ARCHIVO SANTORAL
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SANTORAL: SAN IGNACIO, Obispo de Antioquía, Mártir
Llamado Teóforo "el que lleva a Dios", probablemente fue un
converso, discípulo de San Juan Evangelista. Luego, por orden de San Pedro y
San Pablo, sucedió a San Evodio como Obispo de Antioquia por cerca de cuarenta
años, siendo un pastor ejemplar. La paz que gozaron los cristianos al morir
Domiciano duró muy poco y bajo Trajano se reanudó nuevamente la persecución.
Rápidamente, el obispo fue capturado y luego de proclamar su fe en Cristo, fue
condenado a ser devorado por las fieras en las fiestas populares en Roma. Las
numerosas paradas durante su penoso viaje dieron oportunidad al santo de
confirmar en la fe a las iglesias cercanas a la costa de Asia Menor, así como
también escribir cuatro cartas: a los Efesios, a quienes exhortaba a seguir
luchando por la fe en Jesús nuestro Señor; a las iglesias de Magnesia y
Tralles; a los cristianos a Roma y a San Policarpo, a quien también exhorta a
seguir trabajando por Cristo. Al llegar Roma, y antes de ser conducido al
anfiteatro, rezó junto con sus hermanos por la Iglesia, por el fin de la
persecución y por la caridad y concordia entre los fieles.
SANTORAL: Presentación del Señor; solemnidad
En
esta solemnidad del Señor, la Iglesia celebra a Jesús como luz del mundo.
Recuerda
cuando José y María acuden al templo para dar cumplimiento a los ritos que
prescribía la ley de Moisés en relación con el rescate de los primogénitos y
la purificación de las parturientas.
La
piedad cristiana contempla hoy muy especialmente a María, que se asocia desde
este primer acto de culto de Cristo, a la ofrenda perfecta que su hijo efectuará
en la cruz; la Virgen comienza esta misión en el templo, por el misterio de su
dolor y su solidaridad absoluta, de corazón a corazón, con los sentimientos
del Señor Jesús.
La
Iglesia ha celebrado esta fiesta desde el siglo V en adelante, aunque su
introducción en Occidente es algo más tardía (siglo VII). El Señor fue
conducido al templo por José y María no sólo para cumplir las exigencias de
la ley antigua, que Jesús no había venido a abolir, sino a plenificar-
espiritualizándola-, pero sobre todo para salir al encuentro de los creyentes.
El
pueblo fiel se congrega hoy, como Simeón y Ana en aquellos días, por inspiración
del Espíritu y busca el encuentro de su Salvador en la fracción del pan eucarístico,
mientras espera su venida gloriosa.
Los
cirios, o candelas, que se bendicen al comenzar la liturgia eucarística son
signo de la presencia iluminadora de Jesús y simbolizan el propósito de los
fieles de cumplir la ley nueva de Cristo.
Juan
Pablo II enseña que cada una de las velas "recuerda el sacramento del
bautismo con el que Cristo comenzó a alumbrar nuestra vida con la luz del
Evangelio"; es una luz que debe purificarnos, porque Jesús llevado al
templo es también ese "signo de contradicción", que profetizó el
anciano Simeón, ante el cual los hombres habrán de tomar necesariamente
partido. Las candelas encendidas hoy deben simbolizar, pues, nuestro anhelo de
consumirnos para Cristo, siendo, como él, luz del mundo.
Con
las luces encendidas en las manos, suele realizarse una procesión hacia el
altar, que representa plásticamente lo que la solemnidad conmemora. Cristo está
en medio de los suyos vestido de luz.
Con
anterioridad a la reforma litúrgica, se conocía esta fiesta con el nombre de
la purificación de nuestra Señora y también con el de nuestra Señora de la
Candelaria.
SANTORAL: San Blas, obispo y mártir
Han
transcurrido siglos y perdura en muchas iglesias, la costumbre de repartir la
bendición de san Blas (cuyo nombre significa "tartamudo"). Acuden a
esta bendición los enfermos de afecciones de garganta, y el sacerdote dice:
"Por la intercesión del santo obispo Blas, te libre el Señor del mal de
garganta y de cualquier otro mal, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo". La ceremonia se realiza con los cirios bendecidos el día anterior
en la fiesta de la candelaria, con los cuales, puestos en cruz, se toca a cada
uno la garganta.
Cuenta
la historia que Blas era doctor en medicina. El joven sentía el arte de curar
como un sacerdocio. Había que entregar el corazón y la inteligencia en bien
del prójimo. Consideraba a todos como hermanos.
Después
se ordenó sacerdote: por su vida ejemplar, fue elegido obispo de Sebaste, su
ciudad natal -la actual Sivas-, en Armenia.
En
toda Asia Menor se hablaba de Blas, el varón santo, el obispo que realizaba
milagros. Y ante la evidencia de su santidad, muchos paganos se convirtieron.
Llegó
la última y más cruel de las persecuciones promovidas por el Imperio
Romano contra el cristianismo. Sabiendo que perderían al obispo, los cristianos
le propusieron que se ocultara en el desierto. Allí vivió Blas en una gruta.
Hacia
el año 315, Agrícola, gobernador de Capadocia y Armenia Menor, por mandato del
emperador Licinio, llega a Sebaste con orden de exterminar a los cristianos.
Enterado de la existencia de Blas, Agrícola envía soldados para prender al
obispo y a todos los cristianos que se hallaran ocultos en los montes.
Ante esta peregrinación que se
dirigía hacia el lugar del martirio, apareció suplicante una madre con su hijo
que agonizaba por habérsele atravesado en la garganta una espina de pescado.
San
Andrés Corsini
(año 1373)
El lobo que llegó a ser cordero
Lo llamaron Andrés por haber nacido en el día de la fiesta del apóstol San Andrés (30 de noviembre) en el año 1602, en Florencia, Italia. Andrés significa: "varonil".
Su juventud, a pesar de ser hijo de unos papás muy buenos
y piadosos, fue dedicada al vicio y al pecado, porque tuvo la desgracia de
juntarse con malas amistades, y se cumplió en él aquel antiguo refrán
"El que con lobos anda, a aullar aprende". Los sabios dicen que cada
cual es lo que sean sus amistades. Y Andrés se volvió malo porque sus
amistades no eran nada buenas.
Un día el joven disipado le oyó contar a su mamá un
misterioso sueño: "Poco antes de que tú nacieras, yo te vi en sueños
convertido en un lobo feroz y que entrabas a un templo y allí ante la imagen de
la Sma. Virgen te convertías en un manso cordero. Oh cuanto he rezado a Dios y
a la Virgen para que la segunda parte de este sueño se convierta en realidad.
