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25 de abril de 2005 |
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La incertidumbre del referéndum en Francia siembra la inquietud sobre el futuro de la Unión
La tesis británica de abandonar toda esperanza de aprobar la Constitución en caso de un «no» francés ha sido muy mal recibida por la presidencia luxemburguesa
ENRIQUE SERBETO.
BRUSELAS.Los ministros de Asuntos Exteriores de la UE se reúnen hoy y mañana en Luxemburgo en un consejo en el que tienen previsto analizar por segunda vez el proceso de ratificación del Tratado constitucional. Normalmente no sería más que un trámite para contabilizar el número de países que lo han aprobado y el de los que faltan por hacerlo. Sólo que, en este caso, las encuestas que pronostican la victoria del «no» en Francia han logrado sembrar la inquietud en la UE y ya se escuchan voces que dicen que el más ambicioso proyecto legislativo de los ideales europeos podría acabar en el archivo de utopías.
En este Consejo de Relaciones Exteriores está previsto que Bulgaria y Rumanía firmen sus tratados de adhesión para que su ingreso se haga efectivo en enero de 2007, pero será una firma sometida también al albur del resultado incierto del referéndum francés, que a estas alturas está en la cuerda floja. A primeros de año, los sondeos cifraban en un 60 por ciento a los franceses que aprobarían la Constitución europea, pero desde finales de marzo, los partidarios del «no» se han puesto sólidamente en cabeza y aunque haya diferencias que van desde el 52 al 58 por ciento, todos señalan invariablemente una victoria de los contrarios al texto constitucional. Después de este consejo, los ministros de Exteriores se reunirán una semana antes del referéndum del 29 de mayo.
Los peores augurios
Tal como están las cosas, ya han aparecido partidarios de estudiar las alternativas para el caso de que se cumplan los peores augurios. Empezando por los británicos, que toman el relevo de Luxemburgo en la presidencia de turno, y que según fuentes diplomáticas que cita la Prensa de este país habrían propuesto discretamente que, si los franceses rechazan la Constitución, se abandone directamente el proyecto. El primer ministro de Luxemburgo, Jean Claude Juncker, es de la opinión contraria, y a día de hoy lo único que tiene claro es que sea lo que sea lo que digan los franceses, el día 30 de mayo emitirá un comunicado en el que llamará a continuar con el proceso de ratificación.
Para el eurodiputado popular Íñigo Méndez de Vigo, uno de los más relevantes autores del Tratado, los ministros deberían, en efecto, estudiar la situación en Francia, pero «para asumir su responsabilidad con el destino de un texto que todos ellos aprobaron en la Conferencia Intergubernamental. Lo que espero que no se les ocurra es transmitir en ningún caso la impresión de que pueden tener un «plan B» en la cartera». Méndez de Vigo cree que «aún queda tiempo para que el «sí» se ponga en cabeza, siempre que los partidarios de la Constitución se pongan a ello».
El socialista Carlos Carnero, que también participó en la Convención, cree que la opinión de los franceses aún no se ve reflejada en las encuestas. «Es una suerte de espejismo porque en los sondeos no se manifiesta la mitad de los votantes. Hay que esperar la campaña oficial», que aún no ha comenzado y que podría cambiar la tendencia. Aunque no quiere ni evocar la posibilidad de un resultado negativo, «si hubiera un «no», habría que continuar con el proceso y eso es lo que deberían decir claramente los dirigentes políticos a los ciudadanos franceses, porque a estas alturas la renegociación del Tratado es sencillamente imposible». Otra cosa es pensar que, si los franceses dicen «no», se podría encadenar un efecto similar en las consultas que se celebrarán después, empezando por la holandesa.
Para Méndez de Vigo, que recuerda continuamente un ambiente similar en vísperas del referéndum sobre el Tratado de Niza, las sugerencias británicas de renunciar a aprobar el nuevo Tratado si es rechazado en Francia «son un tremendo error» que sólo se explica en las circunstancias electorales en las que tienen que navegar los laboristas de Blair. En caso de fracaso en Francia «el proceso va a continuar y debe continuar sin duda alguna. Históricamente ha sido así». Además, «fueron los Gobiernos los que establecieron que, si se han pronunciado a favor cuatro quintos de los países, decidirán en noviembre de 2006 qué pasa con los demás que no lo hubieran hecho».
Localizan cerca del polo norte de la Luna el mejor lugar para establecer una base humana
MADRIDUn equipo de investigadores de la NASA ha identificado el que puede ser mejor sitio para instalar la futura base lunar. El lugar escogido para el ‘alunizaje permanente’ está muy cera del polo norte, en el borde del cráter Peary. Un lugar ‘agradable’ la luz solar llega prácticamente todos los días y la temperatura es de unos 50 grados bajo cero.
El emplazamiento elegido, de momento, para establecer la colonia humana en la Luna lo ha localizado Ben Bussey, de la Universidad John Hopkins,. El análisis de la zona, que se ha publicado en la revista Nature, está basado en 53 imágenes tomadas por el satélite Clementine, que sobrevoló el satélite durante 71 días en 1994.
La idea de construir una base en la Luna la comparten no sólo las diferentes agencias espaciales del mundo, sino el mismo presidente estadounidense George Bush, que hace dos años anunció que EEUU haría lo imposible por "mantener una colonia permanente" en el satélite más cercano a la Tierra, que podría servir de punto intermedio para los viajes tripulados a planetas más lejanos, como Marte.
Para poder plantearse establecer colonias permanentes, los científicos deben buscar un lugar donde las temperaturas no fluctúen demasiado entre extremadamente gélidas y algo más calurosas, y donde además puedan utilizar la luz del Sol para los paneles solares que darán energía al complejo. Y también será imprescindible que en el fondo del cráter encuentren agua congelada, como prevén los científicos que haya, que puedan filtrar y calentar para reciclarla e incluso beberla.
Agua helada
Además, los planes adelantados por Bush de llevar misiones tripuladas a Marte cuentan con utilizar hidrógeno para propulsar las naves, que en la Luna se podría obtener del agua helada.
