Pero, apenas ha terminado su confesión, la misericordia del Maestro se convierte para él en comienzo de una vida nueva: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5, 10). El «pecador» se convierte en ministro de misericordia. ¡De pescador de peces, a «pescador de hombres»!

8. Misterio grande, queridos sacerdotes: Cristo no ha tenido miedo de elegir a sus ministros de entre los pecadores. ¿No es ésta nuestra experiencia? Será también Pedro quien tome una conciencia más viva de ello, en el conmovedor diálogo con Jesús después de la resurrección. ¿Antes de otorgarle el mandato pastoral, el Maestro le hace una pregunta embarazosa: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» (Jn 21, 15). Se lo pregunta a uno que pocos días antes ha renegado de él por tres veces. Se comprende bien el tono humilde de su respuesta: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» (21, 17). Precisamente en base a este amor consciente de la propia fragilidad, un amor tan tímido como confiadamente confesado, Pedro recibe el ministerio: «Apacienta mis corderos», «apacienta mis ovejas» (vv. 15.16.17). Apoyado en este amor, corroborado por el fuego de Pentecostés, Pedro podrá cumplir el ministerio recibido.

9. ¿Acaso la vocación de Pablo no surge también en el marco de una experiencia de misericordia? Nadie como él ha sentido la gratuidad de la elección de Cristo. Siempre tendrá en su corazón la rémora de su pasado de perseguidor encarnizado de la Iglesia: «Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios» (1 Co 15, 9). Sin embargo, este recuerdo, en vez de refrenar su entusiasmo, le dará alas. Cuanto más ha sido objeto de la misericordia, tanto más se siente la necesidad de testimoniarla e irradiarla. La «voz» que lo detuvo en el camino de Damasco, lo lleva al corazón del Evangelio, y se lo hace descubrir como amor misericordioso del Padre que reconcilia consigo al mundo en Cristo. Sobre esta base Pablo comprenderá también el servicio apostólico como ministerio de reconciliación: «Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación» (2 Co 5, 18-19).

10. Los testimonios de Pedro y Pablo, queridos sacerdotes, contienen indicaciones preciosas para nosotros. Nos invitan a vivir con sentido de infinita gratitud el don del ministerio: ¡nosotros no hemos merecido nada, todo es gracia! Al mismo tiempo, la experiencia de los dos Apóstoles nos lleva a abandonarnos a la misericordia de Dios, para entregarle con sincero arrepentimiento nuestras debilidades, y volver con su gracia a nuestro camino de santidad. En la «Novo millennio ineunte» he señalado el compromiso de santidad como el primer punto de una sabia «programación» pastoral. Si éste es un compromiso fundamental para todos los creyentes, ¡cuánto más ha de serlo para nosotros! (cf. nn. 30-31).

Para ello, es importante que redescubramos el sacramento de la Reconciliación como instrumento fundamental de nuestra santificación. Acercarnos a un hermano sacerdote, para pedirle esa absolución que tantas veces nosotros mismos damos a nuestros fieles, nos hace vivir la grande y consoladora verdad de ser, antes aun que ministros, miembros de un único pueblo, un pueblo de «salvados». Lo que Agustín decía de su ministerio episcopal, vale también para el servicio presbiteral: «Si me asusta lo que soy para vosotros, me consuela lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano [...]. Lo primero comporta un peligro, lo segundo una salvación» (Sermón 340, 1). Es hermoso poder confesar nuestros pecados, y sentir como un bálsamo la palabra que nos inunda de misericordia y nos vuelve a poner en camino. Sólo quien ha sentido la ternura del abrazo del Padre, como lo describe el Evangelio en la parábola del hijo pródigo --«se echó a su cuello y le besó efusivamente» (Lc 15, 20)-- puede transmitir a los demás el mismo calor, cuando de destinatario del perdón pasa a ser su ministro.

11. Pidamos, pues, a Cristo, en este día santo, que nos ayude a redescubrir plenamente, para nosotros mismos, la belleza de este Sacramento. ¿Acaso Jesús mismo no ayudó a Pedro en este descubrimiento? «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (Jn 13, 8). Es cierto que Jesús no se refería aquí directamente al sacramento de la Reconciliación, pero lo evocaba de alguna manera, aludiendo al proceso de purificación que comenzaría con su muerte redentora y sería aplicado por la economía sacramental a cada uno en el curso de los siglos.

