Boletín Informático de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

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20 de febrero de 2004

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Red Pionera

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Prov. 31, 10-12
 


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La ONU quiere que se traspase el poder a un nuevo Consejo iraquí más representativo

Lajdar Brahimi, asesor político de Annan, intenta repetir la solución afgana: una gran asamblea de notables representativa de todas las etnias y grupos del país

NACIONES UNIDAS. El traspaso de soberanía de las potencias ocupantes a los iraquíes se está convirtiendo en un paso de las Termópilas plagado de peligros. Llamada por Washington en su ayuda para tratar de salir con las menos heridas posibles del avispero, Naciones Unidas sopesa cada paso con extremada cautela.

El secretario general de la ONU, Kofi Annan, aceptó ayer que el próximo 30 de junio -una fecha «sagrada» tanto para Estados Unidos como para los iraquíes- se mantenga como día sin retorno para el traspaso de soberanía, pese a la imposibilidad manifiesta de celebrar elecciones. Annan quiere sin embargo que el Consejo de Gobierno que reciba el cetro del poder sea mucho más representativo que el actual, aunque está por ver cómo elegir a sus miembros para que ningún sector de la sociedad iraquí se sienta ninguneado y pueda cebar el peligro de una guerra civil.

Descabezadas han quedado las propuestas que estaban sobre la inestable mesa iraquí: celebrar asambleas regionales («caucus») que seleccionaran representantes en las 18 provincias del país, como en principio proponían los estadounidenses, o la de convocar a unas elecciones directas antes del 30 de junio, una opción que defendía el ayatolá Ali al-Sistani, líder de la mayoría chií, aunque dejó en manos de las Naciones Unidas precisamente la determinación de si semejante órdago político en tan estrecho plazo era viable.

Falta por ver, sin embargo, cuál será este viernes la respuesta de la calle chií y la del propio Sistani a ese no.

Annan compareció ayer brevemente ante la prensa acompañado de su asesor político Lajdar Brahimi, recién regresado de un viaje de exploración de siete días a Irak en el que, a diferencia de las potencias ocupantes (la Autoridad anglo-estadonunidense), sí fue recibido por Sistani. Tras informar a puerta cerrada a los 46 embajadores constituidos en el grupo denominado Amigos de Irak, el secretario general dejó de lado las inviables elecciones al decir que: «Ahora tenemos que trabajar en buscar mecanismos para establecer un Gobierno interino hasta que se puedan celebrar las elecciones».

Como en Afganistán

Algunas fuentes diplomáticas señalaron que Brahimi intenta repetir en cierta medida en Irak el camino que propició en Afganistán: una gran asamblea de notables, representativa de todas las etnias y grupos del país. Según este esquema, el actual Consejo de Gobierno formado por 25 miembros y elegido a dedo por Estados Unidos pasaría a estar formado por entre 75 y 100 personas.

El mensaje a trasladar a la población -y a la insurgencia- es que sería un nuevo Consejo o Asamblea no tintado por la mano ocupante y de la que surgiría finalmente un Ejecutivo hasta la celebración de elecciones universales y directas que Brahimi parece que propondrá que se celebren a fines del año 2005. El problema es cómo elegir a esos 75 ó 100 notables, y qué contenido darle a su autoridad.

Se espera que el Consejo de Seguridad reciba la próxima semana tanto el informe de Brahimi y sus propuestas para Irak como las ideas elaboradas por otra alta funcionaria de la organización, Carina Perelli, y su equipo de la División de Asistencia Electoral, tras pasar diez días en Irak estudiando las modalidades y viabilidad de un proceso electoral con garantías.

Diplomáticos árabes citados ayer por el New York Times consideran que el calendario iraquí está completamente contaminado por las elecciones presidenciales en Estados Unidos y que Kark Rove, el estratega número uno de George W. Bush y su principal consejero político, quiere distanciar al máximo posible la sangría y el caos iraquí de la cada día más incierta campaña electoral de noviembre.

Intereses electorales

Noah Feldman, profesor de Derecho en la Universidad de Nueva York, que ha prestado ayuda al Consejo de Gobierno iraquí para redactar la nueva Constitución, declaró ayer al mismo diario que «todos creen que esas fechas límite han sido elegidas por intereses electorales estadounidenses».

De ahí que tanto Annan como Brahimi subrayaran ayer la autonomía de la ONU, para evitar que pueda ser percibida como un brazo político al servicio de las potencias ocupantes, lo que para algunos analistas contribuyó a instigar los ataques sufridos por la organización en Bagdad el pasado verano.

Para Kofi Annan, la ONU sólo podrá abordar con alguna posibilidad de éxito su contribución a la reconstrucción política de Irak si mantiene «una identidad clara y separada», de tal modo que la organización sea aceptada como «un organismo imparcial e independiente, con ninguna otra agenda que ayudar al país en momentos difíciles».

De nuevo vuelve a la mesa del Consejo de Seguridad la cuestión del papel crucial que la ONU puede y debe jugar en Irak, una encomienda que Estados Unidos parece cada vez más ansioso de que la organización asuma lo antes posible. La cuestión iraquí es hoy la patata más incandescente del calendario internacional, y amenaza con seguir rodando hasta las cruciales elecciones en las que Bush se juega su reelección.

(ABC)

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Células estaminales de cordón umbilical alivian a niño con desórdenes genéticos
WASHINGTON DC, 18 Feb. 04

 Un grupo de expertos en Carolina del Norte concluyó con éxito un transplante de células madre de cordón umbilical –cuya obtención no supone la muerte de algún ser humano- para aliviar los problemas cardíacos de un niño con desórdenes genéticos.