Al contrario que la Tierra, cuya inclinación de su eje hace posibles las estaciones y los cambios climáticos que éstas conllevan, la Luna tiene un eje de rotación casi completamente vertical. Mientras que en nuestro planeta en verano el Polo Sur recibe constantemente la luz del sol y en invierno el Antártico está sumido en la práctica oscuridad, en la Luna los teóricos sospechan que hay puntos, de cierta elevación, que pueden recibir la luz del sol en todo momento.
Además, el hecho de que la Luna no tenga atmósfera implica que los cambios de temperatura entre el día y la noche son brutales, y se registran unos 100º de día y unos -180º de noche en las zonas cercanas al Ecuador, aunque los más recientes estudios de la NASA indican que las temperaturas no deberían ser inferiores a los -50º en la zona donde se podría construir la base terrícola.
Reconocimiento sobre el terreno
Los científicos han elaborado un mapa de iluminación de las regiones polares de la Luna, aunque el mapa no estará completamente terminado hasta que el satélite SMART-1 de la Agencia Espacial Europea, envíe más información sobre la zona. Además, en 2008 la NASA tiene previsto enviar una misión robótica de reconocimiento del lugar que determinará el mejor para el ‘alunizaje permanente’.
Para ayudarles, la India ha anunciado que su primera misión a la Luna, prevista para el año 2007, enviará un radar hecho por cinéticos de la agencia estadounidense capaz de detectar los lugares donde existe hielo en el subsuelo.
Crearán museo e instituto sobre vida y enseñanza de JP II en Varsovia
MADRID, 23 Abr. 05Con el objetivo de rendir un homenaje póstumo al Papa Juan Pablo II, la ciudad de Varsovia construirá un museo y un instituto de reflexión sobre la vida y las enseñanzas del difunto Papa polaco. Así lo dio a conocer este sábado el alcalde de la capital de Polonia, Lech Kaczynski, al diario Gazeta Wyborcza.
Según el burgomaestre, el Ayuntamiento quiere reconstruir y acondicionar con tal propósito el Palacio de Saski, un edificio destruido por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.
Al inicio de su pontificado, el difunto Pontífice presidió una Misa en aquel palacio, ubicado en el barrio de Pilsudski. Se calcula que más de un millón de polacos desafiaron entonces al gobierno comunista para ver al Papa.
"El reconstruido Palacio Saski será un edificio de gran prestigio", dijo Kaczynski. “Será un lugar ideal para el Instituto de Reflexión" sobre Juan Pablo II, añadió.
Gobierno de EEUU se opone a que OMS difunda píldoras abortivas
LONDRES, 23 Abr. 05El diario británico The Observer publicó un reportaje sobre la oposición del gobierno estadounidense a los esfuerzos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) por promover las píldoras abortivas en los países donde el aborto no es legal.
The Observer informó que la OMS quiere incluir en su “lista de fármacos esenciales” –actualizada cada dos años y que sirven de referencia para médicos en todo el mundo– dos poderosas sustancias abortivas como mifepristone y misoprostol, que causan la muerte de concebidos con varias semanas de gestación.
El diario británico señaló que el Departamento de Salud estadounidense ha estado haciendo cabildeo ante la dirección general de la OMS para bloquear la aprobación de esas píldoras, en sintonía con la política de defensa de la vida emprendida por el mandatario George W. Bush.
Homilía de Benedicto XVI en la misa de inicio oficial de su pontificado
«¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo»
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 24 abril 2005Publicamos la homilía pronunciada por el Papa Benedicto XVI este domingo en la misa que celebró con motivo del inicio oficial de su ministerio como obispo de Roma, en la plaza de San Pedro del Vaticano.
* * *
Señor cardenales,
venerables hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
distinguidas autoridades y miembros del Cuerpo diplomático,
queridos hermanos y hermanas:
Por tres veces nos ha acompañado en estos días tan intensos el canto de las letanías de los santos: durante los funerales de nuestro Santo Padre Juan Pablo II; con ocasión de la entrada de los cardenales en cónclave, y también hoy, cuando las hemos cantado de nuevo con la invocación: «Tu illum adiuva», asiste al nuevo sucesor de San Pedro. He oído este canto orante cada vez de un modo completamente singular, como un gran consuelo. ¡Cómo nos hemos sentido abandonados tras el fallecimiento de Juan Pablo II! El Papa que durante 26 años ha sido nuestro pastor y guía en el camino a través de nuestros tiempos. Él cruzó el umbral hacia la otra vida, entrando en el misterio de Dios. Pero no dio este paso en solitario. Quien cree, nunca está solo; no lo está en la vida ni tampoco en la muerte. En aquellos momentos hemos podido invocar a los santos de todos los siglos, sus amigos, sus hermanos en la fe, sabiendo que serían el cortejo viviente que lo acompañaría en el más allá, hasta la gloria de Dios. Nosotros sabíamos que allí se esperaba su llegada. Ahora sabemos que él está entre los suyos y se encuentra realmente en su casa. Hemos sido consolados de nuevo realizando la solemne entrada en cónclave para elegir al que Dios había escogido. ¿Cómo podíamos reconocer su nombre? ¿Cómo 115 Obispos, procedentes de todas las culturas y países, podían encontrar a quien Dios quería otorgar la misión de atar y desatar? Una vez más, lo sabíamos; sabíamos que no estamos solos, que estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios. Y ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana. ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré capaz de llevarlo a cabo? Todos vosotros, queridos amigos, acabáis de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En efecto, a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todo nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes a sí mismo. Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días. Precisamente en los tristes días de la enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente. En el dolor que aparecía en el rostro del Santo Padre en los días de Pascua, hemos contemplado el misterio de la pasión de Cristo y tocado al mismo tiempo sus heridas. Pero en todos estos días también hemos podido tocar, en un sentido profundo, al Resucitado. Hemos podido experimentar la alegría que él ha prometido, después de un breve tiempo de oscuridad, como fruto de su resurrección.
