Boletín Informático de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

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2 de mayo de 2002

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Red Pionera

Ponce, Puerto Rico

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"Sin esperanza es imposible tener paciencia, porque nadie espera lo imposible y la esperanza más hermosa es la que nace en situaciones más desesperantes. La impaciencia, con la que quieren alcanzarlo todo hoy, es la que te hace perder la oportunidad de alcanzarlo mañana."


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La mayoría de estadounidenses carece de cultura científica

La mayoría de los estadounidenses no saben que la Tierra tarda un año en dar la vuelta alrededor del Sol, el 42 por ciento creen que hay casas embrujadas y aunque pocos creen que la astrología sea una ciencia, muchos leen el horóscopo del día. Estos son los resultados de una encuesta de la Fundación Nacional de Ciencias (FNC) de Estados Unidos, según la cual a la población de ese país le interesa mucho todo lo referido a descubrimientos científicos, pero pocos los entienden.

Aunque el 90 por ciento de los encuestados indicaron su interés por los asuntos científicos, sólo el 15 por ciento se consideraban bien informados al respecto. El 70 por ciento, por ejemplo, reconocían que no comprendían el procedimiento científico clásico de investigación y análisis. El 56 por ciento de los encuestados ignoraban que la órbita de la Tierra se completa en un año y el 58 por ciento opinaba que la astrología carece de base científica, pero el 43 por ciento leía los horóscopos cada día. Otros datos reveladores son que el 33 por ciento creían que nuestro planeta ha recibido la visita de extraterrestres, el 42 por ciento pensaban que existen casas embrujadas y el 48 por ciento estaban convencidos de que humanos y dinosaurios coexistieron.

(ABC)

Arriba

Una multitud aclama a Arafat en su primera salida del cuartel donde ha estado confinado un mes
 El Consejo de Seguridad de la ONU delibera, dividido, sobre la misión a Yenín - Sharon no garantiza que Arafat pueda volver a sus territorios en caso de que viaje al extranjero

RAMALA.

 El presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yasir Arafat, vuelve a tener libertad de movimientos tras un mes de confinamiento y ya ha salido de su cuartel general entre aclamaciones de una multitud de palestinos. Nada más finalizar su cautiverio, Arafat arremetió contra los soldados israelíes. En concreto, llamó "terroristas, nazis y racistas" a los que asedian la Iglesia de la Natividad, en Belén.

Arafat subió a un vehículo escoltado por varios jeeps con guardias palestinos y se dirigió hacia una reunión en la iglesia protestante de Ramala con responsables de las fuerzas palestinas.

Arafat también tiene previsto entrevistarse con el cardenal Roger Etchegaray, enviado especial del Papa Juan Pablo II, y en breve emprenderá una gira por las ciudades de Cisjordania invadidas por Israel. Además, el líder de la ANP se propone reorganizar su Gobierno y los organismos de seguridad.

Arafat se ha mostrado especialmente preocupado por la situación en la Basílica de la Natividad, donde ha muerto un miembro de las fuerzas de seguridad palestinas en un tiroteo con las tropas israelíes.

Los tanques y blindados israelíes levantaron esta noche su asedio a la oficina del 'rais' en Ramala, tras la salida hacia Jericó de los seis palestinos acusados por Israel del asesinato del ministro de Turismo Rehavam Zeevi.

Tan pronto como los últimos soldados israelíes se marcharon de los alrededores de las dependencias de Arafat, cerca de 200 palestinos armados se congregaron gritando victoria ante las dependencias del 'rais' palestino.

Por su parte, el primer ministro israelí, Ariel Sharon, lanzaba desde la cadena estadounidense ABC: su Gobierno no le garantiza que pueda volver a los territorios palestinos en caso de que decida viajar al extranjero. "No se nos han pedido garantías y no vamos a darlas porque, frecuentemente en el pasado, cuando él partía, era siempre un signo de una oleada de terrorismo", explicó Sharon.

Los seis sospechosos, bajo custodia de EEUU y Reino Unido

La retirada de las tropas del Tsahal ha tenido lugar después del traslado a Jericó de los seis palestinos sospechosos del asesinato del ministro de Turismo Rehavam Zeevi, en conformidad con el acuerdo alcanzado el pasado domingo. El presidente palestino, que se reunió ayer con los cónsules de Reino Unido y EEUU, consintió finalmente que los seis hombres requeridos por Israel fueran entregados bajo vigilancia de británicos y estadounidenses.

