Boletín Informático de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico |
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30 de abril de 2004 |
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" En este mundo tan atormentado por revoluciones,
originadas por el odio y por la lucha, hace falta la revolución del amor; es
necesario que esta revolución se muestre más fuerte. Esto es también el
radicalismo del amor."
Juan Pablo II
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El cardenal Danneels ofrece el «antídoto» para la depresión y la desesperación
En el lanzamiento de la nueva agencia para la evangelización en Inglaterra y Gales
LONDRES, jueves, 29 abril 2004Según el cardenal Godfried Danneels no hay terapia más eficaz que la oración --una de las formas de ejercitar la esperanza-- para una sociedad depresiva y desesperada en la que vivimos y trabajamos.
Así lo afirma en un comentario por escrito el 21 de abril, con ocasión del lanzamiento de CASE («The Catholic Agency to Support Evangelisation»), una nueva agencia nacional --constituida por los obispos católicos de Inglaterra y Gales-- orientada a sostener la evangelización.
Titulada «Cristo, Esperanza para un nuevo milenio», la intervención del cardenal Danneels -arzobispo de Malinas-Bruselas y presidente de la Conferencia Episcopal de Bélgica-- «ayudará a impulsar» el lanzamiento de la agencia, creada para apoyar y formar a los católicos a compartir y difundir su fe, explica el servicio católico de comunicaciones de la Iglesia Católica en Inglaterra y Gales.
Y es que esta evangelización debe llevarse a cabo en un contexto en el que en todas partes «hay alguien que está deprimido por nuestros tiempos y no pasa un día sin que los periódicos ofrezcan titulares con desalentadoras noticias» que reflejan «guerra y violencia, genocidio, desempleo, crimen y terrorismo, y una gran confusión ética», describe el cardenal Danneels.
El panorama actual revela una sociedad que «ha perdido la confianza en sí misma»: «flota desamparada como un astronauta en su nave en busca de algo sólido que asir. La gravedad que surge de los grandes ideales religiosos en Europa ha desaparecido», compara en el texto.
A la «crisis de interioridad», se suma «la desaparición de ideales y proyectos» que lleva a la humanidad a ser «narcisista y consumista». «Existe un gran vacío interior, soledad y desaliento», y la juventud es quien más sufre todo esto, pero persiste la pregunta «¿cómo puedo ser feliz?», constata el purpurado.
En su camino, la gente busca guías, pero éstas sólo son «terapias a corto plazo» o «falsas guías»: desde medicación -que «está alcanzando proporciones alarmantes en nuestro tiempo»-- a alcohol y drogas, o publicaciones que excluyen «todo sendero a la felicidad que pueda requerir reflexión, autocontrol, esfuerzo, conversión o búsqueda de una vida más espiritual y ética», advierte el cardenal Danneels.
«O si hay una alusión a la espiritualidad, entonces se sitúa en el área del esoterismo y técnicas de salvación automáticas --observa--. La conversión del corazón y del interior de la persona no se considera».
Alerta el prelado que otra «vía de escape» es el fenómeno de «reemplazar todo el legado cristiano (...) con un mundo paralelo de visiones, avisos divinos y apariciones (...) diseñado para hacer feliz a uno», una perspectiva en la que entra la Nueva Era.
Sin embargo, la clave para toda esta situación tiene un nombre, adelanta el purpurado: «es la esperanza».
«La persona es un ser compuesto de deseos que continua y eternamente quiere realizar», pero «siente que es finita y constantemente encuentra los límites de la muerte» --explica el cardenal Danneels--. La gente se siente «atrapada en lo temporal y aún abierta a lo infinito» y «sabe que en los límites de la existencia terrena nunca podrán realizar lo que más desean».
«Por lo tanto, no pueden hacer nada más que esperar: así está hecha la persona humana», recalca el purpurado. Y hay una forma en que el Cristianismo entiende la esperanza: «un portador de esperanza vendrá: el Mesías. Él cumplirá las promesas y realizará esperanza», revela.
Y es que «la alternativa a la utopía es la creencia de que Dios mismo interviene en la historia humana (...). La esperanza no la hacemos nosotros, es otorgada; existe una promesa de que viviremos después de la muerte», explica.
«En síntesis --insiste--: la esperanza cristiana descasa no en la gente, sino en las promesas de Dios y en el poder de Dios», algo en que la Biblia es clara: «Dios cumple todas sus promesas y Él es causa de esperanza». La promesa final es cumplida en el hecho de la Resurrección de Cristo, «donde la esperanza cristiana encuentra su definitivo fundamento».