La Iglesia está viva: de este modo os saludo con gran gozo y gratitud a todos vosotros que estáis aquí reunidos, venerables hermanos cardenales y obispos, queridos sacerdotes, diáconos, agentes de pastoral y catequistas. Os saludo a vosotros, religiosos y religiosas, testigos de la presencia transfigurante de Dios. Os saludo a vosotros, fieles laicos, inmersos en el gran campo de la construcción del Reino de Dios que se expande en el mundo, en cualquier manifestación de la vida. El saludo se llena de afecto al dirigirlo también a todos los que, renacidos en el sacramento del Bautismo, aún no están en plena comunión con nosotros; y a vosotros, hermanos del pueblo hebreo, al que estamos estrechamente unidos por un gran patrimonio espiritual común, que hunde sus raíces en las irrevocables promesas de Dios. Pienso, en fin --casi como una onda que se expande-- en todos los hombres de nuestro tiempo, creyente y no creyentes.
¡Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un programa de gobierno. Algún rasgo de lo que considero mi tarea, lo he podido exponer ya en mi mensaje del miércoles, 20 de abril; no faltarán otras ocasiones para hacerlo. Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia. En lugar de exponer un programa, desearía más bien intentar comentar simplemente los dos signos con los que se representa litúrgicamente el inicio del Ministerio Petrino; ambos signos reflejan también exactamente lo que se ha proclamado en las lecturas de hoy.
El primer signo es el palio, tejido de lana pura, que se me pone sobre los hombros. Este signo antiquísimo, que los obispos de Roma llevan desde el siglo IV, puede ser considerado como una imagen del yugo de Cristo, que el obispo de esta ciudad, el siervo de los siervos de Dios, toma sobre sus hombros. El yugo de Dios es la voluntad de Dios que nosotros acogemos. Y esta voluntad no es un peso exterior, que nos oprime y nos priva de la libertad. Conocer lo que Dios quiere, conocer cuál es el camino de la vida, era la alegría de Israel, su gran privilegio. Ésta es también nuestra alegría: la voluntad de Dios, en vez de alejarnos de nuestra propia identidad, nos purifica --quizás a veces de manera dolorosa-- y nos hace volver de este modo a nosotros mismos. Y así, no servimos solamente Él, sino también a la salvación de todo el mundo, de toda la historia. En realidad, el simbolismo del Palio es más concreto aún: la lana de cordero representa la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida. La parábola de la oveja perdida, que el pastor busca en el desierto, fue para los Padres de la Iglesia una imagen del misterio de Cristo y de la Iglesia. La humanidad --todos nosotros-- es la oveja descarriada en el desierto que ya no puede encontrar la senda. El Hijo de Dios no consiente que ocurra esto; no puede abandonar la humanidad a una situación tan miserable. Se alza en pie, abandona la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La pone sobre sus hombros, carga con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. El Palio indica en primer lugar que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al mismo tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros. Se convierte así en el símbolo de la misión del pastor del que hablan la segunda lectura y el Evangelio de hoy. La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción. La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquél que nos da la vida, y la vida en plenitud. El símbolo del cordero tiene todavía otro aspecto. Era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a sí mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor podía disponer a su agrado. Por el contrario, el pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: «Yo soy el buen pastor [...]. Yo doy mi vida por las ovejas», dice Jesús de sí mismo (Juan 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.
Una de las características fundamentales del pastor debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama Cristo, a cuyo servicio está. «Apacienta mis ovejas», dice Cristo a Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros.
El segundo signo con el cual la liturgia de hoy representa el comienzo del Ministerio Petrino es la entrega del anillo del pescador. La llamada de Pedro a ser pastor, que hemos oído en el Evangelio, viene después de la narración de una pesca abundante; después de una noche en la que echaron las redes sin éxito, los discípulos vieron en la orilla al Señor resucitado. Él les manda volver a pescar otra vez, y he aquí que la red se llena tanto que no tenían fuerzas para sacarla; había 153 peces grandes y, «aunque eran tantos, no se rompió la red» (Juan 21, 11). Este relato al final del camino terrenal de Jesús con sus discípulos, se corresponde con uno del principio: tampoco entonces los discípulos habían pescado nada durante toda la noche; también entonces Jesús invitó a Simón a remar mar adentro. Y Simón, que todavía no se llamaba Pedro, dio aquella admirable respuesta: «Maestro, por tu palabra echaré las redes». Se le confió entonces la misión: «No temas, desde ahora serás pescador de hombres» (Lucas 5, 1.11). También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.
Quisiera ahora destacar todavía una cosa: tanto en la imagen del pastor como en la del pescador, emerge de manera muy explícita la llamada a la unidad. «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor» (Juan 10, 16), dice Jesús al final del discurso del buen pastor. Y el relato de los 153 peces grandes termina con la gozosa constatación: «Y aunque eran tantos, no se rompió la red» (Juan 21, 11). ¡Ay de mí, Señor amado! ahora la red se ha roto, quisiéramos decir doloridos. Pero no, ¡no debemos estar tristes! Alegrémonos por tu promesa que no defrauda y hagamos todo lo posible para recorrer el camino hacia la unidad que tú has prometido. Hagamos memoria de ella en la oración al Señor, como mendigos; sí, Señor, acuérdate de lo que prometiste. ¡Haz que seamos un solo pastor y una sola grey! ¡No permitas que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores de la unidad!
En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro. Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de entonces: «¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la libertad a la fe. Sí, él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa. Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo – si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él –, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada --absolutamente nada-- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén.
Discurso del Papa Benedicto XVI a los comunicadores
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 24 abril 2005Publicamos el discurso que pronunció este sábado el Papa Benedicto XVI al recibir en audiencia a unos 5.000 representantes de los medios de comunicación en la Sala Pablo VI del Vaticano.
* * *
[En italiano]
¡Ilustres señores, gentiles señoras!