Poco después de las 19.00 (hora peninsular española), cuatro de los hombres han sido trasladados a la prisión de Jericó, cuatro en calidad de detenidos y los otros dos, bajo custodia. Se trata de Fuad Shubaki, responsable de los presupuestos de los organismos de seguridad de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) a quien Israel acusa de organizar un cargamento de armas interceptado en enero en el Mar Rojo, y de Ahmed Saadat, dirigente del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) en Cisjordania, a quien se vincula con el asesinato del ministro israelí de Turismo, Rejavam Zeevi.

En represalia por la participación de Londres en la captura de su líder, el FPLP hizo estallar esta madrugada un explosivo a las puertas del Consejo Británico en Gaza, sin causar víctimas.

(El mundo)

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MISERICORDIA DEI

CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE «MOTU PROPRIO» SOBRE ALGUNOS ASPECTOS DE LA CELEBRACIÓN DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

Por la misericordia de Dios, Padre que reconcilia, el Verbo se encarnó en el vientre purísimo de la Santísima Virgen María para salvar «a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21) y abrirle «el camino de la salvación». San Juan Bautista confirma esta misión indicando a Jesús como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Toda la obra y predicación del Precursor es una llamada enérgica y ardiente a la penitencia y a la conversión, cuyo signo es el bautismo administrado en las aguas del Jordán. El mismo Jesús se somete a aquel rito penitencial (cf. Mt 3, 13-17), no porque haya pecado, sino porque «se deja contar entre los pecadores; es ya “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29); anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta». La salvación es, pues y ante todo, redención del pecado como impedimento para la amistad con Dios, y liberación del estado de esclavitud en la que se encuentra al hombre que ha cedido a la tentación del Maligno y ha perdido la libertad de los hijos de Dios (cf.Rm 8,21).

La misión confiada por Cristo a los Apóstoles es el anuncio del Reino de Dios y la predicación del Evangelio con vistas a la conversión (cf. Mc 16,15; Mt 28,18-20). La tarde del día mismo de su Resurrección, cuando es inminente el comienzo de la misión apostólica, Jesús da a los Apóstoles, por la fuerza del Espíritu Santo, el poder de reconciliar con Dios y con la Iglesia a los pecadores arrepentidos: «Recibid el Espíritu Santo.A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).

A lo largo de la historia y en la praxis constante de la Iglesia, el «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18), concedida mediante los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia, se ha sentido siempre como una tarea pastoral muy relevante, realizada por obediencia al mandato de Jesús como parte esencial del ministerio sacerdotal. La celebración del sacramento de la Penitencia ha tenido en el curso de los siglos un desarrollo que ha asumido diversas formas expresivas, conservando siempre, sin embargo, la misma estructura fundamental, que comprende necesariamente, además de la intervención del ministro – solamente un Obispo o un presbítero, que juzga y absuelve, atiende y cura en el nombre de Cristo –, los actos del penitente: la contrición, la confesión y la satisfacción.

En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he escrito: «Deseo pedir, además, una renovada valentía pastoral para que la pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera convincente y eficaz la práctica del Sacramento de la Reconciliación. Como se recordará, en 1984 intervine sobre este tema con la Exhortación postsinodal Reconciliatio et paenitentia, que recogía los frutos de la reflexión de una Asamblea general del Sínodo de los Obispos, dedicada a esta problemática. Entonces invitaba a esforzarse por todos los medios para afrontar la crisis del “sentido del pecado” [...]. Cuando el mencionado Sínodo afrontó el problema, era patente a todos la crisis del Sacramento, especialmente en algunas regiones del mundo. Los motivos que lo originan no se han desvanecido en este breve lapso de tiempo. Pero el Año jubilar, que se ha caracterizado particularmente por el recurso a la Penitencia sacramental nos ha ofrecido un mensaje alentador, que no se ha de desperdiciar: si muchos, entre ellos tantos jóvenes, se han acercado con fruto a este sacramento, probablemente es necesario que los Pastores tengan mayor confianza, creatividad y perseverancia en presentarlo y valorizarlo».

