Boletín Informático de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

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22 de abril de 2005

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Koizumi pide disculpas por las agresiones de Japón en la II Guerra Mundial
Yakarta.

El primer ministro nipón, Junichiro Koizumi, pidió hoy disculpas durante la Cumbre Asia-Africa por las agresiones cometidas por Japón durante la Segunda Guerra Mundial.
Koizumi trató de suavizar sus tensas relaciones con China al expresar su mas "profundo remordimiento" por el sufrimiento causado durante el pasado colonial de este país, al hablar en la sesión inaugural de la cumbre. "En el pasado, Japón, a través de su rol colonial y de agresión, causó un tremendo daño y sufrimiento a la gente de muchos países, en particular a aquella de las naciones asiáticas", afirmó al añadir que "Japón afronta estos hechos de la historia con un espíritu de humildad".

(ABC)

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El Vaticano llama a los empleados municipales a negarse a celebrar matrimonios entre homosexuales

Les insta a acogerse a la objeción de conciencia y oponerse, incluso si por ello pierden su puesto de trabajo - 'Ahora parece que cualquier modelo de unión puede llegar a ser una familia, como si fuera un club', afirma el cardenal colombiano Trujillo

ROMA

El cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, presidente del Pontificio Consejo para la Familia del Vaticano, ha hecho un llamamiento a los cristianos, en especial a los empleados municipales encargados de celebrar bodas, para que se acojan a la objeción de conciencia y se nieguen a oficiar matrimonios entre personas del mismo sexo, incluso si por ello pierden su puesto de trabajo.


Trujillo, en declaraciones al diario italiano 'Corriere della Sera', considera que la ley española que permite el matrimonio entre homosexuales es "inhumana" y fruto de "una extraña idea de la modernidad". El purpurado considera que los cristianos tienen el "deber" de oponerse a los matrimonios homosexuales y a la adopción por parte de éstos.

Durante el Pontificado de Juan Pablo II el cardenal López Trujillo ha sido presidente del Pontificio Consejo para la Familia y, como tal, se ha mostrado crítico con normas como la que ahora llega a España y con la que ya contaban Holanda y Bélgica.

Objeción de conciencia

"No podemos imponer cosas injustas a las personas. Por ello, la Iglesia llama con urgencia a que las empleados municipales encargados de celebrar tales bodas se acojan a la objeción de conciencia y no celebren tales matrimonios, incluso si por ello pierden su empleo", ha afirmado Trujillo.

"Me refiero a todas las profesiones que tengan alguna relación con la aplicación de la ley: deben ejercer la misma objeción de conciencia que los médicos y los enfermeros ante un crimen como el aborto", ha aseverado Trujillo, quien ha añadido: "No es facultativo. Todos los cristianos deben estar dispuestos a pagar el precio más elevado, incluyendo la pérdida del empleo".

El purpurado colombiano afirma que hay una pérdida del "sentido de valores esenciales" y recuerda que durante siglos el matrimonio ha sido únicamente entre hombre y mujer: "¿es que nos hemos equivocado todos tanto tiempo?".

La familia, "convertida en un club"

"Lo que se ha hecho en España, y además con una mayoría bastante reducida, es la destrucción de la familia ladrillo tras ladrillo. ¿Han preguntado a las familias españolas lo que quieren?. ¿Han hecho una investigación profunda?. La familia es un don recíproco total entre hombre y mujer que exige fidelidad, exclusividad y apertura a los hijos", dice el cardenal.

Expresa su rechazo al cambio en la definición del matrimonio que tiene lugar en diversos países y que empezó "cuando se puso en circulación esa moneda falsa de las parejas de hecho", hasta llegar a un punto en que "ahora parece que cualquier modelo de unión puede llegar a ser una familia, como si fuera un club".

López Trujillo lamenta que se vea la Iglesia Católica como algo "retrógrado y recuerda que el actual papa Benedicto XVI, en su etapa al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe "ya habló con claridad de lo destructivo que es este tipo de ley, que lleva a la deshumanización".

Trujillo recordó que la Iglesia "no acepta que los homosexuales sean objeto de burlas, insultos o expresiones inhumanas. Son personas que merecen todo nuestro amor, nuestro apoyo y nuestra ayuda", ha dicho.

(El mundo)

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El Papa se reúne con todos los cardenales

 Ciudad del Vaticano

El Papa Benedicto XVI se ha reunido hoy con todos los cardenales presentes en Roma, incluidos los que no pudieron participar en el cónclave por tener más de ochenta años, y el sábado con los periodistas, según su primera agenda de actividades.
El Papa a los cardenales que ha sido elegido para servir y no para ser servido y que se dispone a desarrollar su pontificado con «abnegación interior, sencillez y disponibilidad», imitando a Cristo.
El Pontífice hizo estas manifestaciones en el discurso que dirigió a los cardenales presentes estos días en el Vaticano, a los que recibió en la Sala Clementina y agradeció la confianza que han depositado en él al elegirle sucesor de Pedro. «Es un acto de confianza que me anima a emprender esta misión con más serenidad, ya que además de contar con la ayuda de Dios cuento con vuestra generosa colaboración. Os lo suplico, que no me falte vuestra ayuda», afirmó el Papa Ratzinger ante los purpurados.
El nuevo Papa añadió que si por una parte es consciente «de los límites de mi persona y de mi capacidad», por otra «sabe bien» cuál es la misión que le ha sido confiada, «y me dispongo a desarrollarla con abnegación interior». «No se trata de honores, sino de realizar un servicio con sencillez y disponibilidad, imitando a nuestro Maestro y Señor, que no vino a ser servido sino a servir y en la Ultima Cena lavó los pies de los apóstoles pidiéndole que hicieran lo mismo. Por ello, tanto a mí como a todos nosotros, sólo nos queda que aceptar la voluntad de Dios y dar lo mejor», afirmó con sencillez pero con determinación.
Ratzinger, a quien en algunos momentos de la audiencia se le vio emocionado, expresó ante los purpurados los sentimientos que le invaden en estos días de tantos eventos extraordinarios, destacando «un vivo deseo» de agradecimiento de corazón y «un sentido de impotencia ante las obligaciones que me esperan».
Subrayó también la íntima necesidad de «silencio» y reiteró su agradecimiento a Dios «que me ha querido a pesar de mi fragilidad humana», frases en su línea tradicional de persona sencilla, reservada, sin pretensiones.
Benedicto XVI contó a los cardenales lo «emocionante» que fue su primer encuentro con los fieles, pocos minutos después de ser elegido Papa, cuando apareció ante el balcón de la basílica de San Pedro. Esa emoción volvió a sentirla en las dos salidas que hizo del Vaticano ayer y anteayer, cuando regresó al que fue su domicilio durante años. La palabra «agradecimiento» fue la que más pronunció el nuevo Papa, que tuvo palabras y gestos de cariño con los cardenales, sobre todo hacia los ancianos y los enfermos, a los que pidió que siempre le ayuden.
Recordó a sus predecesores Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo I, pero sobre todo a Juan Pablo II, del que dijo que en estos días «más que nunca» sintió su apoyo y presencia, «una presencia que -añadió- sigue estando viva. Ratzinger, a quien muchas veces se la ha tildado de pesimista, volvió a pronunciar un discurso basado en Cristo Resucitado, en la misma línea que los de estos días, sin retórica, directo, basado en la fe. El Papa se despidió de los cardenales invitándoles a caminar «dóciles y obedientes» a la voz de Cristo.
En nombre de los purpurados habló el secretario de Estado, Angelo Sodano, que le aseguró el apoyo del Colegio Cardenalicio en el gobierno de la Iglesia. «Cuenta con toda nuestra devoción, nuestra total colaboración y nuestro afecto fraternal», afirmó. Sodano hizo votos para que pueda imitar la obra de San Benito, el patrón de Europa, «para el bien de la Iglesia y del mundo».
Tras este encuentro, Benedicto XVI se prepara para la misa solemne de inicio de pontificado que celebrará el domingo 24 en la plaza de San Pedro y a la que asistirán cientos de miles de fieles y reyes y jefes de estado de todas las partes del mundo. Según informó hoy el Vaticano, tras la ceremonia el Papa recibirá a las delegaciones, entre las que se encuentra la española presidida por los Reyes. Al día siguiente recibirá a los miles de alemanes venidos al Vaticano para la ocasión y por la tarde visitará la basílica de San Pablo Extramuros, en la zona sur de Roma.
Benedicto XVI, nuevo Obispo de Roma, tomará posesión de la basílica de San Juan de Letrán, la catedral de Roma, el sábado 7 de mayo.