1. Me encuentro con vosotros con mucho gusto y os saludo periodistas, fotógrafos, operadores televisivos y a cuantos, de diferentes maneras, pertenecéis al mundo de la comunicación. Gracias por vuestra visita y particularmente por el servicio que habéis ofrecido en estos días a la Santa Sede y a la Iglesia católica. Dirijo un cordial saludo a monseñor John Patrick Foley, presidente del Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales, y le doy las gracias por las palabras que me ha dirigido en nombre de los presentes.
Se puede decir que, gracias a vuestro trabajo, durante varias semanas, la atención de todo el mundo ha permanecido fija sobre la basílica, la plaza de San Pedro y el Palacio Apostólico, en el que mi predecesor, el inolvidable Papa Juan Pablo II cerró serenamente su existencia terrena, y donde, a continuación, en la Capilla Sextina, los señores cardenales me eligieron como su sucesor.
[En inglés]
2. Gracias a todos vosotros, estos acontecimientos eclesiales de importancia histórica han tenido también una cobertura mundial. Sé muy bien cuánto esfuerzo ha supuesto para vosotros, obligados a estar lejos de vuestra familia y de vuestros hogares, trabajando con horarios prolongados y en condiciones a veces difíciles. Soy consciente de la competencia y la dedicación con que habéis llevado a cabo esta exigente tarea. Quiero daros las gracias por todo personalmente y, en especial, en nombre de los católicos que viviendo en países muy distantes de Roma, han podido compartir estos momentos emocionantes de fe en tiempo real. ¡Las posibilidades que nos ofrecen los modernos medios de comunicación son realmente maravillosas y extraordinarias!
El Concilio Vaticano II habló de las grandes potencialidades de los medios de comunicación. De hecho, los padres conciliares dedicaron su primer documento a este tema y dijeron que los medios de comunicación «por su naturaleza, pueden llegar no sólo a los individuos, sino también a las multitudes y a toda la sociedad humana» («Inter mirifica», 1). Desde el 4 de diciembre de 1963, cuando el decreto «Inter mirifica» fue promulgado, la humanidad ha sido testigo de una extraordinaria revolución mediática, que afecta a cada uno de los aspectos de las vida humana.
[En francés]
3. Consciente de su misión y de la importancia de los medios de comunicación, la Iglesia ha promovido la colaboración con el mundo de la comunicación social, especialmente a partir del Concilio Vaticano II. Sin duda, el Papa Juan Pablo II ha sido un gran artífice de este diálogo abierto y sincero, manteniendo durante más de 26 años de pontificado relaciones constantes y fecundas con vosotros, que estáis comprometidos en las comunicaciones sociales. Quiso dirigir uno de sus últimos documentos a los responsables de las comunicaciones sociales, la carta apostólica del 24 de enero en la que recuerda que vivimos en la «época de comunicación global, en la que muchos momentos de la existencia humana se articulan a través de procesos mediáticos, o por lo menos, con ellos se deben confrontar» («El rápido desarrollo», n. 3).
Deseo continuar este diálogo fecundo y comparto lo que decía el Papa Juan Pablo II sobre el hecho de que el «fenómeno actual de las comunicaciones sociales estimula a la Iglesia hacia una especie de revisión pastoral y cultural que le haga capaz de afrontar, de manera adecuada, el cambio de época que estamos viviendo» (ibídem, n. 8).
[En alemán]
4. Para que los medios de comunicación social puedan ofrecer un servicio positivo al bien común, es necesario la aportación responsable de todos y de cada uno. Es necesaria una comprensión cada vez mayor de las perspectivas y de las responsabilidades que comporta su desarrollo ante las repercusiones que tienen para la conciencia y la mentalidad de los individuos, así como para la formación de la opinión pública. No se puede dejar de resaltar la necesidad de referirse claramente a la responsabilidad ética de los que trabajan en ese sector, especialmente en lo que respecta a la búsqueda sincera de la verdad y la salvaguardia de la centralidad y de la dignidad de la persona. Sólo con estas condiciones los medios de comunicación pueden responder al designio de Dios que les ha puesto a nuestra disposición «para descubrir, usar, dar a conocer la verdad, incluso la verdad sobre nuestra dignidad y nuestro destino de hijos suyos, herederos del Reino eterno» (ibídem, 14).
[En italiano]
5. Ilustres señores, gentiles señoras: os doy de nuevo las gracias por el importante servicio que ofrecéis a la sociedad. Que llegue a cada uno mi cordial aprecio, asegurando un recuerdo en mi oración por todas vuestras intenciones. Extiendo mi saludo a vuestras familias y a quienes forman parte de vuestras comunidades de trabajo. Por intercesión de la celestial Madre de Dios, invoco abundantes dones de Dios para cada uno de vosotros, en prenda de los cuales os imparto a todos bendición.
Doce fieles como pueblo de Dios en lugar de 150 cardenales
El simbólico rito de la «obediencia» al nuevo Papa, en que todos los cardenales pasaban a arrodillarse y besar su anillo, fue protagonizado ayer por doce personas en representación de la comunidad de los fieles, una innovación litúrgica con sabor a los primeros tiempos del cristianismo.
Junto con tres cardenales -incluido el chileno Medina Estévez- y un obispo, se acercaron a besar el anillo del Pescador un párroco europeo, un diácono africano, un carmelita español, y una religiosa benedictina. A continuación lo besaron dos esposos coreanos, una chica de Sri Lanka y un muchacho de la República Democrática del Congo. Representaban los cinco continentes y todas las situaciones del pueblo de Dios.
Fue una lástima que la coincidencia con la Pesach judía y el Domingo de Ramos ortodoxo impidiesen venir al rabino de Roma y al Patriarca Ecuménico de Constantinopla. En cambio asistió, por primera vez, un jefe de la Iglesia Anglicana,Rowan Williams.