Los expertos de la Universidad Duke de Carolina del Norte anunciaron la proeza, mientras siguen los cuestionamientos éticos al experimento de científicos surcoreanos y estadounidenses que clonaron 30 embriones humanos para extraer su células estaminales –procedimiento que implica su muerte- con el fin de probar curas a enfermedades como diabetes o parkinson.

Lo ocurrido en el Duke Comprehensive Cancer Center implicó el primer experimento en el que las células estaminales son aplicadas a un cuerpo humano sin previa evolución en un laboratorio.

Las células madre o estaminales son aquellas que todavía no tienen un código "asignado" y pueden desarrollarse como células de cualquier tejido del cuerpo.

Los expertos de la Universidad Duke de Carolina del Norte explicaron que obtuvieron las células de la sangre de un cordón umbilical, que posteriormente fueron transplantadas y transformadas en células cardiacas para reparar el tejido dañado.

Los médicos aseguran que este método puede ayudar a tratar numerosas enfermedades que sufren los niños, incluso leucemia.

El Duke Comprehensive Cancer Center ha validado científicamente por primera vez que las células madre de cordón umbilical pueden infiltrar el tejido cardiaco dañado y transformarse en las células cardiacas necesarias para reparar el daño.

En este centro se utiliza desde hace una década sangre de cordón para corregir defectos cardiacos, cerebrales y hepáticos en niños con enfermedades metabólicas raras. Pero hasta ahora carecían de evidencia molecular para probar que las células sanguíneas de cordón eran responsables de la curación.

"Teníamos evidencia clínica de que las células madre de cordón umbilical van más allá de la formación de sangre y del sistema inmune, pueden diferenciarse dentro del cerebro, corazón, hígado y osteocitos", explicó Joanne Kurtzberg, director del Programa de Trasplante Pediátrico de Células Madre y Médula Osea de Duke.

"Ahora, además, hemos analizado tejido cardiaco a nivel celular y hemos encontrado que las células de cordón no sólo están presentes en tejido cardiaco sino que pueden transformarse en cardiomiocitos", agregó.

La Iglesia y las células madre

Según Justo Aznar, jefe de Biopatología del Hospital La Fe de Valencia, “parece indudable que las células madre adultas representan una adecuada alternativa a la utilización de células madre embrionarias, con vista a la regeneración y reparación de tejido”.

En declaraciones al diario La Razón, Aznar sostiene que en el debate ético por la clonación de embriones humanos para la obtención de células madre, se ha presentado a la Iglesia Católica como obscurantista y contraria a la investigación científica.

“Sin embargo la Iglesia, como muchos estados y colectivos científicos, nunca se ha opuesto a la investigación con células madre, siempre que esto no suponga la destrucción de embriones. De hecho, la mayor parte de los avances médicos en este campo se han realizado a partir de células madre procedentes de adultos, que no presentan ningún inconveniente ético”, informa La Razón.

Aznar pide “dotar de mayores presupuestos a la investigación con células madre adultas con fines terapéuticos, ya que éste es el camino idóneo para poder desarrollar la medicina reparadora sin los problemas éticos que tiene la utilización de las células embrionarias”.

(Aciprensa)

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«Lo que Gibson buscaba con “La Pasión” lo ha conseguido: golpea»
Vittorio Messori comparte su impresión sobre la película

ROMA, miércoles, 18 febrero 2004

 Vittorio Messori ha sido uno de los pocos periodistas europeos en visionar la última producción cinematográfica de Mel Gibson. En este artículo –publicado este miércoles por el diario español «La Razón»--, relata el impacto que le produjo la película de «La Pasión». Messori se cuenta entre los escritores católicos más vendidos y traducidos del mundo.

* * *

En la salita insonorizada, la luz se vuelve a encender después de dos horas y seis minutos. Somos apenas una docena, de muchos países, conscientes de nuestro privilegio: por invitación de Mel Gibson y del productor Steve Mc Eveety, somos los primeros en Europa en ver la cinta recién llegada de Los Ángeles. La misma que el próximo miércoles se estrenará en dos mil salas americanas, en quinientas inglesas, en otras tantas australianas, la misma que ha llevado al colapso a todos los sitios de Internet y que en la primera semana recuperará los 30 millones de dólares de coste de la producción. Ni siquiera el Papa ha visto más que una versión provisional, a la que le faltaba, entre otras cosas, parte de la banda sonora. Pero sí, esta tarde somos los primeros (los españoles la verán el 2 de abril y los italianos tendrán que esperar hasta el día 7, Viernes de Dolores).

Llorando en silencio

Cuando terminan de pasar los títulos de crédito, donde los nombres americanos se alternan con los italianos, donde los agradecimientos al ayuntamiento de Matera se alienan junto al nombre de teólogos y especialistas en lenguas antiguas; cuando el técnico le da al interruptor que enciende las luces, la salita sigue en silencio. Dos mujeres lloran, silenciosamente; el monseñor en clergyman que tengo a mi lado está palidísimo, con los ojos cerrados; el joven secretario atormenta nervioso un rosario; un tímido, solitario comienzo de aplauso se apaga enseguida, avergonzado. Durante larguísimos minutos nadie se levanta, nadie se mueve, nadie habla. Así que lo que nos anunciaban era cierto: «The Passion of The Christ» nos ha golpeado; el efecto que Gibson pretendía se ha realizado en nosotros, primeros cobayas. Yo sigo desconcertado y mudo: durante años he pasado por la criba, una por una, las palabras del griego con las que los evangelistas narran aquellos hechos; ninguna minucia histórica de aquellas horas en Jerusalén me es desconocida, he estudiado un libro de cuatrocientas páginas que tampoco Gibson ha ignorado. Lo sé todo. O mejor, ahora descubro que creía que sabía: todo cambia si aquellas palabras se traducen en imágenes que logran transformarlas en carne y sangre, en arañazos de amor y de odio.