(La razón)

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Nota de prensa del episcopado español ante la ley «matrimonio» homosexual

ROMA, jueves, 21 abril 2005

 Publicamos la nota de prensa que ha distribuido este jueves la Conferencia Episcopal Española «Ante la discusión parlamentaria de una Ley injusta sobre el matrimonio».

* * *

El Congreso de los Diputados ha puesto hoy a discusión una Ley que desfigura la institución del matrimonio en algo tan elemental como es su constitución por un hombre y una mujer. Se trataría por tanto de una Ley radicalmente injusta y perjudicial para el bien común. Se recuerda la Nota emitida en su día por el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal a este respecto bajo el título de En favor «del verdadero matrimonio».

2. Las personas homosexuales, como todos, están dotadas de la dignidad inalienable que corresponde a cada ser humano. No es en modo alguno aceptable que se las menosprecie, maltrate o discrimine. Es evidente que, en cuanto personas, tienen en la sociedad los mismos derechos que cualquier ciudadano y, en cuanto cristianos, están llamados a participar en la vida y en la misión de la Iglesia. Condenamos una vez más las expresiones o los comportamientos que lesionan la dignidad de estas personas y sus derechos; y llamamos de nuevo a los católicos a respetarlas y a acogerlas como corresponde a una caridad verdadera y coherente.

3. Con todo, ante la inusitada innovación legal anunciada, tenemos el deber de recordar también algo tan obvio y natural como que el matrimonio no puede ser contraído más que por personas de diverso sexo: una mujer y un varón. A dos personas del mismo sexo no les asiste ningún derecho a contraer matrimonio entre ellas. El Estado, por su parte, no puede reconocer este derecho inexistente, a no ser actuando de un modo arbitrario que excede sus capacidades y que dañará, sin duda muy seriamente, el bien común. Las razones que avalan estas proposiciones son de orden antropológico, social y jurídico.

4. a) Los significados unitivo y procreativo de la sexualidad humana se fundamentan en la realidad antropológica de la diferencia sexual y de la vocación al amor que nace de ella, abierta a la fecundidad. Este conjunto de significados personales hace de la unión corporal del varón y de la mujer en el matrimonio la expresión de un amor por el que se entregan mutuamente de tal modo, que esa donación recíproca llega a constituir una auténtica comunión de personas, la cual, al tiempo que plenifica sus existencias, es el lugar digno para la acogida de nuevas vidas personales. En cambio, las relaciones homosexuales, al no expresar el valor antropológico de la diferencia sexual, no realizan la complementariedad de los sexos, ni pueden engendrar nuevos hijos. (…)

El bien superior de los niños exige, por supuesto, que no sean encargados a los laboratorios, pero tampoco adoptados por uniones de personas del mismo sexo. No podrán encontrar en estas uniones la riqueza antropológica del verdadero matrimonio, el único ámbito donde, como Juan Pablo II recordó al Embajador de España ante la Santa Sede, las palabras padre y madre pueden “decirse con gozo y sin engaño”. No hay razones antropológicas ni éticas que permitan hacer experimentos con algo tan fundamental como es el derecho de los niños a conocer a su padre y a su madre y a vivir con ellos, o, en su caso, a contar al menos con un padre y una madre adoptivos, capaces de representar la polaridad sexual conyugal. La figura del padre y de la madre es fundamental para la neta identificación sexual de la persona. Ningún estudio ha puesto fehacientemente en cuestión estas evidencias.

b) La relevancia del único verdadero matrimonio para la vida de los pueblos es tal, que difícilmente se pueden encontrar razones sociales más poderosas que las que obligan al Estado a su reconocimiento, tutela y promoción. Se trata, en efecto, de una institución más primordial que el Estado mismo, inscrita en la naturaleza de la persona como ser social. La historia universal lo confirma: ninguna sociedad ha dado a las relaciones homosexuales el reconocimiento jurídico de la institución matrimonial.

El matrimonio, en cuanto expresión institucional del amor de los cónyuges, que se realizan a sí mismos como personas y que engendran y educan a sus hijos, es la base insustituible del crecimiento y de la estabilidad de la sociedad. No puede haber verdadera justicia y solidaridad si las familias, basadas en el matrimonio, se debilitan como hogar de ciudadanos de humanidad bien formada.

Si el Estado procede a dar curso legal a un supuesto matrimonio entre personas del mismo sexo, la institución matrimonial quedará seriamente afectada. Fabricar moneda falsa es devaluar la moneda verdadera y poner en peligro todo el sistema económico. De igual manera, equiparar las uniones homosexuales a los verdaderos matrimonios, es introducir un peligroso factor de disolución de la institución matrimonial y, con ella, del justo orden social.

Se dice que el Estado tendría la obligación de eliminar la secular discriminación que los homosexuales han padecido por no poder acceder al matrimonio. Es, ciertamente, necesario proteger a los ciudadanos contra toda discriminación injusta. Pero es igualmente necesario proteger a la sociedad de las pretensiones injustas de los grupos o de los individuos. No es justo que dos personas del mismo sexo pretendan casarse. Que las leyes lo impidan no supone discriminación alguna. En cambio, sí sería injusto y discriminatorio que el verdadero matrimonio fuera tratado igual que una unión de personas del mismo sexo, que ni tiene ni puede tener el mismo significado social. Conviene notar que, entre otras cosas, la discriminación del matrimonio en nada ayudará a superar la honda crisis demográfica que padecemos.

c) Se alegan también razones de tipo jurídico para la creación de la ficción legal del matrimonio entre personas del mismo sexo. Se dice que ésta sería la única forma de evitar que no pudieran disfrutar de ciertos derechos que les corresponden en cuanto ciudadanos. En realidad, lo justo es que acudan al derecho común para obtener la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco.

En cambio, se debe pensar en los efectos de una legislación que abre la puerta a la idea de que el matrimonio entre un varón y una mujer sería sólo uno de los matrimonios posibles, en igualdad de derechos con otros tipos de matrimonio. La influencia pedagógica sobre las mentes de las personas y las limitaciones, incluso jurídicas, de sus libertades que podrán suscitarse serán sin duda muy negativas. ¿Será posible seguir sosteniendo la verdad del matrimonio, y educando a los hijos de acuerdo con ella, sin que padres y educadores vean conculcado su derecho a hacerlo así por un nuevo sistema legal contrario a la razón? ¿No se acabará tratando de imponer a todos por la pura fuerza de la ley una visión de las cosas contraria a la verdad del matrimonio?