El ejercicio de la esperanza y sus iconos vivos
«Sólo hay un medio para ejercitar la esperanza --advierte el cardenal Godfried Danneels--: orar y mantenerse vigilantes», en una «actitud de expectación».
«Orar también es suspenderse pacientemente entre el pasado y el futuro», «pero es igualmente esperar con ansia con corazón ardiente los días que vendrán, el retorno del Novio -“Marana tha”--», describe.
«La oración --prosigue-- es expresar gratitud por todo lo que nos ha precedido, pero también profundizando en las promesas que aún han de cumplirse».
«Para una cultura (¡y una Iglesia!) en tiempos depresivos, ¿puede haber una terapia tan eficaz como la oración?», plantea el prelado.
Además advierte de «un segundo medio para ejercitar la esperanza: el compromiso». Y es que «la esperanza nunca se materializa cuando la gente no se compromete, ni toma decisiones ni opciones. Una cultura sin esperanza nunca tiende a un compromiso».
Y alerta de que existe en nuestro tiempo la tendencia a no esperar: «todo debe ser inmediato». Ante ello, sugiere aprender a hacer del tiempo «nuestro aliado», con la esperanza de que «volveremos a ser otra vez sensibles hacia un artículo de fe que ha desaparecido completamente: la Providencia de Dios».
«La imagen por excelencia de la persona de esperanza es el mártir --constata-. Es alguien que no tiene nada más en que apoyarse. Sólo “Dios permanece como su roca y fortaleza”. Cara a cara con la muerte, toda autosuficiencia desaparece. El mártir ya no puede hacer nada más. Deben abandonarse completamente».
De ahí que el mártir sea «icono de esperanza». De hecho, de lo único que puede vivir es de la esperanza: «esperanza divina que sólo puede encontrar apoyo en Dios».
«Aun hay mártires en la Iglesia; no siempre derraman su sangre»: «son los que se atreven a intervenir en los gulags de nuestra sociedad, quienes firmemente siguen creyendo en Cristo, incluso cuando son ridiculizados, quienes resisten el impulso del racismo, exclusión y marginación, y los lemas de la opinión pública», reconoce el arzobispo.
«Son los que siempre perdonan, aún cuando mucho se haya hecho contra ellos, y quienes devuelven bien por mal». «Mientras estén ahí, la esperanza nunca morirá», concluye.
La intervención íntegra del cardenal Danneels está disponible en inglés en www.caseresources.org.
Un libro trata de descubrir cómo era el rostro de Cristo
El Evangelio, explica el autor, no describe el rostro, pero sí su mirada
VENEGONO (ITALIA), jueves, 29 abril 2004¿Cómo era el rostro de Jesús?». Para responder a esta pregunta ha escrito un libro el teólogo italiano Franco Giulio Brambilla, profesor de cristología y de antropología en la Facultad Teológica de Italia Septentrional.
En el libro, recientemente publicado en italiano con el título «¿Quién es Jesús? A la búsqueda de su rostro» («Chi è Gesù? Alla ricerca del volto», http://www.qiqajon.it), Brambilla (Missaglia, 1949) ayuda al lector precisamente a discernir «los trazos del rostro del Señor viviente».
Al explicar una de las conclusiones a las que ha llegado, Brambilla subraya que «en el Evangelio nunca se describe el rostro de Jesús, pero sí su mirada».
«¿Qué rostro me revela esa mirada? --se pregunta--. Ese rostro tiene una mirada que comunica el exigente e inextinguible amor del Padre que atraviesa el abismo del mal de los hombres para llevarlo sobre sus espaldas con la libertad y el amor del Espíritu».
El teólogo se ha basado sobre todo en el Evangelio de Lucas, «porque es el narrador más fino y más misterioso del Nuevo Testamento», y «porque es un discípulo de la segunda hora, como lo somos nosotros --los hombres y mujeres del siglo XXI--, que tenemos el problema de acceder a Jesús sin haberlo conocido directamente».
«Por esto disemina en su texto muchos indicios para encontrarlo --explica--, se hace cargo de nuestros medios y nuestros deseos y nos conduce de la mano para que no nos perdamos».
Por eso, en el libro afirmo que «la manera en que buscamos al Señor es decisiva para encontrar al Señor que buscamos». «Si busco un medio para obtener un fin seré un técnico hábil. Si busco un sentido para orientar el camino, tendré una existencia más auténtica».
