Boletín Informático de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

Red Pionera
Ponce, Puerto Rico
1 de junio de 2001
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" Las grandes mentes discuten ideas; las mentes promedio discuten eventos;

 las mentes pequeñas critican a la gente."

 


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De duelo el país

LA GOBERNADORA, Sila María Calderón, decretó ayer tres días de duelo nacional por el deceso de Jaime Benítez "para recordar, y en tributo y en agradecimiento a quien en vida fue uno de los más extraordinarios puertorriqueños que ha pasado por nuestro suelo".

Benítez falleció ayer en la mañana, luego de estar cerca de dos semanas en el hospital a causa de una pulmonía y horas más tarde de que le quitaran el ventilador.

Calderón expresó su pésame a la familia Benítez por "quien fue en vida un extraordinario puertorriqueño, uno de los forjadores del Estado Libre Asociado, un insigne educador y uno de los hombres cuyos atributos profesionales y su personalidad lo hicieron realmente una figura muy singular en una etapa importante del desarrollo de nuestro pueblo. El agradecimiento de nuestro pueblo a don Jaime Benítez no tiene límites. Son tantas cosas que tenemos que agradecerle...".

La Primera Ejecutiva también se dirigió a "doña Lulú, a Margarita, a todos sus hermanos, y a toda la familia, mi pésame más sentido, no solamente como amiga que he sido de la familia toda la vida, (sino) como puertorriqueña y a nombre de todos los puertorriqueños".

Mildred Rivera Marrero

(El nuevo día)

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Don Jaime Benítez Rexach

DON JAIME Benítez Rexach vino al mundo en Vieques el 29 de octubre de 1908.

Era hijo de una familia de poetas con ramificaciones de sobresalientes aportaciones a la poesía: María Bibiana Benítez, de Aguadilla (1783-1873); Alejandrina Benítez, de Mayagüez (1819-1879), y José Gautier Benítez (1851-1880), de Caguas. Como si fuese mandato de la sangre, el pequeño Jaime, apenas había aprendido a leer, cuando ya pasaba horas en la biblioteca de su tío, el poeta fajardeño Eugenio Benítez Castaño (1878-1918).

Como todos los niños viequenses, forjó sueños de aventuras en el mar y volaba bergantines aprovechando la fuerte brisa de la playa. Pero la personalidad del tío Eugenio lo arrastraba hacia la literatura y a los 7 años decía que iba a ser abogado como aquél.

A dicha edad, el destino le golpeó con la muerte de su mamá, y el año siguiente perdió al padre. Su tía Clotilde, se convirtió en el padre y la madre de aquel niño despierto que se crió en tiempos de miseria.

Clotilde era profesora y laboró en un banco para costear los estudios de Jaimito, porque "cuando tengas edad vas a la universidad". En 1925 se cumplió la palabra de ella y Jaime, a los 16 años, fue a estudiar artes en la Universidad de Chicago.

Siendo estudiante, dependiente de una heladería y acomodador de teatros, todo a la vez, se graduó de bachiller. Luego logró altos honores en la maestría en derecho de Georgetown en Washington D.C.

Al regresar a la isla, en 1931, luego de seis años de estudio, el canciller Carlos Eugenio Chardón lo reclutó para instructor de sociales y ciencias en la Universidad de Puerto Rico. De baja estatura, no parecía un intelectual sino un niño serio, pero era un gran señor con el cuerpo de un niño.

En efecto, su rostro lampiño fue el único obstáculo que casi malogró que lo nombrasen rector en 1942. Pese a sus méritos, iba a ser difícil el ascenso, porque, según el gobernador Rexford Guy Tugwell, tenía "baby face".

Pero la voz influyente del presidente del Senado, Luis Muñoz Marín, comentaba: "¡Qué pena que Jaime no tenga barbas!". Así, el Consejo Superior de Enseñanza le nombró en septiembre de 1942 sobre otros candidatos de prestigio.

Había cumplido 34 años. Tres décadas más tarde, dejaba de ser rector para convertirse en el presidente de la Universidad.

En sus largos años de servicios a la educación superior desarrolló numerosos proyectos, aunque él mencionaba entre los primeros la creación del Jardín Botánico. No sólo ése, también el programa de becas, las licencias sabáticas, la Escuela de Medicina y Odontología y la Escuela de Arquitectura.

Ya retirado de la Universidad de Puerto Rico, en 1972 fue electo comisionado residente en Washington. Como escritor dejó un legado de obras como "Teorías políticas y filosóficas de Ortega y Gasset" (1939); "Educación y democracia en Puerto Rico" (1947); "La escuela y los problemas económicos" (1947; "Apuntes para una ética del maestro" (1948); "Signo y misión de nuestra universidad" (1954); "Junto a la Torre: Jornadas de programa universitario" (1942-62); "La casa de estudios sobre la libertad y el orden en la UPR" (1963) y "Sobre el futuro cultural y político de Puerto Rico" (1966).

Estaba casado con doña Luz A. Martínez y es padre de tres hijos: Jaime, Clotilde y Margarita.

 Rubén Arrieta Vilá

(El nuevo día)

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Nace la primera Facultad de Bióetica del mundo (y es eclesiástica)
En el Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum» de Roma

ROMA, 31 mayo 2001 

 El próximo mes de octubre abrirá sus puertas la primera Facultad de Bioética del mundo. Se trata de una iniciativa del Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum», un centro universitario eclesiástico con sedes en Roma y Nueva York.

Los interrogantes que plantean la eutanasia, la manipulación genética o los tests genéticos, etc., interpelan hoy día no sólo a los científicos y médicos, sino también a legisladores, filósofos, teólogos... De sus respuestas depende nada más y nada menos que la vida y la muerte de millones de personas. Estos serán precisamente los argumentos que estudiarán de manera interdisciplinar los alumnos de la nueva Facultad.

Para comprender mejor los objetivos de esta nueva iniciativa, Zenit ha entrevistado a Paolo Scarafoni, rector del Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum».

--Zenit: ¿Por qué motivo se ocupa un centro universitario de carácter eclesiástico, como el Ateneo «Regina Apostolorum», de un tema como la Bioética hasta el punto de crear una Facultad?

--Paolo Scarafoni: La constitución apostólica «Sapientia Christiana», el documento pontificio que orienta las actividades de las universidades eclesiásticas, pide que éstas no se dediquen sólo a la filosofía y teología, sino que también sepan afrontar los problemas más actuales y de mayor interés para la Iglesia y para la sociedad, a la luz de la Revelación. Sin duda, hoy día uno de los campos de mayor interés es el de los problemas ligados a las ciencias biomédicas y a los comportamientos relacionados con la vida humana, y con la vida en general. Es decir, el campo de la bioética. Por ello, desde hace unos años nos hemos ocupado de ella, especialmente con la realización de un curso de Máster de Bioética (en colaboración con el Centro de Bioética de la Universidad Católica del Sacro Cuore) y con la organización de algunos congresos sobre esos temas.

--Zenit: Pero, ¿por qué una Facultad de Bioética?

--Paolo Scarafoni: Como usted se sabe, la bioética se ha convertido en una auténtica disciplina académica, que exige una seria dedicación al estudio y a la investigación. Además, esta disciplina tiene un fuerte carácter interdisciplinar: se requiere la interacción de diversos ámbitos del saber, como la filosofía, la medicina, el derecho, y también la teología... Nos ha parecido que el mejor modo, casi el único, de lograr una adecuada preparación en este campo es la institución de un currículum formativo que permita poner las bases en cada uno de esos sectores y sobre ellas construir la reflexión bioética. Ciertamente, los cursos de posgrado, congresos, seminarios de estudio, etc. son muy interesantes; pero por su misma limitación temporal no permiten esa preparación interdisciplinar y profunda que queremos dar a los alumnos de nuestra Facultad con un programa ambicioso y suficientemente prolongado.

Finalmente, la Bioética es cada día más requerida a nivel profesional, lo cual va a comportar en adelante la necesidad de una correspondiente titulación universitaria que garantice la adecuada preparación de los profesionistas de Bioética.

--Zenit: ¿A quiénes se dirige la facultad y en qué consiste su programa formativo?

--Paolo Scarafoni: La facultad abre sus puertas a todos los que están interesados en los temas de Bioética, la promoción de la salud y la defensa de la vida. Jóvenes que desean dedicarse profesionalmente a la Bioética o profesionistas de las áreas más directamente relacionadas con la vida; y especialmente sacerdotes, catequistas y otros agentes de pastoral, comprometidos de una manera especial en el anuncio del «Evangelio de la Vida».