5. Pensamos, pues, que el reconocimiento jurídico de las uniones homosexuales y, más aún, su equiparación con el matrimonio, constituiría un error y una injusticia de muy negativas consecuencias para el bien común y el futuro de la sociedad. Naturalmente, sólo la autoridad legítima tiene la potestad de establecer las normas para la regulación de la vida social. Pero también es evidente que todos podemos y debemos colaborar con la exposición de las ideas y con el ejercicio de actuaciones razonables a que tales normas respondan a los principios de la justicia y contribuyan realmente a la consecución del bien común. Invitamos, pues, a todos, en especial a los católicos, a hacer todo lo que legítimamente se encuentre en sus manos en nuestro sistema democrático para que las leyes de nuestro País resulten favorables al único verdadero matrimonio. En particular, ante la situación en la que nos encontramos, “el parlamentario católico tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo y votar contra el proyecto de ley” que pretenda legalizar las uniones homosexuales.

6. La institución matrimonial, con toda la belleza propia del verdadero amor humano, fuerte y fértil, también en medio de sus fragilidades, es muy estimada por todos los pueblos. Es una realidad humana que responde al plan creador de Dios y que, para los bautizados, es sacramento de la gracia de Cristo, el esposo fiel que ha dado su vida por la Iglesia, haciendo de ella una madre feliz y fecunda de muchos hijos. Precisamente por eso, la Iglesia reconoce el valor sagrado de todo matrimonio verdadero, también del que contraen quienes no profesan nuestra fe. Junto con muchas personas de ideologías y de culturas muy diversas, estamos empeñados en fortalecer la institución matrimonial, ante todo, ofreciendo a los jóvenes ejemplos que seguir e impulsos que secundar. En este proyecto de una civilización del amor las personas homosexuales serán respetadas y acogidas con amor.

 (ZENIT.org)

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Giovanni Maria Vian:«Su imagen de feroz inquisidor es sólo una burda caricatura»
GIOVANNI MARIA VIAN
Catedrático de la Universidad de La Sapienza
Juan Manuel de Prada Enviado especial. Roma

En las fechas anteriores al Cónclave, Giovanni Maria Vian, catedrático de filología patrística en la Universidad de La Sapienza y miembro del Consejo Pontificio de Ciencias Históricas, apareció para guiarme entre el tumulto de pronósticos contradictorios. Para alguien como yo, poco versado en los intríngulis vaticanos, su ayuda y su generosidad han resultado providenciales. Giovanni Maria Vian me auguró desde un principio que el sucesor de Juan Pablo II sería el cardenal Ratzinger; incluso cuando las primeras fumatas negras hacían prever que su candidatura podría haber fracasado, Vian me aconsejó que centrara mis crónicas en el Decano del Sacro Colegio. Hoy, Giovanni Maria Vian, aunque exhausto después de escribir tropecientos artículos para la prensa italiana, es un hombre feliz y convencido de que el Papado de Benedicto XVI será fructífero e iluminador para la Iglesia. Me he acercado hasta su casa, aledaña de la que ha ocupado durante años, para compartir con los lectores de ABC sus reflexiones, tan atinadas como clarividentes.

-Al final se cumplieron tus previsiones, Giovanni.

-No eran previsiones, amigo Prada, sino certezas. No había otro cardenal de su estatura; sobrepasaba a los demás con mucho, principalmente como intelectual y como teólogo, pero también como hombre espiritual. Desde tiempos de Pío XII no se producía una elección tan rápida. Pero entonces era otro tiempo muy distinto: las nubes de la guerra se estaban cerniendo sobre Europa y Pacelli era un hombre experimentado en la Secretaría de Estado. A Ratzinger lo han elegido porque era el hombre de más prestigio del Colegio, pero también porque los cardenales estaban convencidos de que era el más adecuado para suceder a Pedro. No se equivocaban. Esta misma mañana he tenido que hacer cola en una consulta médica y tuve ocasión de escuchar la conversación de dos mujeres que me precedían, dos señoras que se mostraban muy impactadas por los «ojos buenos» de Ratzinger. La gente sencilla tiene este don intuitivo. Los cardenales no sólo han elegido al gran intelectual, sino también al mejor Pastor.

-Sin embargo, se ha repetido que la experiencia pastoral de Benedicto XVI es más bien escasa.

-Es cierto que no ha ejercido mucho esta faceta. Pablo VI lo designó Arzobispo de Munich en marzo de 1977, cuando acababa de cumplir los cincuenta años; a los pocos meses, concretamente el 27 de junio, lo nombró cardenal. Aunque después su vida haya estado muy ligada a Juan Pablo II, nadie podrá negar que el Cónclave ha elegido a una criatura de Pablo VI.

Miniaturas medievales

-Veo que concedes mucha importancia a este detalle simbólico.

-Es que es un maravilloso signo de la continuidad de la Iglesia. Y hay otro detalle que me gustaría resaltar. En el momento en que el nuevo Papa salió al balcón central de la basílica de San Pedro, por primera vez en época reciente, aparecieron en los balcones laterales una gran cantidad de cardenales. La imagen me recordó, por su belleza, ciertas miniaturas medievales. En esa imagen se cifraba la colegialidad de la Sede Romana, que aunque es regida por un solo hombre, no es de un hombre, sino del entero colegio cardenalicio.

-Me temo que la noticia de la elección no ha sido acogido con tanto alborozo en círculos progresistas...

-Ha habido, en efecto, una información bastante tendenciosa, durante el período de Sede Vacante, dirigida por los progresistas. Tras la homilía del lunes, los progresistas se relamían: «Ah -decían-, Ratzinger se ha quitado la máscara; ha mostrado su faz de terrible conservador. No resultará elegido». A la postre, sus predicciones se han mostrado vacuas y carentes del más mínimo sentido de la realidad. Los cardenales no se han dejado influir por esta propaganda. A pesar de que individualmente no son grandes intelectuales, como cuerpo han sabido estar a la altura de su responsabilidad. Por lo demás, creo que Benedicto XVI va a causar grandes sorpresas, porque es un hombre capaz de dialogar con todos. Siempre, claro está, desde el rechazo al relativismo imperante hoy. No olvidemos que su lema ha sido «Cooperatores veritatis».

-Sin embargo, se le presenta como un feroz inquisidor.

-Esa imagen es una burda caricatura. Nadie que se haya tomado la molestia de leerlo podría afirmar semejante estupidez. Es evidente que es un teólogo muy sólido, que dice las cosas con absoluta claridad, sin miedo a las reacciones adversas. Pero al mismo tiempo es un hombre que está en disposición de avanzar en la senda del ecumenismo, ampliando el diálogo con las otras confesiones.

-¿Crees que establecerá una continuidad con el papado de Juan Pablo II?

-La continuidad se mostrará, sobre todo, en los grandes temas. En su homilía de la Capilla Sixtina ante los cardenales ha hablado de comunión colegial, al servicio de la Iglesia y de la unidad en la fe, de la cual depende en notable medida la eficacia de la acción evangelizadora en el mundo contemporáneo. Se le ha criticado que haya elegido un nombre que evoca a Papas anteriores al Concilio, pero en esa misma homilía ha hablado del Concilio Vaticano II como brújula para guiarse, citando las palabras de su predecesor. Ha hablado de diálogo teológico y de «purificación» de la Iglesia, algo que enlaza con sus severas palabras en el último Vía Crucis. Ha reafirmado, en la estela de su predecesor, su voluntad de ecumenismo. No creo, en cambio, que sea tan viajero como Juan Pablo II. Pero Navarro ya ha anunciado que su primer viaje podría ser a Polonia, lo cual constituye un homenaje de admiración y cariño a Juan Pablo II. Se había dicho que, a pesar de ser mayor que él, Juan Pablo II se consideraba un discípulo del nuevo Papa en el plano teológico. Y, en efecto, Wojtyla era, más que teólogo, un filósofo y un pensador místico, providencial; Ratzinger, en cambio, encarna al profesor alemán, de inteligencia muy bien estructurada, lo cual no quiere decir en absoluto que sea rígido. Ha escrito centenares de artículos que son el fruto de clases, conferencias o debates con laicos e incluso con no católicos; en muchos de esos artículos se ve cómo modifica su postura, en base a lo que ha escuchado. Es hombre de claridad, pero no de rigidez. No es expansivo, sino más bien tímido, pero muy afable e irónico. Muchas veces me lo tropezaba en la plaza de San Pedro; iba vestido como un antiguo curial, con sotana y boina negra y una vieja cartera de cuero. Yo lo saludaba inclinando la cabeza, y él me respondía con otra inclinación, sonriendo.