Con estas palabras pretendía y pretendo dar ánimos y, al mismo tiempo, dirigir una insistente invitación a mis hermanos Obispos – y, a través de ellos, a todos los presbíteros – a reforzar solícitamente el sacramento de la Reconciliación, incluso como exigencia de auténtica caridad y verdadera justicia pastoral, recordándoles que todo fiel, con las debidas disposiciones interiores, tiene derecho a recibir personalmente la gracia sacramental.

A fin de que el discernimiento sobre las disposiciones de los penitentes en orden a la absolución o no, y a la imposición de la penitencia oportuna por parte del ministro del Sacramento, hace falta que el fiel, además de la conciencia de los pecados cometidos, del dolor por ellos y de la voluntad de no recaer más, confiese sus pecados. En este sentido, el Concilio de Trento declaró que es necesario «de derecho divino confesar todos y cada uno de los pecados mortales». La Iglesia ha visto siempre un nexo esencial entre el juicio confiado a los sacerdotes en este Sacramento y la necesidad de que los penitentes manifiesten sus propios pecados, excepto en caso de imposibilidad. Por lo tanto, la confesión completa de los pecados graves, siendo por institución divina parte constitutiva del Sacramento, en modo alguno puede quedar confiada al libre juicio de los Pastores (dispensa, interpretación, costumbres locales, etc.). La Autoridad eclesiástica competente sólo especifica – en las relativas normas disciplinares – los criterios para distinguir la imposibilidad real de confesar los pecados, respecto a otras situaciones en las que la imposibilidad es únicamente aparente o, en todo caso, superable.

En las circunstancias pastorales actuales, atendiendo a las expresas preocupaciones de numerosos hermanos en el Episcopado, considero conveniente volver a recordar algunas leyes canónicas vigentes sobre la celebración de este sacramento, precisando algún aspecto del mismo, para favorecer – en espíritu de comunión con la responsabilidad propia de todo el Episcopado – su mejor administración. Se trata de hacer efectiva y de tutelar una celebración cada vez más fiel, y por tanto más fructífera, del don confiado a la Iglesia por el Señor Jesús después de la resurrección (cf. Jn 20,19-23). Todo esto resulta especialmente necesario, dado que en algunas regiones se observa la tendencia al abandono de la confesión personal, junto con el recurso abusivo a la «absolución general» o «colectiva», de tal modo que ésta no aparece como medio extraordinario en situaciones completamente excepcionales. Basándose en una ampliación arbitraria del requisito de la grave necesidad, se pierde de vista en la práctica la fidelidad a la configuración divina del Sacramento y, concretamente, la necesidad de la confesión individual, con daños graves para la vida espiritual de los fieles y la santidad de la Iglesia.

Así pues, tras haber oído el parecer de la Congregación para la Doctrina de la fe, la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos y el Consejo Pontificio para los Textos legislativos, además de las consideraciones de los venerables Hermanos Cardenales que presiden los Dicasterios de la Curia Romana, reiterando la doctrina católica sobre el sacramento de la Penitencia y la Reconciliación expuesta sintéticamente en el Catecismo de la Iglesia Católica, consciente de mi responsabilidad pastoral y con plena conciencia de la necesidad y eficacia siempre actual de este Sacramento, dispongo cuanto sigue:

1. Los Ordinarios han de recordar a todos los ministros del sacramento de la Penitencia que la ley universal de la Iglesia ha reiterado, en aplicación de la doctrina católica sobre este punto, que:

a) «La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia; sólo la imposibilidad física o moral excusa de esa confesión, en cuyo caso la reconciliación se puede conseguir también por otros medios».

b) Por tanto, «todos los que, por su oficio, tienen encomendada la cura de almas, están obligados a proveer que se oiga en confesión a los fieles que les están encomendados y que lo pidan razonablemente; y que se les dé la oportunidad de acercarse a la confesión individual, en días y horas determinadas que les resulten asequibles».

Además, todos los sacerdotes que tienen la facultad de administrar el sacramento de la Penitencia, muéstrense siempre y totalmente dispuestos a administrarlo cada vez que los fieles lo soliciten razonablemente. La falta de disponibilidad para acoger a las ovejas descarriadas, e incluso para ir en su búsqueda y poder devolverlas al redil, sería un signo doloroso de falta de sentido pastoral en quien, por la ordenación sacerdotal, tiene que llevar en sí la imagen del Buen Pastor.