Lobo ya lo ha sido, y más malo de lo que jamás hubiéramos imaginado que ibas
a llegar a ser. ¡Pero confío en que la Madre
de Dios
te habrá de convertir algún día en manso cordero que no ofenda al Señor! ¡Desde
el día de tu nacimiento yo te consagré a Dios y a la Madre Santísima. ¡Y con
tu padre no hemos dejado un solo día de rezar para que te conviertas y cambies
de modo de comportarte!
Estas palabras impresionaron profundamente al joven Andrés.
Lleno de vergüenza y arrepentimiento se fue a la iglesia de los Padres
Carmelitas y de rodillas ante la imagen de Nuestra
Señora del Carmen
prometió que su vida cambiaría totalmente.
Preguntó a un santo sacerdote qué debería hacer para
enmendar su mala vida pasada y él le aconsejó que entrara de religioso. Y así
lo hizo. Se fue de fraile carmelita, y aunque sus antiguos amigotes y un tío
materialista hicieron todo lo posible por convencerlo de que se quedara en el
mundo en su vida de pecado y vicio, pudo más la gracia de Dios que los
atractivos del mal, y se fue de religioso.
A uno que le ofrecía un elegante matrimonio le respondió:
"¿Y de qué me sirve todo eso si no consigo la paz de mi alma?".
Cuando se ordenó de sacerdote, sus parientes, que eran de
las riquísimas familias Corsini, le prepararon unas fiestas muy suntuosas en
Florencia, su ciudad natal, pero él, sabiendo que esas fiestas lo iban a
disipar en vez de enfervorizarlo, se fue a una iglesia pequeña apartada y
solitaria y allá celebró muy piadosamente sus primeras misas, lejos de las
fiestas mundanas que no sirven para aumentar el fervor.
Pocos años después de su ordenación sacerdotal, empezó
Dios a premiarle su vida de santidad y de grandes sacrificios, concediéndole el
don de obrar milagros. Profetizaba lo que iba a suceder, y sus profecías se
cumplían exactamente. Bendecía enfermos y estos se curaban. Pero sobre todo
lograba la conversión de grandes pecadores, como su materialista tío Juan
Corsini, que ante su predicación dejó la vida mundana de pecado y empezó a
dedicarse a orar y a obrar el bien.
Los jefes de la Iglesia de Fiésole se reunieron y
aclamaron como obispo al Padre Andrés, pero éste salió huyendo y se escondió
en un apartado convento, porque se consideraba indigno de ese cargo.
Después de buscarlo inútilmente por todas partes, ya iban
a elegir otro como obispo, cuando un niño anunció que el Padre Andrés estaba
en el convento de los cartujos. Entonces el pueblo se fue hacia allá y lo trajo
y tuvo que aceptar tan difícil cargo. Fue obispo por 24 años y ejerció su
oficio con la mansedumbre de un cordero.
Aunque vivía en el palacio episcopal, su vida era la de un
penitente. Totalmente dedicado a servir y a ayudar a su pueblo y a colaborar con
cuanta obra fuera posible en favor de los pobres y de los pecadores, su vida
individual parecía la de un monje del desierto. Dormía en el suelo sobre una
estera. Dedicaba varias horas al día a la oración. Ayunaba y guardaba
abstinencia continuamente. Su meditación preferida era el pensar en la Pasión
y Muerte de Jesucristo.
En la dirección espiritual y confesión de las mujeres jamás
las miraba al rostro y prácticamente no sabía cómo era el rostro de ninguna
de ellas. No le agradaba nada que lo vivieran felicitando o llamándolo santo,
pues se creía un pobre y miserable pecador. En cambio aceptaba con mucho gusto
las humillaciones que le hacían.
Todo lo que el obispo Andrés conseguía lo repartía entre
los pobres e iba de puerta en puerta pidiendo para ellos.
Iba personalmente a buscar a los pobres "vergonzantes",
o sea a aquellos que en un tiempo tuvieron buena posición económica pero que
habían caído en la miseria y les daba pena pedir, y él en persona les llevaba
las ayudas que necesitaban. La gente decía: "Monseñor Andrés jamás
niega un favor al que lo necesita, si en su mano está el poder hacerlo".
Pero en lo que más sobresalía San Andrés Corsini era en
su capacidad de poner paz entre los que estaban peleados. El Sumo Pontífice lo
envió a poner paz en Bolonia, donde la gente estaba dividida en dos partidos:
pobres y ricos, y se odiaban espantosamente. Después de soportar muchas
humillaciones y hasta cárceles, el santo logró apaciguar los ánimos. Se
hicieron las paces y por muchos años aquellos dos grupos no volvieron a pelear.
A los 71 años, murió el 6 de enero de 1373 e
inmediatamente el pueblo lo declaró santo y empezó a pedirle favores y a
obtenerlos por montones. Después el Sumo Pontífice Urbano Octavo lo canonizó
en 1629.
SANTORAL: Beata María de la Providencia
Eugenia
María José Smet, fundadora de las auxiliadoras de las almas del purgatorio,
quien al profesar en religión tomó el nombre de María de la Providencia, nació
en Lila (Francia), el 25 de marzo de 1825, en una familia muy piadosa, que
disfrutaba de un relativo bienestar.
A
los once años ingresó en el convento del Sagrado Corazón de su ciudad natal,
donde permaneció hasta los dieciocho, y allí nació su permanente afán por
ayudar a las almas del purgatorio. Al regresar a su hogar se dedicó a la
protección de los indigentes y al adorno y limpieza de las iglesias de los
alrededores. En 1853 reunió a un grupo de personas y les comunicó su proyecto
de organizar una confraternidad de oraciones, que en breve tiempo llegó a
contar con quinientos miembros, y que había de transformarse en congregación
para la ayuda y el rescate de las almas de purgatorio.
Muchas
dificultades le salieron al paso, sobre todo de las autoridades religiosas
locales. Eugenia María no se arredró y escribió al papa, quien le mandó su
bendición. Con ello, el arzobispo de Cambrai y el obispo de Belley patrocinaron
su obra; Eugenia María se convirtió en superiora de un grupo de jóvenes
acordes con su proyecto.
A
principios de 1857 se hallaba en París, organizando un grupo.
El
1° de julio de ese año cada una de las congregantes tomó un nuevo nombre; el
de Eugenia María fue cambiado por María de la Providencia, en la que nunca dejó
de confiar. Como carecían de capellán, el superior de la Compañía de Jesús
les envió al padre Basuiau, quien las dirigió espiritualmente. En 1858, en un
acto presidido por el arzobispo de París, profesaron las primeras veintiocho
novicias. A partir de ese momento, el número de postulantes fue creciendo.