«La Iglesia está viva y es joven»
«Por tres veces nos ha acompañado en estos días tan intensos el canto de las letanías de los santos: durante los funerales de nuestro Santo Padre Juan Pablo II; con ocasión de la entrada de los Cardenales en Cónclave, y también hoy, cuando las hemos cantado de nuevo con la invocación: «Tu illum adiuva», asiste al nuevo sucesor de San Pedro. He oído este canto orante cada vez de un modo completamente singular, como un gran consuelo. ¡Cómo nos hemos sentido abandonados tras el fallecimiento de Juan Pablo II! El Papa que durante 26 años ha sido nuestro pastor y guía en el camino a través de nuestros tiempos. Él cruzó el umbral hacia la otra vida, entrando en el misterio de Dios. Pero no dio este paso en solitario. Quien cree, nunca está solo; no lo está en la vida ni tampoco en la muerte. En aquellos momentos hemos podido invocar a los santos de todos los siglos, sus amigos, sus hermanos en la fe, sabiendo que serían el cortejo viviente que lo acompañaría en el más allá, hasta la gloria de Dios. Nosotros sabíamos que allí se esperaba su llegada. Ahora sabemos que él está entre los suyos y se encuentra realmente en su casa. Hemos sido consolados de nuevo realizando la solemne entrada en cónclave para elegir al que el Dios había escogido. ¿Cómo podíamos reconocer su nombre? ¿Cómo 115 Obispos, procedentes de todas las culturas y países, podían encontrar a quien Dios quería otorgar la misión de atar y desatar? Una vez más, lo sabíamos; sabíamos que no estamos solos, que estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios. Y ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana. ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré capaz de llevarlo a cabo? Todos vosotros, queridos amigos, acabáis de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En efecto, a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todos nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes a sí mismo. Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días. Precisamente en los tristes días de la enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente. En el dolor que aparecía en el rostro del Santo Padre en los días de Pascua, hemos contemplado el misterio de la pasión de Cristo y tocado al mismo tiempo sus heridas. Pero en todos estos días también hemos podido tocar, en un sentido profundo, al Resucitado. Hemos podido experimentar la alegría que él ha prometido, después de un breve tiempo de oscuridad, como fruto de su resurrección.
La Iglesia está viva: de este modo saludo con gran gozo y gratitud a todos vosotros que estáis aquí reunidos, venerables Hermanos Cardenales y Obispos, queridos sacerdotes, diáconos, agentes de pastoral y catequistas. Os saludo a vosotros, religiosos y religiosas, testigos de la presencia transfigurante de Dios. Os saludo a vosotros, fieles laicos, inmersos en el gran campo de la construcción del Reino de Dios que se expande en el mundo, en cualquier manifestación de la vida. El saludo se llena de afecto al dirigirlo también a todos los que, renacidos en el sacramento del Bautismo, aún no están en plena comunión con nosotros; y a vosotros, hermanos del pueblo hebreo, al que estamos estrechamente unidos por un gran patrimonio espiritual común, que hunde sus raíces en las irrevocables promesas de Dios. Pienso, en fin -casi como una onda que se expande- en todos los hombres de nuestro tiempo, creyentes y no creyentes.
¡Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un programa de gobierno. Algún rasgo de lo que considero mi tarea, la he podido exponer ya en mi mensaje del miércoles, 20 de abril; no faltarán otras ocasiones para hacerlo. Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia. En lugar de exponer un programa, desearía más bien intentar comentar simplemente los dos signos con los que se representa litúrgicamente el inicio del Ministerio Petrino; por lo demás, ambos signos reflejan también exactamente lo que se ha proclamado en las lecturas de hoy.
El primer signo es el palio, tejido de lana pura, que se me pone sobre los hombros. Este signo antiquísimo, que los Obispos de Roma llevan desde el siglo IV, puede ser considerado como una imagen del yugo de Cristo, que el Obispo de esta ciudad, el Siervo de los Siervos de Dios, toma sobre sus hombros. El yugo de Dios es la voluntad de Dios que nosotros acogemos. Y esta voluntad no es un peso exterior, que nos oprime y nos priva de la libertad. Conocer lo que Dios quiere, conocer cuál es la vía de la vida, era la alegría de Israel, su gran privilegio. Ésta es también nuestra alegría: la voluntad de Dios, en vez de alejarnos de nuestra propia identidad, nos purifica -quizás a veces de manera dolorosa- y nos hace volver de este modo a nosotros mismos. Y así, no servimos solamente a Él, sino también a la salvación de todo el mundo, de toda la historia.
En realidad, el simbolismo del Palio es más concreto aún: la lana de cordero representa la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida. La parábola de la oveja perdida, que el pastor busca en el desierto, fue para los Padres de la Iglesia una imagen del misterio de Cristo y de la Iglesia. La humanidad -todos nosotros- es la oveja descarriada en el desierto que ya no puede encontrar la senda. El Hijo de Dios no consiente que ocurra esto; no puede abandonar la humanidad a una situación tan miserable. Se alza en pie, abandona la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La pone sobre sus hombros, carga con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. El Palio indica primeramente que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al mismo tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros. Se convierte así en el símbolo de la misión del pastor del que hablan la segunda lectura y el Evangelio de hoy. La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción. La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud. El símbolo del cordero tiene todavía otro aspecto. Era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a sí mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor podía disponer a su agrado. Por el contrario, el pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: «Yo soy el buen pastor . Yo doy mi vida por las ovejas», dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.
Una de las características fundamentales del pastor debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama Cristo, a cuyo servicio está. «Apacienta mis ovejas», dice Cristo a Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros.
El segundo signo con el cual la liturgia de hoy representa el comienzo del Ministerio Petrino es la entrega del anillo del pescador. La llamada de Pedro a ser pastor, que hemos oído en el Evangelio, viene después de la narración de una pesca abundante; después de una noche en la que echaron las redes sin éxito, los discípulos vieron en la orilla al Señor resucitado. Él les manda volver a pescar otra vez, y he aquí que la red se llena tanto que no tenían fuerzas para sacarla; había 153 peces grandes y, «aunque eran tantos, no se rompió la red» (Jn 21, 11). Este relato al final del camino terrenal de Jesús con sus discípulos, se corresponde con uno del principio: tampoco entonces los discípulos habían pescado nada durante toda la noche; también entonces Jesús invitó a Simón a remar mar adentro. Y Simón, que todavía no se llamaba Pedro, dio aquella admirable respuesta: «Maestro, por tu palabra echaré las redes». Se le confió entonces la misión: «No temas, desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5, 1.11). También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.