2. Los Ordinarios del lugar, así como los párrocos y los rectores de iglesias y santuarios, deben verificar periódicamente que se den de hecho las máximas facilidades posibles para la confesión de los fieles. En particular, se recomienda la presencia visible de los confesores en los lugares de culto durante los horarios previstos, la adecuación de estos horarios a la situación real de los penitentes y la especial disponibilidad para confesar antes de las Misas y también, para atender a las necesidades de los fieles, durante la celebración de la Santa Misa, si hay otros sacerdotes disponibles.

3. Dado que «el fiel está obligado a confesar según su especie y número todos los pecados graves cometidos después del Bautismo y aún no perdonados por la potestad de las llaves de la Iglesia ni acusados en la confesión individual, de los cuales tenga conciencia después de un examen diligente», se reprueba cualquier uso que restrinja la confesión a una acusación genérica o limitada a sólo uno o más pecados considerados más significativos. Por otro lado, teniendo en cuenta la vocación de todos los fieles a la santidad, se les recomienda confesar también los pecados veniales.

4. La absolución a más de un penitente a la vez, sin confesión individual previa, prevista en el can. 961 del Código de Derecho Canónico, ha ser entendida y aplicada rectamente a la luz y en el contexto de las normas precedentemente enunciadas. En efecto, dicha absolución «tiene un carácter de excepcionalidad» y no puede impartirse «con carácter general a no ser que:

1º amenace un peligro de muerte, y el sacerdote o los sacerdotes no tengan tiempo para oír la confesión de cada penitente;

2º haya una grave necesidad, es decir, cuando, teniendo en cuenta el número de los penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente la confesión de cada uno dentro de un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa por su parte, se verían privados durante notable tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión; pero no se considera suficiente necesidad cuando no se puede disponer de confesores a causa sólo de una gran concurrencia de penitentes, como puede suceder en una gran fiesta o peregrinación».

Sobre el caso de grave necesidad, se precisa cuanto sigue:

a) Se trata de situaciones que, objetivamente, son excepcionales, como las que pueden producirse en territorios de misión o en comunidades de fieles aisladas, donde el sacerdote sólo puede pasar una o pocas veces al año, o cuando lo permitan las circunstancias bélicas, metereológicas u otras parecidas.

b) Las dos condiciones establecidas en el canon para que se dé la grave necesidad son inseparables, por lo que nunca es suficiente la sola imposibilidad de confesar «como conviene» a las personas dentro de «un tiempo razonable» debido a la escasez de sacerdotes; dicha imposibilidad ha de estar unida al hecho de que, de otro modo, los penitentes se verían privados por un «notable tiempo», sin culpa suya, de la gracia sacramental. Así pues, se debe tener presente el conjunto de las circunstancias de los penitentes y de la diócesis, por lo que se refiere a su organización pastoral y la posibilidad de acceso de los fieles al sacramento de la Penitencia.

c) La primera condición, la imposibilidad de «oír debidamente la confesión» «dentro de un tiempo razonable», hace referencia sólo al tiempo razonable requerido para administrar válida y dignamente el sacramento, sin que sea relevante a este respecto un coloquio pastoral más prolongado, que puede ser pospuesto a circunstancias más favorables. Este tiempo razonable y conveniente para oír las confesiones, dependerá de las posibilidades reales del confesor o confesores y de los penitentes mismos.

d) Sobre la segunda condición, se ha de valorar, según un juicio prudencial, cuánto deba ser el tiempo de privación de la gracia sacramental para que se verifique una verdadera imposibilidad según el can. 960, cuando no hay peligro inminente de muerte. Este juicio no es prudencial si altera el sentido de la imposibilidad física o moral, como ocurriría, por ejemplo, si se considerara que un tiempo inferior a un mes implicaría permanecer «un tiempo razonable» con dicha privación.

e) No es admisible crear, o permitir que se creen, situaciones de aparente grave necesidad, derivadas de la insuficiente administración ordinaria del Sacramento por no observar las normas antes recordadas y, menos aún, por la opción de los penitentes en favor de la absolución colectiva, como si se tratara de una posibilidad normal y equivalente a las dos formas ordinarias descritas en el Ritual.

f) Una gran concurrencia de penitentes no constituye, por sí sola, suficiente necesidad, no sólo en una fiesta solemne o peregrinación, y ni siquiera por turismo u otras razones parecidas, debidas a la creciente movilidad de las personas.