Recurramos asiduamente, queridos sacerdotes, a este Sacramento, para que el Señor purifique constantemente nuestro corazón, haciéndonos menos indignos de los misterios que celebramos. Llamados a representar el rostro del Buen Pastor, y a tener por tanto el corazón mismo de Cristo, hemos de hacer nuestra, más que los demás, la intensa invocación del salmista: «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, renueva en mí un espíritu firme» (Sal 50, 12). El sacramento de la Reconciliación, irrenunciable para toda existencia cristiana, es también ayuda, orientación y medicina de la vida sacerdotal.

12. El sacerdote que vive plenamente la gozosa experiencia de la reconciliación sacramental considera muy normal repetir a sus hermanos las palabras de Pablo: «Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Co 5, 20).

Si la crisis del sacramento de la Reconciliación, a la que antes hice referencia, depende de múltiples factores --desde la atenuación del sentido del pecado hasta la escasa percepción de la economía sacramental con la que Dios nos salva--, quizás debamos reconocer que a veces puede haber influido negativamente sobre el Sacramento una cierta disminución de nuestro entusiasmo o de nuestra disponibilidad en el ejercicio de este exigente y delicado ministerio.

En cambio, es preciso más que nunca hacerlo redescubrir al Pueblo de Dios. Hay que decir con firmeza y convicción que el sacramento de la Penitencia es la vía ordinaria para alcanzar el perdón y la remisión de los pecados graves cometidos después del Bautismo. Hay que celebrar el Sacramento del mejor modo posible, en las formas litúrgicamente previstas, para que conserve su plena fisonomía de celebración de la divina Misericordia.

13. Lo que nos inspira confianza en la posibilidad de recuperar este Sacramento no es sólo el aflorar, aun entre muchas contradicciones, de una nueva sed de espiritualidad en muchos ámbitos sociales, sino también la profunda necesidad de encuentro interpersonal, que se va afianzando en muchas personas como reacción a una sociedad anónima y masificadora, que a menudo condena al aislamiento interior incluso cuando implica un torbellino de relaciones funcionales. Ciertamente, no se ha de confundir la confesión sacramental con una práctica de apoyo humano o de terapia psicológica. Sin embargo, no se debe infravalorar el hecho de que, bien vivido, el sacramento de la Reconciliación desempeña indudablemente también un papel «humanizador», que se armoniza bien con su valor primario de reconciliación con Dios y con la Iglesia.

Es importante que, incluso desde este punto de vista, el ministro de la reconciliación cumpla bien su obligación. Su capacidad de acogida, de escucha, de diálogo, y su constante disponibilidad, son elementos esenciales para que el ministerio de la reconciliación manifieste todo su valor. El anuncio fiel, nunca reticente, de las exigencias radicales de la palabra de Dios, ha de estar siempre acompañado de una gran comprensión y delicadeza, a imitación del estilo de Jesús con los pecadores.

14. Además, es necesario dar su importancia a la configuración litúrgica del Sacramento. El Sacramento entra en la lógica de comunión que caracteriza a la Iglesia. El pecado mismo no se comprende del todo si es considerado sólo de una manera exclusivamente privada, olvidando que afecta inevitablemente a toda la comunidad y hace disminuir su nivel de santidad. Con mayor razón, la oferta del perdón expresa un misterio de solidaridad sobrenatural, cuya lógica sacramental se basa en la unión profunda que existe entre Cristo cabeza y sus miembros.

Es muy importante hacer redescubrir este aspecto «comunional» del Sacramento, incluso mediante liturgias penitenciales comunitarias que se concluyan con la confesión y la absolución individual, porque permite a los fieles percibir mejor la doble dimensión de la reconciliación y los compromete más a vivir el propio camino penitencial en toda su riqueza regeneradora.

15. Queda aún el problema fundamental de una catequesis sobre el sentido moral y sobre el pecado, que haga tomar una conciencia más clara de las exigencias evangélicas en su radicalidad. Desafortunadamente hay una tendencia minimalista, que impide al Sacramento producir todos los frutos deseables. Para muchos fieles la percepción del pecado no se mide con el Evangelio, sino con los «lugares comunes», con la «normalidad» sociológica, llevándoles a pensar que no son particularmente responsables de cosas que «hacen todos», especialmente si son legales civilmente.
La evangelización del tercer milenio ha de afrontar la urgencia de una presentación viva, completa y exigente del mensaje evangélico. Se ha de proponer un cristianismo que no puede reducirse a un mediocre compromiso de honestidad según criterios sociológicos, sino que debe ser un verdadero camino hacia la santidad. Hemos de releer con nuevo entusiasmo el capítulo V de la Lumen gentium que trata de la vocación universal a la santidad. Ser cristiano significa recibir un «don» de gracia santificante, que ha de traducirse en un «compromiso» de coherencia personal en la vida de cada día. Por eso he intentado en estos años promover un reconocimiento más amplio de la santidad en todos los ámbitos en los que ésta se ha manifestado, para ofrecer a todos los cristianos múltiples modelos de santidad, y todos recuerden que están llamados personalmente a esa meta.