Mel lo ha dicho con orgullo y humildad a la vez, con un pragmatismo mezclado con misticismo que hace de él una mixtura singular: «Si esta obra falla, durante cincuenta años no habrá futuro para el cine religioso. En esta película hemos echado el resto: todo el dinero que hacía falta, prestigio, tiempo, rigor, el carisma de grandes actores, la ciencia de los eruditos, la inspiración de los místicos, experiencia, técnica de vanguardia y, sobre todo, nuestra certeza de que valía la pena, de que lo que ocurrió en aquellas horas incumbe a cada hombre. Con este Hebreo tendremos que vérnoslas todos después de la muerte. Si no lo logramos nosotros, ¿quién podrá hacerlo? Pero lo conseguiremos, estoy seguro: nuestro trabajo ha estado acompañado de demasiados signos que me lo confirman».

En efecto, en el set ha ocurrido más de lo que se sabe, y muchas cosas quedarán en el secreto de las conciencias: conversiones, liberaciones de las drogas, reconciliaciones entre enemigos, abandono de lazos adúlteros, apariciones de personajes misteriosos, explosiones de energía extraordinarias, extras que se arrodillaban al paso del extraordinario Caviezel-Jesús, hasta dos relámpagos, uno de los cuales alcanzó la cruz, y que no han herido a nadie. Y después, casualidades leídas como signos: la Virgen con el rostro de la actriz judía de nombre Morgenstern, que --se dieron cuenta después-- es, en alemán, la «Estrella de la mañana» de la letanía del Rosario.

Comprender con el corazón

Gibson se ha acordado de la advertencia del Beato Angélico: «Para pintar a Cristo, hace falta vivir con Cristo». El ambiente en la ciudad de Matera y en los estudios de Cinecittà parece haber sido aquel de las sagradas representaciones medievales, de las procesiones de flagelantes en peregrinación. Un carro de Tespis del siglo XIV, para el que, cada tarde, un sacerdote con sotana negra de larga fila de botones celebraba una misa en latín, según el ritual de San Pío V. Aquí está la razón verdadera de la decisión de hacer hablar a los judíos en su propia lengua popular, el arameo, y a los romanos en un latín vulgar, de militares, que nos hiere el oído a los viejos alumnos del Liceo, acostumbrados a los refinamientos ciceronianos.

Gibson, católico, amante de la tradición, es un acérrimo seguidor de la doctrina afirmada en el Concilio de Trento: la Misa es sobre todo sacrificio de Jesús, renovación incruenta de la Pasión. Esto es lo que importa, no el «comprender las palabras», como quieren los nuevos liturgos, de cuya superficialidad se lamenta Mel, porque le parece blasfema. El valor redentor de los actos y de los gestos que tienen su cumbre en el Calvario no necesita de expresiones que todo el mundo pueda comprender. Esta película, para su autor, es una Misa: hágase, por tanto, en una lengua oscura, como lo ha sido durante tantos siglos. Si la mente no comprende, mejor. Lo que importa es que el corazón entienda que todo lo que sucedió nos redime del pecado y nos abre las puertas de la salvación, como recuerda la profecía de Isaías que se presenta como prólogo a toda la película.

El prodigio, por tanto, me parece que se ha realizado: pasado un rato, se abandona la lectura de los subtítulos para entrar, sin distracciones, en las escenas --terribles y maravillosas-- que se bastan a sí mismas.

En el plano técnico, el film es de una altísima calidad. Pasolini, Rossellini, el propio Zeffirelli, quedan reducidos a parientes pobres y arcaicos: en Gibson hay una luz sabia, una fotografía magistral, un vestuario extraordinario, escenografías desoladas y, cuando es necesario, suntuosas; un maquillaje de increíble eficacia, unos grandes profesionales, vigilados por un director que es también un ilustre colega. Y, sobre todo, unos efectos especiales tan apabullantes que, como nos decía Enzo Sisti, el productor ejecutivo, quedarán en secreto, confirmando el enigma de la obra, donde la técnica quiere estar al servicio de la fe. Una fe en su versión más católica --con el beneplácito del Papa y de tantos cardenales, incluido Ratzinger-- de la que «La Pasión» es un manifiesto lleno de símbolos, que sólo un ojo competente es capaz de discernir del todo. Haría falta un libro (dos, de hecho, están en preparación) para ayudar al espectador a comprender.

En síntesis, la «catolicidad» radical de la película reside sobre todo en el rechazo de cualquier desmitificación, en tomar los Evangelios como crónicas precisas: las cosas, se nos dice, fueron así, como las Escrituras lo describen. El catolicismo está en el reconocimiento de la divinidad de Jesús que convive con su plena humanidad. Una divinidad que irrumpe en la sobrehumana capacidad de aquel cuerpo de sufrir una cantidad de dolor como nadie ha sufrido antes ni después, en expiación de todo el pecado del mundo.

Una «catolicidad» radical (que, preveo, pondrá en dificultades a algunas Iglesias protestantes, ya generosamente movilizadas para alentar la distribución) también en el aspecto «eucarístico», reafirmado en su materialidad: la sangre de la Pasión está siempre unida al vino de la Misa y la carne martirizada, al pan consagrado. Y está también en el tono fuertemente mariano: la Madre y el Diablo (que es mujer, o quizá andrógino) son omnipresentes, la una con su dolor silencioso; el otro --o la otra-- con su complacencia maligna. De Anna Caterina Emmerich, la vidente estigmatizada, Gibson ha tomado intuiciones extraordinarias: Claudia Prócula, la mujer de Pilatos, que ofrece, llorando, a María los paños para recoger la sangre de su Hijo, está entre las escenas de mayor delicadeza del filme, que, más que violento, es brutal. Como brutal fue, recuerdo, la Pasión. Si al martirio se dedican dos horas, dos minutos bastan para recordar que no fue aquella la última palabra: del Viernes Santo, a la Resurrección, que Gibson ha resuelto acogiendo una lectura de las palabras de san Juan, que también yo propuse. Un «vaciamiento» del sudario, dejando un signo suficiente para «ver y creer» que el reo ha triunfado sobre la muerte.