5. Juzgar si se dan las condiciones requeridas según el can. 961, § 1, 2º, no corresponde al confesor, sino al Obispo diocesano, «el cual, teniendo en cuenta los criterios acordados con los demás miembros de la Conferencia Episcopal, puede determinar los casos en que se verifica esa necesidad». Estos criterios pastorales deben ser expresión del deseo de buscar la plena fidelidad, en las circunstancias del respectivo territorio, a los criterios de fondo expuestos en la disciplina universal de la Iglesia, los cuales, por lo demás, se fundan en las exigencias que se derivan del sacramento mismo de la Penitencia en su divina institución.

6. Siendo de importancia fundamental, en una materia tan esencial para la vida de la Iglesia, la total armonía entre los diversos Episcopados del mundo, las Conferencias Episcopales, según lo dispuesto en el can. 455, §2 del C.I.C., enviarán cuanto antes a la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos el texto de las normas que piensan emanar o actualizar, a la luz del presente Motu proprio, sobre la aplicación del can. 961 del C.I.C. Esto favorecerá una mayor comunión entre los Obispos de toda la Iglesia, impulsando por doquier a los fieles a acercarse con provecho a las fuentes de la misericordia divina, siempre rebosantes en el sacramento de la Reconciliación.

Desde esta perspectiva de comunión será también oportuno que los Obispos diocesanos informen a las respectivas Conferencias Episcopales acerca de si se dan o no, en el ámbito de su jurisdicción, casos de grave necesidad.Será además deber de las Conferencias Episcopales informar a la mencionada Congregación acerca de la situación de hecho existente en su territorio y sobre los eventuales cambios que después se produzcan.

7. Por lo que se refiere a las disposiciones personales de los penitentes, se recuerda que:

a) «Para que un fiel reciba validamente la absolución sacramental dada a varios a la vez, se requiere no sólo que esté debidamente dispuesto, sino que se proponga a la vez hacer en su debido tiempo confesión individual de todos los pecados graves que en las presentes circunstancias no ha podido confesar de ese modo».

b) En la medida de lo posible, incluso en el caso de inminente peligro de muerte, se exhorte antes a los fieles «a que cada uno haga un acto de contrición».

c) Está claro que no pueden recibir validamente la absolución los penitentes que viven habitualmente en estado de pecado grave y no tienen intención de cambiar su situación.

8. Quedando a salvo la obligación de «confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año», «aquel a quien se le perdonan los pecados graves con una absolución general, debe acercarse a la confesión individual lo antes posible, en cuanto tenga ocasión, antes de recibir otra absolución general, de no interponerse una causa justa».

9. Sobre el lugar y la sede para la celebración del Sacramento, téngase presente que:

a) «El lugar propio para oír confesiones es una iglesia u oratorio», siendo claro que razones de orden pastoral pueden justificar la celebración del sacramento en lugares diversos;

b) las normas sobre la sede para la confesión son dadas por las respectivas Conferencias Episcopales, las cuales han de garantizar que esté situada en «lugar patente» y esté «provista de rejillas» de modo que puedan utilizarlas los fieles y los confesores mismos que lo deseen.

Todo lo que he establecido con la presente Carta apostólica en forma de Motu proprio, ordeno que tenga valor pleno y permanente, y se observe a partir de este día, sin que obste cualquier otra disposición en contra.Lo que he establecido con esta Carta tiene valor también, por su naturaleza, para las venerables Iglesias Orientales Católicas, en conformidad con los respectivos cánones de su propio Código.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 7 de abril, Domingo de la octava de Pascua o de la Divina Misericordia, en el año del Señor 2002, vigésimo cuarto de mi Pontificado.

JUAN PABLO II

(El Vaticano)

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El trabajo de la mujer: algo más que freír tocino

Según las estadísticas, de los 3,6 millones de mujeres estadounidenses que fueron madres por primera vez entre julio de 1997 y junio de 1998, el 59% volvieron a trabajar al cabo de un año.

Bien, pero ese “volver al trabajo” podría consistir en un par de mañanas en la biblioteca local, o una modesta colaboración en una tienda de comestibles, ¿verdad?