El programa formativo se articula en tres ciclos: bachillerato, licencia y doctorado. En los dos años de bachillerato (precedidos por un año propedéutico para quienes provienen de los estudios pre-universitarios) se ponen los fundamentos en las áreas de la filosofía y la teología, la medicina y el derecho, y se adquiere un conocimiento amplio y riguroso de todos los temas de la bioética. La licencia tiene como finalidad sobre todo la profundización y especialización que capacite al alumno al ejercicio profesional de la bioética. El doctorado consiste fundamentalmente en la elaboración de una tesis de investigación en la que se ofrezca una nueva aportación en el ámbito de esta disciplina.

--Zenit: Es interesante que la primera Facultad de Bioética en el mundo nazca en una universidad eclesiástica. ¿Qué características propias tendrá esta facultad?

--Paolo Scarafoni: Bueno, la primera característica es precisamente la de ser una Facultad, como usted mismo dice la primera en el mundo, y por lo tanto la de poder ofrecer un nivel universitario tanto a la formación, los títulos otorgados. Pero además, me parece muy significativo que esta primera facultad de bioética nazca en una universidad no sólo eclesiástica, sino pontificia. Una prueba de que la Iglesia católica, sus instituciones y sus fuerzas vivas, están siempre presentes en la frontera de los problemas y de las aspiraciones del hombre. La bioética se ha convertido en un apasionante campo de diálogo y confrontación en torno a algunos de los asuntos que más nos afectan a todos, como son la salud, el respeto de la persona humana y la vida. La Iglesia tiene mucho que decir en estos campos, y quiere decirlo en diálogo abierto con todos. Nuestra facultad de bioética podrá ser un instrumento más para esta tarea, operando en plena sintonía con el Magisterio de la Iglesia y en la búsqueda sincera de la verdad.

Para más información, puede visitar la página web http://www.ateneo.org.

(ZENIT.org)

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La Real Academia de la Historia saca a la luz sus tesoros bibliográficos

MADRID.

Con apenas cien millones de pesetas, la Real Academia de la Historia digitaliza fondos, organiza ciclos de conferencias, edita obras, celebra exposiciones... «...y limpiamos los miles de metros que tienen nuestros dos edificios. ¿Qué les parece?». Su director Gonzalo Anes presentaba así ayer la intensa actividad editorial y artística de una casa que vela por la Historia.

Dos centímetros le faltaron al Tríptico-Relicario del Monasterio de Piedra —joya de la carpintería gótico-mudéjar, año 1390— para rozar las escaleras de la sede de la Real Academia de la Historia (edificio de Villanueva) en su traslado al Palacio Real. La pieza pesa más de mil kilogramos y mide 395 cm. de largo por 245 cm. de alto. Veinte personas la portaron en hombros y a pulso. «Sudaron lo suyo», comenta el académico anticuario, Martín Almagro. «Fue peligroso y complicado», reconoce Gonzalo Anes. El tríptico-relicario, que no volverá a salir más de la Academia, se exhibe hasta el 15 de julio, junto a otras 300 joyas (Glosas Emilianenses, relieves asirios, Disco de Teodosio...), en el Palacio Real, en la muestra «Tesoros de la Real Academia de la Historia», que en subasta alcanzarían los cien mil millones de pesetas, según Anes. Almagro se daría por satisfecho si esos tesoros fueran visitados cien mil personas. La exposición ha sido patrocinada por Repsol Ypf, «empresa que ha actuado guiada por fomentar el desarrollo cultural y el interés social y la Academia quiere agradecer públicamente su apoyo», recalcó Gonzalo Anes.

50 VOLÚMENES DIGITALIZADOS

De los tesoros artísticos a los bibliográficos. Desde su fundación —en 1735— la RAH ha desarrollado una incesante actividad editorial que ya es parte inextricable del acerbo historiográfico español. Hace tres años renovó profundamente su fondo y ayer Eloy Benito Ruano presentaba las novedades: Fondo de Luis Salázar (49 volúmenes y ahora digitalizados); «Clave Historial», que dirige Ruano (33 títulos para difundir la producción investigadora); «Publicaciones del Gabinete de Antigüedades» (coordinada por Martín Almagro, que edita guías arqueológicas, «Bibliotheca Archaeologica» y catálogos del Gabinete); «Estudios» (dedicados a los ciclos de conferencias que organiza la institución para difundir la Historia, como el dedicado a los 25 años de Reinado de Don Juan Carlos); «Minor-Homenaje y Memoria» (nueva serie de vocación ensayística que nace para recordar a personalidades y académicos).

ACADÉMICOS EN LA FERIA DEL LIBRO

Por vez primera, los académicos acudirán este fin de semana a la Feria del Libro para firmar ejemplares de todas las obras que llevan el sello de la institución. Gonzalo Anes, Martín Almagro y Eloy Benito Ruano lo harán en la caseta 101, de la editorial Marcial Pons, que distribuye los fondos de la Academia de la Historia.  

 Antonio Astorga

(ABC)

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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO IIA LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE GUATEMALA EN VISITA "AD LIMINA"

Martes 29 de mayo de 2001

Queridos Hermanos en el Episcopado:

Con gusto os recibo, Pastores de la Iglesia de Dios en Guatemala, venidos a Roma para la visita Ad limina, durante la cual os encontráis con el Sucesor de Pedro, mantenéis oportunos contactos con los diversos Dicasterios de la Curia Romana, rezáis ante las tumbas de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia, para proseguir así, fortalecidos, vuestra misión de cabezas y guías del Pueblo de Dios que peregrina en "el País de la eterna primavera".

Agradezco las amables palabras que me ha dirigido Mons. Víctor Hugo Martínez Contreras, Arzobispo de Los Altos-Quetzaltenango-Totonicapán y Presidente de la Conferencia Episcopal, manifestando vuestra comunión con el Obispo de Roma y los sentimientos que os animan en vuestra acción pastoral en favor del querido pueblo guatemalteco. De sus ricos valores fui testigo con ocasión de mis dos viajes apostólicos a vuestro País que tuvieron lugar en circunstancias bien diversas. En el primero, la Nación vivía bajo una cruel guerra interior, mientras que en el segundo se vislumbraban ya los horizontes de la paz, que quise alentar. Siempre tuve la satisfacción de encontrarme con una Iglesia viva, dinámica, cercana a todos y comprometida seriamente en el anuncio de Jesucristo y de su Buena Nueva.

2. Como Obispos tenéis la misión primordial de edificar vuestras comunidades sobre la roca que es Cristo (cf. 1 Co 10,4), mediante la predicación de la Palabra de Dios, la celebración de los Sacramentos y el fomento de la caridad. Alentados por las promesas del Señor y la fuerza que nos proporciona su Espíritu, estáis llamados a ser los primeros en llevar a cabo la misión que Él ha confiado a su Iglesia, aunque para ello haya que afrontar y aceptar la cruz, que en la sociedad contemporánea puede manifestarse de múltiples formas.

Tanto individual como colegialmente, por medio de la Conferencia Episcopal o de otras instancias eclesiales, participáis en el análisis de los logros y expectativas de la sociedad guatemalteca, tratando de interpretarlos a la luz del Evangelio para orientar a la misma sociedad, ayudándola a progresar en el campo de los valores morales y, muy particularmente, favoreciendo la reconciliación nacional, tan necesaria después de los cruentos años de la guerra civil.

Escuchando lo que "el Espíritu dice a las Iglesias" (Ap 2, 7), sentís también el deber de hacer un sereno discernimiento, abierto y comprensivo, de las diversas circunstancias y acontecimientos, iniciativas y proyectos, sin descuidar los graves problemas y las aspiraciones más profundas de la sociedad. Por eso, os animo a proseguir incansablemente y sin desaliento en el oficio de enseñar y anunciar a los hombres el Evangelio de Cristo (cf. Christus Dominus, 11), elaborando y llevando a la práctica los proyectos pastorales oportunos (cf. Ecclesia in America, 36). Aunque vuestras responsabilidades sean muy grandes, el Espíritu del Señor os iluminará y dará siempre las fuerzas necesarias.