«Por este motivo el Evangelio de Lucas es intrigante. Estamos acostumbrados a leerlo a trozos, y de este modo pierde su fuerza, su trama narrativa, su intriga», afirma.
«En cambio, el Evangelio está escrito para que el lector participe en él, para que se convierta en personaje y así sea cada vez más persona… este es el tema de la búsqueda», considera el teólogo.
Por lo que se refiere al papel de las mujeres en el Evangelio de Lucas, Bambrilla explica que «expresan ese aspecto de la búsqueda de Jesús que llega primero, que custodia la ternura, toca el corazón y es capaz de revelar la insondable riqueza de su rostro».
«Las mujeres de Lucas son las mujeres de la Resurrección, en el cielo terso de la mañana de Pascua, que buscan entre los muertos aquél que ya no está allí, pero que antes se dejan desorientar para encontrar el rostro de Jesús como el viviente», recuerda.
«Las mujeres están en el origen de la vida, por ello son las que primero acogen la vida nueva del Resucitado: son las sorpresas de Dios», considera.
«Por este motivo, el Evangelio de Lucas está repleto de mujeres, desde María de Nazaret hasta las mujeres de la Pascua: y todas las mujeres de la historia han amado a este evangelista que las ha convertido en protagonistas», concluye.
Juan Pablo II a prelados de EEUU: La vida del obispo debe estar orientada a la santidad
VATICANO, 29 Abr. 04El Papa Juan Pablo II aseguró que “la búsqueda de la santidad personal debe ser el centro de la vida y de la identidad de cada obispo”, al recibir a un grupo de prelados de las provincias eclesiásticas de Baltimore y Washington (Estados Unidos) al final de su visita "ad limina".
El santo Padre, que ha dedicado estos encuentros a reflexionar “sobre el misterio de la Iglesia y, en particular, sobre el ejercicio del ministerio episcopal”, recordó que "el desafío que se nos plantea (como obispos) y como Iglesia es que la vida de todo cristiano y todas las estructuras de la Iglesia estén claramente ordenadas a la búsqueda de la santidad”.
En este sentido, aseguró que “el obispo debe reconocer la propia necesidad de ser santificado mientras se compromete a la santificación de los demás".
El Papa subrayó que el obispo debe ser un "oyente atento de la palabra de Dios, un contemplativo" y "también un maestro de contemplación". Su oración debe alimentarse de la Eucaristía, la adoración ante el sagrario, el recurso frecuente a la penitencia y la celebración de la liturgia de las horas.
El Santo Padre también recordó la importancia de adoptar “un estilo de vida que imite la pobreza de Cristo” y los invitó a “emprender ese discernimiento respecto al ejercicio práctico del ministerio episcopal en vuestro país, para garantizar que se considere cada vez más claramente una forma de servicio de sacrificio entre el rebaño de Cristo".
Juan Pablo II recordó una vez más la "relación inseparable entre la santidad y la misión de la Iglesia” y pidió que se traduzca en “una renovación de la fe y de la vida cristiana”.
El Santo Padre se refirió sobre todo al "munus sanctificandi", la misión de santificación de todos los obispos, "cuya fuente es la santidad indefectible de la Iglesia”.
“Porque 'Cristo amó a la Iglesia y se entregó a ella, de modo que pudiera santificarla', ha sido dotada con la santidad infalible y se ha transformado ella misma 'en Cristo y a través de Cristo, en la fuente y el origen de toda santidad'. Esta verdad fundamental de la fe debe comprenderse con más claridad y apreciarse mejor por todos los miembros del Cuerpo de Cristo, porque es parte esencial de la conciencia misma de la Iglesia, y la base para su misión universal", explicó.
"Al mismo tiempo -dijo el Papa-, la santidad de la Iglesia en tierra es todavía imperfecta. Su santidad es a la vez un don y un llamamiento, una gracia constitutiva y una admonición a la fidelidad constante a esa gracia”.
“El Concilio Vaticano II reafirmó que 'todo cristiano en cualquier estado o camino de vida está llamado a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad', e invitó a todos los miembros de la Iglesia a un sincero reconocimiento del pecado y a la necesidad de una conversión constante en el camino de la penitencia y la renovación”, recordó
Juan Pablo II recibe el Premio Europeo de la paz
ROMA, 29 Abr. 04Tras la audiencia general realizada en la basílica de San Pedro, el Papa Juan Pablo II recibió ayer el Premio Europeo por la Paz.