Nueva evangelización de Europa

-¿Cuál crees que será la máxima preocupación de su Papado?

-Ratzinger desea una nueva evangelización de Europa; desea que se vuelva a predicar el Evangelio en un continente que se está descristianizando a una velocidad de vértigo. La elección del nombre es simbólica: es el hombre bendito. Viene a nuestra mente Benedicto XV, el Papa de la paz y de las misiones. Benedicto XVI no puede ser una mala copia de Juan Pablo II y quiere comunicarlo con un nombre sencillo. En su obra más importante, «Introducción al cristianismo», el nuevo Papa hace un comentario al Símbolo Apostólico, una fórmula de fe muy antigua, más antigua que el Credo de Nicea. «Repensar los fundamentos» de la fe, ese será su principal caballo de batalla.

-Se ha dicho también que es un hombre pesimista.

-Escribió su tesis sobre San Agustín, de quien puede haber heredado cierto pesimismo antropológico, aunque de raíz cristiana, por supuesto; y compensado, además, por su magnífico estudio de San Buenaventura, que tiene una visión de la historia más armónica que San Agustín. Pero un hombre de fe no puede ser pesimista. El cristiano sabe que vive en este mundo como peregrino o extranjero: nuestra patria verdadera, como dijo San Pablo, está en el cielo. Alguien que piensa en la muerte, como Benedicto XVI, no es pesimista; la muerte es la única verdad para cualquier hombre, sea o no creyente. Que haya sido elegido en el día en que se conmemora la memoria litúrgica de San León IX, un gran Papa alemán reformador, es significativo y esperanzador.

-En cualquier caso, parece evidente que se va a tropezar con mucha hostilidad.

-Sin duda, sobre él pesa cierta imagen negativa. Durante muchos años, al asumir la Prefectura de la Congregación para a Doctrina de la Fe, ha encarnado eso que tú, muy expresivamente, llamas el «poli malo». Pero recordarás que, al final, en las películas yanquis, el «poli malo» muestra su humanidad y acaba resolviendo los problemas. Benedicto XVI no tardará en mostrar al mundo su faceta más humana; hasta ahora, estaba obligado a mostrar una imagen más severa. Pero sobre todo, el mundo verá en él al hombre de fe profunda, equilibrado, sensato, enemigo de extremismos. Es el hombre que puede dar vitalidad a una tradición inmensa, que es la tradición de la Iglesia católica, y otorgarle un sentido comprensible para los hombres de hoy.

Giovanni Maria Vian, en pleno rapto de optimismo, me ha invitado a cenar. A esto se le llama magnanimidad: primero me soluciona la crónica y luego me mata el hambre. Procuraré no apartarme de su vera, mientras dure mi estancia romana
 

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Un pensador original, profundo y abierto
JOSÉ GRAU/

A Joseph Ratzinger se le vienen colgando una serie de sambenitos sorprendentes: inquisidor, inflexible, retrógrado, azote de teólogos innovadores... ¡hasta cierta debilidad por lo nazi! En pocas personas como sobre el nuevo Papa se dan errores de juicio tan clamorosos. Cualquiera que se haya tomado la molestia de leer sus libros, cualquiera que haya tenido la oportunidad de hablar con él, cualquiera, en definitiva, que le conozca mínimamente, se convence enseguida de que es una mente abierta como pocas, de que es, probablemente, una de las mentes auténticamente privilegiadas de nuestro tiempo. Tengo sobre la mesa 15 libros de Ratzinger, la mayoría en alemán. Todos los he leído y aun releído con enorme placer. Lo conocí en Viena. Nunca olvidaré su manera tranquila, sumamente educada de tratar a los periodistas. Ni su forma de hablar y argumentar, sencillamente impecables.

Pero mejor entremos en materia. Uno: ¿se puede afirmar con fundamento que hay un Ratzinger al «borde» de la herejía antes del Concilio Vaticano II, en una cuestión como el purgatorio, por ejemplo, y un Ratzinger que evoluciona hacia posturas clásicas más adelante? Dos: ¿es inflexible o más bien, como los grandes teólogos, antes de señalar lo malo o lo erróneo descubre lo positivo que pueda haber, por ejemplo, en una doctrina como la Teología de la Liberación? Finalmente: ¿cabe sostener que Ratzinger no era tomista y que con el paso del tiempo ha tenido que ir haciéndose tomista?

Ratzinger siempre ha sido un teólogo muy competente y avanzado, pero nunca ha rozado la heterodoxia. Como muy bien ha señalado el profesor Alejandro Llano, «adelantó tesis que, en su momento, sonaban un tanto extrañas, pero que después, en la mayoría de los casos, han sido pacíficamente aceptadas por el magisterio de la Iglesia. En la medida en que fue preciso, él mismo rectificó». Las posturas suyas que a ciertas personas les parecieron inquietantes se encuentran en el campo de la escatología (conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba). Para Ratzinger, ni el cielo, ni el infierno, ni el purgatorio son lugares, sino más bien estados o situaciones. Pero esto es algo que ya ha penetrado en la conciencia católica y no tiene nada de heterodoxo. O sea, que para teológicamente «moderno», Ratzinger.

Vayamos a la segunda pregunta. Basta leer grandes obras suyas, como «Introducción al cristianismo», «Iglesia, ecumenismo y política» o «Esencia y tarea de la teología», para cerciorarse enseguida de que su postura es abierta y positiva. Como hacía Santo Tomás de Aquino, como hacen las mentes verdaderamente admirables, antes de desechar un raciocinio, trata de estimar lo que hay en él de admisible o lo que supone alguna aportación. Ratzinger se ha empeñado como pocos en comprender la Teología de la Liberación. Sabe que en la tradición bíblica a la salvación se le llama «liberación», no sólo del pecado, sino también de los poderes temporales del mal. Si el mal, especialmente la injusticia, es tan permanente y generalizado, hay motivo -según la Teología de la Liberación- para pensar que no depende sólo de las personas, sino sobre todo de las estructuras sociales, que se convierten en estructuras de pecado. Ratzinger da la razón en ese punto a los teólogos de la liberación. Pero ellos dan un paso más, y mantienen que la liberación sólo podrá venir por la actividad política de signo revolucionario, de acuerdo con los planteamientos «científicos» del marxismo. Y aquí es donde discrepa Ratzinger, y cualquier católico bien formado. O sea, que para flexibilidad, diálogo y apertura de mente, Ratzinger.

En «Mi vida», el ahora Benedicto XVI escribe: «Tuve más bien dificultades en el acceso al pensamiento de Tomás de Aquino, cuya lógica cristalina me parecía demasiado cerrada en sí misma, demasiado impersonal y preconfeccionada». Tuvo dificultad, pero accedió. Y de paso estudió profundamente a San Buenaventura, San Agustín, la patrística y la teología medieval. Ha estado siempre abierto a la metafísica realista y se ha opuesto al relativismo ético. Domina la fenomenología, la hermenéutica y el personalismo. ¿Se puede ser más completo?

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UN PAPA BENDITO
ALEJANDRO CIFRES.
Director del Archivo de la Congregación para la Doctrina de la Fe

ANTEAYER, en la tarde gris de una extraña primavera romana, muchos se llevaron algunas sorpresas. Sorprendente pareció, de hecho, que en el tiempo récord de 24 horas y cuatro votaciones, el Colegio de los Cardenales nunca antes tan variopinto, hubiera alcanzado el consenso suficiente para elegir a un Papa que recogiera, nada más y nada menos, que la herencia inmensa de Juan Pablo II el Grande.