3. Para colaborar en vuestra misión contáis, en primer lugar, con la ayuda de los sacerdotes. La sociedad actual, tan diversificada, exige que el sacerdote sea signo de unidad, ejerciendo su ministerio de forma humilde y con caridad pastoral, para conducir a los fieles al encuentro con Jesucristo (cf. Ecclesia in America, 39). Conociendo cómo llevan a cabo su ministerio, doy gracias a Dios por el espíritu de fraternidad y sacrificio, por el testimonio de austeridad y pobreza, y por la entrega generosa al servicio de los hermanos. Sé que en algunas zonas el trabajo pastoral reviste especial dificultad y esto requiere una disponibilidad muy exigente. Como decía en mi Carta del Jueves Santo de este año, se trata de "un trabajo a menudo escondido que, si bien no aparece en las primeras páginas, hace avanzar el Reino de Dios en las conciencias", por lo que les renuevo "mi admiración por este ministerio discreto, tenaz, creativo, aunque marcado a veces por las lágrimas del alma que sólo Dios ve" (n. 3).

Para que el servicio de los sacerdotes sea cada vez más eficaz ante los retos que el mundo contemporáneo plantea a la nueva evangelización, es menester que tengan una espiritualidad sólida, imiten a Cristo, Buen Pastor, y sigan una formación permanente que les haga cada día más idóneos para transmitir el mensaje evangélico. A este respecto, me complazco por la creación, dentro del Plan Global de la CEG, de la Comisión del Clero y Pastoral sacerdotal, que ha publicado el Plan Nacional de Pastoral sacerdotal 2001-2006. Dentro de esa programación, velad por la situación particular de cada uno y ofrecedles toda la ayuda que necesiten, alentándoles a proseguir con ilusión y esperanza por el camino de la santidad sacerdotal. ¡Que a ninguno de vuestros sacerdotes le falten los medios necesarios para vivir su sublime vocación y su ministerio!

4. En las Relaciones quinquenales subrayáis el aprecio y la gratitud por el don de la vida consagrada en vuestras Iglesias particulares. En efecto, en Guatemala hay una presencia importante de religiosas y religiosos que contribuyen a la evangelización, bien a través de una pastoral directa en las parroquias o misiones, bien mediante diversas obras de apostolado educativo o asistencial.

La Iglesia aprecia en los religiosos y religiosas la disponibilidad y capacidad de responder con prontitud a los retos de la difusión de la Buena Nueva, teniendo presente al mismo tiempo que su misma vida consagrada es un medio privilegiado de evangelización. Por eso les recuerdo la necesidad de mantener siempre una "fidelidad creativa" al propio carisma (cf. Vita consecrata, 37). También deseo subrayar la responsabilidad que tienen los Obispos en conservar y defender el rico patrimonio espiritual de cada Instituto (cf. CIC 586, 2), correspondiendo "al don de la vida consagrada que el Espíritu suscita en la Iglesia particular, acogiéndolo con generosidad y con sentimientos de gratitud al Señor" (Vita consecrata, 48). Además, ante la difusa exigencia de espiritualidad, que se puede considerar como un "signo de los tiempos" en este comienzo de milenio (cf. Novo millennio ineunte, 33), cabe esperar de las personas consagradas, de acuerdo con su carisma originario, un testimonio de vida auténticamente evangélica, lo cual enriquecerá ciertamente a cada Iglesia particular, ayudando a mantener vivo el sentido de la presencia de Dios y favoreciendo en todos los fieles "un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración cada vez más intensa" (Tertio millennio adveniente, 42; Vita consecrata, 39).

5. Aunque "la misión salvífica de la Iglesia en el mundo es llevada a cabo no sólo por los ministros en virtud del sacramento del Orden, sino también por todos los fieles laicos" (Christifideles laici, 23), es indudable que los ministros ordenados tienen un papel fundamental en dicha misión. Por eso deseo compartir la preocupación por la promoción de las vocaciones al sacerdocio y por su formación como futuros pastores del Pueblo de Dios.

La importancia de este tema exige una reflexión continua y un nuevo y decidido empeño por parte de todas las comunidades cristianas bajo la guía de aquéllos a quienes "el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios" (Hch 20,28). La pastoral vocacional debe ser enfocada desde el llamado que el Señor efectúa de modo personal al seguimiento y al ministerio a través de la fecundidad de la Iglesia y de la profundidad de su vida, alimentada por la pureza de la fe, por la gracia de los Sacramentos, por el espíritu de conversión y por la oración ardiente de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Todos, por tanto, han de participar de algún modo en la pastoral vocacional, confiando que Dios responderá proporcionando a su pueblo, si lo pide con perseverancia, los ministros necesarios.

Es también importante tener presente que la pastoral vocacional encuentra un ámbito privilegiado en la pastoral juvenil, orientada a la formación doctrinal, espiritual y apostólica de los jóvenes, tanto en las parroquias y colegios, como en las asociaciones apostólicas y movimientos. Es fundamental en este campo una formación integral y coherente, basada en la intimidad con Cristo, que disponga, a los que sean elegidos, a recibir con gozo la gracia del don.

El testimonio de fidelidad de los sacerdotes, a cuyo ministerio se integrarán los nuevos ordenados, es también un factor importante para la formación de los seminaristas. Respondiendo con generosidad y con un amor indiviso a su "vocación en el sacerdocio", los presbíteros serán modelo de caridad pastoral, de oración y de sacrificada entrega para los jóvenes candidatos a las órdenes sagradas.

6. Veo con satisfacción cómo acompañáis a vuestro pueblo en la búsqueda de una convivencia armónica y pacífica, basada en los valores de la reconciliación, la justicia, la solidaridad y la libertad. Por eso, cuando sea necesario, no rehuyáis la denuncia de la injusticia y proponed los principios de carácter moral que han de orientar también la actuación en la vida civil.

La Iglesia en Guatemala ha sido testigo del derramamiento de la sangre de muchos de sus hijos. Además del esfuerzo legítimo por desvelar la verdad sobre esos crímenes execrables -entre los cuales está el de Mons. Juan Gerardi Conedera, Obispo auxiliar de Guatemala, asesinado hace ahora tres años- es urgente que se recupere su memoria como "ejemplos de entrega sin límites a la causa del Evangelio" (Ecclesia in America, 15). A este respecto, deseo recordar cuanto ya dije en vuestra tierra, el 6 de febrero de 1996 en el Campo Marte: "Quiero rendir ahora un caluroso y merecido homenaje a los centenares de catequistas que, junto con algunos sacerdotes, arriesgaron su vida e incluso la ofrecieron por el Evangelio. Con su sangre fecundaron para siempre la tierra bendita de Guatemala. Esa fecundidad debe fructificar en familias unidas y profundamente cristianas, en parroquias y comunidades evangelizadoras, en numerosas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. Ellos, imitando la valentía y entereza de María, 'vencieron por medio de la sangre del Cordero y por el testimonio que dieron, sin que el amor a su vida les hiciera temer la muerte' (Ap 12, 11)" (n. 4)

7. Por otra parte, difundir la doctrina social de la Iglesia adquiere la dimensión de "una verdadera prioridad pastoral" (Ecclesia in America, 54), tanto para afrontar adecuadamente las diversas situaciones con una conciencia recta, iluminada por la fe, como para fomentar y orientar el compromiso de los laicos en la vida pública. En efecto, de poco servirían las denuncias, la proclamación teórica de los principios, si éstos no son firmemente interiorizados mediante una formación integral y sistemática. De este modo se abre un cauce de incidencia real y concreta de los valores inspirados por el Evangelio en el mundo de la cultura, de la tecnología, de la economía o de la política.

A esta formación, que debe acompañar el crecimiento en la fe de todo fiel cristiano, ha de añadirse un esfuerzo por evangelizar también a cuantos tienen responsabilidades en las diversas áreas de la administración pública. Puesto que el Evangelio tiene algo que decirles también a ellos, es necesario ayudarles a descubrir que el mensaje de Jesús es valioso y pertinente también para la función que desempeñan (cf. Ecclesia in America, 67).

8. Es sabido que el Guatemala la difusión de la Palabra de Vida en gran parte la llevan a cabo numerosos catequistas. He visto cómo en las Relaciones quinquenales alabáis la labor abnegada y sacrificada que realizan. A ellos agradezco de corazón este servicio, que forma parte de su misión dentro de la Iglesia.

Un medio particularmente apto para que los fieles laicos colmen la grandes esperanzas que la Iglesia tiene puestas en ellos, en las tareas que les son propias, es el de una conveniente organización, que facilite la formación, la progresiva incorporación de las nuevas generaciones, la ayuda mutua y la acción apostólica coordinada. El surgir de diversos movimientos laicales puede ser, a este respecto, un fenómeno esperanzador que merece una especial atención por parte de los Obispos, llamados, como dice el apóstol San Pablo, a que "no extingan al Espíritu ni desprecien las profecías; sino que lo examinen todo y se queden con lo mejor" (1 Ts 5, 19-21). De esta manera, con la ayuda de sus Pastores y en perfecta comunión con ellos, se irá forjando un laicado vigoroso, firmemente comprometido en el camino de la santidad personal, en la edificación de la Iglesia y en la construcción de una sociedad más justa.