Los encargados de ofrecer el galardón al Pontífice fueron Antonio Di Pietro, presidente del partido político Italia de los Valores, y el coordinador de la Organización Fundación para la ecología y la democracia, Pasquale Vittorio.
Mensaje de Juan Pablo II para la Jornada Misionera Mundial 2004
CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 29 abril 2004Este jueves, la Sala de Prensa de la Santa Sede presentó el mensaje de Juan Pablo II sobre el tema «Eucaristía y Misión» con ocasión de la 78ª Jornada Misionera Mundial (DOMUND), cuya celebración será el domingo 24 de octubre próximo.
Publicamos a continuación el texto íntegro del mensaje del Papa.
* * *
MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA JORNADA MISIONERA MUNDIAL 2004
Queridos Hermanos y Hermanas:
1. El compromiso misionero de la Iglesia constituye, también en este comienzo del tercer milenio, una urgencia que en varias ocasiones he querido recordar. La misión, como he recordado en la Encíclica Redemptoris Missio, está aún lejos de cumplirse y por eso debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio (cfr. n.1). Todo el Pueblo de Dios, en cada momento de su peregrinar en la historia, está llamado a compartir la "sed" del Redentor (cfr Jn 19, 28). Los santos han advertido siempre con mucha fuerza esta sed de almas que hay que salvar: baste pensar, por ejemplo, a santa Teresa de Lisieux, patrona de las misiones, y a monseñor Comboni, gran apóstol de África, que he tenido la alegría de elevar recientemente al honor de los altares.
Los desafíos sociales y religiosos a los que la humanidad hace frente en estos tiempos nuestros motiva a los creyentes a renovarse en el fervor misionero. ¡Sí! Es necesario promover con valentía la misión "ad gentes", partiendo del anuncio de Cristo, Redentor de cada criatura humana. El Congreso Eucarístico internacional, que será celebrado en Guadalajara, en México, el próximo mes de octubre, mes misionero, será una ocasión extraordinaria para esta unánime toma de conciencia misionera alrededor de la Mesa del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Reunida alrededor del altar, la Iglesia comprende mejor su origen y su mandato misionero. "Eucaristía y Misión", como bien subraya el tema de la Jornada Misionera Mundial de este año, forman un binomio inseparable. A la reflexión sobre los lazos que existen entre el misterio eucarístico y el misterio de la Iglesia, se une este año una elocuente referencia a la Virgen Santa, gracias a la celebración del 150 aniversario de la definición de la Inmaculada Concepción (1854-2004). Contemplamos la Eucaristía con los ojos de María. Contando con la intercesión de la Virgen, la Iglesia ofrece a Cristo, pan de la salvación, a todas las gentes, para que le reconozcan y le acojan como único salvador.
2. Volviendo idealmente al Cenáculo, el año pasado, precisamente el Jueves Santo, he firmado la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, de la que quisiera tomar algunos pasajes que nos pueden ayudar, queridos Hermanos y Hermanas, a vivir con espíritu eucarístico la próxima Jornada Misionera Mundial.
«La Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía» (n. 26): así escribía observando cómo la misión de la Iglesia se encuentra en continuidad con la de Cristo (Cfr Jn 20, 21), y obtiene fuerza espiritual de la comunión con su Cuerpo y con su Sangre. Fin de la Eucaristía es precisamente «la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo» (Ecclesia de Eucharistia, 22). Cuando se participa en el Sacrificio Eucarístico se percibe más a fondo la universalidad de la redención, y consecuentemente, la urgencia de la misión de la Iglesia, cuyo programa «se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste» (Ibíd., 60).
Alrededor de Cristo eucarístico la Iglesia crece como pueblo, templo y familia de Dios: una, santa católica y apostólica. Al mismo tiempo, comprende mejor su carácter de sacramento universal de salvación y de realidad visible jerárquicamente estructurada. Ciertamente «no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía» (Ibíd.., 33; cfr Presbyterorum Ordinis, 6). Al término de cada santa Misa, cuando el celebrante despide la asamblea con las palabras "Ite, misa est", todos deben sentirse enviados como "misioneros de la Eucaristía" a difundir en todos los ambientes el gran don recibido. De hecho, quien encuentra a Cristo en la Eucaristía no puede no proclamar con la vida el amor misericordioso del Redentor.
3. Para vivir de la Eucaristía es necesario, además, demorarse largo tiempo en oración ante el Santísimo Sacramento, experiencia que yo mismo hago cada día encontrando en ello fuerza, consuelo y apoyo (cfr Ecclesia de Eucharistia, 25). La Eucaristía, subraya el Concilio Vaticano II, «es fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (Lumen gentium, 11), «fuente y culminación de toda la predicación evangélica» (Presbyterorum Ordinis, 5).