Mayor aún la sorpresa de que el escogido fuera el cardenal alemán Joseph Ratzinger, que habiendo entrado en el cónclave como «papa», estaba destinado -según el viejo adagio romano- a salir de él como «cardenal». En efecto, si bien su nombre estaba entre los favoritos, su trayectoria, su fama de conservador a ultranza y el protagonismo mismo tenido durante la Sede Vacante como Decano del Colegio Cardenalicio lo daban para muchos como un candidato «quemado».

Finalmente la sorpresa del nombre: ni Juan, como el Papa bueno, ni Pablo, como el Papa de la modernidad, ni Juan Pablo o Pío como los gigantes que lo precedieron en el siglo apenas terminado, sino un nombre aparentemente pasado de moda, Benedicto, precisamente el del Papa quizás menos famoso y popular de todo el siglo XX.

Pero claro, estas son sorpresas sólo para quienes no conocían bien al Elegido, o para aquellos que se olvidan, aunque sea sólo por un momento, de la historia y de la naturaleza de la Iglesia, o simplemente miden la realidad sólo con criterios humanos.

Y es que en realidad hemos asistido a uno de esos acontecimientos extraordinarios, a uno de esos momentos de gracia en los que a los ojos del creyente e incluso del no creyente, si tiene la mirada limpia, se presenta en toda su claridad la santidad de la Iglesia, esposa de Cristo, guiada siempre por Él. Ya los acontecimientos -incluso los pequeños «detalles»- que rodearon el tránsito de Juan Pablo II fueron un diseño sorprendente de la Providencia, pero ya no es éste el momento de hablar de ello. Ahora es la elección de su sucesor la que no ha defraudado como revelación del misterio de amor con el que Cristo ama a su Esposa. Dios nos ha enviado en verdad un Pastor universal, un Vicario de Cristo, que es un hombre bendito y una bendición para toda la Iglesia, un «Benedictus».

No debería en efecto sorprender, para empezar, que los cardenales hayan elegido tan pronto, porque entre ellos ha primado la fe y el amor a la Iglesia, así como la profunda responsabilidad de ser fieles a la herencia dejada por el Papa Wojtyla. No debe tampoco sorprender que Ratzinger haya sido el escogido, porque es el hombre de la Providencia en estos momentos para el pueblo de Dios. Y tampoco sorprende que, en lugar de ir a buscar un nombre que definiera una u otra línea pastoral calcada de alguno de sus predecesores inmediatos, el nuevo Papa haya preferido el de Benedicto. Para los hispanoparlantes este nombre resulta un tanto confuso, porque se relaciona casi exclusivamente con el nombre de otros 15 Papas de remota memoria, pero en realidad, en latín y en italiano, Benedicto (Benedictus, Benedetto) no es otro que el nombre del Patrón de Europa, San Benito de Nursia, aquel que con su ejemplo y su palabra, y los de sus continuadores, alumbró la Europa cristiana, ésa que desgraciadamente hace años abandonó en gran parte las enseñanzas de Cristo y ahora parece querer olvidar sus propias raíces cristianas. Los que hemos colaborado con el cardenal Ratzinger sabemos cuánto le ha preocupado siempre la «pavorosa descristianización» de su amada Europa, tierra otrora fecunda de misioneros, que esparcieron el mensaje cristiano por los cinco continentes. Cuánto ha sufrido por el indiferentismo, el hedonismo, la secularización creciente. Él, que porta consigo la experiencia de una familia cristiana, cómo podía no tener en consideración el nombre del apóstol de Europa San Benito, y desear, ahora como Pontífice, contribuir a que ésta se redescrubra hija del Evangelio.

Ratzinger es el hombre al que muchos han tachado injustamente de inquisidor, de dogmático y cerrado al diálogo, de conservador a ultranza. Yo he tenido el privilegio de trabajar con él durante casi 14 años, la mitad del pasado Pontificado, y puedo por ello testimoniar que ninguno de esos clichés se adecuan a su persona. Nacido en Marktl am Inn, un pequeño pueblo de Baviera hace exactamente 78 años, creció en una familia sencilla de profunda religiosidad, donde cada don de Dios era recibido como una bendición, especialmente el don de la fe: su hermano mayor, Georg, sacerdote como él, y como él entregado al servicio de la Iglesia, a través de la Palabra y de la música, del que es un gran maestro; la única hermana, María, que decidió renunciar al matrimonio para cuidar de sus hermanos sacerdotes y que acompañó al que hoy es Papa en todos sus destinos, incluida Roma, hasta su muerte en 1991. Una familia, pues, de benditos, una familia para Dios en favor de los hombres. También el joven Joseph tuvo que realizar numerosas renuncias para servir a la Iglesia. Brillantísimo teólogo ya en los tiempos del Concilio -y considerado entonces, por cierto, como un teólogo casi «peligroso», osado y abierto, como en realidad lo es- tuvo que renunciar a su fulgurante carrera académica por obediencia a Pablo VI, que lo quiso Cardenal Arzobispo de Munich-Frising en 1977, y poco después abandonar su amada patria -sé muy bien cuánto la ama y sufre por ella- para venir a Roma, a recubrir el puesto quizás más odiado por gran parte de los colegas teólogos de su generación, el de Prefecto de lo que los recalcitrantes aún perseveran en llamar «ex Santo Oficio».

Durante casi 25 años ha servido y trabajado con humildad en el puesto que le había sido asignado, sin exigir nunca nada para sí, pobremente, sin llevar una vida de príncipe de la Iglesia, sin lujos ni compañías, más que la de su amada hermana hasta que el Señor se la llevó consigo; desde entonces ha vivido prácticamente solo, con un mínimo servicio, en un apartamento prestado, con la sola asistencia de sus secretarios, que por la mañana lo ayudaban en la Congregación y por las tardes en su infatigable estudio. El Cardenal Ratzinger ha sido el Prefecto que ha enseñado a todos lo que es trabajar, cumplir un horario, levantarse temprano y acostarse tarde para no dejar pendiente ninguno de los graves asuntos que el Papa y la Iglesia ponían en sus manos. Trabajador infatigable, animal de carga, como él mismo se definió cuando explicó en su libro «Mi vida», la razón del oso que campea en su escudo episcopal: «De la leyenda de Corbiniano -escribía-, fundador de la diócesis de Frising, he tomado la imagen del oso. Un oso -cuenta la historia- había matado al caballo del santo, mientras éste se dirigía a Roma. Corbiniano le reprochó ásperamente su crimen y como castigo cargó sobre sus espaldas el fardo que hasta entonces había portado el caballo, y lo obligó a llevarlo hasta Roma... También yo -proseguía el entonces Cardenal- he llevado mi equipaje a Roma, y ya hace muchos años que camino con mi fardo por las calles de la Ciudad Eterna. Cuando seré liberado, no lo sé, pero sé que también para mí vale aquello de «me he convertido en una bestia de carga, y es así como estoy cerca de ti» (cf. Sal 73, 22).