¿Antisemitismo?

¿Antisemitismo o antijudaísmo? No bromeemos con palabras demasiado serias. Vista la película, creo que tienen razón los judíos americanos que amonestan a sus correligionarios a no condenar la película antes de verla. Queda clarísimo que lo que pesa sobre Cristo y lo reduce a aquel estado no es la culpa de éste o de aquél, sino el pecado de todos los hombres, sin excluir a ninguno. A la obstinación de Caifás en pedir la crucifixión (aquel saduceo colaboracionista que no representaba al pueblo judío: el Talmud tiene para él y su suegro palabras terribles) hace abundante contrapeso el sadismo inaudito de los verdugos romanos; a las vilezas políticas de Pilatos, se opone el coraje del miembro del Sanedrín --episodio añadido por el director-- que se enfrenta al Sumo Sacerdote gritándole que aquél proceso es ilegal. ¿Y no es acaso judío el Juan que sostiene a la Madre, no es judía la piadosa Verónica, no es judío el impetuoso Simón de Cirene, no son judías las mujeres de Jerusalén que gritan su desesperación, no es judío Pedro, que, perdonado, morirá por el Maestro? Al comienzo de la película, antes de que el drama se desencadene, la Magdalena pregunta, angustiada, a la Virgen: «¿Por qué esta noche es tan diferente a cualquier otra?». «Porque --responde María-- todos los hombres son esclavos, y ahora ya no lo serán más». Todos, pero absolutamente todos. Sean «judíos o gentiles». Esta obra, dice Gibson, amargado por agresiones preventivas, quiere reproponer el mensaje de un Dios que es Amor. ¿Y qué Amor sería este si excluyese a alguien?

Vittorio MESSORI

(ZENIT.org)

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Juan Pablo II: La sangre de Cristo, el don más grande de Dios
Meditación sobre el cántico del primer capítulo de la Carta a los Efesios

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 18 febrero 2004

 Publicamos la meditación que pronunció Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles dedicada a comentar el cántico del primer capítulo de la Carta de san Pablo a los Efesios (3-10), «El Dios salvador».

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

1. El espléndido himno de «bendición», con el que comienza la Carta a los Efesios y que es proclamado cada lunes en la Liturgia de las Vísperas, será objeto de una serie de meditaciones a lo largo del itinerario que estamos siguiendo. Por el momento, nos contentaremos con echar una mirada al conjunto de este texto solemne y bien estructurado, como un majestuoso edificio, destinado a exaltar la maravillosa obra de Dios, actuada en Cristo por nosotros.

Comienza con un «antes» precedente al tiempo y a la creación: es la eternidad divina en la que ya toma vida un proyecto que nos sobrepasa, una «predestinación», es decir, el designio amoroso y gratuito de un destino de salvación y de gloria.

2. En este proyecto trascendente, que engloba la creación y la redención, el cosmos y la historia humana, Dios había establecido, «en su benevolencia», «recapitular todas las cosas en Cristo», es decir, restablecer el orden y el sentido profundo de todas las realidades, las del cielo y las de la tierra (Cf. 1,10). Ciertamente Él es «cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo», pero también el principio vital de referencia del universo.

El señorío de Cristo se extiende, por ello, tanto al cosmos como al horizonte más específico que es la Iglesia. Cristo desempeña una función de «plenitud» para que en él se revele el «misterio» (1, 9) escondido en los siglos y toda la realidad realice --en su orden específico y en su grado-- el designio concebido por el Padre desde la eternidad.

3. Como tendremos oportunidad de ver a continuación, esta especie de Salmo del Nuevo Testamento se concentra sobre todo en la historia de la salvación, que es expresión y signo vivo de la «benevolencia» (1,9), del «amor» (1,6) divino.

A continuación presenta la exaltación de «la redención» alcanzada «por medio de su sangre», «el perdón de los delitos», la abundante efusión de «la riqueza de su gracia» (1,7), la adopción divina del cristiano (Cf. 1, 5), al que le ha dado a conocer «el misterio de la voluntad» de Dios (1,9), por el que se entra en la intimidad de la misma vida trinitaria.

4. Tras haber repasado en su conjunto el himno con el que comienza la Carta a los Efesios, escuchamos ahora a san Juan Crisóstomo, maestro extraordinario y orador, agudo intérprete de la Sagrada Escritura, quien vivió en el siglo IV y llegó a ser obispo de Constantinopla, en medio de dificultades de todo tipo, sometido incluso a la experiencia del exilio.

En su Primera Homilía sobre la Carta a los Efesios, al comentar este Cántico, reflexiona con reconocimiento sobre la «bendición» que hemos recibido «en Cristo»: «¿Qué te falta? Te has convertido en inmortal, te ha hecho libre, hijo, justo, hermano, coheredero, reinas con él, con él eres glorificado. Se te ha dado todo y --como está escrito-- "¿cómo no nos dará con él todas las cosas?" (Romanos 8, 32). Tus primicias (Cf. 1 Corintios 15, 20.23) son adoradas por los ángeles, por los querubines, por los serafines: ¿qué te puede faltar ahora?» (PG 62, 11).