Esto, además, será un modo eficaz para superar la ignorancia religiosa y afianzar la fe, vivida a veces de manera rutinaria, haciendo así menos vulnerables a los bautizados ante los avances proselitistas de las sectas y otras ofertas supuestamente espirituales (cf. Ecclesia in America, 73).

9. Al concluir este encuentro deseo animaros a proseguir, con el dinamismo y el entusiasmo que os caracterizan, así como con renovada esperanza, en el ejercicio de la misión que el Señor os ha confiado. Os ruego que os hagáis intérpretes de mi afecto y cercanía espiritual a vuestros sacerdotes, a los religiosos y religiosas, y a todos los fieles guatemaltecos que caminan gozosos al encuentro del Señor. A este respecto recuerdo que "los caminos por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias camina son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de vida" (Novo millennio ineunte, 58).

Que la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, os acompañe en vuestro camino y os consuele siempre con su ternura materna. Que os sea de apoyo también la Bendición Apostólica que complacido os imparto y extiendo a vuestras Iglesias particulares.

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Revelaciones del secretario del Papa sobre el atentado de 1981
Una crónica detallada de monseñor Stanislaw Dziwisz

CIUDAD DEL VATICANO, 31 mayo 2001  El pasado 13 de mayo la Universidad católica de Lublin (Polonia) confirió el doctorado «honoris causa» en teología al obispo Stanislaw Dziwisz, 62 años, secretario de Karol Wojtyla desde los años sesenta. Al cumplirse exactamente en ese día el XX aniversario del atentado contra el Papa en la plaza de San Pedro, monseñor Stanislaw dedicó su discurso a explicar detalladamente la evolución de los hechos, poniendo de relieve que fue la Providencia divina, por intercesión de la santísima Virgen, quien salvó al Santo Padre de la muerte.

Suya fue la decisión, tomada en una fracción de segundo, de correr al Policlínico
Gemelli con el Papa herido y en condiciones gravísimas. Una tragedia convertida en milagro.
Contada, veinte años después, por primera vez, por la boca de un testigo de excepción,
y con algunos detalles inéditos hasta este momento

Ofrecemos a continuación el texto del discurso traducido al castellano por «L'Osservatore Romano»

* * *

Querido rector magnífico; ilustres huéspedes:

Este encuentro tiene lugar en una circunstancia particular. En efecto, hoy se cumplen veinte años del día en que la divina Providencia, por intercesión de la Madre santísima, salvó al Santo Padre de la muerte a manos del atentador.

La fecha del 13 de mayo no puede dejarnos indiferentes, especialmente a esta universidad, que se honra de haber tenido entre sus profesores al Papa Juan Pablo II.

Así pues, esta ceremonia nos brinda la ocasión de revivir aquel acontecimiento, del que fuimos testigos. En su contexto, parece conveniente situar este encuentro en la doble dimensión de "don y misterio", ante los cuales es preciso inclinar la cabeza y respetar su profundo valor. El don es la vida del Santo Padre, que sigue dando frutos para bien de la Iglesia y del mundo; el misterio es el atentado, que, a pesar del drama que vivimos, tratamos de ver desde la perspectiva de los designios salvíficos de la divina Providencia.

Había pedido que se prescindiera de la laudatio. De todos modos, agradezco al profesor Nagy sus palabras, presentadas en forma de evocación. Sin embargo, no habrá lección, sino más bien un testimonio, el testimonio de una persona que sólo ha rozado el misterio, en el que tal vez fue un instrumento en los planes de Dios (me resulta difícil reconocerlo), y que en cambio es ciertamente un testigo ocular de cómo, a lo largo de veinte años, se está realizando ese don, el don de la vida del Santo Padre.

Quiero sacar de la historia, no demasiado lejana pero importante, algunos hechos referentes a la fecha del 13 de mayo de 1981. Están profundamente grabados en mi corazón y hasta hoy no he tenido el valor de hablar de ellos en público. Sé que no es posible contarlos ni comprenderlos en su totalidad. Pero creo que vale la pena volver a ellos con el recuerdo. Espero que referir los detalles de aquellos acontecimientos, por lo general desconocidos, sirva, más que para satisfacer la curiosidad, sobre todo para ver cómo la vida del Santo Padre fue verdaderamente salvada por una gracia admirable de Dios, por la que debemos dar incesantemente gracias.

* * *

El año 1981 constituyó para Polonia un año de tensiones sociales y políticas, pero fue también el anuncio de tiempos nuevos. Las palabras que el Santo Padre pronunció en Gniezno, durante la peregrinación de 1979, sobre el respeto de la dignidad y de los derechos del hombre, de los derechos de las naciones y de las sociedades a la libertad, a la soberanía y a la autodeterminación quedaron profundamente grabadas en la conciencia de la gente. Aún resonaban los ecos de la homilía pronunciada por el Papa durante la santa misa de inauguración de su pontificado: "¡No tengáis miedo; abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo!".

A pesar de todo, también en Italia, el mes de mayo de 1981 fue turbulento. Debía celebrarse el referéndum sobre la ley del aborto. Para el 13 de mayo estaba anunciada, al respecto, una gran manifestación, convocada en Roma por el partido comunista. Ese mismo día, el Santo Padre debía fundar el Instituto de estudios sobre matrimonio y familia en la Pontificia Universidad Lateranense y crear en la Sede apostólica el Consejo pontificio para la familia.

La tarde del día 11 de mayo, por deseo del Papa, visité, en su residencia de Polonia, al cardenal Wyszynski. El "Primado del milenio" ya se veía obligado a guardar cama a causa de una grave enfermedad. Mantuve con el cardenal una larga conversación, durante la cual quiso transmitir al Santo Padre su última voluntad. Le escribió también una carta. Era consciente de que podía morir. Me pareció muy débil y completamente abandonado a la voluntad de Dios. Se alegraba de la ceremonia, anunciada para el día 8 de junio, de la consagración de la Iglesia y del mundo a la Madre santísima, por el Santo Padre juntamente con los obispos. El Primado tenía un grandísimo deseo de participar en ese acto, que había promovido con todo su empeño. Sin embargo, dado su estado de salud, se limitó a nombrar una delegación que acudiera a Roma.

Volví de Polonia el día siguiente a la visita que había hecho al cardenal. El 13 de mayo el Santo Padre invitó a comer con él al profesor Jerôme Lejeune, de París, experto en genética, de fama mundial, y gran defensor de la vida. A las cinco de la tarde, en la plaza de San Pedro, debía tener lugar la tradicional audiencia general de los miércoles.

Hora 17.17. Mientras daba la segunda vuelta a la plaza, se escucharon los disparos contra Juan Pablo II. Alí Mehmet Agca, un asesino profesional, disparó con una pistola, hiriendo al Santo Padre en el vientre, en el codo derecho y en el dedo índice. Un proyectil traspasó el cuerpo y cayó entre el Papa y yo. Escuché dos tiros. Las balas hirieron a otras dos personas. A mí no me alcanzaron, aunque tenían tanta fuerza que podían atravesar a varias personas.

Pregunté al Santo Padre:
- ¿Dónde?
Respondió:
- En el vientre.
- ¿Le duele?
- Me duele.
Y en aquel instante comenzó a agacharse. Al estar yo detrás de él, pude sostenerlo. Estaba perdiendo las fuerzas.

Fue un momento dramático. Hoy puedo decir que en aquel instante entró en acción una fuerza invisible, que permitió salvar la vida del Santo Padre, que corría peligro de muerte. No había tiempo para pensar; no había un médico al alcance de la mano. Una sola decisión equivocada podía tener efectos catastróficos. No intentamos prestarle los primeros auxilios, ni pensamos en llevar al Herido a su apartamento. Cada minuto era precioso. Así, inmediatamente lo introdujimos en la ambulancia, se encontró también a su médico personal, el doctor Renato Buzzonetti, y a gran velocidad nos dirigimos al Policlínico Gemelli. Durante el trayecto el Santo Padre estaba aún consciente; perdió el conocimiento al ingresar en el hospital. Mientras le fue posible, oró en voz baja.