Quisiera ahora destacar todavía una cosa: tanto en la imagen del pastor como en la del pescador, emerge de manera muy explícita la llamada a la unidad. «Tengo , además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor» (Jn 10, 16), dice Jesús al final del discurso del buen pastor. Y el relato de los 153 peces grandes termina con la gozosa constatación: «Y aunque eran tantos, no se rompió la red» (Jn 21, 11). ¡Ay de mí, Señor amado! ahora la red se ha roto, quisiéramos decir doloridos. Pero no, ¡no debemos estar tristes! Alegrémonos por tu promesa que no defrauda y hagamos todo lo posible para recorrer el camino hacia la unidad que tú has prometido. Hagamos memoria de ella en la oración al Señor, como mendigos; sí, Señor, acuérdate de lo que prometiste. ¡Haz que seamos un solo pastor y una sola grey! ¡No permitas que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores de la unidad!
En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro. Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de entonces: «¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!» El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la libertad a la fe. Sí, él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa.
Ademásº, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo -si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él-, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén».
No estamos solos
Un ajedrez de banderas blanquicelestes se confunde con la mañana, que se ha despertado clara y limpia. Sus portadores visten el traje tradicional bávaro, que huele a bosques umbríos, tapizados de musgo y hojarasca; son hombres de una alegría rechoncha y bonancible, mujeres de mejillas sonrojadotas a quienes el sol romano transmite una tibieza de pajar donde germina el heno. Tienen unos ojillos del color de la cerveza, y se ríen con una risa que parece nacerles en las tripas y les trepa en estampida hasta la garganta, para después desparramarse como una gaseosa que hace saltar el tapón. Algunos ensayan un baile con intercambio de parejas, un baile rústico que acompañan de instrumentos en los que anida el rumor de la fronda y la algarabía de los pájaros; cuando lo concluyen, se dejan caer sobre el suelo de la Plaza de San Pedro -ya son algo talluditos para estas exhibiciones-, con esa beatitud que tiene la hierba recién segada. Hablan en una lengua dulce, como borracha de delicadeza, que ni siquiera parece alemán. Son los paisanos del Papa Benedicto XVI, algunos incluso oriundos del mismo pueblo que él, Marktl am Inn, en la diócesis de Nassau; en las manos anchas y rugosas, en los entrecejos apretados por el esfuerzo, se lee su genealogía campesina. «¡Ojalá nos acompañase al pianoforte Joseph» -exclama Ludwig, un sesentón fornido que actúa como cabecilla del grupo y presume de incorporar el apellido Ratzinger, en tercer o cuarto lugar-. Pero me temo que ya tenga pocas oportunidades de tocarlo. ¡Salvo que pida que se lo lleven a sus aposentos!», concluye con una risotada. «¡Pues claro que se lo llevarán! -afirma Otto, otro sesentón mucho más enteco, de patillas que le descienden hasta el pescuezo- ¡Su pianoforte y sus gatos! ¿Qué haría nuestro Joseph si le faltasen los gatos?».
Dionigi, propietario de una tienda de souvenirs religiosos aledaña de la casa que ocupaba el cardenal Ratzinger hasta su elección, me confirma este extremo. Apenas asomaba por las mañanas en el portal del edificio, ataviado con su sempiterna boina y su jersecito negro algo gastado en las coderas (el mismo jersecito que le asomaba por las bocamangas de las vestiduras eclesiásticas, cuando salió al balcón central de la Basílica a saludar a los fieles, tras la celebración del Cónclave), un séquito de gatos famélicos, huérfanos de la caricia de Baudelaire, se congregaba en su derredor, para repartirse las sobras de su cena. A muchos de estos gatos callejeros, el cardenal Ratzinger los había adoptado y los llamaba por su nombre; aunque ariscos por naturaleza, los gatos correspondían a su magnanimidad desfilando en comitiva detrás de él, orgullosos de su benefactor, que sin duda había venido a parar a la ciudad más adecuada para cultivar su predilección, porque Roma es la ciudad de los gatos, gatos aristócratas y sarnosos, gatos beatísimos y herejes, gatos somnolientos y vivaces que han aprendido a rezar en latín, gatos innumerables como fuentes que sin duda hubiesen inspirado a Lope de Vega otra gatomaquia. Quizá esta misma noche se reúnan bajo las ventanas de las estancias papales y entonen un concierto de maullidos, solicitándole audiencia y también la promulgación de una bula que los declare animales sagrados.
«Le gustaba la pasta picante»
A quienes el nuevo Papa ya ha prometido audiencia es a los camareros de los restaurantes del Borgo Pío, donde era comensal frecuente. Me lo confirma Carmine, un camarero septuagenario que reclama a gritos una jubilación pero que, entretanto, sigue sirviendo en Da Marcello: «El Santo Padre tenía un cuidado exquisito de no repetir nunca restaurante, para que no se le notase favoritismo alguno. Al nuestro solía venir un par de veces por semana. Le gustaba la pasta picante -dice, y se encoge de hombros, perplejo ante las preferencias papales-; a mí siempre me extrañó que un hombre de aspecto tan delicado tuviese un paladar tan resistente. Desde luego, quien quiera ser su cocinero debe ser generoso con los condimentos». La misa ya está a punto de comenzar; las tribunas de privilegio las ocupan -las deshonran- mandatarios con aspecto de alguacilillos endomingados. En los integrantes de la legación española, el cronista descubre ese gesto papamoscas y paletísimo que delata a los jurados de los concursos de misses de pueblo; pero es que el cronista, desde que vino a Roma, no reconoce otra autoridad que la papal. El canto de la letanía de los santos me distrae de estos pensamientos melancólicos; la liturgia milenaria que ahora se inicia tiene una calidad apaciguadora, balsámica, que reconforta el ánimo. Cuando Benedicto XVI besa el altar, precedido por los cardenales, un granizo de aplausos restalla en la Plaza. Será el primero de los más de treinta que después interrumpirán su homilía.