Los que lo hemos conocido sabemos cuántas veces había suplicado a Juan Pablo II que le permitiese abandonar su puesto, que le dejase regresar a la Selva Negra para poder escribir teología mientras las fuerzas aún se lo permitiesen. Y todos sabemos cuántas veces ha renunciado al derecho a jubilarse por ser fiel a Aquel que había puesto toda su confianza en él, por servir en definitiva al Vicario de Cristo y a la Iglesia. Hace apenas tres días, cuando celebrábamos en la Congregación su 78 cumpleaños, a punto de entrar en el Cónclave, nos confiaba con sus pequeños y pícaros ojos llenos de ilusión: «espero que el próximo Papa me confirme sólo unos pocos meses todavía al frente de la Congregación, justo lo necesario para elegir a mi sucesor». Y sabíamos que diciéndolo acariciaba ya su viejo sueño del retiro para sumergirse en las profundidades de su amada teología. Pero los caminos de Dios son diferentes, y el hombre bendito que vino de Alemania para defender la fe, a costa de su propia fama, estaba destinado por Dios a seguir siendo una bestia de carga, llevando sobre sus hombros, esta vez, el peso de toda la Iglesia

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El intelectual del pueblo
«En toda la comarca de Oberbayern, decenas de personas lo conocen, han sido vecinos, han ido juntos al río, a la escuela, con él han compartido salchichas y cerveza o han recibido la confirmación, de manos del ya Benedicto XVI»
RAMIRO VILLAPADIERNA

TRAUNSTEIN.

 Mucho se movió como estudiante y más como obispo el nuevo Papa: en toda la comarca de Oberbayern decenas de personas lo conocen, han sido vecinos, han ido juntos al río, a la escuela, con él han compartido salchichas y cerveza o han recibido la confirmación, de manos del ya Benedicto XVI. Como hijo de un gendarme local, con frecuentes destinos y prejubilado anticipadamente por su desentendimiento con la autoridad nacional-socialista, Ratzinger vivió en varios pueblos y visitó distintas escuelas en esta esquina oriental de Baviera, en la que el Danubio y los Alpes se acercan y surge Salzburgo. «Es muy local, muy de aquí», pese a su fama de exceso intelectual, explicaba orgulloso el director del seminario de Traunstein. «Siempre seguirá siendo un bávaro», reaseguraba a toda página a los vecinos el diario local Chiemgauer Zeitung.
Casi sin excepción Ratzinger parece haber dejado en todos los pueblos y escuelas fama de «listo, enterado y serio», según antiguos compañeros de pupitre, como Robert Berger, hoy párroco jubilado y aún amigo cercano. Su altura intelectual ha sido destacada tanto por Jürgen Habermas como por la Iglesia Evangélica. Pero no menor fama que su intelecto han dejado por aquí sus «tretas y fechorías en la escuela», como le reconocía el propio Ratzinger el verano pasado al periodista local Niko Oberkandler.
«Una tendencia hacia la cara dura», recuerda incluso de su tiempo en el seminario de Traunstein y en el liceo de Chiemgau, el luego brillante teólogo en su autobiografía: «No podía evitar poner a prueba y traer de cabeza a los profesores», sobre todo cuando «los nazis trajeron a un nuevo director». «Era tan brillante como respondón», dice Oberkandler y han confirmado viejos amigos como Thaddäus Kühnel y Josef Riepertinger.
Dibujo y gimnasia
Sus actas escolares, tanto en la escuela elemental de Auschau, como en el instituto y el seminario restan inaccesibles, pero los que lo conocieron recuerdan que sus especialidades fueron latín y griego, mientras él ha reconocido que «en dibujo y gimnasia era más bien un desastre»; esto último para de-sesperación de sus abuelos maternos, en la vecina Rimsting, que en un tiempo en que se descubría la importancia educativa del deporte habían fundado la asociación deportiva local.
Sus compañeras de primaria, María Niedermeier (77), Fanny Salzeder y Maria Leiler, dicen recordarlo aún perfectamente como el niño con el que hacían cada día el camino juntos a la escuela de Aschau: «Se le notaba que era mejor que nosotros. Y que estaba llamado a ser algo aún mejor». Josef era muy del campo, pero de los pocos niños que no iba descalzo a la escuela, recuerdan. Como a Rimsting, donde pasaba las vacaciones con sus abuelos, también a Aschau ha vuelto Ratzinger frecuentemente para paseos por el bosque, comuniones y confirmaciones, de ahí que siempre haya alguno por la calle, como Josef Brandl (58), al que el nuevo Papa confirmó en su momento. Pero Traunstein, sobre cuyo más viejo edificio, la farmacia Pauersche (1659), luce curiosamente un gran San Benito como el nombre ahora elegido, «Trunstein es mi casa y mi patria chica», ha dicho Ratzinger en su biografía y ayer recordaban muy ufanos los locales. Aquí estudió en el seminario de Sankt Michael, decidió su vocación, fue llevado con 14 años por las Juventudes Hitlerianas a defender una pieza antiaérea, de una fábrica de BMW, tuvo la primera conciencia política y se refugió cuando desertó.
«Sus padres habían comprado esta casa en 1933», dice su antiguo vecino «y coetáneo, del 27» —subraya— Ludwig Weinberger, en Hufschlag, a las afueras de Traunstein. «Entonces estaba sola con la de mis padres y la de Ana Meyer, que tenía vacas y a donde venía Josef a por leche cuando la guerra». Aquí se refugió el joven Ratzinger, cuando desertó del reclutamiento para cavar barreras anticarro en la frontera austro-húngara, delito entonces de denuncia obligatoria y penado con inmediata ejecución sumaria, como ejemplo expiatorio.
La comarca se había convertido entonces en un hervidero de nazis, no sólo por que Hitler nació a muy pocos kilómetros, sino porque convirtió la zona en su tristemente célebre segunda sede de gobierno y luego fortaleza alpina, euforia de abuso y muerte que dejó largamente marcada a la región, como ha escrito Ratzinger en sus memorias. La familia a la vez lo sufrió por la distancia con el nuevo régimen impuesta por el padre y el apartamiento del que fue objeto. «Su padre Josef era un hombre serio y disciplinado en sus convicciones; su madre María era una mujer realmente adorable, una vecina excelente y generosa», dice un antiguo vecino, junto a la vieja casita pintada de verde y algo desvencijada de Hufschlag, que la familia Hachinger —que la compró a los Ratzinger, pero vive al lado— ha intentado ahora rápidamente adornar y limpiar un poco.
En el seminario de Traunstein, hoy un liceo para internos donde «no más de un 10%» de los muchachos decide tras la selectividad iniciar estudios religiosos, dice el jefe de estudios Michael Winichner, la euforia es grande por estudiar, comer y dormir en los mismos ambientes y estancias en que trasteó y se educó un Papa. El director del centro, Thomas Frauenlob, muestra el pequeño apartamento que ha estado ocupando Ratzinger en sus visitas anuales, «para pasar la Navidad o los primeros días del año hasta Reyes».
Carácter bávaro
Winichner explica que el carácter de este Papa no podrá no estar marcado siempre «por el carácter bávaro», «las maneras de ser de estos pueblos, con toda su brillantez intelectual, es muy de los nuestros, es que aquí habla nuestra lengua», el dialecto bávaro, algo muy importante para que un bávaro se sienta cómodo: «Entiende nuestras bromas, quienes lo pintan como serio e inflexible no lo han visto reírse entre nosotros, no lo entenderían, a un bávaro sólo lo entiende otro un bávaro», asegura el jefe de estudios, haciendo hincapié en el famoso y protegido hecho diferencial bávaro. La última visita de Ratzinger, este enero, insistió en su pasión gastronómica por llevarse los típicos lazos de pan llamados Bretzel, «cuantos más mejor», y «cuando le dijeron que le pararían en la aduana dijo que los metería como valija diplomática».
Naturalmente, admite Frauenlob en el seminario en que Ratzinger estudió entre los años 1939 a 1943 cuando fue reclutado, «ser guardián de la doctrina de la Iglesia no es papel fácil para nadie»; pero asegura que el nuevo Papa sería una persona «abierta y liberal con la gente», además de caluroso, «bienhumorado y familiar», aunque matiza que «sobre todo en pequeño grupo, cuando hay muchos pierde pie y parece distante, al contrario que con Juan Pablo II».
Pero Winincher insiste en que «yo mismo no lo reconozco cuando lo veo hablar en televisión en italiano o en alemán, tenso, y cuando está entre nosotros, hablando y riendo en bávaro».