En el Policlínico encontramos consternación, pero eso era de esperar. El Herido primero fue trasladado a una habitación del piso décimo, reservada a los casos especiales, y desde allí inmediatamente fue llevado a la sala operatoria. Desde aquel momento pesó sobre los médicos una enorme responsabilidad. Desempeñó un papel especial el cirujano doctor Francesco Crucitti. Más tarde me contó que aquel día no le tocaba su turno, se encontraba en casa, pero una fuerza misteriosa lo impulsó a dirigirse al Policlínico. Durante el trayecto escuchó por radio la noticia del atentado. Inmediatamente se ofreció para realizar la intervención, sobre todo teniendo en cuenta que el médico jefe de la clínica de cirugía, doctor Castiglioni, se hallaba en Milán y llegó al Gemelli ya al final de la operación. El doctor Crucitti fue asistido por otros médicos. La sala operatoria estaba abarrotada. La situación era muy seria. El organismo se había desangrado. La sangre destinada a la transfusión no resultó adecuada. Con todo, en el Policlínico se encontraron médicos con el mismo grupo sanguíneo, los cuales, sin dudarlo, dieron sangre al Santo Padre para salvarle la vida.
La situación era muy grave. En cierto momento el doctor Buzzonetti se dirigió a mí, pidiéndome que administrara al Paciente la unción de los enfermos, dado que su estado era muy grave: la presión bajaba, y los latidos del corazón apenas se escuchaban. La transfusión de sangre le devolvió una condición que permitió comenzar la intervención quirúrgica, la cual se presentaba sumamente complicada. La operación duró cinco horas y veinte minutos. Pero minuto tras minuto aumentaban las esperanzas de vida.

Muchísimas personas acudieron al Policlínico: cardenales, empleados de la Curia. No estaba el secretario de Estado, cardenal Agostino Casaroli, porque se hallaba de viaje en Estados Unidos. Llegaron también políticos, con el presidente Sandro Pertini, el cual permaneció al lado del Santo Padre hasta las dos de la mañana. No quiso alejarse antes de que el Papa abandonara la sala operatoria. El comportamiento del Presidente fue conmovedor, lejos de cualquier cálculo.
Asimismo llegaron los jefes de los partidos: Piccoli, Forlani, Craxi, Berlinguer y otros. Añado, al margen, que Berlinguer desconvocó la manifestación en favor del aborto fijada para la tarde del 13 de mayo.

Después de la intervención quirúrgica, el Santo Padre fue trasladado a la Unidad de cuidados intensivos. Los médicos temían una infección y otras complicaciones. El Santo Padre, en cuanto volvió en sí, preguntó:
- ¿Hemos rezado las Completas?

Ya estábamos en el día siguiente al atentado. Durante dos días el Papa sufrió mucho, pero también aumentaban las esperanzas de vida. Permaneció en la Unidad de cuidados intensivos hasta el 18 de mayo.

El primer día después de la operación el Santo Padre recibió la sagrada Comunión, y en los días sucesivos, estando en la cama, participaba en la concelebración eucarística.
Se comenzó a hablar de una consulta médica internacional. Insistía en hacerla el cardenal Macharski.

El domingo por la mañana, día 17 de mayo, el Santo Padre grabó una alocución para el Regina caeli. Fueron palabras de agradecimiento por las oraciones de muchos fieles, de perdón para el atentador y de abandono en manos de la Virgen. El atentado había unido a la Iglesia y al mundo en torno a la persona del Santo Padre. Fue el primer fruto de su sufrimiento. Polonia velaba de rodillas. En Cracovia tuvo lugar la inolvidable "Marcha Blanca" de los jóvenes.

El Policlínico Gemelli estaba invadido de periodistas, personalidades eclesiásticas y laicas, y millares de personas, gente sencilla. Acudían al Papa con amor. De todo el mundo llegaron telegramas; en los primeros días se contaron quince mil.

Ese mismo día llegaron los expertos: dos médicos de Estados Unidos, uno de Francia, uno de Alemania, uno de España y uno de Cracovia. Se pronunciaron positivamente con respecto al estado de salud del Santo Padre y al desarrollo de los cuidados médicos. Una semana después del atentado cantamos el Te Deum.

Se comenzó a relacionar insistentemente la fecha del atentado con las apariciones de Fátima. Cada vez con mayor frecuencia se habló de una curación milagrosa realizada por intercesión de la Virgen de Fátima.

El Santo Padre, en cuanto se sintió más fuerte, comenzó a recibir visitas, especialmente de sus colaboradores, de los cardenales, y también de representantes de otras confesiones. De ordinario, a las seis de la tarde celebrábamos la santa misa; luego, juntamente con nuestras religiosas, cantábamos las letanías del mes de mayo.

Mientras tanto, de Varsovia llegaban noticias de la agonía del Primado Wyszynski. El Papa participaba muy intensamente en esos últimos momentos. El 24 de mayo -por teléfono, a través de don Gozdziewcz- le transmitió aún su saludo y su bendición. Al día siguiente, a las 12.15, el Santo Padre pudo hablar por primera vez con el Primado agonizante. La conversación fue breve. En mi memoria quedaron grabadas las palabras: "Le envío la bendición y un beso".

El 27 de mayo el Santo Padre grabó en una cinta el discurso a los peregrinos de Piekary Slaskie. Con todo, se sentía cansado. Se quejaba de un dolor en el corazón. El estado del Paciente estaba empeorando. Se le hizo un reconocimiento a fondo. Durante toda la noche los cardiólogos velaron. Los problemas cardíacos, como explicaban los médicos, surgieron a causa de un pequeño émbolo en los pulmones, que gradualmente se fue absorbiendo. Día tras día, del electrocardiograma desaparecían los signos de preocupación.

El 28 de mayo, solemnidad de la Ascensión, el estado de salud mejoró, pero, a pesar de ello, se tuvo que alargar el tiempo de internamiento en el hospital. Aquel día, a las 4.40 de la mañana, murió el Primado Wyszynski. Su muerte no constituyó una sorpresa, pero nos conmovió profundamente a todos. La noticia oficial llegó hacia las 10.00. Sin embargo, en privado, don Piasecki ya nos había dado la noticia a las 6.30. Informé al Santo Padre un poco más tarde. Acogió el anuncio con profunda conmoción.

El 30 de mayo el Papa recibió al cardenal Casaroli y le entregó la carta con el texto que se debería leer durante el funeral del Primado. El secretario de Estado tomó parte en él, en nombre del Santo Padre, que hubiera deseado mucho participar personalmente.

El día 31 de mayo, domingo, el Santo Padre grabó el discurso para el rezo del Regina caeli. Su voz ya era más fuerte. A las cinco de la tarde, a través de Radio Vaticano, participó en la ceremonia fúnebre del Primado Wyszynski. Mientras se desarrollaba la liturgia fúnebre, celebró su propia misa en el Policlínico Gemelli. Después de la eucaristía dijo: "Me faltará. Me unía a él una gran amistad; necesitaba su presencia".

La mañana del 1 de junio, como siempre, el Papa se dedicó a la meditación y a las oraciones. Luego se sometió a las visitas médicas. Además de los médicos de la clínica, se hallaba siempre presente un doctor del Vaticano. El doctor Buzzonetti lo seguía todo puntualmente. Más tarde el Santo Padre solía recibir las visitas oficiales y también las de los amigos. Aquel día, después de la santa misa vespertina, comenzamos las celebraciones en honor del Sagrado Corazón de Jesús.

El 3 de junio fue el día del regreso a casa. Celebramos la santa misa a las 12.30. Antes de abandonar el Policlínico, el Papa recibió al profesor Lazzati, rector de la Universidad Católica, y por la tarde a los médicos y al personal paramédico. A las 19.00 partió hacia el Vaticano. El encuentro con la Curia y con los habitantes del palacio pontificio fue muy emotivo. La presencia del Santo Padre llenó de nueva vida la Sede apostólica.

Así se concluía la primera etapa después del atentado y los dramáticos momentos de lucha por la vida.

* * *

El Santo Padre seguía bajo la atención de los médicos del Policlínico Gemelli y de los del Vaticano. El viernes 5 de junio grabó el discurso para la solemnidad de Pentecostés, a la que estaban invitados los obispos de todo el mundo, con ocasión del 1600° aniversario del primer concilio de Constantinopla y del 1550° del de Éfeso. Durante esas celebraciones, el Papa, con el espíritu del mensaje de Fátima, deseaba consagrar a la Madre santísima la Iglesia y el mundo, de modo particular los países que esperaban ese acto más que todos.