En
1863, la madre María, como superiora general, realizó su primera fundación en
la ciudad de Nantes. Tres años después el padre Basuiau partió hacia China.
Desde hacía tiempo la fundadora
padecía agudos dolores, producidos por una enfermedad incurable. No por eso cejó
en su actividad. Tuvo todavía fuerzas para organizar un nuevo convento en
Bruselas, pero sus energías disminuían. La guerra franco-prusiana de 1870
aumentó sus congojas. Pudo sacar a sus novicias de París, antes que los
alemanes la sitiaran, y enviarlas a Nantes y a Bruselas.
La
madre María de la Providencia murió en 1871.
ANTORAL: San Jerónimo Emiliani, apóstol de la
juventud (1481-1537)
Cerca
de la plaza de San Marcos, en la incomparable ciudad de Venecia, en un palacio
de bronce y mármoles, había nacido este niño en medio de la ambición y el
placer. A los 15 años era soldado, y a los 25 vestía el traje de senador. Pero
a los 28, le ocurrió algo que transformó su vida. Fue durante la guerra de la
República de Venecia contra Luis XII de Francia. Jerónimo cayó preso y fue
metido en un oscuro calabozo. De repente, él mismo lo cuenta, una mujer bellísima
se le apareció en medio de la cárcel, le rompió las cadenas de los pies y le
abrió las puertas que daban a la calle.
Desde entonces ofreció a la Señora
todas sus antiguas dignidades y se dedicó a llevar la vida de un pordiosero. La
ambición había muerto en él. Iba de iglesia en iglesia y de hospital en
hospital; entraba en la casa de los enfermos para dejar sus limosnas y volvía a
la suya acompañado de críos que no tenían ni padre ni madre ni maestro que
los fundó.
Jerónimo
los alimentaba, los instruía y los preparaba para la vida, como precursor de
Juan Bosco.
A esta fundación de Venecia
siguieron otras en todo el norte de Italia: Bérgamo, Brescia, Como, Somasca. En
Somasca estableció la casa central, y allí murió rodeado de rapazuelos a
quienes enseñaba a leer y a rezar.
SANTORAL: Santa
Apolonia, diaconisa (+249)
Era
de Alejandría (Egipto). Entre otras cosas, se encargaba en la iglesia de la
atención de los pobres; o sea, presidenta de Cáritas de su pueblo. En otras
palabras, diaconisa de aquellos tiempos. Soltera, bonita y sin compromiso. Y así,
años y años.
Se
hizo mayor. Un día hubo en su pueblo un serio tumulto contra los cristianos.
Como a Apolonia la conocían hasta las ratas, la apresaron enseguida e
intentaron persuadirla para que sacrificase a los dioses del imperio.
Ella
se negó, y los animales aquellos le rompieron todos los dientes a porrazo
limpio. Por eso hoy es patrona de los dentistas.
Cuando
ya la pobre estaba destrozada de golpes, encendieron delante de ella una hoguera
la amenazaron con arrojarla de cabeza si no renegaba de la fe cristiana.
Debió
de ser por impulso instintivo, porque, sin dudarlo un momento, ella misma se
arrojó a las llamas, con lo cual les dejó a los otros asustados del todo.
Final
dramático el de esta santa mujer, que demostró así su nulo miedo al tormento
y a la muerte.
Mujer
"sabia", que antes de dejarse caer prefiere tirarse para hacerse menos
daño. Anciana ejemplar con más ánimo que cualquier joven. Cristiana entera
que se dio del todo en la vida y en la muerte, en servicio de Jesús.
SANTORAL: Santa Escolástica, benedictina (480-543)
Era hermana de san Benito. Había nacido en Espoleto, Valle de Umbría
(Italia), en una casa noble. Eran dos hermanos que se querían con locura.
Cuando Benito fundó Montecasino como centro cultural de toda Europa,
Escolástica miraba aquellos muros, donde estaba su hermano, con verdadera
envidia. Entonces decidió vivir la misma vida que él. Se instaló en otro
monasterio cercano, y poco a poco, se fueron reuniendo otras compañeras que serían
las primeras benedictinas del mundo. Para ellas hizo Benito otra regla similar a
la suya.
Los dos hermanos no se veían más que una vez al año. Es imposible
imaginarse aquellos encuentros antes de la cuaresma. San Gregorio Magno los
cuenta con la misma ternura con que se narran los encuentros de Agustín y su
madre en las noches de verano, a la luz de las estrellas.
Se sabe poco de la vida de esta
santa. Después de uno de aquellos encuentros, a los dos días de haber estado
juntos, Escolástica entregó su vida a Dios, como una paloma que sube al cielo
porque aquél es su sitio.
Luego los enterraron juntos.
SANTORAL: Nuestra Señora de Lourdes
Sucedió en las cercanías de los Pirineos franceses. Fue un hecho
impensado y nada previsto que acabó revolucionando las conciencias y pasó con
elegancia por encima de las mentes un tanto cegadas para lo sobrenatural por la
corriente racionalista y anticlerical de aquellos franceses.
El mismo día en que se celebraba en la liturgia de la iglesia la fiesta de la
Anunciación se reveló con la sencillez de las cosas grandes que aquella
aparición repetida tantas veces era nada menos que la misma Virgen María. Sí,
la visita era grandiosa por la dignidad y asombrosa por lo inusitado. La
muchacha que se afirmaba como vidente ni siquiera sabía pronunciar bien el término
"concepción" las primeras veces y el dogma como tal hacía muy poco
tiempo que se había proclamado en Roma por el Papa. Pero Bernardita o
Bernardette, que así se llamaba, refirió que la aparición había dicho:
"Yo soy la Inmaculada Concepción".
La primera aparición fue el 11 de febrero de 1858. Luego se fueron repitiendo
hasta dieciocho veces y no sin dificultades, burlas, expresiones altivas y otras
cosas. Pues buenos eran aquellos listillos escépticos, algunos bastante engreídos
por los conocimientos de las ciencias humanas. Hubo de superar aquella pobre
analfabeta y con poca salud, hija de una familia pobre _arruinada y miserable en
aquellos días_ todas las trabas imaginables, incluidas las que puso la misma
autoridad eclesiástica. Pero lo que es documentación, hay toda y seria;
examinada desde todos los ángulos que puede contemplarse y someterse a crítica
un documento que pertenece a la Historia; declaraciones, procesos, dictámenes técnicos,
pruebas, cartas y réplicas. Las pruebas de los hechos están exhaustivamente
estudiadas: unas yerbas comidas, la tierra arañada, fuente que brota y gente
curada; aluviones imparables de gente con ganas de rezar y que tiene ansias de
curación; junto a algún iluminado y escéptico excéntrico, multitudes
agradecidas y enfervorizadas.