(ABC)

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Algo más que un inquisidor
«La ferocidad regada de espumarajos que desde ciertos sectores se ha dispendiado para saludar a Benedicto XVI constituye la mejor prueba de la oportunidad de su elección; pues lo que desde dichos sectores se desea es una Iglesia genuflexa, desarmada y náufraga»
JUAN MANUEL DE PRADA

Como era previsible, la elección de Benedicto XVI ha provocado una súbita erisipela en ambientes progresistas, casi siempre sostenida sobre un cúmulo de tópicos que alcanza densidad de mugre. Casi todas las invectivas dirigidas contra el nuevo Pontífice se fundan en una burda caricatura que lo reduce a una suerte de Torquemada redivivo, un inmovilista aferrado a la ortodoxia, incapaz de afrontar las exigencias de nuestra época. Creo que en esta caracterización paródica subyace la creencia un tanto turulata de que los credos religiosos requieren una revisión constante, una continua «aclimatación» a cada instante y cada época. A nadie se le ocurriría afirmar que tal o cual sistema filosófico merece crédito en verano, pero no en invierno; o que tal o cual teoría cósmica es verosímil al mediodía, pero no a la medianoche. Un credo religioso no puede depender de las veleidades de cada época; lo cual no quiere decir que no deba esforzarse por atender las preguntas que cada época le dirige. En su capacidad para responder vigorosa y convincentemente a tales preguntas mediremos su grado de salud; pero desde el momento en que su respuesta se reduce a un allanamiento o claudicación ante el griterío aturdidor de cada época podemos afirmar sin temor a equivocarnos que dicho credo ha dimitido de su vocación, que no es otra sino ofrecer asideros firmes frente a la marea de relativismo circundante. Así, la ferocidad regada de espumarajos que desde ciertos sectores se ha dispendiado para saludar a Benedicto XVI constituye la mejor prueba de la oportunidad de su elección; pues lo que desde dichos sectores se desea es una Iglesia genuflexa, desarmada y náufraga, sometida al vaivén de las modas e incapaz de remar a contracorriente.
En la caracterización tosca que se ha propagado de Benedicto XVI confluyen el reduccionismo, la mistificación y la ignorancia propiamente dicha. Así, por ejemplo, cuando se le pinta como un azote de heterodoxos, se recuerda su rigor con corrientes modernistas al estilo de la teología de la liberación; no se recuerda, en cambio, que desde su cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, empleó idéntico rigor con corrientes architradicionalistas como la que capitaneaba el obispo Marcel Lefevre. Se ha repetido que su pensamiento es rígido, fundamentalista y retrógrado, pero la lectura de sus obras desmiente esta afirmación: se trata, desde luego, de un pensamiento que postula un regreso a los fundamentos de la fe, una purificación de adherencias postizas; pero en este llamamiento a la integridad no detectamos la tentación del inmovilismo, sino, por el contrario, un esfuerzo por hacer comprensibles unas verdades inmanentes en el lenguaje de hoy, que a fin de cuentas es lo que trató de hacer el Concilio Vaticano II. Se ha tachado también al nuevo Papa de antifeminista; pero en realidad lo que Benedicto XVI ha denunciado es el error de cierto feminismo, que concibe la promoción de la mujer como una igualación con el hombre que anule su especifidad. Al vindicar la necesidad de diversificar a los seres humanos en dos sexos, Benedicto XVI ha demostrado valentía e inconformismo: cancelar la diferencia sexual significa anular la potencialidad femenina y rebajar la dignidad de la mujer, aunque sea bajo la máscara de la igualdad absoluta, más allá incluso de los imperativos biológicos. Benedicto XVI ha sabido leer el feminismo desde un nuevo punto de vista; lo cual no es óbice para que le exijamos un mayor protagonismo de la mujer en el Gobierno de la Iglesia.

Desmantela la imagen de inquisidor
Con sus primeras actitudes, Benedicto XVI está desmantelando esa imagen monolítica del Gran Inquisidor encaramado en un púlpito de intransigencia que le atribuyen sus detractores. En su primer mensaje como Pontífice, afirmó que «hacen falta gestos concretos que penetren en las almas y muevan las conciencias, solicitando de cada uno esa conversión interior que es el presupuesto de todo proceso de ecumenismo». Benedicto XVI ha querido que la ceremonia que se celebrará el próximo domingo se denomine de «comienzo del ministerio petrino como Obispo de Roma», y no como era costumbre de «inicio solemne del ministerio como Pastor Universal de la Iglesia», con un matiz que sin duda será muy apreciado por las otras confesiones cristianas. El Papa, en un gesto cristalino de disponibilidad ecuménica, visitará el lunes la Basílica Ostiense, para venerar el sepulcro de San Pablo, un gesto que subraya el vínculo inseparable de la Iglesia de Roma con el Apóstol de los gentiles. Allí, en la Basílica Ostiense, Juan XXIII anunció el 25 de enero de 1959, fiesta de la conversión de San Pablo, que convocaría un Concilio; allí Pablo VI, celebró una oración con los observadores no católicos del Concilio Vaticano II que él se encargaría de clausurar; allí declaró Juan Pablo II el Jubileo. En este gesto tan elocuente de Benedicto XVI no vislumbramos tan sólo un rasgo de continuismo con la mejor herencia de sus predecesores, sino sobre todo una voluntad auténtica de hacer más inteligible y universal el mensaje cristiano.

Honestidad y estatura intelectual
La honestidad y estatura intelectuales de Benedicto XVI, por lo demás, han sido reconocidas incluso por personalidades como Hans Küng, muy alejadas de sus postulados. A la postre, lo que molesta y ofende del pensamiento de Benedicto XVI es que parte de una convicción: para él, el mensaje cristiano representa la verdad; una verdad no anquilosada, sino sometida a continua pesquisa, pero verdad a fin de cuentas. Naturalmente, una época que no concibe la posibilidad de una verdad que se oponga a sus delicuescencias y descarríos mira con recelo, repulsa y, sobre todo, pavor, a Benedicto XVI, el Papa que ha hecho suyo el lema de su predecesor: «No tengáis miedo». Desde luego, quienes soñaban con una Iglesia genuflexa, desarmada y náufraga, sometida al vaivén de las modas e incapaz de remar a contracorriente, tienen razones de peso para sentirse defraudados.

(ABC)

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VALE LA PENA

Vale la pena... cada espina, cada rosa... cada lágrima que riega lo que florecerá en sonrisa... porque la Vida es maravillosa por ella misma... no importan las penas no importa el desamor... porque pasa... todo pasa y el sol vuelve a brillar...

Hay momentos que sentimos que todo esta mal, que nuestras vidas se hunden en un abismo tan profundo, que no se alcanza a ver ni un pequeño resquicio por el que pase la luz. En esos momentos debemos tomar todo nuestro amor, nuestro coraje, nuestros sentimientos, nuestra fuerza y luchar por salir adelante.

Muchas veces nos hemos preguntado si vale la pena entusiasmarnos de nuevo, y solo puedo contestar una cosa: Hagamos que nuestra vida valga la pena. Vale la pena sufrir, porque he aprendido a amar con todo el corazón. Vale la pena entregar todo, porque cada sonrisa y lagrima son sinceras. Vale la pena agachar la cabeza y bajar las manos, porque al levantarlas seré mas fuerte de corazón.

Vale la pena una lagrima, porque es el filtro de mis sentimientos, a través de ella me reconozco frágil y me muestro tal cual soy. Vale la pena cometer errores, porque me da mayor experiencia y objetividad. Vale la pena volver a levantar la cabeza, porque una sola mirada puede llenar ese espacio vacío.