Sin embargo, según el censo, se trata más bien de una vuelta al trabajo con una jornada tipo de 40 horas, lejos por tanto del discreto puesto de bibliotecaria. El 36% de las mujeres regresaron al trabajo a tiempo completo, mientras que sólo el 17% optaron por la media jornada.

Pero no debemos engañarnos con esta información tan persuasiva. Si es cierto que más mujeres están reevaluando la importancia de su papel en casa, y al mismo tiempo vuelven al trabajo un año después de dar a luz, es porque los empresarios están atrayéndolas con horarios “family-friendly” y posibilidades de trabajar en casa, lo cual les permite una mayor disponibilidad para sus maridos e hijos.

La opción de volver a casa es cada vez más anhelada. Las mujeres se dan cuenta de que su trabajo en el hogar no es tan reemplazable como ellas pensaban. También comprueban que su papel como esposas y madres es mucho más gratificante y satisfactorio que el que desempeñan en su lugar de trabajo.

Debido al empeño de los empresarios por mantenerlas en sus puestos laborales, las mujeres continúan con su trabajo, pero a la vez desearían poder dedicar más tiempo a otras tareas, como las domésticas.

Esto es especialmente evidente entre las mujeres más jóvenes. Cansadas de competir con los hombres, ellas preferirían casarse con sus rivales, y despedirles en las mañanas con un beso desde la puerta. Lo prueba, por ejemplo, la revista Cosmopolitan, que a partir de una encuesta a 800 mujeres, concluye que casi 2 de cada 3 disfrutarían más las dulzuras domésticas que el éxito profesional.

Pero no son sólo las mujeres jóvenes las que encuentran en casa mayor felicidad y realización: entre los defensores del hogar se encuentran cada vez más ejecutivos-hombres. Alison Baird explica la nueva tendencia en el periódico Financial Times: “hoy se define un nuevo tipo social: se trata del cabeza de familia que se apoya en su cónyuge-ama de casa, que a la vez hace de manager y, sólo entonces, ganador de un sueldo suplementario”. Estas palabras podrían hacernos pensar en la concepción tradicional del matrimonio: la variante moderna está en que tanto el hombre como la mujer pueden llevar la batuta. La ventaja de esta unión es que ambos esposos, en vez de centrarse en sus carreras propias, unen trabajo y fuerzas en un solo futuro profesional. Esta fórmula permite más tiempo para estar juntos, más oportunidades para la vida familiar y más éxito.

El descubrimiento más sorprendente de todos, sin embargo, ha sido la constatación de que los niños necesitan realmente a sus madres. Hace unos meses, estadísticas de la Public Agenda publicaron que el 81% de los padres con niños menores de 5 años consideraban que su presencia es imprescindible para dar a los niños “el afecto y atención que necesitan.” Por otro lado, Sonya V. Chawla, de The Washington Times, reveló que “el 70% de los adultos piensan que el trabajo de ambos padres tiene un efecto negativo en la educación de los hijos.”

Después de someter a toda una generación de niños a los cuidados de la guardería, las madres se están convenciendo de que su papel en la casa no es algo que se pueda tomar y dejar según apetezca. La educación de los hijos es un trabajo a tiempo completo, y delegarlo en manos de otros, simplemente no funciona.

Otro descubrimiento de la Public Agenda, es que las mujeres consideran que dejar a sus hijos en manos de otros les hace vulnerables a los malos hábitos y modales, y les pone en peligro de sufrir abuso físico y sexual. En otras palabras: las madres piensan que incluso en la mejor de las guarderías, el niño no puede recibir el mismo amor y atención que ellas pueden darle.

Además, Rosanne Musgrave, directora de la escuela secundaria de Blackheath, Londres, declaró al diario Daily Telegraph que los hijos de padres con trabajo a tiempo completo se sienten «abandonados» y «solos». “Olvídense de los modales y de los abusos”, parece decir, “el gran problema es que estos niños están experimentando un ‘empobrecimiento’, que se cura con algo tan sencillo como que su madre los ponga en su lista de quehaceres diarios”.