16. Sigamos adelante, queridos hermanos sacerdotes, con el gozo de nuestro ministerio, sabiendo que tenemos con nosotros a Aquel que nos ha llamado y que no nos abandona. Que la certeza de su presencia nos ayude y nos consuele.

Con ocasión del Jueves Santo sentimos aún más viva esta presencia suya, al contemplar con emoción la hora en que Jesús, en el Cenáculo, se nos dio a sí mismo en el signo del pan y del vino, anticipando sacramentalmente el sacrificio de la Cruz. El año pasado quise escribiros precisamente desde el Cenáculo, con ocasión de mi visita a Tierra Santa. ¿Cómo olvidar aquel momento emocionante? Lo revivo hoy, no sin tristeza por la situación tan atormentada en que sigue estando la tierra de Cristo. Nuestra cita espiritual para el Jueves Santo sigue siendo allí, en el Cenáculo, mientras en torno a los Obispos, en las catedrales de todo el mundo, vivimos el misterio del Cuerpo y Sangre de Cristo, y recordamos agradecidos los orígenes de nuestro Sacerdocio.
En la alegría del inmenso don que hemos recibido, os abrazo y os bendigo a todos.

Vaticano, 25 de marzo, IV domingo de Cuaresma, del año 2001, vigésimo tercero de Pontificado.
JUAN PABLO II

Arriba

La Peseta boricua

Estoy en la calle O'Donnell. Como esta calle O'Donnell tiene balcones de palo de caoba, adoquines azulencos y flamboyanes en lejanía, he de aclarar que no estoy en la calle O'Donnell de Madrid, ni en la calle O'Donnell de Sevilla. Estoy en la calle O'Donnell de mi viejo San Juan de Puerto Rico. Tiro hacia el muelle, al que aquí llaman hermosamente Embarcadero de Lanchas, para tomar el autobús que me llevará a mi descanso de Isla Verde, y caigo en la cuenta de que no sé si llevaré el suelto exacto. En la parada le pregunto a una comay, a una doñita, cuánto vale el trayecto de la guagua, y me dice:

- Una peseta...

No veinticinco centavos, no un cuarto de dólar: una peseta. Yo creo que es algo... A veces hay que venirse muy lejos de España para encontrarla. Como aquel Quevedo que buscaba a Roma en Roma y no la hallaba, yo cada vez busco y encuentro más a Andalucía a este lado antillano de la mar oceana. Desde la otra mañana boricua sé que cuando España haya renunciado a su historia y a su identidad y haya enterrado la moneda que con sus columnas de Hércules y su filacteria del Plus Ultra inventó la ese y las dos barras del signo de dólar, aquí en Puerto Rico podré seguir contando en pesetas esta ruina que tengo en todo lo alto.

Nosotros, con todo nuestro golpe de España, entregando la peseta y entregando la cuchara ante Europa, y los puertorriqueños orgullosamente defendiendo la hispanidad de nuestro sistema monetario. Echo las cuentas, y la peseta apenas tuvo treinta años de vigencia de curso legal en Puerto Rico. Creada en 1868, con la tardía emancipación de 1898 fue sustituida en la Isla del Encanto por el sistema monetario americano. Pero sólo sobre el papel y el cobre. Que en la hermosura de la lengua, Puerto Rico sigue llamando en español a la moneda americana, libre y asociada. Los 25 centavos, el quarter, son la peseta. Los 5 centavos, el nickel, son, qué hermosura, el vellón. Las máquinas tocadiscos de los bares son las velloneras, porque funcionan con un vellón, ¿no es maravilla? Los 10 centavos, el dime, son el sencillo, que era en España el real de plata. Las monedas de 1 centavo, los pennies, son los chavos, como en Granada; San Juan también es la tierra del chavico. Y tras cien años de vigencia del sistema monetario norteamericano, el dólar no ha logrado existir en el habla popular: es el peso.