Pidió la Señora que se le edificara una iglesia _por lo pequeño, capilla_ y
se hiciera procesión.
Los actos multitudinarios fueron varias veces prohibidos y el recinto de la
cueva cerrado; hasta que llegó la esposa del almirante Bruat, institutriz de
los hijos del emperador, coincidente en el día con la que hizo el mismo
polemista Luis Veuillot, y se pudo informar de modo adecuado a Napoleón III que
mandó levantar la prohibición.
El obispo de Tarbes inició el proceso que duró dos años, hasta que el 18 de
enero de 1862, en carta pastoral firmada por él afirmaba: "Juzgamos que la
Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, se apareció realmente a Bernardetta
Soubirous el 11 de febrero de 1858 y días siguientes, en número de 18 veces,
en la gruta de Massabielle, cerca de la ciudad de Lourdes; que tal aparición
contiene todas las características de la verdad y que los fieles pueden creerla
por cierto... Para conformarnos con la voluntad de la Santísima Virgen,
repetidas veces manifestada en su aparición, nos proponemos levantar un
santuario en los terrenos de la gruta".
Aún así hubo restricciones por parte de las autoridades locales, pero
trabajaron los arquitectos, las brigadas de obreros se pusieron en marcha y el
18 de mayo de 1866 pudo consagrarse la cripta, cimiento de la futura capilla.
Comenzaron las peregrinaciones masivas y organizadas en el 1873. En el 1876 se
pudo consagrar la basílica. La iglesia del Rosario, consagrada en 1901, se
levanta para suplir las deficiencias de espacio de la primitiva basílica, que
pronto fueron palpables por la afluencia de peregrinos. En 1958, consagra el
cardenal Roncalli _que más tarde será el papa Juan XXIII_ la basílica subterránea
dedicada a san Pío X; bien merecido porque este papa fue quien extendió la
devoción a toda la Iglesia.
Lourdes es un sitio privilegiado para la devoción cristiana.
Oración, silencio para el recogimiento. Abundantes actos de culto que facilitan
la piedad. Muchos rosarios en las manos de los fieles por los espacios
descubiertos e iglesias. Gente enfervorizada de rodillas. Culto público y
multitudinario en tantas ocasiones para atender las necesidades espirituales de
los peregrinos que acuden en masa.
Vía Crucis o Chemin de la Croix que se recorre entre empinadas pendientes con
las estaciones de la Pasión para facilitar seguir los principales momentos de
Jesús sufriente por la humanidad.
Y dos actos cumbres diarios. La procesión con el Santísimo a primera hora de
la tarde, con filas de peregrinos y multitud de enfermos adorantes que reciben
su bendición entre súplicas, lágrimas y actos de fe ¡de esperanza! Porque de
vez en cuando pasa que lo que se pide se alcanza. Es el milagro que hace falta
probar, examinar, discutir, mirar y remirar hasta que se pueda publicar. La
procesión de antorchas por la noche. Cantos, honra, alabanzas en todos los
idiomas pronunciadas, unión de corazones en las avemarías del Rosario;
luminarias de fe.
¿Lo más grande? El enfermo, atendido, asistido, y hasta mimado; los más
tristes y desesperados casos se pueden ver en cualquier rincón de Lourdes;
perfectamente cuidados, llevados y traídos por un generoso voluntariado
internacional y multirracial que con delicadeza ve a otro Cristo en el cuerpo _a
veces tan descompuesto_ de la camilla que empuja o arrastra ¡Y lo más
admirable! La humanidad doliente atendida, esa que suplica salud para el cuerpo,
está pletórica de esperanza, de consuelo; se percibe a simple vista alegría
en la aceptación de la enfermedad, del sufrimiento. Limitación sosegada y
alegre con dulce resignación.
¿Más? Sí. No sería completo el panorama descrito si no hubiera oportunidades
para curar el alma. Igual que hay una piscina para los cuerpos, por si a la
Virgen Santísima le pareciera bien devolver la salud, hay confesionarios para
enjugar las almas, con la certeza firme de obtener siempre el perdón solicitado
en al sacramento de la reconciliación; y abundan los huecos para los confesores,
con facilidad para idiomas... miles de perdones y gracias.
¡Una
inyección de fe para el mundo desde Lourdes de Francia!
SANTORAL:
San
Cirilo († 869), monje, y San Metodio († 885), obispo
Cirilo, nacido en Tesalónica, hizo brillantes estudios en
Constantinopla. En unión de su
hermano Metodio evangelizaron los pueblos eslavos.
Entre los dos publicaron los textos litúrgicos en lengua eslava escritos
en caracteres «cirílicos». Cirilo
murió en Roma el 14 de Febrero del año 869.
Metodio marchó a Panonia como obispo; allí desarrolló una
infatigable labor de evangelización, teniendo que superar grandes dificultades.
Murió el 6 de Abril del año 885 en la ciudad de Vellherad.
El papa Juan pablo II nombró a estos dos hermanos, junto con San
Benito, patronos de Europa.
SANTORAL: San Claudio de la Colombiere
En
la ciudad de Viena, en el Delfinado, antigua provincia de Francia cuya capital
es Grenoble, nació en 1641 Claudio de la Colombiere, en un hogar muy cristiano
y de posición acomodada.
Los primeros estudios los realizó
con los jesuitas, en su ciudad natal. Ingresó después en el colegio de la Santísima
Trinidad que los mismos padres tenían en Lyon. En un
comienzo sentía cierta aversión por la vida religiosa. Más tarde, el trabajo
con sus maestros y superiores fue modificando este sentimiento, hasta lograr
despertar su vocación. Así, a los dieciocho años de edad, ingresó en el
noviciado que la compañía tenía en Aviñón.
Durante dos años estudió con ahínco filosofía y desde 1661 a 1666 se ejercitó en la enseñanza de la gramática y de las humanidades. Su sermón, con motivo de la canonización de san Francisco de Sales, llamó la atención de sus superiores, quienes lo enviaron a París a estudiar teología. Después regresó a Lyon y, en el colegio de la Santísima Trinidad, ejerció durante cuatro años como profesor.
El padre La Colombiere se acercó a ella como confesor y Margarita María
le contó sus visiones y revelaciones, y también sus frustraciones. El
sacerdote la apoyó de inmediato.
Llegó a la capital inglesa y vivió
en el palacio (son sus propias palabras) "como si estuviera en un desierto".