Los resultados de la oficina de censos Bureau podría hacer pensar que cada vez más mujeres están dejando el hogar, pero la realidad es que cada vez son más las que responden a la urgencia de su presencia en casa. Sus niños las necesitan, y ellas necesitan cuidar de sus niños. Ningún otro éxito puede competir con eso, y todas las madres lo saben.

Karna Swanson

(Mujer nueva)

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QUIEN...

Quien se alimenta del odio, arroja fuego al propio corazón.

Quien sustenta el vicio, se encarcela en el.

Quien cultiva la ociosidad, forma nieve en torno de sí.

Quien se encoleriza, lanza piedras sobre sí mismo.

Quien no quiere soportar, es incapaz de servir.

Quien provoca situaciones difíciles, aumenta los obstáculos en que se halla.

Quien se precipita en juzgar, es siempre analizado deprisa.

Quien se especializa en la identificación del mal, difícilmente verá el bien.

Quien vive coleccionando lamentaciones, caminará bajo un lluvia de lagrimas.

(Valores)

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SANTORAL: San Anastasio, Doctor de la Iglesia
 
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 15, 7-21
 
Al cabo de una prolongada discusión, Pedro se levantó y dijo a los apóstoles y presbíteros:
«Hermanos, ustedes saben que Dios, desde los primeros días, me eligió entre todos ustedes para anunciar a los paganos la Palabra del Evangelio, a fin de que ellos abracen la fe. Y Dios, que conoce los corazones, dio testimonio en favor de ellos, enviándoles el Espíritu Santo, lo mismo que a nosotros. El no hizo ninguna distinción entre ellos y nosotros, y los purificó por medio de la fe.
¿Por qué ahora ustedes tientan a Dios, pretendiendo imponer a los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos soportar? Por el contrario, creemos que tanto ellos como nosotros somos salvados por la gracia del Señor Jesús.»
Después, toda la asamblea hizo silencio para oír a Bernabé y a Pablo, que comenzaron a relatar los signos y prodigios que Dios había realizado entre los paganos por intermedio de ellos.
Cuando dejaron de hablar, Santiago tomó la palabra, diciendo: «Hermanos, les ruego que me escuchen: Simón les ha expuesto cómo Dios dispuso desde el principio elegir entre las naciones paganas, un Pueblo consagrado a su Nombre. Con esto concuerdan las palabras de los profetas que dicen:
Después de esto, yo volveré y levantaré la choza derruida de David; restauraré sus ruinas y la reconstruiré, para que el resto de los hombres busque al Señor, lo mismo que todas las naciones que llevan mi Nombre. Así dice el Señor, que da a conocer estas cosas desde la eternidad.
Por eso considero que no se debe inquietar a los paganos que se convierten a Dios, sino que solamente se les debe escribir, pidiéndoles que se abstengan de lo que está contaminado por los ídolos, de las uniones ilegales, de la carne de animales muertos sin desangrar y de la sangre. Desde hace muchísimo tiempo, en efecto, Moisés tiene en cada ciudad sus predicadores que leen la Ley en la sinagoga todos los sábados.»
 
Palabra de Dios.
 

SALMO Sal 95, 1-2a. 2b-3. 10 (R.: cf. 3)
 
R. Anuncien las maravillas del Señor
 entre los pueblos.
 
 
 Canten al Señor un canto nuevo,
 cante al Señor toda la tierra;
 canten al Señor, bendigan su Nombre.  R.
 
 Día tras día, proclamen su victoria.
 Anuncien su gloria entre las naciones,
 y sus maravillas entre los pueblos.  R.
 
 Digan entre las naciones: «íel Señor reina!
 El mundo está firme y no vacilará.
 El Señor juzgará a los pueblos con rectitud.»  R.
 
 
X Lectura del santo Evangelio según san Juan 15, 9-11
 
 Jesús dijo a sus discípulos:
 «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.»
 
Palabra del Señor.
 
Reflexión 
  
La auténtica vida cristiana es mantenerse en el amor de Cristo, permanecer en él; ese amor se vive en la comunidad y se irradia al mundo.
Eso es lo que pide ahora Jesús a sus discípulos. Les pide que permanezcan en su amor.
Ese amor no es una simple teoría, sino la fidelidad a su palabra.
 
Deberíamos sentir vergüenza de que el Señor Jesús nos repitiera tan insistentemente que nos ama y nos pidiera que permanezcamos en su amor.
 