El domingo 7 de junio, solemnidad de Pentecostés, el cardenal Carlo Confalonieri, decano del Colegio cardenalicio, presidió la liturgia en la basílica de San Pedro. La homilía del Santo Padre se escuchó en una grabación, y al final de la liturgia él mismo se asomó al balcón interior de la basílica e impartió la bendición. Fue grande la alegría. También el discurso del Papa que precedió la oración del Regina caeli había sido grabado. El Santo Padre sólo se asomó a la ventana de su biblioteca privada para impartir la bendición a las numerosas personas reunidas en la plaza de San Pedro.
Por la tarde tuvo lugar la gran ceremonia en Santa María la Mayor, con la participación de las delegaciones de los obispos de todos los continentes, durante la cual el Santo Padre consagró la Iglesia y el mundo a la Madre de Dios. Las palabras de este acto, preparadas por el Papa, fueron transmitidas por Radio Vaticano. El Santo Padre siguió por televisión toda la ceremonia. La celebración fue presidida por el cardenal Otunga, de Nairobi, y la procesión fue encabezada por el cardenal Corripio, de México.

De este modo se cumplió el gran deseo del Episcopado polaco y del Primado Stefan Wyszynski, expresado también durante el concilio Vaticano II.

Sin embargo, el martes 9 de junio reapareció la fiebre, y con ella volvió el malestar general. Comenzaron los análisis y la búsqueda de las causas. El Pontífice sentía dolores agudos. Comenzó a perder las fuerzas. Por añadidura, los continuos análisis eran muy pesados y no llevaron a resultados concretos. La fiebre alcanzó los 40 grados y se mantuvo durante varios días, debilitando cada vez más el organismo. Al equipo de médicos se añadieron otros dos: el doctor Giunchi, especialista en medicina, y el famoso cirujano doctor Fegiz.

El domingo 14 de junio, el Santo Padre se asomó una vez más para la oración del Regina caeli.
El 17 de junio el Papa recibió brevemente al sindicato "Solidaridad" de agricultores.
La consulta médica, preocupada por su estado de salud, e incluso temiendo por su vida, tomó la decisión de que volviera al Policlínico Gemelli. Se encontraba tan débil que no podía rezar por sí solo el breviario.

El 20 de junio, a las 16.30, el Papa fue trasladado de nuevo al Policlínico para análisis más minuciosos, los cuales, sin embargo, no revelaron inmediatamente las causas del estado del Paciente.

El 22 de junio se descubrieron infiltraciones en los pulmones, que desaparecieron gradualmente. Aquel día se identificó por primera vez el citomegalovirus, causa de todas aquellas complicaciones, muy serias. Ese descubrimiento permitió aplicar la terapia adecuada.

En el Policlínico Gemelli el Santo Padre solía despachar muchos asuntos de oficio. Durante la jornada recibía a los colaboradores, entre ellos al nuncio aquí presente, y también a monseñor Rakoczy, que entonces constituían la sección polaca de la Secretaría de Estado.

En aquel tiempo hubiera debido producirse el nombramiento del nuevo Primado de Polonia. Eso ocupaba la mente y el corazón del Santo Padre. Después de una amplia consulta del Episcopado, la elección recayó en el obispo Józef Glemp. Llegó a Roma el cardenal Franciszek Macharski. Y llegó también el mismo monseñor Józef Glemp.

El 6 de julio el Santo Padre escribió una carta a la Iglesia en Polonia sobre el nombramiento del nuevo Primado.

El estado de salud del Papa mejoraba de tal manera que los médicos comenzaron a pensar en la segunda intervención quirúrgica para cerrar la colostomía. Sin embargo, la mayoría de los doctores proponía posponer la intervención, teniendo en cuenta la debilidad del organismo del Paciente. El Santo Padre opinaba que no se debía aplazar la operación. Quería salir del hospital completamente curado.

El 10 de julio su estado de salud volvió a empeorar. En los pulmones se manifestó un proceso inflamatorio. Según el parecer de los médicos, estos graves síntomas y estas complicaciones eran provocados aún por la presencia del citomegalovirus. Debo subrayar aquí la enorme entrega y solicitud de los médicos del Policlínico Gemelli y de los del Vaticano. Expresamos nuestra gratitud en particular a las enfermeras y a las religiosas del Sagrado Corazón, esclavas fieles del Sacratísimo Corazón de Jesús.

El 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, se produjo una evolución decisiva de la enfermedad y se registró una mejoría en las condiciones generales. El Santo Padre afrontó, con renovada vitalidad, los problemas de todos los días: comenzó a elaborar el programa del futuro Sínodo con el arzobispo Jozef Tomko, y siguió los trabajos de la Curia recibiendo cada día al cardenal Casaroli, al arzobispo Martínez Somalo, y a otros jefes de dicasterio. Reanudó el seguimiento de los eventos políticos y de modo particular la situación en Polonia.

El 20 de julio se inició el proceso contra el atentador. La cuestión era delicada para el Santo Padre y para la Sede apostólica. El Papa había perdonado, pero los órganos de la justicia italiana debían cumplir las obligaciones previstas por la ley.

El 23 de julio el Santo Padre participó en la consulta médica, durante la cual presentó su propio punto de vista sobre la terapia, pidiendo que los médicos lo tuvieran en cuenta. Con firmeza insistía en que quería ser operado para poder volver a casa con plena eficiencia. Los médicos parecían desconcertados, pero no excluyeron la posibilidad de la segunda intervención. Fue especialmente el doctor Crucitti quien persuadió a los demás de la conveniencia de tener en cuenta la voluntad del Paciente.

El Santo Padre se sentía cada vez mejor, aunque la resistencia de su organismo fuera aún débil. A pesar de las condiciones de hospitalización, trabajaba con gran empeño. Comenzaba la jornada con el rezo del Oficio parvo en honor de la Virgen y de las oraciones de la mañana y la meditación; luego venían las visitas de los médicos, el rezo del breviario, las visitas de los huéspedes, tanto las oficiales como las ocasionales. Naturalmente se recibía también a los amigos que llegaban de Polonia. En las conversaciones volvían siempre, de modo recurrente, los temas esenciales de la vida de la Iglesia y las cuestiones que se presentaban en los diversos campos de la cultura y la ciencia.
Por la tarde el Santo Padre concelebraba la eucaristía. Siempre participaba en ella un pequeño grupo de invitados. En los últimos días, ante el hospital se daban cita numerosos peregrinos: grupos parroquiales, folclóricos, coros y personas diversas. El Papa los saludaba desde la ventana, e impartía la bendición apostólica.

El 31 de julio debía tomarse la decisión médica con respecto a la segunda intervención quirúrgica. Después de un intenso debate, se fijó la fecha del 5 de agosto. El Santo Padre mismo eligió ese día, dedicado a la Virgen de las Nieves. La operación comenzó a las siete de la mañana y duró una hora. La realizó de nuevo el doctor Crucitti, asistido por otros médicos. Todo se desarrolló de forma favorable. La intervención produjo al Santo Padre un gran alivio y le permitió una vida normal. Durante el tiempo de la operación, sus más íntimos colaboradores estaban celebrando la santa misa en la capilla del hospital.

El 6 de agosto el Paciente ya pudo dar algunos pasos en su habitación. Ese día recibió también la visita del Primado Józef Glemp con el arzobispo Bronislaw Dabrowski. Concelebraron juntos la santa misa por Pablo VI, en el aniversario de su muerte.

Durante los días siguientes fue mejorando su salud, ya sin complicaciones.

El 10 de agosto los médicos comenzaron a hablar del regreso a casa. El Santo Padre, cada vez con mayor frecuencia, saludaba desde la ventana del hospital a los numerosos grupos de peregrinos, especialmente a los que acudían desde Polonia. Además de su solicitud por toda la Iglesia, vivía intensamente la situación de Polonia, de la que llegaban noticias sobre maniobras militares, sobre protestas de "Solidaridad" y sobre la convocación del pleno del Comité central del Partido.
El 13 de agosto se reunieron los médicos y, después de la consulta, emitieron un comunicado anunciando la conclusión del internamiento en el hospital y la vuelta a casa del Santo Padre.
La mañana del 14 de agosto, después de las oraciones y la adoración, el Papa dirigió un discurso a las personas internadas, y se despidió de los doctores y del personal paramédico que lo había atendido. En el atrio del Policlínico Gemelli y ante el edificio se había congregado una gran multitud de gente y entre ella numerosos periodistas. El Santo Padre saludó una vez más a los médicos, y luego volvió en automóvil al Vaticano. Después de atravesar la plaza de San Pedro, se dirigió a la basílica. En el patio de San Dámaso dijo a los cardenales y empleados de la Curia presentes: "He hecho una visita a San Pedro para darle gracias por haber querido dejar con vida a su Sucesor. He visitado las tumbas de Pablo VI y de Juan Pablo I, porque junto a ellas podía haber ya una tercera tumba"

El 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Virgen, fue el primer día, después del atentado, en que el Santo Padre pudo sentirse completamente libre de los cuidados de los médicos y del hospital. Decenas de miles de personas llegaron a la plaza de San Pedro para participar a mediodía en el Ángelus juntamente con el Papa. Aquel día se concluyó el gran drama, durante el cual el Santo Padre pudo experimentar de modo singular la bondad, la solicitud y la protección de la Madre santísima. El Papa ha albergado y alberga esta convicción hasta hoy. Cuando, cuatro meses después, volvió a la plaza de San Pedro para encontrarse de nuevo con los fieles durante la audiencia general, agradeció a todos las oraciones y confesó: "Y nuevamente me siento deudor de la Virgen santísima y de todos los santos patronos. ¿Podría olvidar que ese acontecimiento tuvo lugar en la plaza de San Pedro en el día y a la hora en que, desde hace más de sesenta años, se recuerda en Fátima, Portugal, la primera aparición de la Madre de Cristo a los pobres campesinos? Porque en todo lo que me sucedió precisamente en ese día he percibido la extraordinaria protección y solicitud materna, que se mostró más fuerte que el proyectil asesino" (7 de octubre de 1981).