«Todos vosotros, queridos amigos, acabáis de invocar a la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. A la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todo nosotros somos la comunidad de los santos». Las palabras de Benedicto XVI exorcizan la soledad; son palabras pronunciadas con una voz menuda, despeinada por el viento que se pasea por la Plaza de San Pedro, muy alejada de ese tono de soflama que los alguacilillos endomingados suelen regalar a sus adeptos, como quien arroja carnaza a las fieras. Es una voz abrumada por la tarea que acaban de arrojar sobre su espalda; pero en la fragilidad de esa voz se compendian, como en la llama diminuta de una vela, todos los incendios que alumbran el mundo. Benedicto XVI ha querido estrenar su pontificado invocando la respiración unánime de la multitud que lo sostiene; ha querido subrayar la responsabilidad solidaria, colegial, que obliga a cualquier católico, en comunión con quienes le precedieron y quienes lo acompañan, a alzarse de los escombros y espantar los reparos que nos impiden entregarnos plenamente, libremente, a una misión que «no quita nada y lo da todo». Esta idea de comunión intrépida, numerosa y deseosa de seguir viviendo siempre ha calado en la multitud, que ya no sólo aplaude las palabras de Benedicto XVI, ni la memoria fresquísima de Juan Pablo II, sino la continuidad de una fe que hace santos e inmortales a los hombres.
Lanzo una mirada furtiva a la mujer que está a mi lado, temblorosa como un álamo y encaramada sobre mi hombro, como aquel Zaqueo que se encaramó a un sicomoro para mejor escuchar al Galileo. Es mi mujer, la mujer que elegí entre todas; me aprieto a su temblor y le susurro: «No estamos solos».
BRINDATE, PARA QUE SEAS FELIZ
Si abrigas un bello pensamiento no te quedes con él, manifiéstalo.
Si quieres pedir perdón y decirle a esa persona que la quieres, hazlo.
Si tienes oportunidad de componer un poema, escríbelo y obséquialo.
Si deseas cantar una canción, cántala y sé feliz.
Si unas lágrimas asoman a tus ojos, déjalas brotar y desahógate.
Si te viene el deseo de reír, ríe y contagia tu alegría.
Si ansías tener algo y puedes poseerlo, adquiérelo y disfrútalo.
Si puedes brindar ayuda a un semejante, dala toda y no te limites.
Si vas a dar un consejo, mejor sugiere, para no equivocarte.
Si tienes animales no los maltrates, protégelos.
Si anhelas un mundo más hermoso, cuida la naturaleza.
Si hay un niño a quien puedes educar, cuídalo hasta hacerlo hombre.
Si tienes sueños, hazlos realidad esforzándote más y siendo digno.
Si en verdad quieres ser feliz, no te quedes con las ganas y:.. ¡Sé autentico! ¡Sé natural! ¡Sé sincero! ¡Sé bondadoso! y... ¡Bríndate para que seas feliz!
Lecturas del 25-4-05 (Lunes de la Quinta Semana de Pascua)
SANTORAL: San Marcos, evangelista
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 5, 5b-14
Queridos hermanos:
Que cada uno se revista de sentimientos de humildad para con los demás, porque Dios se opone a los orgullosos y da su ayuda a los humildes. Humíllense bajo la mano poderosa de Dios, para que él los eleve en el momento oportuno. Descarguen en él todas sus inquietudes, ya que él se ocupa de ustedes.
Sean sobrios y estén siempre alerta, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar. Resístanlo firmes en la fe, sabiendo que sus hermanos dispersos por el mundo padecen los mismos sufrimientos que ustedes. El Dios de toda gracia, que nos ha llamado a su gloria eterna en Cristo, después que hayan padecido un poco, los restablecerá y confirmará, los hará fuertes e inconmovibles. ¡A él sea la gloria y el poder eternamente! Amén.
Les escribo estas palabras por medio de Silvano, a quien considero un hermano fiel, para exhortarlos y atestiguar que esta es la verdadera gracia de Dios: permanezcan adheridos a ella.
La Iglesia de Babilonia, que ha sido elegida como ustedes, los saluda, lo mismo que mi hijo Marcos. Salúdense los unos a los otros con un beso de amor fraternal.
Que descienda la paz sobre todos ustedes, los que están unidos a Cristo.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 88, 2-3. 6-7. 16-17 (R.: cf. 2a)
R. Cantaré eternamente tu amor, Señor.
Cantaré eternamente el amor del Señor,
proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones.
Porque tú has dicho: Mi amor se mantendrá eternamente,
mi fidelidad está afianzada en el cielo. R.
El cielo celebre tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad en la asamblea de los santos,
porque ¿quién es comparable al Señor en las alturas?
¿Quién es como el Señor entre los hijos de Dios? R.
¡Feliz el pueblo que sabe aclamarte!
Ellos caminarán a la luz de tu rostro;
se alegrarán sin cesar en tu Nombre,
serán exaltados a causa de tu justicia. R.
X Lectura del santo Evangelio según san Marcos 16, 15-20
Jesús se apareció a los Once y les dijo:
«Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.
Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»
Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.
Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.
Palabra del Señor.
Reflexión
En la antífona de entrada de la misa de hoy leemos el mandato que el Señor les deja a los apóstoles: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación”. Estas palabras de Jesús las recoge San Marcos en el pasaje del evangelio de hoy. Y más adelante, el Evangelista, movido por el Espíritu Santo, da testimonio de que este testimonio ya se estaba cumpliendo en el momento en que escribe su Evangelio, cuando nos dice que: “Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban”. Estas son las palabras finales de su Evangelio.