Jesús nos ama con el mismo amor con que ama el Padre.
Cristo nos ama hasta el exceso. Y Él quiere que nosotros le amemos, como Él nos ama.
 
Es impensable, que Dios nos ame tan sin límites y nosotros respondamos a ese amor infinito con un amor frío y mezquino.
 
Cuando realmente se ama, ese amor exige sacrificios; pero esos sacrificios, no nos son costosos porque amamos.
Eso es lo que nos pasa, humanamente hablando.
 
Y con Dios no es diferente.
Si amamos a Dios, no podremos no guardar sus mandatos. Pero no los guardaremos ...porque es obligación,... ni porque le tememos,... los guardaremos por amor a Él
 
Pero nos es difícil vivir este mandamiento del Señor, si el Padre no nos atrae fuertemente hacia su Hijo, y en Él aprendemos a amar.
El Espíritu Santo debe ser nuestro maestro en este arte de amar.
 
Ese Espíritu Santo que es Amor, nos va guiando al verdadero amor paternal, hasta que en nosotros haya una entrega total como la de Jesús.
 
Y como Jesús les había hablado a sus discípulos de su partida y ellos estaban tristes, el Señor les repite una vez más : ¨les he dicho esto para que mi gozo esté en ustedes y su gozo sea colmado¨.
 
Jesús va al Padre para esperar allí a todos sus discípulos y así unirse con ellos no ya de un modo provisorio sino definitivo.
 
Por eso nada ni nadie puede arrebatar al cristiano la alegría. Porque la alegría de un cristiano no se fundamenta en algo pasajero, en ¨seguridades¨, en ¨beneficios¨. La alegría de un cristiano está en la convicción de que ha sido elegido por Dios; en que su nombre está escrito en el Reino de Dios y en la seguridad que Dios nos ama; que Jesús nos ama y nos espera en su Reino.
 
Por eso hoy, vamos a pedirle al Señor, que a pesar de los problemas y de las angustias, propias de nuestra vida, nunca dejemos de ser fieles al amor que Dios nos tiene respondiendo con nuestra vida y con nuestras obras a ese amor. Y que siempre reflejemos en nuestros rostros, la sonrisa que Dios permanentemente nos dirige a cada uno de nosotros, porque nos ama.
Si vivimos, vivimos para Dios;
si morimos, morimos para Dios;
en la vida y en la muerte,
somos de Dios.
 
Nuestras vidas son del Señor,
en sus manos descansarán;
el que cree y vive en él
no morirá.
 
Con Cristo viviré,
con Cristo moriré;
llevando en el cuerpo
la muerte del Señor;
llevando en el alma
la vida del Señor.
 
Si vivimos, vivimos para Dios;
si morimos, morimos para Dios;
en la vida y en la muerte,
somos de Dios. Amén.
 
Himno de la Liturgia de las Horas

SANTORAL:  San Anastasio, Doctor de la Iglesia

San Atanasio nació en el año 295 en Alejandría (Egipto).

En su juventud estudió teología y derecho. Al finalizar sus estudios decidió llevar una vida solitaria a un lugar desértico, allí conoció a los ermitaños del desierto.

Pasado un tiempo regresó a la ciudad, ya totalmente decidido a dedicarle su vida a Dios.

Atanasio se destacó en el concilio de Nicea, defendiendo la verdad católica contra las herejías arrianas.

Al morir san Alejandro, fue designado obispo de Alejandría. En este cargo fue perseguido por los seguidores de Arrio quienes trataron de echarlo no solamente de Alejandría sino también de Oriente.

Debido a que se negó a recibir nuevamente a Arrio, fue desterrado a Tréveris por el emperador Constantino en el año 336.

Allí permaneció hasta la muerte del emperador en el 338, año en el cual pudo regresar a Alejandría. Sin embargo fue desterrado nuevamente por en el 342 por luchar contra los herejes. Esta vez su destino fue Roma.

En esta ciudad estuvo ocho años, al final de los cuales quiso regresar a su ciudad natal, pero no logró debido a la persecución de sus enemigos y debió ocultarse en el desierto durante 6 años.

Atanasio sería desterrado dos veces más.

Recién en el año 362 logró volver a tomar su cargo. San Atanasio es un modelo para todos los cristianos de fortaleza. Falleció el 2 de mayo de 373

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