El pan y el vino, fruto del trabajo del hombre, transformados por la fuerza del Espíritu Santo en el cuerpo y sangre de Cristo, son la prueba de "un nuevo cielo y una nueva tierra" (Ap 21, 1), que la Iglesia anuncia en su misión cotidiana. En Cristo, que adoramos presente en el misterio eucarístico, el Padre ha pronunciado la palabra definitiva sobre el hombre y sobre su historia.
¿Podría realizar la Iglesia su propia vocación sin cultivar una constante relación con la Eucaristía, sin nutrirse de este alimento que santifica, sin posarse sobre este apoyo indispensable para su acción misionera? Para evangelizar el mundo son necesarios apóstoles "expertos" en la celebración, adoración y contemplación de la Eucaristía.
4. En la Eucaristía volvemos a vivir el misterio de la Redención culminante en el sacrificio del Señor, como lo señalan las palabras de la consagración: "mi cuerpo que es entregado por vosotros... mi sangre, que es derramada por vosotros" (Lc 22, 19-20). Cristo ha muerto por todos; el don de la salvación es para todos, don que la Eucaristía hace presente sacramentalmente a lo largo de la historia: "haced esto en recuerdo mío" (Lc 22, 19). Este mandato está confiado a los ministros ordenados mediante el sacramento del Orden. A este banquete y sacrificio están invitados todos los hombres, para poder, así, participar de la misma vida de Cristo: "El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" (Jn 6, 56-57). Alimentados de Él, los creyentes comprenden que la tarea misionera consiste en el ser "una oblación agradable, santificada por el Espíritu Santo" (Rm 15, 16), para formar cada vez más "un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32) y ser así testigos de su amor hasta los extremos confines de la tierra.
La Iglesia, Pueblo de Dios en camino a lo largo de los siglos, renovando cada día el sacrificio del altar, espera la vuelta gloriosa de Cristo. Es cuanto proclama, después de la consagración, la asamblea eucarística reunida alrededor del altar. Con fe cada vez renovada, confirma el deseo del encuentro final con Aquél que vendrá a llevar a cumplimiento su designio de salvación universal.
El Espíritu Santo, con su acción invisible, pero eficaz, conduce al pueblo cristiano en este su diario camino espiritual, que conoce inevitables momentos de dificultad y experimenta el misterio de la Cruz. La Eucaristía es el consuelo y la prueba de la victoria definitiva para quien lucha contra el mal y el pecado; es el "pan de vida" que sostiene a todos cuantos, a su vez, se hacen "pan partido" para los hermanos, pagando a veces incluso con el martirio su fidelidad al Evangelio.
5. Se conmemora este año, como he recordado, el 150 aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. María fue "redimida" de modo eminente en previsión de los méritos de su Hijo" (Lumen gentium, 53). Consideraba en la Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia: «Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor» (n. 62).
María, «el primer tabernáculo de la historia» (Ibíd., 55), nos muestra y nos ofrece a Cristo, nuestro Camino, Verdad y Vida (cfr Jn 14, 6). «Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 57).
Es mi deseo que la feliz coincidencia del Congreso Internacional Eucarístico con el 150 aniversario de la definición de la Inmaculada ofrezca a los fieles, a las parroquias y a los Institutos misioneros la oportunidad de afianzarse en el ardor misionero, para que se mantenga viva en cada comunidad «una verdadera hambre de la Eucaristía» (Ibíd., n. 33). La ocasión es igualmente propicia para recordar la contribución que las beneméritas Obras Misionales Pontificias ofrecen a la acción apostólica de la Iglesia. Éstas cuentan con todo mi aprecio y les doy las gracias, en nombre de todos, por el precioso servicio que ofrecen a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Invito a apoyarlas espiritual y materialmente, para que también gracias a su aportación el anuncio evangélico pueda llegar a todos los pueblos de la tierra.
Con tales sentimientos, invocando la materna intercesión de María, "Mujer eucarística", os bendigo de corazón a todos.
En el Vaticano, 19 de abril de 2004
IOANNES PAULUS II
El hijo, ¿don o derecho?
P. Fernando Pascual
Que unos esposos quieran tener un hijo parece lo más normal del mundo. Que lo quieran tener “a cualquier precio” puede resultar problemático.