Vale la pena volver a sonreír, porque eso demuestra que he aprendido algo más. Vale la pena acordarme de todas las cosas malas que me han pasado, porque ellas forjaron lo que soy el día de hoy. Vale la pena voltear hacia atrás, porque así se que he dejado huella en los demás. Vale la pena vivir, porque cada minuto que pasa es una oportunidad de volver a empezar.

Todo esto son solo palabras, letras entrelazadas con el único fin de dar una idea. Lo demás, depende de cada uno de nosotros. Dejemos que nuestras acciones hablen por nosotros. Hagamos que nuestra vida valga la pena.

Seamos Felices... ¿Verdad que vale la pena?

(Valores)

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Lecturas del 22-4-05 (Viernes de la Cuarta Semana de Pascua)

SANTORAL: San Teodoro

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 13, 26-33

Habiendo llegado Pablo a Antioquía de Pisidia, decía en la sinagoga:
«Hermanos, este mensaje de salvación está dirigido a ustedes: los descendientes de Abraham y los que temen a Dios. En efecto, la gente de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús, ni entendieron las palabras de los profetas que se leen cada sábado, pero las cumplieron sin saberlo, condenando a Jesús.
Aunque no encontraron nada en él que mereciera la muerte, pidieron a Pilato que lo condenara. Después de cumplir todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del patíbulo y lo pusieron en el sepulcro.
Pero Dios lo resucitó de entre los muertos y durante un tiempo se apareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, los mismos que ahora son sus testigos delante del pueblo.
Y nosotros les anunciamos a ustedes esta Buena Noticia: la promesa que Dios hizo a nuestros padres, fue cumplida por él en favor de sus hijos, que somos nosotros, resucitando a Jesús, como está escrito en el Salmo segundo: Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy.»

Palabra de Dios.

SALMO Sal 2, 6-7. 8-9. 10-12a (R.: 7)

R. Tú eres mi hijo, hoy yo te he engendrado.


«Yo mismo establecí a mi Rey
en Sión, mi santa Montaña.»
Voy a proclamar el decreto del Señor:
El me ha dicho: «Tú eres mi hijo,
yo te he engendrado hoy.» R.

«Pídeme, y te daré las naciones como herencia,
y como propiedad, los confines de la tierra.
Los quebrarás con un cetro de hierro,
los destrozarás como a un vaso de arcilla» R.

Por eso, reyes, sean prudentes;
aprendan, gobernantes de la tierra.
Sirvan al Señor con temor;
temblando, ríndanle homenaje. R.

X Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 1-6

Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí.»

Palabra del Señor.

Reflexión

Los apóstoles debían estar muy golpeados con la muerte que Jesús había anunciado, la traición de uno de ellos y la negación de Pedro.
El Señor, con cariño, los consuela y alienta.
Así como confían en Dios, el Padre, deben también confiar en Él.

Jesús les anuncia que en el hogar del Padre, tienen ya un sitio apacible, que Él va a ir a prepararles.
Jesús, vuelve al Padre, pero sigue presente en medio de los suyos por medio del Espíritu Santo, de la santa Eucaristía, y en los hermanos.
Muchas veces, Jesús les repite que Él es el camino hacia el Padre, que quien ve a Él, ve al Padre.

Los discípulos, sin embargo, no acaban de entender, y cuando Tomás le dice que cómo van a conocer el camino, si ni saben a dónde va, Jesús le responde: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.

Cristo es el camino, el único camino. El camino verdadero que nos conduce al Padre. Y en Cristo está la verdadera vida.

Jesús es la vida, porque es el único que la posee en su plenitud y la puede comunicar. Nadie va al Padre sino por Él. No hay otro camino. Los discípulos, aunque entre sombras, ya conocen al Padre, porque lo han visto en Jesús y creen en el Hijo.

En la confusión de este mundo en que vivimos, en la inseguridad del presente y en la incertidumbre del porvenir, las palabras del Señor son Luz para nuestro caminar.
* Porque sabemos que no tenemos aquí abajo morada definitiva;
* Porque podemos contar, apoyados en la palabra del Señor, que allí, en el hogar del Padre, tenemos preparado un sitio;
* Porque sabemos que Jesús resucitado nos lo está preparando, para que un día estemos donde él está y compartamos su gloria.

Y mientras vivimos en “esta tienda de campaña”, como dice San Pablo, sabemos cuál es nuestro camino, el que lleva a la Vida; el que no se pierde, ni nos hace perdernos. Jesús es siempre nuestro camino; Él es el que vive en el reino del Padre, el cordero resucitado, pero al mismo tiempo el que vive en la comunidad, en su Iglesia, al que seguimos escuchando en su Palabra y en sus sacerdotes.

Jesús es el camino, pero también es caminante con nosotros, con su pueblo.
Si nos apartamos de su Iglesia, nuestro camino se pierde en la confusión de las sendas.
No es Jesús el término del camino. El término del camino es el Padre; pero con Jesús, vamos a ir descubriendo como los apóstoles, poco a poco al Padre.

Caminando con Jesús y cargando nuestra cruz, y aliviando la de nuestros hermanos, llegaremos a la fuente de vida y verdad, al Padre, lleno de amor y misericordia.
Pidámosle hoy a María, nuestra madre, que nuestro camino no se aparte nunca del de su Hijo

Buenos días, Señor, a ti el primero
encuentra la mirada
del corazón, apenas nace el día:
Tú eres la luz y el sol de mi jornada.

Buenos días, Señor, contigo quiero
andar por la vereda:
Tú, mi camino, mi verdad, mi vida;
Tú, la esperanza firme que me queda.

Buenos días, Señor, a ti te busco,
levanto a ti las manos
y el corazón, al despertar la aurora:
quiero encontrarte siempre en mis hermanos.

Buenos días, Señor resucitado,
que traes la alegría
al corazón que va por tus caminos
¡vencedor de tu muerte y de la mía!
Himno de la Liturgia de las Horas

SANTORAL: San Teodoro

Teodoro, cuyo nombre significa "don de Dios", nació en el pueblo de Sikeón, en Galacia, antigua provincia romana del Asia Menor que debe su nombre a los galos, quienes la invadieron en el siglo III antes de Cristo. Su vida transcurrió entre los siglos VI y VII de nuestra era.
Desde muy niño dio raras muestras de piedad; oraba frecuentemente y concurría con asiduidad a la iglesia. Ya adolescente, hizo vida solitaria en una cueva, y más tarde, en una montaña desierta.
Deseoso de visitar los santos lugares, realizó una peregrinación a Jerusalén. Ordenado sacerdote por el obispo de Anastasiópolis, se convirtió en un austero monje.
Vuelto a su ciudad natal formó, con su ejemplo y con su prédica, numerosos discípulos y así fundó el monasterio de Sikeón, del cual fue abad; pero siguió viviendo en una retirada cueva.
El conde bizantino Mauricio, jefe de los ejércitos imperiales, lo visitó a su regreso de una campaña en Persia, ocasión en que el santo le predijo que sería nombrado emperador, lo que ocurrió en el año 582. Después de su coronación en Constantinopla, este emperador lo obligó a aceptar el arzobispado de Anastasiópolis.
Pero Teodoro no ansiaba dignidades; su lugar era su apartado retiro. Después de diez años le fue aceptado que renunciase al cargo y volviese a su soledad de Sikeón. Fue ferviente propagador del culto a san Jorge.
Llamado por el emperador, viajó más tarde a la capital del Imperio donde curó a uno de sus hijos, al parecer, enfermo de lepra.
San Teodoro de Sikeón murió el 22 de abril del año 613. Uno de sus discípulos, llamado Eleusio, escribió su vida.

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