Así que cuando a la peseta le den la estocada del euro hasta la bola, ya saben lo que tienen que hacer para sentirse españoles. Vénganse a esta maravilla del mar de Pedro Salinas, junto a estas garitas tan gaditanas de la Caleta de los Angeles, que podrán tocar la nostalgia en forma de peseta, manque boricua. Puerto Rico seguirá siendo el único lugar del mundo donde podremos seguir pagando en pesetas.

ANTONIO BURGOS

(El mundo)

Arriba

¿QUE ELIGIRIAS?

Una vez, un padre se sentó con sus tres hijos en el jardín y les preguntó: "Supongamos que pudieran tener cualquier cosa que su corazón deseara, ¿qué elegirían?"

"Yo, desearía ser hermosa", repuso su hija. "A todo el mundo le gusta lo hermoso y a todo el mundo le gustaría yo".

"Que tonta eres", agregó su hermano. "¿Recuerdas que bonita era tu amiga Lolita antes de que le diera viruela? La belleza es una cosa pasajera. Mí deseo sería ser rico. El dinero regula al mundo y con él compraría todo lo que quisiera".

El tercero, entonces dio su opinión. "Yo creo que eres tan ignorante como nuestra hermana. La riqueza se pierde tan fácilmente como la belleza. Mi deseo sería tener sabiduría. Nadie me la podría quitar".

El padre que había estado escuchando silenciosamente, se levantó y con una varita escribió un gran número de ceros en la tierra y les dijo:

"Todas las cosas que han dicho: belleza, riqueza y sabiduría, no son nada para un hombre inteligente".

"Son como muchos ceros, pero pónganle un número antes de los ceros y los convertirán en un gran tesoro. La única cosa que realmente importa es la virtud, que es un regalo de Dios. La virtud por sí sola hará a las personas hermosas, ricas y sabias".

 Javier González Ramírez.

(Valores org)

Arriba

SANTORAL: Santa María Cleofé

Lectura del libro del profeta Isaías 42, 1-7

Así habla el Señor:
Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones. El no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad; no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley.
Así habla Dios, el Señor, el que creó el cielo y lo desplegó, el que extendió la tierra y lo que ella produce, el que da el aliento al pueblo que la habita y el espíritu a los que caminan por ella.
Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas.

 

Palabra de Dios.

 


SALMO Sal 26, 1. 2. 3. 13-14 (R.: 1a)

 

R. El Señor es mi luz y mi salvación.

 

 El Señor es mi luz y mi salvación,
 ¿a quién temeré?
 El Señor es el baluarte de mi vida,
 ¿ante quién temblaré?  R.

 

 Cuando se alzaron contra mí los malvados
 para devorar mi carne,
 fueron ellos, mis adversarios y enemigos,
 los que tropezaron y cayeron.  R.

 

 Aunque acampe contra mí un ejército,
 mi corazón no temerá;
 aunque estalle una guerra contra mí,
 no perderé la confianza.  R.

 

 Yo creo que contemplaré la bondad del Señor
 en la tierra de los vivientes.
 Espera en el Señor y sé fuerte;
 ten valor y espera en el Señor.  R.

 

 

 

X Lectura del santo Evangelio según san Juan 12, 1-11

 

Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales.
María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume.
Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: «¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?» Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella.
Jesús le respondió: «Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre.»
Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él.

 

Palabra del Señor.

 
  
Reflexión   
 
Con la celebración del Domingo de Ramos, ayer entramos en la gran semana de la historia.
Cristo entró en la Ciudad Santa de Jerusalén, donde fue reconocido como el Mesías.
Exclamaciones de júbilo fueron oídas a su paso porque "los ciegos ven, los rengos caminan, los leprosos son curados, los sordos oyen y muchos oprimidos son liberados"
Mientras tanto, los jefes, tocados en su orgullo, maquinan la manera de prenderlo a traición, evitando el escándalo.
Jesús, consciente de todo, conocedor de lo que pasa en cada corazón, vislumbra la figura de la Cruz.
Jesús llega al Templo, y luego se retira hasta Betania acompañado de los doce. Allí, en casa de Simón el leproso, una mujer le ofrece al digno huésped un frasco de perfume. Este gesto es tomado como un derroche, pero Jesús lo aprueba diciendo que "a los pobres los van a tener siempre entre ustedes", a la vez que anuncia su muerte próxima.
 
Era costumbre de la hospitalidad de Oriente, honrar a un huésped ilustre con agua perfumada  después de lavarse. Pero apenas se sentó Jesús, María, hermana de Marta y Lázaro, tomó un frasco de alabastro que tenía una libra de nardo puro. Se acercó por detrás de Jesús, ungió sus pies y los secó con sus cabellos.
Jesús agradeció esta acción de María.
En medio de tantas sombras como las que se le venían encima, este gesto debió de llegarle al corazón.
 