* * *


Don y misterio
Don fue el regreso, el milagroso regreso del Santo Padre a la vida y a la salud. Sigue siendo un misterio, en la dimensión humana, el atentado. En efecto, no lo ha aclarado ni el proceso ni el largo encarcelamiento del atentador. Fui testigo de la visita del Santo Padre a Alí Agca en la cárcel. El Papa lo había perdonado públicamente ya en su primer discurso después del atentado. No he escuchado una sola palabra de petición de perdón por parte del preso. Sólo le interesaba el misterio de Fátima, turbado por la fuerza que lo había superado. Él había apuntado bien, pero la Víctima había permanecido viva. En el año del gran jubileo el Santo Padre se dirigió, mediante una carta, al presidente de la República italiana para que Alí Agca fuera liberado: esta petición, como se sabe, fue aceptada por el presidente Carlo Azeglio Ciampi. El Santo Padre acogió con alivio la liberación de Alí Agca. Muchas veces había recibido a su madre y a sus familiares. A menudo preguntaba por él a los capellanes de la cárcel.

En la dimensión divina el misterio está constituido por este dramático evento, que debilitó fuertemente la salud y las fuerzas del Santo Padre, pero al mismo tiempo no quedó sin efecto en lo que atañe a los contenidos y a la fecundidad de su ministerio apostólico en la Iglesia y en el mundo. Recuerdo que, durante una conversación, el Santo Padre confesó: "Ha sido una gran gracia de Dios. Veo en esto una analogía con el encarcelamiento del Primado. Sólo que aquella experiencia duró tres años, y esta...".

Creo que no es exagerado aplicar a este caso el dicho antiguo: Sanguis martyrum, semen christianorum. Tal vez hacía falta esa sangre en la plaza de San Pedro, en el lugar del martirio de los primeros cristianos. En este contexto me vienen a la mente cuatro reflexiones.
Sin duda, el primer fruto de aquella sangre derramada fue la unión de toda la Iglesia en la gran oración por la salvación del Papa. A lo largo de toda la noche que siguió al atentado, los peregrinos que habían acudido a la audiencia general, y una multitud cada vez mayor de romanos, oraban en la plaza de San Pedro. Durante los días sucesivos, en las catedrales, en las iglesias y en las capillas del mundo entero se celebraron santas misas y se ofrecieron oraciones según sus intenciones. El mismo Santo Padre decía a este respecto: "Me resulta difícil pensar en todo esto sin conmoción, sin una profunda gratitud hacia todos. Hacia todos los que el día 13 de mayo se reunieron en oración. Y hacia todos los que han seguido orando durante todo este tiempo. (...) Doy las gracias a Cristo Señor y al Espíritu Santo, el cual, mediante este acontecimiento que tuvo lugar en la plaza de San Pedro el día 13 de mayo a las 17.17, impulsó a tantos corazones a la oración común. Y pensando en esta gran oración, no puedo olvidar las palabras de los Hechos de los Apóstoles, que se refieren a Pedro: "la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios" (Hch 12, 5)" (5 de octubre de 1981).

En aquellos días llegaron expresiones de benevolencia también de numerosos ambientes que no tenían relación con la Iglesia, de jefes de Estado, de representantes de organizaciones internacionales y de diversos organismos políticos y sociales de todo el mundo. Parece que los sentimientos que se expresaban entonces contribuyeron a formar, hasta hoy, su convicción de que el Santo Padre es una Autoridad moral en el mundo.

La preocupación por la vida y la salud del Papa no sólo se manifestó en la Iglesia católica, sino también en las comunidades de otras confesiones cristianas, e incluso de otras religiones. Recuerdo que el Secretariado para la unión de los cristianos recibió centenares de telegramas de sus representantes. Desde Constantinopla llegó un enviado especial del patriarca Demetrio, para expresar su profunda participación en los sufrimientos del Obispo de Roma. Se recibieron telegramas de los patriarcas de Moscú, Jerusalén, Armenia y muchas otras Iglesias ortodoxas. Enviaron telegramas el Primado de la Comunión anglicana y también los jefes de numerosas comunidades protestantes. Estoy profundamente convencido de que el sufrimiento del Papa dio una gran contribución a la obra de la unidad de los cristianos, a la que él se ha entregado con tanto empeño.

Ya he mencionado que aquel día, que se ha hecho memorable, estaba prevista en Roma una gran manifestación organizada por ambientes que se pronunciaban en favor del derecho al aborto; manifestación que, a causa del atentado, fue desconvocada. En los planes de la divina Providencia nada acontece por casualidad. Tal vez fuera necesaria aquella sangre inocente y aquella desesperada lucha por la vida, para que se despertara en el corazón de los hombres la conciencia del valor de la vida y la voluntad de defenderla desde la concepción hasta su muerte natural. El hecho de que aquel día se instituyeran tanto el Consejo pontificio para la familia como el Instituto para la familia en la Pontificia Universidad Lateranense, parece confirmar esa intuición. Independientemente del estado efectivo de las leyes y de las costumbres, en la cuestión del respeto por la vida en las sociedades contemporáneas, se puede decir que el compromiso del Santo Padre y de la Iglesia en favor de la familia y de la vida concebida recibió aquel día un nuevo impulso y una nueva motivación existencial.

Ciertamente, se podría profundizar más en el misterio del atentado, de aquella lucha por la vida y la salvación del Santo Padre, citando ulteriores frutos que se han producido y que hoy, a veinte años de distancia, es posible descubrir. Sin embargo, soy consciente de que su sentido definitivo permanecerá en los inescrutables designios de la divina Providencia. A pesar de ello, en este momento deseo expresar mi profunda convicción de que la sangre derramada en la plaza de San Pedro el 13 de mayo fructificó en la primavera de la Iglesia del año 2000. No ceso de dar gracias a Dios por este don y por este misterio, del que he podido ser testigo ocular. Al concluir este testimonio, quiero citar las palabras del cardenal Wojtyla tomadas de su poesía Stanislaw: "Si la palabra no ha convertido, será la sangre la que convierta".

(ZENIT.org)

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HISTORIA DE UN SAMURAI

Cerca de Tokio vivía un gran samurai ya anciano, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.

Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: Esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para reparar en los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante. El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha. Con la reputación del samurai, se fue hasta allí para derrotarlo y aumentar su fama.

Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo acepto el desafío. Juntos, todos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzaba a insultar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió en la cara, le gritó todos los insultos conocidos -ofendiendo incluso a sus ancestros-.

Durante horas hizo todo por provocarlo, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.

Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron: -¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usaste tu espada, aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?

El maestro les preguntó: -Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el obsequio? -A quien intentó entregarlo- respondió uno de los alumnos.

- Lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos -dijo el maestro-. Cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo.

(Valores org.)