San Marcos fue fiel al mandato apostólico que tantas veces oyó predicar a Pedro: Vayan al mundo entero... Él mismo, personalmente y a través de su Evangelio, fue levadura eficaz en su tiempo, como debemos ser nosotros ahora. Si ante la primera derrota no hubiera reaccionado con humildad y firmeza, quizá no tendríamos hoy sus palabras y los hechos de Jesús.
La misión de Marcos, como la de los Apóstoles, los evangelizadores de todos los tiempos, y la del cristiano que es consecuente con su vocación, no debió resultar fácil, como lo prueba su muerte por martirio. Debió estar lleno de alegría y de incomprensiones, cansancios y peligros, mientras seguía las huellas del Señor.
Gracias a Dios, y también gracias a esta generación que vivió junto a los Apóstoles, ha llegado hasta nosotros la fuerza y el gozo de Cristo. Pero cada generación de cristianos, cada hombre , debe recibir esa predicación del Evangelio, y a su vez transmitirlo a los demás. La gracia del Señor no ha de faltar nunca. El poder del Señor no ha disminuido. El cristiano sabe que Dios hace milagros: que los realizó hace siglos, que los continuó haciendo después y que los sigue haciendo ahora. Nosotros, cada cristiano, con la ayuda del Señor, haremos esos milagros en las almas de cuantos nos rodean, si nos empeñamos en imitar a los apóstoles y nos mantenemos unidos a Cristo mediante la oración.
Vamos a pedirle hoy a María, a ella a quien invocamos como Reina de los Apóstoles, que interceda ante su Hijo para que siempre seamos propagadores de su Palabra.
Patriarcas que fuisteis la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte,
rogadle por nosotros.
Profetas que rasgasteis inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas,
rogadle por nosotros.
Almas cándidas, santos inocentes,
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó a los niños a su lado,
rogadle por nosotros.
Apóstoles que echasteis en el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario,
rogadle por nosotros.
Mártires que ganasteis vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que os dió fortaleza en los combates,
rogadle por nosotros.
Vírgenes, semejantes a azucenas
que el verano vistió de nieve y oro,
al que es fuente de vida y hermosura,
rogadle por nosotros.
Monjes que de la vida en el combate
pedisteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas,
rogadle por nosotros.
Doctores cuyas plumas nos legaron
de virtud y saber rico tesoro,
al que es caudal de ciencia inextinguible,
rogadle por nosotros.
Soldados del ejército de Cristo,
santas y santos todos,
rogadle que perdone nuestras culpas
a aquel que vive y reina entre nosotros. Amén.
Himno de la Liturgia de las Horas
SANTORAL: San Marcos, evangelista
Según tradición eclesiástica, Marcos, llamado también Juan Marcos o simplemente Juan, es el autor de un evangelio y el intérprete que traducía a Pedro en sus predicaciones frente a auditorios de habla griega. Era hijo de una cierta María, cuya casa de Jerusalén estaba abierta a la primitiva comunidad Cristiana. Primo de Bernabé, probablemente fuera como él de estirpe sacerdotal. Afirma por una parte la tradición que Marcos nunca habría oído personalmente la predicación del Señor, pero por otra muchos han querido descubrirlo en aquel muchacho que huyó desnudo en el huerto de Getsemaní, episodio que sólo el evangelio a él atribuido refiere. Tal vez haya conocido al grupo de seguidores sin llegar a ser propiamente discípulo.
Al comenzar la expansión del evangelio, Pablo y Bernabé salieron de Jerusalén hacia Antioquía llevando con ellos a Marcos; éste los acompañó en sus primeras empresas misionales, a Chipre y Perges, de donde regresó por causas desconocidas.
Bernabé, deseoso de llevar nuevamente a Marcos con ellos cuando el apóstol planeaba su segundo viaje, encontró la oposición de Pablo, que partió solo. Marcos siguió, pues, a Bernabé una vez más hasta Chipre. Sin embargo, Marcos reaparece junto a Pablo en Roma, pero es creencia que fue más bien discípulo de Pedro, quien confirma esta suposición al llamarlo "hijo" suyo en su primera carta. El evangelio que se le atribuye, además, sigue muy de cerca el esquema de los discursos de Pedro que nos ha conservado el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Nada sabemos de su existencia posterior. La segunda carta a Timoteo lo señala entre los compañeros de este discípulo de Pablo; conforme a un dato que recoge el historiador Eusebio de Cesarea (a comienzos del siglo IV), la Iglesia de Alejandría lo habría tenido por fundador. Sus últimos años y el lugar de su muerte nos son desconocidos.
El breve relato que lleva su nombre descubre un espíritu observador y ágil. Sólo Marcos, por ejemplo, destaca el verdor de la hierba sobre la que Jesús hizo sentar a la muchedumbre hambrienta antes de multiplicar los panes y los pescados por primera vez.
Las grandes líneas de su evangelio, en tanto, trasuntan una profunda credibilidad histórica y demuestran singular valor teológico. Marcos comienza por presentar a Jesús bien recibido por la gente, pero pronto su humilde mesianismo, tan alejado de las reivindicatorias expectativas populares de los judíos, ocasiona la decepción de la masa; apagado el entusiasmo primerizo, el Señor se retira de Galilea para dedicarse de lleno a la instrucción de los discípulos, quienes por boca de Pedro confiesan la divinidad de su Maestro. A partir de este reconocimiento de Cesarea, todo el relato se orienta a Jerusalén; en la ciudad santa, finalmente, la oposición crece y culmina en el juicio inicuo y la pasión, que alcanza su victoriosa respuesta cuando Cristo abandona su tumba, de acuerdo con lo que había profetizado de si mismo.
El secreto mesiánico, del que Marcos hace un tema central, da así todo su fruto: Jesús, siervo humillado por la maldad y la ignorancia de los hombres que él había venido a rescatar, es exaltado por Dios, como ha de serlo todo el que a él se una de corazón y lo siga en el camino, el único que permite comprender esa "Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios" que Marcos nos ha trasmitido en un lenguaje popular, muchas veces incorrecto en la forma, pero vivaz y lleno de encanto.