Se dedicó intensamente a la oración y la predicación, y su deseo más vivo
era extender la devoción al Corazón de Jesús. Logró que numerosas personas
se convirtieran al catolicismo y esto le acarreó pronto el odio y la persecución.
Falsamente acusado de estar complicado en un intento de conspiración contra el
rey, fue recluido en la cárcel el 24 de noviembre de 1678. En una parodia de
juicio, fue condenado. Gracias a la intervención de Luis XIV, logró regresar a
París en enero de 1679.
Volvió
enfermo, afiebrado, exhausto. En Lyón, en el colegio de la Santísima Trinidad,
trabajó, después de unos meses de descanso, en la devoción al Sagrado Corazón.
Pero ya estaba gravemente enfermo. En 1681 se hallaba otra vez en Paray-le
Monial, donde falleció el 15 de febrero de 1682.
SANTORAL: San Onésimo
Onésimo
(cuyo nombre significa "útil"), vivió en el siglo I y comienzos del
II, en Frigia, región del Asia Menor, y antes de convertirse al cristianismo
fue esclavo de un importante ciudadano de Colosas, capital de la comarca,
llamado precisamente Filemón.
Era
éste uno de los más destacados y fervorosos fieles de aquella comunidad; había
convertido su casa en iglesia ya allí predicaba el apóstol san Pablo cuando
pasaba por el lugar.
Un
día Onésimo robó a su amo y, huyendo de la ciudad, tomó el camino de Roma.
Llegado a la capital del Imperio, con recursos escasos, sin amigos a quienes
acudir, recordó al apóstol de los gentiles al que había conocido en casa de
Filemón. Estaba entonces el apóstol encarcelado y cargado de cadenas, pero en
la prisión continuaba incansable su misión evangélica, consolando y llevando
la luz de la gracia a aquellos desventurados que lo rodeaban. Y Onésimo, después
de escuchar su palabra, arrepentido, confesó su delito y se convirtió.
Una
vez bautizado, san Pablo lo envió de regreso a su antiguo señor, pero con una
carta en la que le pedía no sólo el perdón de su delito, sino su liberación
y que lo recibiera como a un amadísimo hermano, que había nacido a nueva vida
en Jesucristo. Le dice en la mencionado carta: "Te ruego por mi hijo Onésimo,
que he engendrado en mi prisión. El cual en otro tiempo fue inútil para ti,
pero ahora es útil a ti y a mí. Te lo devuelvo; recíbelo, pues, como a mi
corazón...
Si me consideras como un amigo, acógelo
como a mí... Y si en algo te dañó o te debe, anótalo a mi cuenta... Yo lo
pagaré"
Así,
pues, por obra del apóstol, perdonó Filemón a su antiguo esclavo, le dio la
libertad y volvió a enviarlo a Roma, para que lo asistiese en todo lo que
pudiera. Quedo junto a aquel Onésimo, y entre otros menesteres, llevó, con Tíquico,
la epístola que san Pablo dedicó a los colosenses. Tanto trabajó con la
palabra y el ejemplo en aquella nueva y luminosa forma de vida, que san Pablo lo
ordenó obispo de Éfeso. Probablemente sucedió en el cargo a san Timoteo (sucesor
de san Juan Evangelista), y allí estaba cuando pasó san Ignacio de Antioquía,
camino del martirio.
En su misión episcopal trabajó
con el celo de los apóstoles y la fama de sus virtudes trascendió pronto los límites
de su sede. De él hace gran elogio san Ignacio, obispo de Jerusalén, quien
entre otras cosas dice: "Onésimo es inenarrable en su caridad".
En
tiempos del emperador Domiciano, fue llevado preso a Roma, donde murió
apedreado. Se cree que la lapidación tuvo lugar alrededor del año 109.
ANTORAL: Los siete fundadores de los servitas,
pacifistas (siglo XIII)
El día 15 de agosto de 1233, siete
jóvenes mercaderes de Florencia, se unían, a la caída de la tarde, con la
intención de formar una asociación mariana para alabar las muchas glorias de
nuestra Señora.
Y dicen que la Madre del Cielo se
les apareció con grito dolorido, vestida de luto, como una Dolorosa. Y les pidió
que hicieran penitencia porque el Amor no era amado y la caridad estaba perdida.
Los siete se retiraron a hacer
penitencia en el monte Senario, cerca de la ciudad, y formaron la Orden
mendicante de los Siervos de la Bienaventurada Virgen María, o de los servitas.
Quisieron honrar a María como
Reina de la Paz, en una sociedad florentina amargada por las luchas banderizas
de güelfos y gibelinos. Devoción bien moderna, como puede verse, en un mundo
donde no acababan nunca las situaciones de guerra.
El
primer superior de la comunidad se llamaba Bonfiglio Monaldi. Gobernó la Orden
durante 16 años, y luego se retiró a una vida de oración intensa. El más
joven de todos era Alesio Falconieri, que se dedicaba a recoger limosnas y
llevar a cabo las tareas más oscuras. Fueron canonizados en 1888.
SANTORAL: San
Eladio, obispo de Toledo (+632)
Nació
en Toledo, en tiempos de los reyes godos, de una familia cuyo padre tenía los más
altos cargos en el palacio real. Era una familia muy cristiana.
Y sucedió también que quedó
vacante la sede episcopal de Toledo, y todos se fijaron en Eladio para hacerle
pastor de su pueblo.
San
Ildefonso escribe estas líneas al explicar la vida de san Eladio: "Las
misericordias, las limosnas que hacía Eladio eran tan copiosas, como si
entendiese que de su estómago estaban asidos, como miembros, los necesitados, y
de él se sustentaban las entrañas de ellos".
Levantó
el templo de Santa Leocadia. Después de 18 años de servicios constantes como
obispo de Toledo, murió lleno de méritos en el mismo pueblo que lo vio nacer.
SANTORAL:
San Álvaro de Córdoba, teólogo laico (siglo IX)
Era una familia noble de Córdoba, en aquellos tiempos de los califas. Se dedicó
al estudio de la "Filosofía", o sea un conjunto de ciencias
gramaticales y teológicas. Entre sus condiscípulos estaba Eulogio de Córdoba
(9 de enero), con el cual hizo una amistad entrañable.
Esta amistad le
llegó a dedicarse al estudio de las ciencias eclesiásticas. Las continuas
conversaciones de los dos amigos le hacían penetrar en las profundidades de la
ciencia de Dios. Ello no significaba que Alvaro se hiciera sacerdote; por el
contrario, se casó con una sevillana y se vio envuelto durante un tiempo en
preocupaciones de tipo familiar. Era un teólogo laico. Fue polemista y
apologista. Escribió hermosos libros en un estilo vigoroso y rebuscado. Eulogio
y Alvaro atrajeron la atención de otros hombres sinceros, y así se formó una
pequeña comunidad de base que supo protestar en diversas ocasiones contra la
dominación musulmana sobre los cristianos españoles.