Dios ha hecho todo esto por nosotros, sigue diciendo san Juan Crisóstomo, «según el beneplácito de su voluntad». ¿Qué significa esto? Significa que Dios desea apasionadamente y anhela ardientemente nuestra salvación. «Y, ¿por qué nos ama hasta llegar a este punto? ¿Por qué nos quiere tanto? Sólo por su bondad: la "gracia", de hecho, es propia de la bondad» (ibídem, 13).

Precisamente por este motivo, concluye el Padre de la Iglesia, san Pablo afirma que todo se cumplió «para alabanza de la gracia que se nos ha dado en su Hijo amado». Dios, de hecho, «no sólo nos ha liberado de los pecados, sino que nos ha hecho también dignos de ser amados...: ha embellecido nuestra alma, la ha hecho deseable y amable». Y cuando Pablo declara que Dios lo ha hecho mediante la sangre de su Hijo, san Juan Crisóstomo exclama: «No hay nada más grande que esto: la sangre de Dios ha sido derramada por nosotros. El que ni siquiera haya perdonado la vida de su Hijo (Cf. Romanos 8, 32) es algo más grande que la adopción divina como hijos y que los demás dones; el perdón de los pecados es algo grande, pero más grande es todavía el que esto haya tenido lugar mediante la sangre del Señor» (ibídem, 14).

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, un colaborador del Papa hizo este resumen de su intervención en castellano y presentó a algunos de los grupos de peregrinos procedentes de América Latina y España].

Queridos hermanos y hermanas:

El himno de bendición con el que empieza la Carta a los Efesios es un texto solemne y bien estructurado que resalta la maravillosa obra de Dios, llevada a cabo por Cristo. Este proyecto divino, preestablecido por Dios en su benevolencia, es el de recapitular todas las cosas en Cristo. Su señorío se extiende a todo el universo y Él revela el misterio escondido en los siglos para que todo el cosmos lleve a término el proyecto concebido por Dios antes de la creación del mundo.

La obra de Cristo, con la remisión de los pecados, la efusión de las riquezas de su gracia, la filiación divina del cristiano y el dar a conocer el misterio de su voluntad, hacen que se pueda entrar en el misterio íntimo de la misma vida trinitaria.

[El Papa saludó al final en castellano a los peregrinos procedentes de América Latina y España].

Saludo con afecto a los peregrinos y familias de lengua española. En especial a los miembros de la Asociación de Feriantes de España y a los alumnos del Colegio Seminario de Barbastro, así como al grupo de peregrinos chilenos. Que vuestra visita a la memoria de los Apóstoles Pedro y Pablo os reafirmen en vuestra fe. Muchas gracias por vuestra atención.

(ZENIT.org)

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El Sacramento del Perdón se da gratis

P. Mariano de Blas

Una de las mayores necesidades del hombre es la de sentirse perdonado. Pues bien, hay por ahí arrumbado en las sacristías un Sacramento que se llama el "Sacramento del Perdón". Y se da gratis, no cuesta nada, pero la gente ya casi no lo pide.
Yo quisiera decir que la confesión es un encuentro con Dios. Un encuentro auténtico con Él, no deja igual, ¡transforma!.

Así como los encuentros de la Samaritana, de Zaqueo, de Pablo, etc., en esos encuentros hay un algo que hacer saltar la chispa de sentir a Dios como la medicina adecuada, la solución, el sentido de la vida, el que andaba buscando, lo que más necesitaba. La medicina toca en la llaga abierta, pero no para abrirla más, sino para curarla.

El pecador ante Dios no se siente descubierto, sino perdonado. Ante Cristo Crucificado el pecador no debe sentir vergüenza sino amor. La confesión es un encuentro peculiar: la miseria choca con la misericordia, el pecador y el redentor se abrazan, el hijo pródigo y el padre se vuelven a encontrar. Pero; ¡qué manía de confesarse con el hombre y no con Dios!
Porque las sogas que me atan son de esta estopa: ¿Qué va a pensar el Padre?, el hombre? El Padre no piensa nada, no debe de pensar nada. ¿Cómo le digo esto sin descomponerme? No me atrevo, mañana me confieso, para lo mismo responder mañana.
Y, ¡qué manía de confesarse consigo mismo!: "He fallado, he caído muy bajo, muy hondo, ¡qué vergüenza!", ¿Para qué me confieso otra vez si voy a volver a fallar?

Te confiesas tu mismo ante tu orgullo herido, que supura rabia, desesperanza, porque no acepta ser un pecador más, de los que tienen que llorar y arrepentirse como todos.

Confesarse con Dios es mejor que confesarse con el hombre o consigo mismo. Duele, ¡sí!, pero ese dolor es de otra clase, duele haber herido un amor, haber ofendido a una Padre, haber roto una amistad. Dolor redentor y humilde que cura, que trae la paz de Dios.

¡Confiésate con Él!, dile tus pecados. Llórale a Dios tu arrepentimiento. Prométele que vas a cambiar, que vas a levantarte de nuevo.

Cuando te confiesas sube la cuesta del Calvario y plántate delante de ese gran Cristo Crucificado, sangrante, que está muriendo por ti. Ahí, ante ese Cristo ¡confiésate!. Cuéntale, llórale tus pecados y a Él pídele perdón.

El encuentro con el hombre provoca vergüenza, el encuentro con uno mismo provoca orgullo herido y la desesperación, el encuentro con Cristo Crucificado produce la paz del perdón.

Hoy haz una cita con el Redentor. Soy el hijo pródigo, me siento pecador, no necesito inventar pecados, ahí están, son muchos, llevan mi nombre, pero el perdón de Dios es infinitamente mayor.

Cristo perdona siempre y con mucho gusto. Ahí encontrarás siempre al mismo Dios con el perdón en la mano y en el corazón, un perdón siempre del tamaño del pecado.

A Cristo le gusta, le fascina perdonar. Con terminología humana podríamos decir, que se siente realizado perdonando, perdonándote a ti y a mi. Se trata de un encuentro con Dios muy especial.