Esta mujer de Betania, demostró un gran amor por el Señor al no reservarse nada, ni para ella ni para nadie. El suyo fue un gesto de entrega sin reservas, de amistad, de ternura profunda por Cristo.
Ante las murmuraciones de Judas que hubiese pretendido vender el perfume para engrosar su bolsa, Jesús defiende a María y anuncia veladamente la proximidad de su muerte.
 
"Déjala, pues lo tenía reservado para el día de mi entierro. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre".
 
El Señor no niega el valor de la caridad y limosna que tantas veces recomendó; ni propicia la despreocupación por los pobres, pero desenmascara la hipocresía de aquellos que, como Judas, aducen motivos nobles para no dar a Dios el honor debido.
 
En estos días de Semana Santa, pidamos a María que nos enseñe a ser generosos con el Señor, a entregarnos a Él por entero y sin reservas, con nuestro corazón y nuestras obras, como hizo María en Betania.
 
Muere Jesús del Gólgota en la cumbre
con amor perdonando al que le hería:
siente desecho el corazón María
del dolor en la inmensa pesadumbre.
 
Se aleja con pavor la muchedumbre
cumplida ya la santa profecía;
tiembla la tierra; el luminar del día,
cegado a tanto horror, pierde su lumbre.
 
Se abren las tumbas, se desgarra el velo
y, a impulsos del amor, grande y fecundo,
parece estar la cruz, signo de duelo,
 
cerrando, augusta, con el pie profundo,
con la excelsa cabeza abriendo el cielo
y con los brazos abarcando el mundo. Amén.
 
Himno de la Liturgia de las Horas

 

SANTORAL:  Santa María Cleofé

 
Santa María Cleofé o de Cleofas fue una de la mujeres que acompañaron a Jesús en su pasión.
En el evangelio siempre aparece el nombre de la santa junto  con el de aquellas "piadosas mujeres" que forman un delicado y poético grupo, elocuente en el afecto y en el dolor.  Los artistas medievales la han pintado en todos los hechos principales de la vida y la pasión de Jesús: cuando el Maestro predica, cuando realiza milagros, cuando triunfa. La desolación del mundo aparece en el rostro de María Cleofé y en el de las otras  mujeres al pie de la cruz. San Juan la llama "hermana de María",  si bien no era más  que parienta.
Cleofé era madre de san Simón (cananeo o zelote), de Santiago el Menor y de Judas Tadeo, apóstoles, y de José, que fue uno de los setenta y dos discípulos. Se decían hermanos de Jesús, pues, según la costumbre de los hebreos, los parientes cercanos llevaban tal nombre. Nuestra Santa estaba casada con Cleofás, llamado también Alfeo, al parecer hermano de san José y a quién se apareció Cristo en el camino de Emaús, tres días después de haber sido crucificado.
Galardón excepcional el de esta mujer: ser madre de tres apóstoles y de un discípulo del Maestro. Cleofé poseyó una entrañable admiración por Jesús y perseveró a los pies del madero. En compañía de Salomé se la ve comprando el ungüento oloroso para embalsamar al Hijo del hombre. Le tocó a ella, presurosa y doliente, junto con María y otras mujeres, quitarle de la cabeza la injuriosa corona, cerrarle los ojos, lavar el cuerpo y envolverlo en una sábana impregnada de perfumes.
Feliz Cleofé que escuchó, lo mismo que sus compañeras, la voz anunciadora: "Aquel a quien buscáis no está aquí. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? ¿No os acordáis de lo que habló en Galilea, de que sería entregado a los pecadores y que al tercer día resucitaría? Id y propagad esta buena nueva entre sus hermanos: que Jesús ha resucitado y que pronto lo volverán a ver".
Tuvo ella la gran revelación del ángel: Jesús había vencido a la muerte. Y con este triunfo, Cleofé estuvo avisada de que las puertas de la eternidad se habían abierto para todos.
Esto es lo que se sabe de la vida de María Cleofé. Probablemente fue asistida en sus últimos momentos por los apóstoles y por la misma Madre de Dios.
A María Cleofé se la venera en Palestina, y en Occidente en Vercelli (Italia), en Arlés (Francia) y en Ciudad Rodrígo (España), y en todos estos lugares se afirma que allí se hallan sus reliquias.

Arriba

Pionet.org