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SANTORAL: San Justino
 
Lectura de los Hechos de los apóstoles 25, 13b-21
 
El rey Agripa y Berenice llegaron a Cesarea y fueron a saludar a Festo. Como ellos permanecieron varios días, Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciéndole:
«Félix ha dejado a un prisionero, y durante mi estadía en Jerusalén, los sumos sacerdotes y los ancianos de los judíos, presentaron quejas pidiendo su condena. Yo les respondí que los romanos no tienen la costumbre de entregar a un hombre antes de enfrentarlo con sus acusadores y darle la oportunidad de defenderse.
Ellos vinieron aquí, y sin ninguna demora, me senté en el tribunal e hice comparecer a ese hombre al día siguiente. Pero cuando se presentaron los acusadores, estos no alegaron contra él ninguno de los cargos que yo sospechaba. Lo que había entre ellos eran no sé qué discusiones sobre su religión, y sobre un tal Jesús que murió y que Pablo asegura que vive.
No sabiendo bien qué partido tomar en un asunto de esta índole le pregunté a Pablo si quería ir a Jerusalén para ser juzgado allí. Pero como este apeló al juicio de Su Majestad imperial, yo ordené que lo dejaran bajo custodia hasta que lo enviara al Emperador.»
 
Palabra de Dios.
 

SALMO Sal 102, 1-2. 11-12. 19-20ab (R.: 19a)
 
R. El Señor puso su trono en el cielo.
 
 
 Bendice al Señor, alma mía,
 que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
 bendice al Señor, alma mía,
 y nunca olvides sus beneficios.  R.
 
 Cuanto se alza el cielo sobre la tierra,
 así de inmenso es su amor por los que lo temen;
 cuanto dista el oriente del occidente,
 así aparta de nosotros nuestros pecados.  R.
 
 El Señor puso su trono en el cielo,
 y su realeza gobierna el universo.
 ¡Bendigan al Señor, todos sus ángeles,
 los fuertes guerreros que cumplen sus órdenes!  R.
 
 
X Lectura del santo Evangelio según san Juan 21, 15-19
 
Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»
El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»
Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
El le respondió: «Sí, Señor, saber que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»
Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.
Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.»
De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.»
 
Palabra del Señor.
 
 
Reflexión    
Este pasaje del evangelio nos ofrece contemplar esta que podríamos llamar la segunda vocación de Pedro.
La primera fue a los comienzos, cuando Jesús le cambió el nombre y le dijo Tú eres Simón, el hijo de Juan, tú te llamarás Cefas, que quiere decir Piedra.
En ese momento, Pedro sintió por primera vez la mirada del Señor. Esa mirada fija del Señor. Y toda vocación implica una mirada fija del Señor sobre uno.
Pedro fue testigo privilegiado de la Transfiguración, junto con Santiago y Juan. Pedro recibió la promesa de ser jefe de la Iglesia;... Pedro vio tantas cosas a lo largo de su vida junto a Jesús, que realmente no podía quejarse de que el Señor no hubiera confirmado su vocación.
 
Sin embargo, Pedro negó a Jesús, y lo negó precisamente por creerse totalmente confirmado cuando todavía estaba sujeto a pecado.
Pedro presumió ante Jesús cuando dijo: “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré”.
Y esa afirmación fue una verdadera humillación cuando se dio cuenta que había negado al Señor tres veces.
 
Y esta escena de hoy, nos presenta a un Pedro humillado interiormente, un Pedro más humanizado por la derrota.
Un Pedro que no tiene la prepotencia que tantas veces le corrigió Jesús.
Por eso cuando Jesús le pregunta por tercera vez, tal vez en recuerdo de la triple negación, si lo ama más que los otros, Pedro no responde como antes,... sino con un: “Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero”.
 
Y es en este momento, en que Pedro está entristecido por el recuerdo de su pecado y se manifiesta humilde, cuando recibe la misión de apacentar la Iglesia, a los corderos y a las ovejas.
Es en este momento cuando Pedro es constituido Pastor Universal, jefe de los que quedamos aguardando la segunda venida del Señor
 
Pedro aprovechó su pecado, porque no se desesperó, sino que creció en humildad y mereció recibir, siempre gratuitamente, una confirmación de su misión.
Pedro, un pecador arrepentido, fue elegido por Jesús para ser el guía de su Iglesia. Hoy es el Papa, sucesor de Pedro, quien tiene la misión de guiar la Iglesia de Cristo, su rebaño.
 
Este evangelio tiene que llevarnos a cada uno de nosotros a renovar nuestra fidelidad al Papa sucesor de Pedro y a los obispos, y a pensar que a ejemplo de Pedro, el Señor nos pide saber amar.
Podremos ser apóstoles del Señor, sólo si sabemos amar.
Son el amor y la humildad, las dos virtudes que debemos aprender de Pedro y tratar de vivir.
Sólo cuando vivimos éstas virtudes seremos capaces de cumplir la misión que el Señor nos encomendó a cada uno de nosotros.
 
Unidos en oración a María, pedimos al Señor que envíe su Espíritu con sus dones, para que nuestra vida crezca en Santidad. 
Cuando el gallo, tres veces
negaste a tu Maestro;
y él tres veces te dijo:
"¿Me amas más que éstos?"
 
Se te puso muy triste
tu llanto y tu silencio:
pero la Voz te habló
de apacentar corderos.
 
Tu pecado quemante
se convirtió en incendio,
y abriste tus dos brazos
al madero sangriento.
 
La cabeza hacia abajo
y el corazón al cielo:
porque, cuando aquel gallo,
negaste a tu Maestro. Amén.
 
Himno de la Liturgia de las Horas

 

SANTORAL: San Justino

 
En Siquem, tierra de Palestina, llamada más tarde Flavia Neápolis (hoy Naplusa), en el hogar de unos colonos griegos nace, en el año 100, Justino, a quien con el correr del tiempo la Iglesia ensalzaría llamándolo glorioso Filósofo y antiguo apologista y mártir.
Justino (cuyo nombre significa "justo"), siendo muy joven, gustó del estudio de las letras y la filosofía. "El filósofo Justino va en busca de la verdad", repetían escépticos sus compañeros. Buscándola entre los estoicos, aristotélicos y pitagóricos, no la halló. Recurre entonces a los textos de Platón. Pretende Justino alcanzar la sabiduría: "Siendo sabio, ¿llegaré a entender y ver a Dios?"
Reconoce que la gente que lo rodea, así como el bullicio de la ciudad y el quehacer cotidiano, lo apartan de su meta. Entonces busca la soledad. "Solo con Dios, en la meditación con él, y mirando la inmensidad y el mar, únicamente así logro ocuparse con plenitud de las cosas divinas".
Fue su morada una ruinosa choza a orillas del mar, frente al ir y venir continuado de la olas. "En esto -se dijo-, ¿no está el Altísimo?"
Un día -como lo dejó escrito el propio santo- se encontró con un anciano judío llamado Trifón. "¿Piensas encontrar la verdad entre los filósofos, y no recurres a los profetas?", le preguntó. Justino charló extensamente con él. Esto fue el comienzo de la luz que transmitió la auténtica fe a Justino.
En el año 130 se hace bautizar, estudia los evangelios, reza, realiza lecturas espirituales y se consagra a la contemplación. "Yo -dice- ya no soy maestro. Ahora soy discípulo de Cristo". Abrió en Roma una escuela de filosofía y desde ella adoctrino en la fe cristiana a sus prosélitos.
Sin ser sacerdote, predica después de ciudad en ciudad. Su palabra ágil, culta y convincente convierte a muchos, que lo siguen. Necesita dejar constancia de todo ese cambio interior experimentado en su alma, desea transmitir su felicidad, y escribe en defensa de la buena nueva. Dice en uno de sus libros: "Cuanto más se nos persigue, tanto  más crece el número  de los que se convierten a la fe... Nos sucede como con la cepa, a la que se podan los sarmientos que ya  han dado fruto para que broten otros más vigorosos y lozanos... No hay quien amedrente o reduzca a servidumbre a los que por todo el ámbito de la tierra creemos en Jesucristo".
Residiendo en Roma, es acusado por Crescencio, a quien el santo había echado en cara su inmoralidad. Rufino (según otros, Rústico), prefecto de la ciudad, lo manda azotar, y la sentencia se hace pública: Justino, el santo, el filósofo, será degollado con otros seis compañeros. Esto ocurrió alrededor del año 165. Se ignora el día.
Justino es el primer apologista o defensor de la fe cristiana. Frente a la filosofía de su época, el más importante del siglo II. Se poseen de él dos Apologías de la fe Cristiana, destinadas a Antonio Pío y Marco Aurelio, y a todos los paganos, y un Diálogo con Trifón dedicado a los judíos. Trabajó para destruir las calumnias y falsas interpretaciones de la doctrina, convencido de que si se le daba a conocer en su verdad y plenitud muchos paganos la abrazarían. Sus escritos son documentos de suma importancia, porque nos dan a conocer interesantes detalles sobre las costumbres  y el culto de la primitiva Iglesia, incluso sus ritos de iniciación. Es patrono de los Filósofos.

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