La técnica ofrece hoy muchas posibilidades para ayudar a quienes quieren tener un hijo. Pero no todas las técnicas son igualmente buenas. Conviene valorarlas según varios criterios: económicos, psicológicos, sociales, biológicos, éticos.
Si dos esposos no pueden tener hijos, lo primero que habría que buscar es curar las causas de la esterilidad (de él, de ella, o de los dos a la vez). Según estudios recientes, alrededor de un 70 % de parejas estériles pueden recuperar, con la ayuda médica, la fecundidad. Pero si esto no resultase posible, el recurrir a técnicas que implican sustituir a uno de los esposos con un “donante anónimo” (en las así llamadas técnicas heterólogas) no parece una solución adecuada, porque hiere, de un modo no siempre consciente y claro, a aquel esposo o esposa que se siente sustituido a la hora de lograr la concepción del hijo.
En efecto, un hijo que nace de un donador extraño al matrimonio depende, biológicamente, de un padre o de una madre desconocidos, y ello puede influir muy negativamente en la vida de la pareja, aunque al inicio los dos digan que están de acuerdo con el método escogido.
A pesar de estos inconvenientes, hay hospitales que ofrecen la “solución” del recurso a los donadores anónimos de esperma o de óvulos, como si esto fuese algo “normal”. No parece, sin embargo, algo normal que un niño no pueda saber quién es su verdadero papá o su verdadera mamá. No pueden saberlo ni siquiera los padres legales (los que han pedido la fecundación heteróloga).
Alguno dirá que en el adulterio puede pasar algo parecido: nace un niño que proviene de alguien ajeno al matrimonio. Sin embargo, incluso en esos casos la mamá puede llegar a recordar de qué persona ha nacido su hijo. En la fecundación artificial heteróloga, sin embargo, sólo el hospital o las autoridades públicas, si llevan los registros adecuados, saben quiénes son los verdaderos padres de la nueva creatura.
El secreto acerca de un dato tan importante como el del propio origen genético no parece ni justo ni democrático en un mundo que quiere ser libre y que defiende, con numerosos acuerdos internacionales, los derechos del niño. Entre ellos encontramos el siguiente: “El niño será inscrito inmediatamente después de su nacimiento y tendrá derecho desde que nace a un nombre, a adquirir una nacionalidad y, en la medida de lo posible, a conocer a sus padres y a ser cuidado por ellos” (Convención sobre los Derechos del Niño, Asamblea General de la ONU, 20 de noviembre de 1989, artículo 7).
En un nivel distinto del anterior, hay que recordar que no pueden ser justas aquellas técnicas que impliquen daños en los embriones, o, incluso, que planeen la destrucción de los que “sobren”. Esto suele ocurrir con frecuencia cuando se hace recurso a la fecundación “in vitro” (FIVET), en la que se fertilizan bastantes óvulos con el fin de asegurar un mayor porcentaje de éxito (éxito que consiste en que los padres puedan llegar a llevar en brazos al hijo nacido gracias a la técnica). Los embriones que sobran, o son congelados para ver si los padres tienen compasión de ellos y deciden acogerlos en un nuevo intento de embarazo, o son destruidos, si es que no son “vendidos” o regalados, como se regalan los alimentos que llegan a su fecha de caducidad en los grandes supermercados... No puede ser buena una técnica que toma a los seres humanos como un objeto sin valor o como un pobre animal minúsculo con el que se pueden hacer todo tipo de experimentos.
Los esposos deben comprender que buscar un hijo “a cualquier precio” no puede ser algo bueno, si en ese “precio” se incluyen desórdenes como los que hemos mencionado antes. El hijo es un don, es algo que se recibe, que no se merece. Los dones se aceptan con respeto, con cariño, con responsabilidad. Si el hijo se convierte en un objeto fabricado por la técnica o es conseguido de un modo injusto o violento, los padres corren el riesgo de verlo como una posesión más, como el abrigo que hoy se compra y mañana queda olvidado en un armario. Por lo mismo, técnicas como la FIVET o la ICSI, que implican una concepción de seres humanos en laboratorio, por la acción de los médicos que trabajan sobre las células reproductoras, implica un dominio sobre la vida que no puede recibir un juicio ético positivo (cf. la instrucción del Vaticano sobre el tema, Donum vitae).
El don, en cambio, implica la tarea de acogerlo con respeto, con amor. De este modo, si Dios así lo quiere, cada hijo también podrá llegar un día a ser un nuevo padre o madre en el mundo de los humanos. Podrá, además, respetar y querer a los padres que lo amaron como lo que era, y no que permitieron su producción según planes prefijados con la mirada atenta de científicos expertos, pero no siempre capaces de reconocer la dignidad de cada uno de los embriones que manejan en sus laboratorios.