En el año 850 estalló la persecución. Algunos cristianos se presentaban
espontáneamente a confesar su fe; preferían la muerte a la esclavitud
religiosa. Corría la sangre cristiana por Córdoba; se apoderaba el terror por
todas partes. Alvaro animaba a los cristianos encarcelados. Su amigo
Eulogio cayó en la lucha. Alvaro siguió vivo, pero el martirio de su amigo fue
para él como su propia muerte.
SANTORAL: San Euquerio
En
Orleáns, ciudad de Francia, nació un niño, de padres nobles y piadosos.
Llevado a la iglesia, lo bautizó Ausberto, obispo de Autum, y le puso por
nombre Euquerio, que significa "hábil, diestro".
Creció
el niño en inteligencia y amor a Dios. Todos sabían de su gran vocación
religiosa. En el año 714 ingresó en el monasterio de Jumiégues, de la diócesis
de Ruán.
Recibió
la ordenación sacerdotal y fue venerado como monje, como varón de vida austera
y gran fe.
Desde
lejos llegaban los fieles en busca de consejo: era el confesor que trasmitía
paz.
Al
morir su tío, obispo de Orleáns, el pueblo y el clero pidieron a Carlos
Martel, padre de Carlomagno, que nombrase obispo a Euquerio.
Triste
fue el día cuando los monjes dieron el adiós al compresivo y sabio Euquerio.
Orleáns, su ciudad, lo recibió como obispo entre himnos litúrgicos, procesión
de antorchas y fiestas en las calles y cánticos en la catedral.
Padeció
el destierro en el año 732 y pasó sus últimos años en la observancia de la
vida monástica, sirviendo al Señor y a los hombres con su oración y su
palabra.
SANTORAL: San
Pedro Damián, obispo y doctor de la Iglesia
Pedro
Damián nació en Ravena (Italia) en el año 1007. De familia muy pobre, a
temprana edad perdió a sus padres. Llamábase solamente Pedro y sus primeros años
fueron muy tristes y duros: iba vestido con andrajos y desde muy pequeño lo
pusieron a trabajar hasta que se encargó de él un hermano, quien lo envió a
la escuela de Faenza y después a la de Parma, donde hizo grandes progresos.
En
agradecimiento, Pedro agregó a su nombre el de su hermano, y así se llamó en
adelante Pedro Damián.
Posteriormente
ingresó en el monasterio de Fonte Avellana. En 1035 era ya monje, notable por
su austeridad e intensa vida interior. Su palabra brilló sucesivamente en
Ravena, en Faenza y en Parma, donde pronto se vio entusiastamente rodeado por la
juventud estudiosa. Eran grandes sus conocimientos, tanto en las ciencias
sagradas como en las profanas.
Pedro
Damián se había propuesto imitar el apartamiento del mundo, la pobreza, la
penitencia y las vigilias de los antiguos solitarios. Pero no siempre pudo
realizar este ideal: los monasterios se disputaban su saber y por obediencia
debió enseñar en las diversas casas.
Nombrado
superior en 1043, fundó cinco monasterios; en todos ellos fomentó el espíritu
de caridad y humildad, restauró y reformó.
Trabajó
con la acción y la palabra; escribió sin cesar, carteándose con los papas,
los obispos y los príncipes. Viajó y predicó, ofreciendo en todas partes el
ejemplo de una vida plena de pureza y sirviéndose para su obra de su
extraordinaria formación cultural. Fustigó los vicios y la corrupción
imperantes, tanto en los clérigos como en los seglares, y luchó por acabar con
la simonía.
En
el año 1057, fue obligado por el papa Esteban X a aceptar el título de
cardenal-obispo de Ostia. Pedro Damián se distinguió como uno de los campeones
del espíritu de reforma que soplaba sobre la cristiandad. Así recorrió Italia
y atravesó los Alpes, ejercitando su celo apostólico y predicando con el
ejemplo.
Los
papas le encomendaron importantes trabajos diplomáticos que llevó a cabo con
felicidad. Reformó a los monjes, desenmascaró al antipapa Honorio II y -ansiando
ya el retiro para dedicarse totalmente a la oración- cumplió diversas
legaciones en Francia e Italia. Volvía de Ravena, cumplida exitosamente una
misión encargada por el papa Alejandro II, cuando murió, en un monasterio
cercano a Faenza, el 22 de febrero del año 1072.
SANTORAL: La cátedra de san Pedro
La
fiesta de la cátedra de san Pedro en Roma, celebra el día en que san Pedro,
después de siete años de cátedra apostólica en Antioquía, entró en Roma
para continuar su prédica y convertirla en centro de la Iglesia universal, en
la Santa Sede. (Cátedra significa sede, trono, y la celebración alude a la
función desempeñada por el príncipe de los apóstoles, como maestro y
gobernante del pueblo fiel)
Anteriormente,
esta festividad se realizaba el 18 de enero y el 22 de febrero tenía lugar la
celebración de la cátedra de Antioquía, donde Pedro había establecido
primero su sede. Por lo tanto se efectuaban dos celebraciones.
En
1960, el papa Juan XXIII excluyó el 18 de enero del calendario romano, quedando
fijo, para la de san Pedro en Roma, el día de hoy.
Hacía
unos diez años que el Señor había ascendido a los cielos. Corría el año 42.
Un peregrino caminaba por la vía Ostiense. Al ver el Tíber, nuestro peregrino
añoraba su país, recordando el lago Genesaret, donde él realizaba faenas de
pescador.
Un
día Pedro visitó a Cornelio, antiguo funcionario imperial.Cornelio recibió al
extranjero con amabilidad y se le oyó decir: "Amigo, puedes disponer de
esta casa para tus predicaciones".
Y
Pedro vio una sala y una silla de madera en ella.
Así
entró Pedro como primer obispo de Roma, que sería en adelante el centro del
nuevo reino de Cristo en la tierra. De este hecho se deriva que sean los
sucesores de Pedro quienes tengan el cuidado pastoral de la Iglesia, es decir,
que sean los papas.
Unos
veinticinco años gobernó san Pedro la cátedra, desde la cual predicó la
doctrina que conduce a los hombres a la salvación.
SANTORAL:
San Policarpo, obispo y mártir (69-155)
Cuando
san Pablo pasó por Esmirna, dejó asentada una comunidad cristiana. Allí nació
Policarpo a la fe.