El médico que va con el enfermo sabe muy bien qué medicina recetarle, tiene medicina para todos los males; las hay dulces, las hay pequeñas, las hay grandes, hay medicinas para todos los males.
La verdad es que cuando uno se confiesa bien, se siente curado. Es el encuentro del hombre cansado y triste con Dios Omnipotente que restaura sus fuerzas. Hay en la penitencia vitaminas para la tristeza y el cansancio, males de quien diariamente debe recorrer un largo camino.
La verdad es que la confesión restaura esas fuerzas y nos brinda paz, es el encuentro del amigo que ha fallado a la amistad con el Amigo, con Cristo, con Dios, con ese Padre misericordioso que siempre trae en las manos algo para ti.

La confesión frecuente reafirma mi amistad con Dios, con el Cristo de mis días felices y mis grandes momentos. Por eso, si al confesarme me asiste un poco de fe como un grano de mostaza, debería ser un encuentro regocijante y un gran acontecimiento cada vez.

La forma mejor de confesarse es hacerlo a la puerta del infierno para llenarnos de susto o frente a un crucifijo para llenarnos de amor.

(Catholics)

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El veneno de la calumnia

Fernando Pascual

Las palabras son sólo ruido si no nos dicen nada. Las palabras son algo peor que un ruido si nos enseñan mentiras.

Las calumnias son mentiras contagiosas. Basta una ironía, una insinuación, una conjetura, un artículo o un libro, y se construye una historia falsa en la que algún "pobre hombre" queda pintado como un loco, un criminal, un maníaco o una reencarnación de la maldad. La mentira pasa de boca en boca, rápido, como un fuego que no puede detenerse. Tal vez pasa luego al escrito, a la prensa, a la historia, y dura por meses, años o, incluso, siglos...

Hay personas que tienen la lengua fácil. Suponen delitos en todos, en las personas y en los grupos, en las razas y en las religiones. Basta que alguien tenga suerte en los negocios, para que susurren que debe haber robado. Si un político vence las elecciones, habrá comprado muchos votos.

Si un sacerdote es conocido por sus buenas homilías, seguro que debe tener alguna amante escondida en las oficinas parroquiales. Si una señora bien parecida sale todas las tardes a pasear con su marido, alguno no tarda en insinuar maliciosamente que por las mañanas seguramente se ofrecerá a su jefe de trabajo para servicios no muy mecanográficos.

La maledicencia es como un mundo oscuro que ve el mal donde no se encuentra, y se ciega para ver cualquier forma de bien. No entiende de valores, ni de heroísmo, ni se santidad. El murmurador salpica todo lo que pueda ser bueno a su alrededor para que el mundo se vista de tinieblas, egoísmos y bajezas. Nadie puede ser bueno para el murmurador, quizá porque el ladrón piensa que todos son de su condición...

El murmurador no puede ser un hombre feliz. Su lengua ponzoñera refleja una envidia profunda, un fracaso existencial, una amargura de quien no soporta ver a alguien que pueda vivir honestamente en su trabajo y en su familia.

La Escritura no puede ser más clara ante este pecado: "Pero si tenéis en vuestro corazón amarga envidia y espíritu de contienda, no os jactéis ni mintáis contra la verdad. Tal sabiduría no desciende de lo alto, sino que es terrena, natural, demoníaca.

Pues donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad" (St 3, 14-16). San Agustín nos recuerda que la envidia es el "pecado diabólico por excelencia". San Gregorio Magno, por su parte, muestra la relación entre envidia y maledicencia: "De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad".

Nadie quisiera ser tan miserable. Todos podemos serlo un poco si acogemos y aceptamos esas semillas de muerte que va sembrando, aquí y allá, el murmurador con sus mentiras. No es fácil cortarle las alas, pero podemos, con un poco de prudencia y un mucho de valor, detener el daño de su lengua.

No divulgar ni una sola palabra de crítica a nadie si notamos que se trata de una simple suposición o conjetura. Dejar que el veneno quede ahí, sobre el suelo, ante nuestra indiferencia: no queremos ser cómplices de los que viven para denigrar a los demás.

El murmurador vive para despreciar y odiar. No sabe lo que es amar, ni ha entrado nunca en el Evangelio. Dios puede salvarlo de sus bajezas, si reconoce su pecado, confía en Dios y repara en público el daño que haya podido ocasionar con sus mentiras y sus insinuaciones maliciosas.

Nunca es tarde para el cambio. Siempre es tiempo para amar, para vencer el mal a fuerza de bien (Rm 12, 21). No es fácil, ciertamente, ofrecer amor y misericordia al que ha calumniado y ha quitado, con sus bajezas, con su lengua miserable y traicionera, la fama y el honor de otros, tal vez nuestra propia buena fama...

Pero sólo venceremos el mal de la envidia y la calumnia con la fuerza del perdón y de la misericordia. Entonces, sí, seremos de verdad cristianos, y no nos faltará la felicidad que nos promete Jesucristo: "Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros" (Mt 5,11-12).

(Catholics)

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LA MANSION ETERNA

Un día una señora falleció y llego al cielo allí junto a las mas de 100 mil personas que diariamente mueren, estaba haciendo fila para saber cual seria su destino eterno. De pronto apareció San Pedro y le dijo: Vénganse conmigo y les mostrare en que barrio esta la casa que le corresponde a cada uno, ello dependerá de la cantidad de amor que cada cual haya ofrecido a la tierra a los demás, aquí la única cuota inicial que se recibe para su habitación eterna es la caridad y el buen trabajo que hayan dado en la tierra y los fue guiando por barrios de lujo, como ella jamás pensó que pudiera existir.