Cuando no llega el don, cuando no es posible que nazca el hijo, no se priva a los esposos de algo a lo que “tenían derecho”. Podrán vivir entonces su amor de un modo especial, distinto del de la mayoría de los que sí pueden tener hijos. Pero eso no significa que deban considerarse como inferiores. Su vocación al amor les pide aceptarse hasta la muerte, “en la salud o en la enfermedad”, en la esterilidad o en la pobreza. Es cierto que fracasan matrimonios con hijos y que fracasan matrimonios sin hijos. Pero también es cierto que los unos y los otros pueden triunfar, pueden vivir el amor hasta el final. A todos se les pide una generosidad total, sin la cual no es posible el éxito de ningún matrimonio. Así es el verdadero amor, sin condiciones. Así una pareja, con o sin hijos, puede llegar a vivir, con plena madurez, su mutua donación, quizá incluso más allá de la muerte...
“En tu vida hay dos piezas que no encajan : la cabeza y el sentimiento. La inteligencia –iluminada por la fe – te muestra claramente no sólo el camino, sino la diferencia entre la manera heroica y la estúpida de recorrerlo. Sobre todo, te pone delante de la grandeza y la hermosura divina de las empresas que la Trinidad deja en nuestras manos.
El sentimiento, en cambio se apega a todo lo que desprecias, incluso mientras lo consideras despreciable. Parece como si mil menudencias estuvieran esperando cualquier oportunidad, y tan pronto como – por cansancio físico o por pérdida de visión sobrenatural – tu pobre voluntad se debilita, esas pequeñeces se agolpan y se agitan en tu imaginación, hasta formar una montaña que te agobia y te desalienta: las asperezas del trabajo; la resistencia a obedecer; la falta de medios; las luces de bengala de una vida regalada; pequeñas y grandes tentaciones repugnantes; ramalazos de sensiblería; la fatiga; el sabor amargo de la mediocridad espiritual ... Y , a veces, también el miedo: miedo porque sabes que Dios te quiere santo y no lo eres.
Permíteme que te hable con crudeza. Te sobran “motivos” para volver la cara, y te faltan arrestos para corresponder a la gracia que Él te concede, porque te ha llamado a ser otro Cristo, “ipse Christus” el mismo Cristo. Te has olvidado de la amonestación del Señor al Apóstol :”¡te vasta mi gracia!”, que es una confirmación de que , si quieres, puedes.”
Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Libro Surco No.166
Lecturas del 30-4-04 (Viernes de la Tercera Semana de Pascua)
SANTORAL: San Pío V, papa
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 9, 1-20
Saulo, que todavía respiraba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de traer encadenados a Jerusalén a los seguidores del Camino del Señor que encontrara, hombres o mujeres.
Y mientras iba caminando, al acercarse a Damasco, una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso con su resplandor. Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»
El preguntó: «¿Quién eres tú Señor?»
«Yo soy Jesús, a quien tú persigues, le respondió la voz. Ahora levántate, y entra en la ciudad: allí te dirán qué debes hacer.»
Los que lo acompañaban quedaron sin palabra, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco. Allí estuvo tres días sin ver, y sin comer ni beber.
Vivía entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en una visión: «¡Ananías!»
El respondió: «Aquí estoy, Señor.»
El Señor le dijo: «Ve a la calle llamada Recta, y busca en casa de Judas a un tal Saulo de Tarso. El está orando, y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos para devolverle la vista.»
Ananías respondió: «Señor, oí decir a muchos que este hombre hizo un gran daño a tus santos en Jerusalén. Y ahora está aquí con plenos poderes de los jefes de los sacerdotes para llevar presos a todos los que invocan tu Nombre.»
El Señor le respondió: «Ve a buscarlo, porque es un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a todas las naciones, a los reyes y al pueblo de Israel. Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre.»
Ananías fue a la casa, le impuso las manos y le dijo: «Saulo, hermano mío, el Señor Jesús -el mismo que se te apareció en el camino- me envió a ti para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo.»
En ese momento, cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado. Después comió algo y recobró sus fuerzas.
Saulo permaneció algunos días con los discípulos que vivían en Damasco, y luego comenzó a predicar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 116, 1. 2 (R.: Mc 16, 15)
R. Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia.
¡Alaben al Señor, todas las naciones,
glorifíquenlo, todos los pueblos! R.