Conservamos dos impresionantes cartas que nos hablan
de él. La primera se la escribió san Ignacio de Antioquía; la segunda la
escribió él mismo a los cristianos de Filipos. Era Policarpo el personaje más
importante de la cristiandad oriental. San Jerónimo le llamó "príncipe
del Asia". Había conocido a Juan Evangelista y a muchos de los que habían
visto al Señor.
Un
año antes de morir, Policarpo se presentó en Roma, y el papa le cedió todos
los honores en la asamblea de los fieles. Tal era su prestigio. Tenía
que morir de mala manera. Se levantó en Esmirna la persecución de cristianos y
fueron a apresar al obispo Policarpo. Cuando le echaron mano, les pidió que le
dejaran rezar un rato. Dos horas pasó pidiendo por la Iglesia. Lo llevaron al
circo, lo forzaron a renegar de la fe cristiana. "Ochenta
y seis años hace que le sirvo. Nunca me ha hecho el menor mal. ¿Cómo podría
injuriar a mi Salvador?". Le prendieron fuego, y por si fuera poco, lo
remataron a puñaladas en el corazón.
Toda esta historia ha llegado a
nosotros por una carta que la iglesia de Esmirna envió a todas las partes del
mundo, dando cuenta de tan horribles hechos.
SANTORAL: San Modesto (+ 486)
Su apelativo bien pronunciado indica al poseedor de una virtud altamente costosa
de conseguir y dice mucho con relación a la templanza que ayuda al perfecto
dominio de sí. Buen servicio hizo esta virtud al santo que la llevó en su
nombre. El pastor de Tréveris trabaja y se desvive por los fieles de Jesucristo,
allá por el siglo V. Lo presentan los escritos narradores de su vida adornado
con todas las virtudes que debe llevar consigo un obispo.
Al leer el relato, uno va comprobando que,
con modalidades diversas, el hombre continúa siendo el mismo a lo largo de la
historia. No cambia en su esencia, no son distintos sus vicios y ni siquiera se
puede decir que no sea un indigente de los mismos remedios ayer que hoy.
Precisamente en el orden de la sobrenatural, las necesidades corren parejas por
el mismo sendero, las virtudes a adquirir son siempre las mismas y los medios
disponibles son idénticos. Fueron inventados hace mucho tiempo y el hombre ha
cambiado poco y siempre por fuera.
Modesto es un buen obispo que se encuentra con un pueblo invadido y su población
asolada por los reyes francos Merboco y Quildeberto. A su gente le pasa lo que
suele suceder como consecuencia del desastre de las guerras.
Soportan todas las consecuencias del desorden, del desaliento, del dolor de los
muertos y de la indigencia. Están descaminados los usos y costumbres de los
cristianos; abunda el vicio, el desarreglo y libertinaje. Para colmo de males,
si la comunidad cristiana está deshecha, el estado en que se encuentra el clero
es aún más deplorable. En su mayor parte, están desviados, sumidos en el
error y algunos nadan en la corrupción.
El obispo está al borde del desaliento; lleno de dolor y con el alma encogida
por lo que ve y oye. Es muy difícil poner de nuevo en tal desierto la semilla
del Evangelio. Humanamente la tarea se presenta con dificultades que parecen
insuperables.
Reacciona haciendo cada día más suyo el camino que bien sabía habían tomado
con éxito los santos. Se refugia en la oración; allí gime en la presencia de
Dios, pidiendo y suplicando que aplaque su ira. Apoya el ruego con generosa
penitencia; llora los pecados de su pueblo y ayuna. Sí, son muchas las horas
pasadas con el Señor como confidente y recordándole que, al fin y al cabo, las
almas son suyas.
No deja otros medios que están a su alcance y que forman parte del ministerio.
También predica. Va poco a poco en una labor lenta; comienza a visitar las
casas y a conocer en directo a su gente. Sobre todo, los pobres se benefician
primeramente de su generosidad. En esas conversaciones de hogar instruye, anima,
da ejemplo y empuja en el caminar.
Lo que parecía imposible se realiza. Hay un cambio entre los fieles que supo
ganar con paciencia y amabilidad. Ahora es el pueblo quien busca a su obispo
porque quiere gustar más de los misterios de la fe. Ya estuvieron sobrado
tiempo siendo rudos, ignorantes y groseros.
Murió -y la gente decía que era un santo el que se iba- el 24 de febrero del año
486.
El relato reafirma juntamente la pequeñez del hombre -el de ayer y el de hoy- y
su grandeza
ANTORAL:
San Valerio, confesor (siglo VII)
Santo de heroicas virtudes y de invicta paciencia en la adversidad.
Nacido
en Astorga y cristiano desde pequeño. La región del Bierzo es el escenario de
sus virtudes y de su vida. Quiso entrar en el monasterio que fundó san
Fructuoso en Compludo, pero por razones todavía hoy desconocidas no pudo entrar.
Fallido el intento monacal, comienza una vida de oración y penitencia viviendo
al estilo de los antiguos eremitas. Su modo de vivir, poco frecuente en la época,
hace que de boca en boca vaya pasando la noticia de su existencia entre los
habitantes del lugar que empiezan a visitarle en la ermita que hay junto al
castillo llamado de la Piedra, en Astorga. Allá
concurren con deseos de escucharle y de ser confortados en sus penas. El clérigo
el cuidador de la ermita sólo comienza a interesarse por ella cuando advierte
el sonar de las monedas y huele los pingües beneficios de las ofrendas; como se
posesiona de ellas de mala manera, el santo se marcha para no facilitar su
codicia extrema; pero hasta los pocos libros que tenía hubo de dejarlos en la
ermita por considerar el clérigo chupón que fueron de ella.
La gente del lugar le echa de menos y le sugieren un nuevo sitio para vivir,
rezar y predicar. En Ebronato le edifican los fieles un oratorio donde se
instala y recomienza. Como la gente se arremolina en torno a él, el obispo
nombra un presbítero para que atienda la pequeña iglesia construida; Justo se
llama el pastor y su justicia en el nombre se queda. De nuevo queda Valerio sin
techo y reducido a la miseria. La gente sigue queriéndole y sufre la mala
envidia de Justo que en alguna ocasión llegó a emplear la violencia física
contra Valerio.
En el mismo Bierzo, allí donde Fructuoso fundó el monasterio de san Pedro,
encuentra un lugar tranquilo y puede reanudar una vez más su vida penitente y
orante de eremita. El obispo de Astorga, Isidoro, le llama y pide su compañía
para asistir al concilio de Toledo, al que no llegan por la muerte del prelado.