Llegaron a un barrio hecho todo de oro, casas de oro, puertas doradas, paredes y techos de oro, una maravilla, y San Pedro exclamó, aquí todos los que gastaron mucho dinero en ayuda a los necesitados, los que su amor hacia los demás si les costo en vida, y fueron entrando todos los generosos los que partieron el pan con el hambriento, los que regalaron sus vestidos a los pobres, consolaron a los presos y visitaron enfermos, la señora quiso entrar, pero un ángel la detuvo al tiempo que decía perdóneme pero usted en la tierra no dio ni migajas a los demás, jamás dio nada que en verdad costara ni en tiempo ni en dinero, ni tampoco vestido. Este barrio es solamente para los de corazón generoso, y no la dejo entrar.

Pasaron luego a otro barrio de la eternidad, todas las casas estaban construidas en marfil todo blancura y elegancia nunca vista la señora se apresuro a entrar en tan hermoso barrio pero un ángel guardián la tomo del brazo y le dijo: Me da pena señora pero este barrio es solamente para aquellos que tuvieron un trato limpio y sincero hacia los demás usted era una persona muy corriente en el hablar, dura, criticona y a veces hasta grosera en su trato; y mientras los demás estaban gozosos en tomar posesión de sus lujosas casas, la pobre mujer se quedaba afuera mirando con envidia a aquellos que habían sido afortunados ella no pudo entrar, le faltaba la cuota inicial haber tratado bien a los demás.

Siguieron luego a un tercer barrio, todo era del más puro cristal, todo brillante y hermoso, la señora corrió a tomar posesión de una de aquellas maravillas pero el ángel portero la detuvo y le dijo muy serio en su pasaporte dice que usted no se intereso ni poco, ni mucho por instruir a los demás y usted nunca se preocupó porque las personas con las que usted vivía se volvieran mejores, así que no hay casa para usted, le falta la cuota inicial de haber colaborado para que otros se instruyeran en las cosas del Señor.

Entristecida, la pobre mujer veía que entraban miles de personas muy alegres a tomar posesión de su casa, mientras ella, con un numeroso grupo de egoístas, era llevada, cuesta abajo hacia un barrio verdaderamente feo y asqueroso, todas las habitaciones estaban construidas de desechos el único material que se había utilizado para la construcción de aquellas casas eran objetos de basura. Las lechuzas sobrevolaban por ahí, ratones moraban en aquel lugar, ella se tapo la nariz porque la fetidez era insoportable y quiso salir huyendo.

No obstante, el guardián del barrio le dijo muy seriamente: una de estas casas será tu habitación ven a tomar posesión de ella, la mujer gritó angustiada que no, que eso era horrible que jamás sería capaz de vivir en semejante montón de basura y el ángel le respondió: señora, esto es lo único que hemos podido construir con la cuota inicial que usted envió desde la tierra, las habitaciones de la eternidad las hacemos con los materiales que las personas mandan desde el mundo, usted solamente enviaba cada día egoísmo, malos tratos a los demás murmuraciones, críticas, palabras hirientes, odios, tacañería y envidia, ¿que más hubiera podido construirle?

Usted misma nos mandó el material para construirle su mansión, la mujer empezó a llorar y a decir que ella no quería vivir ahí y de pronto al hacer un esfuerzo para zafarse de las manos de quien quería hacerle vivir en semejante casa dio un salto...... y se despertó!

Tenía la almohada empapada en lágrimas sin embargo aquella pesadilla le sirvió de examen de conciencia y desde entonces empezó a cambiar su vida y el material que enviaba como cuota inicial para la construcción de su casa eterna.

Te has preguntado ¿qué clase de materiales esta enviando para que le construyan la casa donde vivirá eternamente? Aún estamos a tiempo de cambiar el tipo de material de nuestra cuota inicial, empecemos a amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos.

(Valores org.)

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Lecturas del 20-2-04 (Viernes de la Sexta Semana)

SANTORAL: San Euquerio

Lectura de la carta del apóstol Santiago 2, 14-24. 26

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: «Vayan en paz, caliéntense y coman», y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta.
Sin embargo, alguien puede objetar: «Uno tiene la fe y otro, las obras.» A ese habría que responderle: «Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe.»
¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. Los demonios también creen, y sin embargo, tiemblan. ¿Quieres convencerte, hombre insensato, de que la fe sin obras es estéril?
¿Acaso nuestro padre Abraham no fue justificado por las obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿Ves como la fe no estaba separada de las obras, y por las obras alcanzó su perfección? Así se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó en Dios y esto le fue tenido en cuenta para su justificación, y fue llamado amigo de Dios.
Como ven, el hombre no es justificado sólo por la fe, sino también por las obras. De la misma manera que un cuerpo sin alma está muerto, así está muerta la fe sin las obras.

Palabra de Dios.

SALMO Sal 111, 1-2. 3-4. 5-6 (R.: cf. 1)

R. Feliz el hombre que se complace
en los mandamientos del Señor.

Feliz el hombre que teme al Señor
y se complace en sus mandamientos.
Su descendencia será fuerte en la tierra:
la posteridad de los justos es bendecida. R.

En su casa habrá abundancia y riqueza,
su generosidad permanecerá para siempre.
Para los buenos brilla una luz en las tinieblas:
es el Bondadoso, el Compasivo y el Justo. R.

Dichoso el que se compadece y da prestado,
y administra sus negocios con rectitud.
El justo no vacilará jamás,
su recuerdo permanecerá para siempre. R.

X Lectura del santo Evangelio según san Marcos 8, 34-9, 1

Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?
¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con sus santos ángeles.»
Y les decía: «Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de haber visto que el Reino de Dios ha llegado con poder.»

Palabra del Señor.