Es inquebrantable su amor por nosotros,
y su fidelidad permanece para siempre. R.
X Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 52-59
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»
Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.
Palabra del Señor.
Reflexión
Al pronunciar Jesús la palabra ¨carne¨, se suscita la discusión y el equívoco entre los oyentes. La pregunta que hacen los judíos indica que entendieron todo literalmente, y rechazaban las palabras de Jesús.
La Eucaristía es verdadero sacrificio del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Pero esto es para los creyentes,... porque para el que no cree, como era el caso de muchos de los que oían a Jesús en Cafarnaún, toda esta doctrina adquiere un sentido abismalmente distinto.
Cada vez que recibimos la Eucaristía, recibimos a una persona viva bajo las especies sacramentales. Y en el sagrario, está real y verdaderamente presente la persona del Señor.
Jesús no se detiene a aclararles nada a los que no creen ni a los que no entienden. No impide incluso que algunos de sus discípulos se vayan. El Señor sigue diciendo: el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
Llama la atención en este Evangelio cómo el Señor reitera varias veces “Que su cuerpo es verdadera comida y su sangre verdadera bebida”.
Jesús quería que comprendieran, sin falsas interpretaciones, aún cuando el lenguaje fuera duro.
San Agustín nos recuerda que al comer la carne de Cristo y beber su sangre, nos transformamos en su sustancia.
Cada vez que recibimos al Señor en la Eucaristía, cada uno de nosotros nos transformamos,... tenemos por unos momentos más de Cristo... que de nosotros.
En la Eucaristía, Jesús se nos da. Todo Jesús, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, está presente en cada partícula de hostia consagrada y en cada gota de vino consagrado.
Y nosotros por fé creemos que es así. Sin embargo, muchas veces, no mostramos el debido respeto y cariño ante el Señor. Lo vemos como pan y vino, no vemos a Cristo detrás de ellos.
Por eso hoy, vamos a pedirle a María nuestra Madre, que nunca comulguemos por rutina, que siempre demos gracias al Señor por ese regalo que nos hace y por sobre todo, que nunca nos acerquemos a recibirlo sin estar debidamente preparados para hacerlo... por amor a Él .
Publica, lengua, y canta
el misterio glorioso
y de la sangre santa
que dio por mi reposo
el fruto de aquel vientre generosos.
A todos nos fue dado,
de la Virgen purísima María
por todos engendrado;
y mientras acá vivía
su celestial doctrina esparcía.
De allí en nueva manera
dio fin maravilloso a su jornada
la noche ya postrera,
la noche deseada,
estando ya la cena aparejada.
Convida a sus hermanos,
y, cumplida la sombra y ley primero,
con sus sagradas manos
por el legal cordero
les da a comer su cuerpo verdadero.
Himno de la Liturgia de las Horas
SANTORAL: San Pío V, papa
Se llamaba Antonio Ghislieri y había nacido en la villa de Bosco Marengo, en el estado de Milán, en un hogar muy pobre. En 1528, a los veinticuatro años de edad, recibió en Génova la ordenación sacerdotal.
Fue superior general de la orden de predicadores, obispo a los cincuenta años, poco después cardenal y algún tiempo más tarde, en 1566, sumo pontífice con el nombre de Pío V.
Corría tiempos angustiosos para Europa, envuelta en el torbellino de la reforma, donde con triste frecuencia se veía a los cristianos y católicos renegar del evangelio y perseguirse con saña cruel. Por otra parte, desde Oriente avanzaban victoriosamente los turcos amenazando la existencia del mundo occidental.
Pío V salvó a Europa de ese peligro. Fue el creador de la llamada liga santa, reuniendo en una sola fuerza las escuadras pontificias, española y veneciana, que a las órdenes de don Juan de Austria destruiría el poderío naval otomano en la batalla de Lepanto. Por este triunfo instituyó la fiesta de nuestra Señora de las Victorias, que posteriormente llamó del Santísimo Rosario, y se agregó por primera vez a las letanías la invocación: "Auxilio de los cristianos, ¡ruega por nosotros!"
Pío V depuró y reordenó el breviario y el misal, llevó a cabo la reforma eclesial dispuesta por el concilio de Trento e impuso la Suma teología de santo Tomás de Aquino en las universidades Católicas.
Fue el suyo uno de los más inteligentes pontificados del siglo XVI. Trabajó incansablemente por el mantenimiento de la pureza de la fe.
Murió en 1572. El papa Clemente XI lo canonizó en 1712