También escribió dejando por escrito testimonio de la época. Esta literatura se conservó en el monasterio de Carracedo y la mantuvo como tesoro la iglesia de Oviedo. Su pluma dejó a la posteridad la vida de san Fructuoso, un abundante grupo de máximas y consejos a los religiosos del Bierzo, las revelaciones de los monjes Máximo y Bonelo y la historia del abad Donadeo.
Terminó su vida a finales del siglo VII y sus reliquias se conservaron en el Altar Mayor de la iglesia del monasterio de san Pedro de los Montes, de la orden benedictina, cerca de Ponferrada. A quien se interna en su vida le da la sensación de que Dios lo preparó para la contrariedad. Y lo muy curioso del caso es que sus enfrentados siempre fueron clérigos. ¿Tan feo les pareció Valerio? Muchos de los buenos afirman, con pueril benevolencia, que es muy difícil convivir en esta tierra con un santo verdadero; pero quizás no caen en la cuenta de que a quien seriamente le cuesta convivir con los demás es al que lleva vida recta.
San
Leandro
Arzobispo
(año 600)
Leandro significa: hombre con fuerza de león. (Le = león, Andro = fuerza).
San Leandro se ha hecho famoso porque fue el que logró
que se convirtieran al catolicismo las tribus de visigodos que invadieron a España
y el que logró que su rey se hiciera un fervoroso creyente.
Su madre era hija Teodorico, rey de los Ostrogodos, que
invadieron a Italia. Tuvo tres hermanos santos. San Fulgencio, obispo de Ecija.
San Isidoro, que fue el sucesor de Leandro en el arzobispado de Sevilla, y Santa
Florentina.
Desde niño se distinguió Leandro por su facilidad para
hablar en público y por la enrome simpatía de su personalidad. Siendo muy
joven entró de monje a un convento de Sevilla y se dedicó a la oración, al
estudio ya la meditación.
Cuando murió el obispo de Sevilla, el pueblo y los
sacerdotes lo eligieron a él para que lo reemplazara. Desde entonces Leandro se
dedicó por completo a convertir a los arrianos, esos herejes que negaban que
Jesucristo es Dios. El rey de los visigodos, Leovigildo, era arriano, pero San
Leandro obtuvo que el hijo del rey, San Hermenegildo, se hiciera católico. Esto
disgustó enormemente al arriano Leovigildo, el cual mandó matar a Hermenegildo.
El joven heredero del trono prefirió la muerte antes que renunciar a su
verdadera religión y murió mártir. La Iglesia lo ha declarado santo. La
conversión de Hermenegildo fue un fruto de las oraciones y de las enseñanzas
de San Leandro.
Leandro fue enviado con una embajada o delegación a
Constantinopla y allá trabó amistad con San Gregorio Magno, que era embajador
del Sumo Pontífice. Desde entonces estos dos grandes santos y sabios tuvieron
una gran amistad que fue de mucho provecho para el uno y el otro. Se escribían,
se consultaban y se aconsejaban frecuentemente. Y se cumplió lo que dice la
Sagrada Escritura: "Encontrar un buen amigo, es mejor que encontrar un
tesoro".
El rey desterró al obispo Leandro por haber convertido a
Hermenegildo al catolicismo. Y el santo aprovechó el destierro para escribir
dos libros contra el arrianismo, probando que Jesucristo sí es verdadero Dios y
que los herejes que dicen que Cristo no es Dios, están totalmente equivocados.
El rey Leovigildo estando moribundo se dio cuenta de la
injusticia que había hecho al desterrar a Leandro y lo mandó volver de España
y antes de morir le recomendó que se encargara de la educación de su hijo y
nuevo rey de España, Recaredo. Y esto fue algo providencial, porque el santo
obispo se dedicó a instruir sumamente bien en la religión a Recaredo y lo hizo
un gran católico. Y luego San Leandro demostró tal sabiduría en sus
discusiones con los jefes arrianos que logró convertirlos al catolicismo. Y así
toda España se hizo católica: El rey Recaredo , sus ministros y gobernadores y
los jefes de los arrianos. El que más alegría sintió por esto fue el Sumo
Pontífice San Gregorio Magno, el cual envió a San Leandro una carta de
felicitación y lo nombró Arzobispo.
San Leandro reunió a todos los obispos de España en un
Concilio en Toledo y allí dictaron leyes sumamente sabias para obtener la
santificación de los sacerdotes, y el buen comportamiento de los fieles
católicos.
Para recordarle a la gente que Jesucristo es Dios como el Padre y el Espíritu
Santo, mandó este buen arzobispo que en la Santa Misa se recitara el Credo que
ahora se dice en las Misas de los domingos (costumbre que después siguió la
Iglesia católica en todo el mundo).
Dios, a las personas que quiere hacer llegar a mayor
santidad las hace sufrir más, para que ganen más premios en el cielo. San
Leandro sufrió de muchas enfermedades con gran paciencia. Y uno de los males
que más lo atormentó fue la gota, en las piernas (o inflamación dolorosa de
las articulaciones por cristalización del ácido úrico). El Papa San Gregorio,
que también sufría de ese mismo mal, le escribió diciéndole: "Dichosa
enfermedad que nos hace ganar méritos para el cielo y al obligarnos a estar
quietos nos brinda la ocasión de dedicarnos más al estudio y a la oración".
San Leandro murió en el año 596 y España lo ha
considerado siempre como un gran benefactor y como Doctor de la Iglesia.
SANTORAL: San Macario y compañeros mártires
Macario,
cuyo nombre significa "dichoso", y sus compañeros Justo, Rufino y Teófilo,
nacieron en Sevilla (España) en el siglo II, es decir, en los albores de la
Iglesia.
Desde la más corta edad sus padres los educaron en
la doctrina de Cristo, de la cual, ya mayores, se convirtieron en máximos
defensores. Y tanto florecieron sus virtudes que se ganaron la estimación de
todos. Al
desatarse la persecución de Trajano, fueron los primeros mártires de aquel
lugar. El prefecto de la ciudad, los mandó encarcelar y más tarde los hizo
llevar a su presencia. Al ser interrogados, confesaron que eran cristianos y que
deseaban seguir siéndolo.
Trató
el prefecto de hacerlos apostatar, pero ellos, firmes, se negaron y respondieron
que nada los haría más felices que dar el testimonio de su sangre por el autor
y creador de la vida.
Fueron sometidos a los más crueles suplicios, pero
sus espíritus no sólo no flaquearon, sino que se hicieron cada vez más
fuertes en la fe, hasta que el prefecto los mandó degollar. Era el 28 de
febrero del año 152. En los años bisiestos la Iglesia los recuerda el día 29.