Reflexión

No basta creer en Jesús y adherirse a Él.
Hay que renunciar a nosotros mismos, cargar con nuestra propia cruz y así seguirlo.

Esta es la enseñanza que deja Jesús en este pasaje del Evangelio, no sólo a sus apóstoles, sino a todos los que queremos ser verdaderos discípulos suyos.

Son tres las condiciones..., las exigencias..., que el Señor pone a sus seguidores:
La primera, es renunciar a uno mismo. Es renunciar a toda ambición personal, es negarse a las exigencias del YO, para que se pueda construir y ver en nosotros a Cristo. Juan el Bautista reconoció que convenía que él disminuyera para que Cristo pudiera crecer en él. Por eso, el renunciar a uno mismo, es hacer más pequeño nuestro YO, pero con el objeto de elevar este YO a la identificación con Cristo.

La segunda exigencia de Jesús es cargar con nuestra propia cruz.... . Esto significa aceptar la voluntad de Dios, ser obedientes al Padre, como Jesús.
Cada día, debemos tomar la cruz sobre nuestros hombros. Cada día tiene su propia cruz. Cada día la cruz tiene sus aristas, y tenemos que aceptarla con renovada generosidad de entrega al amor del Señor.
La aceptación diaria de nuestra cruz será la renovación que hacemos de todos los días del amor... Será decirle al Señor, cada día: Señor, cuento contigo; Tú puedes contar conmigo.

La tercera exigencia de Jesús es seguirlo. Ser fieles al seguimiento de Cristo.
Perder la vida por Jesús es ganarla, mientras que querer guardarla para uno es perderla para siempre.

El camino del discípulo es el camino del Maestro y el mejor premio, mejor que todos los bienes, será el mismo Señor en su Gloria.

Los apóstoles eran incapaces de entender estas palabras, que eran el programa de Jesús.

Eran incapaces de entenderlas porque estaban en abierta contradicción a la concepción que tenían del Mesías, liberador de su pueblo.

También a nosotros nos cuesta entender las exigencias del Señor.

A pesar que somos discípulos de un maestro que murió en la Cruz, no queremos entender que perder la vida, arriesgarla por el Reino de Dios y el servicio de los hombres, es ganarla.

Hay ocasiones en que estamos dispuestos a dar la vida, pero toda junta, de una vez. En cambio se no nos hace imposible darla cada día y a cada hora.
Y esto es lo que nos exige precisamente la fidelidad en el seguimiento de Cristo.
Cada uno tiene que cargar por amor al Señor y a su cruz, la cruz de cada día. Aquella cruz que las circunstancias de la vida, nuestra vocación y nuestras tareas al servicio del Señor, vayan cargando nuestras espaldas.

Cristo ha cargado todas las cruces que nos atan. Las soportó todas. Su gracia no nos faltará para aliviarnos; no nos va a sacar la cruz diaria, pero esa cruz, a su lado, no pesará.
Las cruces que nos aplastan, no son las de Cristo, sino las que nosotros nos imponemos.

Nos dice el Señor en el evangelio que el que por el mundo deja de seguir a Cristo, pierde la verdadera Vida.

Vamos a pedirle a María, a ella que siguió siempre al Señor y fue dócil como nadie a la voluntad del Padre, que nos ayude a saber seguir al Señor y a cargar por amor a Él, nuestra propia cruz de cada día.

Amo, Señor, tus sendas, y me es suave la carga
(la llevaron tus hombros) que en mis hombros pusiste;
pero a veces encuentro que la jornada es larga,
que el cielo ante mis ojos de tinieblas se viste,

que el agua del camino es amarga..., es amarga,
que se enfría este ardiente corazón que me diste;
y una sombría y honda desolación me embarga,
y siento el alma triste hasta la muerte triste...

El espíritu débil y la carne cobarde,
lo mismo que el cansado labriego, por la tarde,
de la dura fatiga quisiera reposar...

Mas entonces me miras..., y se llena de estrellas,
Señor, la oscura noche; y detrás de tus huellas,
con la cruz que llevaste, me es dulce caminar.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Amén.

Himno de la Liturgia de las Horas -

SANTORAL: San Euquerio

En Orleáns, ciudad de Francia, nació un niño, de padres nobles y piadosos. Llevado a la iglesia, lo bautizó Ausberto, obispo de Autum, y le puso por nombre Euquerio, que significa "hábil, diestro".
Creció el niño en inteligencia y amor a Dios. Todos sabían de su gran vocación religiosa. En el año 714 ingresó en el monasterio de Jumiégues, de la diócesis de Ruán.
Recibió la ordenación sacerdotal y fue venerado como monje, como varón de vida austera y gran fe.
Desde lejos llegaban los fieles en busca de consejo: era el confesor que trasmitía paz.
Al morir su tío, obispo de Orleáns, el pueblo y el clero pidieron a Carlos Martel, padre de Carlomagno, que nombrase obispo a Euquerio.
Triste fue el día cuando los monjes dieron el adiós al compresivo y sabio Euquerio. Orleáns, su ciudad, lo recibió como obispo entre himnos litúrgicos, procesión de antorchas y fiestas en las calles y cánticos en la catedral.
Transcurrió el tiempo. El suyo era un obispado de amor, de sacrificio, de ayuda espiritual al poderoso y ayuda material al indigente. Su modo de ser, bondadoso y caritativo, le granjeó el cariño de todo el pueblo.
Hacía ya tiempo que Carlos Martel utilizaba las rentas de la Iglesia como si fueran propias y Euquerio se opuso a eso y defendió la vida de sus feligreses que soportaban en esos tiempos grandes cargas impositivas.
Padeció el destierro en el año 732 y pasó sus últimos años en la observancia de la vida monástica, sirviendo al Señor y a los hombres con su oración y su palabra

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